Monthly Archives: Diciembre 2009

23
Dic/2009

El último filósofo de la Corredera

El gran Pepe Aldabones

El gran Pepe Aldabones

A mi paisano Rafael Lego

En Arahal hay un paisano mío que parece sacado de otra época, de un cuadro de Virgilio Mattoni. Le llaman Pepe Aldabones porque es un carpintero fino que hace unas puertas con aldabones dorados como no las hace ya nadie en toda la comarca de la Campiña. Dicen que es un artista arreglando coches antiguos de caballo; como no tengo ninguno, es algo que no puedo avalar. Tampoco tengo una puerta echa con sus hábiles manos de platero de la madera, aunque todo se andará. Lo que sí les puedo asegurar es que canta por Marchena para darse cabezazos, aunque no en alguna de sus puertas porque serían los últimos. Aldabones canta por el Maestro de Maestros y por quien haga falta, porque sabe de cante y tiene el don de la voz y de la templanza y de la música. Y otros dones. ¡Cómo coge la copa de solera! Toda aquella fiesta de cante que haya en Arahal a lo largo del año en la que no esté Pepe Aldabones, se queda fuera de los anales festivos del pueblo. Sólo verlo con ese cuerpo gentil, su gorra y los botos camperos de media caña, es ya un deleite para la vista. Tiene música en la voz, y no sólo cuando canta: se pone a hablar y parece que está escuchando uno una pieza de Berlioz. Y, como no podía ser de otra manera, es un filósofo que dice unas cosas para quedarse con la boca abierta. El pasado año, por estas fechas, estábamos tomando una copa de vino en la Peña Pastora Pavón de Arahal, esa que el Ayuntamiento quiere echar abajo. Se produjo una acalorada discusión de política con Curro el de Tecnograaphic, el revolucionario más grande del pueblo. Mientras Curro discutía sobre cómo va el país y nos invitaba a todos a apoyar sus ideas anarquistas, algunos de los presentes lo mirábamos con ganas de decirle cuatro cosas, de rebatirle sus opiniones fervientes y puntosas. Aldabones lo miraba con fijación reflexiva y pensé que estaba cavilando sobre cómo dejar a Curro sin argumentos, pero a su estilo, con esa visión tan diáfana de las cosas y su manera única de explicarlas. Cuando ya me disponía a entrar al trapo, Aldabones me agarró del brazo y me dijo muy enfáticamente, con esa solemnidad de las grandes ocasiones: “Déjamelo a mí, Manué, que sé muy bien lo que tengo que decirle a Curro para que se calle de una vez”. Supe en seguida que íbamos a vivir un gran momento, la lección en directo de un maestro de la oratoria, de un Séneca de este tiempo, del Aristóteles de Arahal. Nos quedamos todos en silencio viendo cómo miraba fijo al controvertible Curro, que es un polémico nato y un luchador insobornable, de los que ya no quedan. Y el gran Aldabones habló por fin ante el pueblo expectante: “Mira, Curro, escucha lo que te voy a decir: ¡¡Una mierda pa ti!!”. Y eso fue todo. Nos fuimos a darnos chocazos contra la gruesa puerta de la peña, porque no se puede tener más arte del que tiene este hombre. Descorchamos una botella de vino por contar en el pueblo con un artista anónimo como Pepe Aldabones, el último filósofo de la Corredera.

22
Dic/2009

¿Lorqueñas de Lorca?

A Juan Carlos Aparicio

Pastora Pavón declaró en alguna ocasión que Lorca escribió un cante para ella. El poeta granadino de Fuente Vaqueros era un enamorado del cante de la artista sevillana de la Puerta Osario; escribió sobre ella cosas hermosas y alguna que otra fantasía, como la descripción de aquella fiesta en una tabernilla de Cádiz, en la que aseguraba que, con el duende abrasándole la garganta, la cantaora cogió una copa de Cazalla y se la bebió de un trago para apagar el fuego. Cuando Pastora leyó esto, dijo un tanto enfadada: “¡Hay que ver las cosas que escribe el gachó”, porque no bebía aguardiente, según su hija. Y se molestó, claro. Las famosas Lorqueñas que Pastora grabó en Barcelona en 1947 con Melchor de Marchena a la guitarra, es posible que se las diera Lorca, pero no todas las estrofas de esa bulería fueron escritas por el poeta, si es que escribió alguna de ellas. La famosa copla En lo alto del cerro de Palomares, hay un gañán arando con cinco pares, era un cante popular cántabro, del campo, si admitimos que la copla no se refiere a Palomares del Río, el pueblo de Sevilla donde me crié; y tampoco a la localidad almeriense de Palomares, sino al monte Palomares, de Álava. Se trata del monte más alto de la Sierra de Cantabria, desde donde se divisa toda la hermosa provincia alavesa. Tiene una altitud de 1.446 metros sobre el nivel del mar. Mal sitio para arar con cuatro pares de mulas, ¿no creen? En realidad, esta letra no es como la cantó Pastora, aunque es muy parecida. Lo hemos comprobado en una novela corta de Bersandín -seudónimo del conocido escritor Bernardino Sánchez Domínguez- que se publicó en El Imparcial de Madrid el 29 de noviembre de 1925, cuyo epígrafe era Velay o después de los toros:

…Y al mismo tiempo, se oía rechinar el palo del arado cuando el hijo de la tía Rosita, mano a la mancera, lo levantaba para hundir la reja en el nuevo surco y dar la vuelta.

Sonaba quejumbrosa una copla:

En lo alto del monte

de Palomares,

hay un gañán labrando

con cuatro pares…

Pastora decía cerro, en vez de monte, y arando, en vez de labrando. En esencia, es la misma letra, pero con esas pequeñas diferencias en sólo dos palabras. ¿Le gustó a Lorca, si es que leyó esta novela corta de Bersandín, la arregló y la hizo suya? ¿Se la dio a Pastora no como una letra suya, sino como una copla popular? ¿La adaptó La Niña a la hora de cantarla? Nos queda por saber si la copla alude al monte Palomares, en Álava, o al cerro Palomares, en Almería, pedanía de Cuevas de Almanzora, donde en 1966 colisionaron dos aviones norteamericanos y dejaron caer unas bombas termonucleares que obligaron a Fraga a bañarse en sus frías aguas para tranquilizar a los habitantes de esta localidad. Federico llegó a la Residencia de Estudiantes de Madrid en 1919 y la abandonó en 1927. ¿Conoció Lorca a Bersandín en aquellos años, si es que llegó a conocerlo? ¿Leyó su novela en El Imparcial y le gustó esta copla? ¿La conoció el novelista a través de Lorca? Todo indica que se trata de una coplilla de temática del labrantío, del clopero tradicional cántabro, como, al parecer, apuntaron los hermanos Hurtado, como ocurre con Esquilones de plata, bueyes rumbones, cantada también por Pastora en las Lorqueñas, que, obviamente, eran o no eran de Lorca. ¡Pero hay que ver cómo las cantaba Pastora!

21
Dic/2009

Interesantes declaraciones de José Ortega

A Manolo Ríos Ruiz

Nueva imagen (1)Interesante entrevista la que hemos localizado en La Voz, que Luis Bagaría le hizo al cantaor José Ortega Morales, el que fuera hijo del gran Enrique Ortega Feria, competidor de Silverio Franconetti y Curro Dulce. Enrique Ortega fue uno de los hijos de Enrique Ortega Díaz El Gordo y de Carlota Feria, de Cádiz. Se casó con Antonia Morales Fernández y en 1883 vivían en Sevilla, cerca de la Alameda de Hércules, con tres hijos: Rosario, Carmen y Rita, la que luego sería célebre por el remoquete de Rita Ortega La Morala. Rita tenía sólo ocho meses en esta fecha. José Ortega Morales aún no había nacido. La entrevista fue hecha el 17 de junio de 1922, con motivo del célebre Concurso de Cante Jondo de Granada. Es interesante porque da su opinión sobre muchos artistas a los que conoció, y de otros muchos a los que no alcanzó a conocer y de los que supo por su padre. Nos aporta datos muy valiosos sobre su abuela materna, Feliciana Fernández, al parecer, una saetera colosal. Y sobre nombres míticos como Curro Dulce, El Nitri, La Sarneta, El Mellizo y, sobre todo, Silverio, al que su padre consideraba el cantaor “más general por seguiriyas”, según este José Ortega. Todo un documento, del caricaturista Luis Bagaría, para que disfruten los gazaperos y las gazaperas:

CANTE JONDO

Hablando con un “cantaor” hijo de “cantaor”

Quiénes han sido y quiénes son los mejores para un profesional

La actualidad es tirana de los que vivimos entre periódicos, como es posible que se haya dicho ya alguna vez. Así es que a nadie que me conozca, podrá extrañarle que ayer, para sentirme lo más cerca posible del concurso de cante jondo, entrara a beberme unos chatos en el castizo colmado de Los Claveles. Bebí dorada manzanilla con el gusto y la emoción que me imponían las circunstancias y recordé y aun canté por lo bajito una copla que aprendí hace mucho en Barcelona, y que siempre, hasta ayer, había llamado seguidilla gitana, sin conocer mi sacrilegio:

Por una ventana

que ar campo salía.

Por ayí jablaba, mire, con la noya,

cuando yo quería.

Transportado idealmente al concurso de cante jondo, tropecé con los músicos ingleses que han asistido a él, y vibró en mí la cuerda internacional. Igual que había estado en espíritu con Granada, quise estar en espíritu con toda Europa, y pedí cerveza.

En esto me chocó la presencia de un personaje, que andaría alrededor de la cincuentena, alto, afeitado, moreno y dotado de la majestuosa serenidad que se encuentra fácilmente en la raza gitana. Hice una señal al camarero, que me contestó, sin meterse en más averiguaciones:

-¡En seguida se las llevo!

Cuando pude le pregunté quién era el personaje a que he aludido, y me dijo que un cantaor de fama; y ante mi deseo de ser presentado a él, le pidió que se acercase, diciéndole además que yo era periodista.

Amablemente se llegó a mi mesa el solicitado, quien, conocedor ya de mi propósito, y mirando a la columna de redondos fieltros que había delante de mí, me dijo:

-¡Por fuerza es usted ese don Nilo Fabra, que suena tanto!

Yo le aclaré que no era sino el más modesto discípulo de la persona que creía, y le expliqué que lo que deseaba de él era que me hablase del cante jondo, especialidad en que ya sabía que era maestro. Me contestó con voz reposada y acento andaluz:

-Yo no soy maestro, ni hay para qué hablar de ello. Maestro fue mi padre, Ortega. Su nombre lo recuerdan todos los aficionados. A él le oí decir (ya que quiere usted que hablemos de cante) que el cantaor más general por seguiriyas fue Silverio Franconetti, de hace ya cincuenta años. Pero hubo uno, Tomás el Nitri, que cuando quería era el amo. Le pasaba lo que a Rafael el Gallo, que no he de callar yo porque seamos primos: que cuando le entra la jinda no hay quien le vea; pero cuando él quiere… Así era el Nitri.

Se llevó mi interlocutor a los labios un chatito, en espera de que yo marcase con alguna pregunta el rumbo de la conversación, lo que me puso en un gran aprieto. Luego me hizo el incalculable favor de seguir:

-También es que entonces el cante no era tan comercial como ahora. Se cantaba más cuando se estaba de vena. No era cosa de teatro, como ahora.

-Entonces, ¿usted cree que ahora se canta peor?

-En esto del cante, señor, hay muchas maneras. La misma cosa la canta cada uno a su estilo, y todo está bien mientras no se pierda lo que el cante pide. Los payos, muchas veces, por hacer adorno, le quitan al cante su sabor. El gitano siente más el cante; por eso es mejor que el payo. Hay cosas que a los payos no les entran bien. ¿Usted conoce las cañas?

Comprendí que no se refería a las cañas que yo conozco, porque a mí ésas, aunque payo, me entran perfectamente, y me limité a contestar que había oído hablar de ellas.

-Diga usted conmigo-continuó- que nadie las ha cantado como Curro Dulce, de Cádiz. ¡Y había también que oír a Curro cuando se arrancaba por seguirillas! Diciendo malagueñas, pa mí, Enrique el Mellizo, y por alegrías para baile, el Quiqui y el Chato Granadino.

-¿Y por soleares?-pregunté, escarbando en lo más hondo de mis conocimientos flamencos, y creo que con algo de acento andaluz.

Una pausa, y mi buen amigo José Ortega respondió sin titubeo:

-Mercedes la Cerneta, la Cachuchera y Antonia la del Loro, la hija del Loro. Y en saetas, mi abuela, Feliciana Fernández, aunque esté mal el decirlo, y Chano Ortega. No deje de apuntar ahí a Juan Breva, con malagueñas y fandanguillos, que era lo suyo, y al Mellizo, con tangos.

-Y después de aquellos tiempos, ¿quién siguió?

-Después de Juan Breva vinieron el Perote, el Canario, el Fosforito…, buenos cantaores los tres.

-Y de la época actual, ¿quién le parece mejor?¿Quién canta mejor seguidillas, por ejemplo?

-¿Seguidillas? ¿Cómo seguidillas? ¡Seguiriyas, señor!

Retiro con el natural azoramiento la palabra molesta, y sigue benévolamente mi amigo:

-Pues ahora, por seguiriyas (recalca la palabra con intención, más que punitiva, didáctica), cogiéndole bien, Manuel Torres; después, Antoñito el Mellizo y Tomás, el hermano de la Niña de los Peines, y Clarito Mojama, y algunos otros. Como entendido, como catedrático del cante, tenemos hoy a Antonio Chacón, y es un gran aficionado por todos los cantes Diego Antúnez.

-¿Cómo me ha nombrado usted entre los modernos al Mellizo, si me lo nombró entre los antiguos?

-Es que los Mellizo son dos.

-¡Me lo figuraba!

-Enrique el Mellizo era uno, y Antoñito el Mellizo el otro. Eso lo sabe todo el mundo.

-¿Usted sabrá también de bailes?

-Algo se le entiende a uno, sí, señor, a qué negarlo. Pa mí, en el baile, lo mejor de lo mejor han sido el Raspao, el Pintor, Pamplinas, Rita Ortega, Josefina la Pitraca, la Mejorana, que era la madre de Pastora Imperio; Gabriela Ortega, que era madre de los Gallo; la Cuenca. Me parece –dice después de darme esta lista, con algún intervalo de nombre a nombre- que no será mucho bueno lo que me dejo.

Le pregunto entonces, para completar la información, qué me dice de tocadores de guitarra. Me contesta, siempre revelando una preferencia por los que fueron:

-Antiguamente, el maestro Patiño, Paco el de Lucena, Paco el Águila, y el Maestro Pérez, por alegrías para el baile. Más modernos. Javier Molina, Habichuela, Miguel Borrull, el Niño de Huelva, y Montoya.

No me resigno a separarme de José Ortega sin que me hable algo de sí mismo. Él, con exceso de modestia, se resiste, y cuando se decide, por fin, trata de ocultar los méritos que yo, después y por boca de personas entendidas, he sabido que tiene; pues José Ortega, en opinión de los inteligentes, merece un puesto entre los profesionales que él ha elogiado como buenos.

-Ya le he dicho antes –contesta a mi requerimiento insistente- que quien fue maestro de los buenos era mi padre, que compitió con Silverio y con Nitri. Si algo bueno tengo, es el haberme criado entre los mejores. Tengo dos cantes de mi propiedad, que parece que le gustan a la afición: Los ojitos negros y La máquina.

Sin duda también se ha asomado la ignorancia a mis ojos en este momento; lo cual, unido a mis deplorables confusiones con los Mellizo y con las seguiriyas, llevan a mi buen amigo a decirme, al tiempo que nos damos un cordial apretón de manos:

-¿Cómo es que no ha ido usted también al concurso de cante jondo?

LUIS BAGARÍA



20
Dic/2009

Mi relación con Antonio Mairena (y V)

A la memoria del Maestro

Nadie puede discutir la calidad que como cantaor tuvo Antonio Mairena, Ni que hizo mucho por el cante gitano-andaluz, como él lo llamaba. Nadie se atrevería a decir que no fue un revulsivo para el cante clásico, cuando en 1962 su amigo Ricardo Molina le dio la tercera Llave de Oro del Cante, después de un concurso diseñado para el maestro, aunque el tiempo le diera la razón al poeta pontanés, porque con Antonio se abrió una nueva e importante etapa de la historia del cante. Nadie, en su sano juicio, dudaría de las buenas intenciones de Mairena a la hora de escribir sus libros. Pero de lo que no tengo dudas, es que el cante flamenco es algo más que Antonio Mairena, que siempre lo ha sido y que siempre lo será. Y parece que no es así. Lo digo por el apoyo oficial de la Junta y otras instituciones públicas; por cómo el mairenismo aparta a quienes no son de la cofradía o por la forma en la que me miran los mairenistas cuando me ven entrar en el Festival de Mairena o en algún acto de ensalzamiento del genio. Cuando me vine a vivir a Mairena del Alcor, donde llevo ya cuatro años y estoy encantado, algunos maireneros me recomendaron por las buenas que tirara para otro lugar. Recuerdo que uno muy conocido y tan atrancado como están otros muchos mairenistas, me preguntó con gran curiosidad que por qué había elegido Mairena del Alcor para vivir. En broma, le dije que lo había hecho para predicar el marchenismo y se lo creyó. “Yo sabía que tú no habías caío por aquí por casualiá”, dijo. Me tiré al suelo de la risa, claro está. Hoy es uno de mis mejores amigos en Mairena del Alcor, donde, afortunadamente, disfruto del cariño de la mayoría de los maireneros que me conocen. Tengo que decir que el mairenero es afable, hospitalario, amigo de sus amigos y, por encima de todo, buena persona. Si hay un pueblo donde guste el cante grande, ése es Mairena del Alcor. Es el pueblo donde mejor se canta por soleá, por seguiriyas y por saetas. Gracias a Antonio Mairena, en parte. Aquí vivo, aquí estoy empadronado, aquí pago mis impuestos y aquí pienso acabar mis días, si no se encarta otra mudanza. No porque sea el pueblo de Antonio Mairena, sino porque me gusta la tranquilidad y la calidad de vida. Mairena del Alcor es, en este aspecto, el mejor pueblo de Sevilla. Así que si no les importa a los mairenistas de Mairena del Alcor, quiero que me consideren uno más de ellos. No un mairenero, porque para eso hay que nacer aquí. Ni un mairenista, porque no lo soy en el sentido de militancia que algunos le dan a esa lógica devoción por Mairena. Aunque, sinceramente, cada día que pasa me siento más un mairenero de corazón, de sentimiento. Sé que he podido ser duro algunas veces con Antonio Mairena. Con el mairenismo, un montón de veces, en ocasiones por desconocimiento, cuando empezaba a escribir de flamenco; en otras, por esa rebeldía incontrolada y esa manía mía de ir siempre contra el poder; y en muchas otras porque, sencillamente, era necesario serlo. Todo lo que haya escrito está firmado por mí y ahora no voy a negarlo, porque sería un cobarde. Como suelo repasar a veces lo que llevo publicado, aseguro con sinceridad que hay artículos de los que no me siento nada orgulloso, y muchos de ellos están dedicados a Mairena y al mairenismo. Pero son cosas que sentía en cada momento y por eso las escribí. Sin embargo, como sé pedir perdón se lo pido públicamente a quienes haya podido ofender con mis críticas. En primer lugar, al maestro. Les aseguro que de aquí en adelante, una vez dicho lo que necesitaba decir sobre mi relación con Antonio Mairena, estoy dispuesto a aprender de mis errores y a limar asperezas con los que adoran al genio de Mairena. Me esforzaré en no volver a herir sensibilidades, aunque tienen que tener en cuenta una famosa y afortunada frase de Don Antonio Mairena: “Dichosa la hora en que los flamencos tenemos derecho a crítica; porque antes, ni siquiera eso”. Los que quiera entender, que entiendan”.

19
Dic/2009

Mi relación con Antonio Mairena (IV)

Una cuadro de Antonio Mairena, de Antonio Badía, presidía mi pequeño museo en mi piso de Castilleja de la Cuesta, en 1996. Fotografía, Quico Pérez Ventana.

Un cuadro de Antonio Mairena, del pintor Antonio Badía, presidía mi pequeño museo en 1996. Autor de la fotografía, Quico Pérez Ventana.

A la memoria del Maestro

Mi sensibilidad de aficionado me ha permitido disfrutar de muchos cantaores, Antonio Mairena entre ellos. Me vuelven loco Marchena, Manuel Vallejo, el Niño de Fregenal, El Peluso, Camarón, Morente, Perrate de Utrera y El Carbonero, entre otros muchos. Llámenme ambiguo, si quieren. Hay una parte del mairenismo que sólo reconoce a los artistas gitanos o agitanados, como le ocurría a Antonio, quien consideró siempre al payo poco menos que un husmeador del cante andaluz, de ahí que discutiera el papel de Silverio y Chacón y de que sólo aceptara a los castellanos agitanados que seguían sus axiomas, como Fosforito o José Menese, entre otros muchos. En una ocasión observé cómo el maestro abandonaba su propia peña de Mairena del Alcor un poco contrariado porque un cantaor gitano, que daba un concierto, cantó unos fandangos del Niño de la Huerta. Prodigiosos, por cierto. Y abundando en este asunto, Miguel Espín, el marido de Carmen Linares, me contó que cuando Antonio escuchó cantar por primera vez a su esposa, en Córdoba, se entusiasmó con su voz “tan gitana”, según el maestro. En seguida le preguntó que si pertenecía a alguna de las familias de “la buena gitanería de Linares”. Cuando Carmen le dijo que era más paya que un olivo, Antonio perdió en seguida el interés por ella, según Miguel Espín.

Mairena era un apasionado que rozaba la ceguera y en sus memorias hay pruebas de esto que digo. Hablando de Diego Manolete, cantaor aficionado de su pueblo, dijo que era el único partidario de don Antonio Chacón en Mairena. ¿Los contó, acaso? Sin embargo, según cuenta también en sus memorias, los maireneros adoraban todos a Manuel Torre. ¿Hizo una encuesta en el pueblo, quizás? No deja de ser curioso que los de Mairena echaran del teatro al Niño Gloria por cantar fandangos de Cayetano el de Cabra, y que sacaran en hombros a Manuel Torre por cantar granadinas de Chacón. Esto lo contó también en sus memorias, en las que responsabiliza a Chacón de la ópera flamenca, cuando se sabe que eso es incierto y absolutamente injusto.

Don Antonio Chacón no era partidario de esa época tan comercial y sólo se prestó a participar en macroconciertos por pura necesidad económica, como Mairena se prestó a cantar cuplés por bulerías por meter la cabeza en las discográficas, y a cantar para bailar porque no tuvo más remedio que hacerlo. Según el doctor Antonio Rincón Muñiz, en su libro Raíces flamencas de Mairena del Alcor (Sevilla, 1983), Don Antonio Chacón cantó algunas veces en Mairena, “y, según los más viejos, era venerado aquí tal como ocurría en todas partes”, dice Rincón. Este escritor de Los Palacios, casado con una cantaora de Mairena, Loli Mauri, es un gran mairenista y se documentó muy bien para escribir este libro. Entonces, ¿cómo Antonio Mairena dijo en sus memorias que sólo Diego Manolete era admirador del maestro jerezano, de todos los aficionados del pueblo?

Este libro no sentó nada bien en el mairenismo, por dos motivos: primero, porque Rincón dio a conocer a otros muchos cantaores de Mairena de los que apenas se había escrito nunca nada; y segundo, porque se supo que Antonio Mairena también había aprendido a cantar escuchando a cantaores no gitanos de Mairena del Alcor. O sea, que no todo lo aprendió de Manuel Torre, el de la Paula, Tomás y Pastora. Muchos coleccionistas de discos de pizarra, amigos del maestro -Manolito Ordóñez, por ejemplo-, me confesaron que Mairena los visitaba con frecuencia para escuchar a determinados cantaores. “Gitanos, supongo…”, les preguntaba. Pues no sólo a los gitanos. Pedía los discos de El Mochuelo, de Chacón, de Fernando El Herrero y, sobre todo, de El Carbonerillo, porque andaba loco con dos cantes por soleá (Antes que Dios no aparte) y seguiriyas (Y esos dientes blancos), de El Carbonero, que lo habían cautivado.

Esto demuestra fehacientemente lo gran aficionado y estudioso que era el maestro, al que, sin embargo, le faltó humildad y honradez para reconocer que no todo lo aprendió de los maestros gitanos. ¿Saben por qué? Porque si reconocía que también aprendía de los payos, sus teorías perdían valor. Por eso, en Mundo y formas del cante flamenco, la obra literaria que firmó con Ricardo Molina, destaca más a cantaores no profesionales como Juaniquí y Joaquín el de la Paula, que a grandes profesionales como Silverio Franconetti y Don Antonio Chacón, que fueron fundamentales. No dan en este libro ni una sola referencia de hemeroteca, aunque sí mucho crédito a lo que les dijeron esos viejos aficionados que no salieron de sus pueblos y que ni siquiera grabaron discos. Mairena se pasó la vida defendiendo un flamenco doméstico y envidiando a las figuras de éxito.

CONTINUARÁ…

18
Dic/2009

Mi relación con Antonio Mairena (III)

244_1.1A la memoria del Maestro

El día de la muerte de Antonio Mairena (el 5 de septiembre de 1983) lo recordaré siempre como uno de los más duros de mi vida. Estuve llorando dos horas seguidas, desconsolado por la pérdida del gran cantaor y el amigo, aunque la relación personal se hubiera enfriado. Me llamó a casa el entrañable cantaor aficionado Curro Vázquez, de Castilblanco de los Arroyos, ausente ya de este mundo, para irnos juntos a la capilla ardiente que se instaló en el Ayuntamiento de Mairena del Alcor. El ataúd estaba abierto y cuando pude ver la cara del maestro, con la cabeza ligeramente girada a la derecha y algodones en la nariz, se paralizaron mis músculos y me quedé inmóvil dos o tres minutos frente al cuerpo sin vida del gran cantaor. Cuando pensé que me caía redondo al suelo del impacto que me produjo la fúnebre estampa, alguien me cogió del brazo y me sacó del Ayuntamiento con la cara tan blanca como la cal de Morón de la Frontera.

Todo fue duro ese día, de una dureza extrema. Recuerdo que cuando sacaban el ataúd del Ayuntamiento con los restos del maestro, la Plaza de las Flores estaba que no cabía un alfiler y no se escuchaba una mosca. Con aquel silencio sepulcral que lastimaba, de entre el gentío se escuchó salir el homenaje desgarrador de un aficionado: “¡¡Adiós, fenómeno!!”. Juro que nunca había visto a tanta gente llorar a la vez. El féretro fue llevado hasta el camposanto con cientos de personas detrás y me coloqué al lado mismo del cortejo fúnebre, con Curro Vázquez y el compañero Alfonso de Miguel, que por aquel tiempo dirigía un programa de flamenco en Radio Triana. Ya en el cementerio, estuve en el momento en que se cerró la fosa que guardaba para siempre los restos del gran artista gitano, del cantaor que hizo posible que me gustara para siempre el cante grande.

Luego nos fuimos a la Plaza de las Flores a tomar unas cervezas y allí nos encontramos al mairenismo en pleno pensando ya en qué hacer para que el cante flamenco no volviera otra vez a estar como “en la ópera flamenca”, según palabras literales de un abatido Alberto Fernández Bañuls, que en paz descanse. Todos tenían una enorme preocupación de que se acabara el cante gitano, una vez muerto el maestro. “¿Tan poca confianza tienen en el poder de su obra?”, les pregunté a algunos amigos. Si después de un Chacón, un Manuel Torre y un Tomás Pavón, llegó Mairena, ¿por qué no podía venir alguien detrás de Antonio? Pues no. Los peces gordos del mairenismo no habían enterrado esa tarde sólo a su líder espiritual: habían enterrado al cante gitano. Y enterrado sigue, según estos mismos atrabiliarios de la cantelogía.

Cuando esa noche llegué a mi casa cansado y roto por el dolor me encerré en mi cuarto y, a oscuras, escuché algunos de sus discos y derramé las pocas lágrimas que me quedaban ya en el lagrimal. Para mí no se había muerto el cante: sólo el cantaor más grande que había conocido personalmente y el artista que me hizo amar a muchos de los cantaores y cantaoras que hoy amo. A Manuel Torre, por ejemplo. Antonio me preguntó una vez que si nunca había escuchado a Manuel Torre y le dije, aquella tarde en su casa, que llevaba en la bolsa un disco de él. “Escúchalo detenidamente, que como ese no ha habido nadie”, dijo emocionado. Lo escuché y, lo confieso, quedé decepcionado. Lo llamé y le dije que no me gustaba, que no entendía su manera de cantar. “¿Cuántas veces lo has escuchado”, me preguntó. “Sólo una vez”, le respondí. “Pues tienes que escucharlo hasta que se te meta dentro; entonces, se quedará  a vivir en tus entrañas para siempre”. Y así fue. El genio de Jerez se me metió en mis entrañas y hoy soy un torrero empedernido.

A la mañana siguiente del entierro del maestro salí a comprar los periódicos y aún guardo todas las páginas que le dedicaron al luctuoso acontecimiento. En la misma carpeta donde guardo también las cartas que me mandó y un poema que le escribí a Antonio, el único que he escrito en mi vida, a parte de un soneto que le dediqué a la bailaora Milagros Mengíbar en un homenaje que le dieron en la Semana Flamenca de Paradas. El poema a Mairena es inédito y seguirá guardado en esa carpeta, porque creo que no tiene calidad para ser publicado.

CONTINUARÁ…

17
Dic/2009

Mi relación con Antonio Mairena (II)

Fotografía dedicada que envío el maestro a mi domicilio

Fotografía dedicada que envío el maestro a mi domicilio en 1979.

A la memoria del Maestro

Los que conocían mi casa de Palmete –el gran escritor sevillano Paco Robles, por ejemplo–, sabían que mi habitación era un museo de Antonio y de todos sus maestros, como fueron Pastora, Joaquín el de la Paula, Tomás, Manuel Torre, etc. Aunque lo presidía todo una gran fotografía de El Carbonerillo, el cantaor de mi vida. Con Paco Robles estuve escuchando una conferencia de Antonio Mairena en la Peña Niño Ricardo, de Sevilla –creo que en 1978–, cuando estaba en la Cuesta del Rosario. Fue el día que nos dio su tarjeta de visita a los dos, porque le sorprendió que unos adolescentes tuvieran tanto interés en el cante y, sobre todo, en su cante y en su obra. Pero ya ese mismo día le preguntamos algo que pilló desprevenido al maestro: “Don Antonio, si hay gitanos en todo el mundo, ¿por qué sólo cantan flamenco los gitanos andaluces, sobre todo?”. Respondió como pudo hablando de la “levadura gitano-andaluza” y esas cosas tan suyas. ¡Menuda preguntita!

Mi relación con Mairena era cordial y nos saludábamos donde nos encontrábamos. En una de sus cartas me decía que yo era “un tesoro de este tiempo”, por defender el flamenco auténtico siendo tan joven. En 1981 comencé a colaborar en un programa de radio, Lo Nuestro, dirigido por el periodista sevillano Bernardo Gómez en Antena 3. Antonio escuchaba el espacio y alguna vez elogió mi labor en él. Hasta que un día dije en antena que el cante flamenco era algo más que Antonio Mairena. ¡Es que yo decía unas cosas…! Lo solté sin malevolencia, sólo para elogiar a los demás cantaores y cantaoras. Y, claro, decir eso en Sevilla con Antonio vivo y los mairenistas cabreados y controlándolo todo, era jugársela. Fue como ofender a Dios en la España de la Inquisición. El gran Paco Vallecillo me estuvo riñendo y Antonio, en uno de sus últimos recitales en Sevilla, cuando me acerqué a saludarlo, en seguida supe que no quería congratularme. “Has cambiado mucho”, me dijo con gesto serio. Creyendo que se refería al físico, porque llevábamos meses sin vernos, le dije que, en efecto, unas fiebres terribles le habían dado media cuarta más a mi ya espigado cuerpo. Me miró y supe que se refería a otro cambio. Entendí perfectamente que ya no éramos amigos y esa noche me fui a mi casa absolutamente hundido.

Antonio me enseñó aquel día algunas de las fotografías de su museo

Antonio me enseñó aquel día algunas de las fotografías de su museo particular. Pastora presidía.

El maestro había soltado de su mano al discípulo sin darle siquiera una mínima explicación. Éste, y no otro, es el motivo de que no ingresara en la cofradía mairenista, con lo que eso significaba, porque siempre me he sentido discriminado por el mairenismo, o sea, por el poder del cante jondo. Ningún movimiento flamenco ha tenido la fuerza de éste; es el poder absoluto, está en las instituciones, en las peñas y en los medios de comunicación. En todas partes. Un conocido y poderoso mairenista quiso echarme de El Correo de Andalucía, aun sabiendo que era lo más importante de mi vida –además de mi sustento­–, para colocar a un crítico afín a la célebre cofradía, cuyo nombre no hace falta decirlo. Evidentemente, el hombre fracasó en su empeño. Es curioso, pero este señor fue vallejista antes que mairenista. Antonio Mairena tuvo siempre una gran destreza para llevar a su terreno a aficionados que pudieran ayudarle, lo que demuestra su inteligencia.

El almeriense Lucas López, otro gran mairenista, al que el maestro llegó a entregarle la Orden Jonda del Mairenismo, era un convencido marchenista antes de ser mairenista, según me contaron hace poco en Almería. Esto no lo cuento como crítica, como reproche, porque las personas evolucionamos y podemos cambiar de gustos según lo que vayamos descubriendo. El otro día me decía un gran aficionado y seguidor de Mairena, Ramón Soler, que a Antonio le gustaba cantar rumbas de Las Grecas, cuando estaba de fiesta. A él se lo contó un compadre del maestro. Y a mí me dijo una vez Antonio que le gustaba cantar la canción española; de hecho, adoraba a Juanita Reina y a otras canzonetistas. El hecho de que fuera un cantaor tan puro y con la responsabilidad gitana tan desarrollada, en ningún momento le impidieron amar a otras músicas y admirar a otros artistas.

CONTINUARÁ…

17
Dic/2009

Todo un cacho de pan

Mi hermano Quico Pérez-Ventana

Mi hermano Quico Pérez-Ventana

A su compañera Pilar

He tenido la gran suerte de encontrarme con muchas personas a lo largo de mi vida que me han ayudado a ser lo que he querido ser. Podría citarlos a todos pero no tendríamos espacio en toda la red. Hoy quiero referirme, gazaperas y gazaperos, quizás a mi mejor amigo desde hace muchos años. Y en cierto sentido, además de amigo, es uno de mis maestros, a pesar de ser mucho más joven que el discípulo. De periodismo me ha enseñado muchas cosas, aunque lleve años más preocupado por mi frigorífico que por mi sintaxis. Me pide que sea honrado y objetivo, pero que no descuide la nevera. Es el mismo consejo que me da siempre mi madre y el que seguramente me daría mi padre de vivir todavía. Eso demuestra lo que me quiere este hermano del alma y, sin embargo, amigo y, sin embargo, compañero. Además de enseñarme a ser periodista lo que sé de pesca deportiva se lo debo también a él. ¡Cuántas pescatas juntos! Igual que a Franco le ponían las truchas en el anzuelo para subirle la autoestima, este amigo ha hecho lo mismo conmigo, pero con las carpas y los barbos. Su mejor captura es siempre la mía, de la que más presume. No he olvidado aún cuando en un pantano de Extremadura cogí una carpa royal de once kilos y me obligó a fotografiarme con ella dándole un beso en la boca. A la carpa, aclaro. Después, como mandan las reglas de la pesca deportiva, la captura la devolvimos al agua sana y salva. A lo mejor, quién sabe, aún me echa de menos. Lo digo por lo del beso, je, je. Mi amigo es un pescador deportista y un ecologista insobornable. Tanto le gustan los animales, que una noche que pescábamos en el Castillo de las Guardas se empeñó en que les cantara unos martinetes a los mochuelos mientras se hundían nuestras boyas. Creo que él se emocionó con mi voz mairenera, pero me han dicho que no han vuelto a picar las carpas en ese pantano y que los mochuelos de la zona han emigrado también. Y es que se empeña siempre en ponerme en verdaderos apuros, como cuando una noche, en la puerta del Museo de Caza y Pesca de Minich, en Alemania, quiso que le cantara una saeta de Vallejo a un jabalí de bronce que había justamente en la entrada del museo. Le di el capricho, como de costumbre, canté la saeta al jabato a diez grados bajo cero, y cuando nos dimos cuenta había un alemán aplaudiendo en germano: plof, plof, plof. ¡Menudo éxito! Lo malo fue que a la mañana siguiente, el jabalí, seguramente temiendo que apareciéramos por allí otra vez con la merluza, se despidió del museo y ahora campa a sus anchas en Cazalla de la Sierra, donde da cursos de alemán a sus congéneres. Estas son algunas de mis vivencias con este amigo que hoy cumple 40 años y que lo estará festejando con su adorable familia. Son los 40 años mejor aprovechados por un ser humano, y nunca mejor dicho porque mi amigo es de los que dignifican a la especie. Se llama Rafael y todos sus amigos le llamamos Quico. Cuatro décadas siendo un cacho de pan. Feliz cumpleaños.

16
Dic/2009

Mi relación con Antonio Mairena (I)

A la memoria del Maestro

Nunca he querido escribir sobre mi relación personal con Antonio Mairena. No digo amistad porque, aunque éramos buenos amigos, apenas hablamos más de cinco o seis veces. Le escribí algunas cartas y me contestó siempre con gran amabilidad. Eran epístolas escritas a máquina con muchas faltas de ortografía y firmadas con pluma estilográfica. Las conservo, claro está. Lo digo para que vean que es verdad lo de las cartas. En su casa sevillana de Pedro Padre Ayala estuve sólo una vez y recuerdo aquel día como uno de los más emocionantes de mi vida. ¡Entrar en la casa del gran Mairena! Lo llamé por teléfono y me citó a la hora del café. Don Antonio Cruz García era muy tradicional en sus costumbres sociales, un hombre que leía los periódicos -El Correo y ABC, amén de algún que otro diario deportivo-, que amaba las tertulias y seguía los telediarios. Costumbres poco gitanas, como me señaló un día el cantaor Luis Caballero, quien defendió alguna vez la teoría de que Mairena era morisco y no gitano.

Cuando llegué, su hermana Rosario me dijo que me esperara un poco porque estaba atendiendo a unos señores “muy importantes”. Supe más tarde, sentado ya con el maestro en su mesa camilla, en su pequeño museo flamenco, que eran dos líderes del Partido Socialista que habían ido a darle un obsequio, porque unas noches atrás Antonio y sus hermanos estuvieron cantándole a Felipe González en el chalé de una hermana del político, entre Bellavista y Dos Hermanas. El ex presidente del Gobierno de España es un gran mairenista, lo que demuestra que es también un gran aficionado al cante por derecho. Antonio me enseñó orgulloso el regalo, la cabeza de bronce de un histórico político socialista, creo recordar que de Pablo Iglesias, aunque hace ya treinta años de esto y puede fallarme la memoria. “¿Sabes quién es?”, me preguntó. Se lo dije y me pidió que no lo comentara con nadie, “porque los artistas tenemos que estar al margen de la política, aunque yo tengo mis ideas y ya no puedo ocultarte por dónde van esas ideas”, dijo sonriendo, con aquella sonrisa sincera y anchurosa que tenía el genio. Lo digo ahora, después de treinta y un años y a los veintiséis de la muerte del gran cantaor.

Aquella tarde le confesé al maestro mi admiración por él y por los cantaores de su gusto, como eran Manuel Torre, Tomás Pavón, Pastora y El Gloria, entre otros. Llevaba unos discos que había comprado en la Gran Plaza, de aquella magnífica colección que acababa de sacar Pepe Carrasco, Los Ases del Cante Flamenco. Antonio me dijo que se los enseñara y los puse encima de la mesa. “¡Qué maravilla”, dijo el maestro, admirado. “El del Niño Gloria me gustaría tenerlo, porque perdí sus cantes”, comentó. Se lo regalé, claro está. Debajo del disco del Niño Gloria estaba el de Manuel Vallejo y lo apartó sin decir nada, con gesto serio. Hizo lo mismo con los de Cepero, Palanca y El Sevillano. Sólo celebró el de El Gloria. Al preguntarle por el motivo de que apartara esos discos, dijo con seguridad: “Esos son otra historia”. La verdad es que yo no tenía discos de esos cantaores, porque entonces apenas estaban en el mercado. Cuando llegué a casa, antes de escuchar al Niño Gloria puse en el tocadiscos a Cepero y estuve llorando de emoción todo el tiempo. No entendía que el maestro hubiera tratado con desprecio a un cantaor como Cepero, con esos fandangos tan emotivos y dulces, y sus letras tan sentimentales.

Entendí que Antonio Mairena había tratado de manipular a un joven aficionado de 20 años, al que le estaba diciendo a las claras por dónde debía de tirar. Y ese mismo día supe que nunca podría ser mairenista, aunque amara y siga amando todavía el cante de Antonio Mairena y el de sus hermanos, especialmente el de Curro. Adoro también la voz de Manolo y sus increíbles saetas, estilo de cante en el que no tuvo rival hasta que dejó de cantar.

CONTINUARÁ…

14
Dic/2009

Trágico final del guitarrista Luis Molina

Fotografía poco conocida de Pastora

Fotografía poco conocida de Pastora

A Antonio Hita Maldonado

La Niña de los Peines tuvo siempre a su vera a los mejores guitarristas, como correspondía a su categoría artística. Sus primeros discos, que van a cumplir pronto cien años, los grabó en Madrid con el gran Ramón Montoya, la gran figura de la guitarra en aquellos años. Los diez famosos discos de Zonophone tuvieron un gran éxito y dieron la vuelta al mundo, consagrando a Pastora en la reina del cante y en un producto discográfico cuando, curiosamente, el disco de pizarra de dos caras acababa de nacer con ella. Pronto conocería la artista a un joven guitarrista del que se quedó prendada, el madrileño Luis Molina, de la escuela de Ramón y con una técnica admirable para la época. Nada más acabar de conocerlo y de comprobar su buen estilo, Pastora le propuso que viajara con ella a Berlín para grabar juntos una extensa serie de discos con el sello Homokord. Fue en el año 1913 y la Niña de los Peines era ya una primera figura del cante; además, el binomio Pastora-Molina hacía furor tanto en las grabaciones como en las actuaciones. Continuaron grabando discos en Odeón (1914) y Pathé (1915), hasta que Pastora decidió cambiar de nuevo y en 1917 grabó en Odeón con un cantaor, bailaor y guitarrista jerezano de corte genial como fue Currito de la Jeroma, al que Pastora conoció en Sevilla cuando era prácticamente un adolescente y acompañaba en las fiestas a su hermano Tomás. Cuando grabó aquellos discos de Odeón con Pastora, Currito tenía sólo 18 años, lo que indica que Francisco Leiton de la Hera, que así es como se llamaba, era un verdadero fenómeno. Y un artista que se bebió la existencia de un sorbo, porque llevó siempre una vida de punición para su pequeño cuerpo y el 6 de abril de 1930 falleció en Sevilla, con 29 años, como consecuencia de la tuberculosis pulmonar. Pastora estuvo diez años sin grabar discos, porque cuando preparaba otra serie con Luis Molina, el gran guitarrista madrileño sufrió un terrible accidente de automóvil en Pamplona y falleció en el acto.

Fue el aciago día 29 de agosto de 1919. La Correspondencia Militar se ocupó del accidente de forma breve un día después:

vuelcoautomovilA las cinco de la madrugada se dirigían de San Sebastián a Madrid tres “chauffeurs” de oficio con el conocido guitarrista madrileño Ruiz Molina. En los límites de Guipúzcoa y Navarra, siete kilómetros antes de llegar a Alsasua, y en una curva muy pronunciada de la carretera, volcó el automóvil, dando la vuelta completa, lateralmente, y quedando apoyado contra un árbol.

El guitarrista quedó muerto a consecuencia del golpe recibido y uno de los “chauffeurs” resultó herido.

El auto, que tiene ligeras averías, es el número 2.627 de la matrícula de Madrid, y pertenece a D. Darío López Gutiérrez.

Así agotó sus días el gran guitarrista madrileño Luis Molina, con el que Pastora grabó muchos e interesantes cantes. Alsasua es un municipio de la Comunidad Foral de Navarra, situado en el Valle de la Burunda, en la comarca de la Barranca (Sakana es euskera) y a cincuenta kilómetros de Pamplona. En aquellos hermosos parajes perdió la vida el célebre artista.