
Un cuadro de Antonio Mairena, del pintor Antonio Badía, presidía mi pequeño museo en 1996. Autor de la fotografía, Quico Pérez Ventana.
A la memoria del Maestro
Mi sensibilidad de aficionado me ha permitido disfrutar de muchos cantaores, Antonio Mairena entre ellos. Me vuelven loco Marchena, Manuel Vallejo, el Niño de Fregenal, El Peluso, Camarón, Morente, Perrate de Utrera y El Carbonero, entre otros muchos. Llámenme ambiguo, si quieren. Hay una parte del mairenismo que sólo reconoce a los artistas gitanos o agitanados, como le ocurría a Antonio, quien consideró siempre al payo poco menos que un husmeador del cante andaluz, de ahí que discutiera el papel de Silverio y Chacón y de que sólo aceptara a los castellanos agitanados que seguían sus axiomas, como Fosforito o José Menese, entre otros muchos. En una ocasión observé cómo el maestro abandonaba su propia peña de Mairena del Alcor un poco contrariado porque un cantaor gitano, que daba un concierto, cantó unos fandangos del Niño de la Huerta. Prodigiosos, por cierto. Y abundando en este asunto, Miguel Espín, el marido de Carmen Linares, me contó que cuando Antonio escuchó cantar por primera vez a su esposa, en Córdoba, se entusiasmó con su voz “tan gitana”, según el maestro. En seguida le preguntó que si pertenecía a alguna de las familias de “la buena gitanería de Linares”. Cuando Carmen le dijo que era más paya que un olivo, Antonio perdió en seguida el interés por ella, según Miguel Espín.
Mairena era un apasionado que rozaba la ceguera y en sus memorias hay pruebas de esto que digo. Hablando de Diego Manolete, cantaor aficionado de su pueblo, dijo que era el único partidario de don Antonio Chacón en Mairena. ¿Los contó, acaso? Sin embargo, según cuenta también en sus memorias, los maireneros adoraban todos a Manuel Torre. ¿Hizo una encuesta en el pueblo, quizás? No deja de ser curioso que los de Mairena echaran del teatro al Niño Gloria por cantar fandangos de Cayetano el de Cabra, y que sacaran en hombros a Manuel Torre por cantar granadinas de Chacón. Esto lo contó también en sus memorias, en las que responsabiliza a Chacón de la ópera flamenca, cuando se sabe que eso es incierto y absolutamente injusto.
Don Antonio Chacón no era partidario de esa época tan comercial y sólo se prestó a participar en macroconciertos por pura necesidad económica, como Mairena se prestó a cantar cuplés por bulerías por meter la cabeza en las discográficas, y a cantar para bailar porque no tuvo más remedio que hacerlo. Según el doctor Antonio Rincón Muñiz, en su libro Raíces flamencas de Mairena del Alcor (Sevilla, 1983), Don Antonio Chacón cantó algunas veces en Mairena, “y, según los más viejos, era venerado aquí tal como ocurría en todas partes”, dice Rincón. Este escritor de Los Palacios, casado con una cantaora de Mairena, Loli Mauri, es un gran mairenista y se documentó muy bien para escribir este libro. Entonces, ¿cómo Antonio Mairena dijo en sus memorias que sólo Diego Manolete era admirador del maestro jerezano, de todos los aficionados del pueblo?
Este libro no sentó nada bien en el mairenismo, por dos motivos: primero, porque Rincón dio a conocer a otros muchos cantaores de Mairena de los que apenas se había escrito nunca nada; y segundo, porque se supo que Antonio Mairena también había aprendido a cantar escuchando a cantaores no gitanos de Mairena del Alcor. O sea, que no todo lo aprendió de Manuel Torre, el de la Paula, Tomás y Pastora. Muchos coleccionistas de discos de pizarra, amigos del maestro -Manolito Ordóñez, por ejemplo-, me confesaron que Mairena los visitaba con frecuencia para escuchar a determinados cantaores. “Gitanos, supongo…”, les preguntaba. Pues no sólo a los gitanos. Pedía los discos de El Mochuelo, de Chacón, de Fernando El Herrero y, sobre todo, de El Carbonerillo, porque andaba loco con dos cantes por soleá (Antes que Dios no aparte) y seguiriyas (Y esos dientes blancos), de El Carbonero, que lo habían cautivado.
Esto demuestra fehacientemente lo gran aficionado y estudioso que era el maestro, al que, sin embargo, le faltó humildad y honradez para reconocer que no todo lo aprendió de los maestros gitanos. ¿Saben por qué? Porque si reconocía que también aprendía de los payos, sus teorías perdían valor. Por eso, en Mundo y formas del cante flamenco, la obra literaria que firmó con Ricardo Molina, destaca más a cantaores no profesionales como Juaniquí y Joaquín el de la Paula, que a grandes profesionales como Silverio Franconetti y Don Antonio Chacón, que fueron fundamentales. No dan en este libro ni una sola referencia de hemeroteca, aunque sí mucho crédito a lo que les dijeron esos viejos aficionados que no salieron de sus pueblos y que ni siquiera grabaron discos. Mairena se pasó la vida defendiendo un flamenco doméstico y envidiando a las figuras de éxito.
CONTINUARÁ…
