Monthly Archives: Abril 2013

30
Abr/2013

El milagro de la bata de cola

Cuando decidí ser crítico de flamenco me propuse, como compromiso ineluctable, dejar los sentimientos a un lado, evitar enamorarme de alguna cantaora o de una bailaora. No era nada fácil porque soy muy enamoradizo. Cuando era adolescente me enamoraba hasta tres veces al día, algo francamente agotador porque, con lo esquivas que eran las muchachas de antes y mi nula habilidad para declararme, por lo de la maldita timidez, el deseo tenía que resolverlo como se solventaban antes los calentones: no haciéndoles caso a los curas ni a las madres, aun corriendo el riesgo de quedarme tonto. Tengo que reconocer que durante años estuve prendaíto de una bailaora sevillana que mueve la cola -la bata- como Velázquez movía los pinceles. No sé si era amor de verdad o una atracción física tremenda, pero la veía bailar y me salían chispitas de los ojos y fuego de las entrañas. Era una morena de las de antes, una hembra de una vez, como serían en su tiempo la Carbonera, Enriqueta la Macaca o la Robles. Pero, claro, ese sentido mío tan desarrollado de la ética y el inconveniente de ser un cobarde, evitaron que pasara lo que probablemente hubiera ocurrido si hubiera tenido el valor suficiente para declararme a ella y liar la marimorena enredados en los volantes de su bata de cola. Nunca lo hablé con ella y será difícil que lo haga algún día porque ya dejaron de salirme chispitas de los ojos cuando la veo bailar y no me arden las entrañas cuando me mira con sus ojos de color azabache. Aunque me sigue gustando su baile y me moriré con ese gusto. Solo me cabe una duda más que razonable. ¿Sentiría ella lo mismo que yo? Lo digo porque cuando bailaba y mi butaca estaba cerca del escenario, su bata de cola siempre volaba hacia donde yo estaba y sus manos parecían querer acariciarme el pelo. De este amor frustrado solo queda ya este poema que un día le dediqué en un homenaje que le tributaron en una peña de Sevilla:

Sueño con mecer junto a mi pecho

tu vetusta estampa de trianera castiza,

y esa cabeza de gitana blanca, y esa

tu belleza humilde que estimula el embeleso.

Y a tu lado tener como único lecho

el río que con tu baile identifico,

con su murmullo de crótalos y seguiriyas,

con su saborcillo de albures y pan frito.

Deja tu ventana abierta y baila,

que mis ojos vean la maravilla

del cimbrear de tu talle quebrado

bajo el venusto limbo de Sevilla.

Dime dónde bailas cuando sueñas,

que quiero estar en tus sueños.

26
Abr/2013

Soleares tuiteras para perder la chaveta

TuiterHay quien dice que la soleá es la madre de todos los cantes, en sus dos métricas literarias de tres y cuatro versos octosílabos. No voy a entrar en polémicas de flamencología, aunque podría hacerlo. No me apetece nada. Escribo soleares desde que era un chiquillo, pero jamás me había atrevido a publicarlas. Recuerdo que mi primera soleá la escribí el mismo día que abandoné Palomares del Río, cuando los olivos de Cuatrovientos sacudían sus ramas de rabia viendo, asomados al barranco, afligidos, sollozando, cómo me alejaba de ellos para siempre. Los olivos de mi infancia/ los regaba con el llanto/ para que no me olvidaran. Tardé años en volver a escribir una soleá. La primera vez y la única que estuve en la casa de Antonio Mairena le conté al maestro gitano mi afición a componer soleares y me pidió una, que llevaba preparada en previsión de lo que pudiera pasar. El cante por soleá/ vive puro entre los vientos/ y al pasar por Alcalá/ se muere de sentimiento. Antonio pidió que se la repitiera y tras memorizarla me la cantó por lo bajini marcando el compás con los nudillos en la mesa camilla de su salita, donde su entrañable hermana Rosario nos había servido un café. Después de aquello decidí que no se podía aspirar a más y dejé de escribir soleares. Veinticinco años después, y gracias la red social Twitter, desde hace cuatro meses escribo una soleá cada noche con la etiqueta -hashtag, en ese contexto-  #Soleáparairseadormir, que ya es como una droga. Estas soleares me están matando porque son todas de amor y desamor y me las arranco siempre del alma, que es donde habitan los sentimientos. No son gran cosa desde el punto de vista literario. Quiero decir que no podrían competir con las de Rafael Montesinos o Antonio García Barbeito, pero son mías y hay lectoras que no se van a dormir hasta que no leen la soleá de cada noche. Nunca digas que fue un sueño/ las almendras que pelamos/ a la sombra del almendro. Por lo que cuentan, la mayoría de los twiteros jamás habían leído una soleá. Incluso ciudadanos de Andalucía. Pero lo que estoy descubriendo es la gran cantidad de personas que están faltas de cariño, de amor, de romanticismo, de que les alboroten las pajarillas del alma. Hazme el amor muy despacio/ sin prisa pero sin pausa/ que esta noche necesito/ que te enciendas en mi cama. No hay mejor manera de enamorar a una mujer que susurrándole al oído una soleá de amor. Es infalible. Solo hay un problema: que ya no pueden vivir sin las soleares y la noche que no estás inspirado, estás perdido. Además, no te retwittea ni Dios. Comprobado. Y cuando sucede, cuando no eres capaz de crear una maravillosa copla de tres o cuatro versos, recurres a Bécquer y arde Twitter. Como la quería tanto/ se dejó el hierro en la herida/ para morir más despacio. O a Montesinos. Me estoy muriendo y no tengo/ un sitio en tu corazón/ adonde caerme muerto. O a Manuel Balmaseda, el obrero poeta. Es verdad que yo he pasao/ grandes fatigas por ti/ pero ya llegará el día/ que tú las pases por mí. O al sevillano Manuel Machado, uno de los más grandes. Me he enamorado de ti/ y es enfermedad tan mala/ que ni la muerte la cura/ según dicen los que aman. O al gran Barbeito. Los besos que no te di/ te estarán doliendo ahora/ como me duelen a mí.

TIENES UN E-MAIL

Un amigo mío de Coria del Río, aficionado también a componer soleares romanticonas, empezó a tontear en Tuiter con una mujer a la que enamoró con soleares a media noche. Se le fue la cabeza de tal manera que lloraba por los rincones. No supo nunca cómo se llamaba. Ni siquiera llegó a saber dónde vivía, si estaba o no casada, si tenía hijos o cómo era físicamente. Solo era alguien a quien idealizó de tal manera que acabó cogiendo moscas. Llegué a leer algunas de las soleares que le mandó a través de tweets privados o públicos, unas coplas desgarradas, sacadas del alma, como aquellas que cantaba El Carbonerillo. Antes que Dios nos aparte/ tendremos que ir los dos/ tú detrás y yo delante. Un día, aquella mujer anuló su cuenta en Twitter y mi amigo pasó un calvario. Acabó separándose y yéndose a vivir solo al campo, donde se alimenta de lo que siembra y caza, sin televisor ni radio ni móvil que lo mantengan conectado con el mundo. Sigue escribiendo unas soleares amorosas que parten el alma. Alma mía de mi alma/ dime dónde estás metía/ que ya no enciendes mi cama/ Te has llevao mi alegría. Su amada cibernética puede ser que fuera una mujer falta de cariño, que lo buscaba en Twitter, o un fontanero de Baracaldo con ganas de cachondeo y más caliente que los palos de un churrero. ¿Y qué más da eso? Que le quiten lo bailao. Nadie le va a quitar las noches de amor, el morbo que la producía el riesgo de ser pillado in fraganti o los calentones twitteros que lograron devolverle la virilidad que creía ya perdida para siempre. Vive con la esperanza de que una tarde, cuando el sol empiece a perderse por entre los olivos, aparezca @Tu Gatita y se quede a vivir con él en el campo, aunque sea en realidad un fontanero de Baracaldo con el oído virgen y no una hermosa mujer falta de caricias, de besos, de locuras. Poco le importa ya si es una cosa u otra. A mí se me importa poco/ que un pájaro en la Alamea/ se mude de un árbol a otro. Cuidado con enamorarse a través de Twitter, que pueden acabar sembrando rábanos y poniendo costillas en el campo, sin televisor ni radio ni teléfono móvil. Alejado del loco mundo. No es mal amigo el que avisa.

Publicado hoy en El Correo de Andalucía, página 5. Desvariando.

25
Abr/2013

Descubriendo a las santas de Zurbarán

Yerbabuena¡Tierra, trágame! Es lo primero que se me vino a la cabeza cuando, sentado al fresquito en el claustro del antiguo convento de las Clarisas, anoche, entendí que alguien me tenía que haber avisado de que Persuasión y devoción no era una obra de arte flamenco, aunque la creadora y coreógrafa, Eva la Yerbabuena, sea una gran bailaora. Y allí me encontraba sin poder escapar del claustro, embelesado ante tanta belleza arquitectónica, unas preciosas nubes grisáceas que amenazaban un chaparrón gordo y sin poder fumarme un maldito cigarro. Ya no nos dejan fumar ni al aire libre. Una cruz griega en el claustro, unas luces hermosas que reflejaban bellas sombras en las arquerías, la embriagadora música y un vestuario bastante incómodo para bailar por bulerías, acabaron convenciéndome de que anoche me había metido en un lío. Sin embargo, como La Yerbabuena salió al final de la obra, entre coreografía y coreografía contenía la emoción, que más que emoción era un aburrimiento zurbaranesco de no te menees, acentuado con santas en las que jamás había pensado ni un solo segundo de mi vida. Zurbarán y sus célebres santas, casi nada. Treinta años de crítico de flamenco y ni idea de quiénes fueron Santa Isabel de Portugal, Santa Margarita o Santa Casilda. Y esperando a que por fin apareciera La Yerbabuena, comencé a sentirme mejor, quizás por una pieza bellísima del guitarrista Paco Jarana y la descomunal percusión de Antonio Coronel. Y al final, un saetón de José Valencia y la bailaora dibujando seguiriyas con las manos. Santa Casilda bailando gitano. Preciosa obra, incomparable marco, bellísimo vestuario y música relajante. Pero confieso que anoche deseé que me tragara la tierra. Y no quiso tragarme.

25
Abr/2013

Luto por el último pilar de los Mairena

Manolo Mairena y Enrique de Melchor, en una imagen de Paco Sánchez.

Manolo Mairena y Enrique de Melchor, en una imagen de Paco Sánchez.

No por esperada, la triste noticia de la muerte del cantaor Manuel Mairena ha sido menos dolorosa. Nada más dar a conocer desde nuestro periódico a primera hora de la mañana el óbito del gran artista de Mairena del Alcor, comenzaron a circular por las redes sociales los mensajes de dolor de cientos de aficionados de todo el mundo. De aficionados al cante grande que eran conscientes de que se nos había ido uno de los últimos pilares del cante gitano-andaluz, como le gustaba llamar a su hermano Antonio al cante jondo o flamenco. Con Manuel Mairena no se ha ido un cantaor cualquiera, que hubiera sido también digno de ser contado, sino uno de los pocos cantaores de verdad que nos quedaban. Cantaor con profundidad, conocimientos y pellizco, catalogado de puro, que le ha dado mucho al cante a cambio de casi nada. Ni siquiera le habían dedicado nunca el festival de su pueblo. Se ha ido sin el gran homenaje que su pueblo le debía, por llevar su nombre por el mundo y prestigiar su escuela de cante, la escuela mairenera, que no es solo la del más grande cantaor de este pueblo, como fue Antonio Mairena, sino la de una localidad de gran tradición flamenca donde siempre ha habido un gran apego al cante grande.

Manolo, en el centro de la imagen, con aficionados de su pueblo.

Manolo, en el centro de la imagen, con aficionados de su pueblo.

Manuel Cruz García, que así se llamaba el artista, nació en Mairena del Alcor en 1934, un año después de que murieran Manuel Torre y Joaquín el de la Paula, pilares fundamentales del cante de su familia. Su hermano Antonio era ya un cantaor destacado, aunque no una figura consolidada. Su padre, el herrero gitano Rafael Cruz Vargas, de El Coronil y emparentado con la Niña de los Peines, era gran aficionado al cante y esto fue vital para que comenzara a amar este arte, primero como saetero, palo en el que destacó pronto en su propio pueblo, y luego como intérprete de los palos en los que siempre se ha basado el mairenismo: seguiriyas, tonás, soleares, romances y tangos. Se formó bien en la escuela del cante para bailar, con artistas como Enrique el Cojo, Carmen Carreras, Susana y José o Farruco, al que acompañó en Córdoba, en 1962, cuando su hermano ganó la Llave de Oro del Cante. Luego empezó a recorrer el mundo con la bailaora sevillana Manuela Vargas, en 1965, año en el que Mairena reconoce su proyección con la Antorcha del Cante. Se convirtió en un cantaor imprescindible en los concursos más prestigiosos de los sesenta, así como en los festivales de verano, donde llegó a ofrecer grandes noches de cante junto a sus hermanos Antonio y Curro, y en leal competencia con cantaores de la talla de Fosforito, José Menese, la Paquera, Manuel Agujetas, María Vargas, Naranjito de Triana, Lebrijano, Morente y Camarón. Sus éxitos en los festivales le hicieron merecedor, en 1984, de la primera edición del Compás del Cante, que otorga la empresa cervecera Cruzcampo, una vez que había muerto su hermano Antonio y heredó el trono de la Casa de los Mairena, con su hermano Curro alejado de los escenarios.

Antonio Mairena, el cantaor gitano de Mairena del Alcor.

Antonio Mairena, el cantaor gitano de Mairena del Alcor.

Ser el hermano de Antonio Mairena, el más grande de su tiempo, le abrió muchas puertas, aunque le perjudicó en algunas cosas, sobre todo a la hora de las inevitables comparaciones. Manuel nunca supo encajar bien que Antonio apostara más por otros cantaores que por él mismo, lo que provocó celos artísticos y alguna que otra rencilla familiar. Nunca hubo rivalidad entre Antonio y Manuel, entre otras cosas porque el Antonio se hizo el amo del cante cuando Manolo era aún una voz prometedora del cante. Aunque en determinados palos, como la saeta, Manolo llegara a alcanzar más notoriedad y prestigio que su hermano, sobre todo cuando Mairena decidió retirarse de la actividad profesional. Muerto Antonio Mairena en septiembre de 1983, Manolo se sintió el heredero y hasta llegó a pedir públicamente el trono de la Casa de los Mairena. Algún intento hubo también de concederle la Llave del Cante, por interés de influyentes mairenistas, pero la Junta de Andalucía registró la marca, se hizo con los derechos del galardón y al final acabó en manos de Fosforito, después de otorgársele a Camarón de la Isla a título póstumo, en una maniobra claramente política. Nada de esto impedirá que Manuel Mairena vaya a quedar en la historia del cante como un estupendo cantaor, de una voz muy flamenca y hermosa. Como un profesional que siempre lo dio todo en el escenario y que supo defender a capa y espada la escuela mairenista y el cante clásico andaluz. Su obra discográfica no es de las más importantes de esta época, pero sí es lo suficientemente buena para que su legado sea una referencia de solvencia y valor musical. Descanse en paz el maestro.

25
Abr/2013

Muere el cantaor Manuel Mairena

DUET NINO

Se nos ha muerto el gran cantaor Manuel Maierena. Era el último de los hermano Mairena, el hermano pequeño de Antonio. Llevaba años enfermo y ayer moría en Sevilla, de madrugada, dejando huérfano al mairenismo. Se nos ha ido un gran cantaor, una exelente persona y, sobre todo, uno de los más firmes defensores de la escuela mairenera o mairenista. Y por encima de todo, uno de los saeteros más grandes de las últimas décadas. Su muerte ha conmocioinado al mundo del cante jondo, aunque hacía años que se esperaba esta noticia. Nos costará olvidar a tan gran cantaor, un artista con una de las voces más flamencas de los últimos años, dominador de palos tan difíciles como las seguiriyas, las tonás, las soleares y los tangos. Se le abrieron muchas puertas por ser el hermano de Antonio Mairena, pero también tuvo que luchar siempre contra quienes lo comparaban con él. Con el más grande de este tiempo. El presente año se ha llevado ya a algunos grandes artistas del flamenco. Ayer se nos fue otro de los grandes, el menor de los Mairena. Un gran cantaor y un buen hombre. Su cadáver ya está en el Tanatorio de la S-30 de Sevilla y será enterrado mañana en el Cementerio de Mairena del Alcor.

21
Abr/2013

Y se vuelven a encontrar…

Beso

Muchas veces se preguntó que por qué no podía llamarla una tarde para invitarla a tomar café donde antaño solían mirarse fijos a los ojos hasta que uno de los dos sonreía y apartaba la mirada sonrojado. Sabía que los años habían pasado y que las cosas habrían cambiado. Que ella sería ahora una mujer enamorada de otra persona, como le ocurría a él mismo. Que ya nada sería igual que entonces. Después de treinta años sin verse, coincidieron por casualidad en la misma cafetería que ambos dejaron de frecuentar cuando acabaron la relación. Él estaba sentado en un rincón del café, solo, pensativo, dándole vueltas a su mechero sobre la tapa de mármol blanco recién fregada, como esperando a alguien. Se cruzaron sus miradas, sus corazones aceleraron el pulso como locos y, empujados por una fuerza misteriosa, se dieron un abrazo que se les hizo eterno. Se miraron fijos a los ojos con cariño y el tiempo pareció detenerse en seco. Ella sonrió y provocó en él otra sonrisa, aunque más que una sonrisa, era una mueca dolorosa. Hablaron solo unos minutos, lo justo para que ambos se dieran cuenta de que no habían dejado de amarse. Él le confesó que aún lloraba cuando soñaba con ella. Ella, que le ocurría lo mismo cuando escuchaba su nombre en alguna parte. Pero tenían que despedirse. “¿Hasta cuándo?”, preguntó él mientras apretaba sus manos con ternura. “Hasta que el azar lo quiera de nuevo”, contestó ella poniéndose la bufanda en su delicado cuello, para perderse a continuación entre la muchedumbre mientras él se sentaba de nuevo en la mesa de mármol blanco recién fregada y volvía a darle vueltas a su mechero, pensativo, melancólico, misteriosamente rejuvenecido y con el pájaro de la felicidad posado en su rostro. Recordó una letra de fandango que, curiosamente, aquella mañana había escuchado en la radio del coche yendo para la citada cafetería, sin saber muy bien a lo que iba: Y se vuelven a encontrá/ Amores que se han querío/ y se vuelven a encontrá/ o se mudan de coló/ o se hacen un desaire/. Por dentro sufren los dos. Estupefacto y triste por tan fugaz reencuentro, se preguntó la razón de su presencia en aquella entrañable cafetería en la que llevaba treinta años sin entrar. Llegó a la conclusión de que aquella mañana era la elegida por el destino para reencontrarse con el gran amor de su vida, cuyo recuerdo le despertó el fandango que escuchó en el coche. A ella le ocurriría lo mismo. Algo la animó aquella mañana a entrar en la cafetería que tanto frecuentó en otra época. Algunos sabios muy sabios han dicho que nada en esta vida es fruto de la casualidad sino obra del destino. No creo que haya que otorgarle tanto poder a la providencia, pero a veces es de una crueldad sumamente terrible. Dostoievski dijo que en nuestro planeta solo podemos amar sufriendo, y a través del dolor. No sabemos amar de otro modo ni conocemos otra clase de amor. Por eso escribió el poeta salmantino Gabriel y Galán esta hermosa quintilla: Me enseñaron a rezar/, enseñáronme a sentir/ y me enseñaron a amar/. Y como amar es sufrir/ también aprendí a llorar.

20
Abr/2013

El pastor alemán que triunfó en el circo

En los soleados olivares de mi pueblo hubo una manada de perros salvajes que causó graves daños en el vecindario. Eran perros abandonados y alguna que otra mañana amanecieron gallinas muertas y cerdos medio mutilados. El líder de la manada era un ovejero alemán de una estampa hermosa y un tamaño impresionante, como el de un caballo enano. Algunos ganaderos habían puesto precio a su cabeza porque aseguraban que era el mismísimo diablo, un perro cruel, sin sentimientos.  Una tarde que paseaba por el campo descubrí en un cerro la imagen a contraluz de un perro lobo del que solo veía su silueta. Me quedé inmóvil durante unos segundos pensando que si me movía le solucionaría la cena, de tantas historias como había escuchado sobre aquel fabuloso animal. Cuál no sería mi sorpresa cuando observé que comenzó a acercarse meneando el rabo y con las orejas tiradas hacia atrás, claros indicios de que en vez de despedazarme con sus afilados colmillos estaba interesado en comenzar una bonita relación conmigo. Se acercó tanto que llegué a acariciarlo, y supe en aquel preciso instante que el perro lobo iba a ser mi mejor amigo. No le dije a nadie lo que me había ocurrido aquella tarde porque sabía que me obligarían algún día a ponerlo al alcance de los cazadores. Todos los días acudía al mismo lugar y llevaba algún hueso o un pedazo de pan, y el animal me esperaba siempre a la misma hora de la tarde. Cuando me divisaba por entre los olivos, corría al trote hacia mí y acababa derribándome, de la velocidad que traía. Me montaba en él como si fuera un caballo, porque era un perro grande y yo apenas tendría unos nueve años. A pesar de una edad tan corta, comprendía que no estaba bien que tuviera aquella relación con un perro asilvestrado que había hecho daño al vecindario, aunque jamás mordiera a ninguna persona. Solo mataba para alimentarse, si es que llegó a participar en alguna de aquellas horribles matanzas. Una de las veces que fui a verlo para llevarle comida, otro de los perros que formaba parte de la misma manada se acercó a mí con intención de atacarme y Lobo le dejó claro que había que respetarme, que era uno de ellos. Se puso frente a él enseñándole sus grandes y afilados colmillos, diciéndole con la mirada que estaba dispuesto a matarlo si hiciera falta. El otro perro, que era también grande y salvaje, entendió perfectamente el mensaje del líder de la manada y nunca más intentó atacarme.
En el pueblo se escuchaba cada día que había que organizar batidas para acabar con la manada. Tenía que trazar algún plan para salvar a Lobo porque no entendía ya la vida sin aquel hermoso y noble animal que me había elegido para que fuera su mejor amigo. Me angustiaba pensar que una tarde, al acudir a la cita, lo encontrara colgado de un olivo o tirado en una cuneta lleno de plomo, y me moría de la pena que me entraba. La solución fue esconderlo en el camión de un pequeño circo ambulante que iba cada año a Palomares en Navidad. La última tarde en que actuaron en el pueblo y cuando ya estaba todo desmontado, aproveché que anochecía y fui con una cuerda a por Lobo. El circo acampaba cerca del cementerio, así que tuve que dar un rodeo para que no me viera nadie. No pasé miedo porque sabía que aquel animal era como una persona y que estaba dispuesto a dar la vida por mí. Mientras los del circo cenaban en el pueblo, celebrando el éxito de público, encerré al perro lobo en una jaula vacía que estaba en el remolque de una camioneta y le eché una lona por encima para ocultarlo. Lobo parecía que entendía lo que estaba haciendo, porque me lo puso todo fácil. Los del circo se fueron esa misma noche y dos días más tarde un grupo de cazadores llegaba al pueblo celebrando que habían acabado al fin con la manada de perros salvajes, ocho en total. Evidentemente, Lobo no estaba entre ellos. Eché mucho de menos al perro durante meses. Pero un día de Reyes, el circo ambulante volvió al pueblo y quise saber lo que había ocurrido con Lobo. Saqué mi entrada y cuál no sería mi asombro cuando descubrí que una de las atracciones la protagonizaba mi entrañable amigo, que hacía las veces de caballo poni en un pequeño coche en el que viajaba una bonita y coqueta pequinesa que sujetaba una sombrilla y lucía un primoroso traje de princesa. ¡Es Lobo! -grité emocionado, ante la curiosidad de todos. El bello animal miró hacia la grada y comenzó a mover el rabo, con las orejas tiradas hacia atrás y el pulso acelerado, aunque acabó su recorrido por la pequeña pista del circo, cosechando grandes aplausos. Se había convertido en una importante figura del circo. Al acabar la función pedí que me dejaran verlo y el reencuentro con Lobo fue lo mejor de aquel año. Ya no volví a verlo jamás. Todavía hoy sueño con él y siempre es la misma ensoñación: su hermosa figura de lobo corriendo al galope por entre los olivos, conmigo en su lomo sintiéndome un niño feliz y privilegiado. Aquel pastor alemán asilvestrado hizo que amara a estos animales para toda la vida. Hoy tengo uno, Surco. Cumplirá tres años en junio. Cada día, cuando paseamos juntos entre los olivos de Mairena del Alcor, me recuerda a él y me enseña con su cariño y sus gestos que los humanos apenas hemos aprendido nada de los perros. Nada bueno.
. H

Surco

En los soleados olivares de Palomares del Río, el pueblo donde me crié, hubo una manada de perros salvajes que causó graves daños en el vecindario. Eran perros abandonados y alguna que otra mañana amanecieron gallinas muertas y cerdos medio mutilados. El líder de la manada era un ovejero alemán de una estampa hermosa y un tamaño impresionante, como el de un caballo enano. Algunos ganaderos habían puesto precio a su cabeza porque aseguraban que era el mismísimo diablo, un perro cruel, sin sentimientos.  Una tarde que paseaba por el campo descubrí en un cerro la imagen a contraluz de un perro lobo del que solo veía su silueta. Me quedé inmóvil durante unos segundos pensando que si me movía le solucionaría la cena, de tantas historias como había escuchado sobre aquel fabuloso animal. Cuál no sería mi sorpresa cuando observé que comenzó a acercarse meneando el rabo y con las orejas tiradas hacia atrás, claros indicios de que en vez de despedazarme con sus afilados colmillos estaba interesado en comenzar una bonita relación conmigo. Se acercó tanto que llegué a acariciarlo, y supe en aquel preciso instante que el perro lobo iba a ser mi mejor amigo. No le dije a nadie lo que me había ocurrido aquella tarde porque sabía que me obligarían algún día a ponerlo al alcance de los cazadores. Todos los días acudía al mismo lugar y llevaba algún hueso o un pedazo de pan, y el animal me esperaba siempre a la misma hora de la tarde. Cuando me divisaba por entre los olivos, corría al trote hacia mí y acababa derribándome, de la velocidad que traía. Me montaba en él como si fuera un caballo, porque era un perro grande y yo apenas tendría unos nueve años. A pesar de una edad tan corta, comprendía que no estaba bien que tuviera aquella relación con un perro asilvestrado que había hecho daño al vecindario, aunque jamás mordiera a ninguna persona. Solo mataba para alimentarse, si es que llegó a participar en alguna de aquellas horribles matanzas. Una de las veces que fui a verlo para llevarle comida, otro de los perros que formaba parte de la misma manada se acercó a mí con intención de atacarme y Lobo le dejó claro que había que respetarme, que era uno de ellos. Se puso frente a él enseñándole sus grandes y afilados colmillos, diciéndole con la mirada que estaba dispuesto a matarlo si hiciera falta. El otro perro, que era también grande y salvaje, entendió perfectamente el mensaje del líder de la manada y nunca más intentó atacarme.

Surco campito 2

Surco me recuerda mucho a Lobo. Seguramente por eso lo tengo.

En el pueblo se escuchaba cada día que había que organizar batidas para acabar con la manada. Tenía que trazar algún plan para salvar a Lobo porque no entendía ya la vida sin aquel hermoso y noble animal que me había elegido para que fuera su mejor amigo. Me angustiaba pensar que una tarde, al acudir a la cita, lo encontrara colgado de un olivo o tirado en una cuneta lleno de plomo, y me moría de la pena que me entraba. La solución fue esconderlo en el camión de un pequeño circo ambulante que iba cada año a Palomares en Navidad. La última tarde en que actuaron en el pueblo y cuando ya estaba todo desmontado, aproveché que anochecía y fui con una cuerda a por Lobo. El circo acampaba cerca del cementerio, así que tuve que dar un rodeo para que no me viera nadie. No pasé miedo porque sabía que aquel animal era como una persona y que estaba dispuesto a dar la vida por mí. Mientras los del circo cenaban en el pueblo, celebrando el éxito de público, encerré al perro lobo en una jaula vacía que estaba en el remolque de una camioneta y le eché una lona por encima para ocultarlo. Lobo parecía que entendía lo que estaba haciendo, porque me lo puso todo fácil. Los del circo se fueron esa misma noche y dos días más tarde un grupo de cazadores llegaba al pueblo celebrando que habían acabado al fin con la manada de perros salvajes, ocho en total. Evidentemente, Lobo no estaba entre ellos. Eché mucho de menos al perro durante meses. Pero un día de Reyes, el circo ambulante volvió al pueblo y quise saber lo que había ocurrido con Lobo. Saqué mi entrada y cuál no sería mi asombro cuando descubrí que una de las atracciones la protagonizaba mi entrañable amigo, que hacía las veces de caballo poni en un pequeño coche en el que viajaba una bonita y coqueta pequinesa que sujetaba una sombrilla y lucía un primoroso traje de princesa. ¡Es Lobo! -grité emocionado, ante la curiosidad de todos. El bello animal miró hacia la grada y comenzó a mover el rabo, con las orejas tiradas hacia atrás y el pulso acelerado, aunque acabó su recorrido por la pequeña pista del circo, cosechando grandes aplausos. Se había convertido en una importante figura del circo. Al acabar la función pedí que me dejaran verlo y el reencuentro con Lobo fue lo mejor de aquel año. Ya no volví a verlo jamás. Todavía hoy sueño con él y siempre es la misma ensoñación: su hermosa figura de lobo corriendo al galope por entre los olivos, conmigo en su lomo sintiéndome un niño feliz y privilegiado. Aquel pastor alemán asilvestrado hizo que amara a estos animales para toda la vida. Hoy tengo uno, Surco. Cumplirá tres años en junio. Cada día, cuando paseamos juntos entre los olivos de Mairena del Alcor, me recuerda a él y me enseña con su cariño y sus gestos que los seres humanos apenas hemos aprendido nada de los perros. Nada bueno, quiero decir.

Publicado hoy en El Correo de Andalucía, página 5. Desvariando.

. H

19
Abr/2013

El Premio Príncipe de Asturias, ¿para el cantaor jerezano José Mercé?

José Mercé y Diego del Morao. El maestro cuajó una imprsionante seguiriya del Marrurro/ Pepe Florido.

El cantaor jerezano José Mercé está entre los candidatos al Príncipe de Asturias, y eso es una gran noticia. Por él y porque no deja de ser un reconocimiento a nuestro arte. Esto era impensable hace años, pero ahora es una realidad. Primero Paco de Lucía y ahora José Mercé. Se pidió para Enrique Morente, pero no hubo manera. Una injusticia como una catedral. Nadie merecía más un galardón así, aunque Morente era muy poco monárquico y desconozco si esto se tiene o no en cuenta a la hora de las nominaciones. Guste a unos y a otros no tanto, José Mercé es una primera figura del cante. Hay artistas actuales que lo merecen más, como Manolo Sanlúcar, José Menese, Carmen Linares o Juan el Lebrijano, sin que esto quiera decir que el jerezano no lo merezca. Es un premio a toda una carrera, la de un profesional admirado y cotizado. No hace falta decir que le deseamos todo la suerte del mundo, de todo corazón. Y que celebramos a compás que el cante jondo tenga este tipo de reconocimientos en un país donde, curiosamente, aún hay gente que no le tiene ningún respeto.

16
Abr/2013

Merecen algo más que escraches

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Los actuales gobernantes españoles quieren que los ciudadanos seamos personas de orden, cívicos, que paguemos religiosamente nuestros impuestos y ayudemos a levantar al país, pero que no molestemos mucho. No les gusta ni admiten ningún tipo de protesta social que no sea la que ellos dictan. Nos engañan, nos roban y pisotean nuestros derechos y encima quieren que protestemos lo justo y según sus leyes. Lo de los escarches no es una protesta social que me guste, sobre todo porque nos es justo que se los hagan siempre a los del Partido Popular. Pero tienen lo que se merecen. Como dijo alguien muy sabio, cuando los políticos pierden la vergüenza, el pueblo les pierde el respeto. El actual Gobierno llegó al poder prometiendo cosas que luego no ha cumplido, lo que obligó a los ciudadanos a manifestarse, siempre de manera pacífica. ¿Ha rectificado algo el Gobierno tras dos huelgas generales? En nada relevante. Entonces, ¿qué quieren? Ni un solo banquero se ha sentado en el banquillo y todavía están en la calle sujetos como Bárcenas o Urdangarin. Miles de familias han perdido sus casas por no poder pagar sus hipotecas y jamás se habían recortado tantos derechos sociales en este país, en democracia. Prometieron crear empleo y se han destruido en un año tantos puestos de trabajo que rozamos ya los seis millones de desempleados, en su mayoría jóvenes que tienen que irse fuera para labrarse un futuro. Están en peligro la Sanidad y la Educación públicas y amenazan con tocar también las pensiones. Siguen con sus privilegios de señoritos ricos mientras millones de ciudadanos no ven la salida por ninguna parte. Y, encima, cuando protestan en las casas de estos gobernantes salen por la tele llamándolos nazis o fascistas. Tiene su gracia que esto lo diga una de las derechas más rancias y cabronas de Europa, liderada por un político embustero y cobarde, el presidente del Gobierno, que se dirige a los profesionales de la información a través de una televisión de plasma por miedo a que le pregunten por Bárcenas, que lo tiene cogido por los mismísmos cataplines. Teniendo en cuenta la clase política que tenemos, embustera, corrupta y golfa -aunque sé que hay políticos que merecen la pena-,  y si añadimos la corrupción y el despilfarro en la Casa Real y no nos olvidamos a la banca, estafadora y abusiva, lo de los escraches no deja de ser una protesta más, que hasta les viene bien para desviar la atención de otros asuntos más graves. Si les llaman nazis o fascistas a los escracheadores es solo para provocarlos y que sigan escracheándolos, convirtiéndose así en víctimas, cuando en realidad son los verdugos. Merecen algo más que escraches.

15
Abr/2013

Semana Flamenca de Paradas

MORAITO CHICO et JESUS MENDEZ FESTIVAL DE FLAMENCO DE NIMES 2011 photos jean louis DUZERT (64)La localidad sevillana de Paradas inauguró el pasado domingo, día 14, su XXIII Semana Cultural Flamenca, edición dedicada al compañero de la crítica Manuel Martín Martín, de El Mundo Andalucía. No son muchos los reconocimientos que hay a la crítica flamenca y desde aquí celebramos la decisión de los miembros de la Peña Miguel Vargas de agradecer al veterano crítico astigitano su labor en un género tan difícil e ingrato como es éste. No hace falta decir que Paradas tiene la semana cultural flamenca más importante y prestigiosa de Sevilla y, seguramente, de gran parte de Andalucía. No es un pueblo con la historia flamenca de otros de Sevilla, como Alcalá de Guadaíra, Morón de la Frontera, Mairena o Utrera. Pero tampoco es una localidad sin historia flamenca, puesto que ha dado algunos  artistas importantes y tiene fama de contar con muy buenos aficionados al cante jondo. A pesar de la crisis económica, que empieza a acabar con casi todo, la Peña Miguel Vargas ha confeccionado un estupendo programa de recitales y charlas, con  nombres de la talla del guitarrista y compositor Manolo Sanlúcar, que irá de conferenciante, o el cantaor José Mercé que ofrecerá un concierto hoy lunes. Comenzó la semana con un recital de aficionados de la peña y la inauguración de una exposición de fotografías de Fidel Menese. Actuaron Noelia Morilla, Lidia Rodríguez, Manuel Parrilla y Francisco Morilla, acompañados a la guitarra por Niño Elías y Antonio Vera. Hoy lunes, será el acto de ofrecimiento de la semana al homenajeado a cargo del alcalde de la localidad don Rafael Cobano Navarrete y un recital a cargo de José Mercé y Diego del Morao. El martes, conferencia de Manolo Sanlúcar, La música en la identidad cultural andaluza, que será ilustrada  con un recital a cargo del cantaor Rubito Hijo y el guitarrista Antonio Carrión. El miércoles, conferencia del crítico malagueño Ramón Soler, Flamenco y televisión, quien contará con las actuaciones del cantaor Jesús Méndez y el guitarrista Manuel Valencia. El jueves, mesa redonda sobre Las revistas en el mundo del flamenco, en la que tomarán parte Rafael Valera, Eduardo J. Pastor y Pablo Parrilla, actuando luego Marina Heredia y El Bolita. El viernes, conferencia de José Manuel López, La temible pluma del martillo de hereje, con la bailaora Eli Parrilla y su grupo. Y el sábado, día 20, acto de clausura con las actuaciones de El Cabrero, Miguel de Tena, el bailaor Pepe Torres, Antonio Carrión y Rafael Rodríguez. Este día será también el homenaje. Todos los actos tendrán lugar en La Comarcal y darán comienzo a las 21.30 horas, salvo el del domingo, que fue a las 12.30 horas. Interesante semana flamenca. Suerte para todos y felicidades a Manuel Martín.