Archive for Diciembre 11th, 2009
A Francisco Robles
Como mi padre murió cuando yo apenas andaba, ocupó su puesto mi abuelo Manuel Casado Peña –no era de los Pinini de Utrera, a pesar de su segundo apellido–, el padre de mi madre. Era un hombre seco, poco dado a los arrumacos y duro como el cabo de una azada. Su vida no había sido fácil y repelía las muestras de cariño, en ocasiones, con un manotazo. Pero era honrado y trabajador como él solo y lo quise mucho. Criado por una madrastra, enviudó en la Guerra Civil de 1936 y se quedó con dos niñas pequeñas. Nunca volvió a casarse, lo que indica que adoraba a mi abuela, que murió de un mal parto en Sevilla. Encima, cuando ya se había jubilado y vivía tranquilo en Palomares, se tuvo que hacer cargo de tres niños, de sólo 4 años de edad el mayor. En unos tiempos, además, difíciles de la historia de España. Aunque entonces nunca entendí su mal humor, ahora lo comprendo perfectamente y es lógico que no fuera un hombre chistoso, sandunguero, sino una persona apesadumbrada por la dureza con la que lo había tratado la vida. Teníamos en casa una cabra y un día nos dijo que se había quedado preñada. Se pueden imaginar la emoción que sentimos todos, porque en casa nunca habíamos tenido un parto, salvo los de nuestra gata, Lucecita, que llenó Palomares de gatitos. ¡Aquella gata era tan caliente como una batata! Mi abuelo hizo un trato conmigo: “Si te encargas de alimentar a la cabra, el chivito es para ti”, me prometió. Aunque odiaba coger verdolaga, carregüela y varetas, estuve haciéndolo todo el tiempo y mimando a la mamá cabra. La noche que se puso de parto no dormimos en la casa porque fue un alumbramiento difícil y en mi familia hay mal recuerdo de los partos. La pericia de mi abuelo y mis caricias en la barriga del animalito contribuyeron a que el chivito viniera al mundo sin ningún problema. ¡Ni se imaginan lo bonito que era! Sin ser Platero, el jumentillo de Juan Ramón, era también suave y peludo y andaba con una gracia propia de los chivitos. Lo llamé Norit por aquel detergente del borreguito que muchos de ustedes recordarán. Naturalmente, Norit perdió la querencia del corral y estaba siempre en la casa como si fuera un perrito, comiendo de todo y durmiendo, en ocasiones, con Lucecita al calor de la copa de cisco. Cuando me iba al colegio me acompañaba y, una vez dentro, regresaba solo a casa dando saltitos y volviendo la cara hacia el colegio. ¡Qué largos se me hacían los días esperando a que acabaran las clases para llegar a casa y abrazarlo! Él sabía cuando llegaba y me esperaba en la puerta con los ojos vivarachos. Y cuando asomaba la cabeza por la cuesta, echaba a correr hacia mí y terminábamos revolcándonos en la fría hierba de aquella Navidad. Pero un día, al llegar del colegio me resultó raro que no saliera a recibirme como de costumbre. En casa había un hombre de Almensilla, amigo de mi abuelo, amarrando al chivito y a su madre a su bicicleta. Mi abuelo los acababa de vender en mil reales. Mi madre, sumisa siempre ante su padre, evitó encontrarse con mi mirada de incredulidad y, para consolarme, dijo que podría ir a verlo cada vez que quisiera, porque estaría cerca de Palomares. Mi abuelo no se atrevió a mirarme siquiera. Lo demás ya se lo pueden imaginar. Corrí hacia los olivos y desde un cerro observé cómo él y su madre se alejaban enganchados a una destartalada bicicleta, camino de Almensilla. Nunca más supe de Norit. Desde aquel día, cada Navidad me acuerdo de él y me imagino un día de Reyes abriendo una caja y encontrándome con la sorpresa de hallar en ella a un chivito como Norit, suave y peludo sin llegar a ser Platero, aunque Norit fue para mí lo que el célebre jumentillo para Juan Ramón. Han pasado cuarenta años de aquella triste historia y sigo esperando, cada año, por estas fechas, quizás el regalo menos apropiado para un tío de 51 años y casi dos metros de altura. Como sigo esperando a que un día mi abuelo se comunique conmigo para decirle que nunca lo odié por lo que hizo; que con el tiempo entendí sus motivos y, sobre todo, que lo echo de menos.
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