A mi sobrina Anabel
Luciérnaga era el nombre de un mochuelo que crié a mano en Cuatro Vientos. Le enseñé un nido al Niñolola grande, con dos pichones, que encontré en El Majano y cuando fuimos a por ellos para llevárnoslos a casa, discutimos agriamente sobre quién se quedaba con el pollo más hermoso, con el mejor criado. Naturalmente, se lo llevó el Niñolola, que para eso era el más fuerte de los dos. Me tocó el mochuelo más pequeñito, el más enclenque. Sabía que no lograría criarlo, pero lo cierto es que comenzó a comer cigarrones y garbanzos guisados y echó todas sus hermosas plumas marrones y grises con una precocidad asombrosa. En cambio, el del Niñolola se murió pronto, porque creo que le dio de comer arroz con leche con su canela y todo, y su cáscara de limón. Le entraron unas diarreas terribles y la espichó, claro. No puedo decir que me alegrara, pero celebré que el mío saliera de aquella delgadez y se convirtiera en el rapaz más bonito de todo Palomares. ¿Saben cómo buscábamos un nido de mochuelos? Solían anidar en las chuecas de los olivos de Mampela y la primera pista era la inmundicia en la tierra, cerca de árbol. Cuando había sospechas de que en un olivo podría haber un nido, el siguiente paso era saber si tenía crías. Se cogía una varita de olivo recién cortada y se introducía en los distintos agujeros de la chueca. Si había pichones, enseguida picoteaban la varita, que, además de mordida, salía con las pelusillas blancas de los mochuelitos. No resultaba fácil cogerlos, porque los padres no eran tontos y anidaban en los chuecos donde no había agujeros grandes, que pudiera caber ni siquiera la mano de un niño. Entonces, se amarraba un gusano a la punta de la vara y se introducía por el agujero. El pichón mordía el engaño y, cuando se notaba, sólo teníamos que tirar de la varita con cuidado y el autillo venía agarrado a ella. Luciérnaga creció en casa y estuvo con nosotros, como uno más de la familia, durante muchos meses. Dormía mucho de día, algo normal en las aves nocturnas, así que por las noches lo revolvía todo y no nos dejaba dormir. A veces encontraba un hueco por donde salir de la casa y estaba toda la noche fuera, en los olivos más cercanos al corral, maullando como los gatos. Por la mañana, cuando los primeros rayos del sol entraban por las grietas de la ventana del dormitorio, andaba sigilosamente por la habitación y se metía en su jaula de madera a dormir. Cuando ya era capaz de volar con soltura, en ocasiones me lo llevaba al colegio y desde un palo de la luz me observaba, con aquella manera de girar la cabeza, sin mover para nada el cuerpo. Regresaba solo a casa y se metía en su cubil favorito, un agujero en la pared de la cocina. Cuando veía cercana la hora de mi llegada, salía de su escondrijo y se ponía en otro palo de la luz a verme asomar la cabeza por la cuesta. Al verme salía volando y se posaba en mi hombro. Demostraba el cariño dando picotazos en el cuello, que me provocaron una herida ya ulcerada, cuya cicatriz me duró años. Aquella callosidad me lo recordaba constantemente, cuando ya no estaba entre nosotros. Nunca olvidaré la mañana en que salí al campo a buscarlo, porque amaneció y no se metió en su jaula como de costumbre. Recorrí todos los olivos de Cuatro Vientos, por si se había encariñado con alguna mochuela, pero no lo encontré. Ya por la tarde, entristecido, salí a buscarlo de nuevo y encontré su cabeza y sus patas en una cuneta. Lo había devorado un gato. Luciérnaga se había criado en casa, donde teníamos una gata, por lo que no sabía del peligro de estos animalitos.

