Archive for Diciembre 21st, 2009
A Manolo Ríos Ruiz
Interesante entrevista la que hemos localizado en La Voz, que Luis Bagaría le hizo al cantaor José Ortega Morales, el que fuera hijo del gran Enrique Ortega Feria, competidor de Silverio Franconetti y Curro Dulce. Enrique Ortega fue uno de los hijos de Enrique Ortega Díaz El Gordo y de Carlota Feria, de Cádiz. Se casó con Antonia Morales Fernández y en 1883 vivían en Sevilla, cerca de la Alameda de Hércules, con tres hijos: Rosario, Carmen y Rita, la que luego sería célebre por el remoquete de Rita Ortega La Morala. Rita tenía sólo ocho meses en esta fecha. José Ortega Morales aún no había nacido. La entrevista fue hecha el 17 de junio de 1922, con motivo del célebre Concurso de Cante Jondo de Granada. Es interesante porque da su opinión sobre muchos artistas a los que conoció, y de otros muchos a los que no alcanzó a conocer y de los que supo por su padre. Nos aporta datos muy valiosos sobre su abuela materna, Feliciana Fernández, al parecer, una saetera colosal. Y sobre nombres míticos como Curro Dulce, El Nitri, La Sarneta, El Mellizo y, sobre todo, Silverio, al que su padre consideraba el cantaor “más general por seguiriyas”, según este José Ortega. Todo un documento, del caricaturista Luis Bagaría, para que disfruten los gazaperos y las gazaperas:
CANTE JONDO
Hablando con un “cantaor” hijo de “cantaor”
Quiénes han sido y quiénes son los mejores para un profesional
La actualidad es tirana de los que vivimos entre periódicos, como es posible que se haya dicho ya alguna vez. Así es que a nadie que me conozca, podrá extrañarle que ayer, para sentirme lo más cerca posible del concurso de cante jondo, entrara a beberme unos chatos en el castizo colmado de Los Claveles. Bebí dorada manzanilla con el gusto y la emoción que me imponían las circunstancias y recordé y aun canté por lo bajito una copla que aprendí hace mucho en Barcelona, y que siempre, hasta ayer, había llamado seguidilla gitana, sin conocer mi sacrilegio:
Por una ventana
que ar campo salía.
Por ayí jablaba, mire, con la noya,
cuando yo quería.
Transportado idealmente al concurso de cante jondo, tropecé con los músicos ingleses que han asistido a él, y vibró en mí la cuerda internacional. Igual que había estado en espíritu con Granada, quise estar en espíritu con toda Europa, y pedí cerveza.
En esto me chocó la presencia de un personaje, que andaría alrededor de la cincuentena, alto, afeitado, moreno y dotado de la majestuosa serenidad que se encuentra fácilmente en la raza gitana. Hice una señal al camarero, que me contestó, sin meterse en más averiguaciones:
-¡En seguida se las llevo!
Cuando pude le pregunté quién era el personaje a que he aludido, y me dijo que un cantaor de fama; y ante mi deseo de ser presentado a él, le pidió que se acercase, diciéndole además que yo era periodista.
Amablemente se llegó a mi mesa el solicitado, quien, conocedor ya de mi propósito, y mirando a la columna de redondos fieltros que había delante de mí, me dijo:
-¡Por fuerza es usted ese don Nilo Fabra, que suena tanto!
Yo le aclaré que no era sino el más modesto discípulo de la persona que creía, y le expliqué que lo que deseaba de él era que me hablase del cante jondo, especialidad en que ya sabía que era maestro. Me contestó con voz reposada y acento andaluz:
-Yo no soy maestro, ni hay para qué hablar de ello. Maestro fue mi padre, Ortega. Su nombre lo recuerdan todos los aficionados. A él le oí decir (ya que quiere usted que hablemos de cante) que el cantaor más general por seguiriyas fue Silverio Franconetti, de hace ya cincuenta años. Pero hubo uno, Tomás el Nitri, que cuando quería era el amo. Le pasaba lo que a Rafael el Gallo, que no he de callar yo porque seamos primos: que cuando le entra la jinda no hay quien le vea; pero cuando él quiere… Así era el Nitri.
Se llevó mi interlocutor a los labios un chatito, en espera de que yo marcase con alguna pregunta el rumbo de la conversación, lo que me puso en un gran aprieto. Luego me hizo el incalculable favor de seguir:
-También es que entonces el cante no era tan comercial como ahora. Se cantaba más cuando se estaba de vena. No era cosa de teatro, como ahora.
-Entonces, ¿usted cree que ahora se canta peor?
-En esto del cante, señor, hay muchas maneras. La misma cosa la canta cada uno a su estilo, y todo está bien mientras no se pierda lo que el cante pide. Los payos, muchas veces, por hacer adorno, le quitan al cante su sabor. El gitano siente más el cante; por eso es mejor que el payo. Hay cosas que a los payos no les entran bien. ¿Usted conoce las cañas?
Comprendí que no se refería a las cañas que yo conozco, porque a mí ésas, aunque payo, me entran perfectamente, y me limité a contestar que había oído hablar de ellas.
-Diga usted conmigo-continuó- que nadie las ha cantado como Curro Dulce, de Cádiz. ¡Y había también que oír a Curro cuando se arrancaba por seguirillas! Diciendo malagueñas, pa mí, Enrique el Mellizo, y por alegrías para baile, el Quiqui y el Chato Granadino.
-¿Y por soleares?-pregunté, escarbando en lo más hondo de mis conocimientos flamencos, y creo que con algo de acento andaluz.
Una pausa, y mi buen amigo José Ortega respondió sin titubeo:
-Mercedes la Cerneta, la Cachuchera y Antonia la del Loro, la hija del Loro. Y en saetas, mi abuela, Feliciana Fernández, aunque esté mal el decirlo, y Chano Ortega. No deje de apuntar ahí a Juan Breva, con malagueñas y fandanguillos, que era lo suyo, y al Mellizo, con tangos.
-Y después de aquellos tiempos, ¿quién siguió?
-Después de Juan Breva vinieron el Perote, el Canario, el Fosforito…, buenos cantaores los tres.
-Y de la época actual, ¿quién le parece mejor?¿Quién canta mejor seguidillas, por ejemplo?
-¿Seguidillas? ¿Cómo seguidillas? ¡Seguiriyas, señor!
Retiro con el natural azoramiento la palabra molesta, y sigue benévolamente mi amigo:
-Pues ahora, por seguiriyas (recalca la palabra con intención, más que punitiva, didáctica), cogiéndole bien, Manuel Torres; después, Antoñito el Mellizo y Tomás, el hermano de la Niña de los Peines, y Clarito Mojama, y algunos otros. Como entendido, como catedrático del cante, tenemos hoy a Antonio Chacón, y es un gran aficionado por todos los cantes Diego Antúnez.
-¿Cómo me ha nombrado usted entre los modernos al Mellizo, si me lo nombró entre los antiguos?
-Es que los Mellizo son dos.
-¡Me lo figuraba!
-Enrique el Mellizo era uno, y Antoñito el Mellizo el otro. Eso lo sabe todo el mundo.
-¿Usted sabrá también de bailes?
-Algo se le entiende a uno, sí, señor, a qué negarlo. Pa mí, en el baile, lo mejor de lo mejor han sido el Raspao, el Pintor, Pamplinas, Rita Ortega, Josefina la Pitraca, la Mejorana, que era la madre de Pastora Imperio; Gabriela Ortega, que era madre de los Gallo; la Cuenca. Me parece –dice después de darme esta lista, con algún intervalo de nombre a nombre- que no será mucho bueno lo que me dejo.
Le pregunto entonces, para completar la información, qué me dice de tocadores de guitarra. Me contesta, siempre revelando una preferencia por los que fueron:
-Antiguamente, el maestro Patiño, Paco el de Lucena, Paco el Águila, y el Maestro Pérez, por alegrías para el baile. Más modernos. Javier Molina, Habichuela, Miguel Borrull, el Niño de Huelva, y Montoya.
No me resigno a separarme de José Ortega sin que me hable algo de sí mismo. Él, con exceso de modestia, se resiste, y cuando se decide, por fin, trata de ocultar los méritos que yo, después y por boca de personas entendidas, he sabido que tiene; pues José Ortega, en opinión de los inteligentes, merece un puesto entre los profesionales que él ha elogiado como buenos.
-Ya le he dicho antes –contesta a mi requerimiento insistente- que quien fue maestro de los buenos era mi padre, que compitió con Silverio y con Nitri. Si algo bueno tengo, es el haberme criado entre los mejores. Tengo dos cantes de mi propiedad, que parece que le gustan a la afición: Los ojitos negros y La máquina.
Sin duda también se ha asomado la ignorancia a mis ojos en este momento; lo cual, unido a mis deplorables confusiones con los Mellizo y con las seguiriyas, llevan a mi buen amigo a decirme, al tiempo que nos damos un cordial apretón de manos:
-¿Cómo es que no ha ido usted también al concurso de cante jondo?
LUIS BAGARÍA
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Palomares es un pueblo que llevo en el corazón. Pero tengo que confesar que no fue todo bonito en este pueblo del Aljarafe sevillano; que también pasé malos momentos a lo largo de los doce años que viví en él. Miedo, sobre todo. Como vivía a las afueras del pueblo, en Cuatro Vientos, donde habríamos entonces, en el meridiano de los años sesenta, unas quince familias a lo sumo, para quedar con los amigos tenía que ir a la plazoleta, al bar de Ricardo, donde había un futbolín y un televisor como únicos avances deportivos, culturales y sociales de la España de Franco que habían llegado al pueblo. De otras cosas, sobre todo de curas y guardias civiles, estábamos a un nivel aceptable, digamos como en Coria del Río, que para nosotros era la capital. Sevilla nos pillaba más lejos y, como todo lo que salía en el televisor de Ricardo, creíamos que era de otro planeta. El bar de Ricardo fue el primero de Palomares con mentalidad europea, porque por una peseta te dejaban ver Bonanza y ¿Es usted el asesino?, aquellas series tan geniales de la tele en blanco y negro. La última era de miedo, de un señor que asesinaba a sus víctimas con un paraguas y que protagonizaba Narciso Ibáñez Menta, el padre de Chicho Ibáñez Serrador. Como para ver esta serie tenía que bajar al bar de Ricardo o a la casa de mi tía Ramona, el problema es que luego había que subir a Cuatro Vientos por una carretera sin farolas, que en las noches sin luna era la boca de un lobo. Me esperaba en la esquina de El Pescaero hasta que alguien subiera para no ir solo, pero muchas veces no subía nadie y tenía echarle valor. Hasta la granja de pollos no había problema alguno, porque había viviendas; pero de ahí para arriba, los trescientos o cuatrocientos metros que restaban para llegar a mi casa, eran de infarto porque la carretera iba entre dos barrancos con olivos en los bordes y algún camino hacia el campo. Si a la mitad del trayecto, antes de llegar a lo de El Piruja, salía un conejo o levantaba el vuelo un mochuelo, echaba a correr y llegaba a mi casa con el corazón en la garganta y los cataplines diciéndoles al corazón “quítate de ahí que vamos con prisas”. En noches de luna llena era aún peor porque los olivos dibujaban espantosas sombras y, como era un niño imaginativo, cualquiera de ellas me parecía el temible hombre del paraguas. O sea, que pasé un miedo pavoroso en Palomares, donde, encima, algunos eran unos bromistas de mal gusto y alguna vez se escondieron en la cuneta para asustarme. Amigos como El Pirri, El Niñolola o El Fuli chico, eran más peligrosos que un cable suelto. Después de tantos años, cuando voy por un camino a la caída de la tarde o me quedo a oscuras en casa, aún creo que alguien me va a agarrar por una pierna y siento miedo.
El miedo no es innato, es adquirido en la infancia, cuando te asustan con el Tío del Saco como hacían en Palomares. Mi madre nos aterrorizaba con este imaginario devorador de niños y con El Martinillo, el monstruo que vivía en nuestro pozo. Ahora lo sé, pero entonces no sabía que lo hacía para que no me asomara solo. ¡El miedo que me daba asomarme al pozo, aunque fuera de día! Y todavía me ocurre. Cuando voy por el campo y veo un pozo abandonado, pocas veces me asomo. Recuerdo que una noche me mandó mi madre a por un cubo de agua y al tirar de la cuerda, en seguida noté que el cubo pesaba más de lo normal y me acordé de El Martinillo. “Éste viene agarrao al cubo”, dije, con un ruido de tripas que no venía de la carrucha. Aguanté como un hombre y quise saber qué clase de monstruo era El Martinillo ese que no nos dejaba vivir y que aparecía en nuestras peores pesadillas. Cuando puse el cubo en el brocal del pozo comprobé que había enganchado una sandía de cuatro kilos que mi abuelo había echado al agua para que estuviera fresca, porque el pozo era nuestra nevera. Ese día caí en que era imposible que hubiera un monstruo en el pozo, porque de ser cierto, se habría zampado la sandía. Aunque se alimentara de niños, o sea, de proteínas, algún postre comería el animalito. En cuanto al Tío del Saco, de ese monstruo no teníamos tanto miedo porque en el pueblo había muchos tíos del saco: los hombres que iban al campo llevaban siempre un saco para ir echando todo lo que fuera comestible. Además, al contrario de lo que nos hacían creer, el Tío del Saco solía ser un mendigo con traje de pana desgastado, zapatos viejos y mucha barba, que andaba por los pueblos pidiendo limosna. Cuando nuestras madres los veían aparecer les gritaban desde lejos “Tío del sacoooooo, llévese usté a este niño que no quiere ir al colegiooooo”. El mendigo se acercaba poniendo cara de malo y, cuando las mamás nos veían aterrados, les soltaban “¡Anda ya! Si mi niño es mu bueno, ¿a que sí?”. Por eso les tirábamos piedras cuando los veíamos por el pueblo, porque nos hacían ver que eran malos. Pero el Tío del Saco nunca se comió a ningún niño en Palomares; solían hacerse amigos de los niños buenos y contaban hermosos cuentos de piratas del Guadalquivir e historias rurales de gran ternura. Lo que no sé es si alguno de estos tíos del saco no acabó comiéndose a alguna madre…
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