Monthly Archives: Marzo 2010

30
Mar/2010

Saetas en el cielo de Andalucía

A los saeteros anónimos

Manuel Vallejo, uno de los grandes reyes de la saeta.

Manuel Vallejo, uno de los grandes reyes de la saeta flamenca.

El origen de la saeta ha hecho correr ríos de tinta, pero sigue siendo algo sombrío. Para muchos investigadores es un cante de los árabes y de los judíos. En la Edad Media, en los templos católicos, actuaban los jassan, cantaores de sinagogas. En las sinagogas de Kiev se entonan aún unos cánticos de gran similitud con la saeta, de ahí que haya quienes defiendan aún el origen árabe-judío en el arranque musical de estos hermosos cantes que, por supuesto, son andaluces y alcanzaron naturaleza artística cuando comenzaron a ser cantados en público, en los balcones, por los cantaores de flamenco que destacaron en el último tercio del siglo XIX y primero del XX. Con anterioridad a estos artistas del cante andaluz la saeta era un canto liso, como hablado en voz alta, a modo de pregón, que narraba los avisos y sentencias en las voces, por lo general, de los padres franciscanos. En los primeros discos de pizarra donde se registró la saeta -principios del siglo XX-, de cantaores como La Serrana, El Mochuelo, El Pena de Sevilla, Manuel Escacena y Manuel Torre, se aprecia aún ese estilo popular, campechano, sin grandes alardes, que en seguida dio paso a otro de más hondura que trajeron algunos cantaores de Jerez de la Frontera; sobre todo, el genial Manuel Torre, el espectacular Niño Gloria, el enigmático Tomás Pavón, el singular Cojo de Málaga  y la sin par Niña de los Peines. Más tarde llegaron Manuel Vallejo, Manuel Centeno, Paco Mazaco, Pepe Marchena, La Finito, la Niña de la Alfalfa, Pepe Valencia, Isabelita de Jerez, Antonio Mairena, Pepe Pinto, Manolo Caracol, Rerre de los Palacios, Rogelio de Huevar y otros muchos, que fijaron el estilo que hoy conocemos y que ha quedado ya como patrón definitivo. Sin embargo, en la prensa del XIX y principios del pasado siglo, algunos analistas culpaban a estos artistas de haber acabado con la bella saeta popular como ocurrió con otros cantes populares andaluces, que perecieron víctimas del “flamenquismo”.

Manuel Centeno recrea la saeta por seguiriya

La saeta flamenca nace cuando en círculos de recreo, hermandades y casas aristocráticas andaluzas se paga a un cantaor para que le cante a una imagen concreta. Entonces se impone una saeta poderosa que vuele por el cielo de Sevilla. Según el escritor Hipólito Rossy, la saeta por seguiriyas la creó el cantaor sevillano Manuel Centeno, y se atreve incluso a poner una fecha:

Ese mismo año de 1919, se cantó en Sevilla por primera vez en público la saeta por seguiriyas, y quien la cantó fue Manuel Centeno, aunque hayan querido quitarle la gloria de su creación.

Manuel Centeno cantando en un balcón de Sevilla.

Manuel Centeno cantando en un balcón de Sevilla.

Al parecer, y sin dejar de dar solvencia al dato de Rossy, el gaditano Enrique el Mellizo ya cantaba saetas por seguiriyas antes de que Centeno naciera, aunque jamás se va a poder probar este hecho porque en esa época apenas se escribía sobre la saeta en los periódicos andaluces. Manuel Jiménez Centeno (Manuel Centeno para el arte del cante jondo), era de la Puerta de la Carne, el popular barrio de Sevilla. Nació en el número 29 de la calle Doncellas el día 11 de octubre de 1885. El afamado torero sevillano José Centeno Pepete era hermano de su madre y lo metió en el toro haciéndolo debutar como banderillero, en Sevilla, el día 7 de octubre de 1907. El mismo artista contó parte de su vida en los periódicos de nuestra ciudad con una simpatía extraordinaria. Curiosamente, se refiere a su condición de saetero no con orgullo, sino con cierta guasa:

Yo empecé a cantar en un día raro. Era torero. Tenía mi coleta y todo. Llegué a mi casa a la hora en que se suele almorzar, y aquel día no había de qué. Con mi coleta, con cuerpo para pensar en otra cosa, en vez de pensar me puse a cantar tarantas y “granaínas” y fuera porque tenía el cuerpo vacío, o porque cantara con más sentimiento aquel día, lo cierto es que escuché más de una vez decir que “me las podía buscar por el cante”, y decidí buscármela. Y aquí está otra vez el hombre equivocao. Yo cantaba y canto bien las tarantas, la “farruca”, fandanguillos y otros cantes de la tierra; pues, no señor; se empeña la gente en que mi cante es la “saeta”, y aquí me tiene usted cantándole al Señor en agosto.

La saeta sideral de Rafael Ramos ‘El Gloria’

El Niño Gloria, otro genio de la saeta.

El Niño Gloria, otro genio de la saeta.

Nació este gran saetero gitano en la calle Nueva del barrio de Santiago de Jerez de la Frontera, el día 27 de abril de 1893. Hijo de gitanos jerezanos, de joven se dedicó a trabajar en el campo con otros miembros de su familia, entre ellos su propio padre, que era capataz del cortijo donde trabajó, y su tío Francisco Fernández Ramos ECabeza, que también fue cantaor aunque se dedicó siempre a las fiestas y no llegó grabar discos.  Nada más llegar a Sevilla, como tenía una magnífica voz y cantaba muy bien por saetas, el Niño Gloria se dio a conocer entre las hermandades y se consagró en el estilo, compitiendo en los balcones con La Serrana, Manuel Torre, Manuel Centeno, la Niña de los Peines y Manuel Vallejo, que eran los verdaderos reyes. El escritor Joaquín Romero Murube lo recuerda de esta forma tan sentida:

Recuerdo, ya mayor, aquella saeta sideral de “Niño Gloria”. Rebosaba su vasta humanidad por encima del herraje de los balcones. Se congestionaba en un esfuerzo titánico por llegar a la altura de su sentimiento. Había tal entrega y sollozo, que se advertía claro cómo cada copla le rompía las cuerdas del grito. Lograba ese tono de cristales arañados, que es el duende supremo de los auténticos cantadores. La multitud se hacía mar de silencio. Un silencio tan absoluto, que se podía oír el rumor lejano de otras calles y de otros barrios ajenos al rito sublime que allí se verificaba. A todos nos invadía un escalofrío del otro mundo. Un hombre rudo y basto, a través de una saeta de verdad, hablaba con Dios, y Dios le escuchaba en su agonía.

El Niño Gloria fue invitado en una ocasión a cantar saetas en un balcón que habían alquilado unos señores de fuera de Sevilla y ocurrió una de las anécdotas más simpáticas que se cuentan de este genio de la saeta, además de comilón empedernido. Al paso del Cristo de la Sentencia, en el que aparece Pilatos a punto de lavarse las manos en una palangana, los señores loaban el paso: “-¡Qué dorados! ¡Qué magníficas tallas! ¿No cree usted que es una maravilla, don Rafael?”. A lo que El Gloria contestó:

Yo entiendo poco de esas cosas, la verdad. A mí lo único que me gustaría saber es cuántos kilos de albóndigas caben en la palangana donde se va a lavar las manos ese ’gachó’.

La costumbre de mecer los pasos en Sevilla

Manuel Torre, el genio de la saeta gitana.

Manuel Torre, el genio de la saeta gitana.

Para la gran mayoría de los expertos en saetas, el genio del estilo fue Manuel Torre, un jerezano que llegó a Sevilla hace más de cien años y que la puso patas abajo con una manera de cantar que volvía locos a los devotos. Fu un cantaor gitano de inspiración, de los que para cantar bien necesitaba rodearse de todo aquello que le conmovía: el vino, las mujeres y los perros de caza. Con una voz nasal que estremecía, era capaz de lastimar al más duro de corazón. Cuentan que una noche hizo llorar a Don Eduardo Miura, el célebre ganadero. ¡Con la mala leche que se gastaba este hombre criando toros! Pero la epopeya más importante de este genial saetero tuvo lugar una tarde en la que ocurrió algo que cambió la manera de llevar los pasos en Sevilla. Mientras Manuel le cantaba a una procesión que iba con retraso, desde el balcón de una casa céntrica, el capataz dio la orden de levantar el paso y continuar su marcha. Los costaleros, emocionados por el cante del genio gitano, lo levantaron pero, en vez de avanzar, comenzaron a mecerlo para seguir escuchando así al jerezano. Desde entonces, al parecer, se mecen los pasos en Sevilla.

Pastora Pavón y Galerín

Otra gran saetara fue la Niña de los Peines. Para ella, la saeta mejoró cuando la comenzaron a cantar los artistas gitanos. Mujer muy devota del Gran Poder y de la Macarena, era idolatrada en Sevilla como saetera. El Día 11 de diciembre de 1925, el célebre periodista Galerín relataba en El Liberal una actuación de la genial artista de la Puerta Osario:

La calle Sierpes está cuajada de cantaores y cantaoras. Aquí la Finito, allá Vallejo, El Gloria, el de Granada, el Niño de Torres, el Pena, el Niño de Marchena, Centeno… En los balcones de la Peña Liberal está Pastora, la Niña de los Peines. Allí estamos invitados, y allí iremos a ver el desfile.

Pastora está  nerviosa y rechaza una copa de Jerez.

-No pué sé –dice su hermano Arturo. Mejó que le traigan café y coñá pa jacé un morenito.

Y así  se hace. Van desfilando los nazarenos de San Antonio Abad. Silencio, siempre silencio.

¡El paso! ¡El paso!

La Niña de los Peines, la Emperadora de la saeta.

La Niña de los Peines, la Emperadora de la saeta cantando en un balcón.

Pastora se coloca en el balcón, y con voz gruesa, voz de hombre, canta de modo admirable:

Lo clavaron con fiereza,

lo coronaron de espinas;

sangre mana su cabeza,

sangran sus ojos y cejas,

sangran sus sienes divinas.

Un murmullo de aprobación se oye en el público. Las señoras que están en los balcones, lloran. El hermano de la Niña de los Peines la anima diciéndole:

-Has cantao mu segura.

Luego le advierte donde tiene que apretar para que la copla salga con más emoción.

-Tú  tienes fuelle pa esa y pa más, Pastora.

La saeta en nuestros días

Como otros muchos palos de la baraja del cante jondo, la saeta tuvo su momento de esplendor en Sevilla en las tres primeras décadas del pasado siglo. En la actualidad hay muy buenos saetereos, pero ninguno de ellos tiene hoy la consideración entre los aficionados que tuvieron Manuel Torre, Manuel Vallejo, la Niña de los Peines, Manuel Centeno, Manolo Caracol, la Niña de la Alfalfa, Paco Mazaco, Antonio Mairena, el Niño de Villanueva, Rogelio de Huevar o Pepe Valencia. El saetero más prestigioso de este tiempo es Manuel Mairena, hoy retirado por motivos de salud. Hermano de Antonio Mairena, Manuel ha sido un saetero colosal. Le sigue en importancia José el de la Tomasa, sobrino-nieto de Manuel Torre. Es un continuador de la escuela sevillana. Goza de gran prestigio el onubense Pepe Perejil, afincado en nuestra ciudad desde hace décadas. Y tiene su peso en la Semana Santa saeteros como Jesús Heredia, El Sacri, Manuel Calero, Paquita Gómez, Pili del Castillo, Mercedes Cubero, Kiki de Castilblanco, Rufo de Santiponce y otros muchos. Por último, es preciso destacar a saeteros que han alcanzado una gran importancia en sus lugares de nacimiento, como, por ejemplo, Mairena del Alcor, el pueblo de Sevilla donde mejor se canta por saetas. Antonio Ortega, Juanmi Trozo -hijo del gran Antonio Trozo- y José de la Mena, por citar sólo a tres intérpretes, son grandes saeteros, con una gran cantidad de premios, que, sin embargo, son muy poco conocidos en la Semana Santa sevillana.

El Niño de Gloria. Saeta. ‘Eres guapa y sevillana’. 1931.

Manuel Centeno. Saeta. ‘Parroquia de San Lorenzo. 1928.

27
Mar/2010

¿Hasta cuándo va a durar esto?

A José Luis Molano

¿A dónde se fue nuestro espíritu de lucha?

¿A dónde se fue nuestro espíritu de lucha?

Como andaluz que soy de pura cepa, de Arahal, hijo y nieto de campesinos sin tierras, estoy hasta la coronilla de que nos consideren a todos los andaluces, pero sobre todo a los jornaleros del campo, unos mantenidos, auxiliados y estómagos agradecidos. En Andalucía habrá de todo, supongo que como en cualquier otra región de España. Hay andaluces que nunca hemos cobrado el paro agrícola y que jamás hemos sido beneficiados con peonadas falsas, como es mi caso. También los hay que no matamos toros ni paseamos santos de madera por las calles ni somos rocieros. Esa mujer tan de derechas, Esperanza Aguirre, la presidenta de la Comunidad de Madrid, del Partido Popular, se habrá criado muy bien y nunca se vería obligada a tener que ir a por comida a los comedores del franquismo para dar de comer a sus hijos, si los tiene, como hizo mi madre cuando mi padre agonizaba víctima de una leucemia y no tenía nada que meter en el buche de sus tres niños, el mayor con sólo tres años. Como hicieron otras muchas madres en aquellos tiempos. Cualquier tipo de ayuda que venga a Andalucía, esta hija de la gran ultraderecha española la considera una dádiva, el precio de un voto comprado por el Partido Socialista. Se le envenena la sangre viendo que un trabajador del campo andaluz conduce un coche y puede llevar a sus hijos a un buen colegio, además de al médico. Le encantaría que volvieran aquellos tiempos en los que un día de lluvia en el campo significaba que no entraba el jornal en la casa, con lo que no se podía encender el anafe porque no había nada que guisar. Después se quejan de que no consiguen gobernar en Andalucía, a pesar de que estamos hartos del Partido Socialista. No puedo decir que me han desengañado, porque nunca les voté. Ni desencantado, porque no han llegado a encantarme. Ni desilusionado, porque nunca me sedujeron. Daría lo que fuera para que dejaran de gobernar en esta tierra, pero si va a ser para que entren los de Esperanza Aguirre y Javier Arenas, estos fachas con pellejo de nuevos demócratas, que sigan los socialistas hasta que desafinen los jilgueros. Aunque, como dije no hace mucho en este mismo medio, el hecho de que los del PP pudieran gobernar en Andalucía no me produce ningún miedo. En España no hay otra alternativa que este bipartidismo corrompido, que la de estos dos partidos que, con la crisis que nos machaca, aún no han conseguido unir criterios para intentar que salgamos de ella. ¿Qué podemos esperar de esta clase política en el futuro si todavía están intentando alcanzar acuerdos, después de dos años de crisis económica? La derecha está rabiosa por volver a mandar en Andalucía y no desea que se vayan arreglando las cosas por aquí abajo. Lo mismo ocurriría al contrario, porque la política en España es la lucha por el poder de dos partidos, con los demás partidos sin ninguna esperanza de gobernar algún día a nivel nacional y sacando tajada de unos y de otros. Es vergonzoso el espectáculo que están dando estos dos partidos, siempre dándose mamporros y poniéndose zancadillas. En Andalucía no quieren al PP y es lógico que esto suceda, porque hay millones de personas que todavía no han olvidado cómo eran las cosas en esta tierra cuando mandaba en ella la derecha, el señorito. Esperanza Aguirre lo sabe y por eso nos insulta a todos los andaluces cuando viene Zapatero a remediar un poco las consecuencias de las arriadas y otras catástrofes. Y a saldar la deuda histórica, aunque sea con solares devaluados por la crisis. Me parece una cochinada, un insulto a los andaluces, una tomadura de pelo que debería tener consecuencias electorales. Pero se me revuelven las tripas cuando veo cómo critican esto los que gobernaron España durante ocho años y no fueron capaces de saldar esta deuda. Sin embargo, lo que más me asquea de todo esto es que una fachilla de tres al cuarto como Esperanza Aguirre nos insulte a los andaluces de esa manera tan canalla, por el simple hecho de que recibamos ayudas por parte del Gobierno central en una región asolada por el paro, como es ahora mismo Andalucía. Y no sólo nos insulta esta señora tan señoreada; cada día escucho esas mismas ofensas en las tertulias radiofónicas de los fachas de la capital de España, a los que les resultamos tan flamencos cuando vienen a la Feria de Abril a zamparse nuestro jamón y nuestros langostinos y a divertirse en un tablao viéndoles las piernas a nuestras bailaoras. ¿Se acabará esto alguna vez? Los andaluces hemos perdido el espíritu de lucha de antaño, estamos acomodados y seguimos permitiendo que esta gentuza nos insulte y nos pisotee.

27
Mar/2010

Mi relación con Antonio el Chocolate (V)

A la memoria del genio

El maestro inmortalizado por Quino Castro.

El maestro inmortalizado por Quino Castro.

Me decía hoy Quino Castro, el gran fotógrafo de Estepa (Sevilla), en un bonito comentario, que no debía acabar esta serie de artículos sobre el maestro Antonio el Chocolate con su muerte, porque, en efecto, los cantaores no mueren nunca. ¿Se imaginan que don Antonio Núñez no hubiera grabado nada en ningún formato, que no pudiéramos escuchar hoy el latigazo de su voz morena, que tuviéramos que conformarnos mirando extasiados su cara tan gitana en una fotografía? Sería difícil resistirlo. Afortunadamente, Chocolate nos dejó una colección de discos de un valor incalculable. ¿Cómo era Antonio como cantaor? Era de la escuela sevillana, aunque hubiera nacido en Jerez, de abuelos y padres no jerezanos, sino de Villamartín, Bornos y el Puerto de Santa María. Su cuna fue Cádiz, está claro. Estuvo en Jerez, en el Barrio de San Mateo, sólo seis años y con esa edad ya vivía en Sevilla, donde vivió la friolera de sesenta y nueve años. Después de la guerra de toda la vida, la del 36, comenzó a coquetear con el cante y lo hizo en dos lugares de Sevilla que han hecho historia, como son la Alameda de Hércules y Triana. Cuando digo la Alameda no me refiero sólo a ese barrio con tanta solera, donde vivieron y ejercieron su arte todas las grandes lumbreras de la historia del flamenco, desde Silverio -que vivió algunos años en la calle Potro, donde está el Multicines Alameda- hasta el Maestro Pérez, el Perote y el Canario de Álora, la Juanaca de Málaga, las hermanas Parrala, Manuel Torre, los Ortega de Cádiz, la Moreno de Jerez y tantas y tantas figuras. Me refiero también a los barrios de la Feria, la Macarena y la Puerta de la Carne, donde Chocolate supo impregnarse del arte de todos los genios que esa parte de Sevilla ha dado, desde el Carbonerillo hasta Caracol pasando por el Colorao, el Niño de Escacena o Manuel Centeno; y a la Puerta Osario, donde nacieron Pastora y Tomás Pavón y vivieron los Medina de Jerez y Arcos. A pesar de haberse criado por estos barrios, Chocolate se consideró siempre un cantaor muy trianero. ¡Cómo le gustaba cantar el cante de los Cagancho, el célebre Reniego de Tomás Pavón! “Yo estaba siempre en Triana, en la Cava gitana, en la calle Castilla, en la taberna de los hermanos Ballesteros, en el Altozano, en todas las tabernas, cantando en los mostradores y saboreando la soleá y el martinete”, decía con los ojos humedecidos cuando hablaba de cante y de su escuela trianera; cuando recordaba al Maní, al Atoto, al Añoño, a Felipe de Triana, al Piripi y a Pepe el Culata; cuando echaba de menos el eco gitanísimo de Rosalía o las voces poderosas y melódicas de Emilio Abadía, Domingo el Alfarero y Manolo Oliver. “Yo no salía de Triana ni para dormí”, me dijo muchas veces. Pero él se consideró siempre el cuarto de los Pavón, el hermano pequeño de esa familia de cantaores. Los conoció a los tres y convivió mucho con ellos, sobre todo con Tomás y Pastora. De Arturo hablaba maravillas, pero poco. A Tomás lo trató menos que a Pastora, porque Chocolate tenía 22 años cuando murió Tomasito, como lo llamaban Arturo y Pastora. Sin embargo, lo trató lo suficiente como para heredar de él no sólo la técnica del ligao en soleares y seguiriyas, sino las rarezas. Dicen que Tomás soñaba con el cante y que por la mañana, cuando estaba desayunando, le decía a su hermano Arturo, en su casa de la Plaza de la Mata: “Hermano; esta noche he estao dándole vueltas a un cante de Frasco el Colorao, que quiero grabar”. Chocolate solía decir eso también. “Cuando me acuesto nunca me quedo dormío del todo, de manera profunda; estoy ahí como en una duermevela, dándole vueltas a las seguiriyas, a dos o tres cantes que le escuché a Arturo y que quiero grabá un día…”, contaba una y otra vez. Chocolate no era un teórico, como Mairena, pero sabía mucho de cante y tenía sus teorías, en ocasiones un tanto curiosas. Era un hombre que se hacía muchas preguntas. “¿Por qué le llaman cómoda a la cómoda, si es más cómoda la cama?”, solía preguntarse cuando tenía ganas de guasa. No sé si Chocolate escuchó eso en alguna parte o se le ocurrió a él solo, pero era absolutamente genial. También decía cosas curiosas sobre el origen de los cantes. “Casi todos los cantes los crearon los arrieros, porque se aburrían. Imagínate llevar una carga de Cantillana a Ronda, por esos caminos…”, me dijo. Pero si un día yo decía eso de los arrieros en su presencia, solía decirme: “Los arrieros no han creado nunca nada; sólo la carrilera”. Jugaba al despiste, le encantaba contradecir a los flamencólogos. “¿La carrilera es un cante, Antonio?”, le preguntaba en seguida. Y se reía, con aquella sonrisa encantadora.

Portada Chocolate.1Pero solía ponerse muy serio cuando se analizaba su estilo en su presencia. Era humilde y nada vanidoso, pero sabía muy bien que en determinados cantes, como la soleá, la seguiriya y el taranto, era el mejor, el más puro. Se sabía dueño del grito, del metal gitano, del pellizco. Por seguiriyas se le comparó siempre con Manuel Torre, el genio, sin duda, de este cante fundamental. Antonio siguió su línea de cante, pero había una diferencia notable: mientras el Torre se tragaba la seguiriya, como dando bocados hacia adentro, Chocolate la lanzaba lejos, con aquella técnica de lanzar la voz que tenía, de alargar los tercios, sobre todo los ayes. Combinó el fuelle de Tomás con la enjundia de Manuel Torre, como no lo hizo nadie. Ni siquiera Terremoto de Jerez ni Manuel Agujetas. No creo descubrir nada nuevo si digo que Chocolate es el seguiriyero de la historia del cante. Luego, en la soleá, otra de las verdades de su estilo, siguió también la escuela de Tomás y le injertó una enjundia a tres o cuatro estilos de Cádiz, Jerez, Triana y Alcalá, que han hecho historia. Con su anárquica manera de entender el compás, la cuadratura, pero ahí está lo que dejó. Y ahí están sus tarantos, su particular versión del cante del Torre. Y sus fandangos, su estilo propio creado a partir de otros fandangueros, que por algo se crió en la tierra donde tantos y tan buenos fandangueros han nacido. Antonio fue el último gran fandanguero de la historia del cante, con la creación de varios estilos gitanísimos y aquellas letras inigualables, de una sevillanía y una flamenquería irresistibles. Pero, además, Chocolate nos dejó otros cantes, porque no era tan corto como alguna vez se ha dicho. Hacía una honda versión de la malagueña del Melizo, y de la romera del Chaqueta; cantó estupendamente la serrana, la cartagenera, la caña (Salga la luna y alumbre, con Ricardo), los tientos y, sobre todo, el martinete, las tonás en general. No tuvo el enciclopedismo de Pastora o Vallejo, pero dominó muchos palos. No la bulería, aunque la cantó mucho para bailar y sólo la hizo al público en contadas ocasiones. Nunca le prestó el más mínimo interés. Está por hacerse el libro sobre su vida y su extensa obra. Tiempo habrá para que alguien se anime algún día y lo escriba. A mí sólo me interesa ahora, porque lo necesito, escucharlo y convencerme cada día de que sólo se muere lo que se olvida. ¿Alguna vez vamos a olvidarnos de El Chocolate? Es imposible olvidarse de una persona y de un genio del cante jondo como don Antonio Núñez Montoya. Escúchenlo cantar en directo, en los años 70.

El Chocolate. Seguiriyas. ‘Apregonao me tienes’. Guitarra, José Cala El Poeta.

El Chocolate. Fandangos. ‘Que Dios le ampare’. Guitarra, José Cala El Poeta.

FIN DE LA SERIE

26
Mar/2010

Cancanilla borda con hilo gitano

A Paco Lérida

Siempre ha habido en el flamenco cantaores de cantaores, y Cancanilla de Marbella -ahora se hace llamar de Málaga- es hoy por hoy el cantaor de los cantaores. En otros tiempos lo fueron Mojama o Antonio el de la Carzá, y ahora lo es Cancanilla. Tiene una voz preciosa y muy gitana, compás para poner un puesto y eso que no puede aprenderse en las escuelas actuales: una gracia natural innata que cautiva a todos.
Flamenco Vive acaba de grabarle un CD fantástico, Entre viejos zarzales, que contiene trece cantes magníficamente ejecutados y un cuadernillo de Ramón Soler Díaz en el que cuenta, con pelos y señales, la historia familiar y artística de este fenómeno que durante décadas ha estado metido en los tablaos de la capital de España o viajando por el mundo en buenas compañías y con grandes artistas del baile.
Sebastián Heredia Santiago Cancanilla, es uno de esos cantaores nacidos para ejercer el arte. Lo brinda cantando y bailando flamenco, pero podría haberlo hecho tocando el piano o jugando al fútbol. Tiene el don del arte, de la gracia, del soniquete. Lo ves en un escenario y parece que hubiera nacido en una tarima. En realidad ha sido así porque tuvo la suerte de nacer en una familia en la que todos se hacen alguna cosita. Su madre, María Santiago, era una gran cantaora, pero nunca quiso las tablas. Tuvo veinte partos, que se dice muy pronto, y de uno de ellos nació Sebastián, al que su padre, El Chanete, que era tratante de caballos, le puso Cancanilla porque se movía más que una cáncana, especie de araña de andares nerviosos.
Trabajó primero en la mar pero poco tiempo, porque descubrió pronto que no era lo que quería hacer en la vida. Con sólo 12 años ya trabajaba en El Platero, un tablao de Marbella. Al poco tiempo conoce al bailarín José Greco, con el que se embarca para América en compañía de artistas como Rafael el Negro, Matilde Coral y Farruco. Más tarde lo descubre Caracol y lo contrata en su tablao madrileño, Los Canasteros, donde está algunos años, para pasar luego al Chinitas y Caripén, el local de Lola Flores y Antonio el Pescaílla.
Necesitaríamos un libro para contar tantos años de vueltas por el mundo. Lo cierto es que hace cinco años decidió pararse y, además de dejarse ver en festivales, acaba de regalarnos este magnífico trabajo que ha sido grabado en la Sala Juglar de Madrid y que contiene trece cantes que van desde la bulería inicial a la taranta y la cartagenera que cierran la obra.
Con las guitarras de Juan Habichuela,  su hijo Juan Carmona, Antonio Moya y Chaparro de Málaga, el cantaor malagueño borda cantes por soleá y seguiriyas, granaínas y malagueñas, bamberas y soleá por bulerías. Lo interpreta todo con una combinación de poderío, conocimientos y buen gusto, que hacen de este trabajo una delicia para los buenos aficionados.
En una época en la que se graba poco cante jondo, y el poco que se graba, es mediócre y de dudosa autenticidad, un trabajo así merece ser bien recibido por los aficionados que aún no se han dejado llevar por las modas. Tenemos que hacer lo posible por apoyar tanto a este tipo de cantaores -no abundan, es cierto-, como a las empresas que invierten su dinero en darlos a conocer el gran público del mundo.
Cancanilla cantando en el Festival Joaquín el de la Paula, el pasado año. Fotografía Bohórquez.

Cancanilla cantando en el Festival Joaquín el de la Paula, el pasado año. Fotografía Bohórquez.

Siempre ha habido en el flamenco cantaores de cantaores, y Cancanilla de Marbella -ahora se hace llamar de Málaga- es hoy por hoy el cantaor de los cantaores. En otros tiempos lo fueron Mojama o Antonio el de la Carzá, y ahora lo es Cancanilla. Tiene una voz preciosa y muy gitana, compás para poner un puesto y algo que no puede aprenderse en las escuelas actuales: una gracia natural innata que cautiva a todos. Flamenco Vive acaba de grabarle un CD fantástico, Entre viejos zarzales, que contiene trece cantes magníficamente ejecutados y un cuadernillo de Ramón Soler Díaz en el que cuenta, con pelos y señales, la historia familiar y artística de este fenómeno que durante décadas ha estado metido en los tablaos de la capital de España o viajando por el mundo en buenas compañías y con grandes artistas del baile. Sebastián Heredia Santiago, Cancanilla, es uno de esos cantaores nacidos para ejercer el arte. Lo brinda cantando y bailando flamenco, pero podría haberlo hecho tocando el piano o jugando al fútbol. Tiene el don del arte, de la gracia, del soniquete. Lo ves en un escenario y parece que hubiera nacido en una tarima. En realidad ha sido así porque tuvo la suerte de nacer en una familia en la que todos se hacen alguna cosita. Su madre, María Santiago, era una gran cantaora que nunca quiso las tablas, o más bien su marido. Tuvo veinte partos, que se dice muy pronto, y de uno de ellos nació Sebastián, al que su padre, El Chanete, que era tratante de caballos, le puso Cancanilla porque se movía más que una cáncana, una especie de araña de andares nerviosos. Trabajó primero en la mar pero poco tiempo, porque descubrió pronto que no era lo que quería hacer en la vida. Con sólo 12 años ya trabajaba en El Platero, un tablao de Marbella. Al poco tiempo conoce al bailarín José Greco, con el que se embarca para América en compañía de artistas como Rafael el Negro, Matilde Coral, Farruco y Paco de Lucía. Más tarde lo descubre Caracol y lo contrata en su tablao madrileño, Los Canasteros, donde está algunos años, para pasar luego al Chinitas y Caripén, el local de Lola Flores y Antonio el Pescaílla. Necesitaríamos un libro para contar tantos años de vueltas por el mundo. Lo cierto es que hace cinco años decidió pararse y, además de dejarse ver en festivales, acaba de regalarnos este magnífico trabajo que ha sido grabado en la Sala Juglar de Madrid y que contiene trece cantes que van desde la bulería inicial a la taranta y la cartagenera que cierran la obra. Con las guitarras de Juan Habichuela,  su hijo Juan Carmona, Antonio Moya y Chaparro de Málaga, el cantaor malagueño borda con hilo gitano cantes por soleá y seguiriyas, granaínas y malagueñas, bamberas y soleá por bulerías. Lo interpreta todo con una brillante combinación de poderío, conocimientos y buen gusto, que hacen de este trabajo una delicia para los buenos aficionados. En una época en la que se graba poco cante jondo, y el poco que se graba, es mediócre y de dudosa autenticidad, un trabajo así merece ser bien recibido por los aficionados que aún no se han dejado llevar por las modas. Tenemos que hacer lo posible por apoyar tanto a este tipo de cantaores -no abundan, por cierto-, como a las empresas que invierten su dinero en darlos a conocer al gran público del mundo.

http://www.youtube.com/watch?v=JAsnxDVNBj0&feature=related

25
Mar/2010

Mi relación con Antonio el Chocolate (IV)

A la memoria del genio

Esta fotografía la publicamos en El Correo el día del entierro. Rosa Montoya, la mujer de Chocolate, grita de dolor viendo cómo llegaba el coche fúnebre al cementerio. La viva imagen de la seguiriya gitana.

Rosa Montoya, la mujer de Chocolate, grita de dolor viendo cómo llegaba el coche fúnebre al cementerio. La viva imagen de la seguiriya gitana.

Los críticos de flamenco tenemos algunas veces unos privilegios que no se podrían comprar ni con todo el oro del mundo. Tuve el alto honor de ser el último crítico que estuvo con Antonio el Chocolate en un escenario, en su última actuación que tuvo lugar en la Semana Flamenca de Paradas en 2005. Estuvo dedicada a la gran bailaora de Triana Milagros Mengíbar y me tocó hacer el ofrecimiento el último día. Como colofón a esta semana flamenca, aquella noche actuó El Chocolate con la guitarra, una vez más, de Antonio Carrión. Después de la actuación nos fuimos a la cafetería de Antonio Torres, el mejor aficionado de Paradas y del resto del mundo, con la idea de tomar unas copas y tener un rato de charla con el maestro. A Antonio Núñez  le encantaba charlar con gente de su confianza, y en la reunión estuvimos algunas personas de su gusto, entre ellas, Carrión y su esposa, y Leo el de Montoya y su mujer. Cuando más a gusto estábamos, decidí hacerle una pregunta a Chocolate que nunca le había hecho. “Antonio, con la de artistas del cante que has conocido y lo que tienes que tener en tu cabeza, ¿por qué cantas siempre los mismos cantes?”, le pregunté. Lo piqué a conciencia para que esa noche nos cantara algo distinto, y bien que lo hizo. Nos cantó por lo bajini fandangos del Niño de Aznalcóllar, zambras de Caracol y fandangos de Marchena, creo recordar. Todo un privilegio. Al poco tiempo de aquella inolvidable noche, Antonio se sintió mal y un médico le dijo que tenía cáncer de pulmón. Antonio Carrión lo llevó a Madrid para asegurarse, para contar con otra opinión experta, confirmándole la grave enfermedad que padecía, sin solución posible. Cuando me lo contó Carrión no me lo podía creer. Chocolate se nos iba a ir de este mundo a la edad de 75 años. Lo visité dos veces en su casa durante la galopante enfermedad. La más dura fue la última, en la que me acompañaban Carrión y Leo, el de Montoya Producciones, su gran amigo. Nunca había visto tan cerca la muerte rondando a una persona. Todo el piso olía a muerte. Chocolate la tenía posada en su rostro. Si la seguiriya gitana tiene de verdad rostro, estaba aquel día en la cara de Antonio. Estaba con un pijama celeste claro que contrastaba con la morenez de su cuerpo, echado en el sofá del salón. Rosa Montoya nos miraba como queriéndonos decir que lo miráramos bien, que ya no volveríamos a verlo con vida. Me puse de rodillas en el suelo para darle un beso en el mismo sofá y sentí cómo le temblaban las carnes. Estaba en las últimas. “Esto se está acabando, Carri”, le dijo a Antonio Carrión, al que miraba con una ternura estremecedora. Nos fuimos hechos polvos de aquel pequeño piso que guardaba celosamente el hilo de vida de un genio del cante, de uno de los cantaores más puros de la historia de nuestro arte. Dos días después me llamaban para darme la noticia, creo que Carrión. Se me puso un nudo en la garganta que me impedía respirar. Se me había ido el amigo, el genio al que quería, el cantaor al que amaba y admiraba. Todavía tuve que pasar el mal trago de ver su cadáver en la capilla ardiente, en el salón de su propio piso, donde tantas veces habíamos charlado. Aquello era terrible: el maestro de cuerpo presente y mujeres enlutadas rodeando su cuerpo. Luego,  el entierro, un reducido grupo  de personas acompañando el féretro desde su casa al cementerio, con los Farruco al frente. Así fue el final del eco seguiriyero más hondo de todos los tiempos. Que Dios lo tenga en la Gloria, porque don Antonio era un buen hombre.

CONTINUARÁ…

25
Mar/2010

Mi relación con Antonio el Chocolate (III)

A la memoria del genio

El autor de 'La Gazapera' en la Universidad de Osuna.

Antonio Carrión, Antonio El Chocolate y el autor de 'La Gazapera', en la Universidad de Osuna. 2003.

El Chocolate no se abría con cualquiera a la hora de hablar de sus gustos en el cante; era muy reservado. Le ocurría lo mismo cuando hablaba de política. Estando un día en su piso de Sevilla, cuyo salón era un museo, con fotografías por todas partes, diplomas, placas y pinturas, observé que tenía una pequeña placa de bronce. “¿Qué es esto, Antonio?”, le pregunté por pura curiosidad. “Me la dieron el día que le canté a Franco”, respondió. “¿Tú también le cantaste al Caudillo?”, le pregunté un poco sorprendido. “Yo le he cantao hasta el lucero del alba”, respondió soltando una carcajada. Y eso fue todo lo que hablamos del asunto. Pasaba de política. Y en lo que respecta al cante, era de los que se molestaban cuando algún enterado osaba criticar a artistas payos para quedar bien ante el maestro gitano. Antonio tenía una rara habilidad para averiguar lo que querían escuchar de él. Y siempre decía lo contrario. Si le decías que Caracol no tenía compás, él decía que sí lo tenía. Tres meses más tarde le decías que tenía compás, y entonces él decía que “se atravesaba más que uno de Montalbán”. Recuerdo que una mañana tomábamos café los dos con el representante Antonio Montoya en la cafetería América, en la Plaza del Duque de Sevilla. Comenzamos a hablar de lo que era un buen cantaor y un buen artista, la diferencia entre uno y otro. Naturalmente, salieron a la palestra los nombres de Silverio, Chacón, Marchena, Mairena, Caracol, Valderrama y otros muchos. Antonio Montoya y yo hablábamos con cierto temor de que se pudiera molestar el maestro, dándole algo de ojana. Antonio el Chocolate, un poco aburrido con la conversación, dijo muy en serio: “Escuchad lo que os voy a decir. Al lado de Chacón y de Marchena, los demás somos todos unos borrachos”, sentenció. Nos quedamos turulatos. El Chocolate era gitano por los cuatro costados, como se suele decir. Le encantaban los gitanos cantando, bailando y tocando la guitarra; sabía perfectamente la diferencia que había entre los gitanos y los payos, como entre los negros y los blancos. Pero jamás lo escuché decir nada en contra de ningún cantaor payo. Es más, adoraba al Niño de Marchena. Ya conté en La Gazapera, en diciembre, cómo el Maestro de Maestros, agonizando, le dijo a Antonio, al que admiraba mucho: “Antonio; el día mi entierro me tienes que cantar una saeta”. El día del entierro, o sea, el 5 de diciembre de 1976, llovía a mares en Marchena y Antonio no pudo cantarle la saeta a su amigo. Cuando todo acabó y ahogaron la pena bebiendo, al regresar a Sevilla, Chocolate hizo parar el coche en el cementerio y lloviendo y todo, cantó una saeta impresionante. Por eso, cuando algún gitanista descalificaba a Marchena en su presencia, Chocolate siempre le llamaba la atención. “Tú no sabes una papa de esto”, solía decir. Era un gran aficionado y sabía la importancia que tuvieron Chacón, Vallejo o Marchena. Aunque a él le gustaran más Manuel Torre, Juanito Mojama y Tomás Pavón. Su cantaor era Tomás, era su más fiel copista. En el baile, en cambio, el maestro no partía peras: sus bailaores fueron su cuñado Farruco y Carmen Amaya, a los que les cantó mucho, sobre todo a Farruco. La conexión que había entre Farruco y Chocolate era extraordinaria. Y en lo concerniente a la guitarra, era ricardista hasta la médula. Del Niño Ricardo, claro está. Por eso le gustaba tanto Eduardo el de la Malena, continuador del toque de Ricardo. Tenía su propia teoría de cómo tenía que ser un guitarrista para acompañar al cante. “Si tú le pides un “la”, el guitarrista no te puede dar un “le”. La verdad es que se murió sin entenderse con los guitarristas.

Chocolate con El Tasca, José Cala 'El Poeta' y Cascabel de Mairena.

Chocolate con El Tasca, José Cala 'El Poeta' y Cascabel de Mairena.

Creo que sólo Antonio Carrión, que era como un hijo para Antonio y Rosa, logró entenderse con él. Y sé de buena tinta que alguna vez faltó el canto de un duro para que El Carri, como lo llamaba el maestro, le diera con la bajañí en la cabeza. Estuvo a punto de suceder en la Universidad de Osuna, donde tuve que dar una conferencia con los dos. La fotografía que ilustra este artículo se hizo aquella noche. No sé qué mosca le picó al maestro, pero nos dio la velada. Le pedía a Carrión que le tocara despacio, y cuando más despacio le tocaba, le decía que no fuera tan lento. Se mascó la tragedia aquella noche en Osuna. Recuerdo cómo sufría Rosa Montoya, su esposa, porque Antonio Carrión lo pasaba mal. Tuvo una paciencia con el maestro, que me conmovía. Era su guitarrista, su chófer, su apuntador de letras, su amigo del alma y, sobre todo, su gran admirador.

CONTINUARÁ…

24
Mar/2010

Mi relación con Antonio el Chocolate (II)

A la memoria del genio

El Chocolate con Pastora y Pepe Pinto, en el Bar Pinto. 1966.

El Chocolate con Pastora y Pepe Pinto, en el Bar Pinto. 1966.

Descubrí el cante de Antonio el Chocolate en la careta del programa Con sabor andaluz, del maestro de la crítica Miguel Acal. La voz de aquella careta radiofónica era la del fotógrafo y periodista sevillano Paco Sánchez. El citado programa fue mi primera escuela. Escuchar aquello de Un grito solo, desnudo, trágico…, con el espeluznante grito seguiriyero de Antonio el Chocolate, era uno de los momentos más felices del día. El Chocolate era jerezano, pero se hizo cantaor en Sevilla. Nació en la hermosa ciudad gaditana, en el Barrio de San Mateo, el día 4 de mayo de 1930 y a la edad de 6 años ya vivía en la ciudad del Betis. La guerra del 36 la pasó, pues, en la capital de Andalucía. Tuvo una infancia difícil y se hizo cantaor “sólo por dinero”, según me dijo, “porque a mí lo que me gustaba era jugar al fútbol”, solía contar. Era un jugador fino, de arte, como no podía ser de otra manera. Los que tienen el don del arte, como Antonio, lo demuestran en cualquier cosa que hagan. El Chocolate era un magnífico actor, por ejemplo. De hecho, la primera vez que se subió a un escenario, en Melilla, lo hizo como actor. Pepe Azuaga lo llevó para que cantara, pero en el viaje perdió la voz y no podía hacerlo. Para que cobrara algún dinero Azuaga le dijo que tenía que hacer de actor en una comedia de aquellas de la posguerra. Fue un papelito corto, pero interesante. Consistía en cruzar el escenario corriendo y gritando “Estoy loco, estoy loco…”. No lo nominaron para ningún premio, pero cobró un dinerito y no se vino de vacío para Sevilla. Era un auténtico buscavidas. “Yo me paseaba por los bares de la Alamea y cuando veía a uno muy mu bien trajeao y con cara de gustarle el flamenco, le preguntaba que si le cantaba unos fandangos…”, decía Antonio. En una ocasión lo llamó un señorito muy raro y le propuso cantarle uno fandangos a su madre. “Claro, eso está hecho”, dijo Antonio. “¿Dónde vive su madre?”, le preguntó. “Mi madre vive en el cementerio”, contestó el señorito. Antonio pensó que viviría en San Jerónimo, o en alguna de las huertas que había por allí. Cuál no sería su sorpresa, cuando al llegar al cementerio, sobre las dos de la madrugada y lloviendo a mares, lo hace subirse a un montecito para que asomara la cabeza por la tapia del camposanto y le cantara a su madre los fandangos. Antonio, que tenía un miedo espantoso a los muertos, estuvo media hora cantándole fandangos a la interfecta, con letras muy propias para la ocasión: Como una madre no hay na, A mi mare de mi alma, No le pegue usté más a mi mare, entre otras. Mientras Antonio cantaba estos fandangos con la cara chorreando y los ojos como platos de La Cartuja, el señorito lloraba sin consuelo. Le pagó un dinero y lo llevó otra vez a la Alameda. ¡Lo que tuvo que hacer Antonio Núñez Montoya para llevar dinero a su casa. Todas estas cosas las quería contar Antonio en un libro, y alguna vez me comentó que fuera yo quien recogiera sus recuerdos y confesiones. Supongo que lo haría con otros compañeros de la crítica. No sé si Manolo Barrios, el gran escritor sevillano, estuvo detrás de él para escribir su vida, según me comentó Antonio un día. El Chocolate quería dos millones de pesetas por el libro, a parte de un porcentaje por las ventas. “Antonio, eso te lo quitas de la cabeza, porque no te lo va a dar ninguna editorial”, le decía yo. No es que fuera pesetero ni nada de eso; pero estaba cansado de que abusaran de él “por tres gordas”.

Arturo Pavón fue una referencia para El Chocolate.

Arturo Pavón fue una referencia para El Chocolate.

Me dijo muchas veces que tenía en su cabeza dos o tres seguiriyas inéditas de Arturo, el hermano mayor de Pastora y Tomás Pavón. Me las cantó por lo bajini y eran cantes muy cortos, dos de Triana y uno de Cádiz, al estilo de El Mellizo, según le dijo el propio Arturo. “Esos cantes tienes que grabarlos, Antonio, porque son un tesoro. “Me tienen que dar a mí muchos millones de pesetas para yo comercializar estos cantes”, dijo. Eran las rarezas del genio jerezano-sevillano, que vivió siempre de una manera humilde. Llegó a vivir en una casita de chapa en Amate, el barrio de Sevilla, cuando se casó con Rosa Montoya Flores. Y acabó sus días en un humilde piso de la barriada El Rocío, aunque tuvo también una casita en el pueblo sevillano de Brenes. Era todo su patrimonio, después de haber estado cantando toda su vida, desde que se buscaba la vida con el Bizco Amate por los corrales y casas de vecinos, siendo un niño de 12 años. Muchas veces, cuando hablábamos, se lamentaba de que les dieran tanto dinero a los cantaores nuevos, “que cantan sin alma y engañando a la los aficionaos”, decía. Era muy crítico con los jóvenes, decía que no tenían afición y que no buscaban a los viejos para aprender de ellos, “como yo buscaba al Niño Gloria, Mojama, Arturo, Tomás, Vallejo y otros muchos”, decía el maestro muy enojado. Sin embargo, algunos jóvenes cantaores le gustaban mucho, como El Potito, “aunque esté acamaronao”, decía. Y Fernandito Terremoto, “aunque esté aterremotao”. Valoraba mucho el sello personal. Yo le decía algunas veces que él estaba atomasao, cautivado por Tomás Pavón. “Pero eso era otra cosa…”, decía. “Tomás era una escuela. A través de su cante se podía ir más allá en el tiempo, a los cantes de Ramón el de Triana, del Mellizo, de Frijones, y de los Cagancho. Yo tengo la base de los Pavón, pero lo hago todo a mi manera”, decía con razón. Antonio sabía mucho de cante, pero a veces no sabía explicar las cosas.

CONTINUARÁ…

http://www.youtube.com/watch?v=ZS496Lh6F5s&feature=related

24
Mar/2010

Mi relación con Antonio el Chocolate (I)

A la memoria del genio

Chocolate en el monumento a la Niña de los Peines.

Chocolate en el monumento a la Niña de los Peines.

Corría el año 1977 y el genio de la seguiriya cantaba en la Peña Flamenca El Chozas, de la Carretera de Su Eminencia, en Sevilla, donde comencé a coquetear con el cante queriendo ser cantaor. Era tan malo que, por ser una persona muy autocrítica, decidí abandonar mi poco prometedora carrera. Otros no lo hicieron y siguen dándonos la lata por esos escenarios de España. La noche en la que El Chocolate cantó en El Chozas, acompañado a la guitarra por Paco Ávila, sentí el cante tan adentro y me hirió de tal forma, que cuando llegué a mi casa me quité la camisa por si tenía sangre por alguna parte. ¡Qué manera tan gitana de arañar la piel! Recuerdo que ya aquella noche descubrí también que Antonio era un desastre cantando con guitarra. Se tiró todo el recital diciéndole a Paco Ávila que no lo jaleara, que no le dijera ole. “Si es que me gustas mucho, maestro”, le decía el bueno de Paco. Y El Chocolate, de nuevo a la carga: “Vale; pero no me digas nada que me desconcentras, coño”, le decía. Antonio Núñez Montoya El Chocolate tenía mucha gracia, era un gitano con arte, con una frescura extraordinaria y una imaginación infantil encantadora. Tuve el privilegio de ser su amigo, de estar muchas veces con él en su casa, de viajar juntos, de vivir momentos inenarrables a su vera. En el Festival de Herrera (Sevilla) de hace unos años, estábamos sentados los dos con Rosa Montoya, su esposa, que se nos fue hace poco tiempo, el pasado año. Era hermana del gran Farruco, para los que no lo sepáis. Antonio estaba esa noche nervioso y no paraba de beber JB a secas, sin agua y sin hielo, en un vaso de plástico. Yo le decía que iba a ponerse malo, que no bebiera de esa manera, pero no me hizo caso y agarró una merluza de tres pares, aunque la disimulaba muy bien. La costumbre, claro. Bebí con él también en vaso de plástico, pero supe parar a tiempo. Cuando le tocó salir al escenario tuvimos que ayudarlo entre Antonio Carrión y yo porque apenas podía subir la escalerilla. Estaba cantando a gusto, centrado, pero al llegar a los fandangos, después de cantar dos coplas, en la tercera se olvidó de la letra, a pesar de que Carrión se las apuntaba porque conocía el repertorio del maestro mejor que él mismo. En esos casos, cuando se olvida la letra de un cante, Antonio Núñez elegía otra y no pasaba nada. Es algo que hacen todos los cantaores. Pero Antonio estaba algo bebido y le dio por decir que no cantaba otra, que quería cantar esa, la que se le olvidaba cómo acababa. Y estuvo en el escenario un rato intentando recordar la letra completa. “Déjala, Antonio, canta cualquiera, que son todas muy buenas”, le gritaban. “Que no, que tiene que ser esa; que no me voy de aquí hasta que no me acuerde”, decía. Se acordó al fin y la cantó maravillosamente. Así era el maestro. Le pregunté una vez que por qué no cantaba nunca por martinetes en los festivales, o casi nunca. “Esos cantes son para un cuarto; la gente sólo quiere fandangos”, decía. Y entonces me contó una anécdota que le ocurrió con Antonio Mairena en la localidad sevillana de Villanueva del Ariscal. Mairena no era todavía muy conocido -eran los años 50-, pero ya le gustaba cantar tonás en los pueblos, demostrar su pureza. Cuando acabaron de cantar un poco de todo, le dijo a El Chocolate: “Antonio, ahora vamos a cerrar con un mano a mano por martinetes, si te parece bien”. Le dijo varias veces que no, “que esos cantes son para cuatro; que aquí lo que gustan son los fandangos, Antonio”, le insistió El Chocolate. Pero el de Mairena dio tanto la tabarra, que lo hicieron. “Distinguido público -dijo Mairena-, después de los fandangos y los aires festeros, Antonio y yo, siendo sabedores de lo que gusta aquí el cante grande, el cante gitano-andaluz, queremos despedirnos con una ronda por tonás”. Según me contó Chocolate, cuando Mairena acabó de decir eso, el público comenzó a silbar y a tirar sillas al escenario. “Tuvimos que salir de allí por patas, por medio de los olivos, y llegamos a Gines, por lo menos”, contaba el de Jerez con mucha gracia. “Antonio Mairena era muy pesao con lo del cante gitano; esos cantes son para los aficionaos, para un cuarto”, solía decir Chocolate. Siempre con respeto, porque admiraba a Mairena y sabía de su importancia. Sin embargo, cuando podía iba a por él en los festivales, por aquello de la rivalidad bien entendida. El Chocolate sabía que en determinados cantes, como la soleá y la seguiriya, su estilo llegaba más que el de Mairena. Pero también supo siempre que nunca llegaría al magisterio del de los Alcores. “Antonio era muy seguro y muy largo; lo sabía todo”, llegó a decirme alguna vez.

CONTINUARÁ…

http://www.youtube.com/watch?v=BqYhmJH8eLw

23
Mar/2010

Y el fandango se hizo seguiriya…

A Rancapino

Antonio el de la Carzá

Antonio el de la Carzá

Fue un niño prodigio y murió con la certeza de que todos le querían con locura. Conquistó siendo un adolescente el corazón de la Niña de los Peines y el de su hermano Tomás, y treinta años más tarde hizo lo propio con Camarón de la Isla, que hizo una personal recreación de su fandango, el que Antonio creó después de la guerra, cuando sus facultades no le permitían seguir haciendo el que interpretaba en los años treinta, aquellos fandangos veloces y hondos que grabó con Sabicas. Antonio Tovar Ríos, el Niño de la Carzá,  nació en el barrio de la Calzada de Sevilla en 1913. Con 14 años ganó un concurso de cante en el que estaban de jurado Manuel Torre y El Niño Gloria. Fue en el año 1927. Este mismo año ya figuraba en los espectáculos de la Ópera Flamenca, como el que se celebró en el mes de abril en el Teatro Cervantes, el Sábado de Gloria, en el que compartió escenario con cantaores de la talla de Manuel Escacena, José Cepero, Bernardo el de los Lobitos y el Niño de las Marianas. Y con guitarristas como Manuel Bonet y Ramón Montoya. No era fácil formar parte de una compañía así con apenas catorce años de edad. Eso demuestra que era ya un cantaor con la calidad mínima y exigible para estar ante el público. En los años 30 trabajó mucho con la Niña de los Peines y Pepe Pinto. Cuando estalló la guerra del 36 estaba con ellos en Jaén después de haber triunfado en ciudades como Barcelona y Valencia. Pastora y Pepe se fueron a Madrid pero él decidió quedarse en Jaén por cuestiones de seguridad como hicieron Canalejas de Puerto Real y Enrique Orozco, entre otros. Juanito Valderrama lo incluyó en un espectáculo que organizó por orden de un coronel republicano para cantarle a las tropas. Cantaba entonces Antonio el de la Carzá Mi jaca por bulerías de forma extraordinaria. Y el cuplé Limón, limonero. Pero enloquecía al público por fandangos. Y no sólo al público. Tenía como primeros admiradores a sus propios compañeros; desde Manuel Torre hasta Manuel Vallejo, pasando por la Niña de los Peines, Pepe Pinto, El Sevillano y Juanito Valderrama. Al terminar la guerra volvió a las plazas de toros trabajando en la compañía de Manuel Vallejo. En 1947 lo hizo en Solera andaluza, donde también iban el Cojo de Huelva y Juanito Varea. En los años 50 apenas si figuraba en los carteles, dedicándose más a las fiestas. Poco antes de su muerte recibió algunos homenajes, sobre todo en Sevilla. Falleció en esta ciudad en el año 1981. Además de Camarón de la Isla, que lo adoró, son seguidores de su escuela por fandangos cantaores como Antonio el Chocolate, Antonio el Chiquetete, José el de la Tomasa, Pansequito del Puerto y Rancapino. Ellos han logrado mantener vivo su fandango y su recuerdo. En el gran cantaor sevillano no importó si fue o no gitano, porque lo admiraron tanto gitanos como castellanos. Su voz era puro melisma y cantaba con un sentimiento que, aunque hubiese sido chino, ruso o polaco se hubiese dedicado a partirle el alma al mundo con su cante. Escuchen cómo cantaba este genio.

Antonio el de la Carzá. Fandangos. ‘Si porque te crees bonita’. Guitarrista, Niño Sabicas. 1936.

22
Mar/2010

Las gallinas que entran por las que salen

A Paulino Plata

Rosa Torres, ex consejera de Cultura.

Rosa Torres, ex consejera de Cultura.

Paulino Plata, el nuevo consejero.

Paulino Plata, el nuevo consejero.

La llegada de un nuevo consejero de Cultura a la Junta de Andalucía, Paulino Plata, un auténtico profesional de la política, ¿debe importarnos a los flamencos? No debería importarnos si nuestro arte no estuviera en manos de los políticos, como lo está desde hace décadas, como lo está todo en nuestro país y, supongo, en los demás países del mundo. Se nos ha ido Rosa Torres, sin duda una defensora del flamenco y una mujer que ha apostado fuerte por lo jondo. Y ustedes se preguntarán que cómo puedo decir esto después de la crítica que le hice el pasado 5 de marzo en este mismo blog, Un atentado a la decencia. Lo cortés no quita lo valiente. Ahora que se ha ido a trabajar por su partido, es justo reconocer públicamente que esta guapa malagueña ha demostrado un gran entusiasmo por nuestro arte, y se lo agradezco, como se lo agradecí a Manuel Chaves cuando aceptó la oferta de Zapatero y pegó el bote a Madrid. También elogié alguna vez a Rosa Torres, pero los aplausos tienen menos lectores. ¿Firmará también los editoriales de La Alboreá, la revista de la Agencia del Flamenco, el señor Paulino Plata? ¿Permitirá que la Agencia tenga a sus artistas preferidos, a los que beneficia de una manera descarada? ¿Consentirá esos ciclos de conferencias con los que se premia a los críticos y flamencólogos del perol, como el de Las rutas del flamenco? ¿Seguirá con la política de enchufismo de todos estos años? Si hace lo que hizo Rosa Torres y todos los que han pasado por Cultura -no digo ya por el Centro Andaluz de Flamenco y la Agencia, que daría para un libro-, estaré ahí para denunciarlo. No es que vaya de Capitán Trueno, como alguna vez han dicho: es que amo al flamenco y me duele lo que hacen con él. Me encantaría no tener que escribir sobre los políticos, pero es que resulta que son los que mandan en esto. No saben hacer compás, pero marcan el ritmo desde sus despachos. Los flamencos hemos estado un siglo pidiéndoles ayuda a los gobernantes de España para crecer como arte y ocupar un puesto importante en el mundo. Nos han hecho caso, pero con la condición de que sean ellos los que partan el bacalao de lo jondo. Ellos deciden quiénes trabajan, quiénes reciben los premios, quiénes van a la Bienal, quiénes actúan en Mont de Marsan y en Nimes; y hasta quién tiene que ser galardonado con la Llave de Oro del Cante, que para eso se apropiaron de la marca y sólo ellos pueden volver a otorgar el prestigioso galardón que en la actualidad ostenta Fosforito. Lo controlan todo y lo deciden todo, que para eso son los que ponen el jurdó. No de sus bolsillos, claro está. Y lo más curioso de todo es que, encima, quieren reconocimientos públicos, que piden sin ningún pudor. Algún día escribiré un artículo en La Gazapera sobre cómo algunos gestores culturales de las instituciones públicas sevillanas se dedican a pedir premios. ¿Quieren una pista? La Federación de Peñas Flamencas de Sevilla concede anualmente el galardón Musa Flamenca, coincidiendo con la celebración del Festival de Sevilla. El año pasado lo recibió Guillermina Navarro Peco, diputada de Cultura de la Diputación de Sevilla, con el consiguiente enfado de otras instituciones, que quieren también el galardón y lo piden sin ninguna vergüenza. “Oye, que encima que os damos dinero…”. Esto está como está, gazaperos y gazaperas de mis entretelas. Le damos la bienvenida al señor Paulino Plata y las gracias a Rosa Torres por su sensibilidad flamenca. Pero vamos a decirlo claro y alto para que no haya sorpresas. Si no cambian las cosas en la Agencia, si Paulino Plata no es serio y sigue la misma política, estaremos ahí. Más que como el Capitán Trueno de lo jondo, como un Tío de la Vara de la flamencología. Desde La Gazapera o desde donde haga falta.