A la generosidad de todos los maestros

Emilio Jiménez, en una fotografía de Paco Sánchez

Emilio Jiménez, en una fotografía de Paco Sánchez

Emilio Jiménez Díaz fue durante muchos años la referencia del periodismo flamenco en Sevilla, aunque tuvo una fuerza extraordinaria allí donde hubiera alguna matita de yerba que oliera a flamenco auténtico. Recuerdo con nostalgia su programa flamenco de Radio Popular de Sevilla, cuando estaba en la calle Vírgenes, cerca de donde nació el gran Silverio Franconetti. Para mí y para otros muchos de mi edad fue una escuela de radio y de flamencología de altura. A la vez que dirigía este histórico espacio radiofónico, el gran escritor trianero llevaba la sección de flamenco de Nueva Andalucía, primero, y luego la de El Correo de Andalucía, coordinando durante años el suplemento Correo Flamenco, donde me dio la oportunidad de colaborar por primera vez en un periódico, en 1984. Ya ha llovido desde entonces. Al poco tiempo abandonó El Correo por motivos de trabajo. Decidió que, entre todos los colaboradores que habíamos, la sección flamenca quedara bajo mi dirección y aquí andamos todavía. Colaboraban Luis Caballero, Manuel Martín Martín, el desaparecido Manuel Ríos Vargas y otros. Por otra parte, Emilio, que siempre ha sido un trabajador perseverante, dirigía la revista Sevilla Flamenca, el órgano informativo de la Federación de Peñas Flamencas de Sevilla. Eran unos tiempos difíciles, sin apenas ayudas de las instituciones públicas, pero había mucha ilusión porque estaba todo por hacer en el flamenco. Emilio Jiménez fue un agitador cultural de aquellos años, el hombre que, en leal competencia con el entrañable Miguel Acal Jiménez, se encargó de aficionar al flamenco a media Andalucía y de sentar las bases del periodismo flamenco que hoy tenemos. Se le hicieron homenajes, ganó premios literarios importantes y le dieron tantas insignias de oro en las peñas andaluzas, que fundiéndolas todas podría hacerse un hermoso reloj. Es lo que hizo Antonio Mairena, por si no lo sabían. Pero además de un crítico de flamenco de raza y una pluma literaria sublime, de una prosa sevillana irresistible, Emilio adoraba su trabajo de escaparatista y decorador en el Corte Inglés de Sevilla y un día tomó la decisión de dedicarse sólo a eso y a escribir libros. Pesó también su familia, su mujer Loli y sus tres hijos, que aguantaron como pudieron esa dedicación al flamenco, digamos, de doce horas diarias. Alguna vez estuvo al borde de la depresión por querer llevar tantas cosas a la vez y hacerlas todas bien. Destinado a Córdoba por su empresa, desapareció prácticamente de la vida flamenca sevillana, con la excepción de la coordinación del Compás del Cante, otra de sus grandes obras. Mientras Córdoba le abrió sus brazos, orgullosa de ver pasear a un trianero ilustre por la venusta Judería, Sevilla y Triana se los cerraban. No han sido muchos los reconocimientos en su tierra en estos últimos años, esa es la triste realidad. Más bien todo lo contrario. El pasado verano me escribió una carta un poco cabreado porque habían puesto su nombre en el programa del pasado Congreso Internacional de Flamenco, celebrado en Triana, sin que nadie de la organización se hubiera dirigido a él para nada. La verdad es que todos nos hemos olvidado un poco de Emilio Jiménez Díaz, del hombre que tanto ha hecho por Triana, por el flamenco y por Andalucía. ¡Vaya, acaba de salirme un pareado! A lo mejor es que siempre lo hemos visto capaz de poder hasta con los palos y los desengaños. En lo que a mí respecta, reconozco que tendría que vivir cien veces para pagarle de alguna forma todo lo que hizo por mí en aquellos años, enseñándome a escribir, dándome a conocer en sus medios y entre sus buenas amistades y ayudándome a hacerme profesional del periodismo flamenco cuando me dedicaba a abrir calicatas en las calles de Sevilla y era sólo un analfabeto con voluntad. A Emilio nunca le importó mi falta de preparación y me ayudó lo indecible. No estaba obligado a hacerlo, pero lo hizo y me cambió totalmente la vida. Mis rarezas y algunos gestos suyos que a lo mejor no entendí en su justa medida, contribuyeron a alejarnos el uno del otro, aunque, al menos por mi parte, siempre ha habido un sitio en mi corazón para quien supo ocupar el lugar del padre que nunca tuve. No hace muchos días me comunicó la noticia de que lo van a nombrar Socio de Honor del Aula Flamenca del Círculo de la Amistad de Córdoba. Emilio está feliz por este modesto pero importante galardón flamenco. Lo celebro por bulerías. Pero lo que de verdad ovacionaría dejando sin mosto el Aljarafe sevillano, es que la Junta le concediera el próximo mes de febrero la Medalla de Plata, ahora que se ha jubilado y que tiene ganas de seguir luchando por Andalucía. Merece ese galardón por todo lo que hizo, lo que hace y lo que puede hacer aún por el flamenco y por nuestra tierra. Pero si no le dieran el preciado premio, que muchas veces hay que conseguirlo en los despachos, quiero decirle públicamente que, con la medalla o sin ella, para mí y para muchos será siempre el gran Emilio Jiménez Díaz, el trianero que nació en un célebre corral del arrabal sevillano para, entre otras muchas cosas hermosas y elogiables, convertir en todo un hombre a un espigado párvulo que un día le pidió ayuda para ser feliz escribiendo de flamenco, que es lo que hago desde entonces, aunque no sé si dignificando al maestro o rebajándolo al señalarlo como el hombre que me enseñó a ordenar las letras. A veces cuesta decir te quiero, compadre, pero puedes tener la seguridad de que es totalmente cierto, aunque no haya sabido demostrártelo en todos estos años. Como decía El Guerra, cada uno es cada uno. Celebraré todos y cada uno de tus éxitos en esta nueva etapa de tu vida.