A los heridos por el amor
Muchas veces se preguntó que por qué no podía llamarla una tarde para invitarla a tomar café donde solían mirarse fijos a los ojos hasta que uno de los dos sonreía y apartaba la mirada. Sabía que los años habían pasado y que, como era lógico, las cosas habrían cambiado; que ella sería ahora una mujer enamorada de otra persona, como le ocurría a él mismo; que ya nada sería igual que antaño. Después de treinta años sin verse, el otro día coincidieron por casualidad en la misma cafetería que ambos dejaron de frecuentar cuando acabaron la relación. Él estaba sentado en un rincón del café, solo, pensativo, dándole vueltas a su mechero sobre la tapa de mármol blanco recién fregada, como esperando a alguien. Se cruzaron las miradas, sus corazones aceleraron el pulso como locos y, empujados por una fuerza misteriosa, se dieron un abrazo que duró dos minutos. Después se miraron a los ojos con cariño y el tiempo pareció interrumpirse en seco. Ella sonrió y provocó en él otra sonrisa, aunque más que una sonrisa, era como una mueca dolorosa, como la sonrisa triste de Tomás Pavón. Hablaron sólo unos minutos, los justos para que ambos se dieran cuenta de que no habían dejado de amarse. Él le confesó que aún lloraba cuando soñaba con ella; y ella, que le ocurría lo mismo cuando escuchaba su nombre en alguna parte. Pero tenían que despedirse. “¿Hasta cuándo?”, preguntó él mientras apretaba sus manos con ternura. “Hasta que el azar lo quiera de nuevo”, contestó ella mientras se ponía la bufanda en su delicado cuello para perderse a continuación entre la muchedumbre mientras él se sentaba de nuevo en la mesa de mármol blanco recién fregada y volvía a darle vueltas a su mechero, pensativo, melancólico, misteriosamente rejuvenecido y con el pájaro de la felicidad posado en su rostro. Recordó una vieja letra de fandango que, curiosamente, aquella mañana había escuchado en la radio del coche yendo para la cafetería:
Y se vuelven a encontrá.
Amores que se han querío
y se vuelven a encontrá.
O se mudan de coló,
o se hacen un desaire.
Por dentro sufren los dos.
Estupefacto y triste por tan fugaz reencuentro, se preguntó la razón de su presencia en aquella cafetería, en la que llevaba treinta años sin entrar. Llegó a la conclusión de que esa mañana era la elegida por el destino para reencontrarse con el amor de su vida, cuyo recuerdo le despertó el fandango que escuchó en el coche. A ella le ocurriría lo mismo. Aquella mañana, algo la incitaría a entrar en la cafetería que tanto frecuentó en otra época. Algunos sabios han dicho que nada en esta vida es casualidad, sino obra del destino. No creo que haya que otorgarle tanto poder a la providencia, pero a veces es de una crueldad terrible. Dostoievski dijo que en nuestro planeta sólo podemos amar sufriendo y a través del dolor. No sabemos amar de otro modo ni conocemos otra clase de amor. Por eso escribió el poeta salmantino José María Gabriel y Galán tan hermosa quintilla:
Me enseñaron a rezar,
enseñáronme a sentir
y me enseñaron a amar.
Y como amar es sufrir
también aprendí a llorar.
