A los niños del mundo sin hogar
En Palomares del Río hubo una fábrica de porrones de artesanía, de aquellos que se revestían con finas pieles de animales, en la que trabajé cuando tenía sólo 12 años de edad. Echaba horas por las tardes para ayudar en mi casa, como se decía entonces. Me las pagaban a cinco pesetas y solía echar tres o cuatro horas diarias. Allí fue donde descubrí que el pegamento enganchaba. Como mi trabajo consistía en forrar porrones, entre otras labores, estaba siempre en contacto con el caucho y, sin saberlo, cogía unos colocones increíbles; era un niño siempre colgado viendo lucecitas y con una cara de gilipollas que daría cualquier cosa por verme ahora en una fotografía. Aunque el asunto no es para frivolizarlo, porque en algunos países es un drama social de una dureza atroz, como sucede en Brasil. En aquella época ya habían llegado los canutos a Palomares y había sus porreros y todo, como en cualquier pueblo moderno, pero mis colocones eran por el pegamento. No lo supe hasta que hace unos años leí un reportaje en El País sobre los niños callejeros adictos al caucho. Seguramente también llegué a ser un adicto, porque ansiaba a que llegara la tarde para irme a la fábrica y flotar por todo el pueblo, oliendo el pegamento. En esta fábrica, además, como era un niño explotado, supe por primera vez que sería un contestatario, un sindicalista, un líder obrero, aunque haya acabado al final siendo un aburguesado crítico de flamenco con una BlakBerry. Resulta que me mandaron a lavar porrones y, seguramente, con el cuelgue del pegamento los coloqué incorrectamente en una especie de angarilla para su secado, con la mala fortuna de que cayeron al suelo y rompí treinta porrones de artesanía. ¡Uff! Encima, con uno de ellos me corté un pie y tuvieron que llevarme a la oficia a curarme. Cuando llegó el encargado, el bueno de Roque, le restó importancia al corte en el pie, aunque no a los porrones rotos. “Que sepas que tendrás que trabajar gratis un año para pagar las botellas”, dijo algo furibundo. Me hirvió la sangre proletaria y le dije que no sólo no iba a pagar las dichosas botellitas forradas de piel para señoritos cursis, sino que iba a denunciar a la fábrica por explotación infantil. Roque comenzó a reírse y me echó de la oficina de una cariñosa patada en el culo, por aquello de la confianza que da ser vecinos. “¡Tiene gracia el niño! Encima de torpe, marxista”, dijo riéndose a mandíbula desencajada. Naturalmente, ese fue mi último día en la fábrica de porrones tuneados. No pueden imaginarse lo que me acordaba del adhesivo, porque echaba de menos las lucecitas y esos viajes cósmicos por los tejados del pueblo, el campanario de la iglesia y los olivos de Mampela. Nunca más volví a oler el pegamento. Esta misma tarde he leído de nuevo el drama de los niños del caucho en Brasil y no he podido evitar contar esta experiencia personal que, por supuesto, poco tiene que ver con la trágica historia de estos niños, que lamentablemente no tiene fácil arreglo mientras que el mundo mire para otro lado. Si es que mira para alguna parte.
