A mi hermana Loli
Lo de creer en los Reyes Magos de Oriente tenía su encanto. A las familias pobres les venía muy bien porque si no te podían echar ningún juguete o no todo lo bueno que cada niño quería, la culpa era de Melchor, Gaspar o Baltasar. Nada menos que tres para echarles la culpa. Aunque no recuerdo haberme quedado nunca sin reyes en mi infancia, cuando vivía en Palomares del Río, en el barrio de Cuatro Vientos. Era bonito porque mi madre siempre nos sorprendía; entonces no eran unos reyes a la carta, como ahora, que los niños alardean un mes antes de su futuro ordenador o de la playstation. Lo que pasaba era que a lo mejor barruntabas que te iban a echar un Winchester y tu madre se dejaba caer con un recortable de ovejitas o una cartera para el colegio, de aquellas de cremallera y jirafitas. Cosas de niños. “¡Ojú, omá, que eres una tradicioná!”, decías cabreado. Y si a tus hermanos les echaban algo más acorde con sus gustos, cogías el recortable y la carpeta para el colegio y los revoleabas a los olivos. Y, claro, encima te llevabas el cocotazo del día y te ibas a la cama sin el rifle y sin caramelos. Pero me gusta recordar aquellos años, a pesar de todo. La noche de Reyes apenas dormíamos pensando en que por la mañana salíamos al corral y los Magos de Oriente habían dejado en el lebrillo los juguetes. Como yo era el más suspicaz, un año vigilé a mi madre y a mi abuelo y supe que eran ellos los que llenaban el lebrillo de varetas y escondían los juguetes debajo. ¡Joder! Sin embargo, eran tan felices engañándonos como a pavos, que no los descubrí. Cuando el sol ahuyentaba a la niebla y la cafetera humeaba en el hornillo de la cocina, entraba mi abuelo en la habitación, abría la ventana y decía: “¡Anda que no han dejao juguetes los Reyes Magos! A la niña le han echao una muñeca con la cabeza como una burra”, dijo emocionado, a pesar de su conocido mal genio y escaso sentido del humor. Aquel año me echaron una bandolera con dos pistolas, porque estaba de moda aquella magnífica serie de televisión que fue Bonanza. Durante algunos días fui el forajido más peligroso de Cuatro Vientos y el asaltante de caminos más buscado por Manolito el Municipal. Estaba siempre pegando tiros y diciéndole a los cobradores, cuando llegaban a mi casa, antes de que llamaran a la puerta: “Yo que tú no lo haría, ditero”. Incluso intenté dar un atraco en la taberna de Mariquita Méndez, pero El Norra, su marido, cogió una vara de olivo y tuve que saltarme el malecón al estilo de Kevin Costner en Silverado, con la diferencia de que a mí no me esperaba el caballo. Al mes de los Reyes, o quizás menos, las pistolas estaban rotas o más perdidas que el barco del arroz. Llegaba entonces el momento más divertido, que era el de fabricarnos nuestros propios juguetes: el patín de cojinetes, la llanta de bicicleta, el tirachinas y la lanza, eran los más habituales. Si yo tuviera hijos los enseñaría a hacerse sus propios juguetes, en vez de darles todos los caprichos. El patín era un juguete muy divertido a la hora de hacerlo, y barato; sólo tenías que buscar una tabla, dos maderos y cuatro cojinetes en un taller de coches. Y si nos aburríamos ya demasiado, entonces practicábamos el cruel juego de la cartera o el billete falso en la carretera para mofarnos de los demás, que en Palomares era costumbre. No olvidaré nunca la broma que le gastamos a la madre de un amigo. Esta mujer iba muchos días desde Palomares a una viña que tenía la familia en la carretera de Almensilla, antes de llegar a la piscina de Sartarén. Por algún tipo de impedimento físico, sus hijos la montaban en una mula y al llegar al viñedo, otra persona le ayudaba a bajar de ella. Nosotros, que éramos un poco cabroncetes, le colocamos una cartera a la altura de Cuatro Vientos, en la cuesta. La cartera era negra y de ella salía medio billete falso de quinientas pesetas, que eran tan difíciles de ver en Palomares, como hoy son los de quinientos euros en cualquier parte de España. Nos escondimos en el barranco y cuando la buena mujer vio la cartera con el billete asomando, exclamó eufórica: “¡¡Anda, una cartera!! El vestío de mi niña”. Se echó abajo de la mula y cuando vio la trampa, alzó la vista y nos vio en el barranco desternillándonos de la risa. ¡La de maldiciones que nos echó! Pero lo peor vino cuando quiso montarse otra vez en la mula y no podía. Tuvimos que avisar a unos hombres para que la ayudaran. ¡Pobre mujer! Pero como nos conocía de toda la vida, el asunto no llegó a Manolito el Municipal. Como habrán comprobado, los niños pobres también nos divertíamos en Palomares del Río. Eran los años de la inocencia.
