A Pepe Elías

Aunque les parezca mentira, en los años sesenta no había campo de fútbol en Palomares del Río. Se hizo uno en el Raso del Nono, en la carretera de Mairena del Aljarafe, con una inclinación lateral tan pronunciada que para tirar un corner había que ponerle una cuña al balón. Tenía mérito jugar en medio de los terrones y con un balón casi siempre ahuevado y con tanto cebo dado, que al que le daban un balonazo en la cara le pringaba el bigote durante un mes. Las porterías eran dos postes de eucaliptos, pero en vez de larguero colocaron unas sogas gordas y, claro, cuando el portero se percataba de que un tiro a puerta del equipo contrario amenazaba con entrar ajustado a la cuerda, la bajaba y el balón siempre pasaba rozando el larguero, pero por encima. Dependía siempre de los tintos que se hubiera tomado el portero, que generalmente eran unos cuantos antes de cada partido. Allí hizo su debut el primer equipo de infantiles de Palomares, que se sepa. ¡Menudo equipazo! Eran Antonio el de Cristina, el Antúnez, el Juan Antonio, el Vicente, el Chico de la Filomena, el Marcelino, el Fuli, Rafael del León, el Mejías y el Bohórquez, que no era otro que mi hermano. La equipación era blanca, como la del Madrid. Recuerdo que, como el debut fue en invierno y entonces había pocas duchas, los futbolistas aparecieron con una costra en las rodillas que daba miedo. Era del tiempo, decían. Del tiempo que hacía que no se lavaban, claro. Más adelante se hizo ya un campo en condiciones, reglamentario, en la zona conocida como la Laguna. Hubo que ir por los palos a un pinar cerca de Almensilla, pero se hizo el campo. Estaba un poco lejos del pueblo y al principio no había vestuarios; los futbolistas se vestían en un colegio de la carretera de Coria del Río y se iban andando al estadio, con lo que, cuando llegaban, algunos les pedían el cambio a Juan el de Pancho antes de comenzar el partido. No sé si eran o no buenos los jugadores, porque era muy pequeño para saberlo, pero recuerdo con nostalgia la potencia del Rafael el de la Nena, las paradas del Salvador el del León y El Quinini, la técnica de Ricardo y su hermano El Quico, la velocidad de El Rácano, los marcajes del Benacho, las genialidades de El Chapa y la clase del Moreno, cuyo debut fue todo un acontecimiento porque tenía sólo 16 años. Fuimos a verlo todos los alumnos del colegio, chiquillas incluidas, porque el muchacho era mono. ¡Qué jugador! No comió de la pelota, pero llegó a ser alcalde del pueblo, que no es moco de pavo. Digamos que todo esto que he contado pertenecía al fútbol oficial del pueblo. Luego estaba el nuestro, el de los más pequeños, que jugábamos partidos de tres horas en un campo que había en Cuatro Vientos donde, además del barro perpetuo de los inviernos y las ortigas de la primavera, era una lata sortear los garrotes y las majadas de un toro mocho que tenía Murillo siempre amarrado en este campo. Después decían que Palomares no daba jugadores. Teniendo en cuenta la calidad de las instalaciones deportivas, demasiados salieron. Yo era un estupendo portero, por ejemplo, pero como jugábamos en carreteras alquitranadas o en campos llenos de piedras, los codos y las rodillas los tenía siempre con postillas. Ya viviendo en Sevilla, un día fui a ver los entrenamientos del Real Betis y allí estaba Rogelio, el genio más grande que ha dado el fútbol andaluz, al que yo le llevaba el pan a su casa cuando era panadero con El Guapo. Rogelio me reconoció y me dijo: “Ponte de portero, panaero, que voy a tirá unos penaltis”. Acostumbrado a tirarme de palo a palo en las piedras, y como conocía la famosa paradiña del genio coriano, le detuve los dos penaltis seguidos que me tiró. El de la pierna de caoba, que así le llamábamos los béticos, se quedó turulato y me dijo que hablara con El Maní para probar en los infantiles. ¿Probar, después de pararle dos penaltis seguidos a Rogelio en el Villamarín, algo que no hizo ni Iríbar? ¡Anda, hombre!