A Eva Caballero
Cuando el cantaor y escritor Luis Caballero Polo se metió en su casa aljarafeña porque le había llegado la hora de hacerlo –tiene 90 años de edad–, quise ir a verlo pero alguien me aconsejó que no porque, según esta persona, estaba muy mal físicamente y era mejor que lo recordara en plenitud de facultades y esplendor artístico. ¡Menuda tontería! Pero la verdad es que, quizá por no molestarlo ni incordiar a su familia, decidí no ir a verlo y quedarme con la imagen del amigo al que tantas veces había visto en El Ancla, de Triana, con ese porte suyo tan señorial y elegante, poco antes de quedarse ya en casa para pasar lo mejor posible esa dura etapa de la vida. Sin embargo, y aunque sabía de él por amigos comunes, el pasado domingo decidí acudir a su casa, Aznaljarafe, donde vive con su hija Eva y el marido de ésta, quienes lo cuidan con mimo y toda clase de atenciones. No sabía cómo me lo iba a encontrar y cuando entré en su casa, estaba sentado en un sillón y tapado con una manta roja. No podía ser de otro color, apreciada Eva. Me puse frente a él y no me reconoció al verme, con lo que ya se pueden imaginar la que me entró por el cuerpo, porque quiero a Luis Caballero con toda mi alma. Y sé que él siempre me apreció también. Aguanté las lágrimas para que no me viera y me senté a su vera y comencé a preguntarle cosas y por amigos comunes. Y hasta que no salió a colación el nombre de su gran amigo Antonio Mairena, Luis no reaccionó. “¡Ay, Antonio Mairena! Me acuerdo de Antonio todos los días. ¡Cuánto aprendí de Antonio!”, dijo con los ojos humedecidos. Y también se acordaba del gran guitarrista sevillano Manolo Domínguez El Rubio, otro gran amigo suyo. “¡Cómo tocaba la guitarra Manolito Domínguez!”, dijo con admiración. Recuerda mejor a sus amigos ya ausentes, que a los vivos. De su padre, Vidal Caballero Ojeda, se acuerda constantemente y lo nombra mucho. El padre fue fusilado en la guerra de 1936 casi en presencia suya y de su hermano Vidal, cuando Luis tenía 18 años. Siempre fue su referencia más importante, y aun estando con la cabeza perdida, aunque a ratos, sigue siéndolo. Como lo fusilaron los fascistas el primer Domingo de Ramos del alzamiento militar, Luis escribió esta terrible seguiriya:
una madrugá,
de un día mu grande y señalao
por la cristiandá
Heredó de su padre la hombría, la honradez y sus ideas políticas. Luis es de izquierdas, un rojo insobornable, de ahí mi puntualización con lo de la manta roja con la que su hija Eva lo abrigaba en el sillón. Nunca tuvo ninguna duda sobre su tendencia política. La verdad es que leyendo sus memorias (Luis Caballero visto por Luis Caballero, 1992), se entiende perfectamente su color favorito, al que nunca ha traicionado y del que jamás reniega. Es un libro que habría que reeditar porque, además de que está muy bien escrito –es un gran escritor–, cuenta su vida con una sinceridad y una humildad verdaderamente admirables. Y es que Luis es un hombre admirable en todos los sentidos. Como cantaor no ha llegado a estar considerado como Mairena o Marchena, pero es admirado y respetado por los buenos aficionados como un verdadero maestro del cante más clásico. Mairenista y chaconiano –¡menuda mezcla!–, su discografía, corta pero rica, es un tesoro de cultura andaluza. Además de un cantaor serio, profundo y responsable, Luis es un gran escritor de temas flamencos, el cantaor que mejor ha escrito en la historia del cante jondo. Se le compara, en este aspecto, con aquel otro cantaor, Fernando el de Triana, autor del magnífico libro Arte y artistas flamencos (Madrid, 1935), de obligada referencia. Sin negar la importancia histórica de este libro, es preciso puntualizar que Luis es mejor escritor de lo que lo fue el cantaor de Triana. Pero al margen del cantaor y el escritor, existe una faceta en Luis que tiene mucho más valor que las dos anteriores juntas: la del ser humano que es. Este cantaor que ahora pasa los días en un sillón acordándose de sus seres queridos, comiéndose con la mirada a sus perros y poniéndole a su hija Eva la mejor sonrisa y el gesto infantil más tierno, es uno de los hombres más íntegros que he conocido en mi vida.

