Archivo del 8 de Diciembre de 2009

La religión del mosteo aljarafeño

Cordoba 034.1A Nacho Flores

Recuerdo el Aljarafe sevillano cuando si te subías a un pino veías todos sus pueblos y parecían migas de pan echadas al azar a las palomas torcaces, de blancos que eran. Llegaron las inmobiliarias a construir urbanizaciones y ahora, si te subes al pino, sólo ves rotondas, chalés y grúas. Eso si encuentras un pino al que subirte, que sería difícil. Soy un enamorado del mosto y lo consumo cuando llegan estas fechas, siempre con prudencia. O sea, con sensatez. Lo aclaro porque a un amigo mío le recomendé que bebiera mosto con prudencia y estuvo tres días buscando en el Aljarafe la taberna de Prudencia, je, je. Antes de estas fechas no hay que beber mosto porque todavía no lo es, digan lo que digan. La impaciencia de mucha gente hace que en las tabernas del Aljarafe lo haya ya en septiembre. Incluso hay quienes lo embotellan para todo el año y lo guardan en lugares oscuros para poder tomarse un mostito en agosto. ¡A dónde vamos a llegar! El néctar de la uva aljarafeña necesita frío natural para su correcta fermentación y no puede beberse en una taberna con aire acondicionado y en mangas de camisa, sino al lado de una agradable chimenea y con la bufanda colgada en el espaldar de una silla de aneas. ¡Ah! Y saboreando a la vez un plato de aceitunas gordales sajadas, con su zanahoria, su pimiento rojo, su ajo y su orégano. Si pides una hamburguesa en vez de una tapa de garbanzos con menudo, conozco a uno que te puede echar de Sevilla a gorrazos. Eso de llegar al Caimán o a Girón, en Bollullos y Bormujos, respectivamente, coger una mesa al lado de una ventana por la que entre el sol y tomarte una botella de mosto con un buen filete de cerdo ibérico o un plato de morcilla de hígado de Montellano, es lo más sano del mundo. Tan sano que algunos médicos lo recomiendan y los especialistas del pellejo dicen que para la piel es mucho mejor que la leche de burra. Cleopatra no se bañaba en leche de burra, sino en mosto de Umbrete, lo que pasa es que no lo reconoció nunca para que no la llamaran borrachina. Cuando mandaba al criado a por cubos de mosto, siempre le decía que lo pidiera fresquito para la comida del servicio. He empezado hoy mismo a beber mosto y lo he hecho en Palomares del Río, en La Truja, una hacienda de quinientos años que regentan unos amigos de la infancia, los hermanos Acevedo, en la que jugué mucho cuando era un niño. Nunca olvidaré los bocadillos de mortadela que me daba Ana. Mi ruta es siempre la misma. Comienzo en La Escalera, de Bollullos, donde ponen unos garbanzos con menudo que si los probara Zapatero tendría mejor cara y gobernaría con mejor talante todavía. A Rajoi no se lo recomiendo, porque está bien como está. ¡Que el tío es capaz de ganar las próximas elecciones generales y todo! El problema que hay en esta taberna es que las mesas y las sillas son para pitufos y yo mido cerca de dos metros. Cada vez que me tomo un mosto y me como una tapa de garbanzos, el organismo me obliga a levantarme para que los manjares lleguen a su sitio a tiempo. Después me llego a la bodega de El Caimán, algo más adelante, donde, con el estómago ya entrenado, entro a saco a por el mosto y la carne de cerdo ibérico. Más adelante todavía, en la acera de enfrente, está la taberna de El Pinguelo, la más flamenca de Bollullos, aunque su dueño la traspasó y ahora la visito menos. ¡Cuántos buenos ratos he echado en esta taberna! Y podría hablar también de los buenos momentos que he vivido en otros lugares mosteros de Villanueva del Ariscal, Aznalcázar, Almensilla o Espartinas. Ojalá que no se pierda nunca la buena y sana costumbre de mostear por los pueblos del Aljarafe, la venusta comarca sevillana donde los árabes tomaban baños de sol y descubrieron una sucursal del Edén. Cuando los echaron, uno de ellos, convertido a la religión del mosteo, dejó escrita esta letra por soleá en un barril de mosto:

Cada vez que considero

que no te he de volver a ver,

lloro lágrimas de mosto

y me las tengo que beber.

A Dios no le gustan las empanadillas

A Paco Vargas y María

No puedo tener hijos de forma natural y sólo podría ser padre a través de la inseminación artificial o la adopción. Lo intenté hace más de veinte años, pero fue una experiencia frustrante y de una dureza brutal. No me importa reconocer mi infecundidad porque eso no me hace ser menos hombre. Aunque de lo que realmente me enorgullezco, es de ser una persona y me hubiera dado igual nacer mujer. Lo digo porque hasta hace pocos años, en los matrimonios sin hijos siempre había un responsable: la mujer. A los hombres siempre nos ha costado reconocer cualquier problema relacionado con el pito, seguramente por una cuestión de educación. Tampoco hay que machacarnos por eso, digo yo. Reconozco que se me ha ido la ilusión de ser padre porque ya tengo cumplido el medio siglo y estoy más bien en edad de ser abuelo. No puedo decir que es un castigo de Dios, porque no soy de la cofradía y, por tanto, de ese señor no tengo nada que decir. Siendo un niño, y como escuchaba hablar tanto de su poder sobrehumano, recurrí a él para varias cuestiones y no me hizo nunca ni puñetero caso. Lo hacía siempre de noche, cuando me iba a la cama y apagaba la luz, por si acaso era tímido. Le pedía algo y me echaba a dormir con la ilusión de que iba a concederme el deseo. Cuando la luz del día iluminaba la habitación comprobaba si me había dejado alguna señal o no de su visita, pero nunca lo hizo. Llegué a dejarle una noche una empanadilla y una copa de aguardiente en la mesita de noche, pero ni así. Lo comenté en cierta ocasión con el cura del pueblo, don Amadeo, confesándome. “¿Cuáles son tus pecados de esta semana, Manolito?”, me preguntó aquel domingo. “Los de siempre, don Amadeo”, le contesté. Era un cura muy bueno, pero un poco indiscreto en sus preguntas. “Lo que quieras decirle a Dios, puedes decírmelo a mí que soy su representante en el pueblo”, me dijo. “Yo es que para estas cosas, don Amadeo, y sin que usted se ofenda, prefiero hablar directamente con el jefe”, le contesté. Digo yo que el hecho de no haber podido ser padre no tendrá que ver nada con todo esto, sino con las escrófulas o con cualquier otra cuestión. Y siento en el alma no haber podido serlo, porque creo que reúno condiciones. Por eso no entiendo a quienes son capaces de hacerle daño a un niño, a sus propios hijos. Supongo que ser padre no es sólo una demostración de habilidad en el manejo de la procreación, por no decir del pito, sino la imperiosa necesidad de dar amor. Hoy quiero confesar que hace unos treinta y cinco años adopté a un niño. Le puse por nombre Flamenco y hoy es quien da sentido a mi vida. Me ha dado muchos disgustos, pero también muchas satisfacciones. Bueno, creo que me he pasado con el Legendario y voy a meterme en el sobre para, con la luz apagada, pedirle a Dios que seamos todos más buenos.