A la memoria de don Miguel Aguilar

Del escaso tiempo que estuve en el colegio de Palomares, sólo recuerdo a dos maestros: don Celso y don Miguel. Eran tan diferentes como el campo y el mar, como la noche y el día. Don Celso tenía un punto de chifladura encantador, pero su sentido de la disciplina rozaba lo militar.  Era más feliz que un rucho mandándonos a formar y obligándonos a cantar el Cara al sol cada mañana. Antes de comenzar las clases, colocaba una mesa en el patio, se ponía un bañador muy ajustado y hacía que sus hijos le tiraran cubos de agua helada, porque practicaba el culto al cuerpo de una manera increíble. Tenía un estuche con cinco palmetas para pegarnos a los alumnos, y a cada una les tenía puestas un nombre distinto. Tepillé y Míraméynometoques, eran las más temidas por todos. Luego tenía otra que era una fina vara de olivo, Tepicóelmosquito, con la que te daba en las orejas cuando menos lo esperabas, diciendo: “¡Ea!, te picó el mosquito”. En aquella época las orejas estaban siempre muy a la vista porque nos pelaban al cero para ponérselo difícil a las liendres. Nos pelaban tanto, que un día me cogieron un piojo y llevaba un sombrero de paja y gafas de sol. Pero don Celso era también un hombre trabajador y con una gran capacidad para enseñar. Como yo andaba siempre en las nubes, que fueron mi primer medio de locomoción, un día que explicaba física me hizo una pregunta: “A ver, Manolito, ¿cuál es la distancia más corta entre dos puntos?”. No entendí bien la pregunta y se la replanteó de otra manera más sencilla: “¿Cuál es el trayecto más corto, por ejemplo, entre Palomares y Almensilla”. Y le respondí con la voz temblona: “Cogiendo por Cuatro Vientos, don Celso, por dónde va a ser”. Enfurecido, comenzó a gritar: “¡¡La línea recta, Manolito, la línea recta!!”. Cogiendo por Cuatro Vientos era la línea más recta, pero no me dio la opción de que se lo explicara. Naturalmente, abrió su estuche y me dio a elegir entre las cinco palmetas para recibir el castigo por mi torpeza. Como ya tenía las orejas resistentes, elegí Tepicóelmosquito. En cambio, don Miguel Aguilar era todo lo contrario. Recuerdo muy bien la tarde que llegó al pueblo en La viajera. Informados de su llegada, algunos niños nos sentamos a esperar el autobús en el malecón de Ricardo. Supimos en seguida quién era porque era un hombre con un traje oscuro, sombrero y un paraguas en la mano. En la otra traía una carpeta también negra. Era de un parecido a Franco increíble, aunque algo más alto que el dictador. Fue el mejor maestro que pasó por el colegio de Palomares. Explicaba las cosas muy bien y las entendíamos estupendamente, sin necesidad de pegarnos con la palmeta ni de obligarnos a ponernos de rodilla con los brazos en cruz y libros en las manos, que era otro sistema de castigo de don Celso. Don Miguel me preguntó una mañana que qué era un quebrado y, como no me había enterado de la lección, le dije que un quebrado era un inútil. “¿Un inútil?”, preguntó asombrado. En seguida me di cuenta de que hablábamos de cosas distintas: él se refería al quebrado de las matemáticas y yo a los que estaban quebrados, enfermos de hernia. Cuando se lo expliqué, se tuvo que interrumpir la clase de la que se formó en el aula. Yo sabía muy bien lo que era un quebrado, porque cogía lagartos para las familias donde había alguno. Los lagartos abiertos y reliados en la cintura eran un buen remedio para esta enfermedad. Esto, por ejemplo, era algo que no sabía don Miguel y que lo aprendió aquel día. Cuando nos fuimos al colegio de Coria del Río porque ya no cabíamos en el de Palomares, se acabó el contacto con don Miguel Aguilar Carvajal, un gran hombre, un gran maestro, que sabía enseñar y tratar a los alumnos como personas y no como animales. Dejó un gran recuerdo en el pueblo, sobre todo entre las mujeres, porque, además, era un solterón de gran atractivo, un caballero de los que ya se iban perdiendo. Durante muchos años me acordé de este hombre y alguna vez pensé en la posibilidad de localizarlo, cuando vivía en Sevilla. No lo hice nunca y me pesa, porque siempre quise darle las gracias por cómo me trató a mí personalmente, que no era lo que se dice un buen alumno, sino un niño despistado que lo enfadó muchas veces con sus viajes a las nubes.