A Antonio Bascón Torres
Este interesante texto ya lo dimos a conocer hace muchos años, pero merece la pena traerlo a La Gazapera para comentar algunas cosas relativas a la leña que le dieron a Silverio Franconetti por regentar un local donde los que tenían el don del arte jondo lo compartieran con los aficionados. Cobrando, claro, porque el flamenco nació como espectáculo público cuando a alguien se le ocurrió meter a un cantaor o a una bailaora en un café, y aumentó notablemente su clientela. No sé por qué motivo, se ha pensado siempre que fue Silverio el primero que lo hizo, el que convirtió en profesionales de lo jondo a los gitanos, pero no es así. Al parecer, en 1768 a un vienés de la Karistrase que veía impotente cómo su cervecería se venía abajo, se le ocurrió una magnífica idea. Viendo cómo en la calle cantaban y bailaban unos gitanos húngaros, y que su local se quedaba vacío, se preguntó: “¿Y si hicieran eso en mi cervecería?”. Se lo propuso a los músicos y bailarines callejeros, aceptaron el ofrecimiento del afanoso industrial y así fue cómo levantó el negocio. Tanto éxito tuvo esta iniciativa, que en 1795 había en Viena seis cafés cantantes, según hemos podido leer en una revista del siglo XIX. En seguida se apuntaron los alemanes, los belgas, los franceses y los españoles. Silverio era todavía un niño cuando ya iban los cantaores andaluces a los cafés de Madrid a trabajar. Gitanos y no gitanos. Bien cierto es, que fueron Silverio y El Burrero, sevillanos los dos, quienes comenzaron a programar flamenco en los cafés sevillanos, digamos, de una manera ya organizada, una vez que comenzaron a decaer las academias de los hermanos de la Barrera. Por diferencias a la hora de programar espectáculos, estos dos ilustres sevillanos rompieron su sociedad y cada uno eligió su camino. Fue entonces cuando El Burrero siguió solo con su famoso Salón Ojeda, primero en la calle Tarifa y luego en Sierpes, y Silverio abrió el suyo, con su nombre, en el número 4 de la céntrica calle Rosario. Lo único que hizo Silverio fue dar trabajo a los artistas y aportar a Sevilla un local donde el lugareño y el turista podían disfrutar de un arte hermoso, como ya era el flamenco, sólo por la consumición de una copa. A pesar de eso, el anónimo autor de este artículo -firma con el pseudónimo de El Rancio-, pone al gran cantaor a caer de un burro -todavía vivía el maestro- para, al final, ensalzar a Ramoncillo el de Triana, quien también cantaba en los cafés de Sevilla y de la capital de España, además de en las fiestas de señoritos adinerados de la Sevilla del XIX.
Perdí la referencia del artículo, pero su publicación es anterior a 1889, el año de la muerte de Silverio:
“Siendo el Café del Burrero uno de los sitios más visitados de Sevilla, no sólo por los naturales, sino también por los forasteros y por quienes de tierras lejanas vienen a visitar a la Reina de Andalucía y a conocer y estudiar sus costumbres más típicas, sobre todo en esta época en que se celebran nuestras renombradas fiestas de Abril, damos hoy un clissé, reproduciendo una fotografía del tablado ó escenario donde se presentan los artistas que trabajan en dicho salón cantante. Ya que nos ocupamos del Burrero, y teniendo que hacerlo de los cantaores flamencos, no dejaremos pasar esta ocasión sin decir cuatro palabras sobre la decadencia a que ha llegado el clásico y sentido cante gitano. ¡Mentira parece que un artista tan notable como el famoso Silverio Franconetti, fuera el iniciador de conciertos, primero, y después quien estableciera esos cafés cantantes en los que no se ha conseguido otra cosa que la completa corrupción y degradación del cante. No es posible concebir ni explicarse la causa de que cantaor de tan buena cepa como Silverio, sólo por ganar dinero, se decidiera a proteger artistas que, con sus tangos, cancanes y payasadas, vinieran a relajar el buen gusto, concluyendo con los verdaderos aficionados, que, no escuchando ya lo clásico, han perdido el rumbo y abandonado la buena senda seguida siempre por los que “distinguiendo”, dieron al cante “gitano” días de gloria entre la gente conocedora de su mérito y originalidad. El Café del Burrero ha llevado aún más allá la decadencia iniciada por Franconetti respecto a la marcha de estos establecimientos; en el Café del Burrero no hay nada en la actualidad que pueda llamar la atención, ni en cante; porque hoy es raro encontrar un cantaor que conozca algo de lo clásico, ni en toque, ni en baile. El cuadro de artistas que hay en él no merece el nombre de tales, porque no saben cantar, ni tocar, ni bailar; no hacen más que bufonadas “anti-artísticas”, poniendo de relieve el más gusto de la época que atravesamos. Lo hemos dicho y lo volvemos a repetir; el abuso de la malagueña y el tango ha sido la causa principalísima de la corrupción del verdadero, del genuino cante, dando motivo para que los aficionados, dejándose llevar de la novedad, hayan abandonado el estudio del estilo sentimental y cadencioso de la típica soleá, de la sentenciosa y melancólica seguidilla, del alegre y simpático juguetillo y de tantos estilos de cante que, como el polo, la caña, las serranas, las tonás, las livianas, martinetes y deblas, venían a formar el variado catálogo de nuestros especialísimos cantos populares.
Hoy en Sevilla, queda, sin embargo, un cantaor, quizás el único, que, perteneciendo a la buena escuela y a pesar de haber cantado también en esos cafés, continúa practicándola con verdadera satisfacción de los antiguos aficionados, que siempre lo escuchan con silencio religioso; nos referimos a Ramón Rodríguez Vargas, conocido por “Ramoncillo el de Triana”. Aprendió en la buena escuela de Silverio y de otros cantaores que alcanzó; y verdadero y entusiasta aficionado, imitó su estilo por seguidillas, asimilándose lo que escuchó de los más juncales, sobre todo las inimitables soleares y juguetillos del Quino y de la Gómez, gitanos célebres del no menos célebre barrio de Triana. Es un cantaor general, para lo que hoy se usa, que se sale de la regla, y que puede escucharse, sin temor alguno de que cante espontáneamente tangos ni danzas, como no se lo pida alguno de los profanos, que lo suelen llamar para escucharlo. Durante los días de Feria, su nombre es repetido de caseta en caseta y Ramoncillo prodiga sus cantares y los reparte, como pan bendito, entre el número escaso de personas que practican todavía las costumbres típicas y serranas de esta “Seviyiya” que no tiene rival en el Universo. Acompañado de su “tocaor”, el modesto y bonachón Antonio Fernández, conocido por el “Malagueño”, va a los sitios donde lo esperan los buenos aficionados , y apenas llega, se arma la juerga más “gitana” que darse puede. Ramoncillo es muy apreciado, no sólo como artista, sino como hombre, porque posee buenas cualidades. Tipo del cantaor antiguo, no es “mangón”, como la mayoría de los que hoy tienen su mismo modo de vivir; no mete la pata nunca y luego es el primero que se gasta la luz que gana practicando su arte”.
Aunque parezca mentira, aún hay aficionados que están en contra de que el flamenco se suba a los escenarios. Son los que prefieren la juerga familiar, el ratito en la taberna, el cuartito. No tienen por qué ser compatibles las dos formas de disfrutar de nuestro arte.
























