A la memoria del Maestro
Nunca he querido escribir sobre mi relación personal con Antonio Mairena. No digo amistad porque, aunque éramos buenos amigos, apenas hablamos más de cinco o seis veces. Le escribí algunas cartas y me contestó siempre con gran amabilidad. Eran epístolas escritas a máquina con muchas faltas de ortografía y firmadas con pluma estilográfica. Las conservo, claro está. Lo digo para que vean que es verdad lo de las cartas. En su casa sevillana de Pedro Padre Ayala estuve sólo una vez y recuerdo aquel día como uno de los más emocionantes de mi vida. ¡Entrar en la casa del gran Mairena! Lo llamé por teléfono y me citó a la hora del café. Don Antonio Cruz García era muy tradicional en sus costumbres sociales, un hombre que leía los periódicos -El Correo y ABC, amén de algún que otro diario deportivo-, que amaba las tertulias y seguía los telediarios. Costumbres poco gitanas, como me señaló un día el cantaor Luis Caballero, quien defendió alguna vez la teoría de que Mairena era morisco y no gitano.
Cuando llegué, su hermana Rosario me dijo que me esperara un poco porque estaba atendiendo a unos señores “muy importantes”. Supe más tarde, sentado ya con el maestro en su mesa camilla, en su pequeño museo flamenco, que eran dos líderes del Partido Socialista que habían ido a darle un obsequio, porque unas noches atrás Antonio y sus hermanos estuvieron cantándole a Felipe González en el chalé de una hermana del político, entre Bellavista y Dos Hermanas. El ex presidente del Gobierno de España es un gran mairenista, lo que demuestra que es también un gran aficionado al cante por derecho. Antonio me enseñó orgulloso el regalo, la cabeza de bronce de un histórico político socialista, creo recordar que de Pablo Iglesias, aunque hace ya treinta años de esto y puede fallarme la memoria. “¿Sabes quién es?”, me preguntó. Se lo dije y me pidió que no lo comentara con nadie, “porque los artistas tenemos que estar al margen de la política, aunque yo tengo mis ideas y ya no puedo ocultarte por dónde van esas ideas”, dijo sonriendo, con aquella sonrisa sincera y anchurosa que tenía el genio. Lo digo ahora, después de treinta y un años y a los veintiséis de la muerte del gran cantaor.
Aquella tarde le confesé al maestro mi admiración por él y por los cantaores de su gusto, como eran Manuel Torre, Tomás Pavón, Pastora y El Gloria, entre otros. Llevaba unos discos que había comprado en la Gran Plaza, de aquella magnífica colección que acababa de sacar Pepe Carrasco, Los Ases del Cante Flamenco. Antonio me dijo que se los enseñara y los puse encima de la mesa. “¡Qué maravilla”, dijo el maestro, admirado. “El del Niño Gloria me gustaría tenerlo, porque perdí sus cantes”, comentó. Se lo regalé, claro está. Debajo del disco del Niño Gloria estaba el de Manuel Vallejo y lo apartó sin decir nada, con gesto serio. Hizo lo mismo con los de Cepero, Palanca y El Sevillano. Sólo celebró el de El Gloria. Al preguntarle por el motivo de que apartara esos discos, dijo con seguridad: “Esos son otra historia”. La verdad es que yo no tenía discos de esos cantaores, porque entonces apenas estaban en el mercado. Cuando llegué a casa, antes de escuchar al Niño Gloria puse en el tocadiscos a Cepero y estuve llorando de emoción todo el tiempo. No entendía que el maestro hubiera tratado con desprecio a un cantaor como Cepero, con esos fandangos tan emotivos y dulces, y sus letras tan sentimentales.
Entendí que Antonio Mairena había tratado de manipular a un joven aficionado de 20 años, al que le estaba diciendo a las claras por dónde debía de tirar. Y ese mismo día supe que nunca podría ser mairenista, aunque amara y siga amando todavía el cante de Antonio Mairena y el de sus hermanos, especialmente el de Curro. Adoro también la voz de Manolo y sus increíbles saetas, estilo de cante en el que no tuvo rival hasta que dejó de cantar.
CONTINUARÁ…
