Monthly Archives: Marzo 2013

23
Mar/2013

Las primaveras del enamorado liendre

La Corredera. La pechá de andar que te tenías que dar para encontrar novia.

La Corredera. La pechá de andar que te tenías que dar para encontrar novia.

Al fin ha llegado la ansiada primavera, la mejor estación del año para los sevillanos después de la de Santa Justa. La que nos da el calor y el frío precisos, el equilibrio perfecto en la calentura del cuerpo, el paisaje soñado de campos cubiertos de flores y nidos de jilgueros en los olivos. La que enamora a los poetas, que escriben esas cosas tan hermosas. Dijo el sevillano Bécquer que mientras hubiera en el mundo primavera, habría poesía. Es también la época del año más hermosa para enamorarse, según una creencia posiblemente milenaria. Cuando era un niño me enamoraba todos los días, en todas las estaciones del año, y era verdaderamente agotador. Pero en primavera echaba horas extras. “¿Qué te pasa, Manolito?”, me preguntaba mi madre cuando me veía la cara de gilipollas que traía todos los días al regresar del colegio. “Que me he enamorao”, le respondía. Me decía siempre que era el enamorado liendre, como el maestro Liendre, que sabía de todo y no entendía de nada, según una expresión de Arahal. Se refería a que enamoraba a muchas niñas, pero que no cuajaba con ninguna. La primera vez que me enamoré de verdad fue precisamente en Arahal y en uno de los muchos veranos que pasé allí a finales de los años sesenta. Tenía solo doce años pero estaba hecho ya todo un hombrecito. Mi tía Rosario la Serena, soltera toda su vida, siempre quiso que me echara novia en el pueblo para que estuviera más cerca de ella, porque me quería como al hijo que nunca pudo engendrar. Solía mandarme a comprar a una tienda que había en la calle donde nací. Era una expendeduría de aquellas con el mostrador de madera sobre el que había siempre exquisita repostería autóctona y la clásica caja redonda de sabrosos arenques, el jamón de los pobres. Aunque había algo en la tienda que me gustaba mucho más que los dulces y los arenques, que era la sobrina de la tendera. Era ya un tímido que prometía y me costó mucho hacerle ver que estaba perdiendo la cabeza por sus pecas, aunque lo adivinó pronto porque iba diez veces diarias a la tienda con cualquier pretexto. Nunca se vendieron tantos arenques en aquel comercio.

Amoríos

Mi tía me informó de que en Arahal había que acercarse a las mocitas en la Corredera. Cuando una chiquilla te gustaba te arrimabas a ella en el paseo y, aunque no le hablaras, adivinaba enseguida que la habías elegido como futura esposa y madre de tus hijos. Me acerqué una tarde a ella y a su hermana pequeña, que tenía entonces muy malas pulgas. Era también pecosa. No le dije absolutamente nada, solo me limité a acercarme a ella y a seguirla paseo arriba y paseo abajo. Como no me hacía el más mínimo caso, cuando llevaba dos horas andando abandoné el paseo y decidí que ya no me casaba, que me quedaría soltero como mis tíos. Se lo conté a mi chacha Rosario y me hizo ver que había que insistir, que a una moza tan guapa y de tan buena familia no se la podía conquistar en una hora. Lo de buena familia era porque tenía olivares, por si no lo sabían. Entonces, las familias se distinguían entre las que tenían olivares y las que los labraban. Pero después de andar kilómetros y kilómetros junto a ella, de comprar arenques para alimentar a la Legión y de gastar el sardinel de la tienda de tanto entrar en ella, comprendí que aquellas uvas estaban verdes, como en la famosa fábula de La zorra y las uvas. Cuando se quiere dar amor se corre el riesgo de no ser correspondido, y eso fue lo que me pasó en Arahal cuando apenas sabía pronunciar la palabra amor. Lo peor es que habían nacido unos sentimientos por mi parte y que, como iba a Arahal solo una o dos veces al año, la echaba luego de menos en Palomares, donde conocía a niñas de mi edad que me gustaban mucho. Pero había sublimado de tal manera aquel primer y quimérico amor de mi pueblo, que me atormentaba y sufría como un penado. Sin embargo, como la distancia hace el olvido, el sarampión amoroso de la pubertad pasó pronto y no pude darle a mi tía Rosario el gusto de casarme con una mujer de Arahal en las parroquias de la Magdalena o de la Victoria, como ella planeó. Lo hice muchos años después de que la pobre muriera, aunque en el Ayuntamiento y no con aquella guapísima chiquilla que me hizo aborrecer los arenques, sino con otra mujer del pueblo que no vendía arenques ni exquisita dulcería casera, y mucho más guapa. Obviamente, de aquel primer amor no correspondido solo queda ya la lógica cicatriz en el corazón y el vago recuerdo de unas pecas y unos hermosos ojos del color de la miel que apenas se cruzaron con los míos dos o tres veces. El amor hace pasar el tiempo y el tiempo hace pasar el amor. Cuando alguien nos rompe el corazón comenzamos a repartir pedazos, desesperados, porque no sabemos vivir sin él. No sé respirar sin estar enamorado y creo que no he pasado ni un solo segundo de mi ya larga vida sin estarlo. De hecho, cuento estas cosas sin ningún pudor porque en el florido jardín de mi corazón siempre es primavera, aunque lo tenga lleno de viejas cicatrices. El amor es tan sencillo que no se puede explicar. Es la sonrisa de un ángel que te puede hacer llorar, la primera mentira y la última verdad. Ya es primavera en Sevilla.

Publicado hoy en El Correo de Andalucía, página 5. Desvariando.

23
Mar/2013

Miguel Poveda, entre el cante y la copla

Miguel-Poveda-en-concierto

Miguel Poveda sigue sin convencerme como cantaor, al menos como ese cantaor grande que algunos ven en él. Ni lo es ni lo será nunca porque lleva un cuarto de siglo cantando y ha dado de sí sobradamente. A los cantaores los hacen grandes sus obras y este artista no la tiene. Con 40 años de edad ya debería de tenerla, como la tuvieron la mayoría de los grandes del cante, desde la Niña de los Peines a Morente o Camarón. Nunca voy a decir que no sabe cantar. Ni que no es un buen artista, porque sabe y es artista. Pero le faltan tres cosas fundamentales para dejar huella como cantaor grande: un sello personal, profundidad y creatividad. Es un gran imitador y sería capaz de cantarlo todo si se lo propusiera, el flamenco, la copla o las rancheras mexicanas. Hace con la garganta lo que le da la gana, sin tener una gran voz. Cuadra los cantes a la perfección y domina el compás como el mejor. Pero aún no se ha definido y debería de hacerlo pronto. Dejarnos claro si quiere pasar a la historia como un grande del cante jondo o como un cupletero de medio pelo. No valen medias tintas en este arte tan difícil que han hecho grande y universal un puñado de genios, gitanos unos y no gitanos otros. Ni vale solo con aprenderse bien la lección porque eso lo puede hacer cualquiera. Por eso ha habido pocos genios en el cante jondo y centenares de buenos cantaores. Miguel Poveda es un buen cantaor, pero no es un genio. Es ahora mismo la primera figura si consideramos su poder de convocatoria y todo lo que es capaz de mover. Pero no es el mejor cantaor, aunque esto, claro está, será siempre cuestión de gustos. Anoche daba alegría ver lleno hasta la bandera el Auditorio de Fibes, con unas 3000 personas que vinieron desde pueblos y ciudades de toda Andalucía. Es importante que haya artistas que sean capaces de lograr esto. Lo que habría que ver es si sería capaz de mantener este nivel cantando solo flamenco.

Foto Poveda

Para empezar, el espectáculo fue excesivamente largo, de dos horas y media. Hay que ser muy partidario de un artista para que el público aguante, como aguantó anoche, quizás porque dejó la copla para el final. El de ayer fue un público mayoritariamente coplero, aunque a decir verdad aplaudió a rabiar todo lo que hizo, poniendo el mismo entusiasmo en lo medianamente aceptable, que en lo mediocre, que de todo hubo. Se presentó con un excelente cuadro de acompañantes en la guitarra, la percusión, las palmas y el baile. El sonido era magnífico, y muy buenas las luces. Eligió para empezar una tanda de soleares apolás, que cerró con otras muy floreadas, casi amarchenadas, sin apenas jondura ni emoción flamencas. Eso sí, colocando muy bien la voz, con una cuadratura impecable. En la malagueña comenzó a dar muestras de que podía darnos una buena noche de cante, brillando en las rondeñas y en el cante lucentino de Cayetano Muriel que eligió como remate. Estos estilos son muy bellos y suelen resultar atractivos en una voz tan suelta, redonda y musical como la de Poveda. Para pisar el terreno de los cantes festeros, el cantaor eligió las alegrías de Cádiz, donde siempre embelesa por su capacidad rítmica y ajustado compás. La Lupi, la bailaora malagueña, que suele ser muy efectista, la adornó bien. Pero Miguel volvió pronto al cante por derecho para homenajear a Pencho Cros en una minera que creó el maestro de La Unión y que el catalán conoce bien. Es un cante aparentemente sencillo, que no admite lucimientos, para el que hay que tener templanza y dominio de la emoción. Fue, sin duda alguna, de lo mejor del recital. Miguel siente este estilo, le duele. Al que por cierto le debe mucho, porque ahí nació.

A todo esto, entre cante y cante, el trasiego de componentes del cuadro entrando y saliendo del escenario era inexplicable, un auténtico desconcierto. El propio cantaor se iba y venía con tanta frecuencia que era un mareo y nos sacaba y metía del concierto, lo que seguramente nos desconcentró. A pesar del refresco que supuso escucharle en un precioso cuplé por bulerías, La Ruiseñora, de Rafael de León, y en las bulerías de Jerez con la ayuda de El Londro, que en algunos momentos me gustó más que él. Pero todavía se fajaría Miguel con dos cantes de los llamados grandes, como son la saeta y la seguiriya. Nos sorprendió con una banda de música de varias decenas de músicos, para cantar una saeta por seguiriyas con la que se peleó hasta sacarla adelante, de forma meritoria, aunque al elegir una joya de Manolo Caracol quedó claro que la jondura del sevillano no está al alcance del de Badalona. Y lo mismo podemos decir de las seguiriyas, con dos estilos, los de Tío José de Paula y el Tuerto de la Peña, resueltos con más entrega que jondura. Lo demás, y para no hacer esto interminable, rozó la chabacanería, como los tangos de Triana; la simpleza, como las sevillanas, donde dejó bailar sola a La Lupi –eso, en Sevilla, es un delito–, o las coplas, remedando a diosas que deberían de ser intocables, como Juanita Reina. Pero esta parte no nos interesa, porque es otra historia. En resumidas cuentas, un espectáculo largo, algo desordenado y brutalmente descafeinado desde el punto de vista flamenco. Muy al estilo de Miguel Poveda, quien ha conseguido crear una legión de admiradores que lo han convertido en una estrella.

Nuevo Auditorio de Fibes. ArteSano. Artista invitado: Miguel Poveda. Guitarra: José Quevedo El Bolita, Manuel Parrilla y Jesús Guerrero. Bailaora: La Lupi. Percusión: Antonio Coronel y Pakito González. Palmas: Carlos Grilo y Luis Cantarote. Entrada: 3000 personas. Sevilla, 22 y 23 de marzo de 2013.

20
Mar/2013

Los hilos del tiempo que tejen la vida

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Hacía mucho tiempo que no veía una obra flamenca de tanta profundidad y alma en la música, en el cante, en el baile. Una obra de una sencilla puesta en escena que reflexiona sobre cosas de la vida, unas más duras que otras: la ausencia de la madre, la soledad, los recuerdos, el silencio, el vacío. Alicia Márquez y Ramón Martínez son dos estupendos artistas del baile, que en solo tres piezas -ella en la seguiriya y él en la soleá y las bulerías- demostraron no solo una extraordinaria personalidad artística, sino un gran talento lo mismo en los pasos a dos que por separado, siempre con un entendimiento escénico admirable y pinceladas individuales de gran valor artístico. Los hilos del tiempo, que así se llama la obra, contiene momentos que rozaron la genialidad, como el protagonizado por el bailaor malagueño con cuatro sombreros y un baúl narrando lo bueno y lo malo de la soledad. Aquí estuvo genial por bulerías, con buenas y muy flamencas poses, un zapateado prodigioso y una manera de recogerse que nos cautivó. Contrasta su baile viril con la elegancia y la delicadeza del baile de Alicia, estupenda en el recuerdo a la figura de la madre, la suya, y encantadora en las alegrías. No baila para la galería. Tampoco lo hace como la que baila en un patio de vecinos. Es, en esencia, la elegancia personificada, que suple su falta de garra y escasa transmisión. Y hablando de comunicación, la obra tiene un gran valor musical porque, al margen de la excelente música de Juan Requena, destacan los cantes sentidos, profundos y gitanos de Pepe de Pura y el Pulga de Chiclana. Fueron el complemento perfecto, el majao de una obra triste, oscura, aunque con momentos donde aparece la fiesta. En definitiva, una obra que reflexiona sobre la vida y que nos hace reflexionar también a los que la vemos y la oímos. Además, nos hacer sentir en lo más profundo del alma algo que no es fácil de hacer conseguir, que es el estado de ánimo de los artistas. Y el duende flamenco es eso, entre otras cosas: transmitir las emociones. Anoche sentí la tristeza y la soledad en la butaca. La vida.

Ciclo Flamenco viene del Sur. Teatro Central. Los hilos del tiempo. Baile y coreografías: Alicia Márquez y Ramón Martínez. Música y guitarras: Juan Requena, Óscar Lagos y Paco Vega. Cantaores: Pepe de Pura y El Pulga. Entrada: casi lleno. Sevilla, 19 de marzo de 2013.

19
Mar/2013

Los animales que andamos de pie

Mi perro Surco, por el que daría la vida hoy mismo.

Mi hermoso perro Surco, por el que daría la vida hoy mismo.

Los animales aprenden acerca de su entorno por medio de sus sistemas sensoriales. En general, esos métodos responden a una de cuatro cosas: luz, presión mecánica, temperatura y concentraciones químicas. Los cinco sentidos del ser humano, por ejemplo, son la vista, que detecta la luz; el olfato y el gusto, que revelan los productos químicos; y el tacto y el oído, que descubren la presión y las vibraciones. Los animales que andamos de pie no tenemos sensor especializado en la temperatura, como tienen los cuadrúpedos. El científico James Trefil dijo que, por esta razón, el termómetro no se inventó hasta el siglo XVII. ¿No será esta diferencia con nuestros hermanos cuadrúpedos, los caninos, la que nos hace maltratarlos y hasta asesinarlos de mala manera? En vez de averiguar cuántas lentes tienen los ojos de las libélulas o dónde tienen las orejas los grillos y los langostinos de Sanlúcar, ¿por qué los científicos no tratan de averiguar la razón de que en este santo país que es España maltratemos tanto a los animales? La temperatura es crucial para el cariño entre las personas, aunque no tengamos sensor. Si se siente atraído por una mujer y al abrazarla descubre que es de Pescanova, la empatía es imposible. En cambio, si al abrazarla siente el calor húmedo de su cuerpo y ella detecta el suyo, puede ser el comienzo de una bonita historia de amor. A esos galgueros que cuelgan a los galgos cuando se les van tres liebres seguidas les pediría que un minuto antes de cometer tan execrable asesinato abracen al animal. Notarán su temperatura y, quién sabe, a lo mejor deciden perdonarle la vida al indefenso amigo y, aunque ya no alcance liebres, darle una vida digna. La primera vez que tuve en mis manos a mi perro Surco sentí la imperiosa necesidad de abrazarlo y, al envolverlo con mis brazos, la temperatura de su cuerpo se fundió con la del mío y en ese justo instante nació entre los dos una hermosa historia de amor. Solo de pensar que alguien algún día pudiera hacerle daño, atormenta mi existencia. Y no es un miedo gratuito, porque España es un país con la atávica costumbre de maltratar a los animales en fiestas populares, unas veces para comérselos y otras para alcanzar un extraño orgasmo viendo cómo cae una pava desde un campanario o le extirpan la cabeza a un pollo que cuelga de una cuerda, desde un caballo. Cuando Sánchez Dragó dijo que sentía vergüenza de ser español creo que lo dijo por otras razones y no por el maltrato a los animales. Cada vez que veo esas fiestas populares en las que mortifican o matan a animales indefensos, consentidas por todos los gobiernos, de todos los colores políticos, reconozco que tampoco me hubiera importado haber nacido en otro país. Pero ni mi perro Surco ni yo nos hemos planteado aún emigrar a otro lugar del mundo, aun a sabiendas del riesgo que corremos en España.

16
Mar/2013

A Dios no le gustan los pestiños

No puedo tener descendencia de forma natural y solo podría ser padre a través de la inseminación artificial o de la adopción. Lo intenté hace más de veinticinco años pero fue una experiencia frustrante, de una dureza brutal. No tengo ningún reparo en reconocer públicamente mi infecundidad porque ello no me va a hacer menos hombre, aunque de lo que realmente me enorgullezco no es de ser un varón hispano, sino una persona. Lo digo porque hasta hace pocas décadas en los matrimonios sin hijos siempre había una culpable, la mujer, que se responsabilizaba para tapar la vergüenza de su macho ibérico. A los hombres nos ha costado siempre y nos sigue costando aún reconocer cualquier problema relacionado con el sexo, seguramente por una cuestión de educación puesto que el franquismo no fue de más carnes. Reconozco que se me ha ido la ilusión de ser padre, porque con el medio siglo ya cumplido estaría más en edad de llevar a los nietos a la guardería o a Isla Mágica. No puedo decir que sea un castigo de Dios, ya que no soy de la cofradía y, por tanto, no reconozco su poder. Cuando era un niño escuchaba hablar tanto de su fuerza sobrenatural que lo busqué un día para varias cuestiones vitales y no me hizo ni puñetero caso. Le hablaba siempre de noche, cuando me iba a la cama y apagaban la luz en casa, por si acaso era un dios tímido. Le pedía algo y me echaba a dormir con la ilusión de que me iba a conceder el deseo, pero cuando la luz del día iluminaba la habitación comprobaba que había ignorado mis súplicas. Llegué a dejarle en la mesita de noche unos pestiños y una copa de aguardiente, pero ni así atendió mis ruegos. “A Dios no le gustan los pestiños”, pensé una mañana muy afligido y acurrucado en el humilde colchón de foñico. Lo comenté en una ocasión con el cura del pueblo, pero solo ponía interés en que le confesara los pecados inconfesables. Me preguntó que cuáles habían sido mis pecados de aquella semana, y le dije que los de siempre. Era un cura campechano, aunque indiscreto en sus preguntas sobre las intimidades más esenciales. “Puedes decirme lo que quieras comunicarle a Dios, que regento una franquicia del cielo en el Aljarafe”, me sugirió. “Es que para estas cosas tan íntimas, y sin que usted se vaya a ofender, prefiero hablar con el director general”, le contesté.

Dios

El hecho de no haber podido ser padre no tendrá nada que ver con todo esto, sino con las escrófulas o cualquier otra cuestión biológica. Y siento en el alma no haber podido serlo porque creo que reúno muchas condiciones para ello. Por eso no entiendo a quienes son capaces de hacerle daño a un niño, a sus propios hijos. Supongo que ser padre no es solo una demostración de habilidad en el manejo del pene, sino la imperiosa necesidad de dar amor a alguien. A pesar de no haber podido tener hijos, cada día que pasa tengo más dudas de que los niños de hoy estén recibiendo mejor formación cultural y humanística que la que gozamos los de la generación de la leche en polvo y la televisión en blanco y negro. Lo único que había en el pueblo donde me crié era un sencillo futbolín. Los que no teníamos televisor en casa, que éramos la mayoría de los niños pobres, solíamos acudir a un bar del pueblo a ver Bonanza. El dueño ponía unos costeros encima de unas cajas de cerveza a modo de bancos y cobraba una peseta por dejarnos ver esta entrañable e inolvidable serie de vaqueros. Los que queríamos ser futbolistas y no teníamos ni una maldita pelota de goma, le colocábamos un tapón de corcho a una botella de plástico, de las del aceite, poníamos dos piedras en la carretera a modo de porterías y emulábamos al bético Rogelio o al sevillista Lora, según los colores de cada uno. Los partidos televisados se solían ver en el bar de Pepe, que hoy es la cervecería de Manolo. ¡La que se formaba en este local cada vez que televisaban al Real Madrid o a la Selección Española! Más que por el acceso a la cultura y a la enseñanza, los niños de aquella época conocíamos muchas cosas porque sabíamos escuchar a nuestros padres y abuelos, que nos contaban hermosas historias del pueblo o del resto del mundo que ellos habían escuchado de sus antepasados. Siendo todavía niños sabíamos distinguir más de veinte clases de pájaros, diferenciar entre la aceituna morcaleña y la manzanilla, una tagarnina de una lechugueta o cómo se hacían el gazpacho y las sopas de tomate. Con solo meterle el dedo en el culo a una gallina calculábamos cuándo iba a poner el huevo, si por la mañana o a la caída de la tarde. Conocíamos decenas de villancicos y tonadillas populares y sabíamos quién fue José María El Tempranillo y cómo se hacía un abanaó de palma para avivar la copa de cisco o el anafe. Sin embargo, cuando dejábamos el colegio para ayudar en casa se quedaban con nuestros certificados de estudios primarios porque no sabíamos quién había sido Aristóteles o lo que significaba un diptongo. Éramos medio analfabetos, pero ni mucho menos incultos. La sencillez y la naturalidad son el supremo y el último fin de la cultura, como dijo Nietzsche, aunque yo lo supe un día porque me lo explicó un afilador callejero. Me hubiera encantado tener hijos para educarlos en los valores y la libertad y decirles que no pasa nada porque a Dios no le gusten los pestiños. Con eso cabemos a más.

Publicado hoy en El Correo de Andalucía, página 5. Desvariando.

11
Mar/2013

Diego Carrasco, el hippie gtano

CarrascoEl artista invitado del próximo martes en Flamenco viene del Sur, en el Teatro Central, será el maestro jerezano Diego Carrasco. ¡Ahí queda eso! Sevilla adora a este flamenco de arte, El Tate, como le llamaban cuando era el guitarrista de la gran Tía Anica la Periñaca y hasta se atrevía a transgredir las normas de la flamencología más rancia junto al rebelde Enrique Morente. Eran aquellos tiempos en los que estaba casi todo por hacer en el mundo de la nueva música flamenca. Nació en Jerez de la Frontera en 1954 y en el seno de una familia donde había sangre lebrijana. Algún día habría que escribir sobre la importancia de Lebrija en el inicio de algunas familias flamencas de Jerez. Por poner un solo ejemplo, en la de Paco la Luz, los Valencia, de donde vienen Vicente Soto Sordera o su primo hermano José Mercé. Diego el Tate aprendió también a tocar la guitarra con Rafael el Águila, como Paco Cepero o Gerardo Núñez, entre otros menos célebres. Es muy buen guitarrista. Pero Diego Carrasco siempre tuvo otros sueños. Se sentía compositor y decidió encauzar por ahí su carrera, cuando el rock y el flamenco comenzaron sus coqueteos y el mairenismo empezaba a hacer aguas. Tras haber participado en mil batallas, en 1984, RCA lanza Cantos y sueños, ya como Diego Carrasco, disco en vinilo que sería el pistoletazo de salida de una etapa nueva para él y para el cante. Luego, ya en pleno apogeo de su fama, otro disco clave, Tomaketoma, que lo confirma ya como un compositor tan importante que comienza a colaborar en firme con los genios de la época: Camarón de la Isla, Manolo Sanlúcar o Mario Maya. Y miles de aficionados se hicieron seguidores de un artista nato que, dotado de un compás increíble y de una gracia única, se convirtió en el nuevo revolucionario de Jerez, el creador de un nuevo concepto del cante festero de su tierra. Aunque no sin críticos hacia sus nuevas formas musicales: como les ocurrió a Morente, Camarón y Lebrijano, al Tate también le dieron para el pelo. Sin embargo, siguió a lo suyo y vinieron nuevos trabajos como A tiempo, Voz de referencia o Inquilino del mundo, entre otros. Sus actuaciones en la Bienal siempre han sido muy seguidas, aunque nos haya traído de todo. El martes nos traerá otra nueva propuesta, Hippytano, su última entrega discográfica después de mucho tiempo sin grabar, en concreto ocho años, desde que editó Mi ADN flamenco. ¿Cómo le recibirá Sevilla? Seguramente, llenando el teatro de la Cartuja, como ha hecho siempre. En su nuevo cedé hay un emotivo homenaje, Morao del alma, dedicado a Moraíto Chico, su amigo de la infancia, su hermano del alma. Un motivo importante para no perderse a este genial artista.

10
Mar/2013

Mairena ya huele a saetas flamencas

Antonio Ortega, un maestro de las saetas flamencas maireneras.

Antonio Ortega, un maestro de las saetas flamencas maireneras.

No les exagero lo más mínimo si les digo -o al menos así lo siento-, que escuchar saetas en Mairena del Alcor es como escuchar ópera en Milán o música clásica en Viena. Mairena es un pueblo flamenco, de cantaores genuinos. Sus calles huelen a cante grande y no solo porque haya nacido aquí uno de los cantaores más grandes de todos los tiempos, Antonio Mairena, sino porque es una localidad sevillana de mucha tradición de cante, de cante grande, de grandes seguiriyeros, soleaeros, martineteros y, sobre todo, saeteros. Se canta sin adornos superfluos, por derecho. Mairena no ha dado ni un solo cantaor comercial porque aquí hay un enorme sentido de lo clásico, del cante puro, entendiendo lo de puro como sinceridad expresiva y amor al legado de los antiguos. Hoy se ha celebrado la Exaltación de la Saeta en el Teatro Municipal y se le ha dado un homenaje a una gran saetara local como es Virtudes Jiménez Sánchez La Piíta, prima hermana de otro gran saetero mairenero, Antonio Ortega, ambos sobrinos de Hornerito, saetero local ya ausente que dejó un estilo muy personal. El encargado de la exaltación de este año ha sido José Manuel Jiménez Delgado, que glosó la saeta de una manera muy sentida y gran sentimiento cofrade, aportando algunos datos de interés sobre el origen del estilo en general y de la saeta mairenera en particular. Ilustraron su disertación seis intérpretes de la saeta, los locales Antonio Ortega, Manuel Domínguez Castulo y María del Carmen Morales, además de Marcelo Sousa, Manuel Calero y Pastora Olivera, de Guillena, Bollullos de la Mitación y Villaverde, respectivamente. No hace falta decir que cada uno de ellos emocionó al numeroso público asistente con unas saetas muy flamencas y sentidas, destacando, en mi modesta opinión, Castulo y Antonio Ortega, dueños de unos metales en la voz que se nos metieron en el alma. Solo nos resta felicitar a la Casa del Arte Flamenco Antonio Mairena por tan magnífica organización. Mairena del Alcor ya huele a Semana Santa y a saetas jondas.

09
Mar/2013

Unas caballas presuntamente frescas

La crisis económica está sirviendo para que salga parte de la basura que había debajo de las camas de banqueros, políticos y empresarios. Toda no va a salir porque el hedor sería insoportable, aunque está apareciendo tanta que hay que taparse la nariz cada mañana antes de ponerse a leer la prensa, escuchar la radio o ver la televisión. Imagino lo aburrido que sería este país sin los asuntos de corruptelas, que además son un buen negocio para algunos medios de comunicación. El caso Bárcenas está dando tanto dinero que no me extrañaría que él mismo estuviera detrás de todo esto, cobrando comisiones. Presuntamente, claro. Tenemos que tener cuidado con estas aserciones porque no está el horno para bollos. El otro día pidió una mujer un kilo de caballas frescas en una pescadería de Mairena del Alcor y cuando vio que las agallas tenían peor color que los pollos de Simago, le dijo al pescadero: “Estas caballas no son frescas”. A lo que le respondió el dependiente: “Querrá usted decir presuntamente, claro”. Lo de presunto se les aplica más a los políticos que a los ciudadanos de a pie, por el poder que tienen. Aunque ya lo usan hasta en las tabernas. Que no se le ocurra preguntarle a un tabernero si la tapa de carne que le regala con la caña de cerveza es de caballo, porque le puede echar encima la policía montada. Todos estamos bajo sospecha en nuestro país. Me contaba hace unos días un concejal de Mairena que le habían llamado fascista en un acto del pueblo, cuando se ha distinguido siempre precisamente por todo lo contrario.

Bárcenas

La gente responsabiliza a los políticos de todo lo que está pasando en España. Incluso a los de los pueblos pequeños, que se la juegan a diario en la calle porque no llevan coche oficial ni guardaespaldas. Sin embargo, los españoles estamos dando toda una lección de civismo y tolerancia. Todavía no se ha creado un ejército rojo con los dos millones de parados que no cobran prestación alguna que arrase con todo. Ni ha aparecido colgado ningún banquero o político en una plaza, sin querer dar ideas. Tampoco los maltratados autónomos, unos tres millones, se han unido aún para echar abajo al actual Gobierno, que podrían hacerlo como pudieron derribar al anterior. Los ciudadanos se echan a las calles a protestar pacíficamente y se desahogan en las redes sociales, aunque todavía no ha ardido Troya. Me conmueven esas personas que se quitan la vida antes de ser desahuciados, cuando a lo mejor tendrían que atrincherarse en sus casas con una recortá por haber sido engañados. Intento entender qué pasa por la cabeza de alguien que tiene que dejarse arrebatar su casa, para cuya compra le dieron todas las facilidades del mundo, diciéndole que “su mejor aval es usted mismo”. Vamos a pedir un préstamo a un banco para ejercer el derecho constitucional a tener una vivienda digna y comprueban en un ordenador si somos ciudadanos ejemplares, si somos o no de fiar, si tenemos o no pendiente algún recibo de la luz o del móvil. Nos conceden la hipoteca y cuando un mes no podemos pagarla pasamos de ciudadanos ejemplares a sujetos morosos. Esto tiene su mandanga en un país con una banca llena de estafadores y de políticos corruptos. Al listillo de Urdangarin le han dicho en su banco que no vaya a cometer la locura de pegarse un tiro por no poder hacer frente a la deuda de su mansión de Pedralbes, concediéndole una generosa carencia. Entonces, ¿a quiénes habría que colgar en una plaza pública por permitir que algunas desdichadas criaturas se hayan quitado la vida por pasar de ciudadanos ejemplares a sujetos sospechosos de morosidad por culpa de una brutal crisis económica que no han creado ellos?Mi madre me aconseja con frecuencia que no escriba de política, que cuente historias del pueblo, que describa los soleados olivares de mi infancia o que explique con alma lo que siento cuando escucho un martinete de Juan el Pelao en la voz de Pedro el Granaíno. En resumidas cuentas, que sea el niño que hablaba con los olivos y que hipnotizaba a los pollos antes de comérselos, y no el adolescente guerrillero que quemaba neumáticos en la Carretera de Su Eminencia para que el Ayuntamiento nos asfaltara las calles de Padre Pío y metiera el alcantarillado bajo tierra. Pero resulta imposible quedarse al margen de lo que está pasando en nuestro país, de no hacer nada viendo cómo un puñado de golfos, de políticos corruptos y banqueros sanguinarios, se están cargando a un país tan hermoso como el nuestro, con sus defectos y con sus virtudes, con sus luces y sus sombras históricas. Argumentan algunos políticos y banqueros que no es de justicia que estén pagando justos por pecadores, en referencia al descrédito actual de la clase política y financiera. Por supuesto que no es de justicia y que la mayoría de los políticos españoles son gente honrada, como lo serán la mayoría de los empresarios y los banqueros. Pero lo que no es de justicia es que la crisis económica la estén pagando justos por pecadores. O sea, millones de ciudadanos que hasta hace tres días no sabían absolutamente nada sobre la prima de riesgo o pensaban que los mercados eran esos sitios llenos de vida en donde se compran las caballas frescas. Presuntamente, claro.

Publicado hoy en El Correo de Andalucía, página 5. Desvariando.

08
Mar/2013

¿Cónclave en la Bienal de Flamenco?

Estamos sin dirección en la Bienal de Flamenco. En la de Sevilla, porque Málaga vuelve a tener su bienal y, según me han contado, con signos evidentes de consolidarse. La de Sevilla anda con menos fuerza que el puchero de un vegetariano. No hay dinero, pero tampoco parece haber mucha imaginación. No acaban de ver bien qué clase de bienal hay que hacer y cómo debe de llevarse. Lo único que parece estar claro es que es un festival que interesa a miles de aficionados de todo el mundo, como quedó demostrado en la última edición, a pesar de la crisis y de la pésima programación. Ya tendría que estar diseñada la del 2014, si es que se hace, pero no hay nada todavía. Se busca un director, una persona que sea capaz de dar otro aire al festival. Mientras se encuentra y no, seguramente habrá llegado ya el verano. Luego tendrán que buscar presupuesto, y como tenemos menos fondo que una lata de anchoas empezarán a programar ya en el próximo año, a la carrera, rellenando como en la pasada edición. Y así salió. ¿Se habrán reunido ya los cardenales?

05
Mar/2013

La Farruca homenajeó a los grandes

Farruca

La hija del gran Antonio el Farruco es una fuerza de la naturaleza.

Sabía que iba a ser una noche muy flamenca y emotiva. La Farruca es una bailaora que emociona, que te zamarrea la piel. Es una bailaora gitana, una de las hijas del gran Antonio el Farruco, sin duda el genio del baile gitano. En su último espectáculo ha querido rendir un más que merecido homenaje a otros grandes artistas del baile, como fueron Carmen Amaya y Lola Flores, y es todavía la trianera Matilde Coral. Y en este homenaje no podía faltar un emotivo recuerdo a Farruco, al creador de esa escuela que La Farruca quiere conservar como el mejor legado familiar. Sabía que iba a ser una noche de pellizco también porque el espectáculo recordaría a la desaparecida Sharon Sapiencia, su representante, que murió aún joven estos días atrás. Era ella la que iba a mover esta obra de la bailaora sevillana y el destino ha querido que no vaya a ser así. Lástima, porque La Farruca ha logrado un espectáculo que le va muy bien a su manera de bailar y de entender el flamenco. No es una consumada coreógrafa, pero tampoco le hace mucha falta. A veces, las bailaoras se pierden contándonos historias que apenas entendemos, cuando lo que nos conmueve es el baile, el buen baile, el baile de raza. El que nos regaló anoche, su taranto, las alegrías, la soleá. Es increíble la fuerza que tiene aún una bailaora que ya no es una adolescente y que ha parido a unos cuantos hijos. Esa fuerza es sobrenatural, le sale de las entrañas. Es como un volcán que entra en erupción cuando suena una guitarra y una voz rajá, de las que duelen, de las que lastiman.

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Así de flamenca bailó La Farruca.

Anoche le cantaron tres voces estupendas, las de Mara Rey, Fabiola y Pedro el Granaíno. Gitanas, claro. Menudo sonido tiene Fabiola. Conducidas por un gran maestro de la guitarra, Juan Requena. Pero además de llevar este magnífico cuadro, La Farruca quiso que estuviera junto a ella su hijo más pequeño, Manuel Fernández Montoya El Carpeta, que no se puede parecer más a su abuelo Antonio, al genio. Nos maravilló en las alegrías, el martinete y la seguiriya, con un repertorio de poses y movimientos no muy variado, pero con una enjundia y una gitanería impropias de un niño. Ya tendrá tiempo de ejercer el magisterio, cuando crezca y encuentre su sitio. Pero ver bailar a El Carpeta es todo un espectáculo, ese coraje, cómo se planta, su manera de rematar y de recogerse, la seguridad en los pies y la pureza que tiene. Farruco se rompería la camisa si lo viera bailar. Nos emocionó cuando cogió un bastón y lo levantó mirando una imagen del abuelo.Y hablando de eso, de romperse la camisa, poco faltó anoche para que ocurriera ese rito ancestral gitano, cuando Pedro el Granaíno se rajó el pecho recordando a Tomás Pavón por soleá y seguiriyas trianeras y jerezanas, dándolo todo. Y cuando le rindió honores a otros dos genios del cante como fueron Manolo Caracol y Antonio el Chocolate. Hacía tiempo que no me conmovía tanto un cantaor, como lo hizo anoche El Granaíno. No es un cantaor técnico, de los que sacan la chistera: es un corazón que canta. Siempre al límite, sin aliviarse nunca, sintiendo el cante y transmitiendo con una sinceridad que lastima. Cuando cantó los martinetes y la debla de Tomás, de la escuela trianera, logró llevarme a la calle Evangelista de Triana, donde nació Juan el Pelao, donde los gitanos crearon lo que hoy llamamos cantes de fragua. Anoche no nos contaron una historia: nos llevaron a ella, a la historia del baile.

Teatro Lope de Vega de Sevilla. Homenaje a los grandes. Artistas invitados: Rosario Montoya La Farruca y El Carpeta. Guitarra: Juan Requena. Cante: María Rey, Fabiola Pérez y Pedro el Granaíno. Piano: Ale Romero. Música: Pablo Maldonado y Juan Rquena. Idea original: Pedro Heredia El Granaíno. Escenografía: La Farruca. Entrada: algo más de medio aforo. Sevilla, 4 de marzo de 2013.