Monthly Archives: Junio 2013

30
Jun/2013

Morón en la frontera del flamenco

Arcángel cantó con mucha profundidad.

Arcángel actuará en la cita flamenca de Morón. Bohórquez

Los festivales ya han llegado, los de los pueblos, dejados de la mano de Dios y de las instituciones públicas, aunque sobreviven. Han desaparecido algunos, otros aguantan el chaparrón de la crisis y, curiosamente, en estos últimos años han nacido nuevas propuestas. Costaría trabajo imaginar el verano andaluz sin festivales flamencos en los pueblos, y hasta en las grandes ciudades. Pero sobre todo en esos pueblos a los que ya no van las compañías de flamenco porque se han quedado sin salas de cine y no todos tienen buenos teatros. Por eso nos gusta tanto ir a los festivales, que se hacen al aire libre, al fresquito, donde puedes tomarte una cerveza y estirar las piernas entre seguiriyas y soleares, de esas que se hacen eternas. El moronero Fernando González-Caballos es uno de los nuevos productores flamencos con más talento. Hace tres años se embarcó en una nueva propuesta flamenca en Morón, o sea, en plena crisis económica, lo que demuestra su capacidad para crear en momentos difíciles. En Morón, que es un pueblo de artistas y de gran tradición flamenca, existe uno de los festivales más famosos de Espña, el Gazpacho Andaluz, que es historia viva no solo del flamenco local sino de todo el mundo. Pero la propuesta de Fernando va por otro lado, por hacer una programación menos tradicional, en la frontera de lo clásico y la vanguardia. Y no es fácil imponer una propuesta tan valiente en un pueblo conservador, donde todavía hay quienes ven a Diego del Gastor caminando con su guitarra por las calles del pueblo y a Joselero haciendo son en el mostrador de una taberna. Fernando se la juega económicamente en su III Festival Flamenco en la Frontera, lo que tiene todavía más mérito en un arte que en las últimas décadas ha abusado quizás en exceso de las subvenciones públicas. Por eso es importante apoyar su iniciativa privada, que acudan a partir del martes a sus conciertos y conferencias, que tendrán lugar en los altos de la Plaza de Abastos. Los conciertos van a correr a cargo del genial Raimundo Amador (jueves, día 4), Arcángel (día 5) y el bailaor local Pepe Torres, que cerrará el festival con Manuela Vargas como artista invitada. Este día, además, el maestro jerezano Manuel Morao recibirá el Gallo de Oro. En cuanto a las conferencias, el martes habrá una sobre la Niña de los Peines, que tendré el honor de dar yo mismo. Y el miércoles, una disertación del productor sevillano Ricardo Pachón, El Ángel, las fronteras del flamenco. Las dos serán a las 21.00 horas en la Plaza de Abastos. Cita ineludible, por dos razones. La primera, porque siempre es un placer escuchar flamenco en Morón de la Frontera. Le segunda, porque hay que apoyar las buenas ideas, que el flamenco las necesita.

 

 

 

29
Jun/2013

El volteador de cubetas mezcláticas

Los niños pobres de Palomares del Río comenzábamos muy pronto a llevar dinero a casa. Recuerdo con cariño uno de los primeros chalés del pueblo, que fue construido en Cuatrovientos. Lo edificó una acomodada familia de Sevilla y todos los chiquillos del barrio lo celebramos porque los cuatro hijos del matrimonio despilfarraban los juguetes de una manera increíble. La primera pelota que tuve en mi vida fue una que los citados niños ricos de Sevilla tiraron casi nueva a la basura. Era de aquellas de goma dura que cuando se pinchaban había que desecharlas, según ellos, que no sabían lo que era un parche. Cuando mi hermano y yo vimos una en la basura, amarilla con octógonos negros, pensamos que era un espejismo, acostumbrados a jugar con botellas de plástico o cabezas de muñecas sin ojos que encontrábamos en el vertedero. Recuerdo que aquella noche nos acostamos con la pelota, porque dormíamos los dos en la misma cama. Cuando empezaron a proliferar estos chalés algunos hombres del pueblo se ofrecían para cuatro chapuzas y se me ocurrió, siempre tan emprendedor, convertirme en exterminador de alimañas, en vista de que a los niños de la clase media sevillana les daba miedo hasta de las hormigas. Podría haberme anunciado en las tarjetas de visita como Manolito el Matarratas, pero en Palomares se llevaba mucho lo de aparentar. Era conmovedor ver a una vecina de Cuatrovientos presumir por el pueblo, epístolas en mano, de lo bien que le iba a su hijo mayor en Alemania donde se había colocado de volteador de cubetas mezcláticas. El hijo era en realidad un buen peón de albañil, pero para darse más importancia le dijo a su madre en una carta que ya era todo un “volteador de cubetas mezcláticas”.

soyperiodistaaps-450x233Una mañana, el dueño del chalé llamó a nuestra casa con una violencia inaudita. Mi abuelo abrió la puerta y le preguntó el motivo de tantos golpes. “Hay una rata inmensa en la casa. ¡Ayúdennos, por favor!”, dijo el hombre, con la cara tan blanca como la cal de Morón. Popá Manué me despertó y me dijo que si me quería ganar unos duros que fuera a matar una rata al chalé de los vecinos. Me entró un pánico terrible, como si me hubieran dicho que había que acabar con la vida de un caimán en el río Pudio. Sin embargo, como no quería defraudar a mi abuelo cogí un palo y allá que fui a matar a la rata como el que iba a la guerra, como un maldito mercenario al servicio de la burguesía hispalense. Me despedí de Lucecita, la gata que teníamos en casa, porque pensaba que no volvería a verla. Creía que los del chalé me iban a ayudar a matar a la rata, pero no fue así. Me dejaron solo en la casa y cerraron la puerta para que el roedor no se escapara. Zamarreé las cortinas muerto de miedo y metí el palo debajo de las camas, pero la rata no daba señales de vida por ninguna parte. Miré hacia el techo y allí estaba, subida en la lámpara del salón, de aquellas de cristalitos engarzados, de lágrimas. La alimaña era tan grande como una liebre y me dijo muy en serio, enseñándome sus diminutos y afilados dientecillos: “Ni se te ocurra darme con ese palo, Manolito, que salto sobre tu rapada calamorra y te arranco la nariz de un mordisco”. Armándome de valor y pensando en los diez duros que me había prometido el dueño del chalé le di tal palo al roedor que salió despedido y llegaron lágrimas de cristal de la lámpara a todas las habitaciones de la lujosa vivienda. Quedó mal herida, atrapada detrás del sofá del salón. Cuando fui a rematarla me miró de tal manera, con tanto terror en sus diminutos ojos, que decidí perdonarle la vida, dejándola que se refugiara en el cuartillo de los chismes, donde descubrí atónito que tenía crías ocultas entre viruta de viejos periódicos.

ratasAl dueño de la casa le dije que la rata se había ido para el campo por la puerta de la cocina, y asunto resuelto. No fui capaz de rematar al animalito y tampoco de decirle a don Francisco que seguía en la casa. Me dio los diez duros y aquel día dejamos sin chucherías el kiosco del pueblo. Por la noche, cuando dormíamos, el señor Francisco comenzó a aporrear de nuevo la puerta, en pijama, acompañado de su esposa e hijos, que estaban aterrorizados. “¿Dónde está ese zarrapastroso, ese vil estafador, ese falsario que es su nieto Manolito?”, preguntaba el hombre algo violento, con ganas de colgarme. Mi abuelo apenas entendía aquel léxico tan de la Plaza de Cuba, pero enseguida imaginó de qué se trataba. Enterado de que la rata vivía aún en casa de los vecinos se vistió y acabó el trabajo que me encomendó y que no fui capaz de llevar a cabo porque aquella bestia me miró de una forma que me llegó al alma. Los animales tienen un sexto sentido para saber quiénes pueden o no hacerles daño. Y aquella maldita rata me llevó al huerto. Se aprovechó de un niño que no sabía diferenciar entre los animales malos y los animales buenos. De aquel exterminador de alimañas que no quiso ponerse Manolito el Matarratas en las tarjetas de visitas para darse importancia, como el peón de albañil que prefirió decirle a su madre que era volteador de cubetas mezcláticas. Ahora que nadie se entera quiero decir que siempre le he dicho a mi madre que soy periodista, aunque no lo sea. Y ella va presumiendo por Padre Pío de tener un hijo tan importante como Juan Imedio. No le quitéis esa ilusión, compañeros.

28
Jun/2013

Honores a Manuel Molina en Triana

Un baile en TrianaEl Hotel Triana albergará hoy una nueva edición del Festival Flamenco Pasando el Puente, dedicado a uno de los artistas más sensibles y carismáticos del flamenco, Manuel Molina. Guitarrista, a veces también canta y lo hace con un gusto único y unas letras de esas que parten o enamoran el alma. Puede parar el tiempo con una bulería de solo tres versos: Mira si soy trianero/ que estando en la calle Sierpes/ me considero extranjero. Grandes figuras del flamenco se van a dar cita esta noche en el Hotel Triana para rendirle homenaje a este incomparable artista, un auténtico superviviente del arte, hombre sencillo, del pueblo, sin grandes humos, que siempre tiene su mejor sonrisa para los amigos y una mirada que parece escapada de algún viejo gitano trianero de aquella Cava de Caganchos y Pelaos. Noche importante en Triana, donde escuchar flamenco sigue siendo algo tan especial como oír música clásica en Viena u ópera en Milán. Ojalá se llene tan emblemático marco y el maestro Manuel Molina se vaya esta noche a dormir con su mejor sonrisa.

27
Jun/2013

Manuel Vallejo y el niño de la casita de cristal

Hospital Central.2

Antiguo Hospital Central de Sevilla

Nunca he contado la historia que voy a referir hoy en este blog que ya me ocupa más tiempo del que esperaba. Pero si hay que dar la vida por seguir con ustedes durante años, la daré. Faltaría más. Cuando mi padre murió yo tenía solo treinta meses de edad. Estuvo ingresado algún tiempo en el Hospital Central de Sevilla, pero la leucemia acabó con su vida cuando tenía solo 33 años. Murió a finales de julio de 1960. Dio la casualidad de que mientras él se moría yo estaba en el mismo hospital con una anemia que a punto estuvo de mandarme también al cementerio. Sin embargo, aguanté la embestida de La Pálida y mientras mi madre se llevó a mi padre para enterrarlo permanecí ingresado en este sanatorio, el edificio donde hoy está el Parlamento de Andalucía, en la Macarena. En la habitación de al lado habían ingresado también esos días a un genio del cante flamenco, el sevillano Manuel Vallejo, al que mi padre admiraba y calcaba. Estando yo ingresado dejó de latir el débil corazón del cantaor de la calle Padilla, el día 7 de agosto, como consecuencia de un ictus apopléjico. No he sabido esta historia hasta hace unos días, cuando una tarde, escuchando a Manuel Vallejo en mi casa, la que me trajo al mundo se percató de que lloraba por la cara abajo y me la contó. Me dijo que mi padre, agonizando, se enteró de que habían ingresado al célebre cantaor, de que estaba en su misma planta. Como pudo, agarró mi mano y me llevó a la habitación para que viera al artista, al que él había escuchado muchas veces cuando iba a cantar a los cines de Arahal. “Aquí te presento al Rey del Cante”, dijo mi padre. No recuerdo nada, como es obvio. Cuando a los pocos días de enterrarse mi padre vino mi madre a por mí al dispensario una monja le dijo que Vallejo me había visitado en la habitación un par de veces. La última, dos días antes de morirse. Ahora comprendo por qué una mañana en la que mi tío Antonio Bohórquez me puso por primera vez, en Arahal, un cante de Manuel Vallejo y me enseñó una fotografía suya, sentí un insólito temblor y rompí a llorar. Recordé que había soñado una noche que el hombre de la fotografía se acercó a mi cama y me cantó una hermosa nana. Y ahora resulta que no fue un sueño. Que aquella noche el genial Manuel Vallejo se compadeció de un pobre niño al que se le había muerto su padre y que luchaba por la vida en una humilde casita de cristal. No sé si la última parte de la historia es del todo cierta o solo es un sueño, pero a mí me apetecía mucho contarla. Y si acaso no lo fuera, estoy convencido de que merecía serlo. ¿A que sí, amigos?

24
Jun/2013

Réquiem por ‘Pitingo’

A María Luisa Mateo

pitingo 2

‘Pitingo’ estuvo suelto por el patio de mi casa las últimas horas.

El gorrión Pitingo ha muerto y estoy desolado. Lo encontré en mi patio una mañana, sin apenas plumas, lo crié a mano con pasta para alimentar inseparables y ha estado en un jaulón unos veinte días. Sabía que un día tendría que abrirle la jaula para que viviera en libertad y lo hice el sábado por la mañana, después de llenarle el buche de comida y darle mil besos. Sorprendentemente, Pitingo no voló alto para salvar las paredes del patio y se quedó jugueteando en el rosal y los helechos, picoteando en el mantillo y bebiendo en una cerámica. Decidió quedarse conmigo en casa, donde todo han sido mimos. Sin embargo, el mismo sábado por la tarde, cuando almorzábamos, comenzamos a sospechar que algo ocurría porque no lo escuchábamos. Salimos al patio y descubrimos su cuerpo ya cadáver en un helecho. Al parecer, se enredó en alguna hierba seca y acabó ahorcándose solo. Tantas precauciones para que no terminara sus días en la barriga de un gato del barrio y ha muerto de la manera más estúpida. Les parecerá una chiquillada, pero le había cogido cariño a Pintingo el señoritingo, porque se llevaba todo el día dando respingos. Tuvo la opción de coger el vuelo y unirse a su familia, pero decidió quedarse en los helechos, al fresquito, comiendo alpiste y recibiendo mis caricias, que no siempre le gustaban. Me consuela saber que le salvé la vida, en un primer momento, porque cayó en el patio adecuado. Ha vivido poco tiempo pero ha sido feliz y lo hemos inmortalizado en La Gazapera. Pitingo el saltaringo, el señoritingo, el que se llevaba todo el día pitingueando, era ya una celebridad entre los flamencos del mundo, entre los lectores del blog. Se ha ido y me ha dejado el corazón espachurrado, como cuando pisas un tomate maduro contra la tierra. Ahora sólo podré verlo en La Gazapera, algo que haré todos los días para no olvidarme de esa pequeña criatura de plumas que en dos semanas me ha enseñado muchas cosas, quizás más que algunos de los maestros que tuve en el colegio. Me ha enseñado que se puede amar a un gorrioncito a pesar de que siempre que le daba de comer con la jeringuilla me picaba con toda su fuerza. Era un gorrión morisco valiente, orgulloso y esquivo, pero tan hermoso y simpático que me ha roto este corazón mío ya lleno de cicatrices.

Reposición

22
Jun/2013

Aquella fábrica de porrones tuneados para señoritos

Más de doscientos millones de niños son explotados laboralmente en el mundo. Solo en España son esclavizados unos treinta mil en la mendicidad, la prostitución y el robo, y obligados a trabajar antes de tiempo. Esto demuestra de lo que somos capaces los seres que habitamos este planeta, reconocidos todavía como humanos y claramente diferenciados de las ratas. Naturalmente, y como consecuencia de la crisis económica, que curiosamente ha incrementado el número de ricos en España, estas cifras irán creciendo en los próximos años. Se pone la carne de gallina al saber que decenas de miles de adolescentes no podrán estudiar en España por no poder pagar las tasas universitarias. Son los hijos y los nietos de parte de esos seis millones de parados que hay en nuestro país, muchos de ellos sin ningún tipo de ayuda por desempleo y en claro riesgo de exclusión social. De esta canallada no solo tiene la culpa la derecha, que es la que gobierna actualmente sin ninguna sensibilidad hacia los pobres, sino la izquierda, la que lo hizo durante tantos años con mayoría absoluta y no fue capaz de blindar el futuro de nuestros jóvenes, sobre todo el de los de clase humilde, aunque no fuera un blindaje tan generoso como el de los políticos y los banqueros. Solo el suficiente para asegurarles una formación con la que pudieran labrarse un futuro digno.

PalomaresEn Palomares del Río hubo una fábrica de porrones, Artesanías Montes, de aquellos que se revestían con finas pieles de animales, donde trabajé cuando tenía solo diez años. Después del colegio echaba horas por las tardes para ayudar en casa, como se decía entonces. Las pagaban a cinco pesetas y solían ser dos o tres horas diarias, que sumaban un verdadero capital. Para que se hagan una idea, con el sueldo de un día te podías comer cinco albures fritos en el mesón de Farina. En esta fábrica fue donde descubrí que el pegamento enganchaba. Como mi trabajo consistía en forrar porrones, entre otras labores, estaba siempre en contacto con el caucho y, sin saberlo, agarraba unos colocones increíbles. Era un niño siempre colgado viendo lucecitas de colores, con una cara de gilipollas que daría cualquier cosa por poder verme ahora en una fotografía de aquel tiempo, aunque el asunto no sea para frivolizar porque en algunos países es un drama social de una dureza atroz, como sucede todavía en Brasil. En aquella época ya habían llegado los porros de hachís a Palomares. Se veían porreros y todo, como en cualquier pueblo moderno. Pero mis vacilones eran por el pegamento. No lo supe hasta que años después leí un reportaje en el diario El País sobre los niños callejeros adictos al caucho. Seguramente llegué a ser también un niño adicto, porque ansiaba que llegara la tarde para irme a la fábrica y flotar por todo el pueblo oliendo el maldito pegamento. En esta célebre fábrica, además, como era un niño explotado, supe por primera vez que sería un contestatario, un sindicalista, un líder obrero, aunque haya acabado siendo un aburguesado crítico de flamenco, con una blackberry que no sé manejar y una cuenta en Twitter que me esclaviza casi tanto como aquella fábrica de porroncitos embellecidos.

Los tres niños de Doña Josefa: Antonio, Loli y Manolito.

Me mandaron una tarde a lavar porrones y con el efecto del pegamento los coloqué de forma incorrecta en una especie de angarilla, para su secado, con tan mala fortuna que el inestable soporte se fue al suelo y se rompieron treinta porrones de artesanía. Con uno de ellos me corté un pie y tuvieron que llevarme a la oficina a curarme. Cuando llegó el encargado le restó importancia al tajo en el pie, aunque no a las botellas rotas.

-Que sepas que tendrás que trabajar gratis todo un año para pagar las botellas -dijo algo furibundo.

Me hirvió la sangre proletaria y le dije que no solo no iba a pagar las dichosas botellitas tuneadas para señoritos presumidos, sino que iba a denunciar a la fábrica por explotación infantil. El encargado comenzó a reírse y me echó de la oficina de una cariñosa patada en el trasero, por aquello de la confianza que daba el hecho de ser vecinos.

-¡Tiene gracia el niño! Encima de torpe, marxista -dijo riéndose a mandíbula desencajada.

Naturalmente, ese fue mi último día en la fábrica de porrones tuneados. No podrían imaginar lo que me acordaba del adhesivo, del pegamento, porque echaba de menos las lucecitas de mil colores y aquellos viajes siderales por los tejados del pueblo, el campanario de la iglesia y los olivos de El Cucadero. Nunca más volví a oler el pegamento. Estos días he leído de nuevo el drama de los niños del caucho en Brasil y no he podido evitar recordar aquella experiencia que, por supuesto, poco tiene que ver con la trágica historia de estas criaturas, que no tendrá fácil arreglo mientras el mundo mire para otro lado, si es que mira para alguna parte. Tal y como están las cosas en Andalucía no nos extrañemos de que, además de esos miles de niños obligados a prostituirse, a delinquir y a mendigar, empecemos a ver de nuevo a los de Andalucía cogiendo algodón o vareando olivos, durmiendo en las cuadras de los cortijos y abandonando los estudios para ayudar en casa. Y de esto no serán responsables solo los políticos: lo seremos un poco todos.

 

21
Jun/2013

Paco Palacios El Pali: aquel hombre sencillo que le robó el alma a Sevilla

Si hiciéramos hoy una encuesta en la puerta de veinte colegios sevillanos, ¿cuántos de cada diez niños o adolescentes sabrían decirnos quién fue El Pali? Mejor no hacerla. Y solo hace un cuarto de siglo que murió don Francisco de Asís Palacios Ortega, el sevillano que hiciera universal el remoquete artístico de El Pali, con el que batalló durante tantos años por ciudades y pueblos hasta que Antonio Burgos lo rebautizó en 1981 como El Trovador de Sevilla. Qué facilidad tienen a veces en la ciudad de la Giralda para olvidar a sus artistas más genuinos. La misma que para encumbrar en ocasiones a otros que el pueblo lleva a los altares de la idolatría sin justificación alguna, y dejémoslo ahí. ¿Cuántos sevillanos sabrían decirnos quiénes fueron Félix Moreno, Manuel y Miguelito de la Barrera, Amparo Álvarez La Campanera, el Maestro Otero, Realito, Manuel Ojeda El Burrero o Silverio Franconetti? Al empezar esta semblanza sobre El Pali se me vino a la cabeza una de sus muchas sevillanas: Sevilla tiene una deuda/ tiene una deuda Sevilla/ Cómo se nota su falta/ por las calles de Sevilla. Podría servir para reclamar hoy que se salde ya la deuda que Sevilla tiene contraída con tan entrañable artista popular, como él reclamaba en estas inolvidables sevillanas de 1979 para Pepe el Escocés, otro personaje de la Sevilla castiza que supo retratar con una literatura sencilla, aunque con alma. Tuvieron que arrebujar sus genes un gallego y una sevillana para que viniera al mundo un personaje de la gracia, el talento natural y la personalidad de El Pali. Para que en el inicio de los 70 del pasado siglo saltara a la arena del cante hispalense quien vendría a darle al palo de las sevillanas una nueva mano de barniz, como el Niño de Marchena se la dio a los fandangos. Solo con su voz y sus letras, además, en solitario y rivalizando con dúos tan célebres y revolucionarios como el de Los Hermanos Toronjo o el de Los Hermanos Reyes, y sin acobardarse ante el tremendo éxito de Los Romeros de la Puebla, Los Amigos de Gines o Los Marismeños.

PaliEl palo de las sevillanas lo dieron a conocer en toda España los cantaores de flamenco ya en el siglo XIX, artistas como Juan Breva, Manolo Escacena y Antonio Pozo El Mochuelo. Juan Breva ya cantaba las sevillanas corraleras de Triana en los cafés de Madrid cuando Silverio crujía por seguiriyas gitanas y El Canario y La Trini revolucionaban las malagueñas sin panderos ni crótalos. Luego, ya en el siglo XX, una gitanita del barrio sevillano de la Puerta Osario, descendiente de una gitana de Arahal y de un gitano de El Viso del Alcor, la Niña de los Peines, las llevó a los teatros y a los discos de pizarra –no fue la primera que las grabó, como se ha dicho alguna vez: se habían grabado ya antes de ella venir al mundo–, convirtiendo el estilo en un palo más de la baraja flamenca. Fueron los primeros divulgadores de las sevillanas, palo que hoy no tiene ninguna consideración flamenca porque los influyentes puristas decidieron un día, seguramente en un congreso de flamencología, que era totalmente ajeno al mundo de lo jondo, aunque Camarón las bordara con la misma enjundia que bordaba una bulería o unas alegrías de Cádiz. Cuando surgió la voz de El Pali, que también cantaba flamenco –dominó sobre todo el fandango de Huelva– no solo fue una revolución en la parte musical, recuperando el sabor natural de la vieja escuela, el de las sevillanas de veladas, plazas y corrales de vecinos, sino en la literaria. En una España que ya tarareaba las canciones en inglés de Los Beatles y Bob Dylan y que se enamoraba al arrullo melódico de Frank Sinatra y Nino Bravo, sorprendió que un hombre sencillo, orondo, medio cegato y nada atractivo irrumpiera con aquella fuerza cantándole a las cofradías, al Rocío, a los personajes bufos de Sevilla, al inigualable bacalao de Las Lumbreras, al Rubio Pepe Luis o a los niños toreros de La Gabriela y El Gallo. Pocos cronistas de la ciudad de Sevilla supieron retratar el alma de esta tierra como la retrató El Pali con sus sevillanas, con aquella voz natural, castigada como la de los fandangueros aguardientosos de Alosno, que era tan descriptiva como un poema de Manuel Machado o una soleá de Antonio el Arenero. Nadie le cantó jamás a Sevilla con tanto amor a sus tradiciones, sin complejos, unas veces desde la nostalgia y otras desde la esperanza. Nadie como él supo explicarle a los de fuera cómo era la Sevilla de su tiempo, y del tiempo de sus padres, sin necesidad de recorrer sus calles y plazas montado en un coche de caballos o tener que comprar una guía turística. Y siempre, siempre, sin molestar con sus coplas, sin enfrentar a trianeros con macarenos o a los seguidores de Pepe Luis con los de Curro Romero. Solo se muere lo que se olvida y El Pali es un artista absolutamente inolvidable, lo que no quiere decir que se le haya hecho justicia. Sevilla está siendo cicatera con El Trovador, y algo distraída. Con el hombre que supo hacernos amar a una ciudad que en aquellos años crecía tan deprisa y de manera tan deshumanizada, que solo escuchándolo cantar sus sevillanas tan de Sevilla nos consolábamos. Escuchando cantar a aquel hombre sencillo y humano que le robó el alma a Sevilla.

 

 

 

 

18
Jun/2013

Norit fue mi Platero

Cuando murió mi padre ocupó su puesto en casa mi abuelo Manuel Casado Peña -no era de los flamencos de Utrera y Lebrija, a pesar de su segundo apellido-, el padre de mi madre, al que llamábamos Popá Manué. Era un hombre seco, poco dado a los arrumacos y duro como el cabo de una azada. Su vida no había sido nada fácil y en ocasiones repelía las muestras de cariño con un certero coscorrón. Sin embargo, era honrado y trabajador y lo quisimos como podríamos haber querido a nuestro propio padre. Criado por una madrastra, enviudó en la Guerra Civil de 1936 y se quedó con dos niñas pequeñas. Nunca volvió a casarse, lo que demuestra que adoraba a mi abuela Carmen, cuyo óbito ocurrió por un mal parto en Sevilla en 1938. Encima, cuando ya se había jubilado y vivía tranquilo en Palomares se tuvo que hacer cargo de tres niños, de solo tres años el mayor, en unos tiempos difíciles de la historia de España. Aunque entonces nunca entendí su mal humor, ahora lo comprendo y es lógico que no fuera un abuelo zalamero, cariñoso, sino una persona apesadumbrada por cómo lo había tratado la vida.

Cabrito

Teníamos en casa una preciosa cabra de color chocolate y un día nos dijo el abuelo que se había quedado preñada. Se pueden imaginar la emoción que sentimos todos, porque nunca habíamos tenido un parto en casa, salvo los de nuestra gata, que llenó Cuatrovientos de lindos mininos. Aquella gata  estaba tan caliente como una batata recién cocida. Mi abuelo hizo un trato conmigo, que siempre estuve muy pegado a él.

-Si te encargas de alimentarla todos los días, el chivito será para ti -prometió aquel día el abuelo ante testigos.

Aunque odiaba coger verdolaga, cerrajón y varetas, estuve haciéndolo toda la preñez y mimando a la mamá cabra. La noche que se puso de parto no dormimos porque fue un alumbramiento difícil y en la familia había malos recuerdos de los partos complicados. La pericia de Popá Manué y mis caricias y masajes en la barriga del animal contribuyeron a que el chivito viniera al mundo sin ningún problema. ¡Qué animal más bello! Sin ser Platero, el jumentillo de Juan Ramón, era también suave y peludo y andaba con una galanura propia de los cabriítos. Lo llamé Norit por aquel detergente del borreguito para prendas delicadas, que muchos de ustedes recordarán. El animal perdió la querencia del corral y estaba siempre dentro de la casa, como si se tratara de un perrito, comiendo de todo y durmiendo, en ocasiones, con la gata Lucecita al calor de la copa de cisco. Cuando me iba al colegio me acompañaba siempre y, una vez dentro, regresaba solo a casa dando brincos y volviendo la cara hacia el colegio para verme asomado a la ventana, deslumbrado ante su belleza. ¡Qué largos se me hacían los días esperando que acabaran las clases para llegar a casa y abrazarlo! Norit sabía a qué hora llegaba y me esperaba en la puerta de casa con los ojos vivarachos. Cuando asomaba la cabeza por la cuesta echaba a correr hacia mí y terminábamos revolcándonos los dos en la fría hierba. Pero un día me resultó extraño que no saliera a recibirme, como acostumbraba. En casa había un hombre de Almensilla, amigo de mi abuelo, amarrando al cabrito y a su madre en su bicicleta, ya que los acababa de vender en mil reales. Pepa, sumisa siempre ante su dominante padre, evitó encontrarse con mi mirada de incredulidad e intentó consolarme diciéndome que podría ir a verlo cada vez que quisiera, ya que estaría cerca de Palomares. Popá Manué no se atrevió a mirarme siquiera a la cara. Corrí hacia los olivos en busca de consuelo y desde un cerro observé con resignación y dolido cómo él y su madre se alejaban enganchados a la destartalada bicicleta camino de Almensilla. Nunca volví a saber de Norit. Desde aquel día me acuerdo de él cada Navidad y me imagino un día de Reyes abriendo una gran caja y emocionándome con la sorpresa de encontrar en su interior a un chivito como Norit, suave y peludo sin llegar a ser Platero, aunque significó para mí lo que el célebre burrillo para Juan Ramón Jiménez.

17
Jun/2013

Yerbabuena para el último maestro

Fosforito

El maestro Fosforito va a recibir el próximo día 5 julio la Yerbabuena de Plata de las Cabezas de San Juan, en su festival de flamenco. El pasado miércoles se presentó el cartel en el Ayuntamiento de la localidad y se llenó el salón de plenos. Fosforito no estuvo presente por problemas de agenda, pero sí estará el día de su homenaje para recoger un galardón que han recibido ya artistas del renombre y el prestigio de José María Pemán, Concha Piquer, Curro Romero, Manolo Sanlúcar, Salvador Távora, José Manuel Caballero Bonald y, entre otros muchos, Rocío Jurado o el periodista Jesús Quintero. El maestro Fosforito, que cumplirá 81 años el día 3 de agosto, está aún en forma. Ya no canta en los festivales, pero da conferencias  y participa en semanas culturales del país. Como ocurre con los toreros, los artistas flamencos no se retiran nunca y el maestro de Puente Genil no solo no se ha retirado, sino que se arrima cada día más. De otra forma, claro. Ahora se arrima a otro toro, en otro compás, enseñando lo que sabe, que es mucho. No hay en la actualidad un maestro del cante jondo que sepa de flamenco lo que sabe el cordobés. Sobre todo de cante, aunque no hay que desdeñar sus conocimientos sobre la guitarra y el baile. De guitarra, porque la toca y muy bien. De baile, porque durante años fue el cantaor de grandes figuras como la artista sevillana Manuela Vargas. Cuando se habla de cantaores largos no siempre se tiene claro qué es un cantaor largo. Se puede ser largo en unos palos y no en otros, como era el caso de Antonio Mairena, extenso por seguiriyas y soleares, tonás y tangos, pero no en los cantes libres: estilos levantinos y malagueños. En cambio, Fosforito lo ha cantado todo a un nivel más que aceptable, como puede comprobarse escuchando su excelente obra discográfica, sobre todo su antología, la que grabó con Paco de Lucía. Desde los palos básicos hasta los festeros y los levantinos, aportando en todos una extraordinaria impronta artística. Cantes como el taranto, las cantiñas y las bulerías de Cádiz, las soleares y las seguiriyas han sonado siempre de una manera distinta en la castigada garganta de Fosforito. Es un cantaor largo, el más largo de todos, por sus conocimientos y porque domina todos los palos, toca la guitarra y, además, canta sus propias letras. Siendo el más galardonado de todos los cantaores actuales, el maestro recibió con alegría la concesión de este prestigioso galardón. Sabe qué significa en Las Cabezas el cante jondo, su festival y sus aficionados, que ya esperan con inusitado interés que el día 5 de julio pise sus calles la actual Llave de Oro del Cante. Nada menos que el último gran maestro del cante jondo.

15
Jun/2013

Las gateras o el cibersexo en el XIX

Los mocitos arahalenses del siglo XIX solían ir a pelar la pava con una escalera al hombro para poder hablar con sus novias por las misteriosas y excitantes ventanas de los soberados, por las que un palomo tendría que entrar con las alas recogidas, de lo pequeñas que eran aquellas ventanitas. Llegaban del campo a la caída de la tarde, se aseaban un poco en el corral con una simple palangana llena de agua fresquita del pozo, se arreglaban, cogían una escalerilla y se iban a ver a las novias. Me he preguntado muchas veces cómo se podía pelar la pava de aquella manera tan incómoda. Más de uno se cayó de la escalera, con fatales consecuencias. Pero lo pasaban mucho peor quienes tenían que hablar con sus novias por las gateras, que iban con una manta para tenderse en el suelo. ¡Cuánto trabajo para encontrar esposa! Y encima se casaban con ellas, con aquellas novias de toda la vida que los obligaban a llevar una escalera o una manta para conformarse solo con escuchar su voz, porque ya me dirán el sexo que podía practicarse a través de una gatera. Solo los muy superdotados tenían alguna posibilidad de comerse una rosca. Sin embargo, ahora parece que los hombres no hemos hecho nunca nada por la sufrida y sagrada institución del matrimonio.
Mi abuelo Manuel me contó que un pariente suyo que pelaba la pava haciendo malabares a través de una reja cogió un calentón de mil demonios, logró meter la cabeza -la de pensar- por entre los hierros y luego no podía sacarla. Se ve que le engordó la calamorra con la excitación y no había manera de sacarla de entre los barrotes. La novia llamó a su padre para que buscara una palanqueta o un gato, algo para poder liberarlo de aquel horrible suplicio. Pero el suegro, que tendría que ser más bruto que un arado de palo, cogió una vara de acebuche y le puso la espalda al futuro yerno con más cardenales que El Vaticano un domingo por la mañana.
Cuando se cansaban de la escalera y la manta, era la hora de pedir la mano de la prometida para poder entrar en la casa. Nada más que hasta el zaguán, claro. La costumbre era que la suegra informara a su marido que tal día iría el futuro yerno a tirar la tranca. ¿Qué era eso de tirar la tranca? El suegro abría la puerta de la calle, el mozuelo llegaba, cogía la tranca de la puerta y preguntaba en voz alta: “¿Tranca dentro o tranca fuera?”. Si consentía la relación, decía que tranca dentro. Si no la consentía, el chaval soltaba la tranca y se iba.
Como siempre fui un chiquillo de una imaginación sin límites, quise poner en práctica esta atávica costumbre y la historia no pudo salir peor. Aunque abandoné el pueblo con solo tres años -cuando murió mi padre-, pasaba allí los veranos y me enamoré locamente de una chiquilla por la que llegué a perder la cabeza. Para pelar la pava con ella no necesité nunca escalera ni manta -en los años 60 del pasado siglo ya se había extinguido esa costumbre-, lo que no quiere decir que tuviera libertad para obrar a mi antojo. La manera de ligar en el pueblo era irte al paseo, acercarte a la chiquilla que te gustara y llevarte así unos meses, andando todas las tardes más kilómetros que Mariano Haro. Recuerdo que cuando comencé a cortejar  a esta muchacha hubo sus chismorreos:
-El sobrino de Rosario la Serena le está llegando a la más chica de La Enterraora -decían.
Mi pobre tía se enteró y me dijo muy emocionada:
-¡Ay, qué bien! Esa mozuela es una hermosura, de una familia muy buena. Su padre es uno de los malletes más ricos del pueblo.
O sea, que tenía un mar de olivos. Le planteé enseguida pedirle la mano a su padre, un señor con cara de pocos amigos que cuando me veía cerca de su hija por el paseo se lo comían los demonios. Sin embargo, según me contó mi tía Rosario, era un hombre con cierto apego a las tradiciones, chapado a la antigua. Eso me dio la idea de pedirle la mano de su hija a la antigua usanza, con el procedimiento de la tranca. Lo hablé primero con la madre de ella para que lo fuera preparando. Lo esperé una tarde a que llegara del campo y guardara el tractor, y cuando supuse que ya estaba sentado en la salita tomándose el café agarré la tranca de la puerta y le pregunté con fuerza desde la calle:
-¿Tranca dentro o tranca fuera?
Tuve que hacer la pregunta varias veces porque el hombre estaba más sordo que Beethoven. Desesperado y dispuesto a todo arrojé la tranca al interior de la casa y escuché un ruido espantoso, como si hubiera roto algún mueble. En efecto, acababa de hacer añicos una preciosa radio de mueble, una Telefunken que mi futuro suegro había comprado hacía pocos días en Galerías Preciados. Salió a la calle con la tranca en la mano y la cara desencajada, y supe enseguida que no aprobaría nunca el noviazgo. Salió detrás de mí y me llevó corriendo hasta el Salaíllo.
No me llegó a dar con la tranca en la cabeza porque el hombre era cojo y yo corría entonces como una liebre nueva, pero la relación no llegó a buen puerto y siempre me he preguntado qué hubiera sido de mi vida de haberme casado con aquella hermosa chiquilla de venusta melena y unos ojos tan luminosos, del color de la miel, que rivalizaban con los luceros de Montefrange.
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Los mocitos arahalenses del siglo XIX solían ir a pelar la pava con una escalera al hombro para poder hablar con sus novias por las misteriosas y excitantes ventanas de los soberados, por las que un palomo tendría que entrar con las alas recogidas, de lo pequeñas que eran aquellas ventanitas. Llegaban del campo a la caída de la tarde, se aseaban un poco en el corral con una simple palangana llena de agua fresquita del pozo, se arreglaban, cogían una escalerilla y se iban a ver a las novias. Me he preguntado muchas veces cómo se podía pelar la pava de aquella manera tan incómoda. Más de uno se cayó de la escalera, con fatales consecuencias. Pero lo pasaban mucho peor quienes tenían que hablar con sus novias por las gateras, que iban con una manta para tenderse en el suelo. ¡Cuánto trabajo para encontrar esposa! Y encima se casaban con ellas, con aquellas novias de toda la vida que los obligaban a llevar una escalera o una manta para conformarse solo con escuchar su voz, porque ya me dirán el sexo que podía practicarse a través de una gatera. Solo los muy superdotados tenían alguna posibilidad de comerse una rosca. Sin embargo, ahora parece que los hombres no hemos hecho nunca nada por la sufrida y sagrada institución del matrimonio. Mi abuelo Manuel me contó que un pariente suyo que pelaba la pava haciendo malabares a través de una reja cogió un calentón de mil demonios, logró meter la cabeza -la de pensar- por entre los hierros y luego no podía sacarla. Se ve que le engordó la calamorra con la excitación y no había manera de sacarla de entre los barrotes. La novia llamó a su padre para que buscara una palanqueta o un gato, algo para poder liberarlo de aquel horrible suplicio. Pero el suegro, que tendría que ser más bruto que un arado de palo, cogió una vara de acebuche y le puso la espalda al futuro yerno con más cardenales que El Vaticano un domingo por la mañana. Cuando se cansaban de la escalera y la manta, era la hora de pedir la mano de la prometida para poder entrar en la casa. Nada más que hasta el zaguán, claro. La costumbre era que la suegra informara a su marido que tal día iría el futuro yerno a tirar la tranca. ¿Qué era eso de tirar la tranca? El suegro abría la puerta de la calle, el mozuelo llegaba, cogía la tranca de la puerta y preguntaba en voz alta: “¿Tranca dentro o tranca fuera?”. Si consentía la relación, decía que tranca dentro. Si no la consentía, el chaval soltaba la tranca y se iba.

Pelando la pava

Como siempre fui un chiquillo de una imaginación sin límites, quise poner en práctica esta atávica costumbre y la historia no pudo salir peor. Aunque abandoné el pueblo con solo tres años -cuando murió mi padre-, pasaba allí los veranos y me enamoré locamente de una chiquilla por la que llegué a perder la cabeza. Para pelar la pava con ella no necesité nunca escalera ni manta -en los años 60 del pasado siglo ya se había extinguido la costumbre-, lo que no quiere decir que tuviera libertad para obrar a mi antojo. La manera de ligar en el pueblo era irte al paseo, acercarte a la chiquilla que te gustara y llevarte así unos meses, andando todas las tardes más kilómetros que Mariano Haro. Recuerdo que cuando comencé a cortejar  a esta muchacha hubo sus chismorreos:

-El sobrino de Rosario la Serena le está llegando a la más chica de La Enterraora -decían.

Mi pobre tía se enteró y me dijo muy emocionada:

-¡Ay, qué bien! Esa mozuela es una hermosura, de una familia muy buena. Su padre es uno de los malletes más ricos del pueblo.

O sea, que tenía un mar de olivos. Le planteé enseguida pedirle la mano a su padre, un señor con cara de pocos amigos que cuando me veía cerca de su hija por el paseo se lo comían los demonios. Sin embargo, según me contó mi tía Rosario, era un hombre con cierto apego a las tradiciones, chapado a la antigua. Eso me dio la idea de pedirle la mano de su hija a la antigua usanza, con el procedimiento de la tranca. Lo hablé primero con la madre de ella para que lo fuera preparando. Lo esperé una tarde a que llegara del campo y guardara el tractor, y cuando supuse que ya estaba sentado en la salita tomándose el café agarré la tranca de la puerta y le pregunté con fuerza desde la calle:

-¿Tranca dentro o tranca fuera?

Tuve que hacer la pregunta varias veces porque el hombre estaba más sordo que Beethoven. Desesperado y dispuesto a todo arrojé la tranca al interior de la casa y escuché un ruido espantoso, como si hubiera roto algún mueble. En efecto, acababa de hacer añicos una preciosa radio de mueble, una Telefunken que mi futuro suegro había comprado hacía pocos días en Galerías Preciados. Salió a la calle con la tranca en la mano y la cara desencajada, y supe enseguida que no aprobaría nunca el noviazgo. Salió detrás de mí y me llevó corriendo hasta el Salaíllo. No me llegó a dar con la tranca en la cabeza porque el hombre era cojo y yo corría entonces como una liebre nueva, pero la relación no llegó a buen puerto y siempre me he preguntado qué hubiera sido de mi vida de haberme casado con aquella hermosa chiquilla de venusta melena y unos ojos tan luminosos, del color de la miel, que rivalizaban con los luceros de Montefrange.

Publicado hoy en El Correo de Andalucía, página 5. Desvariando.