Al gran fotógrafo Quino Castro

Lo de escribir tanto sobre mí y mis vivencias, es que me sale solo. Perdónenme si les aburro con mis cosas. Yo estoy contento porque los lectores se ríen, con lo difícil que es hacer reír escribiendo, según dicen los que chanelan de estas cosas. Es mucho más fácil hacer llorar: sólo tienes que ocuparte de la marcha del Betis. En cambio, cuando escribo sobre los demás suelo tener problemas por esa manía mía de decir siempre lo que pienso, aunque no esté en posesión de la verdad. ¡Qué horror! Sé que puede tener algo que ver con la vanidad, claro está. Mi trabajo me ha costado quererme a mí mismo. De todas formas, siempre he pensado que es mejor escribir sobre mis tonterías, que sobre las tonterías de los demás. Mi vida puede ser tan aburrida o tan divertida como la de cualquier ciudadano del mundo, sea fontanero, político o mujer de Jesulín de Ubrique, ese señor que se hizo millonario matando toros a estoconazos. ¿Qué tiene de especial La Campa que no tenga yo? Mi vida es mucho más interesante que la de esta respetable señora que, aun siendo una presunta delincuente, está todo el día en la televisión de millones de hogares españoles. Sin embargo, cuando yo edito un libro de flamenco tengo que poner publicidad pagada en Flama para que se enteren los buenos aficionados. No me lo promocionan ni en Canal Sur Televisión, en el programa de Jesús Vigorra, aunque se lo pida de rodillas. En una ocasión estuve a solas en una suite del Alfonso XIII con Isabel Pantoja, entrevistándola para El Correo, al lado de una cama de cuatro metros cuadrados que pedía a voces un revolcón con la tonadillera con bata de cola y todo, si se hubiese dejado. Llevaba una falda negra de cuero muy ajustada y estaba tan guapa que mareaba, que ya es difícil porque guapa, lo que se dice guapa, es que no es nada guapa. ¡No lo es, joder! Os juro que pensé en tirarle los tejos porque por aquellos días estaba revelada con Cachuli por sus líos con la Justicia y me hubiera venido muy bien ese romance, que estaba la cosa achuchá. Me estoy imaginando los titulares en la prensa marrón con moscas verdes: “El nuevo amor de Isabel Pantoja es crítico de flamenco y no tiene donde caerse muerto”,  “La tonadillera y el flamencólogo autónomo de Arahal”, “Paquirrín ha encontrado por fin a un padre”. Por otro lado, como soy uno de los críticos de flamenco que mejor conoce a los políticos andaluces, podría dedicarme a escribir sobre sus chanchullos, sobre lo que limpian y esas cosas, como haría un buen periodista de investigación, cuando aún existían. Pero es que yo no soy periodista ni nunca lo he pretendido; sólo soy un albañil venido arriba que escribe porque necesita comunicarse con los demás a través de este medio. Nada más. Me encantaría tener una columna diaria en un periódico de papel como tienen Antonio Burgos o Raúl del Pozo, lo mismo que me gustaría tener el físico de Cristiano Ronaldo o la cultura de Antonio Zoido, el de izquierdas. Pero como no puede ser, estoy feliz en esta gazapera escribiendo de mis cosas, con mis ocurrencias, con mis defectos y también con mis virtudes, que alguna tendré. El otro día me dijo un compañero: “¡Demuéstrales lo que vales!”. Bueno, venga. ¿Igual que un negro tiene que demostrar que vale más que un blanco para que le den trabajo o una hipoteca? ¿Lo mismo que una mujer tiene que ser mejor que un hombre para que le den un cargo? Me niego a esa indecencia. No me gusta competir y, repito, sólo quiero escribir, escribir, escribir, contar cosas, contar cosas, cosas, historias, historias… Porque, además, la historia del albañil iletrado que ha llegado a ser columnista de elcorreoweb.es, es difícil que le interese a alguien. Cuando se lo dije a mi madre, sólo me hizo una pregunta: “¿En qué cadena está eso, en la de Juan Imedio?”. No sé qué encantos tiene ese gachó, pero mi madre lo adora. Yo lo único que sé es que en Supersol las pechugas de pollo están a 3’90 euros el kilo.