Archivo del 9 de Febrero de 2010

La voz modelada de Emilio Abadía

Cantes inéditos de Emilio Abadía.

Cantes inéditos de Emilio Abadía.

A Joselito Lérida

Emilio Abadía López fue uno de los mejores cantaores que ha dado Triana y, a la vez, de los grandes desconocidos de la historia del cante jondo. Nunca le interesó ser cantaor profesional y prefirió dedicarse a otra cosa, al modelado, oficio en el que estuvo muy considerado en Sevilla, donde llegó a tener una cátedra en la Escuela de Bellas Artes. Todavía se pueden ver algunos vaciados suyos en el Casino de la Exposición de la Feria Iberoamericana del año1929. Nació Emilio Abadía el día 20 de enero de 1903 en el número 67 de la trianera calle Betis, en una casa que aún existe. ¿Se puede nacer en un sitio más flamenco y más sevillano? Fueron sus padres José Abadía y Dolores López, ambos naturales de Sevilla. Curiosamente, su abuelo paterno, José Abadía, y su abuela materna, Dolores, eran de Sanlúcar de Barrameda. Y su abuelo materno, Francisco López, del pueblo levantino de Totana. Buena mezcla, sin duda alguna. No hubo antecedentes artísticos en su familia, salvo el de Fernando el de Triana, que era de la familia de su padre. Siempre se había dicho que fue Fernando quien lo bautizó en Santa Ana, por aquello del parentesco familiar, pero en su partida de bautismo constan como padrinos sus tíos Antonio López y Carmen Abadía. No obstante trató bastante al Decano del Cante Andaluz -así es como llamaban a Fernando el de Triana-, del que aprendió Emilio, según nos dijo hace unos años su hijo, José Carlos Abadía, los cantes de Cádiz y las malagueñas más antiguas. Emilio Abadía tuvo la suerte de conocer siendo sólo un niño una época del cante de Triana de una gran importancia, porque escuchó a grandes intérpretes, como el propio Fernando, y a otros muchos que habían aprendido de Manuel Cagancho, Ramón el Ollero y Lorente, tres de los pilares más importantes del cante de Triana. Como siempre tuvo una magnífica voz y una capacidad pulmonar que le permitía ligar bien los cantes -técnica fundamental en la escuela del cante jondo trianero-, era de los pocos jóvenes del barrio capaces de interpretar esta difícil escuela, que ya a finales del siglo XIX comenzaba a decaer, según los periódicos de la época. En los años 20 del pasado siglo, siendo todavía muy joven, se fue a Málaga con unos amigos y se encontró con la oportunidad de su vida, que no supo aprovechar. Como se quedaron sin dinero para volverse a Sevilla, se metieron a cantar en una taberna, con tan buena suerte que enfrente vivía el Cojo de Málaga, quien al escucharlo no dudó en bajar para contratarlo y llevárselo de gira por toda la provincia malagueña. Con él iba también Manuel Torre. Pero al de Triana no le gustaba mucho eso de entretener a los señoritos y se fue para Sevilla cuando apenas habían recorrido cuatro pueblos y había juntado para el viaje de vuelta a Triana. Grabó sus dos únicos discos en 1934 en Madrid y con el Niño Ricardo a la guitarra. Fue a grabar en compañía de Manuel Vallejo, El Sevillano y Pepe Suárez, y sólo impresionó cuatro cantes. Estos dos discos no se pudieron reeditar después de la guerra, como se hizo con otros cantaores -con Juanito Valderrama, por ejemplo-, porque las matrices fueron destruidas en un bombardeo del ejército Nacional. Emilio Abadía fue militante del Partido Comunista de España y al estallar la guerra del 36 estuvo a punto de ser fusilado por los falangistas. Curiosamente, se salvó gracias a falangistas de Triana que intercedieron por él y que quitaban siempre su nombre de la lista negra. Incluso tuvo que posponer su boda con Carmen Moreno Córdoba, que estaba fijada para el día 18 de julio del 36. Temiendo que fueran por él a la misma Iglesia de Santa Ana esa misma noche, se casó ocho días más tarde, cuando se sabía de dónde venían los tiros. Después de la guerra Emilio se dedicó en firme a su trabajo en Bellas Artes y a cultivar el cante flamenco sólo entre amigos de su gusto. Frecuentó la famosa Tertulia de Radio Sevilla, de Rafael Belmonte; y estuvo muchas veces en la Peña El Chocolate, en La Soleá de Triana y en El Sombrero, pero sólo para cantar entre los suyos, entre sus amigos alfareros y cantaores. Murió el día 17 de agosto de 1986 y está enterrado en la localidad sevillana de Mairena del Aljarafe. A pesar de su escasa discografía, Emilio Abadía es uno de los clásicos del cante jondo trianero. No hay tertulia flamenca, si ésta se celebra en Triana, donde no salga a relucir el nombre del que cantó como nadie los bravos y melódicos cantes alfareros del arrabal sevillano.

La mirada de ‘Luciérnaga’

A mi sobrina Anabel

Mi casita de Cuatro Vientos. Fotografía de Quico Pérez Ventana.

Cuatro Vientos. Fotografía de Quico Pérez Ventana.

Luciérnaga era el nombre de un mochuelo que crié a mano en Cuatro Vientos. Le enseñé un nido al Niñolola grande, con dos pichones, que encontré en El Majano y cuando fuimos a por ellos para llevárnoslos a casa, discutimos agriamente sobre quién se quedaba con el pollo más hermoso, con el mejor criado. Naturalmente, se lo llevó el Niñolola, que para eso era el más fuerte de los dos. Me tocó el mochuelo más pequeñito, el más enclenque. Sabía que no lograría criarlo, pero lo cierto es que comenzó a comer cigarrones y garbanzos guisados y echó todas sus hermosas plumas marrones y grises con una precocidad asombrosa. En cambio, el del Niñolola se murió pronto, porque creo que le dio de comer arroz con leche con su canela y todo, y su cáscara de limón. Le entraron unas diarreas terribles y la espichó, claro. No puedo decir que me alegrara, pero celebré que el mío saliera de aquella delgadez y se convirtiera en el rapaz más bonito de todo Palomares. ¿Saben cómo buscábamos un nido de mochuelos? Solían anidar en las chuecas de los olivos de Mampela y la primera pista era la inmundicia en la tierra, cerca de árbol. Cuando había sospechas de que en un olivo podría haber un nido, el siguiente paso era saber si tenía crías. Se cogía una varita de olivo recién cortada y se introducía en los distintos agujeros de la chueca. Si había pichones, enseguida picoteaban la varita, que, además de mordida, salía con las pelusillas blancas de los mochuelitos. No resultaba fácil cogerlos, porque los padres no eran tontos y anidaban en los chuecos donde no había agujeros grandes, que pudiera caber ni siquiera la mano de un niño. Entonces, se amarraba un gusano a la punta de la vara y se introducía por el agujero. El pichón mordía el engaño y, cuando se notaba, sólo teníamos que tirar de la varita con cuidado y el autillo venía agarrado a ella. Luciérnaga creció en casa y estuvo con nosotros, como uno más de la familia, durante muchos meses. Dormía mucho de día, algo normal en las aves nocturnas, así que por las noches lo revolvía todo y no nos dejaba dormir. A veces encontraba un hueco por donde salir de la casa y estaba toda la noche fuera, en los olivos más cercanos al corral, maullando como los gatos. Por la mañana, cuando los primeros rayos del sol entraban por las grietas de la ventana del dormitorio, andaba sigilosamente por la habitación y se metía en su jaula de madera a dormir. Cuando ya era capaz de volar con soltura, en ocasiones me lo llevaba al colegio y desde un palo de la luz me observaba, con aquella manera de girar la cabeza, sin mover para nada el cuerpo. Regresaba solo a casa y se metía en su cubil favorito, un agujero en la pared de la cocina. Cuando veía cercana la hora de mi llegada, salía de su escondrijo y se ponía en otro palo de la luz a verme asomar la cabeza por la cuesta. Al verme salía volando y se posaba en mi hombro. Demostraba el cariño dando picotazos en el cuello, que me provocaron una herida ya ulcerada, cuya cicatriz me duró años. Aquella callosidad me lo recordaba constantemente, cuando ya no estaba entre nosotros. Nunca olvidaré la mañana en que salí al campo a buscarlo, porque amaneció y no se metió en su jaula como de costumbre. Recorrí todos los olivos de Cuatro Vientos, por si se había encariñado con alguna mochuela, pero no lo encontré. Ya por la tarde, entristecido, salí a buscarlo de nuevo y encontré su cabeza y sus patas en una cuneta. Lo había devorado un gato. Luciérnaga se había criado en casa, donde teníamos una gata, por lo que no sabía del peligro de estos animalitos.