A César Rufino

Mi abuelo Manuel me contó una historia muy curiosa, que me va a servir para reflexionar hoy sobre un asunto delicado. Cuando era joven trabajaba en el campo y en aquella época los jornaleros dormían en los cortijos. Estando en una conocida hacienda de Arahal le tocó dormir algunas noches en un pequeño cuartucho, de suelo terrizo, con cinco compañeros de trabajo. La dura faena del día lo dejaba tan cansado que todo era tumbarse y quedarse dormido. La primera noche notó que una pequeña piedra se le clavaba en la espalda y que no lo dejaba dormir. Pero eran tan grandes el cansancio y el frío, que no se levantaba a quitar la piedra. Hasta que se acostumbró a ella y le cogió gusto. Sin embargo, una de aquellas noches ya no podía más, buscó la piedra debajo de la manta y la revoleó al campo con tanta fuerza que la sacó del cortijo y fue a caer a un pequeño arroyuelo. Su sorpresa fue cuando comprobó que no había manera de conciliar el sueño, a pesar de que la piedra ya no le molestaba en la espalda o los costados. En realidad no podía dormir porque se había acostumbrado a la piedra y la echaba de menos. Aunque parezca increíble la historia, acabó metiéndose en el arroyo a buscar el pedrusco para colocarlo justamente en el hueco donde estuvo siempre. Cuando la puso en su sitio, durmió el resto de los días como un lirón. Eso demuestra que los seres humanos nos acostumbramos al dolor, a la incomodidad, al sufrimiento, de la misma manera que nos hacemos a la alegría, al bienestar y la estabilidad emocional. Me está pasando algo parecido a lo que le ocurrió a mi abuelo con la piedra, con los informativos de Telecinco. Soy incondicional de Pedro Piqueras, pero cada vez que veo su informativo me dan ganas de cortarme las venas, por vivir en un país donde sólo hay violencia de género, robos, crímenes y catástrofes, según él. Cuando salgo a la calle lo hago con cautela por si me espera en la misma puerta un desequilibrado con un hacha o un ratero con un machete de medio metro. ¿Por qué no cambio de informativo? Por el mismo motivo por el que mi abuelo estuvo varios días durmiendo con la dichosa piedra clavada en la espalda. Porque le he cogido gusto, porque disfruto con las malas noticias. Seguramente, un día cogeré el televisor y lo arrojaré contra la pared para quedarme tranquilo y no saber nada más de lo mal que está España. Pero estoy seguro de que acabaría yendo a la tienda a por otro televisor –con TDT incorporado, claro­–, porque ya no podría vivir sin la visión que de España tienen Pedro Piqueras y los informativos en general. Me ha contado mi mujer que hace unas noches me encontró escondido dentro del ropero del dormitorio; que cuando abrió la puerta me vio aterrado y preguntando, con la voz entrecortada y los ojos fuera de sus órbitas : “¿Se ha ido ya Pedro Piqueras?”. ¡Pero bueno! Sabemos que un pueblo con miedo es una parroquia que ama a sus líderes, en una especie de síndrome de Estocolmo provocado, pero lo de esta cadena es para esconderse en el campo y no querer saber nada de España, un país donde ocurren todos los días cientos de cosas hermosas que ningún informativo cuenta porque han optado por el terror y el caos informativo como una fórmula diseñada para que nos quedemos en casa viendo la televisión, los anuncios publicitarios y lo mucho que trabajan nuestros políticos. Por supuesto, con cámaras de vigilancia, alarmas antirrobo en los coches, seguros a mansalva, una recortá detrás de la puerta y el dinero y las joyas a buen recaudo; en los bancos, claro, porque el negocio es el negocio. Menos mal que de vez en cuando nos ponen a Zapatero celebrando nuestros éxitos deportivos como contrapunto al catastrofismo, algo también estudiado para que veamos el rostro y el color político de las buenas noticias.