Monthly Archives: Mayo 2013

31
May/2013

¿Quién quiere un Castillete de Oro?

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Los grandes festivales flamencos están perdiendo claramente el norte. El del Cante de las Minas de La Unión, sin ir más lejos. En su 53 edición, dedicada al cantaor Miguel Poveda, se les va a entregar el Castillete de Oro a un torero, Enrique Ponce. A un cineasta y publicista, Pablo Berger. A un periodista, Juan Ramón Lucas. Y a un cocinero, Juan Mari Arzak. Todos muy flamencos. Menos mal que le van a dar uno a  a una gran bailaora, Eva la Yerbabuena. En este histórico festival levantino, que en realidad es un concurso de cante, baile y toque flamencos, lo de menos es ya el certamen. Y los estilos mineros son ya un mero pretexto para hacer un festival de estrellas y famosos que ha perdido su identidad y está tirando por la borda el trabajo de más de medio siglo. Apenas van ya los clásicos artistas que han hecho grande al festival de La Unión. Recordamos con emoción grandes ediciones y añoramos aquellos años en los que lo esencial era  el concurso, la promoción de nuevos valores, cuando no estaba politizado. Ojalá cambien las cosas, por la importancia de los cantes mineros y la historia de un festival que durante décadas marcó la diferencia. Hoy no es ni la sombra de lo que fue.

28
May/2013

Las aventuras de Orejón Sentado

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Cuando era todavía un niño me encontré en una cuneta una caja de cartón llena de tebeos y aquello fue como una aparición celestial. Serían de algún coleccionista del pueblo, de Palomares del Río, porque estaban casi todos los de la época: El Capitán Trueno, El Jabato, El Guerrero del Antifaz, El Cachorro, Jerónimo, Pistolero, Pantera Negra, Diego Valor, El Cosaco Verde y Flecha Roja. Cansado de leer en la enciclopedia Álvarez la historia de Viriato y su lucha contra los romanos, de repasar el Catecismo por imposición del maestro o el cura y de escuchar en la radio de lámparas el horrible serial Matilde, Perico y Periquín, encontré la mejor forma de labrarme interiormente y, sobre todo, de viajar, de salir de Palomares. Lo intenté de todas las formas humanamente posibles, subiéndome en las nubes que podía alcanzar desde el pino de Mampela o navegando en viejas puertas de madera a modo de barcazas, en las lagunas que dejaba el agua de la lluvia en los largos inviernos de entonces, que eran imperecederos. Solo conseguí salir del pueblo leyendo aquellos tebeos, con los que viajé a lejanos desiertos, conocí los peligros de la selva amazónica, aguanté malos temporales en mares embravecidos, aprendí a disparar un rifle en el lejano oeste americano, supe lo que era volar en globo y lo que significaba la palabra aventura. Desarrollé tanto la imaginación que el pueblo se me quedaba pequeño y tenía que fabricar aventuras reales o soñar con ellas en el colchón de foñico. Se me ocurrió un día reclutar a un ejército de conejos para que combatieran contra los perros de los malvados cazadores. El líder de los conejos de Cuatrovientos, Orejón Sentado, era amigo mío y una tarde me senté junto a él en El Majano para proponerle un plan infalible, que consistía en dejar sin olfato a los canes del lugar. En uno de aquellos tebeos aprendí que majando varios tipos de hierbas en un mortero, que podían encontrarse en los soleados campos de Palomares, en las cunetas, se hacía una pasta que ligada con agua de lluvia y orín de burra preñada se podía llenar una garrafa para volcarla en los caños donde solían beber los perros de los perdigueros. Orejón Sentado mostró su desacuerdo al principio, pero acabó cediendo y una mañana, al amanecer, esparcí una garrafa de la pócima mágica en las cánulas de todo el pueblo. Los conejos advirtieron a los demás animales del campo que no bebieran agua de los caños, solo de las lagunas, para que no perdieran el olfato. A la mañana siguiente, día de caza, los conejos acordaron no salir de sus madrigueras, a ver qué ocurría. Los perros trabajaron tanto, sin resultado alguno, que no pararon de beber agua manipulada. Por la tarde, conejos y perros paseaban tranquilamente por El Majano: el mejunje había surtido efecto y los sabuesos perdieron por completo el olfato. Un perro de caza sin capacidad de husmear es incapaz de correr detrás de un conejo, y mucho menos de matarlo. Tanto aumentó la población de roedores orejones en Palomares, que tuvieron que emigrar a otras localidades cercanas. En cambio, Orejón Sentado se quedó en el pueblo y todos los días se burlaba sin piedad de los pobres perros mientras paseaba por el campo con su numerosa prole de gazapitos y la tranquilidad con que lo hacían las parejas de novios por la calle Iglesia en las tardes de verano.

25
May/2013

Cada uno tiene la herencia que recibe

Dios los cría y ellos se juntan. Y se forran también.

Dios los cría y ellos se forran. Los Romeros de la Moncloa.

Según estoy comprobando desde que desvarío los sábados en esta sección, los únicos que tienen que pasar página en nuestra maltratada región y borrarse la memoria son los pobres, los asalariados, porque enseguida sacan a relucir los millones de parados, la corrupción socialista y lo bien que tocamos las palmas, como si esto tuviera algo que ver con lo otro. Los que se reían de quienes desenterraban en los pueblos las gallinas de los montones de estiércol para guisarlas no tienen nada que olvidar. Ni los que se aprovechaban de la pobreza, el hambre y el analfabetismo para obligar a los menesterosos a trabajar de sol a sol a cambio de un trozo de pan y un colchón de foñico, sin derechos ningunos. Algunos de los hijos y nietos de aquellos añoran hoy esa etapa tan vergonzosa de la historia de Andalucía. Esto no lo saco a relucir por rencor hacia los responsables, sino porque me lo permite el artículo 20 de la Constitución. Se llama libertad de prensa, esa que peligra por la crisis, que está cerrando periódicos, pero también porque la prensa es siempre incómoda gobierne la ideología que gobierne. Tampoco es una venganza, solo una opinión y el recuerdo de lo vivido. Si no vamos a poder hablar de las herencias recibidas, cada uno de la suya, es que esto huele que apesta. Lo que más irrita a los orgullosos es el orgullo de los demás, sobre todo si son pobres y quieren seguir siendo seres humanos dignos y no borrar de la memoria lo vivido. Aquí de la única herencia recibida de la que te permiten hablar en las tertulias televisivas es la de José Luis Rodríguez Zapatero. De la otra, la verdadera herencia, el doloroso legado del franquismo, de eso no hay que hablar y hasta puedo entender que los de derechas quieran enterrarla definitivamente para evitar connotaciones que les hagan sonrojarse, que se les caiga la cara de vergüenza. Curiosamente, quienes no quieren sepultarla del todo son los que meten a Franco en campañas electorales para quitarle el poder a la derecha, que dicen que no es un poder legítimo, como por ejemplo el que gobierna en Cuba. En vez de ejercer una oposición dura y ofrecer alternativas a los ciudadanos para acabar con este gobierno antisocial y reaccionario, desentierran cada dos por tres a Franco para ajustarle las cuentas a sus huesos, unas cuentas que no fueron capaces de ajustar cuando se debió hacer porque había que pasar página y se pasó con la llegada de la democracia, que supuso la penúltima palada de tierra sobre el féretro del dictador.

Mendigos

Aznar y Felipe González se desentierran solos, sin que nadie les haya dicho levántense y vuelvan a gobernar, los dos forrados y bajo sospecha de muchas cosas, queriendo dar lecciones de cómo hay que sacar a España del retrete en el que la metieron. Pero así es la política. Lo que me preocupa es otra faceta de la política, la del miedo, la de asustar a la gente, unos porque son de izquierdas y otros porque son de derechas, siempre echándose muertos y mierda encima, en un país medio arruinado que no levanta cabeza, con millones de parados y centenares de miles de personas en riesgo de exclusión social. Cuentas una sencilla anécdota de cómo un cabo de la Guardia Civil le requisaba los espárragos a un jornalero jubilado y enfermo, delante de su nieto de ocho años, y parece que pretendes hacer regresar al Grapo o saldar cuentas con el pasado. El maldito rencor, que parece solo patrimonio de los que perdieron la puta guerra. Decía Gregorio Marañón que el pensamiento se alimenta con ideas, y no con carne y con patatas, como creen muchos hombres y mujeres. Las ideas no tienen nada que ver con ser o no rencoroso y las suelen tener personas de muy distinta condición social. Aquí parece que solo son respetables y aceptadas las de los partidos políticos y que no puedes hacer política si no te afilias a uno de ellos. Se crea una asociación de ciudadanos para protestar en la calle por los recortes y los abusos y enseguida les dicen que funden un partido, como si la democracia fuera solo eso. Un gobernante que no respete el legítimo derecho de cualquier ciudadano a protestar en la calle es un pésimo gobernante. Pero el que lo tilda de nazi o proetarra sin que haya puesto nunca una bomba lapa o gaseado a nadie es un fascista como una catedral. Mi madre no me inculcó nunca el rencor ni el odio, sino todo lo contrario. Siempre ha hablado con devoción y agradecimiento de los señoritos del pueblo que le pagaban diez horas de duro trabajo con una pringá del día anterior y algo de ropa usada, porque consideraba que la ayudaron a criar a sus hijos. Sobre la guerra tampoco ha intentado manipularme nunca. Recuerda con la misma pena a las rojas que les daban aceite de ricino y las paseaban desnudas por el pueblo montadas en un burro, peladas al cero y cagadas hasta las trancas, que a un célebre terrateniente al que amenazaban con quemar vivos a sus hijos si no bajaba de los tejados y se entregaba. Prueba de ello es que en vez de echarme al monte o hacerme terrorista escribo libros de flamenco y publico soleares de amor en Twitter. La memoria es el único paraíso del que no podemos ser expulsados y disminuye con el tiempo si no se ejercita. Si hay que hablar de herencias recibidas, que cada uno hable de la que le han dejado. Sin rencor, claro.

Publicado hoy en El Correo de Andalucía, página 5. Desvariando

23
May/2013

Se nos fue el genial Niño Miguel a su lámpara de palo santo

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Se nos ha muerto hoy el genial guitarrista onubense Niño Miguel. No era un guitarrista flamenco cualquiera, sino un genio que, en vez de salir de una lámpara mágica, salió de una guitarra. También mágica, gitana, enduendada. Tenía solo 61 años pero se ha llevado tantas penas a la tierra como si hubiera vivido dos siglos. Y las tenía todas en las prematuras arrugas de su rostro, envejecido, con los ojos  siempre mirando a no se sabía muy bien dónde, aunque él lo supiera a veces. Tenía que morir joven para ser más mito de lo que ya lo era en vida. El Niño Miguel era la guitarra, el guitarrista, el músico callejero abrazado a una sonanta incompleta de cuerdas, que fue capaz de volver loco a Morente y a Camarón con solo un bordonazo, de lo que alguna vez fuimos testigos. Era de Huelva, de donde fue también otro genio de la guitarra, Manolo de Huelva. Nacido en el seno de una familia de artistas de la bajañí, el niño de Miguel el Tomate tuvo una infancia dura, pobre, de fatigas. Pero su toque no reflejó nunca esas fatigas. Era el suyo un sonido claro, cristalino, pulcro, elegante y correcto técnicamente. Pero gitano, de sentimiento. Cuando apareció su primer disco fue una auténtica revolución en el mundo de la guitarra. Los aficionados hablaban de él como del nuevo Mesías del flamenco. Y eso que ya estaban ahí Paco de Lucía y Manolo Sanlúcar, sus dos primeros admiradores. El Niño Miguel era el guitarrista de los guitarristas. He visto llorar a otros genios, como Rafael Riqueni, cuando hablaban del gran artista de Huelva. Aquellos fandangos suyos, aquel vals por bulerías. Era clásico, pero también moderno, un artista único que era capaz de crear una falseta prodigiosa con una guitarra sin apenas cuerdas. Los periódicos, los medios de comunicación en general, se ocuparán de él seguramente porque alcanzó una notable popularidad cuando vagaba por las tabernas y locales de Huelva con su guitarrillo a cuestas, como un Piyayo de este tiempo. Pero el Niño Miguel era un guitarrista tan grande con la Catedral de Sevilla, ciudad a la que vino a tocar algunas veces y nunca se fue sin que la Giralda y el Niño Ricardo, desde su tumba sevillana, le hicieran una reverencia. Vino a la Bienal y tocó en los Reales Alcázares. Y vino al Auditorio de Cajasol con una guitarra prestada, ya mermado. Las dos actuaciones quedarán en la historia de nuestra ciudad. Se ha muerto el Niño Miguel. No se ha marchado un guitarrista cualquiera, aunque nunca fuera muy importante. Se nos acaba de ir, con su propia música de fondo, su música gitana, el genio que un día decidió salir de una lámpara de madera con seis cuerdas para demostrarnos que la guitarra es,  como dijera Gerardo Diego, un pozo con viento en vez de agua. Vaya usted con Dios, maestro Miguel. Y con el viento. Descanse en paz.

http://www.youtube.com/watch?v=EMzFaQd6TjQ

23
May/2013

¿Otra Bienal de Flameco y una Lámpara Minera en Nueva Delhi?

En la Junta de Andalucía estarían encantados con que desapareciera la Bienal para crear ellos una y poder seguir demostrando cuánto quieren a los flamencos. Es sin desaparecer todavía y ya se han inventado una especie de segunda Bienal para los años en los que no se celebre el magno festival sevillano. Su primera edición, entre septiembre y octubre de este mismo año. Nunca vamos a criticar algo que dé trabajo a los artistas y que sirva para que los aficionados sevillanos disfruten. Habrá que suponer que harán lo mismo en las demás provincias andaluzas. Pero mientras se programa esto los festivales de verano de los pueblos se vienen abajo y el apoyo a la investigación no existe. El sentido cultural del Instituto Andaluz del Flamenco se va de compás al intentar cuadrar el pareado Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Aquí la mayor parte del dinero se va para los artistas. Pero donde tienen arte es en La Unión. Casi no pueden pagar los premios a los concursantes y han creado un festival minero en la India. ¿Habrá Lámpara Minera en Nueva Delhi? En qué manos estamos.

21
May/2013

Periodismo tabernario

Hoy no se fía

El periodismo de calle empezó a morir cuando los periodistas de raza cambiaron las tabernas por las cafeterías de los hipermercados y el manoseado bloc de notas por la BlackBerry. En las tabernas, sobre todo en las de los pueblos, se entera uno de todo lo que ocurre no solo en el pueblo, sino en Nueva York o en Moscú. Se tocan temas muy variados, desde las subvenciones de la Comunidad Europea a la pipa de girasol y a la aceituna, hasta los efectos del terrible huracán Sandy, “que no es para tanto; en la Vega tenemos un Sandy de esos todos los fines de semana y no aparece ni en el tablón de anuncios del Ayuntamiento”. Está uno al corriente de todo por lo que cuesta una simple tostada con aceite de oliva, un café y una copa de aguardiente, de los familiares del alcalde que han sido colocados a dedo en el consistorio, y hasta qué equipo va a poner Pepe Mel en el próximo partido del Real Betis. No digamos lo que se aprende del tiempo, porque en los pueblos aún a quienes predicen la meteorología del día siguiente según qué articulación les duele o qué hueso no les ha dejado dormir. Se producen verdaderos debates políticos, siendo el moderador del debate el propio tabernero, quien con una habilidad extraordinaria provoca a los parroquianos con temas que pone sobre el mostrador: “Rubalcaba dice que no se va”, a lo que enseguida contesta algún contertulio furibundo, ya un poco chispón: “¿Y por qué se va a ir el hombre? Déjalo ahí hasta que aprenda, que alguien tendrá que echar a Rajoy”. Lo que más me asombra es cómo conviven en las tabernas personas de distinta ideología, desde los muy de derechas hasta los de izquierdas, dando una lección de tolerancia política. El aguardiente les cuesta igual a los unos que a los otros, pero si el tabernero tarda menos tiempo en ponerle la tostada al de derechas que al de izquierdas, se lía la guita enseguida, aunque nunca brillan las albaceteñas. Los periodistas deberían volver a las tabernas, al pringoso bloc de notas guardado en un bolsillo de la gabardina, al trabajo de calle. No sé si se venderían más periódicos, pero el periodismo sería mucho más auténtico y estaría menos controlado por el Estado. No hace muchos días estaba desayunando en la taberna de un pueblo en la que se estaba produciendo un acalorado debate sobre la corrupción local. “Cuidado, que viene ahí el alcalde”, advirtió el tabernero, pero nadie se calló. Es más, el que parecía más insurrecto de todos, con la gorra encasquetada hasta las orejas y las botas llenas de barro, le replicó sin miedo alguno: “¿Qué pasa, que este no roba quizá”? En los pueblos es todo más cercano, más puro, más auténtico. Esta misma mañana le he preguntado a un vecino de Mairena del Alcor que por qué no entraba nunca en los debates y me ha contestado por soleá: A mí se me importa pocoque un pájaro en la alamease mude de un árbol a otro. Y no fue al colegio. Ni falta que le hizo al buen hombre.

18
May/2013

Tienen miedo a que se repita la historia

Cuando veo a mi madre, con 86 años y empotrada en una silla de ruedas, con los huesos destrozados de tanto trabajar y asustada por todo lo que está ocurriendo en España, se me pasan cosas por la cabeza que me dan miedo. Mejor será no decirlas, que no está el horno para bollos y me pueden tildar rápidamente de radical. Con la derecha viendo proetarras por todas partes, la televisión pública animando a los parados a rezar para aliviar la angustia y la ONU aconsejándonos  que comamos cigarrones para no desperdiciar la ternera -Zapatero, al menos, nos recomendó embaular conejos-, lo de que te acusen de radical es casi un elogio. En política la palabra radical se aplica a la persona partidaria de reformas extremas y arriesgadas, generalmente destinadas a profundizar en los logros democráticos. Pero también significa ir a la raíz de las cosas y es lo que voy a hacer. Mi madre nació en la dictadura de Primo de Rivera, en el seno de una humilde familia arahalense de asalariados del campo. Con 11 años ya trabajaba en las casas de los señoritos del pueblo y a esa edad perdió a su madre de un mal parto, en plena guerra civil. Vivió cosas espantosas, cómo se mataban los unos a los otros en un pueblo de entonces unos diez mil habitantes, donde antes de la guerra del 36 ya ejecutaban a los rojos y a los campesinos que se levantaban contra los terratenientes. Cuenta historias terribles, como el fusilamiento de una vecina a la que mataron al día siguiente de parir a su primer vástago. La detuvieron y como le faltaba un mes para dar a luz alguien llamó a Queipo de Llano a Sevilla para informarle de la embarazosa situación.

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En un arranque de ternura y compasión el famoso general dijo que pospusieran la ejecución para después del parto, y así lo hicieron. No le dejaron tiempo ni para que le diera el pecho una sola vez a su hijo. Pero también cuenta cómo estuvieron persiguiendo por los tejados como a una rata a un terrateniente del pueblo, un buen hombre, cuatro días con sus correspondientes noches. Cuando acabó la guerra mi madre sufrió las miserias de la posguerra, el hambre, el luto perpetuo, la esclavitud. Se casó con un jornalero del pueblo que le hizo tres hijos en cinco años y murió de leucemia, con la edad de Cristo, dejándola desamparada. Como pudo, limpiando suelos y verdeando, y yendo a los comedores sociales, sacó a sus hijos adelante y cuando llegó la democracia se le apareció Felipe González, el expresidente del Gobierno. Nunca antes se le había aparecido nadie. Ni siquiera la Virgen. Le llegó la recompensa a tanto trabajo y sufrimientos: médico y medicamentos gratis, una pensión digna y, cuando la necesitó, asistencia gratuita en su casa por parte de los servicios sociales. Pero ahora ya paga una parte de sus medicinas y como ha habido recortes para la Ley de Dependencia, se teme lo peor. No entiende el brutal recorte de derechos de este Gobierno, ganados a pulso a base de trabajo y lucha. Podría vivir con alguno de sus hijos, pero es una cabezota dependiente e independiente y quiere vivir en su propia casa, regalo de sus retoños, con su patio lleno de macetas, un monitor de televisión en el que solo se puede sintonizar Canal Sur -es un fenómeno paranormal digno de ser tratado en Cuarto Milenio-, su hamaca para tomar el fresco por las noches en la puerta de la casa y su cocina sin campana ni horno. No quiere nada más. Entre suspiro y suspiro, a veces suelta un “¡Felipe, por qué me has abandonado?”. Pongo de ejemplo a mi madre, aunque hay millones de personas en España que están sufriendo y que no se lo merecen. Ciudadanos que aceptarían la situación actual con mayor resignación si vieran que todos meten el hombro en la trabajadera de la crisis económica. Pero no es así y lo ven todos los días en la televisión, lo leen en los periódicos y lo escuchan en la radio. Es cierto que la crisis se ceba también con empresarios, medios de comunicación y entidades financieras. Que no solo lo hace con los sufridos asalariados, las personas mayores y los jóvenes. Pero también es verdad que son estos los más indefensos ante una crisis de la que los únicos responsables son los que han gobernado este país en las últimas tres décadas, los de izquierda y los de derecha, con un desastroso control del gasto público, corrupción y privilegios. Los jóvenes tienen toda una vida por delante para labrarse un futuro, unos aguantando aquí hasta que pase el chaparrón y otros emigrando a países más prósperos. Los de mediana edad ya han hecho prácticamente su vida y los parados sobreviven con la prestación por desempleo y cuatro chapuzas. Son los que han levantado a este país y no es justo que los echen de sus casas y los condenen a la exclusión social. Pero los que de verdad no merecen recortes son los mayores, los más pobres, las personas que, como mi madre, criaron con miles de fatigas a sus hijos en la peor época de la historia de España. Bastante tienen ya con ver cómo están condenando a sus nietos a tener que emigrar o quedarse como mano de obra barata, con una educación que amenaza con ser de nuevo privilegio de los hijos de los ricos, problemas para emanciparse, acceder a una vivienda digna y el riesgo de ser considerados proetarras o nazis cuando exigen en la calle un futuro mejor y el final de los abusos de políticos y banqueros del país.

Publicado hoy en El Correo de Andalucía, página 5. Desvariando.

Mi cuenta en Twitter: @Lagazapera

15
May/2013

El Pipa, anquilosado y sin ideas

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Cuando se lleva uno algún tiempo sin ver bailar a un artista flamenco y vas al teatro a ver algo nuevo lo haces con la esperanza de que te sorprenda, que te recuerde aquello de siempre que te gustó en su momento, pero también para que te muestre lo que ha aprendido, lo que ha evolucionado en todo este tiempo como artista. Anoche acudí al Teatro Central de Sevilla, a la clausura de Flamenco viene del Sur, con la ilusión de refregarme el baile de Antonio el Pipa por la piel hasta hacerme sangre. Me hacía falta, cansado ya de baile experimental y vacío, sin pellizco, sin arte. El Pipa es un bailaor que me gustaba mucho hace dos décadas, cuando era de una frescura gitana extraordinaria y prometía grandes cosas. Quién no ha disfrutado con este bailaor en la Bienal y en los festivales de verano de los pueblos andaluces. Pero anoche me llevé una gran decepción y lo digo con todo el dolor de mi corazón. Hacía tiempo que no veía un espectáculo de flamenco tan chabacano como De la tierra. El Pipa no solo no ha aprendido casi nada en todo este tiempo, sino que ha empobrecido lo que sabía y su concepto teatral se hace ya casi insoportable. No porque se haya anquilosado como lo ha hecho, conservando unas poses repetitivas y más amaneradas de lo que nos tiene acostumbrados. Tampoco porque sus paseos por el escenario, luciendo el palmito como si estuviera en una pasarela, sean tan anticuados como innecesarios. Sobre todo porque no aporta nada nuevo, y no cuenta nada. No me refiero a que no narre ninguna historia, que para eso ya están el teatro y el cine. Me refiero a que una pieza de baile tiene que ser buena técnicamente, y su técnica deja ya bastante que desear. Pero, además, unas cantiñas, unas soleares, unas seguiriyas y unas bulerías tienen que transmitir emoción, sacudirnos por dentro. Anoche la única emoción que hubo la pusieron los cantaores, sobre todo Morenito de Íllora. Pero en un espectáculo de baile no se puede emborrachar al público de cante. Las buenas maneras de Claudia Cruz, que apuntó cosas, se nos antojaron muy poco. El Pipa se apoyó demasiado en ella y en el cuadro, ofreciéndonos lo de siempre, entregado y metido en su papel, pero frío y sin transmitir. Si no se da prisa en reconducir su carrera, en aprovechar mejor lo que ha mamado en Jerez y en su propia familia, adaptándose a los nuevos tiempos, acabará dando cursos para guiris o haciendo lo de anoche mientras lo dejen: reproducir una y otra vez un repertorio que solo puede emocionar a quienes son fáciles de emocionar. Puede hacer algo más de lo que le vimos anoche.

Clausura Flamenco viene del Sur. Compañía El Pipa. De la tierra. Teatro Central de Sevilla. 14 de Mayo de 2013.

14
May/2013

Morirse antes estaba de la muerte

REsponso gracioso

Los velorios ya no son lo que eran hace unas décadas. Ahora vas a velar a un muerto y como tienes que ir a un tanatorio empiezan pronto los problemas. “¿Estará en el de San Jerónimo o en el de la S-30?”, preguntas a quien te da la noticia de la defunción. Entras en el tanatorio y alguien con cara de haberse salido del ataúd te dice que allí no hay ningún cadáver con ese nombre. Cuando por fin encuentras al interfecto estás que te mueres y te dan ganas de quedarte allí para ahorrarle gastos a tu familia. El tanatorio es un lugar frío, deshumanizado, sin vida. Los de antes sí que eran velatorios. Los chiquillos del pueblo nos volvíamos locos cuando alguien estiraba la pata porque los velatorios eran más animados que los bautizos y no tenías que llevar el obligado donativo. Como no había dinero, el bautizo se resolvía con una garrafa de mosto, altramuces y mortadela. El padrino se llenaba los bolsillos de perras chicas para dárnoslas, arrojándolas debajo de los carros para reírse viendo cómo nos desollábamos las rodillas. De Berlanga, ¿no creen? En cambio, en los velorios había dulcería, aguardiente y café a raudales. Si un mismo día se velaba a un muerto y había un bautizo, siempre íbamos a la vela porque, además de que nos poníamos de la muerte, se contaban anécdotas muy graciosas sobre el finado. En una ocasión se velaba un cadáver y alguien narró una vivencia con el fallecido, que estaba solo en una habitación contigua al salón. En pleno relato de la historieta, salió una voz de la sala diciendo: “Eso no fue así…”. Creyendo todos que era el muerto el que replicaba, a algunos les faltaron piernas para salir pitando. Pero no era el extinto, sino su cuñado que, con la melopea, decidió que había que animar el velatorio y se metió debajo del catre en el que yacía el muerto. La expiración antes era otra cosa. Hoy la palma tu vecino y ni te enteras de su óbito. Cualquier día de estos alguien me va a dar la noticia de mi propia muerte y voy a tener que decirle: “¡No me lo puedo creer! Pues yo no sabía que estaba tan malo…”.

12
May/2013

El cerdito Flipper

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En los pueblos había hace años la atávica costumbre de criar cerdos en las casas para sacrificarlos en Navidad y comérselos. Se zampaban hasta los testículos guisados, que ya eran ganas de embaular algo. Todavía hay hogares en los pueblos de la sierra de Sevilla en los que existe esta heredada costumbre. En la casa de unos vecinos criaron a un cerdo desde que era un lechoncito y le cogí tanto cariño que jugaba con él y lo abrazaba como si se tratara de un cachorro de podenco. Le puse Flipper en honor al célebre delfín de aquella famosa serie de televisión de finales de los años sesenta. El cochinito era una preciosidad y, aunque sabía que un día podían darme el disgusto convirtiéndolo en chorizos y churrascos, estaba muchas horas con él y le llevaba el desperdicio de la casa: cáscaras de sandía y melón, hojas de lechuga y mondas de patatas, eran su predilección. Recuerdo que un día, cuando Flipper era ya todo un señor cerdo, le expliqué cuál sería su fin y se le posó en la cara el pájaro de la tristeza.

-¡Qué cabrones! -dijo, afligido, al conocer su inevitable destino.

No entendía que lo estuvieran criando para comérselo, pero lo aceptó como un buen cerdo, asumiendo su destino. Yo no lo acepté. Decidí que tenía que evitar la monstruosidad y cuando escuché decir a sus dueños que lo iban a degollar pronto saqué una noche a Flipper de la zahúrda y lo escondí en una cabaña que me había construido en Mampela. Fue un escándalo en el pueblo porque no era normal que robaran cochinos de las casas, aunque algún caso hubo. Todos los días iba a la cabaña a darle de comer al cerdo y a jugar con él en el prado revolcándonos por la hierba fresca y metiéndonos en el barro. Nos poníamos hechos unos guarros. Cuando terminábamos de jugar lo encerraba en la cabaña y me iba a mi casa. Mi madre, que me conocía como si me hubiera parido, logró que me sentara un día frente a ella y me hizo la pregunta que esperaba desde hacía días:

-¿Tú sabes dónde está Flipper, verdad? -me preguntó.

Le dije que sí y me convenció para que lo volviera a meter en la zahúrda de nuestros vecinos. Lo hice al día siguiente, al amanecer, cuando aún dormían. Flipper lo entendió perfectamente y me lo puso muy fácil.

-No pasa nada, Manolito. En no comiéndome tú estaré contento -dijo, secándose unas lágrimas.

El día de la matanza no quise salir de la cama para no ver el horrendo espectáculo, aunque sabía que sentiría sus espeluznantes chillidos. Cuál no sería mi sorpresa cuando aquella mañana solo escuché el jaleo típico de las matanzas, pero no los alaridos de Flipper. Sé que aguantó el dolor para evitarme el sufrimiento. Flipper pasó a la historia por haber sido el único cochino del pueblo que no chilló cuando le cortaron la yugular de un certero tajo. Ahora ya saben que no era cerdomudo, sino que me quería con locura.