Monthly Archives: Abril 2011

28
Abr/2011

Que tire la primera piedra

A José Menese

euro

El debate político de estos días previos a las elecciones municipales del día 22 de mayo, es sobre qué partido está más podrido, el de la izquierda o el de la derecha, quién tiene más imputados, quién gestionó más o menos ERES irregulares, quién tiene a sus familiares mejor o peor colocados o qué hijo de tal o cual gobernante se ha enriquecido más con la política. La corrupción se ha alojado ya en la política española de tal manera, que los ciudadanos empezamos a verla como algo normal e inevitable. Y no debería de ser así. Estamos viendo que la corrupción ya no se encuentra sólo en el partido que gobierna, sino en los de la oposición, en todos. Hasta Izquierda Unida tiene a un imputado entre sus candidatos a ocupar alguna alcaldía, como es el señor Torrijos, aspirante a la de Sevilla. Nada más y nada menos. La corrupción no está en las siglas, sino en las personas. Y no está sólo en la política, sino allí donde estamos los seres humanos. El que no haya practicado la corrupción alguna vez, que tire la primera piedra. Conozco a algunos albañiles que han hecho sus casas con ladrillos sisados en las obras donde trabajaban y que están todo el día despotricando de los políticos que meten la mano en la caja pública. “Son todos iguales”, solemos decir. Las próximas elecciones deberían de servir para que se renueve totalmente la plantilla política, pero no va a ser así. Entrarán nuevas personas que vendrán con la ilusión de servir a los ciudadanos, como todos al principio, pero que acabarán robando también. En un porcentaje muy elevado seguirán los mismos, los que un día decidieron dedicarse a la política como profesionales y ahí andan todavía, algunos desde las primeras elecciones democráticas. Es inadmisible que determinados señores y señoras lleven treinta años dedicados a la política como profesionales. Y piensan seguir todavía más tiempo, con la excusa de que los elige el pueblo, lo cual es totalmente mentira. Podría dar cientos de nombres de gente que está en la política ocupando cargos importantes, que no los ha elegido el pueblo sino una sola persona. Alguna vez he estado tentado de dedicarme a la política para hacer algo por Andalucía porque creo que soy una persona honrada y que la política está falta de personas decentes. Ahora, además, me vendría bien porque la crisis me está dejando pegado a la pared y no sé si tendré que dejar de hacer La Gazapera y dedicarme a arreglar los olivos de mis suegros. Entre lo que cobrara legalmente y lo que trincara, estoy seguro de que viviría como Bono o la Cospedal. Pero no lo voy a hacer nunca porque tengo mis dudas de que la política no me vaya a cambiar y me convierta en un miserable chorizo aceptado por una sociedad como la española, que premia a los corruptos en vez de acabar con ellos en las urnas.

25
Abr/2011

Luz para el malogrado ‘Lamparilla’

A Ana María Bueno

El Maestro Pérez (sentado), con su ahijado Lamparilla. Año de 1884

El Maestro Antonio Pérez (sentado), con su ahijado 'Lamparilla'. Año 1884

Según Fernando el de Triana, el malogrado bailaor Lamparilla fue un verdadero fenómeno. Comparándolo con su padre, el célebre Antonio el Pintor, dijo que era “harina de otro costal, como lo demuestra la sublime posición de baile que acusa su fotografía, fiel demostración del más exquisito arte”, dijo el cantaor. En mi libro sobre El Canario (El Cartel maldito, 2009) aporté ya algunos datos inéditos sobre el célebre bailaor sevillano. Entre otros, los precisos para demostrar que era en realidad sevillano, como su padre, al que alguna vez habían hecho de Cádiz. Pues no era de Cádiz El Pintor, sino natural de Sevilla, donde vino al mundo el día 30 de abril de 1845. Nada menos que en el número 22 de la Plaza de San Juan y bautizado en San Juan de la Palma. Hijo de un zapatero remendón, Francisco Paez, y de María de la Salud Castro, dedicada a sus labores, sus abuelos paternos, Antonio y María Antonia, eran de Estepa y Umbrete, respectivamente, dos localidades sevillanas. Los maternos, José y María de la Salud, eran sevillanos de pura cepa. Tuvo varios hermanos (Eduardo y María Dolores, que eran mellizos; Concepción, Manuel y María), pero, que sepamos, al arte del flamenco sólo se dedicó Antonio. Desde muy jovencito, además, como puede comprobarse en la prensa sevillana de la época. Con poco más de veinte años de edad se unió a la sevillana Carmen Córdoba Barrera, que había nacido en el número 9 de la calle Linos de Sevilla, el día 27 de junio de 1846. Hija de un cordobés de Espejo, Francisco Córdoba, y de la sevillana Isabel Barrera, se bautizó en la Parroquia de Omnium Sanctorum. Esta mujer fue la que trajo al mundo a Antonio Paez Córdoba, el célebre y malogrado bailaor Lamparilla, el 26 de noviembre del año 1869.

Partida de nacimiento de 'Lamparilla. Sevilla, 26 de abril de 1869. Documento hasta ahora inédito.

Partida de nacimiento del célebre 'Lamparilla'. Sevilla, 26 de noviembre de 1869. Documento hasta ahora inédito.

Nació el fenómeno en el número 4 de la calle Alcalá de Sevilla, que desde 1898 se llama Divina Pastora, una calle muy flamenca en la que murió el Niño Gloria en 1954 y donde vivieron muchos años algunas hijas de Manuel Torre y el gran bailaor de Morón Pepe Ríos, casado con una de ellas. Lamparilla nació, pues, en una de las zonas más flamencas de Sevilla, el Barrio de la Feria, donde vinieron también al mundo Manolo Escacena y Amalia Molina –ambos en la calle Pedro Miguel-, entre otros artistas importantes de lo jondo, de los que me ocuparé en breve. Lamparilla se bautizó también en Omnium Sanctorum y fueron sus padrinos el Maestro Pérez y su esposa, la sevillana Amparo León. Naturalmente, como el niño creció viendo bailar a su padre y tocar la guitarra, cantar y bailar a su célebre padrino, despuntó pronto y con sólo 7 años de edad ya hacía las delicias de sus vecinos en la Velada de San Juan de la Palma y en las de barrios colindantes. Tan brillante era su baile, que en 1885 ya fue contratado para actuar en el famoso Café del Burrero, en la sucursal de verano que hubo a la entrada del Puente de Triana, compartiendo cartel con su padre, su padrino, El Canario de Álora y el Canario Chico, Concepción Peñaranda La Cartagenera, La Carbonera, La Escribana, La Bocanegra, la Rubia de Cádiz, Carito de Jerez, La Serrana y La Sordita, Juana Antúnez, Palma Monje…

El torero Bombita (con bastón) y Antonio el Pintor, padre de 'Lamparillá'. Año de 1878

El torero Bombita (con bastón) y Antonio el Pintor, padre de 'Lamparillá'.

Este cartel ya se publicó en la citada biografía sobre El Canario. Pero antes de actuar en el café donde mataron al célebre malagueñero de Álora, Lamparilla formó parte de un cuadro, de los primeros que actuaron en la capital de España, compartiendo protagonismo con Dolores la Pitraca, La Pipote, que era hermana de La Paloma; Rosario la Honrá, Josefa la Pitraca, Paco Cortés y el guitarrista Bautista. Nunca vamos a saber el arte que tenía Lamparilla, pero tuvo que ser muy bueno cuando se codeaba con estas figuras de la época siendo sólo un chiquillo. La fama le llegó muy pronto y con ella, claro está, algunos problemas. Fernando el de Triana insinuó que lo mató el baile. Lo cierto es que murió de tuberculosis pulmonar en 1888, con sólo 18 años de edad y cuando prometía ser uno de los puntales del baile sevillano. Murió en la Plaza de la Europa, 4, en la Alameda de Hércules, donde vivió algunos años. En su partida de defunción consta que era “Profesor de baile”. Todo un profesional del arte flamenco. Antonio el Pintor y su esposa tuvieron que pasar por el duro trance de ver morir a todos sus hijos, unos más pequeños que otros. Lamparilla les duró 18 años. Cuando murió el fenómeno se quedaron solos en la vida, solos y con el recuerdo de aquel hijo que movía los brazos como nadie lo había hecho en el baile. En otra ocasión daré a conocer otros importantes documentos. Con estos datos, que se aportan por primera vez, espero conseguir que de ahora en adelante cada vez que se escriba o se hable sobre el célebre Lamparilla, el hijo de Antonio el Pintor, se diga que fue un sevillano de la calle Divina Pastora, de pura cepa, que vivió para el baile y murió por él atrapado en un ambiente peligroso. Era totalmente injusto que no conociéramos todavía sus datos personales.

Parroquia de Omnium Sanctorum de Sevilla.

Parroquia de Omnium Sanctorum de Sevilla, donde fue bautizado el malogrado bailaor flamenco de la calle Divina Pastora.

22
Abr/2011

Fernando en El Carrascalejo

A Ángel Bautista

Fernando aparece tocando la guitarra junto a su esposa, Paca la Coja. Así era su célebre chiringuito.

Fernando el de Triana aparece tocando la guitarra junto a su esposa, Paca la Coja. Así era el célebre chiringuito que El Decano tuvo en Coria del Río.

No hace muchos días publicábamos en La Gazapera el verdadero lugar de nacimiento de Fernando el de Triana, al que llamaban El Decano del Cante Andaluz. Fernando Rodríguez Gómez, que así se llamaba el artista, recibió su primer beso de luz en la calle Pozo de Sevilla, en San Luis, en 1867. Luego vivió en el número 150 de la calle Feria, en el barrio del mismo nombre, donde en 1869 nació su hermano Manuel, que murió pronto. Pero al ser de madre trianera, al poco tiempo ya se avecindó en la calle Verbena de Triana, para más adelante irse a la emblemática calle Pureza, desde donde comenzó a hacer sus salidas por el país para ejercer su profesión de cantaor una vez realizado el servicio militar. Pero Fernando no vivió siempre del cante, que en aquellos tiempos no era algo fácil. Sólo unos cuantos lograron vivir del arte de lo jondo. Fernando llegó a tener incluso un restaurante en la ciudad marroquí de Nador, donde había muchos andaluces. Y cuando se le fue el cante por el inevitable paso de los años, se afincó en la localidad sevillana de Coria del Río, donde montó un chiringuito especializado en manzanilla de Sanlúcar y albures fritos o al carbón. Montó este chiringuito en El Carrascalejo, en la misma orilla del Guadalquivir, como pueden ver en la fotografía. Fernando y su mujer, Paca la Coja, se encargaban de hacer traer la manzanilla desde Sanlúcar en barriles empapados en agua para que no se echara a perder. Muchas veces eran los propios pescadores de Coria quienes se la traían y al reclamo del prodigioso caldo sanluqueño acudían algunos cantaores, amigos de Fernando, como fueron Manuel Torre y su hermano Pepe, el Niño Gloria, Mazaco o Currito el de la Geroma. Fernando cogía su vieja guitarra y acompañaba a estos cantaores en las fiestas. Sin embargo, el negocio fue ruinoso y El Decano acabó montando una tabernita en otra localidad sevillana, Camas. Esta taberna se llamó La Sonanta y Fernando la tenía decorada con viejos carteles y fotografías, con los recuerdos de toda una vida. Aunque el artista murió en 1940 y La Sonanta se cerró, en 1991 tuve la gran suerte de poder entrar en la casa del cantaor y ver dónde tuvo la taberna. Se pueden imaginar la emoción que sentí cuando pensé en los ratos de cante que se echarían en aquella casa, por la que pasaron muchos artistas y un día apareció el escritor Walter Starkie para entrevistar a Fernando, entrevista que publicó luego en su obra Don Gitano. ¡Pobre Fernando! Cuando publicó su libro, Arte y artistas flamencos, en 1935, su mujer iba vendiéndolos por las calles de Camas con una espuerta de esparto. La mayoría de estos libros se quedaron en Camas y Coria del Río. La obra no lo sacó de la miseria, pero alivió un poco el hambre de la Guerra Civil del 36. Esta mañana lluviosa y plomiza he sentido la imperiosa necesidad de recordar a este hombre que se inventó un padre gitano y herrero de Triana para que el gitanista Starkie le diera más importancia. Mirando esta hermosa fotografía de Fernando y su esposa, en El Carrascalejo, podemos imaginarnos cómo estaría de buena la manzanilla que vendía en el chiringuito. Sin olvidarnos de los albures.

16
Abr/2011

La flamenca que enamoró a Edison

A Antonio Alcántara

Así era la célebre Carmen Dauset Moreno 'Carmencita'

Así era la célebre bailaora almeriense Carmen Dauset Moreno 'Carmencita'

Los aficionados de Almería tuvieron a una gran artista del baile andaluz y muchos ni siquiera lo saben. La he visto bailar en una película de sólo unos segundos de duración y apenas duermo desde entonces. La película es de 1894. ¡Cómo bailaba esta almeriense! Se llamó Carmen Dauset Moreno y fue hermana de María del Mar, la mujer del mítico cantaor alicantino El Rojo el Alpargatero. Hace unos dos años encontré algunas gacetillas en la prensa de Madrid anunciando a un tal Sr. Grau y a una Srta. Carmen Dauset y en seguida pensé que se trataba del cantaor de Callosa de Segura y de su mujer, que era de Almería. No encajaba muy bien lo del nombre de Carmen pero, así y todo, daba por hecho que eran El Rojo y su esposa. Pero estos días un gran amigo -otro buscador incansable de noticias de flamenco en la prensa del país, José Muñoz González- me ha hecho llegar una interesante documentación y me dice que la tal Carmen Dauset no era la mujer de El Rojo, sino su cuñada, que hizo célebre en medio mundo el sobrenombre artístico de Carmencita. Tanta importancia tuvo esta gran artista almeriense –prácticamente desconocida hasta ahora para el mundo del flamenco-, que en 1890 le publicaron una biografía en Nueva York con estupendas fotografías y mucha información sobre su agitada vida artística, con innumerables actuaciones tanto en España como fuera de nuestro país en compañía de Trinidad Huertas La Cuenca y de otras figuras del baile andaluz de la época. Pero la importancia de esta artista va mucho más allá de lo meramente flamenco, que sin duda la tiene. Se trata de la primera mujer que participó en una cinta de cine mudo. Según dio a conocer hace apenas unos meses un investigador cinematográfico de la Universidad de Alicante, Francisco Mora Contreras, Thomas Alva Edison le grabó una película a Carmencita Dauset para promocionar su nuevo invento, el kinetógrafo, en la Exposición Universal de Chicago. Fue, además, el primer baile andaluz que se rodó en cine. Estamos, pues, ante un hallazgo importante para la tierra de Almería, para Andalucía entera y para el mundo del flamenco o el baile andaluz en general. Carmen Dauset Moreno nació en Almería en 1868, aunque muchos la hacían sevillana, de ahí que la llamaran en los periódicos, además de Carmencita, La Perla Sevillana.

Carmen Dauset aparece bailando con La Cuenca en 1887. También 'Carmencita' bailaba de hombre a veces.

Carmen Dauset aparece anunciada junto a La Cuenca en 1887. También 'Carmencita' bailaba de hombre, a veces, como Trinidad Huertas y la sevillana Salud Rodríguez, entre otras.

Estuvo viviendo algunos años en Málaga con su hermana María del Mar y el Rojo Alpargatero, que convivieron en esta ciudad sin estar aún casados. La Carmen que el gran investigador José Gelardo creyó en un principio que era hermana de Antonio Grau Mora (El Rojo el Alpargatero, flamenco. Almuzara, 2007), lo era en realidad de su futura esposa. Fue en Málaga donde aprendió a bailar Carmencita. Sus padres la pusieron a estudiar danza con sólo 7 años de edad y a los 12 era ya una artista en toda regla según la biografía ya citada, destacando en las veladas de danza del Teatro Cervantes en 1880. Fue actuando en la Exposición Universal de París de 1889 cuando un importante agente artístico americano, Kiralfy, se fijó en ella y le propuso bailar en Nueva York, donde no le fue fácil conquistar al público que acudía a verla bailar. Lo intentó más tarde en el Oeste, donde tampoco entendieron su manera de interpretar el baile andaluz, a pesar de sus grandes cualidades. Pero al final acabó conquistando al aficionado norteamericano, empezando, nada más y nada menos, que por Thomas Alva Edison, quien la eligió para probar su nuevo invento después de verla bailar personalmente en una sala neoyorkina. La grabación se efectuó en los Estudios Black María de Wew Jersey entre el 10 y el 16 de marzo de 1894.

La prensa española anunció la llegada de 'Carmencita' a Nueva York en 1889. El año en que murió Silverio Franconetti.

La prensa española anunció la llegada de 'Carmencita' a Nueva York en 1889. El año en que murió Silverio Franconetti. ¿Conocería al maestro sevillano?

A raíz de la grabación de esta película de sólo 21 segundos de duración y sin sonido, la artista se convirtió en una celebridad en Nueva York y en toda Norteamérica, dando clases a la aristocracia norteamericana, anunciando cigarrillos y posando para importantes fotógrafos y pintores, según el ya citado investigador. Al parecer, se quedó a vivir en Estados Unidos y debió de morir en aquellas tierras a principios de la tercera década del pasado siglo, aunque nada se sabe de su óbito. Naturalmente, después de este feliz hallazgo el siguiente paso lo tendrá que dar el Ayuntamiento o la Diputación de Almería para completar una extensa biografía sobre la primera mujer a la que Thomas Alba Edison le grabó una película muda y la primera bailarina andaluza en grabar un baile andaluz para el revolucionario invento del cine. La primera mujer, para concluir, que fue vista en una pantalla en los Estados Unidos de América. Para ver bailar a la gran Carmencita sólo tienen que pinchar el enlace de abajo.

http://www.youtube.com/watch?v=-hH8BMgpQnI

Tras la publicación de este artículo he tenido noticias hoy mismo de que José Gelardo y José Luis Navarro están a punto de sacar al mercado una biografía de Carmen Dauset. No tenía ni idea de esto. Normalmente estas cosas se llevan en secreto. Celebro la iniciativa y espero con impaciencia el libro, que, conociendo a sus autores como les conozco, estoy seguro de que será muy interesante.

11
Abr/2011

De patito feo a cisne del baile

manuel bohórquez n sevilla
Como cada verano, a la Señora Pata le dio por empollar y todas sus amigas del corral estaban deseosas de ver a sus patitos, que siempre eran los más guapos del estanque….
En la historia del baile han triunfado jorobados, sordas, gordos y cojos. Hasta utilizaron sus defectos físicos como remoquete artístico sin ningún complejo: Enrique el Jorabao, Joaquín el Feo, La Sordita y Enrique el Cojo nos pueden servir de ejemplos. Más allá del hecho anecdótico, curioso, de que un cojo triunfe en el baile flamenco, está el arte, que tiene que ser la esencia. ¿Algún bailaor ha movido mejor las manos que Enrique el Cojo? Como de pies andaba regular, desarrolló una paloma en cada mano. Hubo otro bailaor al que apodaron Miracielos porque un defecto en el cuello le obligaba a ir mirando siempre a las nubes. Tan bueno era este artista, que hoy todavía hay quienes bailan colocando la cabeza como él. Sin embargo, desde que el baile comenzó a subirse a los tablaos las guapas siempre lo tuvieron más fácil. Pastora Imperio no enamoró a los poetas, escritores y toreros de su tiempo no por bailar mejor que La Macarrona, sino por sus venustos ojos, que eran dos esmeraldas verdes traspasadas por los rayos del sol de la Alfalfa. Si la gran bailaora y coreógrafa sevillana Cristina Hoyos hubiera nacido en la época del Café del Burrero y El Novedades, los críticos la hubieran hecho mucho daño porque eran inhumanos con las artistas poco agraciadas. La hija pequeña de Apolinar Hoyos y Cristina Panadero, que se buscaban la vida en lo que podían –eran pobres de la posguerra viviendo en un corral de vecinos, el del Trompero, de un barrio de señoritos como la Alfalfa–, era el patito feo del corral pero desde niña, como en el cuento, sabía que un día acabaría siendo el cisne más blanco y elegante del estanque de la danza. Mientras otras patitas de su edad jugaban a la comba o a conquistar a los patitos más guapos de la calle Vírgenes, ella soñaba con bailar en los tablaos; era algo que había nacido con ella, un don, una necesidad. Nació al lado de donde recibieron su primer beso de luz el gran Silverio Franconetti, Pastora Imperio y El Espartero, pero no pudo vivir el ambiente flamenco que entonces había en barrios como Triana, la Macarena o el de la Feria, donde vinieron al mundo El Pintor, su hijo Lamparilla o Amalia Molina. Bailaba sola, a escondidas, en la cocina o el baño de su casa, escuchando las canciones de la radio. Luego llegaron lo clásico de aquella época: el programa Conozca usted a sus vecinitos, de Rafael Santisteban, la Academia de Adelita Domingo y las Galas Juveniles del San Fernando. Más tarde, los tablaos, el Patio Sevillano, que estuvo en el Pasaje del Duque, donde entró haciéndose llamar María Cristina. Su base era el clásico español y el flamenco, una cuidada formación que la convirtió muy pronto en una artista imprescindible en fiestas privadas y otros tablaos, como Los Gallos, en el Barrio de Santa Cruz. Todo ello sin descuidar nunca la formación, que siempre fue una obsesión. Su paso por la academia de Enrique el Cojo, de la calle Espíritu Santo, en San Juan de la Palma, sería fundamental para acabar de formarse junto a su pareja artística de aquella época, Paco Fabra. Hasta que en 1965 acudió a la Feria Mundial de Nueva York con Manuela Vargas y descubrió que había algo muy hermoso más allá del turbio estanque natal. El encuentro con otras culturas le sirvió para abrir las alas y pensar en otras conquistas. Madrid era entonces el sueño de los artistas flamencos, sus tablaos y teatros, como ocurrió en el último tercio del XIX y primera década de la siguiente centuria. Sabía que el tablao era duro, que había que sentarse en las mesas con los clientes, que no bastaba sólo con bailar con la gracia de las gitanas de la Cava de Triana, como ella bailaba. Se llamaba alternar y Cristina no daba el perfil de la bailaora voluptuosa de generosos escotes y sediciosas curvas. Se reveló contra aquella inmoralidad y decidió girar de nuevo con Manuela Vargas. Hasta que encontrándose trabajando en El Duende –el tablao madrileño de Pastora Imperio y su yerno, Gitanillo de Triana–, su novio, el bailaor Félix Ordóñez, le presentó en 1967 al bailarín Antonio Gades, la figura del momento, quien la hizo mirarse en el estanque, que viera en él su reflejo, como ocurre en el cuento del patito feo. Cristina se introdujo incrédula en el agua cristalina del príncipe de la danza y lo que vio la dejó maravillada. Lo que ocurrió después ya lo conocen de sobra: es parte de la historia del baile y de, sin duda alguna, la bailaora y coreógrafa más importante que ha dado Sevilla en toda la historia del flamenco. Y si decimos de Sevilla, decimos del mundo. Esto no la hace merecedora de todos los privilegios, pero tampoco es justo que haya salido del Ballet Flameco de Andalucía como ha salido.
Aquel patito feo y desgarbado era ahora el cisne más blanco y elegante de todos cuantos había en el estanque. Así fue como el patito feo se unió a los suyos y vivió feliz para siempre.

A la Maestra Cristina

Cristina Hoyos vista por el dibujante

Cristina Hoyos vista por Pandelet

Como cada verano, a la Señora Pata le dio por empollar y todas sus amigas del corral estaban deseosas de ver a sus patitos, que siempre eran los más guapos del estanque….

En la historia del baile han triunfado jorobados, sordas, gordos y cojos. Hasta utilizaron sus defectos físicos como remoquete artístico sin ningún complejo: Enrique el Jorabao, Joaquín el Feo, La Sordita y Enrique el Cojo nos pueden servir de ejemplos. Más allá del hecho anecdótico, curioso, de que un cojo triunfe en el baile flamenco, está el arte, que tiene que ser la esencia. ¿Algún bailaor ha movido mejor las manos que Enrique el Cojo? Como de pies andaba regular, desarrolló una paloma en cada mano. Hubo otro bailaor al que apodaron Miracielos porque un defecto en el cuello le obligaba a ir mirando siempre a las nubes. Tan bueno era este artista, que hoy todavía hay quienes bailan colocando la cabeza como él. Sin embargo, desde que el baile comenzó a subirse a los tablaos las guapas siempre lo tuvieron más fácil. Pastora Imperio no enamoró a los poetas, escritores y toreros de su tiempo por bailar mejor que La Macarrona, sino por sus venustos ojos, que eran dos esmeraldas verdes traspasadas por los rayos del sol de la Alfalfa. Si la gran bailaora y coreógrafa sevillana Cristina Hoyos hubiera nacido en la época del Café del Burrero y El Novedades, los críticos le hubieran hecho mucho daño porque eran inhumanos con las artistas poco agraciadas. La hija pequeña de Apolinar Hoyos y Cristina Panadero, que se buscaban la vida en lo que podían –eran pobres de la posguerra viviendo en un corral de vecinos, el del Trompero, de un barrio de señoritos como la Alfalfa–, era el patito feo del corral pero desde niña, como en el cuento, sabía que un día acabaría siendo el cisne más blanco y elegante del estanque de la danza. Mientras otras patitas de su edad jugaban a la comba o a conquistar a los patitos más guapos de la calle Vírgenes, ella soñaba con bailar en los tablaos; era algo que había nacido con ella, un don, una necesidad. Nació al lado de donde recibieron su primer beso de luz el gran Silverio Franconetti, Pastora Imperio y El Espartero, pero no pudo vivir el ambiente flamenco que entonces había en barrios como Triana, la Macarena o el de la Feria, donde vinieron al mundo El Pintor, su hijo Lamparilla o Amalia Molina. Bailaba sola, a escondidas, en la cocina o el baño de su casa, escuchando las canciones de la radio. Luego llegaron lo clásico de aquella época: el programa Conozca usted a sus vecinitos, de Rafael Santisteban, la Academia de Adelita Domingo y las Galas Juveniles del San Fernando. Más tarde, los tablaos, el Patio Sevillano, que estuvo en el Pasaje del Duque, donde entró haciéndose llamar María Cristina. Su base era el clásico español y el flamenco, una cuidada formación que la convirtió muy pronto en una artista imprescindible en fiestas privadas y otros tablaos, como Los Gallos, en el Barrio de Santa Cruz. Todo ello sin descuidar nunca la formación, que siempre fue una obsesión. Su paso por la academia de Enrique el Cojo, de la calle Espíritu Santo, en San Juan de la Palma, sería fundamental para acabar de formarse junto a su pareja artística de aquella época, Paco Fabra. Hasta que en 1965 acudió a la Feria Mundial de Nueva York con Manuela Vargas y descubrió que había algo muy hermoso más allá del turbio estanque natal. El encuentro con otras culturas le sirvió para abrir las alas y pensar en otras conquistas. Madrid era entonces el sueño de los artistas flamencos, sus tablaos y teatros, como ocurrió en el último tercio del XIX y primera década de la siguiente centuria. Sabía que el tablao era duro, que había que sentarse en las mesas con los clientes, que no bastaba sólo con bailar con la gracia de las gitanas de la Cava de Triana, como ella bailaba. Se llamaba alternar y Cristina no daba el perfil de la bailaora voluptuosa de generosos escotes y sediciosas curvas. Se reveló contra aquella inmoralidad y decidió girar de nuevo con Manuela Vargas. Hasta que encontrándose trabajando en El Duende –el tablao madrileño de Pastora Imperio y su yerno, Gitanillo de Triana–, su novio, el bailaor Félix Ordóñez, le presentó en 1967 al bailarín Antonio Gades, la figura del momento, quien la hizo mirarse en el estanque, que viera en él su reflejo, como ocurre en el cuento del patito feo. Cristina se introdujo incrédula en el agua cristalina del Príncipe de la Danza y lo que vio la dejó maravillada. Lo que ocurrió después ya lo conocen de sobra: es parte de la historia del baile y de, sin duda alguna, la bailaora y coreógrafa más importante que ha dado Sevilla en toda la historia del flamenco. Y si decimos de Sevilla, decimos del mundo. Esto no la hace merecedora de todos los privilegios, pero tampoco es justo que haya salido del Ballet Flameco de Andalucía como ha salido.

Aquel patito feo y desgarbado era ahora el cisne más blanco y elegante de todos cuantos había en el estanque. Así fue como el patito feo se unió a los suyos y vivió feliz para siempre.

08
Abr/2011

Flores para Loly y un junco de Cádiz

A Loly Flores

Manolo Bohórquez. sevilla
El bailaor gaditano El Junco, al que tendrían que echarle más cuenta de la que se le echa en Sevilla y hasta en su propia tierra, quiso que bailaran junto a él en los Jueves Flamencos de Cajasol dos estupendas bailaoras, la maestra Loly Flores y otra sevillana, Susana Casas, que apunta maneras. Loable generosidad, sin duda, la de este junco de sal y compás que la noche del pasado jueves volvió a dejar claro que su baile es sobrio, sin adornos superfluos, serio cuando hace falta y desenfadado casi siempre, una veces tierno y otras de una firmeza increíble. Lo demostró en un estupendo taranto y una soleá muy bien montada, flamenca, como las de antes, bien cantada y muy bien tocada por Juan José Amador, El Galli, Rafael Rodríguez y Miguel Iglesias. No fue una puesta en escena complicada, sino austera, sencilla, sin grandes alardes luminotécnicos ni esa odiosa niebla artificial de la que tanto se abusa en casi todos los espectáculos flamencos.
Abrió la joven bailaora sevillana Susana Casas, cuyo nombre ha sonado estos días porque estuvo a punto de que la Duquesa de Cornualles, esposa del Príncipe Carlos, en su visita al Museo Flamenco de Cristina Hoyos, se llevara por error su mantón turquesa a Londres.
Muy jaleada en el teatro, que se llenó de un público muy partidario de los tres artistas, Susana puso en el escenario tres piezas de baile: seguiriyas, guajiras y una nana, con mecedora y niño incluido. Para este crítico era una verdadera desconocida, aunque la había visto alguna vez, quizás en La Unión. Además de su buena formación tiene una cualidad estimable que suele dar buen resultado en el público: sabe interpretar el baile, logrando que vivas lo que hace junto a ella, una bailaora que cuida los detalles y que en la guajira se paseó con garbo y salero, como siempre lo han hecho las bailaoras de la escuela sevillana, desde Trini España a Milagros Mengíbar, pasando por Matilde y Ana María Bueno. Por eso, sus piezas nos parecieron más vistosas que profundas.
Pero lo más grande de la noche lo aportó una bailaora veterana, de la vieja escuela, de la generación de Milagros Mengíbar y Pepa Montes, que Sevilla y el flamenco habían olvidado por completo y que El Junco nos ha regalado para que recibiéramos a la primavera con una manera de bailar que se nos escapa por entre las yemas de los dedos.
Se llama Loly Flores y bailó por seguiriyas sin correr por el escenario, bien arreglada, con la cabeza siempre bien colocada, moviéndo las manos como Mattoni movía los pinceles. Con castañuelas, además, una técnica totalmente perdida, con lo que gusta un buen baile con castañuelas. Pocas veces había tenido el inmenso privilegio de escuchar un mano a mano entre una guitarra y unas castañuelas; la guitarra, en las manos de un maestro, Rafael Rodríguez; y las castañuelas, en las de una histórica del baile.
¿Alguna vez han escuchado hacer un trémolo con unas castañuelas? Loly Flores lo hizo, además, mientras el brujo de la ‘sonanta’ le lanzaba notas muy sevillanas y acordes muy flamencos. Hizo la bailaora un ejercicio largo, pero completo. O sea, que no repitió poses ni rellenó gratuitamente, como suelen hacer las de la nueva escuela. Es lo que tiene llevar tantos años bailando. Y, sobre todo, ser una verdadera maestra.
El baile flamenco clásico tiene los días contados, desplazado por un nuevo estilo que carece de profundidad. Loly Flores tiene esa difícil sencillez de las bailaoras de antaño, que es capaz de embelesarnos y hacer que sólo veas su figura. Era como ver nacer una amapola en un campo quemado.
Para finalizar, los tres artistas bailaron por alegrías; primero, la maestra Loly con El Junco; después, los tres. Así se cerró una magnífica noche de baile auténtico, de flamenco de altura, en la que juventud y veteranía se dieron la mano para demostrarnos que nunca puede morir lo que tanto ha costado construir. El Junco, pues, se apunta un tanto que ojalá le sirva para que su baile sea más solicitado.
Loly Flores, en el objetivo de la cámara de Mercedes Málvarez.

Susana Casas, en el objetivo de la cámara de Remedios Málvarez.

El bailaor gaditano El Junco, al que tendrían que echarle más cuenta de la que se le echa en Sevilla y hasta en su propia tierra, quiso que bailaran junto a él en los Jueves Flamencos de Cajasol dos estupendas bailaoras, la maestra Loly Flores y otra sevillana, Susana Casas, que apunta maneras. Loable generosidad, sin duda, la de este junco de sal y compás que la noche del pasado jueves volvió a dejar claro que su baile es sobrio, sin adornos superfluos, serio cuando hace falta y desenfadado casi siempre, unas veces tierno y otras de una firmeza increíble. Lo demostró en un estupendo taranto y en una soleá muy bien montada, flamenca, como las de antes, bien cantada y muy bien tocada por Juan José Amador, El Galli, Rafael Rodríguez y Miguel Iglesias. No fue una puesta en escena complicada, sino austera, sencilla, sin grandes alardes luminotécnicos ni esa odiosa niebla artificial de la que tanto se abusa en casi todos los espectáculos flamencos. Abrió la joven bailaora sevillana Susana Casas, cuyo nombre ha sonado estos días porque estuvo a punto de que la Duquesa de Cornualles, esposa del Príncipe Carlos, en su visita al Museo Flamenco de Cristina Hoyos se llevara por error su mantón turquesa a Londres. Muy jaleada en el teatro, que se llenó de un público muy partidario de los tres artistas, Susana puso en el escenario tres piezas de baile: seguiriyas, guajiras y una nana, con mecedora y niño incluido. Para este crítico era una verdadera desconocida, aunque la había visto alguna vez, quizás en La Unión. Además de su buena formación tiene una cualidad estimable que suele dar buen resultado en el público: sabe interpretar el baile. Es una bailaora que cuida los detalles y que en la guajira se paseó con garbo y salero, como siempre lo han hecho las bailaoras de la escuela sevillana, desde Trini España a Milagros Mengíbar, pasando por Matilde Coral y Ana María Bueno. Por eso, sus piezas me parecieron más vistosas que profundas. Pero lo más grande de la noche lo aportó una bailaora veterana, de la vieja escuela, de la generación de Milagros Mengíbar y Pepa Montes, que Sevilla y el flamenco habían olvidado por completo y que El Junco nos ha regalado para que recibiéramos a la primavera con una manera de bailar que se nos escapa por entre las yemas de los dedos. Se llama Loly Flores y bailó por seguiriyas sin correr por el escenario, bien arreglada, con la cabeza siempre bien colocada y moviéndo las manos como Mattoni movía los pinceles. Con castañuelas, además, una técnica totalmente perdida, con lo que gusta un buen baile con castañuelas. Pocas veces había tenido el inmenso privilegio de escuchar un mano a mano entre una guitarra y unas castañuelas; la guitarra, en las manos de un maestro, Rafael Rodríguez; y las castañuelas, en las de una histórica del baile. ¿Alguna vez han escuchado hacer un trémolo con unas castañuelas? Loly Flores lo hizo, además, mientras el brujo de la sonanta le lanzaba notas muy sevillanas y acordes muy flamencos. Hizo la bailaora un ejercicio largo, pero completo. O sea, que no repitió poses ni rellenó gratuitamente, como suelen hacer las de la nueva escuela. Es lo que tiene llevar tantos años bailando. Y, sobre todo, ser una verdadera maestra. El baile flamenco clásico tiene los días contados, desplazado por un nuevo estilo que carece de profundidad. Loly Flores tiene esa difícil sencillez de las bailaoras de antaño, que es capaz de embelesarnos y hacer que sólo veas su figura. Era como ver nacer una amapola en un campo quemado. Para finalizar, los tres artistas bailaron por alegrías; primero, la maestra Loly con El Junco; después, los tres. Así se cerró una magnífica noche de baile auténtico, de flamenco de altura, en la que juventud y veteranía se dieron la mano para demostrarnos que nunca puede morir lo que tanto ha costado construir. El Junco, pues, se apunta un tanto que ojalá le sirva para que su baile sea más solicitado.

Jueves Flamencos de Cajasol. Mirando al pasado, de El Junco y Susana Casas. Artista invitada: Loly Flores. Cantaores: Juan José Amador y El Galli. Guitarristas: Rafael Rodríguez y Miguel Iglesias. Palmas: Roberto Jaén. Sevilla, 7 de abril de 2011.

06
Abr/2011

Bailes alegres para personas aburridas

1-Belén Maya y Olga Pericet005

El baile flamenco ha cambiado tanto en las dos últimas décadas que no es fácil adivinar el futuro que le espera. Hace más de un siglo los aficionados iban al Café del Burrero de Sevilla o El Turco de Málaga a gozar con la voluptuosidad del baile de Concha la Carbonera y los atrevidos modelitos de La Cuenca. Se divertían con las imitaciones del Maestro Pérez y soñaban despiertos con los prometedores brazos de su ahijado Lamparilla, malogrado con apenas dos décadas de vida. Entonces no iban los aficionados a romperse la cabeza para adivinar el sentido de un argumento más o menos claro: sólo iban a vibrar con el baile de raza. Ya en el siglo XX el baile se teatralizó y quiso contar historias con ayuda de poetas y escritores más o menos flamencos. ¡Ay, aquellos tiempos de La Argentina, La Argentinita y Pastora Imperio! Hoy vas al teatro a ver un espectáculo de baile flamenco y tres días antes ya tienes que descifrar el misterio del título de la obra. El de anoche, en el Lope de Vega, se llamaba Bailes alegres para personas tristes. Como uno anda un poco deprimido por cómo va todo, acudí al teatro a que, entre otras cosas, Belén Maya y Olga Pericet alegraran mi tristeza, que es lo que anunciaba el epígrafe. Mi gozo en un pozo: salí del teatro con ganas de llorar porque acababa de ver un espectáculo de arte flamenco lento, frío, sin garra y de una tremenda tristeza. Bueno en lo musical y con interesantes coreografías, pero aburrido a más no poder. Ya sé que podrían decirme algunos, que si no seré yo el aburrido. Puede ser, pero últimamente no es difícil aburrirse en un espectáculo de flamenco. Anoche no hubo ni un olé en el teatro. Lo hubiera escuchado con nitidez  porque habíamos pocos aburriéndonos. Puede ocurrir que el escaso público estuviera tan embelesado que no cayera en decirle a Olga Pericet ¡viva la mare que te parió! Porque bailó unos verdiales con castañuelas para decirle eso y mucho más. Las cosas, como son. El espectáculo tuvo momentos muy hermosos, de una estética increíble y una elaboración incuestionable. Ahí se notaba que había un trabajo, que todo tenía un sentido, las falsetas de las guitarras, los cantes, las letras, las luces, la música enlatada y, sobre todo, la tremenda soledad de las dos bailaoras en el escenario, aunque se juntaran para acabar con el tradicional aislamiento del baile. Se escucharon magníficos cantes de José Valencia, Miguel Ortega y Jesús Corbacho, y las dos bailaoras brillaron por momentos: Belén en la bulería por soleá y Olga en las seguiriyas; y las dos, en ese anunciado intento de juntarse elaboraron una pieza entre los Puertos y La Habana, entre la seguiriya y la guajira, que fue la mejor coreografía de la obra. ¡Qué belleza musical y dancística! Sombreros fuera. Lo que pasa es que en esa dualidad de la alegría y la tristeza que vendía la obra reconozco que me cogió en la parte de la tristeza y me aburrí un poco. Lo digo como lo siento, porque me aburre decir lo contrario de lo que me dicta el corazón.

Bailes alegres para personas tristes, de Belén Maya y Olga Pericet. Teatro Lope de Vega de Sevilla, 5 de abril de 2011.

05
Abr/2011

¿Un futuro borroso para el flamenco?

A Juan Manuel Suárez Japón

El futuro del flamenco se presenta un poco borroso. Rafael de Carmen, en la Fiesta de la Guitarra de Marchena 2010. Bohórquez.

El futuro del flamenco se presenta un poco borroso. Rafael de Carmen, en la Fiesta de la Guitarra de Marchena 2010. Bohórquez.

El presidente Zapatero se va dentro de un año, sin que nadie hasta ahora le haya pedido que vuelva a ser el candidato del Partido Socialista en las próximas elecciones generales; el gran actor Willy Toledo irá en las listas de IU por la localidad sevillana de El Coronil, en un gesto que le honra; y el consejero andaluz Luis Pizarro ha dimitido, dejándonos con el corazón partío como canta su sobrino, el famoso Alejandro Sanz. Con dos pares. Deberían sonar las campanas de la Giralda. ¡Una dimisión en Andalucía! ¿Qué lectura podemos sacar de estas tres noticias? Que la izquierda, que ya venía renqueando desde que Felipe González la dejara medio tiesa, se desmorona a pasos agigantados. La derecha, en tiempos de Franco la más canalla de Europa y ahora, la más camaleónica, se frota las manos. La izquierda en Andalucía necesita a un líder, que nos es Griñán, para que pare el alarmante avance de la derecha, que a pesar de no tener a un líder carismático cuenta con Arenas. Menos da una piedra. A falta de pan, buenas son tortas de Castilleja. Lo de las tortas no es ninguna indirecta, cuidado. ¿Qué puede pasar en las próximas elecciones autonómicas andaluzas? Dos cosas: que siga gobernando el Partido Socialista, como siempre desde que tenemos democracia, o que lo haga el Partido Popular. ¡Vaya descubrimiento!, dirán ustedes. No hay otra opción. Podría surgir el milagro de que ganara las elecciones Izquierda Unida, lo que es tan difícil como que el Betis quede clasificado este año para la UEFA. O sea, imposible. Como del Partido Andalucista no se puede esperar nada, el panorama está claro. Poniéndonos en el caso hipotético de que gobernara Javier Arenas en Andalucía a partir del próximo año, ¿qué pasaría con el flamenco? Temblando están algunos, sobre todo en la Agencia Andaluza del Flamenco, porque la Casa de Murillo se puede quedar como el palomar del Cortijo de Malajuncia. Entonces nos íbamos a enterar de lo socialistas que son los flamencos, antaño tan a gustitos en la Bodeguilla de Felipe y ahora, sin Felipe, en la Tertulia de Juan Badía, que es de pata negra. Salvo honrosas excepciones, el artista flamenco no tiene ideología política: se suele adaptar al régimen que gobierna. Figuras muy conocidas del flamenco sobrevivieron en la República, le cantaron y bailaron a Franco y a sus ministros en La Granja, destaparon el tarro de las esencias en las fiestas de Felipe González, sangraron a la Junta de Andalucía en tiempos de Aznar y han agotado las arcas de Cultura con Chaves y Zapatero. El único partido político que ha hecho algo por el flamenco en toda la historia de nuestro arte, es el Partido Socialista. Es justo reconocerlo, aunque hayamos criticado muchas veces su dirigismo y esa manía de poner las instituciones flamencas en manos de acoplados, que no saben si Franconetti fue cantaor de flamenco o el que inventó la lasaña. En el hipotético caso de que gobierne Arenas, ¿qué pasará con el flamenco? No debería de pasar nada, pero, si tengo que ser sincero, de lo que sí estoy seguro es que habría grandes recortes para el mundo de lo jondo. No es que vayamos a vernos obligados a reabrir los tabancos como La Europa o la Venta Vega. Tampoco es eso. Pero habrá grandes recortes, sin duda alguna. Hace unos días leí un comentario en un diario digital de alguien que decía sentirse avergonzado de ser andaluz por el hecho de que la Junta vaya a declarar Bien de Interés Cultural el fandango y las sevillanas. Por el tono de su comentario y el diario donde lo dijo, El Correo, estoy seguro de que no era votante del Partido Socialista. En Andalucía hay aún mucho antiflamenquismo y tenemos que estar al loro para que todo lo que este arte ha avanzado en las tres últimas décadas sirva para algo y no regresen nunca más aquellos tiempos en los que tanto se vejó a los flamencos. Que cada cual vote a quien quiera votar, en libertad y sin miedo alguno. Pero los que amamos al flamenco tenemos que estar siempre por encima de los vaivenes políticos.

01
Abr/2011

Una idea en la que nadie creyó

A la memoria de Mario

Cristina Hoyos ya no es la directora del Ballet Flamenco de Andalucía

Cristina Hoyos ya no es la directora del Ballet Flamenco de Andalucía

La Junta de Andalucía no ha sabido nunca qué hacer con nuestro Ballet Flamenco, que ya no dirige Cristina Hoyos. Se creó sin saber muy bien qué se creaba, pero lo cierto es que se le hizo el encargo a Mario Maya, que fue quien puso en marcha el proyecto y creó sus primeras coreografías, Réquiem y De lo flamenco, estrenadas en el Maestranza de Sevilla para la Bienal de 1994. No sin polémicas, porque en Andalucía no se crea nada que no vaya acompañado de peloteras. Cabreado, el genio se fue a Madrid y desde allí dijo que los socialistas andaluces eran “los nuevos señoritos”. Su Réquiem fue premonitorio. Cogió el relevo la sevillana María Jesús Pagés, que en poco tiempo triunfó con dos coreografías que han hecho historia en la compañía: El perro andaluz y Burlerías. Esa fue una buena etapa para la Compañía Andaluza de Danza, aunque demasiado breve. Ante la sorpresa de unos e indignación de otros, en 1997 se nombró director al gran bailarín madrileño José Antonio, quien aportó alguna que otra coreografía interesante, como La vida breve y Golpes da la vida, que le valieron el Premio Nacional de Danza ese mismo año. José Antonio trabajó mucho y formó muy bien a algunos nuevos valores, que antes habían pasado por las manos de Mario Maya y que hoy son figuras del baile: Israel Galván, Rafael Campallo y Rafaela Carrasco, entre otros. A pesar del buen trabajo de los directores ya citados la compañía entró en una rutina soporífera y fue entonces, en 2004, cuando la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía decidió nombrar directora a la veterana maestra Cristina Hoyos, la bailaora y coreógrafa más internacional de entonces, asegurándole un buen colchón económico para su bien ganado retiro artístico. Artista experimentada y con una trayectoria jalonada por muchos éxitos profesionales en todo el mundo, su nombramiento fue una decisión poco sopesada por parte de la Empresa Pública, como demuestran los resultados seis años después: a los andaluces les importa poco el Ballet Flamenco de Andalucía, que es como se llama ahora. Su etapa ha acabado pero no se atreven a explicarlo públicamente por ser Cristina quien es. Este período ha servido seguramente para dar una imagen oficial distinta de la danza andaluza en el mundo, pero para poco más. Ha sido un ciclo costoso -150.000 euros anuales, sólo de los sueldos de ella y su marido, el veterano bailaor Juan Antonio Jiménez-, en la que el Ballet ha explotado la marca Cristina Hoyos hasta límites contraproducentes, lo que es siempre un gran error. La veterana maestra ya no está al frente de la compañía, lo que en mi opinión es una buena noticia porque esto quiere decir que se abrirá otra nueva etapa, que esperemos no sea tan personalista como ésta. Al parecer, un comité de expertos -o de acoplados, como el de la Agencia del Flamenco-, se encargará de dirigir el nuevo proyecto, para el que se barajarán ya distintos nombres. No faltarán quienes se atrevan a dirigir el Ballet en los próximos años, aunque no sea ninguna perita en dulce. Los dos o tres que podrían hacer un buen trabajo tienen sus propias compañías y funcionan bien por el mundo, a pesar de la crisis económica. Nos referimos a María Pagés, La Yerbabuena o la joven Rocío Molina, que es actualmente la niña bonita de la Junta. Para quienes la crisis les está afectando -no sólo la económica, sino la de las ideas-, o sea, Javier Barón, Antonio Canales o El Pipa, entre otros, sería una buena solución y suponemos que esperarán con impaciencia junto al teléfono. Otra opción a estudiar sería la de potenciar las compañías privadas ya existentes, que son las mejores embajadoras del baile andaluz en el mundo, cortarle el cuello al Ballet Flamenco de Andalucía y acabar así con una idea en la que nadie creyó desde un principio. Ni siquiera quienes decidieron crear el Ballet.

http://www.elcorreoweb.es/perfilaturas/120407/patita/fea/cisne/blanco/baile