Monthly Archives: Enero 2010

31
Ene/2010

¿El año de Manuel Vallejo?

Al cantaor Miguel de Tena

Manuel Vallejo el día que recibió la Llave de Oro del Cante, en 1926

Manuel Vallejo el día que recibió la Llave de Oro del Cante, en 1926

El año que acabamos de comenzar puede ser el de Manuel Vallejo porque se conmemorarán los cincuenta de su muerte, ocurrida el 7 de agosto de 1960 en el Hospital Central de Sevilla. No es cualquier efemérides, sino la del óbito de uno de los cantaores más importantes de la historia del cante flamenco, segunda Llave de Oro y una discografía de pizarra sin parangón entre los artistas de su tiempo. Su obra discográfica va a ser reeditada al completo, seguramente este mismo año y por la empresa sevillana Fonotrón, lo que es siempre una garantía de buen sonido y una completa documentación.

Si se analizara de forma objetiva, sin apasionamientos ni prejuicios sanguíneos y de tipos de voces, la calidad y el dominio de este artista sevillano, podríamos llegar perfectamente a la conclusión de que no ha habido uno más completo que él. Exceptuando la Niña de los Peines, que fue un caso aparte. A Manuel Jiménez y Martínez de Pinillos, que así es como se llamó en realidad este genio del cante andaluz, le tenían cariño todos los estilos, por muy difíciles que fueran. En todos los palos tuvo una altura de interpretación extraordinaria; pero en algunos, como las bulerías, las saetas, los tangos, las tarantas, las granadinas y los fandangos por soleá, el de la calle Padilla se fue de este mundo sin que le movieran la silla.

Fue el más grande durante cuarenta años, cuando ser grande era muy difícil porque había muchos grandes del cante en su época: Marchena, Pastora Pavón, Manuel Torre, el Niño de Medina, Manolo Caracol, Tomás Pavón, El Gloria, Juanito Mojama, el Cojo de Málaga, José Cepero, Pepe Pinto, El Carbonero y El Sevillano, entre otros. Después de llevar cincuenta años enterrado, Manuel Vallejo sigue siendo un gigante del cante. Hoy quizá más que cuando murió, porque algunos se han preocupado en rescatar su obra del olvido más absoluto, como los aficionados Manuel Centeno y Manolo Cerrejón. Pocos discuten hoy la enorme calidad de este cantaor portentoso, que vivió siempre como le dio la gana, ganando todo el dinero que quiso y dilapidándolo cómo y donde le apeteció. Al final de sus días pagó las consecuencias, como les ocurrió a algunos de sus más célebres compañeros del arte.

Calle Padilla donde nació Manuel Vallejo, en 1891.

Calle Padilla donde nació Manuel Vallejo, en 1891.

Nació el genio a las 12 horas del día 15 de octubre de 1891, en la casa número 1 de la barreduela de Padilla, callejón de San Luis, en el corazón de uno de los barrios más flamencos de Sevilla, como es el de San Marcos. Fueron sus padres doña Manuela Martínez de Pinillo y Varas y don Manuel Jiménez Vallejo, sevillanos e hijos también de sevillanos. Sin embargo, el propio cantaor confesó alguna vez haber nacido en Sanlúcar de Barrameda:

Me precio de ser gaditano, no faltaba más, pero el mundo entero me ha convertido en sevillano.

¿Por qué le dijo esto a Anselmo González Climent? Cosas de Vallejo, que fue siempre una persona con mucha chacota. No obstante, es cierto que en su infancia tuvo bastante relación con el pueblo de Sanlúcar debido a la profesión de su padre, la de pescadero, con puesto en el Mercado de la Feria. Parece ser que veraneaban en esta ciudad gaditana. De niño vivió un ambiente totalmente flamenco, dado que en su familia gustaba este arte. Con 15 años de edad ya actuaba en el Kiosco de Pinto, que estuvo en la Alameda de Hércules, alternando con la Niña de los Peines, su hermano Tomás, Currito el de la Geroma y otros de la época. Comenzó a tener ya algunos problemas en la garganta, quizás de cantar tanto en pleno desarrollo. En este establecimiento, por ejemplo, cantaba seis o siete horas diarias, desde la caída de la tarde hasta las doce de la noche, por siete pesetas diarias. Si a esto unimos que también cantaba en las veladas de los barrios de Sevilla y en las ferias de los pueblos, comprenderemos por qué tenía esos problemas de voz, que volvieron más adelante, a finales de los años veinte, cuando ya se había convertido en una de las primeras figuras del cante.

La primera vez que aparece Manuel Vallejo, con este nombre, en un cartel fue el 5 de junio del año 1919, en un beneficio que se le organizó a Antonio Silva El Portugués en el Salón Variedades de Sevilla, que estuvo situado en la calle Trajano, con otra entrada por la calle Amor de Dios. Aquí compartió cartel con el Cojo de Málaga, Fernando el Herrero, las hermanas Pompi, el Niño Gloria -hermano de las anteriores-, El Colorao de la Macarena, los guitarristas Antonio y Manolo Moreno, Pepillo el Jerezano, Currito el de la Geroma y otro debutante, Manolito el Carbonero, que no era El Carbonerillo de la Macarena, como algunos han pensado, sino el Niño Ricardo. Y al baile, Francisco León Frasquillo y Antonio García, del que poco se sabe.

Manuel Vallejo y Niño Ricardo. Al baile, la Niña de los Peines. Sevilla, 1933.

Manuel Vallejo y Niño Ricardo. Al baile, la Niña de los Peines. Sevilla, 1933.

Entrados los años veinte, el cantaor se plantea grabar sus primeros discos, que hace para la casa Pathé en 1923, con Ramón montoya a la guitarra. Su fama creció como la espuma en todo el país, siendo reclamado en ciudades como Barcelona, donde estuvo más de cinco años consecutivos, aunque en todo este tiempo vino muchas veces a Sevilla, sobre todo en Semana Santa, porque muy pronto comenzó a ser considerado como un fenómeno del cante por saetas, compitiendo en los balcones con la Finito de Triana, la Niña de los Peines, Manuel Torre, Manuel Centeno y el Niño Gloria. En 1925 consigue en Madrid la Copa Pavón. Concretamente la noche del 24 de agosto, en el Teatro Pavón, de la calle Embajadores. Acompañado a la guitarra por Ramón Montoya, el más grande de la época, el sevillano tuvo que competir con cantaores de la talla de Manuel Escacena, el Cojo de Málaga y Pepe Marchena, entre otros. El jurado, que estuvo presidido por don Antonio Chacón, le concedió el trofeo sin titubeos, siendo Chacón el encargado de entregárselo. Se cuenta que al día siguiente, en una fiesta que Vallejo organizó en Villa Rosa para celebrar el premio, Chacón le dijo que se la había dado a él porque la merecía, pero que La Vieja -así llamaban a Marchena- ganaría más dinero que él. Y no se equivocó.

Aquella noche lloré de alegría, se lo juro; no fue sólo por el hecho del triunfo viéndome victorioso entre tantas eminencias como allí se habían presentado, no. Fue, también, por recibir la Copa de manos del propio don Antonio Chacón (que en santa gloria se halle), al que siempre consideré como el mejor de los cantadores; fue al verme aclamado por el público de Madrid, al que tanto respeto tenía y tengo, el que puesto en pie, en una masa imponente, me vitoreaba; el público de Madrid, al que tanto quiero desde entonces y al que debo no sólo las emociones de aquella noche imborrable, sino que también el que, desde aquel día y gracias a él, empecé a ganar sueldos fabulosos con los que nunca había soñado. Mi nombre sonaba hacía ya mucho tiempo y tenía la suerte de entusiasmar a todos los públicos donde me presentaba pero, hasta entonces, no se le había ocurrido a ningún empresario el ofrecerme sueldos de mil y mil quinientas pesetas por función.

De alguna manera, Manuel Vallejo se había convertido en el cantaor de la capital de España. Sólo él podía llenar un teatro durante un mes, como hizo varias veces en el Maravillas y el Romea, entre otros. Aprovechando su tirón para el público, los empresarios del Teatro Pavón organizaron de nuevo el Concurso de la Copa Pavón en 1926, pero en esta ocasión le salió un duro competidor, el también sevillano Manuel Centeno, sobre todo en el cante por saetas. El jurado se decantó en esta ocasión por Centeno, a pesar de que gran parte del público mostró su desacuerdo en favor del madrileño Angelillo, que empezaba a cantar. Fue entonces cuando, en desagravio, los avispados empresarios del teatro madrileño decidieron darle a Manuel Vallejo la segunda Llave de Oro del Cante, aprovechando que siguió cantando en este lugar en compañía de Manuel Torre, y para competir con el Teatro Romea, donde Manuel Centeno triunfaba todas las noches con sus inigualables saetas. Invitaron también a otros cantaores, como José Cepero, Angelillo, Manuel Escacena y el Chata de Vicálvaro, para darle categoría al acto. Y el día 5 de octubre, con todas las entradas vendidas, Manuel Torre le hizo entrega del galardón al genio sevillano en presencia de todos los artistas, que aceptaron el hecho con gran compañerismo y entusiasmo. Lo mismo que el público madrileño, pues no se escuchó ni una sola voz discrepante en el teatro.

Palanca, en el centro, con unos parientes. Fue uno de los rivales de Vallejo, aunque nunca tuvo su altura artística.

Palanca, en el centro, con unos parientes. Fue uno de los rivales de Vallejo, aunque nunca tuvo su altura artística.

Convertido en la primera figura del cante, en leal competencia siempre con el Niño de Marchena y la Niña de los Peines, siguió grabando discos todos los años y llenando teatros allá donde iba contratado. Le comenzaron a llamar el Fleta del Cante, en honor del gran tenor aragonés, del que fue muy amigo. Esto no pasó inadvertido para el famoso representante Vedrines, que en 1928 creó el espectáculo más importante de su vida como empresario. Como no podía ser de otra manera, además de a don Antonio Chacón y la Niña de los Peines, Vedrines contrató a Manuel Vallejo, el cantaor más taquillero de la época. Hasta la llegada de la Guerra Civil de 1936, el maestro sevillano tuvo una dilatada carrera artística, ganado “buenos sueldos”, como él solía decir, y grabando muchos discos, que también le reportaron grandes beneficios económicos. Cuando estalló el conflicto bélico que enfrentó a los españoles durante tres largos años, se encontraba encabezando una compañía con cantaores de escaso renombre como el Niño de Fregenal, la Niña de Santa Cruz, el Niño del Japón, el guitarrista Manolo de Huelva y los cómicos Paco Senra y Regadera.

Tras el parón de la guerra, con cincuenta años cumplidos, otra vez a los escenarios, ahora con compañía propia y espectáculos como El sentir de la copla y Seguiriya gitana, entre otros, o trabajando en compañías de otros artistas, como la de Juanito Valderrama, quien nos dice de él:

Cuando ya apenas si lo contrataban, lo llevé en mi compañía por el puro placer de cantar con él. Algunas veces ganaba más que yo, si la cosa se daba mal, porque yo le tenía mucha admiración y sabía su gran sentido de la dignidad artística. Para mí ha sido el más largo, el mejor de todos.

Grabó sus últimos discos en 1950, para el sello Columbia y con la guitarra de Paco Aguilera. Con sesenta años, el cantaor sevillano era aún capaz de cantar tarantas como Tú la joya y yo el joyero, o saetas como De rodillas. Pero aquí comenzó su declive, y en los últimos años de su vida se vio olvidado y solo, puesto que nunca se casó. Se le podía ver todas las mañanas en Las Maravillas, en plena Alameda de Hércules, contemplando con nostalgia un paisaje urbano que lo vio crecer y hacerse artista. La mañana del 1 de agosto de 1960, según relata su biógrafo y amigo, Manuel Centeno Fernández, se sintió mal y tuvo que ser ingresado en el Hospital Central de Sevilla, sede hoy del Parlamento de Andalucía. Seis días después, el domingo 7 de agosto, dejó de existir como consecuencia de un ictus apopléjico, a la edad de 69 años. Fue enterrado a la mañana siguiente. Sobre su féretro iban coronas de Pastora y Pepe Pinto, y de algunos amigos y compañeros, de los pocos que conservaba.

Ojalá este año el cantaor sea recordado y tengamos su discografía al completo, actualizada y analizada, para que las nuevas generaciones sepan quién fue este genio. No tenemos muchas esperanzas de que así sea, por la crisis y, sobre todo, porque don Manuel Vallejo no suele entrar mucho en los planes oficiales de la cantelogía patria.

28
Ene/2010

La voz inolvidable de El Corruco

A Juan Rondón

El Corruco (de pie, a la izquierda), con el Niño de Arahal y el guitarrista Paco de Paradas.

El Corruco (de pie, a la izquierda), con el Niño de Arahal y el guitarrista Paco de Paradas.

Los críticos de flamenco tenemos nuestras debilidades, como seres humanos que somos, aunque algunos lo hayan puesto en duda muchas veces. Los artistas, sobre todo. En una ocasión me hice un análisis de sangre y el médico, al ver los resultados, se interesó por mi lugar de origen. “¿De verdad es usted de Arahal?”, me preguntó el de la bata blanca. De la calle Óleo, que no es cualquier calle de Arahal. Casi enfrente de La Mazaroca, que no es moco de pavo. ¿Qué vería en mi sangre aquél médico? A ver si voy a ser un marciano y no lo sé…

Entre mis debilidades está un cantaor de la Línea de la Concepción, José Ruiz Arroyo El Corruco, del que este año estamos conmemorando el centenario de su nacimiento, que ocurrió el 21 de enero de 1910. El mismo día que murió en Madrid el gran Chacón, celebraba este cantaor sus 19 años. Vivió poco tiempo y, por este motivo, dejó una escasa discografía -dieciocho discos de dos cantes cada uno-, pero no le ha hecho falta nada más para quedar en la historia del flamenco como uno de sus más importantes fandangueros. Y no sólo como un mero cantaor de fandangos: sus soleares, seguiriyas y campanilleros, entre otros estilos, como la malagueña, la media granadina, la taranta y la milonga, lo convierten en un intérprete digno de ser muy tenido en cuenta, al margen del fandango de la época en la que vivió y ejerció su arte. En este estilo, qué duda cabe, que fue el que lo hizo figura con sólo 20 años, era de una singularidad extraordinaria.

Fotografía desconocida de El Carbonerillo, competidor y amigo del Corruco.

Fotografía desconocida de El Carbonerillo, competidor y amigo del Corruco.

De este cantaor linense, como de otros que murieron jóvenes -El Carbonerillo, por ejemplo- o que perdieron la vida en la Guerra Civil española de 1936, que es lo que ocurrió con El Corruco, cada investigador ha dicho lo que le ha parecido. Pero como también los hay serios y rigurosos, como Juan Rondón Rodríguez, de Jimena de la Frontera (Cádiz), se puede asegurar sin temor a error dónde y cuándo nació, cómo fue su efímera vida artística y, por último, cómo y dónde murió.

José Ruiz Arroyo, el Corruco de Algeciras, era en realidad de la Línea de la Concepción, el pueblo de su madre, Isabel Arroyo Haro. Su padre, Manuel Ruiz García, era de la localidad malagueña de Fuengirola. Se casaron en La Línea y allí fue donde nació el cantaor, en la fecha ya indicada. Pero como, siendo aún un niño, el matrimonio trasladó su residencia a Algeciras, al barrio bajo -por motivos laborales del padre, que era tabacalero-, cuando comenzó a cantar le pusieron como sobrenombre artístico el de Corruco de Algeciras.

No le fue difícil acceder a los ambientes flamencos, al ser la ciudad de Algeciras, y todo el Campo de Gibraltar, un lugar de enorme solera flamenca, aunque sólo se haya incluido en el mapa del flamenco con motivo de la aparición del guitarrista Paco de Lucía. Siendo sólo un adolescente, El Corruco ya tuvo la oportunidad de escuchar a los muchos cantaores que a mediados de los años 20 visitaban Algeciras en las compañías de la época, con los que en seguida entabló amistad. Se cuenta que fue Manuel Vallejo uno de los primeros en animarlo a cantar como profesional. En 1928, según Juan Rondón, participó en un concurso de saetas que tuvo lugar con motivo de la presentación de la película Currito de la Cruz. Al año siguiente cantó por primera vez en Sevilla, y en seguida grabó sus primeros discos, con Parlophón y la guitarra de Manolo de Badajoz.

A partir de sus primeras grabaciones, que lo dieron a conocer en toda Andalucía, comenzó a cantar en los grandes espectáculos de la Ópera flamenca. Tras su presentación en Barcelona, en 1931, se incorporó a una compañía de Alberto Monserrat y debutó en el Teatro Fuencarral de Madrid el 13 de abril del año siguiente. Se presentó también con él El Carbonerillo, y en la compañía iban la Niña de los Peines, Pepe Pinto, la Niña de la Puebla, Chaconcito, la Niña de Castro y otros. Estuvieron en Zaragoza, Valladolid, Barcelona, Valencia, Murcia y varias ciudades andaluzas, ya en el verano. El sábado 23 de julio de 1932 cantó en la Plaza de Toros de Granada con la Niña de los Peines, José Cepero, Pepe Pinto, Guerrita, el Niño de Utrera, Paco Mazaco, el Cojo de Málaga, el Niño de Madrid, Sabicas, Manolo Martel y el Niño Ricardo. Estuvo cantando hasta que estalló la Guerra Civil de 1936. Sólo un mes antes lo había hecho en Algeciras, en el Teatro Apolo, con el Niño de Vélez, Marchenilla y Paco el de Paradas, entre otros.

Según el ya citado Juan Rondón, El Corruco murió por herida de fusil el día 11 de abril de 1938, en el Frente de Teruel y como soldado del Ejército Nacional. Tenía sólo 28 años de edad y dejó mujer y un hijo. No deja de ser curioso que muriera por las balas republicanas quien grabó fandangos a favor de la República:

Un grito de libertad

dio Galán y García Hernández.

Tembló el trono y la Corona

y con dolor hizo triunfar

la República Española.

27
Ene/2010

¿Cataluña flamenca?

A Beli García

Me parece una vergüenza que en Cataluña estén promocionando a bombo y platillo un ciclo de flamenco y que en él programen a Miguel Poveda con sus Coplas del querer y a Mayte Martín con Alcántara Manuel. Esto no se puede tolerar porque flamenco no es todo, como no todo es ópera, jazz o rock. No es que andemos aún seducidos y atrapados por la pureza de Mairena y Chacón o anclados en el siglo XIX. Es que no se puede mentir a la gente tan descaradamente como se está haciendo, siguiéndoles el juego a los pseudoflamencos millonarios. Como se trata de señores artistas importantes y famosos, se les abren los teatros, los ciclos musicales, las televisiones, los periódicos y las arcas de las instituciones públicas con una facilidad pasmosa. Si Jesús Quintero es tan defensor de la esencia jonda, como presume, ¿cuándo va a llevar a su programa a un cantaor serio para que cante por soleá? Sólo lleva a personajes bufos y artistas de moda. Mayte Martín ha presentado ya su último disco, que no es de flamenco, en la Bienal de Málaga y en la de Sevilla; y ahora, en este gazpacho catalán al que llaman “ciclo de flamenco”. La propia artista me dijo hace algún tiempo que su última obra no tiene nada de flamenca, pero que si la llaman, como quiere trabajar y ganar dinero, dirá siempre que sí. El problema no está en ella, sino en quienes deciden programar un trabajo como ese en un festival de flamenco. No es serio, como no lo sería que en el Festival de Jazz de San Sebastián llevaran a David Bisbal porque cuente entre sus músicos con un trompetista amante de Gil Evans. ¿Se lo imaginan? Es una lástima que en Cataluña hagan estas cosas porque hay una tradición flamenca de más de siglo y medio. ¿Saben por qué ocurre esto? Muy sencillo. Si la palabra flamenco era en otros tiempos sinónima de gitanos y borrachos, ahora lo es de vanguardismo musical y dancístico. Sin entrar en que es un arte apoyado desde las instituciones públicas, y que muchos utilizan la palabra flamenco en sus proyectos culturales porque saben que habrá subvenciones. ¿Por qué creen ustedes que algunas entidades bancarias programan tanto flamenco? Porque desgravan a Hacienda. Nos seguirán llamando cerriles, atrasados, retrógrados y otras lindezas, pero no dejaremos nunca de denunciar estos atropellos contra el arte flamenco. Y mucho menos cuando sabemos que esta nueva ola de flamenco comercial se está cebando con auténticos artistas, algunos de ellos vendiendo ropa en mercadillos o yendo a coger aceitunas en época de verdeo. Tanto las instituciones públicas como las privadas deberían apostar más por los flamencos genuinos y dejar de poner más ricos a los que ya lo están. Lo decimos sobre todo por la política de la Junta de Andalucía.

26
Ene/2010

Morente le canta de nuevo a Lorca

Enrique Morente y el presidente de la Diputación de Granada, esta misma mañana en la casa natal de Federico García Lorca.

Enrique Morente y el presidente de la Diputación de Granada, esta misma mañana en la casa natal de Federico García Lorca.

El cantaor ha presentado en la Casa Natal de Lorca Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, una versión  que ha grabado y donado al Patronato Cultural Federico García Lorca. El maestro sigue en forma, y sigue amando la poesía de su paisano Federico según se desprende de esta nueva aventura musical y el texto que nos ha mandado esta misma mañana la Diputación granadina.

“Yo no sé si Lorca pensó en alguna música cuando escribió sus poemas pero lo cierto es que su poesía está llena de sonidos”, sostiene el maestro Morente acerca de la poesía lorquiana, y es en ella en la que él pone su máxima dosis de entendimiento. Suma de audacia y sensibilidad, en una perfecta ecuación en la que los versos de Lorca consiguen una excelencia lírica inigualable.

Así se ha puesto de manifiesto en el trabajo que ha presentado el cantaor acompañado por el presidente de la Diputación y del Patronato Cultural Federico García Lorca, Antonio Martínez Caler, el director del Patronato Cultural Federico García Lorca, Alfonso Alcalá en la Sala Granero del Museo Casa Natal Federico García Lorca de Fuente Vaqueros, Llanto por Ignacio Sánchez Mejías.

El trabajo, editado por el Patronato Cultural Federico García Lorca, ha sido donado al mismo por deseo expreso de Enrique Morente, quien así lo expresara con motivo de la entrega del Pozo de oro el 5 de junio de 2009, otorgado en reconocimiento a su extensa labor en pro de la obra lorquiana.

Tal y como ha explicado el director del Patronato Alfonso Alcalá, “en este disco el cantaor acaricia su guitarra y nos ofrece La cogida y la muerte, así como Alma ausente, de la estremecedora elegía Llanto por Ignacio Sánchez Mejías. Un envite donde se funde el desgarro del cante, las voces secretas que dicen del dolor por la ausencia y el duende. Un réquiem por Ignacio. Un réquiem por Federico”.

Por su parte, el presidente de la Diputación ha recordado como hace veinte años, en 1990 en esta misma casa se presentaba el disco Enrique Morente en la casa Museo de Fuente Vaqueros, editado por la Diputación de Granada en una exclusiva edición, de tirada restringida y en formato de vinilo. Este disco, un rosario de textos que recorre casi toda la obra lorquiana, supuso la culminación de un acercamiento sin prisas pero continuo, de Morente a Lorca, que se fraguó no por cuestiones de oportunismo, sino frutos de un sincero interés. No se trataba de un disco conmemorativo, no era una grabación impuesta por ninguna circunstancia ajena al puro proceso creativo. Surgió en el momento justo, cuando el cantaor, que trabajaba con el material lorquiano desde hacía años con el más profundo de los respetos, se convenció de su necesidad para adaptar a Lorca dignamente. Y fue eso lo que lo convirtió en un trabajo serio y concienzudo y en una grabación imprescindible para todo buen amante del cante flamenco.

“Desde entonces esa dualidad Lorca-Morente, Morente-Lorca se convierte en una presencia constante en el camino creativo del maestro y en el que la lírica lorquiana suena siempre desde una voz emocionante, nueva y libre” ha asegurado Martínez Caler.

El flamenco, un arte de origen popular, da un gran paso de madurez con el irrepetible Omega, y no volverá a ser el mismo después de esa inmersión en la contemporaneidad de Poeta en Nueva York. Otra vuelta de tuerca supuso en 1998 la reedición ampliada y corregida del disco original Morente en la casa Museo, que nos vuelve a sorprender por la evolución que el maestro Morente demuestra en tan solo ocho años. Una visión de la poesía lorquiana desde un flamenco referenciado en la mejor tradición del arte del siglo veinte: el interés por la idea, la forma y el carácter de multiculturalidad.

Y ahora, otra vez Morente es más Lorca. Si se arrimó al poeta y con su voz Doña Rosita cantó su tiempo perdido y Yerma en la romería escuchaba de lejos la nana, si se atrevió con fuerza de huracán, elevar las columnas de cieno donde se hunde la aurora de Nueva York. Ahora, otra vez, Lorca es más Morente, en una comunión perfecta para el Llanto por Ignacio Sánchez Mejías. Un réquiem para Ignacio y Federico desde lo jondo de la voz, la pena y el duende. Desde la siempre maestría de Enrique Morente.

Martínez Caler ha expresado “un sentimiento de sano orgullo, por estar representando aquí a todos los granadinos y granadinas de la provincia, en este significativo acto de la mejor cultura. Satisfacción por el deber cumplido y haber dado respuesta, espero que en una medida aceptable al compromiso adquirido el 5 de junio, para la edición del disco que hoy presentamos. Y la gratitud institucional y personal a Enrique Morente por su generosidad al donar al Patronato F. García Lorca este disco, con una seguridad que es una valiosa aportación a la común tarea de mantener siempre viva la memoria y la obra de F. García Lorca”.

26
Ene/2010

Se nos fue Carlos Arbelos

A su familia y amigos

Carlos Arbelos. Fotografía de Paco Sánchez.

Carlos Arbelos. Fotografía de Paco Sánchez.

Quién nos iba a decir hace dos semanas, cuando estuvimos almorzando con él en la Tertulia de Juan Badía, que hoy ya no estaría con nosotros. El compañero y amigo Carlos Arbelos, estupendo periodista, crítico de flamenco y fotógrafo argentino afincado en Sevilla, se nos fue hace unas horas en el Hospital Virgen del Rocío. Anoche mismo, su compañero Paco Sánchez, de Canal Sur Radio, donde colaboraba Carlos, comunicaba  a través de un correo que estaba en las últimas. Lamentablemente, estaba en lo cierto y esta mañana lluviosa y fría nos hemos despertado con esta noticia que nos ha dejado el cuerpo helado, porque Carlos Arbelos era aún un hombre joven de 66 años. Una piedra en la vesícula le provocó una infección y tuvo que ser operado a vida o muerte, quedándose en la operación. Nació en Argentina y en los 80 llegó a Sevilla porque en su país se había enamorado del flamenco viendo una obra del bailaor y coreógrafo Antonio Gades. Comenzó a hacer un programa en Radio Cadena Flamenca, y de ahí pasó a Canal Sur Radio, Canal Sur Televisión, Radio Nacional de España, etc. Tiene publicados algunos libros de fotografías flamencas, y otros de análisis de lo jondo en sus diversas vertientes. Era también colaborador en algunas revistas. Se nos acaba de ir un apasionado de lo jondo, un periodista trabajador y buena persona, al que apreciábamos y cuya muerte hemos sentido en el alma. Sus restos van a ser incinerados mañana en el Cementerio San Fernando de Sevilla, a partir de las 9.30 de la mañana. Los flamencos tenemos que estar allí para darle el último adiós y nuestro más sentido pésame a su familia. Descansa en paz, amigo Carlos.

25
Ene/2010

Ópera Flamenca en Jerez, 1928

A Diego Alba

Manuel Vallejo y Juan Varea, andando por Sevilla con algunos amigos.

Manuel Vallejo y Juan Varea, andando por Sevilla con algunos amigos.

El representante Vedrines se embarcó en 1928 en una aventura empresarial magnífica para la época: crear un espectáculo con las más grandes figuras de entonces, aunque había notables ausencias en el cartel como las de Manuel Torre, el Niño de Marchena, el Niño de Caracol, el Cojo de Málaga y otras figuras fundamentales. Sin embargo, el afamado representante logró convencer a Don Antonio Chacón, algo que no le resultó fácil. El maestro de Jerez ancabezaba el cartel, Solemne Fiesta Andaluza, en el que estaban con él la Niña de los Peines, Manuel Vallejo, José Cepero y Guerrita, un verdadero ídolo de masas del momento. Además del Chato de las Ventas, Bernardo el de los Lobitos y el Niño de Sevilla. Iban cuatro guitarristas punteros, como eran Ramón Montoya, Luis Yance, Manuel Martell y Manuel Bonet. Y en el baile, Carmen Vargas, El Estampío, Frasquillo, La Quica y Carmelita Borbolla. Actuaban de teloneros Los Seis gitanillos de la Cava de Triana.

Tras recorrer importantes ciudades con mucho éxito, el día 4 de agosto de 1928 actuaron en la Plaza de Toros de Jerez, en la que se dieron cita miles de personas. El Heraldo de Madrid le encargó la crítica a Guillermo Espejo, quien se despachó a gusto con los artistas y nos dejó en las hemerotecas una crítica para la historia del flamenco, digna de ser analizada por los gazaperos y gazaperas. Es un poco larga, pero no pierdan ningún detalle porque la crónica no tiene desperdicio:

Cante ‘jondo’ al por mayor

Jerez ha tirado la casa por la ventana en esta noche de agosto. Ya unos escandalosos carteles con figuras, cuajados de disparatados adjetivos y de muchas interjecciones se encargaron de impacientar al núcleo de sentimentales, que en esta población unos más, otros menos, lo son todos. Si Alcalá es la madre de las almendras; si el remo de los mostachones radica en Utrera, y en Antequera y Astorga el de los mantecados; si Logroño figura en España como el «nom plus ultra» de las frutas en latas, Aranjuez en espárragos y fresas, Albacete en navajas y Trubia en cañones, aquí en Jerez, a más de ostentarse la supremacía nacional en vinos y caballos, tenemos encerrada la llave del cante “jondo”. Entre los jerezanos si alguno hay que no sepa cantar flamenco, desde luego que lo siente y lo entiende. La afición, porque es innata, se puede decir que envuelve al censo de población.

No es de extrañar, pues, que en esta noche de riguroso verano, ante una expectación sin precedente, nos congregásemos dichosos en nuestra plaza de toros para llenarla, y para saborear las delicias de una función tan íntima en donde se había de prodigar nada más que música gitana. Las revoltosas notas de la guitarra que pinchan en los nervios, y el decir de esas laringes privilegiadas que conmueve y hace llorar, son platos fuertes que se esperan con fe y glotonería cuando entre los comensales imperan el hambre y la devoción. Imposible reunir elementos de más valor positivo ni de mayor autoridad. El gran Chacón a quien los anuncios le apodaban Don Antonio; el diabólico Vallejo, que con el gramófono ha revolucionado a la afición española y que en los carteles le dicen el ruiseñor humano; el poeta del cante flamenco, que es Cepero; Pastora la virtuosa, a quien no le agrada ser gitana ni que le llamen la Niña de los Peines; un tal Guerrita, que si no es flamenco ni lo parece, canta lo que ellos y lleva el título de Rey de las Cartageneras; varios “niños” que dejaron de serlo tiempo ha, y un Chato de las Ventas, el único que a simple vista delata con su nariz la propiedad del remoquete, fueron los que en el templo taurino de Jerez de la Frontera glorificaron el cante más difícil de todos los cantes, a juzgar por los esfuerzos y contorsiones de sus intérpretes.

Pastora bailando en el patio de su casa.

Pastora Pavón bailando en el patio de su casa de verano, del pueblo sevillano de Gerena.

Completaban el elenco, consagrados tocadores -Montoya y Bonet, entre ellos- y un racimo con 14 bailadores de ambos sexos y de todas castas y edades extraídos alguno, según cuentan, de la más rancia solera: de la propia Cava y del mismo Albaicín. Empezó el espectáculo, exactamente igual que todos los espectáculos de España, excepción hecha de nuestras corridas: bastante después de la hora anunciada. Hubo tres horas largas de lamentos y “jipíos” interrumpidos constantemente por los jaleos de estos entusiastas entendidos, que yo creo hacen muy mal en no esperar la terminación de las coplas para manifestarse con sus escándalos de aprobación. Cepero, estuvo poeta. La letra de sus canciones es muy verdad que destila poesía. Cepero, que es de Jerez, empleó en su repertorio estilos que aquí nacieron, y naturalmente, sus paisanos que lo idolatran aplaudieron a rabiar, haciéndole trabajar de lo lindo.

El ruiseñor no estuvo afortunado en sus trinos. No respondió a su fama ni entusiasmó a nadie. Cantó sin ganas. ¿Estará en la pelecha?

La Niña, la Pastora, se trajo aires antiguos que nos remozaron por el momento: unos tangos viejos muy gitanos, que de niños todos hemos escuchado más o menos mal en labios de nuestras cocineras. A petición del público se enredó con una seguidilla muy larga, de esas que tanto gustan a los borrachos «juerguistas», porque se prestan a repicar con los nudillos sobre las tapas de los veladores.

Me ha dicho un señor grueso que se sienta a mi lado y que suda a chorros, que es sumamente difícil esto de llevar el compás, y que en Jerez, son muy pocos los que saben hacer son por seguidillas. Asiento sólo con la cabeza y sin la menor violencia.

-¿No está usted conforme conmigo? -me pregunta al observar mi cómodo silencio, yo creo que deseando un poquito de discusión.

-Sí, hombre; desde luego, muy conforme…, de acuerdo.

¿Quién se mete en discutir con jerezanos «pura sangre» sabiendo que son ellos los que tienen la llave del cante?

Guerrita actuó admirablemente y fué aplaudido. Este muchacho tiene voz potente, agradable y bien timbrada. Sin embargo, los jerezanos dicen que no canta flamenco. “¡La jicimos!”

Los bailadores invadieron el amplio tinglado, lo ocuparon todo, y he aquí las más artísticas patadas. Uno, dos…, cinco…, ocho…, ¡hasta catorce! ¡Pobres tablas! Seis miniaturas de la especie y prototipos de la raza faraónica, con sus doce “pinreles”, redoblaron en aquel tambor enorme de gruesos tablones por parche, sacando de él polvo y astillas. La media docena de niños paréceme que han de peinar canas sin progresar en el arte. Siempre les veremos hacer lo mismo. Los pobrecillos están en el principio de sus carreras. Se presentan tímidos; sus caras graves, obscuras, brillantes…; sus cuerpos, enclenques, enjuntos, seguidos… como unas babosas humanas. Cualquiera diría que en vez de traídos de la Cava, los han sacado de debajo de una maceta.

La “cañí” más hermosa de la tierra, la Carmen Vargas, con su belleza realzada por un traje de mujer de los que ya no usan las mujeres, nos dibujó en el espacio caprichosas figuras, todas ellas muy dignas de entretener al mejor de los pinceles. Una mujer esbelta, guapa, de ojazos negros y limpios, sin pintura en los labios, con todo su pelo graciosamente arreglado, sobre el que se alza una peineta española y una flor, no es hoy corriente. El cuerpo de Carmen Vargas completamente envuelto por un vestido blanco, de cola, con muchas blondas y encajes, es un monumento nacional. Que conste.

Cuando nos temíamos la llegada del alba puso broche final el patriarca D. Antonio. Su respetable edad, su abolengo y su brillante historia, se encargaron de protegerle ante la desatada inteligencia de un auditorio exigente.

“¡Caracoles…, caracoles!, pedía Chacón con fuertes voces de desesperado y como si demandase socorro.

-“Vámonos, vámonos…, al café de La Unión, que es donde para Cúchares y el Tato y Juan León! -nos ordenó don Antonio ya congestionado, con la yugular en repleción y dando formidables bastonazos en el tablado. ¡Qué cosas más raras se les antojan a estos cantadores antiguos!… ¡Mire usted que empeñarse a las tres de la madrugada en acarrear seis u ocho mil personas a un café de Madrid!

GUILLERMO ESPEJO

23
Ene/2010

Más feliz que un rucho en un verde

A la memoria de Cortázar

Si hace sólo veinticinco años alguien me hubiera dicho que un artículo mío iba a formar parte de un libro conmemorativo de El Correo de Andalucía, en el que compartiría protagonismo con poetas y escritores como Juan Ramón Jiménez, Vicente Aleixandre, Julio Cortázar, Luis Montoto, Mario Vargas Llosa, Camilo José Cela, Miguel Delibes, José Luis Borges, Carlos Fuentes, Gonzalo Torrente Ballester, Eduardo Harotegglen, María Zambrano, Ángel Vela Nieto, Pepe Guzmán y Antonio García Barbeito, le hubiera preguntado, sin duda, qué clase de medicación estaba tomando. Si el hecho de que me dejaran escribir de flamenco algún día en un periódico como El Correo, lo veía tan difícil como besar a la luna desde el fondo de un pozo, con los ojos cerrados, se pueden imaginar lo que significa para mí este libro memorable. No se lo creerán pero ahora me levanto por las mañanas y cuando me miro al espejo para averiguar por dónde tengo que empezar a emperifollarme y salir a la calle sin asustar a los niños, suelo decirme a mí mismo: “Lo has logrado, Manolito”. No necesito ya el coche para desplazarme porque vuelo por la vega de Mairena y por los soleados campos de Palomares y por encima de los olivos de Arahal y veo cómo me saludan los cernícalos, las tórtolas y los conejillos del campo; cómo agitan sus ramas los difuntos olivos de Cuatro Vientos y afinan sus cantos los jilgueros de Mampela; cómo nadan las ranas por las lagunas dibujando en el agua coronas de laureles; cómo corren por los prados celestes del cielo el cerdito Flipper y el chivito Norit y Lobo, aquel perro que acabó triunfando en el circo; cómo llora mi abuelo Manuel desde el más allá y cómo mi madre me dice, con gracia, que al final voy a ser tan importante como Juan Imedio. No aspiraba a tanto, sinceramente, cuando me colocaba con el caucho de la fábrica de porrones tuneados de Palomares; cuando repartía el pan en Coria, Gelves y San Juan de Aznalfarache; cuando planchaba trajes en la sastrería de Ángel Sierra, en Triana; cuando empapelaba pisos en las Tres Mil Viviendas o habría zanjas por las calles de Sevilla. Entonces no vivía la vida, sino lo que leía, como le ocurrió a Cortázar, al que ahora que somos vecinos de este pueblo de papel me gustaría escribirle una carta para decirle, conteniendo las lágrimas, que tenía toda la razón cuando dijo que leer era vivir. Él me presentó a Allan Poe y sus cuentos aliviaron mi soledad en una adolescencia dura y llena de complejos, entre ellos, el de no saber hacer la o con un canuto. El flamenco me obligó a escribir para que le regalara el oído de por vida y veía películas subtituladas en Cine Club para saber dónde tenía que poner las comas y cómo manejar los signos de admiración y de interrogación. Más que talento, lo que tenía era muchas ganas de decir cosas, de contar la vida de los flamencos, de narrar mi infancia en Palomares, de denunciar las penalidades que pasó mi padre y aún pasa mi madre; en definitiva, de describir la vida. Óscar Wilde dijo que no existen más que dos reglas para escribir: tener algo que decir y decirlo. Los que han estudiado en Oxford lo dicen de una manera, y los que recibíamos los palmetazos de don Celso, en Palomares, por no saber lo que era un diptongo, lo decimos de otra. Don Miguel de Unamuno me dio una vez un consejo, sin conocerme de nada: “Si sientes que algo te escarabajea dentro, pidiéndote libertad, abre el chorro y déjalo correr tal como brote”. Siempre he seguido este consejo al pie de la letra. Perdonen si les he resultado vanidoso, pero es que verme en este libro me ha hecho más feliz que un rucho en un verde.

22
Ene/2010

Debut de Pastora en el Trianón-Palace

A Pepe Carrasco Escacena

Fotografía poco conocida de Pastora

Fotografía poco conocida de Pastora

El debut de la Niña de los Peines en el Trianón-Palace de Madrid, en noviembre de 1913, constituyó un sonoro éxito para la artista sevillana y un enorme revuelo para los aficionados de la Villa y Corte. El crítico, de los buenos ­-no consta su nombre- , destacó todo lo destacable sobre una Pastora jovencísima, castigando a los que no chanelaban. Publicamos este artículo de The Kon Leche con la misma fotografía que apareció en la portada de un suplemento de esta revista taurina, Komedia, con motivo de la excelente crítica. A disfrutar.

LA NIÑA DE LOS PEINES

En Trianón-Palace ha debutado, con envidiable éxito, la estupenda, la formidable y sin rival cantaora de flamenco «La Niña de los Peines», cuyo retrato nos complace publicar en la portada de Komedia. Cuanto digamos sobre la calidad de su voz, sobre la gama de notas con que matiza su exclusivo estilo, es empequeñecerla. ¡Qué peteneras! ¡Qué bulerías! ¡Qué soleares! ¡Qué garganta! ¡Qué sentimiento tan suyo! ¡Cuántas evocaciones al conjuro de su voz divina, de su arte excelso! La Trini, La Peñaranda, Juan Breva, El Canario, oídos de nuevo, sobrepujados, refundidos y aumentados por esta gitana pura y castiza como la sangre andaluza… Y, sin embargo, no faltó  al éxito franco y enorme una estridencia en el debut de esta extraña mujer, cuyos trinos vibran soberanos, armoniosos, geniales, como destellos de un arte único, casi extinguido, para mengua de una raza, cantera inagotable en otros tiempos, de la que la musa gitana extrajo los brillantes matices de nuestra personalidad. Fuimos testigos, y nos parecía mentira la realidad. Unos señoritos de irreprochable vestimenta, de porte distinguido, pateaban las caprichosas tonalidades que la cantaora singular modulaba en la salida de la copla. Hablaban, disparataban soezmente, á fuer de críticos, pretendiendo menospreciar lo que no entienden ni saborean porque ¿qué saben ellos de otra cosa que no huela á gabán con sobrefalda? ¿Qué han oído ellos que no sean el cuplé ñoño de tantas y tantas cocineras empingorotadas que en estos tiempos de rufianesco tráfico atruenan los escenarios? Gracias que la mayoría ahogó con sus aplausos ruidosos, con sus delirantes oraciones, los eructos vinosos de esa prole híbrida. Y hubiera sido -aparte la falta de respeto á quien por su estupendo merito y por su sexo otra cosa merecía- incalificable, y sobre todo imposible de tolerar que el chillido de esos búhos hubiera desterrado del Trianón á una artista de tal linaje, como en otra ocasión hicieron con otra cumbre de la misma cuerda, con el sin par Antonio Chacón, á quien -quizá los mismos señoritos- patearon con fruición la noche de su debut. Y es que el simpático empresario, Moriones, hombre avisado en cuantos negocios emprende, ha andado en esta ocasión poco previsor al no dar orden terminante á la taquillera de que al propio tiempo que la localidad facilitase una albarda á estos señoritos que desfallecen ante los mágicos gorjeos de «La Niña de los Peines», y, sin embargo, se agitaban convulsos, rugiendo con espasmo, ante la mórbida musculatura y la elocuente varonilidad de los Tarkowsky, Mikalowich y Mamudof.

Madrid, 3 de noviembre de 1913

20
Ene/2010

Escuela oficial de jotas aragonesas

El Gran Cecilio Navarro, dando clases.

El Gran Cecilio Navarro, dando clases.

A la memoria del Maestro Otero

Al hilo de los dos artículos en los que hace unos días debatíamos con los gazaperos y gazaperas sobre la importancia o no de las escuelas de cante, damos a conocer hoy un estupendo reportaje de Estampa, del 23 de abril de 1932, sobre la enseñanza de la jota aragonesa. Es interesante porque ya en ese año había en Zaragoza una escuela oficial de jotas, en el Conservatorio de Música, en la que daba clases, por cierto, una figura histórica, el gran Cecilio Navarro, algo así como el Chacón del cante aragonés.

El reportaje incluye una entrevista al fenómeno cantaor y guitarrista, en la que pueden comprobar la gran similitud que hay con el flamenco. No deja de ser curioso que mientras lo jondo era tan despreciado por los organismos oficiales en Andalucía, en Zaragoza ya hubiera escuelas oficiales de jotas. El reportaje lo firmó Fernando Castán Palomar. No pierdan ningún detalle porque es de un gran interés para entender ciertos paralelismos con nuestro arte andaluz:

¿Es difícil aprender la jota aragonesa?

En Zaragoza hay una academia donde se enseña a cantar y a bailar la jota aragonesa. Una academia oficial, bajo la dirección del famoso jotero Cecilio Navarro, que funciona en la residencia del Conservatorio de Música. La idea, buena desde luego, no es nueva. Hubo ya otro Ayuntamiento que estableció enseñanza oficial de jota, hace de ello muchos años, y de aquellas clases salieron alumnos sobresalientes, cuyos nombres se recuerdan entre elogios. Por lo demás, ni memoria quedaba de la antigua academia; algún recuerdo aislado, sobre el que surgió el proyecto —realizado ya— de que se dieran clases de jota, para así fomentar el cariño a ella y propagar los estilos puros del canto aragonés, tan adulterado por los escenarios zarzueleros, en los que la jota tiene un aire exótico y absurdo. En la Academia hay ya un extenso grupo de alumnos. Uno a uno, Cecilio Navarro les va haciendo repetir cada estilo de jota, mientras rasguea en la guitarra para acompañarlos, con ese férvido entusiasmo con que el jotero ve surgir nuevos valores en el difícil arte de la jota aragonesa. En la pompa triunfal de esta tarde de primavera, suenan en la cátedra las jotas como salvas heroicas:

Una hija y una discípula de Cecilio Navarro.

Yo soy como aquella peña

que está en medio de la mar;

todas las aguas la baten

y la peña firme está.

-Una de ronda ahora  —dice Cecilio al alumno que canta.

Los estilos de jota se suceden durante la clase. El maestro va reclamando las diversas variaciones del canto:

-A ver, una “jaca”… Venga ahora una “fematera”…

Y siguen, inagotables, las coplas, canciones, cantares, cantos o jotas, que en esto no han logrado ponerse aún de acuerdo los eruditos, cada uno de los cuales ha defendido para la poesía popular aragonesa un nombre distinto. El famoso cantador que dirige la Academia nos habla, entre lección y lección, de los progresos de los alumnos.

-¿Es difícil —le preguntamos— aprender a cantar la jota?

-Yo creo que no; lo que hace falta es valentía en la voz.

-¿Los discípulos que tiene usted han lamentado dificultades?

Cecilio Navarro con otros dos joteros.

Cecilio Navarro con otros dos joteros.

-No; lo que ocurre es que muchos de ellos vienen con los resabios de su espontaneidad; sobre todo muchachos de los pueblos; cantaban allí sin reglas, sin disciplina, y, naturalmente, se les resiste esto de ajustarse a normas determinadas.

-¿Cuántos estilos de jota existen?

- ¡Quién lo sabe! Yo conozco más de ciento; verdad es que he escudriñado por todos los pueblos donde se me decía que se cantaba alguna variación de la jota; así he logrado sumar ese número.

-¿Dónde ha encontrado usted mayor número de jotas?

-De jotas puras, en la provincia de Zaragoza. En la de Huesca he conocido estilos muy interesantes, como los de Ansó, que precisamente los enseño a los alumnos. En la provincia de Teruel hay muchos cantos propios, pero menos jotas quizá que en la de Zaragoza.

-¿Qué estilo es más fácil para el cantador?

-El de ronda. Y la jota más difícil es la “fiera”.

-¿Cree usted que han desaparecido algunos estilos?

-Indudablemente, y a evitar que se pierdan más ha de contribuir esta Academia, uno de cuyos fines es el de ir dando a conocer a la gente nueva los estilos antiguos, casi ignorados por los cantadores actuales, Este tiene que ser el interés mayor del Ayuntamiento, que no puede inhibirse en la defensa del folklore.

-La jota, ¿es más difícil cantarla o bailarla?

-Bailarla, indudablemente.

Cecilio Navarro nos acompaña a otra estancia de la Academia, donde se da la lección de baile. La propia hija de Cecilio —Consuelo, guapa, garrida, tipo clásico aragonés— es la profesora, que ha alcanzado muchos lauros como bailadora de jota, y que enseña a unas cuantas muchachas el complejo trenzado del baile aragonés. Consuelo Navarro baila incesante, incansablemente, marcando las figuras que luego han de hacer las alumnas. Es difícil, además, la simultaneidad de los movimientos de la pareja, y para ello tiene la profesora que bailar con cada discípula, a fin de que ésta se vaya acostumbrado.

Fernando CASTAN PALOMAR

18
Ene/2010

¡Cuidado, que viene Alfonso Guerra!

A los que no tienen miedo

Ahora que don Alfonso Guerra va a ser alcalde de Sevilla, según parece –ese es el rumor que se ha dejado correr, al menos–, les voy a contar que hace años se me ofreció ir en las listas del PCE por Tomares, donde dos huevos son dos pares, como en Palomares. Estaba entonces presentando un programa de flamenco en la histórica Radio Aljarafe y era un personaje popular en este pueblo. Tanto, que me ofrecieron ir en las listas del histórico partido de mis holandillas. Pregunté que cuántos concejales pensaban sacar y que en qué número de la lista iría mi humilde nombre. Cuál no sería mi asombro, cuando me dijeron que las predicciones eran de sólo tres concejales y medio y que yo iría el noveno en la lista electoral. ¡Viva el comunismo! Me querían sólo para conseguir votos de balde, que no de Valverde. Me negué. Si me llegan a prometer una concejalía, aunque hubiera sido la menos importante, la del mosto o la siesta, seguramente hubiera aceptado porque entonces todavía quería cambiar el mundo y hubiera estado bien empezar por Tomares. Muy mal tienen que ver las cosas los del PSOE en Sevilla para echar mano del hermano de Juan Guerra, el señor don Alfonso, si se confirmara su candidatura. No le niego su importancia como político ni el papel que jugó en la Transición, pero un día lo escuché dar una charla a unos viejecitos en un asilo de un pueblo sevillano, en la que les metía miedo con la derecha, con el regreso de los comedores y la esclavitud de los jornaleros, y dije muy cabreado: “Este tío es un miserable”. Y lo más curioso  es que tenía toda la razón: los comedores han vuelto a Andalucía, pero no los ha traído precisamente la derecha con la que él pretendía asustar a aquellos viejecitos. Los ha traído la izquierda de Chaves, su compañero, el que se ha ido a Madrid en cuanto le han enseñado la codiciada zanahoria de la política nacional. Dejándonos, además, un nuevo capataz para el cortijo, el señor Griñán. No me extraña que en las últimas encuestas el PP esté por encima del PSOE de cara a las próximas elecciones autonómicas. Ya mismo comenzarán a asustarnos de nuevo con la derecha, como las madres nos amedrentaban antaño con el Tío del Saco o los mantequeros. No soy votante del partido de Javier Arenas, pero no me da ningún miedo que pueda ganar. No creería en la democracia, como creo, si me diera pavor que gobernara en Andalucía un partido legal que a nivel nacional aportó las dos mejores legislaturas desde las primeras elecciones democráticas. Más que decir aquello de “¡Cuidado, que viene la derecha!”, yo diría mejor, “¡Cuidado, que viene Alfonso Guerra!”. ¡Manda huevos nuestra tierra!