Monthly Archives: Mayo 2010

31
May/2010

Esos flamencólogos macandés…

El Niño DesconocidoA Javier Osuna

Alguien dijo que escribir en España es llorar desconsoladamente. Sin ninguna duda. Si escribir es llorar, ¿qué es investigar? Darse un cabezazo contra la pared. En lo que nos ocupa en La Gazapera, que es el flamenco, es bueno que sepan lo difícil que resulta investigar sobre los artistas flamencos en España: en las hemerotecas, en las parroquias, en los cementerios, en los juzgados, en los archivos históricos… Parece que va uno a pedir dádivas, por la cara que suelen poner los funcionarios cuando dices que quieres que te busquen a una persona del siglo XIX. “Eso hace ya muchos años…”, suelen decirte, sin ganas de mirarte a la cara. Y si dices que al que buscas era cantaor, entonces les sale ya el antiflamenquismo decimonónico por las pupilas. La última investigación que llevé a cabo fue para mi libro El cartel maldito, sobre la vida y la muerte del Canario de Álora (1857-1885), y les aseguro que la obra me dejó sin fuerzas, sin energías para seguir investigando. Me prometí a mí mismo no escribir más libros, pero ya ando otra vez enfrascado en otra investigación complicada para publicar la que será mi décima biografía, sobre un gran cantaor olvidado que grabó discos hace cien años y que ni siquiera sabemos dónde está enterrado. Para escribir el libro de El Canario estuve nueve meses sin dormir, hice miles de kilómetros por toda España -Barcelona, Madrid, Sevilla, Málaga y Álora-, gasté más de 12. 000 euros en editarlo -sólo en gastos de fabricación de la obra: súmenle gasoil, teléfono, hoteles, etc- y le robé a mi compañera cientos de horas de vida familiar. Todo para que al final se hayan vendido más libros en mi pueblo, Arahal, donde seguramente nunca estuvo El Canario, que en toda Málaga. No les doy el dato preciso porque se llevarían las manos a la cabeza. Les recuerdo que el cantaor aloreño fue un revolucionario del cante malagueño que llenaba teatros en Madrid hace ciento treinta años. Ni una sola peña flamenca de Málaga me ha invitado a presentar el libro. Sólo se presentó en la Peña Juan Breva y porque yo mismo lo pedí. Tampoco les voy a decir los libros que se vendieron allí esa noche. El 30 de julio lo voy a presentar en Caucín con motivo de su festival de flamenco. Encima, los que escribimos de flamenco, los que editamos libros, los flamencólogos, estamos por los suelos, apenas se nos tiene en cuenta, sólo somos unos locos que buscamos fantasmas en los cementerios y las parroquias. Me tenían que haber visto buscando la tumba de El Canario en el Cementerio de San Fernando de Sevilla, porque me dijeron que su restos no habían sido exhumados nunca. Revisé una a una todas las sepulturas del siglo XIX, en suelo, con las lápidas tan gastadas que no se veían ni los nombres. Cogí media pulmonía para, al final, comprobar con tristeza que ya no había nada del genial aloreño en el camposanto sevillano, como no hay nada de Silverio Franconeti, Manuel Torre, Frijones de Jerez y otros creadores de un arte que ahora queremos que lo consideren Bien de Interés Cultural Inmaterial de la Humanidad. Para morirse. Pues a pesar de todo lo que les estoy contando estoy de nuevo metido en la pelea, y al margen de lo que vengo publicando en La Gazapera -Silverio, Chacón, Pastora, etc-, el próximo año publicaré un nuevo libro sobre otro raro del cante. Enrique Morente me dijo un día que me gustaban los raros, como Fernando el de Triana, El Carbonerillo, Manuel Escacena, Tomás Pavón, su hermana Pastora, Manuel Gerena y El Canario. Y es cierto. Me estimula sólo rescatar a los artistas que dejaron huella, que tuvieron una vida apasionante, que fueron bohemios, que amaron febrilmente y se bebieron Sanlúcar y El Puerto de un sorbo. No sabemos ni dónde están sus huesos, pero sí que fueron genios del cante y que dieron la vida para que hoy puedan cobrar las figuras actuales lo que cobran por templarse por soleá, en la mayoría de los casos, destemplados y desafinados. Así se escribe la historia. Del cantaor que quiero escribir ahora estoy enamorado desde hace tres décadas, desde que el ya desaparecido Pepe Carrasco me pasó una cinta con algunos de sus cantes: peteneras, bulerías, seguiriyas, tientos y tangos, soleares, malagueñas… Estaba sobrado de compás y su voz tenía más alfileres que espinas un rosal. Seguramente voy a hacer otra vez miles de kilómetros por toda España y volveré a dejar la hucha con menos fondo que una lata de anchoas. Pero les aseguro que no puedo vivir sin hacer lo que hago, que no tengo arreglo, que necesito saber de estos genios, desenterrarlos para hacerles la justicia que les negaron cuando un artista flamenco era considerado por la sociedad andaluza poco menos que un tarambana.

30
May/2010

Mi corazón repartido

Les presento a Mora. Sólo tiene seis meses.

Les presento a Mora. Sólo tiene seis meses.

A los que aman a los perros

Mi verdadera pasión es pasear por entre los olivos con mis dos perritas, Mora y Luna. A esta última ya la conocen -hay una entrada en La Gazapera con una fotografía suya-, pero a Mora aún no la habían visto. Ahí la tienen. ¿A que es preciosa? Tiene siete meses y corre por el campo como un galgo. Se pone a perseguir todo lo que se mueve. No se puede querer más de lo que quiero yo a esa perrita. Cuando llego al campo a verla salta de alegría y hasta corre un buen rato para echar fuera la emoción contenida. El amor de los perros es increíble; es desinteresado, puro, auténtico. En Nueva York conocí a un veterinario que vivía en un apartamento de cuarenta metros cuadrados con dos preciosos pastores alemanes. Le dije que cómo podía tener dos perros tan grandes en un apartamento, y me aseguró que el animal es feliz donde esté su dueño: podría ser lo mismo de dichoso en un cortijo, que en un zulo. Y lo creí. Mis perras están en una nave de doscientos metros rodeada de olivos; se llevan todo el día dando carreras por el campo, y el día que voy a verlas -hay días que no puedo, pero siempre hay personas con ellas- se lucen para agradecerme la visita. Mora es tan posesiva, que apenas deja que se me acerque Luna. Me quiere sólo para ella. Así que estoy como Pepe Pinto, con el corazón repartido entre dos amores: si me encuentro a uno llorando, es que el otro lo ha ofendido. Me preocupa que un día puedan hacerles daño, porque en el campo no todo es bondad. No hace muchos días descubrí un lazo de coger conejos, y Luna, que es poco más grande que una liebre, estuvo apunto de meter la cabeza en él. Hubiera tenido una muerte horrible. Más o menos como podría tenerla si un día se tragara una de esas bolas envenenadas que ponen los cazadores entre los olivos para acabar con los perros o gatos abandonados, que cazan conejillos para alimentarse y, claro, son piezas de menos que tienen ellos para presumir de buenos cazadores en la taberna y tener siempre un congelador lleno de orejones. Mora corre ya detrás de los conejos, pero la marean y nunca caza nada. Pero sin un día lograra cazar algún conejo, que es bastante improbable, será en una lucha de igual a igual y no con lazos, hurones o escopetas.

La célebre Luna, hermana de madre de Mora.

La célebre Luna, hermana de madre de Mora.

Se llevarían las manos a la cabeza si les contara los procedimientos de algunos para cazar conejos. No es gratuita mi preocupación porque el campo está lleno de peligros para estas dos criaturas que serían capaces de dar sus vidas por mí. No hace mucho tiempo Luna se enfrentó a un perro cuatro veces más grandes que ella, porque se vino para mí con intenciones de morderme. La hubiera destrozado de un mordisco, pero no le importó: el amor que me tiene le dio el valor. Luna es una perra de tres años, adulta y responsable. Es un animal increíblemente bueno. En cambio, Mora es traviesa, hiperactiva y un poco payasa, porque aún es una cachorra. Tiene esa mirada inocente que cautiva, con la que me recreo cada tarde cuando, sentado en un cerro, observo cómo sigue el rastro de los conejos y hasta el de las lagartijas; se asusta de cualquier cosa y cada dos minutos acude a verme para que la acaricie. Tanto Luna como Mora son dos animales felices, y tanta felicidad me asusta. Ojalá nunca tenga que volver a pasar por el drama de perder a un perro. Lamentablemente, pasé por eso hace diez años y tengo que confesar que me costó superarlo. Se llamaba Currina, una chihuahua de kilo y medio de peso que estuvo a mi vera siete años y que me dio tanto cariño, que su muerte me hundió en la tristeza más absoluta. Perdonen que hoy no les hable de flamenco, pero es que el cuerpo me pedía hablarles de otra cosa, de Luna y de Mora, dos animales que me enseñan cada día que lo más importante de esta vida es vivir el momento. Y nada más.

29
May/2010

Juicio a los enjuiciadores

Caracolá 09 212A José Manuel López

Mi abuelo Manuel me contó una hermosa historia que no olvidaré nunca, cuando un día le pregunté que por qué la gente hablaba mal de la gente. Decía que un abuelo y su nieto iban por una carretera, de un pueblo a otro, subidos en un enclenque jumentillo. Al pasar por uno de los pueblos los vecinos recriminaron al abuelo por ir montados los dos en el pobre borriquillo, y el abuelo decidió ir a pie. Al entrar en otro pueblo los lugareños reprendieron al nieto por ir subido en el animal y dejar a su abuelo andando, con lo mayor que estaba ya el hombre. El nieto tomó la decisión de bajarse y que se subiera su abuelo. Al llegar a una aldea los habitantes le llamaron la atención al abuelo por dejar que fuera caminando su nieto, y ambos decidieron ir andando y dejar al asno solo, sin peso alguno. Al entrar en otra villa los vecinos comentaron lo tontos que eran los dos por ir andando teniendo tan buen borrico. Esta entrañable historia de mi abuelo nos demuestra que somos criticones por naturaleza, que tenemos por costumbre hablar mal de la gente, en general. Lo he comprobado muchas veces en mi trabajo de crítico de flamenco. Y escribo hoy este artículo por la repercusión que ha tenido mi crítica a Enrique Morente por su concierto el pasado 25 de mayo en los jardines de la Fundación Tres Culturas de Sevilla, en compañía de la Orquesta Chekara de Tetuán. En la crítica sólo me limité a decir que el cantaor granadino no había tenido su noche, y que así y todo, críticos y público vitorearon su nombre y aplaudieron su actuación, dejando a las claras que se ha perdido el espíritu crítico. Era la primera vez, en toda mi trayectoria de crítico de flamenco, que hacía una mala crítica a Morente, cantaor al que siempre he admirado mucho y al que considero un gran artista. No deja de ser curioso que me hayan reprochado algunas personas durante tantos años mis buenas críticas al maestro, y que para una vez que desapruebo un concierto suyo, con respeto, otras personas me lo recriminen también. Por eso he pensado siempre que el crítico de flamenco no tiene que tener en cuenta lo que puedan decir unos y otros sobre sus juicios, porque puede acabar en un manicomio. Hubo un tiempo en que le hice buenas críticas a Morente -a parte de porque me gustaba como cantaor-, porque en Sevilla lo machacaban cada vez que venía a cantar. Lo machacaban los críticos mairenistas, sobre todo, desconociendo que Mairena era un enamorado del cante de Enrique y que en alguna entrevista lo había señalado como el mejor de su generación y el único que estaba haciendo cosas nuevas con sentido flamenco. Yo no entendía esa persecución hacia un artista tan interesante, al que por cierto no conocía personalmente. Lo conocí en mi primer viaje a la capital de España, en los 80, cuando me lo presentó el pintor sevillano Antonio Badía, un morentista insobornable. Enrique supo que iba a Madrid y quiso agradecerme personalmente que me estuviera jugando el cuello por él en Sevilla, donde tanto le atacaban los críticos. Desde ese día, el maestro y yo hemos tenido una estupenda relación como la tengo con El Lebrijano, Fosforito, Menese, Pansequito del Puerto o Gabriel Moreno. Tengo que decir que Morente jamás ha intentado recompensarme por mi apoyo a su trabajo, como lo han intentando otros artistas. Ni siquiera me ha encargado nunca que le escriba algo en la carátula de alguno de sus discos, que yo hubiera hecho con mucho gusto y sin poner la mano, por supuesto. Es que no me manda ni sus discos a casa, con eso os lo digo todo. Por eso me dolió tanto cuando hace algunos años un crítico de Sevilla me puso bajo sospecha en su periódico por mis buenas críticas a Enrique. Creía el ladrón que todos éramos de su propia condición. Me pusieron la etiqueta de morentista, con lo que eso implicaba en Sevilla, y la verdad es que nunca me importó esa etiqueta. Ni me importa todavía. Considero que ser morentista es signo de buen gusto flamenco, y por decir esto me pueden mandar a casa una caja de yogures caducados o una botella de manzanilla de Sanlúcar remontada. No digo una bomba, porque no está el horno para bollos. Pero es lo que siento. He escrito libros sobre El Carbonerillo, la Niña de los Peines, Manuel Escacena y Tomás Pavón, entre otros artistas, y nadie me ha llamado nunca carbonerista, escacenista o pavonero. De Morente no he escrito todavía ningún libro, y dudo que lo haga algún día, entre otras razones porque ya tiene una biografía. El otro día se extrañaba José Manuel López, gazapero de Écija, que un morentista hubiera criticado un concierto de Morente. ¿Por qué no? Soy tan lebrijanista como morentista y al maestro Juan lo he criticado alguna vez. No tenemos por qué asombrarnos por eso. Morente es un genio, pero los genios no todo lo hacen bueno; sus últimos discos no me han interesado mucho, porque creo que el maestro insiste en un concepto musical que, además de que no me parece muy flamenco, es que no lo entiendo para nada. Por tanto, si no me gustan sus últimos trabajos ni me gustó el concierto del pasado martes en Sevilla, lo dije tanto en el periódico como en La Gazapera. Así de sencillo. ¡Y la que se ha liado! El día 26 tuvimos 800 entradas en La Gazapera, el doble de lo habitual. Y un buen número de comentarios, lo que indica que el asunto interesó una barbaridad. Sirvió para debatir un poco sobre el papel de la crítica flamenca, que para unos es muy importante, y para otros, algo sin ningún valor desde punto de vista flamenco.

27
May/2010

En Madrid con Elke Stolzenberg

Bohorquez-Elke 2

Fotografía de Paco Sánchez, en la casa madrileña de Elke Stolzenberg. 20 de mayo de 2010.

A Paco Sánchez

Una de mis grandes aficiones es la de la fotografía, aunque no soy ni mucho menos un buen fotógrafo. Me encantaría ser tan bueno como Elke Stolzenberg, Pepe Lamarca o Paco Sánchez, pero soy capaz de sacar movido el Arco de la Macarena, que ya es difícil. Me compré mi primer equipo de fotografía para hacer fotos en los festivales de verano, porque el periódico no siempre mandaba -ahora sí lo hace- un  fotógrafo a los clásicos eventos flamencos de la canícula. Publicar una crítica de un festival de verano sin fotografía, era absurdo. Recuerdo que una vez puse una imagen de archivo de José el de la Tomasa, sin duda horrible y con treinta años menos, y como tiene esa gracia, soltó la perla: “Un día me vas a sacar haciendo la primera comunión”. Entonces me entrampé hasta los ojos durante tres años para comprarme una Canon fantástica y un laboratorio para revelar carretes en blanco y negro en mi propia casa. Aquello era una locura, un vicio tremendo. Llegaba de un festival a las cinco de la mañana, cansado y muerto de sueño, y en vez de acostarme, abría el laboratorio y me daban las doce de la mañana revelando fotos. Necesitaba vivir aquel momento mágico de ver cómo iba saliendo la imagen flamenca en el papel fotográfico hundido en el líquido revelador. Aquello sí que era soltar adrenalina. Pero tuve que vender tanto la cámara como el laboratorio porque iba a perder la cabeza. Conservo unos tres mil negativos en blanco y negro de aquellos años, los 80 y 90, con fotografías de Camarón, Morente, Menese, Miguel Vargas, La Paquera, Manuel Mairena y Juana la del Revuelo, entre otros. Hace dos años que volví a comprarme otra Canon, la 40 D, en Nueva York, una máquina que lo hace casi todo ella sola. El otro día le pedí que me hiciera un par de huevos fritos mientras me duchaba y me los hizo, créanme. Lo que no hagan los japoneses… Y ahí ando, aprendiendo a dominar la luz y a controlar las velocidades, que no es fácil.

Concha Vargas vista desde aquella mi primera Canon EOS.

Concha Vargas vista desde aquella mi primera Canon EOS. ¡Qué arte!

El pasado día 20 estuve en Madrid y el gran fotógrafo Paco Sánchez me llevó a la casa de la genial fotógrafa alemana ElKe Stolzenberg, una artista que domina el blanco y negro como nadie y que, como llegó a ser bailaora, detiene el baile como pocos. Tiene un libro, Las Máscras de lo Jondo, editado en 1992, que es una obra de arte. Cuando entré en su coqueto piso acompañado de Paco, confieso que me emocioné. Elke es una mujer muy atractiva y de una tremenda simpatía. Nos cautivó a los dos. Ahí me ven con ella, captados por Paco Sánchez. Acabábamos de pegarnos el lote de comer y de beber en el Corral de la Morería –ella no, sólo Paco y yo- y tenía la cara un poco descolgada y más sueño que un perrito chico. Pero esa fotografía significa mucho para mí porque estoy al lado de una artista genial y fotografiado por el Antonio Mairena de la fotografía flamenca, Paco Sánchez. El viaje mereció la pena, sin duda. Siempre merece la pena pasar un día en la capital de España, donde tanto gusta el flamenco y tanto se sabe sobre él. Soy un gran defensor de Madrid porque el flamenco ha sido tratado siempre como algo propio y los flamencos han tenido allí su casa, desde el gran Paquirri el de Cádiz, que murió en esta ciudad hace siglo y medio, hasta Carmen Linares o Vicente Soto, que viven allí y desde allí miran al mundo entero.

27
May/2010

Huyamos del conformismo

A Emilio Jiménez Díaz

Mairena solía decir: "Dichosa la hora en que los flamencos tenemos derecho a crítica".

Antonio Mairena solía decir: "Dichosa la hora en que los flamencos tenemos derecho a crítica".

Al hilo del artículo anterior, ¿Dónde se fue el espíritu crítico?, creo que deberíamos organizar un congreso para tratar el interesante asunto de los aficionados al flamenco en la actualidad. No me gustan los congresos -prefiero una buena tertulia de cante con una botella de mosto y un plató de garbanzos en la mesa-, pero hay que hacer algo. Pienso que hay que diferenciar claramente entre lo que es un aficionado al cante, por quedarnos en esta faceta del flamenco, y lo que es un fan. El que sólo es aficionado al Niño de Marchena, es un fan del genial marchenero, pero no un buen aficionado al cante. Conozco a muchos de sus fanáticos seguidores y desconocen la obra del maestro, de una importancia irrefutable. Elijo a Marchena porque suele tener más fanáticos que aficionados, como ocurre con Camarón. José era un genio, pero arrastraba a muy malos aficionados a sus conciertos: sólo lo escuchaban a él y luego se iban al bar a beber cerveza y a comer pinchitos. Los mairenistas, en cambio, sin dejar de ser también muy idólatras, se diferencian de los marchenistas y los camaroneros en que conocen la obra del alcoreño y adoran a los grandes maestros, entre ellos a los del propio Mairena: Manuel Torre, Tomás Pavón, la Niña de los Peines, Joaquín el de la Paula y Juan Talega, entre otros. Resido en Mairena del Alcor desde hace cuatro años y puedo decirles que aquí no sólo hay magníficos cantaores, anónimos muchos de ellos, sino excelentes aficionados que saben mucho de cante. De cante, no de flamenquito. Aquí gusta el cante de verdad y no esas pamplinas modernas que tanta cancha le dan en las emisoras de radio y en las televisiones. No entenderé nunca que un buen aficionado al cante jondo no conozca el legado de los grandes maestros y tenga en casa sus discos y una buena colección de buenos libros sobre lo jondo. Los povedistas, por ejemplo, o los arcangelistas, que llenan los teatros y los jalean con silbidos, como a los poperos, desconocen quiénes fueron Antonio Chacón, Manuel Torre, Manuel Escacena o la Serrana de Jerez. Recuerdo que una vez se puso un amigo mío a vender mis libros de El Carbonerillo en un festival de la provincia de Sevilla, por ayudarme. Pasó por el tenderete un cantaor que hoy cobra veinte mil euros por interpretar lo de siempre, ojeó el libro, preguntó el precio -mil pesetas- y lo soltó en seguida, diciendo: “Que vendas muchos, joé”. Él cobraba esa noche ochocientas mil pesetas, y les cantó a cien personas muertas de sueño. Los cantaores son los menos aficionados al cante que conozco, salvo raras excepciones. Sólo son aficionados al jurdó, de ahí que hablen más de Hacienda que de cante. Lógicamente, hablo en general. Estando una tarde en la oficina de un agente artístico de Orihuela afincado en Sevilla, Antonio Montoya, al que tenía que entrevistar para el periódico, escuché sin querer cómo una primera figura del cante le decía que quería cantar poco, cobrar mucho y declarar a Hacienda lo imprescindible. Y éste es de los que presumen de estudiosos y van por ahí dando lecciones. Perdonen que no dé los nombres, porque no quiero hacerles daño. El verdadero aficionado tiene que ser abierto, más amante del cante en sí que de los cantaores, estudioso y, sobre todo, respetuoso con aquello que no le interesa. Nunca entenderé que haya que insultar a Marchena para resaltar a Mairena, o al contrario. Me han tildado de ambiguo por confesar mi admiración por Manuel Vallejo y Perrate de Utrera. “Ezo no pué , joé”, me han dicho. ¿Cómo que no? ¿Es que no te puedes emocionar lo mismo escuchando una obra de Mozart y otra de Chopin? ¿Es que no puedes admirar por igual un cuadro de Murillo y otro de Picasso, aunque tengan poco que ver? Estamos hablando de arte. Ser un buen aficionado es ser una persona de una gran sensibilidad. Mairena lo solía decir: “Esto es una sensibilidad”, decía. Pero parece que no, que hoy hay que ir a los teatros a aplaudir al ídolo y a dar por bueno todo lo que se canta, aunque lo haga para tirarlo a los cochinos, como suelen decir en Villanueva del Ariscal. Pues no debería de ser así. Nunca debemos perder el espíritu crítico, la capacidad de discernir entre lo bueno y lo mediocre, de estinguí, el buen gusto por el cante jondo auténtico. Joaquín María Bartrina dijo que la crítica no ha de ser el microscopio que, aplicado a la cara de una belleza, nos muestre su grosera epidermis. Más bien ha de ser el telescopio que nos hace descubrir mundos de luz allí donde los ojos de todos sólo ven oscuridad. Ahí queda eso. Huyamos del conformismo.

http://www.youtube.com/watch?v=1TLC4egtFxI

26
May/2010

¿Dónde se fue el espíritu crítico?

A Felipe Martín Chica

El maestro Enrique Morente.

El maestro Enrique Morente.

No me gusta nada que se esté perdiendo el espíritu crítico en la sociedad andaluza, que todo nos dé igual, que veamos la política como el fútbol y que aplaudamos a rabiar a los cantaores mudos, a los toreros sin arte, a los futbolistas mediáticos y a los comunicadores fantasmas. Conozco a muchas personas que siguen adorando a Zapatero a pesar de que al hombre no le están saliendo bien las cosas, de que le está viniendo grande la Moncloa. No pasa nada, es humano que le haya pasado eso. En muchas cosas habrá acertado, supongo. Pero tampoco pasa nada si se le castiga por sus errores, en las urnas o donde sea. Pues no; el que es de Zapatero, es como el que es del Betis o de Curro Romero: a morir con él. El otro día, en el concierto que ofreció Enrique Morente en Sevilla la gente aplaudía con entusiasmo a un cantaor medio afónico, con un cuadro de acompañantes a todas luces mejorable y sin ninguna inspiración. Morente dio ojana para poner un puesto, que es a lo que se recurre cuando fallan las fuerzas. No sé si viene o no a cuento decirlo, pero cuando nadie en Sevilla creía en Morente aposté por él como no lo he hecho por ningún otro cantaor en treinta años de crítico. Los puristas me castigaron por ello de tal manera, que en mi nevera sólo había tronchos hervidos y un hueso de ternera con el que me hacía un caldo un día sí y otro no. En una época en la que ni el periódico ni la radio me remuneraban por mi trabajo de crítico -digamos que estaba estudiando una carrera-, sólo tenía las presentaciones de los festivales de verano para comer. Todo fue comenzar a apoyar al maestro Morente y pasé de presentar quince festivales al año, a no hacer ninguno. Fíjense el problema. Más de una noche me acosté sin nada en el buche, con lo malo que es eso. Tenía unas pesadillas horribles, en las que corría todas las noches detrás de pollos voladores y filetes de ternera disecados. Pero no me importó en absoluto, porque siempre he defendido aquello en lo que he creído. Morente lleva tiempo sin convencerme, sus discos ya no me interesan tanto como los de hace años y, lo mismo que en aquellos tiempos divulgaba sus hazañas, ahora cuento sus reveses. La crítica está para eso y no para balancear el botafumeiro o plegarse a los intereses de las instituciones y las casas discográficas. O el de los propios artistas. Ni el mejor crítico del mundo podría hacer que la afición olvide lo que ha hecho Morente por el flamenco y lo importante que es su obra discográfica. Pero no entiendo que haya que decirle ole cuando no está de ole. ¿Dónde se fue el espíritu crítico de hace años?

http://www.youtube.com/watch?v=Ky8Dq_v8Yuo&feature=related

25
May/2010

Mi relación con Mario Escudero

Mario Escudero en La Carbonería de Sevilla, en 2001. Fotografía inédita de Manuel Bohórquez.

Mario Escudero en La Carbonería de Sevilla, en 2001. Fotografía inédita de Manuel Bohórquez.

A la memoria del amigo del alma

Cada vez que me acuerdo del gran guitarrista alincantino Mario Escudero, ganas me dan de llorar. Estuvo viviendo en Sevilla muchos años y llegué a tratarlo bastante, auque no todo lo que me hubiera gustado, por ser uno de los mejores guitarristas de su tiempo. Creo, sinceramente, que de todos los tiempos. Nació en Alicante en octubre de 1928 y en sus principios fue conocido como el Niño de Alicante, porque se hizo profesional siendo un chiquillo. El cantaor Luis Caballero me lo presentó una mañana en la cafetería América, en el Duque, en presencia del crítico Miguel Acal. En seguida que estreché su mano supe que era un ser humano especial y de una sensibilidad extraordinaria. Estrechar la mano del creador de Ímpetu, era como estrechar la de Dios. Luis me dijo que estaba un poco delicado de salud y que se le iban las cosas, que tenía muy mala cabeza. Pero lo cierto es que pude hablar con él de muchas cosas, de la guitarra y los guitarristas, como era natural. Aunque con Mario Escudero se podía hablar sobre asuntos ajenos a la guitarra, porque era un hombre de mundo y había tenido unas vivencias muy interesantes con otros grandes músicos del mundo, sobre todo cuando decidió quedarse en Estados Unidos, donde hizo su carrera y ganó mucho dinero. Contaba el maestro que el día que mataron a John Lennon, su compañera, Yoko Ono, se le abrazó llorando. “¿Los conoció usted?”, le pregunté. “No; es que pasaba por allí”, dijo. Lo recuerdo cuando formó parte del jurado del Giraldillo del Toque, en 1984, compartiendo esa responsabilidad con Juan Habichuela, Paco de Lucía, Manolo Sanlúcar, Serranito y otros grandes maestros del flamenco. Ya vivía en Sevilla, sin la familia, en una casa que tuvo en Heliópolis y que había comprado en los años 60. En aquella casa tuve la oportunidad de acariciar sus guitarras y de ver muchos de sus recuerdos, sobre todo con Sabicas y Carmen Amaya. Tenía una preciosa fotografía con la Niña de los Peines y Pepe Pinto. Adoraba a Pastora Pavón, “la mejor cantaora de la historia”, decía siempre que se encartaba hablar de ella. Además de ser uno de los miembros del jurado de aquel inolvidable concurso, Mario Escudero ofreció un magnífico concierto. Verlo en el escenario tocando la guitarra era una delicia, con aquel porte suyo tan flamenco y elegante, siempre tan serio pero con aquella media sonrisa posada en su cara como un pájaro de hermoso plumaje. También tocó aquel año en el XVIII Gazpacho de Morón, dedicado a la memoria de Ansonini del Puerto. Estuve con él muchas veces en La Carbonería, el local sevillano de Paco Lira -la fotografía que ilustra este artículo se la hice allí en 2001-, donde me contó lo dura que era la soledad. Me sorprendió su desmedido amor a la guitarra, al flamenco. Era el único sentido de su vida. Llamaba todos los días a Luis Caballero para ensayar con él en su casa o en la del veterano cantaor. Luis Caballero le decía: “Pero hombre, Mario, ¿qué vamos a ensayar nosotros, que tenemos entre los dos más años que Matusalén?”.  En una ocasión me pidió Mario que diéramos charlas-conciertos por las peñas, pero le dije que yo no era la persona más indicada para acompañarlo en esa labor. Tanto me insistió el maestro, que se lo propuse a alguna peña y recuerdo que me dijeron: “¿Quién es Mario Escudero?”. Cuando se vino a vivir a Sevilla, en los 80, los aficionados no sabían nada del maestro, porque, entre otras razones, su carrera la había hecho en Estados Unidos. Sus discos apenas se conocían en Andalucía. Fue Paco de Lucía quien llamó la atención sobre este fenómeno de la guitarra, cuando grabó Ímpetu, quizá la pieza más conocida de Mario Escudero, grabada también por Gerardo Núñez y por otros guitarristas. Mario era guitarrista de guitarristas, sus compañeros lo veneraban y reconocía su magisterio. Pero hasta ahí. El maestro alicantino no encontró en Sevilla el calor que buscaba, seguramente, por lo que viéndose enfermo de parkinson y solo, un día decidió abandonar la ciudad del Guadalquivir y afincarse en Miami, donde murió el 19 de noviembre de 2004. Tenía 72 años de edad y se fue casi de puntillas, sin hacer ningún ruido. De hecho, en Sevilla nos enteramos de su muerte algún tiempo después de producirse el óbito. Cuando lo supe sentí una gran pena y, sinceramente, una vergüenza tremenda de pertenecer a un arte que es capaz de dejar morir lejos de su tierra a un genial artista como fue Mario Escudero. Él quiso quedarse para siempre en Sevilla, pero su enfermedad y la precariedad económica lo obligaron a irse a miles de kilómetros de lo que consideró siempre la verdadera cuna del flamenco.

http://www.youtube.com/watch?v=AqHuFQ4cHEA

23
May/2010

Tomás Pavón: el genio en su lámpara

A mi paisano El Reche

Primera fotografía conocida del gran cantaor.

Primera fotografía conocida del gran cantaor Tomás Pavón, el hermano de la Niña de los Peines.

En algunos de sus discos era presentado como El hermano de la Niña de los Peines, dada la fama de su hermana y lo poco que el gran público conocía a este genio sevillano del cante jondo, gitano, flamenco o andaluz. Algunos dicen que en determinados cantes era incluso mejor que su hermana, lo que es difícil. No obstante, esto ya entra dentro del terreno de lo subjetivo, porque los dos cantaban estupendamente. Pero Tomás, dada su condición de cantaor raro, de fiestas, que nunca quiso formar parte de las compañías, conservó siempre intacta la pureza de su manantial gitano porque jamás tuvo que cantar limitado por las imposiciones del gran público, que no siempre sabe apreciar la calidad. Nació en la sevillana calle Leoncillos, número 16, estrecha arteria de la Puerta Osario, el día 16 de febrero de 1893. Vino al mundo a las nueve y media de la mañana, la misma hora que eligió su hermana para nacer. Y el mismo mes, lo que no deja de ser curioso. Lo bautizaron diez días más tarde en la Parroquia de San Ildefonso y Santiago, con los nombres de su padre, Francisco, y de su abuelo materno, Tomás, que ya había fallecido. Nació con uno de sus pies torcido y de niño no andaba correctamente. Su padre, prestigioso herrero al que apodaban El Paíti, le fabricó una bota de metal con unas correas de material y le fue corrigiendo la deformación hasta eliminarle la cojera, lo que no impidió que se le quedara una pierna más delgada que la otra, siendo siempre un joven acomplejado por este motivo. Su hermano Arturo, el mayor de los tres, lo presentó en Madrid siendo todavía un niño y, según Eloísa Albéniz, su cuñada, gustó mucho a los aficionados de la Villa y Corte. Pero siendo todavía adolescente, Tomás comenzó a mostrar una rara timidez y dejó de cantar al público, dedicándose sólo a fiestas privadas de aficionados adinerados. Sin embargo, algunos testimonios, como el de Pepe Marchena, demuestran que llegó a actuar en el Café Novedades de Sevilla en la segunda década del siglo XX:

Luego me vine a Sevilla a cantar en el Duque. Cantaban conmigo José Rodríguez ‘El Colorao’, Fernando El Herrero, Rafael Pareja, Salvaorillo, que era compadre de Chacón, El Gordete y Cayetano el Pintor, que tenían sus oficios por el día, y por la noche cantaban en fiestas que se terciaban. Los profesionales, es decir, los que vivíamos de eso, éramos, a parte de mí, que era el más joven, Chacón, Pinto, Torre, Carbonerillo y Tomás Pavón, que actuábamos juntos en el Novedades, cobrando un duro los normales, ocho pesetas las figuras y doce Chacón.

¿Llegó a cantar Tomás alguna vez en El Novedades, como declaró Marchena para las páginas de ABC en 1972? No hay por qué dudar de las palabras del cantaor marchenero, sobre todo cuando en esta misma entrevista insiste en el asunto:

En esta época se cantaba de todo, pero lo que gustaba a la gente, como siempre ha pasado, eran los fandangos; en cuanto a los intérpretes, los mejores y los que más agradaban al público eran Tomás Pavón y Chacón.

Si se refiere a Tomás como un cantaor que “agradaba al público”, es porque llegó a cantar en locales comerciales. Sin embargo, Fernando el de Triana, que lo conoció muy bien y era mucho mayor que Marchena, se ocupó de él en su magnífico libro (Arte y artistas flamencos. Madrid, 1935) y nos vuelve a meter en el pozo de las dudas:

Es una verdadera lástima que este notable cantaor no se exhiba en público, donde aseguro que tendría más porvenir económico y su fama se elevaría al sitio que a tan buen cantador le corresponde.

Tomás con Reyes, su esposa, y las hijas de Arturo Pavón y Eloísa Albéniz.

Tomás con Reyes, su esposa, y las hijas de Arturo Pavón y Eloísa Albéniz.

Si era raro y delicado para el escenario, lo fue aún más para grabar discos. Su hermana tardó en convencerlo, pero al final cedió y en 1927 grabó una serie para la casa Regal de Barcelona con el Niño Ricardo a la guitarra, que comenzaba a ser un guitarrista importante a pesar de sus pocos años. La serie era de seis discos -doce cantes en total- y, además de seguiriyas y soleares, grabó fandanguillos y medias granaínas, cantes que estaban muy de moda en la época, en pleno inicio de la ópera flamenca. Tres años más tarde grabó para la Odeón, con la Banda del Maestro Romero, dos estupendas saetas -En el patio de Caifás y Detente, Judas, en la venta-, que gustaron mucho, aunque las tiradas de los discos de Tomás eran muy limitadas y apenas le dieron más fama de la que él quiso tener siempre, que era ninguna. Y dos  fandangos, compartiendo pizarra con Manolo Caracol, pero el disco no salió al mercado, o al menos no ha aparecido aún por ninguna parte. Cantó dos fandangos: La paloma mensajera, y Que está al pie de la montaña, con la guitarra de Manolo Badajoz. Nos consta que grabó otros cantes que tampoco llegaron a la pizarra, al mercado. Estos discos aumentaron su prestigio de cantaor pero no ayudaron para nada a que decidiera formar parte de aquellas compañías de la ópera flamenca que recorrían el país llenando las plazas de toros. Si estaría convencido de su postura, que una noche apareció una de aquellas lumbreras de la época, Canalejas, para contratarlo y él le contestó: “De eso, nada. Yo aquí, a compás”. O sea, en la Alameda de Hércules a la espera de que algún señorito tuviera ganas de escuchar y de pagar su cante para que Reyes, su compañera, pudiera poner la olla a hervir a la mañana siguiente. Los locales en los que cantaba eran muchos, pero los más conocidos eran el Círculo Mercantil, el Pasaje del Duque, La Vinícola, Los Tres Reyes, La Europa y la Venta de Antequera. Pocas veces salía de Sevilla; si acaso, alguna vez a Jerez, Cádiz y Málaga. Lo que a él le gustaba en realidad era pescar barbos en La Barqueta o quedarse en su casa haciendo jaulas para canarios, arreglando relojes de bolsillo y escuchando a Chopin, su músico preferido. Cuando casi nadie hablaba de Chopin, Tomás ya decía que era un genio de las armonías. No deja de ser curioso que supiera tanto del gran músico un hombre al que se le había negado el acceso a la cultura, un gitano que desde niño tuvo que cantar en las tabernas para poder ayudar en su casa, como otros niños gitanos lo hacían vendiendo claveles o moñas de jazmines a los extranjeros. Tomasito siempre fue muy enfermizo. Se operó dos veces en su vida: la primera vez de las cuerdas vocales, y la segunda, del estómago. Y al final murió de cáncer de pulmón, porque fue un fumador empedernido. Sus últimos discos los grabó en 1947 para La Voz de su Amo, con Melchor de Marchena a la guitarra. A pesar de su precaria salud, en esta serie de sólo tres discos -seis cantes-, dejó registrados estilos de una calidad increíble: seguiriyas de Triana, soleares del Mellizo y La Serneta, y tonás de Triana: martinete y debla, cante éste último que le debemos a él y que es de una hermosura y una dificultad increíbles.

Tomás y Reyes. Ella era una gitana de Triana, la hija de Antonio el Baboso.

Tomás y Reyes. Ella era una gitana de Triana, la hija de Antonio el Baboso.

A pesar de este tesoro, Tomás vivió los últimos años de su vida en una habitación de la casa de su hermano Arturo y su cuñada Eloísa, y en compañía de Reyes Bermúdez Camacho, su compañera de toda la vida, y de La Pirula, una muchacha a la que tenían recogida. Murió a las nueve de la mañana, después de una larga noche de agonía junto a sus hermanos y su cuñado Pepe Pinto, que lo querían con locura. Falleció de cáncer de pulmón el 2 de julio de 1952. Reyes siguió viviendo en el mismo sitio, falleciendo tres años después. Rafaela La Pirula -que no tiene nada que ver con La Pirula de Málaga-, se quedó de muchacha con Tolita, la hija de la Niña de los Peines, pero un día desapareció y nada más se supo de ella. Pocos periódicos se ocuparon de la muerte de Tomás Pavón. ¿Qué importaba ya eso? Había muerto posiblemente el mejor cantaor de todos los tiempos, pero un artista que nunca quiso más gloria que la que tuvo. Con el paso de los años, y gracias a personas como el cantaor Antonio Mairena, el legado discográfico de Tomás ha alcanzado un gran valor entre los aficionados. Entre todos hemos recuperado a un genio, al cantaor que supo hacer fácil la dificultad que entraña cantar bien lo jondo. Apenas ha dejado seguidores de su escuela, quizá por su técnica del ligado de los tercios, para lo que hay que estar especialmente dotado. Tomás fue un superdotado, un cantaor con una voz redonda y perfectamente afinada, que enamoró a genios como Don Antonio Chacón y Manuel Torre.

Tomás Pavón. Martinete y Debla. ‘En el barrio de Triana’. 1947.

22
May/2010

Medio siglo de mineras en La Unión

A la memoria de Pencho Cros

Morente en la Caracolá 2009. Foto Bohórquez.

Morente en la Caracolá de Lebrija 2009. Foto Bohórquez.

El tablao madrileño Corral de la Morería sirvió de escenario el pasado jueves para presentar la programación de la quincuagésima edición del Festival del Cante de las Minas, cuyo cincuentenario se va a conmemorar por todo lo alto no sólo con la creación del I Congreso Internacional de Flamenco sobre los Cantes Mineros, que se celebrará del 2 al 4 de junio, sino con una programación de lo más prestigioso del flamenco, en la que destacan Paco de Lucía, Manolo Sanlúcar y Enrique Morente. La convocatoria tuvo un gran seguimiento por parte de los medios de comunicación del país, en el que dicen es el tablao más famoso del mundo, creado en 1956 por el ya desaparecido empresario don Manuel del Rey y regentado por la bailaora cordobesa Blanca del Rey. Por su escenario han pasado los más grandes artistas del último medio siglo, desde la Paquera de Jerez hasta Isabel Pantoja, pasando por Mario Maya o Porrina de Badajoz. De sus paredes cuelgan decenas de fotografías de ilustres visitantes como los actores Marlon Brando y Rod Jackson o políticos de todo el mundo. Cuando el pasado jueves estábamos viendo todas estas fotos con Morente y una gran cantidad de compañeros de la profesión, sentimos una gran emoción. Enrique Morente fue el único de los artistas programados que estuvo presente en el almuerzo. El cantaor granadino va a ser galardonado en esta edición con el Castillete Minero -él lo llamó caballete: se había levantado demasiado temprano, suponemos-, con el que se quiere reconocer su trayectoria y el apego que siempre ha tenido a los estilos mineros, de los que es un consumado maestro. En la rueda de prensa, el alcalde de La Unión, Francisco Bernabé M. Pérez, del Partido Popular, dijo que “para conmemorar el cincuentenario hemos creado la mejor programación de la historia del festival, como no podía ser menos, lo que en estos tiempos que corren nos ha supuesto un gran esfuerzo”, aseguró el regidor. El Rey Don Juan Don Carlos I ha aceptado la Presidencia de Honor, así como la Medalla de Oro del Festival. Pero habrá otros reconocimientos a personalidades del mundo de la Cultura, como son el escritor Caballero Bonald, el periodista Jesús Quintero, los diseñadores Victorio y Lucchino, el cineasta Carlos Saura o el Restaurante El Vinagrero, de La Unión, que este año conmemora el centenario de su creación. Con el pregón a cargo de Ramón Luis Varcálce Siso, presidente de la Región de Murcia, el día 4 de agosto, comenzarán a pasar por el Antiguo Mercado, este mismo día, los ganadores de la pasada edición del certamen, Churumbaque Hijo, Ana Morales, José Antonio Cortés y Borga Évoras; El día 5, el Ballet Nacional de España, Chano Domínguez y Esperanza Fernández; el día 6, Enrique Morente; el día 7, Manolo Sanlúcar y Mayte Martín; el día 8, José Mercé e Israel Galván; el día 9, Miguel Poveda; y el día 10, Paco de Lucía. Del 11 al 13 se celebrará el concurso, que aunque lleva años sumido en la rutina, como todos los concursos -he sido miembro del jurado en los últimos años-, es la esencia del certamen. Aunque, sinceramente, el Festival de las Minas es algo más que un concurso. Entre otras cosas, es el evento flamenco más importante de España; su repercusión en todo el mundo es muy superior a la que pueda tener la Bienal de Sevilla, por mucho que duela por aquí abajo, que sé que duele al seis por medio cuando lo decimos. Tiene mérito, sin duda, la que lió Juan Valderrama hace cincuenta años, cuando, animado por los lugareños en una actuación en La Unión para que cantara El Emigrante, el maestro dijo que no, que era una pena que en una tierra tan flamenca se fueran a perder sus cantes, los de los mineros. De eso ha pasado medio siglo, pero nadie a olvidado por qué existe este festival.

http://www.youtube.com/watch?v=2Sq3ydsryos

21
May/2010

Da pena salir a la calle

A Alberto García Reyes

Gran Vía solaSólo hay que salir a la calle para darse cuenta de la brutal crisis económica que tenemos en España, sin precedentes, según los capitalistas de izquierdas y de derechas. El país está despoblado, la gente no sale de sus casas, los bares están vacíos, los campos de fútbol parecen coliseos romanos abandonados y la Virgen del Rocío se ha tomado el fin de semana libre ante la falta de peregrinos que la lleven en sus hombros. Impresionaba ver el pasado miércoles, en la final de la Copa del Rey, la ciudad de Barcelona sin un alma en las calles, sin aficionados del Sevilla y el Atlético de Madrid portando banderas y pancartas. Las estaciones del AVE aprovecharon para lavar los trenes, en espera de que la vuelva a ganar el Real Betis. En la Feria Taurina de San Isidro de Madrid está ocurriendo lo mismo: ante la falta de público, los ganaderos han llevado toros de cartón piedra para ahorrar carne, los toreros se han quedado en sus cortijos viendo Saber y ganar y la Plaza de las Ventas luce su espléndido hormigón. El otro día fui a un bar de Mairena del Alcor a comer caracoles y los moluscos jugaban al dominó con los camareros. Me imagino con tristeza cómo estarán las playas este verano, sin nadie en los chiringuitos y los hoteles cerrados a cal y canto. En Sanlúcar de Barrameda están pensando hacer las tortillas de camarones con libélulas, para ponerlas más baratas. No se ha vendido ni una sola entrada para la Bienal de Flamenco -ni siquiera para el concierto de Paco de Lucía- y su director, Mingo, se ha apuntado a los cursos del Festival de Mont de Marsan para saber lo que es una escobilla. No de blanquear, de bailar. En el Festival de las Minas iban a llevar a Paco de Lucía, Enrique Morente, José Mercé, Mayte Martín, el Ballet Nacional de España, Israel Galván y Miguel Poveda, pero al final lo van a arreglar con Ramoncín y Manolo Escobar, que han bajado sus cachés, aun a sabiendas de que perdían su dignidad. Si esto sigue tan mal como parece, esta Navidad harán con aserrín los mantecados de Estepa y el único pavo que tendremos será el que tiren desde la torre de Cazalilla, en Jaén. No sé hasta cuándo podremos aguantar esta situación extrema, esta angustia de no saber qué va a ocurrir en lo que queda de año, si habrá presupuesto para casar de nuevo a la Duquesa de Alba, si les congelarán las vacaciones a los miembros de la Casa Real, si Pepe Bono interrumpirá sus trasplantes de pelos, si se le caerá o no la reverdecida nariz a Belén Esteban, o si le darán por fin la Medalla al Mérito del Paro al ministro Corbacho. Si no fuera porque hay mucha gente que lo está pasando peor de lo que podamos imaginarnos, diría que esta crisis es sólo un espejismo. Os dejo, que he puesto una costilla en el patio a ver si cojo algún gorrión para el almuerzo.