Archivo del 5 de Febrero de 2010

¡Cómo cantaba el Cojo de Málaga!

A Manolo Navarro

El Cojo de Málaga en una fotografía poco conocida, haciendo publicidad de sus discos y de otros compañeros, en una revista argentina.

El Cojo de Málaga en una fotografía poco conocida, haciendo publicidad de sus discos y de otros compañeros, en una revista argentina.

Siendo uno de los mejores cantaores de su tiempo, Joaquín Vargas, el Cojo de Málaga, como ocurrió con Escacena y pasa aún con el Niño Medina o Juanito Mojama, estuvo muchos años olvidado. Una biografía de Gonzalo Rojo y la reedición en soportes modernos de su extensa discografía lo han rescatado del olvido y hoy ya está considerado por todos los críticos como un clásico del cante jondo, sobre todo del cante llamado minero, del que fue un verdadero especialista con poco que envidiarle a un Chacón o al propio Niño de Escacena. Nació en Málaga, en la calle Ermitaño, 4, del barrio de El Molinillo, el 27 de julio de 1880. Hijo de José Vargas y Dolores Soto -gitanos los dos, como pueden adivinar por sus apellidos-, al poco tiempo de nacer sufrió una poliomielitis que lo dejó cojo, obligándolo a llevar una muleta durante toda su vida. A pesar de su invalidez, lo del Cojo de Málaga como remoquete artístico llegaría después de que fuera conocido, primero,  por el sobrenombre de el Cojo de las Marianas, por darse a conocer con este cante a principios de siglo, que hacía furor en Andalucía y dio nombre a otro buen cantaor sevillano, el Niño de las Marianas. El Cojo comenzó a cantar en las tabernas y fiestas de su ciudad natal y siendo aún adolescente se fue a vivir a Linares, donde conoció a dos cantaores locales que marcarían su estilo: El Grillo y El Sordo. Linares era entonces una ciudad donde se movía mucho el dinero, por lo de la minería, lo que contribuyó a que se abrieran muchos cafés cantantes, como ocurrió en el pueblo murciano de La Unión. Llegó a cantar en algunos de estos cafés, pero pronto abandonaría Linares para afincarse en La Línea de la Concepción y montar junto a un cantaor y bailaor de la localidad jiennense antes citada, José Maya Cortés, José de la Luz, una compañía que apenas si tuvo éxito. No obstante, es preciso decir que fue de las primeras compañías de cantaores que se crearon por iniciativa de un profesional del género. Con los cafés andaluces en clara decadencia, por la marcha de la región, que no terminaba de levantar cabeza, El Cojo hace continuos viajes a Madrid para actuar en sus cafés cantantes, por los que iban pasando todas las grandes figuras del flamenco desde los tiempos de Silverio Franconetti. En 1906 inauguró El Café del Gato, que estuvo en la calle Álvarez Gato, de ahí su nombre. Actuó con él Sebastián Muñoz El Pena, otro cantaor malagueño de gran importancia. Desde esta primera aparición en un escenario de Madrid no paró de actuar en la Villa y Corte, siendo siempre muy bien acogido por los aficionados. Al igual que Escacena, participó en la Copa Pavón, donde recibió una mención honorífica -el ganador fue el sevillano Manuel Vallejo- y en el homenaje ofrecido a Antonia la Coquinera.  A Sevilla llega en los inicios de la segunda década del siglo XX, cuando ya habían abandonado la ciudad cantaores como Manuel Escacena, Pepe el de la Matrona, Antonio el Macareno, el Niño de las Marianas y Fernando el Herrero. Se presentó en El Novedades, al parecer actuando con Antonio Chacón y Manuel Torre -sus dos grandes ídolos-, y con bastante éxito. Tanto aceptación tuvo, que no dejó de cantar todos los años en Sevilla -sus saetas siempre fueron muy apreciadas en la capital andaluza-, donde conoció a la que convirtió en su esposa, la bailaora Carmen Núñez Porras, gitana como él y natural de la localidad gaditana de San Fernando, con la que tuvo cinco hijos, de los que sólo le vivieron dos. Fue Fernando el de Triana, en su magnífico libro antes citado, el primero que escribió de él con cierto rigor crítico: “Este fue un excelente cantaor de tarantas, mientras no se salió de los cantes mineros. Después se dedicó a renovar sus creaciones, no teniendo suerte, pues arregló lo nuevo y original con cantes ya conocidos y poco apropósito para su voz, por lo cual dejó de interesar al público y a los aficionados. Si el Cojo de Málaga no hubiera abandonado sus cantes primitivos -a pesar de ser puramente mangurrinos-, como les imprimía una expresión sencilla, pero sentimental, a la vez que dulce, por su bien timbrada voz, no se hubiera disipado tan pronto la popularidad que disfrutó”. Una de las ciudades donde más seguidores tenía era Barcelona, en la cantó por primera vez en 1917 contratado por el guitarrista Miguel Borrull padre, que regentaba entonces el famoso tablao Villa Rosa. En los años treinta todavía eran muy celebradas sus actuaciones en el Cine Siberia. El jueves día 2 de agosto, según nos relató un veterano aficionado, estuvo genial junto al Niño de la Palma de Oro, Fanegas, Vallejito y un cuadro de baile  en el que figuraban La Palmira, La Camisona, Luisa la Guapa y Micaela la Mendaña. Ya vivía El Cojo en la ciudad condal -desde 1931- y tenía en ella una gran cantidad de seguidores. Murió precisamente en Barcelona, de hemorragia cerebral, el día 14 de agosto de 1940. Vivía en la calle Cirés nº 13. Falleció en la más denigrante de las pobrezas, como Manuel Escacena, siendo enterrado de caridad por un popular cómico catalán. Así de agitada y de triste al final de sus días fue la vida de este gran cantaor de flamenco, empedernido empresario y persona, según quienes le trataron, de refinada gracia y gran corazón. Nunca olvidaremos su famosa levantica grabada con Miguel Borrul en el año 1921:

Ay, la llamo.

Y toas las mañanas la llamo

para echarle de comer.

Y al tiempo de echarle el grano,

que donde se vino a poné,

que la tortolica en la mano.

Flamencas revolucionarias

A Mayte Martín

Las flamencas de antaño eran unas revolucionarias. Sólo hay que mirar a La Águeda, con traje de luces, Rosario Robles la Honrá -de Coria del Río, según Daniel Pineda Novo- y La Juanaca, abajo. Fue La Cuenca la que abrió brecha, seguida de Salud Rodríguez, conocida por la Hija del Ciego, guitarrista puntero. Todas eran del siglo XIX. El escritor y periodista sevillano, de Camas, José Muñoz  San Román, se refirió a este asunto en un precioso reportaje de Mundo Gráfico, del 13 de mayo de 1931. El artículo aporta unos datos interesantes -además de fotografías desconocidas-, que ponemos a disposición de los gazaperos y gazaperas del mundo, si no lo han visto ya en alguna otra parte, porque cada día hay más publicaciones antiguas digitalizadas:

Las flamencas con traje de varón

flamenco3

La Águeda, cantaora malagueña.

Entre la última veintena de años del siglo XIX y primera década del actual, estuvieron en su mayor auge los cafés cantantes de Sevilla, aquellos centros tan renombrados que eran como templos del cante netamente flamenco. A ellos concurría el público castizo de toda la comarca y buen número de extranjeros para admirar a los más celebrados artistas, siendo frecuentísimas las juergas corridas en sus camarotes por personas muy principales de la ciudad y amigos forasteros, y. por los más interesantes intérpretes del baile flamenco y del cante jondo. Se refieren muchas anécdotas de estas fiestas, de las que eran los más señalados protagonistas los toreros más famosos, cuyo rumbo se hacía bien patente. Durante las juergas consumíase con abundancia la manzanilla sanluqueña,

La Robles, vestida de majo.

La Robles, vestida de majo.

servida en bandejas de cien cañas, que valían, por entonces, la gran cantidad de cincuenta reales. Esto sucedía en el célebre Café de Silverio, de la calle del Rosario; en el Burrero, de la calle de la Sierpes; en el de Novedades, de la Campana, y en el Filarmónico, de la calle del Amor de Dios, entre otros menores.servida en bandejas de cien cañas, que valían, por entonces, la gran cantidad de cincuenta reales.

En estos cafés cantantes se bailaban danzas de conjunto, y también se hacían números solos por las más lucidas maestras. Se bailaba por zapateado, el vito, los panaderos flamencos, y tangos de chufla, muy alegres y vistosos, que enloquecían al público, haciéndolo aplaudir frenéticamente. Los acompañaba a la guitarra, de aquella manera singular que no ha sido sobrepujada, el renombrado Pérez, quien, al final de la fiesta, solía bailar también con la Rubia o con la Macarrona, que ya se destacaba con verdadero relieve de artista de raza.

Desde el año ochenta comenzaron las flamencas que bailaban solas a vestir el traje de varón; bien el de majo con botines, calzón corto, chaquetilla flamenca y sombrero de queso, o bien el de luces que usan los toreros. Esta costumbre se generalizó hasta diez años después de comenzada, en que empezó a decaer. Los trajes de majo confeccionábalos el nombrado Vito, que tenía su tienda en la Alfalfa, donde vivió y se formó el gran Espartero, y el de luces el más renombrado sastre Manfredi.

Al parecer, se trata de La Juanaca.

Al parecer, se trata de La Juanaca.

La primera flamenca que usó en los bailes el traje de hombre fué la Cuenca. Calzaba preciosos brodequines, y vestía calzón corto de fina seda negra, con botones de plata y linda chaquetilla de terciopelo. Se ceñía la cintura con hermoso pañuelo de seda a modo de faja, y al cuello llevaba una riquísima cadena de oro para el reloj. Y se tocaba la cabeza, de pelo negrísimo, con un bonito sombrero majo. En algunos de sus bailes empleaba muleta y espada de matador, para simular con ellas faenas toreras.

A su semejanza se vestía también la Robles, y entre otras, usaba el traje de luces, llevándolo como ninguna, la Juanaca, mujer de Seisdedos. Mas a pesar de lo mucho que por entonces costaban dichos trajes y de lo que valían las artistas que los lucían, era bien poco lo que ganaban con su profesión, alcanzando la que más a percibir diez pesetas por noche.

Por último, se recuerda que, como cosa extraordinaria, María Piteri y Joselito Castillo, actual dueño del Circo Alegría, fueron contratados para actuar en Valladolid por setenta reales la pareja. ¡Lo que va de ayer a hoy!

J. MUÑOZ SAN ROMÁN