A José Enrique Moreno
El otro día fui a comprarme un chándal a unos grandes almacenes de Alcalá de Guadaíra, y estuve a punto de espicharla en un improbable probador tipo féretro. Por motivos de seguridad –para evitar el mangoneo–, las prendas tienen un sistema antirrobo que me saca de quicio. El chándal se compone de dos piezas: chaquetilla y pantalón. Lo normal es ponerse primero la taleguilla y luego la chaqueta, como los toreros. Con este sistema de seguridad hay que ser contorsionista, como mínimo, para probarse un chándal en un probador como aquél, porque las dos piezas suelen estar unidas por un ingenio, que si se te ocurriera salir de la tienda sin pagar se pondría a llamar al Séptimo de Caballería. La muchacha que me atendió, de una amabilidad filipina, se esforzó en explicarme cómo debía probarme la prenda y, sinceramente, entendí a la perfección su explicación a pesar de no haber estudiado en Oxford. Cuando entré en el probador y comprobé que era un ataúd puesto en pie, supe en seguida que tendría serios problemas para ver si el chándal me estaba bien. Me probé primero el pantalón, como me dijo la amable señorita; después, retorciéndome en el sarcófago como un congrio, logré meter los brazos en la chaquetilla. Pero no sé cómo me la ingeniaría, que en cinco segundos me veo colgado de una percha con el pantalón del chándal cortándome el escroto y la chaquetilla enredada en el cuello e impidiéndome respirar. Como me estaba auto estrangulando, apenas podía pedir socorro y estuve colgado de la percha una media hora, acordándome de mi familia y de los antepasados más remotos del que inventara este método antirrobo tan complicado y denigrante. Bregando mucho y emulando a Houdini logré descolgarme del maldito perchero y desenfundarme el chándal. Menos mal que me estaba dibujado, y me lo llevé a casa. Cada vez que pienso que podría haber muerto ahogado por la chaquetilla de un chándal en el probador de unos grandes almacenes, acabo descojonándome, porque es la segunda vez en mi vida que me compro una de estas prendas de deporte. Eso de correr, como diría el gran Rogelio Sosa Ramírez –el genio de fútbol andaluz–, es de cobardes. O sea, que antes de pensar en comprarse un chándal y ponerse a perder kilos, y de visitar a un médico para que le diga cómo está del corazón, asegúrese de que en la tienda donde vaya a comprárselo utilicen otro sistema antirrobo y probadores donde no tenga que retorcerse como una anguila para tantear la prenda. No es mal amigo el que avisa. Desde que me pasó esto, suelo tener unas horribles pesadillas y cada vez que veo el chándal se me pone la cara de un muerto.
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Carmen Arjona · 3 Febrero 2010 a las 18:43
Lo ves como el deporte es muy peligroso. Yo no sé tú, pero yo sí que me he descogorciado de los tuétanos leyendo semejante tropelía a tu dignidad circense.
¿Cómo te pueden pasar estas cosas, “jomío”? No será por que no eres grande, que a metros pocos te ganan. O será por eso, por lo grande, porque en mi caso alcanzar las pajoleras perchas es todo un reto de altura.
Un puñao de besos grandes.
P.D. Mi hija dice que le jures que te ha pasado de verdad. No da crédito a la lectura. Será porque es adolescente.
Author comment by lagazapera · 3 Febrero 2010 a las 19:45
Exagero un poquito, porque ninguna percha aguantaría mi peso media hora sin ningún punto de apoyo. Pero es cierto que, como chaquetilla y pantalón iban unidos por ese cacharro antirrobo, cuando me puse el pantalón tiré de la chaqueta para arriba, sin ver nada, y se enganchó en una percha. Y, claro, estuve un buen rato medio colgado intentando desatarme, con la taleguilla castigándome las partes nobles y los brazos en la espalda. Dile a tu hija que se lo juro, que fue más o menos como lo he contado.
Un abrazo.
Quino Castro · 4 Febrero 2010 a las 9:01
Gracias por hacerme reír en una mañana de lluvia como la de hoy… aunque me ha durado poco la gracia leyendo lo malito que está Fernando, espero y deseo que los aires del Malecón le enderecen el corazón. Y tu hazle caso a Rogelio…
un abrazo
(seguimos pendientes de nuestro encuentro)