A mi paisano Rafael Lego
En Arahal hay un paisano mío que parece sacado de otra época, de un cuadro de Virgilio Mattoni. Le llaman Pepe Aldabones porque es un carpintero fino que hace unas puertas con aldabones dorados como no las hace ya nadie en toda la comarca de la Campiña. Dicen que es un artista arreglando coches antiguos de caballo; como no tengo ninguno, es algo que no puedo avalar. Tampoco tengo una puerta echa con sus hábiles manos de platero de la madera, aunque todo se andará. Lo que sí les puedo asegurar es que canta por Marchena para darse cabezazos, aunque no en alguna de sus puertas porque serían los últimos. Aldabones canta por el Maestro de Maestros y por quien haga falta, porque sabe de cante y tiene el don de la voz y de la templanza y de la música. Y otros dones. ¡Cómo coge la copa de solera! Toda aquella fiesta de cante que haya en Arahal a lo largo del año en la que no esté Pepe Aldabones, se queda fuera de los anales festivos del pueblo. Sólo verlo con ese cuerpo gentil, su gorra y los botos camperos de media caña, es ya un deleite para la vista. Tiene música en la voz, y no sólo cuando canta: se pone a hablar y parece que está escuchando uno una pieza de Berlioz. Y, como no podía ser de otra manera, es un filósofo que dice unas cosas para quedarse con la boca abierta. El pasado año, por estas fechas, estábamos tomando una copa de vino en la Peña Pastora Pavón de Arahal, esa que el Ayuntamiento quiere echar abajo. Se produjo una acalorada discusión de política con Curro el de Tecnograaphic, el revolucionario más grande del pueblo. Mientras Curro discutía sobre cómo va el país y nos invitaba a todos a apoyar sus ideas anarquistas, algunos de los presentes lo mirábamos con ganas de decirle cuatro cosas, de rebatirle sus opiniones fervientes y puntosas. Aldabones lo miraba con fijación reflexiva y pensé que estaba cavilando sobre cómo dejar a Curro sin argumentos, pero a su estilo, con esa visión tan diáfana de las cosas y su manera única de explicarlas. Cuando ya me disponía a entrar al trapo, Aldabones me agarró del brazo y me dijo muy enfáticamente, con esa solemnidad de las grandes ocasiones: “Déjamelo a mí, Manué, que sé muy bien lo que tengo que decirle a Curro para que se calle de una vez”. Supe en seguida que íbamos a vivir un gran momento, la lección en directo de un maestro de la oratoria, de un Séneca de este tiempo, del Aristóteles de Arahal. Nos quedamos todos en silencio viendo cómo miraba fijo al controvertible Curro, que es un polémico nato y un luchador insobornable, de los que ya no quedan. Y el gran Aldabones habló por fin ante el pueblo expectante: “Mira, Curro, escucha lo que te voy a decir: ¡¡Una mierda pa ti!!”. Y eso fue todo. Nos fuimos a darnos chocazos contra la gruesa puerta de la peña, porque no se puede tener más arte del que tiene este hombre. Descorchamos una botella de vino por contar en el pueblo con un artista anónimo como Pepe Aldabones, el último filósofo de la Corredera.
