Archivo del 2 de Febrero de 2010

Pánico en el probador

A José Enrique Moreno

rebajasEl otro día fui a comprarme un chándal a unos grandes almacenes de Alcalá de Guadaíra, y estuve a punto de espicharla en un improbable probador tipo féretro. Por motivos de seguridad –para evitar el mangoneo–, las prendas tienen un sistema antirrobo que me saca de quicio. El chándal se compone de dos piezas: chaquetilla y pantalón. Lo normal es ponerse primero la taleguilla y luego la chaqueta, como los toreros. Con este sistema de seguridad hay que ser contorsionista, como mínimo, para probarse un chándal en un probador como aquél, porque las dos piezas suelen estar unidas por un ingenio, que si se te ocurriera salir de la tienda sin pagar se pondría a llamar al Séptimo de Caballería. La muchacha que me atendió, de una amabilidad filipina, se esforzó en explicarme cómo debía probarme la prenda y, sinceramente, entendí a la perfección su explicación a pesar de no haber estudiado en Oxford. Cuando entré en el probador y comprobé que era un ataúd puesto en pie, supe en seguida que tendría serios problemas para ver si el chándal me estaba bien. Me probé primero el pantalón, como me dijo la amable señorita; después, retorciéndome en el sarcófago como un congrio, logré meter los brazos en la chaquetilla. Pero no sé cómo me la ingeniaría, que en cinco segundos me veo colgado de una percha con el pantalón del chándal cortándome el escroto y la chaquetilla enredada en el cuello e impidiéndome respirar. Como me estaba auto estrangulando, apenas podía pedir socorro y estuve colgado de la percha una media hora, acordándome de mi familia y de los antepasados más remotos del que inventara este método antirrobo tan complicado y denigrante. Bregando mucho y emulando a Houdini logré descolgarme del maldito perchero y desenfundarme el chándal. Menos mal que me estaba dibujado, y me lo llevé a casa. Cada vez que pienso que podría haber muerto ahogado por la chaquetilla de un chándal en el probador de unos grandes almacenes, acabo descojonándome, porque es la segunda vez en mi vida que me compro una de estas prendas de deporte. Eso de correr, como diría el gran Rogelio Sosa Ramírez –el genio de fútbol andaluz–, es de cobardes. O sea, que antes de pensar en comprarse un chándal y ponerse a perder kilos, y de visitar a un médico para que le diga cómo está del corazón, asegúrese de que en la tienda donde vaya a comprárselo utilicen otro sistema antirrobo y probadores donde no tenga que retorcerse como una anguila para tantear la prenda. No es mal amigo el que avisa. Desde que me pasó esto, suelo tener unas  horribles pesadillas y cada vez que veo el chándal se me pone la cara de un muerto.

El año que murió Franco

A Jorge Molina

Franco.1El 1 de febrero de 1975 un guardia municipal de Cáceres obligó a retirar de un escaparate La maja desnuda, de Goya, por considerar dicha pintura “indecente y pornográfica”. Cosas como ésta nos sorprenden treinta y cinco años después, pero entonces eran habituales en España. Mientras aquí ocurrían hechos tan pintorescos, Federico Fellini ganaba el Óscar a la mejor película extranjera por Amacord, en la que una de las actrices protagonistas enseñaba uno de sus pechos, de un tamaño increíble y todo de carne magra, sin trampa ni cartón. Seguramente, el inmaculado municipal extremeño disfrutaría viéndola, y esa misma noche le alegraría la vida a su mujer. He descubierto lo apasionante que puede ser consultar libros de estadísticas. El referido a la provincia de Sevilla, de 1975, ofrece unos datos que valdrían para hacer un retrato perfecto de la sociedad de entonces. En lo referente, por ejemplo, a los suicidios de aquel año, el de la muerte de Franco, es curioso que no conste ninguna viuda y sí seis viudos, lo que demuestra la fuerza de voluntad y sacrificio de las mujeres de esta tierra en los momentos difíciles. En Alicante, ciudad de muchos menos habitantes que Sevilla, se suicidaron cinco viudas ese mismo año. Se quitaron la vida en total en la provincia de Sevilla 58 personas: 21 solteros, 20 casados, 6 viudos y 11 mujeres: seis casadas y cinco solteras. Llama la atención el gran número de suicidios de solteros, si comparamos las cifras de unos y otros. Hubo 707 abortos registrados. Noviembre fue el mes en el que hubo menos: sólo 43. Julio fue el que más, con 80 abortos, casi el doble. En cuanto a los extranjeros residentes en Sevilla, sólo había 2. 255. Eran 681 portugueses, 147 americanos, 172 italianos, 153 franceses, 14 marroquíes, 7 chinos, y sólo un danés. Había 16 sin nacionalidad y ni un solo finlandés. Sólo trabajaban 667 extranjeros. En Madrid había 15.000. Y en Almería, donde tantos foráneos trabajan ahora, sólo había 183 registrados. La bicicleta era el medio de transporte más utilizado. Había en Sevilla y su provincia 67. 774. Ni una sola estaba matriculada. Turismos había 17.206. Y motocicletas, 505. Lo curioso es que existían 10. 526 licencias de ciclomotor. O sea, que diez mil personas tenían la licencia, pero no la moto. El salario mínimo era de 280 pesetas diarias y una motocicleta costaba un ojo de la cara. En kilómetros de autopistas y autovías no estábamos mal en comparación con otras provincias españolas. De los 619 kilómetros de toda España, Sevilla tenía 49. Valencia, por ejemplo, sólo 16. Había 23 cooperativas registradas en la provincia de Sevilla: 1 del campo, 2 de consumo, 6 de viviendas y 14 industriales. Con 551 socios en total. De médicos estábamos regular. Había sólo 2. 744. Enfermeras había 1. 996. Veterinarios, 269, con sólo dos mujeres en la especialidad. Y había 152 matronas registradas. Y hablando de matronas, aquel año se asistieron 1. 077 partos, de los cuales sólo 864 fueron normales. 119 fueron de mujeres solteras y no parió ninguna viuda. Además de no arrojar la toalla, sabían guardar el luto. Llama la atención el número tan elevado de hombres que visitaron al urólogo en aquel año de 1975. Dieron el difícil paso 1.587 hombres. Es curioso, porque el urólogo es el médico al que nadie visita nunca. Pero ahí está el libro de registros de enfermedades de declaración obligatoria. En una ciudad taurina por excelencia, como Sevilla, llama la atención que se representaran aquel año 505 obras de teatro en la provincia de Sevilla, sólo 29 corridas de toros y 34 novilladas con picadores. Había 383 cines censados, aunque sólo proyectaron películas 251. En total, 2. 390 cintas. Aquel año las películas españolas recaudaron 111. 267 pesetas, y las extranjeras, 191. 697. De cotos privados de caza estábamos muy bien. Mejor que de reforma agraria. Había 928 cotos para 30.520 licencias de caza. Sin embargo, de cotos de pesca fluvial andábamos peor: sólo contábamos con 11 para 6.624 licencias. El porcentaje de éxito en el envío de telegramas era escandaloso: de 34. 000 que se mandaron ese año, sólo se recibieron 21. 744. Tampoco cuadraban los números en la cuestión del paro registrado. Había 18.000 parados, hubo 46. 256 demandas de empleo y 33. 787 colocaciones. Y para que no se olvide, 46. 389 accidentes de trabajo. ¡Qué tiempos aquéllos! Todavía hay quienes dicen que no hemos avanzado prácticamente nada. ¡Anda que no! Y que hemos cambiado más bien poco. ¡Manda cojones! Otra cuestión es que haya quienes no desean ni una cosa ni la otra. Creo que no les vendría mal mirar de vez en cuando los libros de estadísticas