Recuerdo el Aljarafe sevillano cuando si te subías a un pino veías todos sus pueblos y parecían migas de pan echadas al azar a las palomas torcaces, de blancos que eran. Llegaron las inmobiliarias a construir urbanizaciones y ahora, si te subes al pino, sólo ves rotondas, chalés y grúas. Eso si encuentras un pino al que subirte, que sería difícil. Soy un enamorado del mosto y lo consumo cuando llegan estas fechas, siempre con prudencia. O sea, con sensatez. Lo aclaro porque a un amigo mío le recomendé que bebiera mosto con prudencia y estuvo tres días buscando en el Aljarafe la taberna de Prudencia, je, je. Antes de estas fechas no hay que beber mosto porque todavía no lo es, digan lo que digan. La impaciencia de mucha gente hace que en las tabernas del Aljarafe lo haya ya en septiembre. Incluso hay quienes lo embotellan para todo el año y lo guardan en lugares oscuros para poder tomarse un mostito en agosto. ¡A dónde vamos a llegar! El néctar de la uva aljarafeña necesita frío natural para su correcta fermentación y no puede beberse en una taberna con aire acondicionado y en mangas de camisa, sino al lado de una agradable chimenea y con la bufanda colgada en el espaldar de una silla de aneas. ¡Ah! Y saboreando a la vez un plato de aceitunas gordales sajadas, con su zanahoria, su pimiento rojo, su ajo y su orégano. Si pides una hamburguesa en vez de una tapa de garbanzos con menudo, conozco a uno que te puede echar de Sevilla a gorrazos. Eso de llegar al Caimán o a Girón, en Bollullos y Bormujos, respectivamente, coger una mesa al lado de una ventana por la que entre el sol y tomarte una botella de mosto con un buen filete de cerdo ibérico o un plato de morcilla de hígado de Montellano, es lo más sano del mundo. Tan sano que algunos médicos lo recomiendan y los especialistas del pellejo dicen que para la piel es mucho mejor que la leche de burra. Cleopatra no se bañaba en leche de burra, sino en mosto de Umbrete, lo que pasa es que no lo reconoció nunca para que no la llamaran borrachina. Cuando mandaba al criado a por cubos de mosto, siempre le decía que lo pidiera fresquito para la comida del servicio. He empezado hoy mismo a beber mosto y lo he hecho en Palomares del Río, en La Truja, una hacienda de quinientos años que regentan unos amigos de la infancia, los hermanos Acevedo, en la que jugué mucho cuando era un niño. Nunca olvidaré los bocadillos de mortadela que me daba Ana. Mi ruta es siempre la misma. Comienzo en La Escalera, de Bollullos, donde ponen unos garbanzos con menudo que si los probara Zapatero tendría mejor cara y gobernaría con mejor talante todavía. A Rajoi no se lo recomiendo, porque está bien como está. ¡Que el tío es capaz de ganar las próximas elecciones generales y todo! El problema que hay en esta taberna es que las mesas y las sillas son para pitufos y yo mido cerca de dos metros. Cada vez que me tomo un mosto y me como una tapa de garbanzos, el organismo me obliga a levantarme para que los manjares lleguen a su sitio a tiempo. Después me llego a la bodega de El Caimán, algo más adelante, donde, con el estómago ya entrenado, entro a saco a por el mosto y la carne de cerdo ibérico. Más adelante todavía, en la acera de enfrente, está la taberna de El Pinguelo, la más flamenca de Bollullos, aunque su dueño la traspasó y ahora la visito menos. ¡Cuántos buenos ratos he echado en esta taberna! Y podría hablar también de los buenos momentos que he vivido en otros lugares mosteros de Villanueva del Ariscal, Aznalcázar, Almensilla o Espartinas. Ojalá que no se pierda nunca la buena y sana costumbre de mostear por los pueblos del Aljarafe, la venusta comarca sevillana donde los árabes tomaban baños de sol y descubrieron una sucursal del Edén. Cuando los echaron, uno de ellos, convertido a la religión del mosteo, dejó escrita esta letra por soleá en un barril de mosto:
Cada vez que considero
que no te he de volver a ver,
lloro lágrimas de mosto
y me las tengo que beber.

