Archivo del Diciembre de 2009

El irrefrenable deseo de la aventura

A María Luisa Díaz

tomMientras viví en Palomares del Río no salí nunca del pueblo, salvo para ir al médico de Sevilla. Una vez que don Amadeo, el párroco, organizó una excursión a Carmona con su propio microbús para ver sus restos romanos, se me fastidió el viaje por no tener una ropa adecuada que ponerme. Tampoco es que exigieran ir de chaqué, pero mi madre se negó a que fuera con la ropa de todos los días. Desesperado, porque ansiaba ir a aquella excursión, le hice una visita a don Amadeo en su casa de Mairena del Aljarafe, donde tenía una escuela muy bien montada y guardaba en ella alimentos y ropa que le mandaban los americanos para repartir entre los pobres. Cuando me vio entrar en su casa, en seguida me preparó una lata de manteca y otra de aceite, como de costumbre. Don Amadeo era un cura de gran corazón. Sin embargo, le dije que el motivo de mi visita no era para pedir alimentos, sino ropa para poder ir a la excursión de Carmona. Desembaló una gran caja y sacó un montón de chalecos y pantalones, que me fui probando con un ataque de nervios considerable, como si me fuera la vida en aquello. Entre todas las prendas, encontré una chaqueta blanca como la de Bogart en Casablanca, pero me la probé y me arrastraba por el suelo, como a Bogart en la famosa película. Don Amadeo se reía, pero a mí no me hacía la maldita gracia porque quería ir a aquella excursión al precio que fuese. Decidí llevármela a casa para que mi madre la arreglara, pero ni lo intentó. “Me niego a que hagas el ridículo, a que sirvas de cachondeo”, dijo muy enfadada. Me la volví a probar y, al mirarme bien al espejo, comprendí que tenía razón: parecía un polichinela. Entonces, como en otras muchas ocasiones, dije como la zorra de la célebre fábula: “Esas uvas están verdes”. Era mi manera de renunciar a las cosas que me gustaban y que no podía conseguir. Decliné el viaje. A ese, aunque no al que más me gustaba, que era salir del pueblo subido en las nubes. Cuando las nubes andaban debido al viento, siempre me tendía boca arriba en el campo y pensaba que iba subido en una de ellas y que me dirigía al arco iris para adivinar el misterio de sus colores. “¿Pero cómo subir a las nubes?”, me preguntaba una y otra vez. A veces, ascendía al pino de Mampela o subía a la torre de la iglesia, con el llorado Rebollito, para ver si podía alcanzar una de las más bajas y ver la vega desde el cielo. Tanta era mi desesperación por salir del pueblo, que una vez lo intenté navegando. El río Guadalquivir está retirado de Palomares y, además, estaba prohibido acercarse a sus cristalinas aguas. Teníamos el gran caño del capataz, que era nuestro río Misisipi particular:

Palomares del Río

no tiene río.

Tiene un caño pequeño

con mucho brío.

Pero en este caño se ahogó un gran amigo mío, siendo un niño, y desde aquel infausto día es un lugar prohibido para los niños de Palomares. Ansiaba salir navegando del pueblo y como no podía hacerlo desde el río ni desde el caño, lo intenté desde una de aquellas lagunas que se formaban entonces en el campo, de tanto como llovía. Algunas tenían medio metro de hondura y era más que suficiente para que flotara una balsa. Contando con la colaboración del ya mencionado Rebollito, construimos una barcaza con una vieja puerta de madera y corcho de colmenas de abejas. Comprobada su flotabilidad y ausencia de cualquier riesgo, una tarde la echamos al agua y navegamos un buen rato. Fue una experiencia maravillosa, una aventura al estilo Tom Sawyer. Las ranas nos parecían delfines y las culebras de agua, los monstruos marinos del Capitán Nemo. Sin embargo, como en todas las películas de aventuras en barcazas, aparecieron unos piratas y acabaron a terronazos con el sueño de salir al fin de Palomares. Como caímos al agua y llegamos a casa con barro hasta en las pestañas, la aventura nos costó una semana sin ver Flipper.

Don Celso y don Miguel

A la memoria de don Miguel Aguilar

Del escaso tiempo que estuve en el colegio de Palomares, sólo recuerdo a dos maestros: don Celso y don Miguel. Eran tan diferentes como el campo y el mar, como la noche y el día. Don Celso tenía un punto de chifladura encantador, pero su sentido de la disciplina rozaba lo militar.  Era más feliz que un rucho mandándonos a formar y obligándonos a cantar el Cara al sol cada mañana. Antes de comenzar las clases, colocaba una mesa en el patio, se ponía un bañador muy ajustado y hacía que sus hijos le tiraran cubos de agua helada, porque practicaba el culto al cuerpo de una manera increíble. Tenía un estuche con cinco palmetas para pegarnos a los alumnos, y a cada una les tenía puestas un nombre distinto. Tepillé y Míraméynometoques, eran las más temidas por todos. Luego tenía otra que era una fina vara de olivo, Tepicóelmosquito, con la que te daba en las orejas cuando menos lo esperabas, diciendo: “¡Ea!, te picó el mosquito”. En aquella época las orejas estaban siempre muy a la vista porque nos pelaban al cero para ponérselo difícil a las liendres. Nos pelaban tanto, que un día me cogieron un piojo y llevaba un sombrero de paja y gafas de sol. Pero don Celso era también un hombre trabajador y con una gran capacidad para enseñar. Como yo andaba siempre en las nubes, que fueron mi primer medio de locomoción, un día que explicaba física me hizo una pregunta: “A ver, Manolito, ¿cuál es la distancia más corta entre dos puntos?”. No entendí bien la pregunta y se la replanteó de otra manera más sencilla: “¿Cuál es el trayecto más corto, por ejemplo, entre Palomares y Almensilla”. Y le respondí con la voz temblona: “Cogiendo por Cuatro Vientos, don Celso, por dónde va a ser”. Enfurecido, comenzó a gritar: “¡¡La línea recta, Manolito, la línea recta!!”. Cogiendo por Cuatro Vientos era la línea más recta, pero no me dio la opción de que se lo explicara. Naturalmente, abrió su estuche y me dio a elegir entre las cinco palmetas para recibir el castigo por mi torpeza. Como ya tenía las orejas resistentes, elegí Tepicóelmosquito. En cambio, don Miguel Aguilar era todo lo contrario. Recuerdo muy bien la tarde que llegó al pueblo en La viajera. Informados de su llegada, algunos niños nos sentamos a esperar el autobús en el malecón de Ricardo. Supimos en seguida quién era porque era un hombre con un traje oscuro, sombrero y un paraguas en la mano. En la otra traía una carpeta también negra. Era de un parecido a Franco increíble, aunque algo más alto que el dictador. Fue el mejor maestro que pasó por el colegio de Palomares. Explicaba las cosas muy bien y las entendíamos estupendamente, sin necesidad de pegarnos con la palmeta ni de obligarnos a ponernos de rodilla con los brazos en cruz y libros en las manos, que era otro sistema de castigo de don Celso. Don Miguel me preguntó una mañana que qué era un quebrado y, como no me había enterado de la lección, le dije que un quebrado era un inútil. “¿Un inútil?”, preguntó asombrado. En seguida me di cuenta de que hablábamos de cosas distintas: él se refería al quebrado de las matemáticas y yo a los que estaban quebrados, enfermos de hernia. Cuando se lo expliqué, se tuvo que interrumpir la clase de la que se formó en el aula. Yo sabía muy bien lo que era un quebrado, porque cogía lagartos para las familias donde había alguno. Los lagartos abiertos y reliados en la cintura eran un buen remedio para esta enfermedad. Esto, por ejemplo, era algo que no sabía don Miguel y que lo aprendió aquel día. Cuando nos fuimos al colegio de Coria del Río porque ya no cabíamos en el de Palomares, se acabó el contacto con don Miguel Aguilar Carvajal, un gran hombre, un gran maestro, que sabía enseñar y tratar a los alumnos como personas y no como animales. Dejó un gran recuerdo en el pueblo, sobre todo entre las mujeres, porque, además, era un solterón de gran atractivo, un caballero de los que ya se iban perdiendo. Durante muchos años me acordé de este hombre y alguna vez pensé en la posibilidad de localizarlo, cuando vivía en Sevilla. No lo hice nunca y me pesa, porque siempre quise darle las gracias por cómo me trató a mí personalmente, que no era lo que se dice un buen alumno, sino un niño despistado que lo enfadó muchas veces con sus viajes a las nubes.

Platón y el merengue casero

A Laura Rojas-Marcos

Platón, el filósofo griego al que conocí una mañana en una cuba de escombros, dijo que si no deseas grandes cosas, las más pequeñas te parecerán inmensas. Mi madre nos hacía felices a mis hermanos y a mí con cosas sencillas. Como todavía no teníamos televisor echábamos en falta pocas cosas, sobre todo las que no conocíamos. La primera vez que pude ver un centollo en Palomares me pareció un objeto nadador no identificado. Si en vez de ver a uno solo hubiera visto una docena, seguramente habría pensado que era una invasión marciana. Al pueblo iba todas las semanas un vendedor de merengues, que costaban, creo, un real. Como la economía de la casa andaba por los suelos –y no precisamente debajo de un ladrillo, que es donde se guardaban los ahorros–, una vez sí y la otra también el de los merengues pasaba de largo sin vender nada en el número 5 de la calle Cuatro Vientos, donde, en vez de aquel azulejo que se solía poner con la leyenda “Dios bendiga cada rincón de esta casa”, nosotros teníamos uno que decía “Dios se acuerde alguna vez de nuestra despensa”. Mi madre, apenada y viendo la cara que se nos quedaba a los tres, cogía varios huevos del gallinero familiar, les sacaba las claras y las batía en un plato grande con un tenedor hasta conseguir un merengue tan espeso que se podía tallar el busto de Viriato, uno de los héroes de mi infancia. Se sentaba en el corral en una silla de aneas y nosotros, con las rodillas en el suelo, disfrutábamos del merengue hasta que dejábamos el plato que podía servir de espejo. Con qué poco éramos felices en aquella casita con un pozo que daba un agua tan dulce como las moras, un hermoso corral que lindaba con los frondosos olivos de El Poli, los gatos durmiendo al sol y una copa de cisco siempre debajo de la mesa asando castañas. Pero los tiempos han cambiado. De vivir todavía Platón, ¿seguiría pensando que la pobreza no viene por la disminución de la riqueza, sino por la multiplicación de los deseos? Imagínense lo que pensarían de mí los maireneros si me vieran batir claras de huevo en el patio, en vez de encargar una docena de melojas en la mejor confitería del pueblo. Creo que fue también Platón quien dijo que el hombre lo tendría todo si tuviera un pequeño jardín junto a la biblioteca. Sería en aquellos tiempos, porque el hombre moderno, al menos el de por aquí abajo, cree que lo poseería todo si se acostara sabiendo que tiene un buen coche en la cochera, que ya está preparado para el apagón analógico, que el Betis acabará salvándose y que es más que probable que a Belén Esteban no se le vayan los puntos de los arreglos que le han hecho en la cara. Dígale usted a quienes ven los programas de Juan Imedio si los cambiarían por una biblioteca en el jardín de sus casas. Ni por la del Senado de los Estados Unidos. El autor de La República lo tuvo fácil porque todavía no existían Canal Sur Televisión ni programas como Salud al día y Tecnópolis, donde el presentador, que es la sonrisa del régimen, ofrece siempre una información como si en Andalucía no hubiera más que felices jubilados en los balnearios y funcionarios y ejecutivos en los gimnasios; como si sólo nosotros tuviéramos el pescado más fresco, el mejor marisco, la carne más sana, los trabajadores más felices, el turismo más selecto y las playas más limpias. Nos previenen contra todo menos contra quienes han creado una aparente Andalucía del bienestar donde, según estos programas y otros de La Nuestra, los únicos problemas que tenemos en nuestra tierra son como consecuencia de que vivimos de lujo: el colesterol, la obesidad, la velocidad en las carreteras y la falta de ejercicio. ¿Por qué no les preguntan a los agricultores de Arahal en Salud al día si no estarían más sanos de haber cobrado ya las aceitunas de hace dos años, que todavía no las han cobrado? Pues no. Menos mal que la mayoría de estos pequeños olivareros se tranquilizan viendo Tecnópolis, se divierten con Juan Imedio y siguen creyendo que lo peor que le podría pasar a Andalucía es que al puño se le secara la rosa…

¿Por qué no hay amor sin dolor?

A los heridos por el amor

Muchas veces se preguntó que por qué no podía llamarla una tarde para invitarla a tomar café donde solían mirarse fijos a los ojos hasta que uno de los dos sonreía y apartaba la mirada. Sabía que los años habían pasado y que, como era lógico, las cosas habrían cambiado; que ella sería ahora una mujer enamorada de otra persona, como le ocurría a él mismo; que ya nada sería igual que antaño. Después de treinta años sin verse, el otro día coincidieron por casualidad en la misma cafetería que ambos dejaron de frecuentar cuando acabaron la relación. Él estaba sentado en un rincón del café, solo, pensativo, dándole vueltas a su mechero sobre la tapa de mármol blanco recién fregada, como esperando a alguien. Se cruzaron las miradas, sus corazones aceleraron el pulso como locos y, empujados por una fuerza misteriosa, se dieron un abrazo que duró dos minutos. Después se miraron a los ojos con cariño y el tiempo pareció interrumpirse en seco. Ella sonrió y provocó en él otra sonrisa, aunque más que una sonrisa, era como una mueca dolorosa, como la sonrisa triste de Tomás Pavón. Hablaron sólo unos minutos, los justos para que ambos se dieran cuenta de que no habían dejado de amarse. Él le confesó que aún lloraba cuando soñaba con ella; y ella, que le ocurría lo mismo cuando escuchaba su nombre en alguna parte. Pero tenían que despedirse. “¿Hasta cuándo?”, preguntó él mientras apretaba sus manos con ternura. “Hasta que el azar lo quiera de nuevo”, contestó ella mientras se ponía la bufanda en su delicado cuello para perderse a continuación entre la muchedumbre mientras él se sentaba de nuevo en la mesa de mármol blanco recién fregada y volvía a darle vueltas a su mechero, pensativo, melancólico, misteriosamente rejuvenecido y con el pájaro de la felicidad posado en su rostro. Recordó una vieja letra de fandango que, curiosamente, aquella mañana había escuchado en la radio del coche yendo para la cafetería:

Y se vuelven a encontrá.

Amores que se han querío

y se vuelven a encontrá.

O se mudan de coló,

o se hacen un desaire.

Por dentro sufren los dos.

Estupefacto y triste por tan fugaz reencuentro, se preguntó la razón de su presencia en aquella cafetería, en la que llevaba treinta años sin entrar. Llegó a la conclusión de que esa mañana era la elegida por el destino para reencontrarse con el amor de su vida, cuyo recuerdo le despertó el fandango que escuchó en el coche. A ella le ocurriría lo mismo. Aquella mañana, algo la incitaría a entrar en la cafetería que tanto frecuentó en otra época. Algunos sabios han dicho que nada en esta vida es casualidad, sino obra del destino. No creo que haya que otorgarle tanto poder a la providencia, pero a veces es de una crueldad terrible. Dostoievski dijo que en nuestro planeta sólo podemos amar sufriendo y a través del dolor. No sabemos amar de otro modo ni conocemos otra clase de amor. Por eso escribió el poeta salmantino José María Gabriel y Galán tan hermosa quintilla:

Me enseñaron a rezar,

enseñáronme a sentir

y me enseñaron a amar.

Y como amar es sufrir

también aprendí a llorar.

Le paré dos penaltis a Rogelio

A Pepe Elías

Aunque les parezca mentira, en los años sesenta no había campo de fútbol en Palomares del Río. Se hizo uno en el Raso del Nono, en la carretera de Mairena del Aljarafe, con una inclinación lateral tan pronunciada que para tirar un corner había que ponerle una cuña al balón. Tenía mérito jugar en medio de los terrones y con un balón casi siempre ahuevado y con tanto cebo dado, que al que le daban un balonazo en la cara le pringaba el bigote durante un mes. Las porterías eran dos postes de eucaliptos, pero en vez de larguero colocaron unas sogas gordas y, claro, cuando el portero se percataba de que un tiro a puerta del equipo contrario amenazaba con entrar ajustado a la cuerda, la bajaba y el balón siempre pasaba rozando el larguero, pero por encima. Dependía siempre de los tintos que se hubiera tomado el portero, que generalmente eran unos cuantos antes de cada partido. Allí hizo su debut el primer equipo de infantiles de Palomares, que se sepa. ¡Menudo equipazo! Eran Antonio el de Cristina, el Antúnez, el Juan Antonio, el Vicente, el Chico de la Filomena, el Marcelino, el Fuli, Rafael del León, el Mejías y el Bohórquez, que no era otro que mi hermano. La equipación era blanca, como la del Madrid. Recuerdo que, como el debut fue en invierno y entonces había pocas duchas, los futbolistas aparecieron con una costra en las rodillas que daba miedo. Era del tiempo, decían. Del tiempo que hacía que no se lavaban, claro. Más adelante se hizo ya un campo en condiciones, reglamentario, en la zona conocida como la Laguna. Hubo que ir por los palos a un pinar cerca de Almensilla, pero se hizo el campo. Estaba un poco lejos del pueblo y al principio no había vestuarios; los futbolistas se vestían en un colegio de la carretera de Coria del Río y se iban andando al estadio, con lo que, cuando llegaban, algunos les pedían el cambio a Juan el de Pancho antes de comenzar el partido. No sé si eran o no buenos los jugadores, porque era muy pequeño para saberlo, pero recuerdo con nostalgia la potencia del Rafael el de la Nena, las paradas del Salvador el del León y El Quinini, la técnica de Ricardo y su hermano El Quico, la velocidad de El Rácano, los marcajes del Benacho, las genialidades de El Chapa y la clase del Moreno, cuyo debut fue todo un acontecimiento porque tenía sólo 16 años. Fuimos a verlo todos los alumnos del colegio, chiquillas incluidas, porque el muchacho era mono. ¡Qué jugador! No comió de la pelota, pero llegó a ser alcalde del pueblo, que no es moco de pavo. Digamos que todo esto que he contado pertenecía al fútbol oficial del pueblo. Luego estaba el nuestro, el de los más pequeños, que jugábamos partidos de tres horas en un campo que había en Cuatro Vientos donde, además del barro perpetuo de los inviernos y las ortigas de la primavera, era una lata sortear los garrotes y las majadas de un toro mocho que tenía Murillo siempre amarrado en este campo. Después decían que Palomares no daba jugadores. Teniendo en cuenta la calidad de las instalaciones deportivas, demasiados salieron. Yo era un estupendo portero, por ejemplo, pero como jugábamos en carreteras alquitranadas o en campos llenos de piedras, los codos y las rodillas los tenía siempre con postillas. Ya viviendo en Sevilla, un día fui a ver los entrenamientos del Real Betis y allí estaba Rogelio, el genio más grande que ha dado el fútbol andaluz, al que yo le llevaba el pan a su casa cuando era panadero con El Guapo. Rogelio me reconoció y me dijo: “Ponte de portero, panaero, que voy a tirá unos penaltis”. Acostumbrado a tirarme de palo a palo en las piedras, y como conocía la famosa paradiña del genio coriano, le detuve los dos penaltis seguidos que me tiró. El de la pierna de caoba, que así le llamábamos los béticos, se quedó turulato y me dijo que hablara con El Maní para probar en los infantiles. ¿Probar, después de pararle dos penaltis seguidos a Rogelio en el Villamarín, algo que no hizo ni Iríbar? ¡Anda, hombre!

La máquina de Agustín el del Estanco

A Curro el de Pancho

Agustín era el dueño del Estanco y de uno de los escasos bares importantes de Palomares del Río, en la calle Iglesia. Era el clásico bar de pueblo con mostrador de madera y veladores en un patio con suelo de albero y un jazmín que perfumaba medio pueblo. Pero un día, este hombre se puso las pilas y trajo una máquina de aquellas de escuchar discos de vinilo, los de cuarenta y cinco revoluciones por minuto, en circulación en nuestro país desde mediados de los años cincuenta. No una gramola de La Voz de su Amo, de las del perrito, que no soy tan arcaico, sino aquellas autómatas modernas, eléctricas, que por un duro de los de la cara de Franco podíamos escuchar El rokc del cocodrilo, de Elton Jones, Tu muñeco, de Tom Jones, o el garrotín de Smash. ¡Uff! Para un pueblo donde sólo podías oír en las tabernas los fandangos de El Carlillo y su hermano Isaías el Vaquero, el tambor rociero de José Manuel El Tamborilero y algunos discos de los Romeros de la Puebla -los Beatles de las sevillanas- en el bar de Farina mientras te comías un albur frito por una peseta, el avance tecnológico de Agustín fue una revolución que celebramos a lo grande los que apuntábamos ya maneras de yeyés, los que llevábamos muñequeras de piel y la bala con el cordón en el cuello, además de la raya en medio, que no fue fácil porque según los viejos del pueblo era peinado de mariquitas. El Moreno de la Niña Chica, su primo Juanillo el Barrera, El Poli, el Luis de la Tarazana, Joaquinito el del Capataz, el Muñoz, el Guerreiro, Curro el de Pancho y algunos más, aunque no muchos, éramos los más adelantados y los que nos atrevíamos a echar el duro en el portento técnico para que sonaran los genios citados o el catalán Toni Ronald y su emblemático Hellp, ayúdame. Éramos los más adelantados de nuestra generación, claro, porque en la generación anterior los hubo rompedores de verdad. Estoy refiriéndome a finales de los años sesenta y principios de la siguiente década. Fue cuando comenzamos a fumar y a coger culos en Coria, de moda entre la chavalería de entonces. Nuestra manera de ligar era irnos a Coria a cogerles el trasero a las corianas, porque en Palomares los había pero éramos pocos y no era plan de meterse en problemas. ¡Menudos galanes estábamos hechos! Ahora lo recuerdo y siento una vergüenza horrible, porque tengo fama de ser uno de los pocos caballeros que quedan en el mundo. No hace mucho tiempo estuve en un bar de Coria tomando una cerveza y reconocí a una señora a la que hace cuarenta años le cogí el pandero en la puerta del Cine Estrella y me soltó una guantazo que estuve diez minutos dando vueltas. Era la primera vez que lo hacía y, claro, la inexperiencia jugó en mi contra. Menos mal que la señora no me reconoció, porque me hubiera tirado al río de cabeza. Cuento esto porque por aquel entonces tendría unos 11 años. Con esa edad y en aquellos tiempos, sabíamos de la vida lo justito para andar por el pueblo. Así que cuando íbamos a un municipio grande como Coria,  o más cercano a Sevilla, como San Juan de Aznalfarache, se nos notaba demasiado que éramos de Palomares, donde siempre se ha dicho que dos huevos son dos pares.

El último filósofo de la Corredera

El gran Pepe Aldabones

El gran Pepe Aldabones

A mi paisano Rafael Lego

En Arahal hay un paisano mío que parece sacado de otra época, de un cuadro de Virgilio Mattoni. Le llaman Pepe Aldabones porque es un carpintero fino que hace unas puertas con aldabones dorados como no las hace ya nadie en toda la comarca de la Campiña. Dicen que es un artista arreglando coches antiguos de caballo; como no tengo ninguno, es algo que no puedo avalar. Tampoco tengo una puerta echa con sus hábiles manos de platero de la madera, aunque todo se andará. Lo que sí les puedo asegurar es que canta por Marchena para darse cabezazos, aunque no en alguna de sus puertas porque serían los últimos. Aldabones canta por el Maestro de Maestros y por quien haga falta, porque sabe de cante y tiene el don de la voz y de la templanza y de la música. Y otros dones. ¡Cómo coge la copa de solera! Toda aquella fiesta de cante que haya en Arahal a lo largo del año en la que no esté Pepe Aldabones, se queda fuera de los anales festivos del pueblo. Sólo verlo con ese cuerpo gentil, su gorra y los botos camperos de media caña, es ya un deleite para la vista. Tiene música en la voz, y no sólo cuando canta: se pone a hablar y parece que está escuchando uno una pieza de Berlioz. Y, como no podía ser de otra manera, es un filósofo que dice unas cosas para quedarse con la boca abierta. El pasado año, por estas fechas, estábamos tomando una copa de vino en la Peña Pastora Pavón de Arahal, esa que el Ayuntamiento quiere echar abajo. Se produjo una acalorada discusión de política con Curro el de Tecnograaphic, el revolucionario más grande del pueblo. Mientras Curro discutía sobre cómo va el país y nos invitaba a todos a apoyar sus ideas anarquistas, algunos de los presentes lo mirábamos con ganas de decirle cuatro cosas, de rebatirle sus opiniones fervientes y puntosas. Aldabones lo miraba con fijación reflexiva y pensé que estaba cavilando sobre cómo dejar a Curro sin argumentos, pero a su estilo, con esa visión tan diáfana de las cosas y su manera única de explicarlas. Cuando ya me disponía a entrar al trapo, Aldabones me agarró del brazo y me dijo muy enfáticamente, con esa solemnidad de las grandes ocasiones: “Déjamelo a mí, Manué, que sé muy bien lo que tengo que decirle a Curro para que se calle de una vez”. Supe en seguida que íbamos a vivir un gran momento, la lección en directo de un maestro de la oratoria, de un Séneca de este tiempo, del Aristóteles de Arahal. Nos quedamos todos en silencio viendo cómo miraba fijo al controvertible Curro, que es un polémico nato y un luchador insobornable, de los que ya no quedan. Y el gran Aldabones habló por fin ante el pueblo expectante: “Mira, Curro, escucha lo que te voy a decir: ¡¡Una mierda pa ti!!”. Y eso fue todo. Nos fuimos a darnos chocazos contra la gruesa puerta de la peña, porque no se puede tener más arte del que tiene este hombre. Descorchamos una botella de vino por contar en el pueblo con un artista anónimo como Pepe Aldabones, el último filósofo de la Corredera.

¿Lorqueñas de Lorca?

A Juan Carlos Aparicio

Pastora Pavón declaró en alguna ocasión que Lorca escribió un cante para ella. El poeta granadino de Fuente Vaqueros era un enamorado del cante de la artista sevillana de la Puerta Osario; escribió sobre ella cosas hermosas y alguna que otra fantasía, como la descripción de aquella fiesta en una tabernilla de Cádiz, en la que aseguraba que, con el duende abrasándole la garganta, la cantaora cogió una copa de Cazalla y se la bebió de un trago para apagar el fuego. Cuando Pastora leyó esto, dijo un tanto enfadada: “¡Hay que ver las cosas que escribe el gachó”, porque no bebía aguardiente, según su hija. Y se molestó, claro. Las famosas Lorqueñas que Pastora grabó en Barcelona en 1947 con Melchor de Marchena a la guitarra, es posible que se las diera Lorca, pero no todas las estrofas de esa bulería fueron escritas por el poeta, si es que escribió alguna de ellas. La famosa copla En lo alto del cerro de Palomares, hay un gañán arando con cinco pares, era un cante popular cántabro, del campo, si admitimos que la copla no se refiere a Palomares del Río, el pueblo de Sevilla donde me crié; y tampoco a la localidad almeriense de Palomares, sino al monte Palomares, de Álava. Se trata del monte más alto de la Sierra de Cantabria, desde donde se divisa toda la hermosa provincia alavesa. Tiene una altitud de 1.446 metros sobre el nivel del mar. Mal sitio para arar con cuatro pares de mulas, ¿no creen? En realidad, esta letra no es como la cantó Pastora, aunque es muy parecida. Lo hemos comprobado en una novela corta de Bersandín -seudónimo del conocido escritor Bernardino Sánchez Domínguez- que se publicó en El Imparcial de Madrid el 29 de noviembre de 1925, cuyo epígrafe era Velay o después de los toros:

…Y al mismo tiempo, se oía rechinar el palo del arado cuando el hijo de la tía Rosita, mano a la mancera, lo levantaba para hundir la reja en el nuevo surco y dar la vuelta.

Sonaba quejumbrosa una copla:

En lo alto del monte

de Palomares,

hay un gañán labrando

con cuatro pares…

Pastora decía cerro, en vez de monte, y arando, en vez de labrando. En esencia, es la misma letra, pero con esas pequeñas diferencias en sólo dos palabras. ¿Le gustó a Lorca, si es que leyó esta novela corta de Bersandín, la arregló y la hizo suya? ¿Se la dio a Pastora no como una letra suya, sino como una copla popular? ¿La adaptó La Niña a la hora de cantarla? Nos queda por saber si la copla alude al monte Palomares, en Álava, o al cerro Palomares, en Almería, pedanía de Cuevas de Almanzora, donde en 1966 colisionaron dos aviones norteamericanos y dejaron caer unas bombas termonucleares que obligaron a Fraga a bañarse en sus frías aguas para tranquilizar a los habitantes de esta localidad. Federico llegó a la Residencia de Estudiantes de Madrid en 1919 y la abandonó en 1927. ¿Conoció Lorca a Bersandín en aquellos años, si es que llegó a conocerlo? ¿Leyó su novela en El Imparcial y le gustó esta copla? ¿La conoció el novelista a través de Lorca? Todo indica que se trata de una coplilla de temática del labrantío, del clopero tradicional cántabro, como, al parecer, apuntaron los hermanos Hurtado, como ocurre con Esquilones de plata, bueyes rumbones, cantada también por Pastora en las Lorqueñas, que, obviamente, eran o no eran de Lorca. ¡Pero hay que ver cómo las cantaba Pastora!

Interesantes declaraciones de José Ortega

A Manolo Ríos Ruiz

Nueva imagen (1)Interesante entrevista la que hemos localizado en La Voz, que Luis Bagaría le hizo al cantaor José Ortega Morales, el que fuera hijo del gran Enrique Ortega Feria, competidor de Silverio Franconetti y Curro Dulce. Enrique Ortega fue uno de los hijos de Enrique Ortega Díaz El Gordo y de Carlota Feria, de Cádiz. Se casó con Antonia Morales Fernández y en 1883 vivían en Sevilla, cerca de la Alameda de Hércules, con tres hijos: Rosario, Carmen y Rita, la que luego sería célebre por el remoquete de Rita Ortega La Morala. Rita tenía sólo ocho meses en esta fecha. José Ortega Morales aún no había nacido. La entrevista fue hecha el 17 de junio de 1922, con motivo del célebre Concurso de Cante Jondo de Granada. Es interesante porque da su opinión sobre muchos artistas a los que conoció, y de otros muchos a los que no alcanzó a conocer y de los que supo por su padre. Nos aporta datos muy valiosos sobre su abuela materna, Feliciana Fernández, al parecer, una saetera colosal. Y sobre nombres míticos como Curro Dulce, El Nitri, La Sarneta, El Mellizo y, sobre todo, Silverio, al que su padre consideraba el cantaor “más general por seguiriyas”, según este José Ortega. Todo un documento, del caricaturista Luis Bagaría, para que disfruten los gazaperos y las gazaperas:

CANTE JONDO

Hablando con un “cantaor” hijo de “cantaor”

Quiénes han sido y quiénes son los mejores para un profesional

La actualidad es tirana de los que vivimos entre periódicos, como es posible que se haya dicho ya alguna vez. Así es que a nadie que me conozca, podrá extrañarle que ayer, para sentirme lo más cerca posible del concurso de cante jondo, entrara a beberme unos chatos en el castizo colmado de Los Claveles. Bebí dorada manzanilla con el gusto y la emoción que me imponían las circunstancias y recordé y aun canté por lo bajito una copla que aprendí hace mucho en Barcelona, y que siempre, hasta ayer, había llamado seguidilla gitana, sin conocer mi sacrilegio:

Por una ventana

que ar campo salía.

Por ayí jablaba, mire, con la noya,

cuando yo quería.

Transportado idealmente al concurso de cante jondo, tropecé con los músicos ingleses que han asistido a él, y vibró en mí la cuerda internacional. Igual que había estado en espíritu con Granada, quise estar en espíritu con toda Europa, y pedí cerveza.

En esto me chocó la presencia de un personaje, que andaría alrededor de la cincuentena, alto, afeitado, moreno y dotado de la majestuosa serenidad que se encuentra fácilmente en la raza gitana. Hice una señal al camarero, que me contestó, sin meterse en más averiguaciones:

-¡En seguida se las llevo!

Cuando pude le pregunté quién era el personaje a que he aludido, y me dijo que un cantaor de fama; y ante mi deseo de ser presentado a él, le pidió que se acercase, diciéndole además que yo era periodista.

Amablemente se llegó a mi mesa el solicitado, quien, conocedor ya de mi propósito, y mirando a la columna de redondos fieltros que había delante de mí, me dijo:

-¡Por fuerza es usted ese don Nilo Fabra, que suena tanto!

Yo le aclaré que no era sino el más modesto discípulo de la persona que creía, y le expliqué que lo que deseaba de él era que me hablase del cante jondo, especialidad en que ya sabía que era maestro. Me contestó con voz reposada y acento andaluz:

-Yo no soy maestro, ni hay para qué hablar de ello. Maestro fue mi padre, Ortega. Su nombre lo recuerdan todos los aficionados. A él le oí decir (ya que quiere usted que hablemos de cante) que el cantaor más general por seguiriyas fue Silverio Franconetti, de hace ya cincuenta años. Pero hubo uno, Tomás el Nitri, que cuando quería era el amo. Le pasaba lo que a Rafael el Gallo, que no he de callar yo porque seamos primos: que cuando le entra la jinda no hay quien le vea; pero cuando él quiere… Así era el Nitri.

Se llevó mi interlocutor a los labios un chatito, en espera de que yo marcase con alguna pregunta el rumbo de la conversación, lo que me puso en un gran aprieto. Luego me hizo el incalculable favor de seguir:

-También es que entonces el cante no era tan comercial como ahora. Se cantaba más cuando se estaba de vena. No era cosa de teatro, como ahora.

-Entonces, ¿usted cree que ahora se canta peor?

-En esto del cante, señor, hay muchas maneras. La misma cosa la canta cada uno a su estilo, y todo está bien mientras no se pierda lo que el cante pide. Los payos, muchas veces, por hacer adorno, le quitan al cante su sabor. El gitano siente más el cante; por eso es mejor que el payo. Hay cosas que a los payos no les entran bien. ¿Usted conoce las cañas?

Comprendí que no se refería a las cañas que yo conozco, porque a mí ésas, aunque payo, me entran perfectamente, y me limité a contestar que había oído hablar de ellas.

-Diga usted conmigo-continuó- que nadie las ha cantado como Curro Dulce, de Cádiz. ¡Y había también que oír a Curro cuando se arrancaba por seguirillas! Diciendo malagueñas, pa mí, Enrique el Mellizo, y por alegrías para baile, el Quiqui y el Chato Granadino.

-¿Y por soleares?-pregunté, escarbando en lo más hondo de mis conocimientos flamencos, y creo que con algo de acento andaluz.

Una pausa, y mi buen amigo José Ortega respondió sin titubeo:

-Mercedes la Cerneta, la Cachuchera y Antonia la del Loro, la hija del Loro. Y en saetas, mi abuela, Feliciana Fernández, aunque esté mal el decirlo, y Chano Ortega. No deje de apuntar ahí a Juan Breva, con malagueñas y fandanguillos, que era lo suyo, y al Mellizo, con tangos.

-Y después de aquellos tiempos, ¿quién siguió?

-Después de Juan Breva vinieron el Perote, el Canario, el Fosforito…, buenos cantaores los tres.

-Y de la época actual, ¿quién le parece mejor?¿Quién canta mejor seguidillas, por ejemplo?

-¿Seguidillas? ¿Cómo seguidillas? ¡Seguiriyas, señor!

Retiro con el natural azoramiento la palabra molesta, y sigue benévolamente mi amigo:

-Pues ahora, por seguiriyas (recalca la palabra con intención, más que punitiva, didáctica), cogiéndole bien, Manuel Torres; después, Antoñito el Mellizo y Tomás, el hermano de la Niña de los Peines, y Clarito Mojama, y algunos otros. Como entendido, como catedrático del cante, tenemos hoy a Antonio Chacón, y es un gran aficionado por todos los cantes Diego Antúnez.

-¿Cómo me ha nombrado usted entre los modernos al Mellizo, si me lo nombró entre los antiguos?

-Es que los Mellizo son dos.

-¡Me lo figuraba!

-Enrique el Mellizo era uno, y Antoñito el Mellizo el otro. Eso lo sabe todo el mundo.

-¿Usted sabrá también de bailes?

-Algo se le entiende a uno, sí, señor, a qué negarlo. Pa mí, en el baile, lo mejor de lo mejor han sido el Raspao, el Pintor, Pamplinas, Rita Ortega, Josefina la Pitraca, la Mejorana, que era la madre de Pastora Imperio; Gabriela Ortega, que era madre de los Gallo; la Cuenca. Me parece –dice después de darme esta lista, con algún intervalo de nombre a nombre- que no será mucho bueno lo que me dejo.

Le pregunto entonces, para completar la información, qué me dice de tocadores de guitarra. Me contesta, siempre revelando una preferencia por los que fueron:

-Antiguamente, el maestro Patiño, Paco el de Lucena, Paco el Águila, y el Maestro Pérez, por alegrías para el baile. Más modernos. Javier Molina, Habichuela, Miguel Borrull, el Niño de Huelva, y Montoya.

No me resigno a separarme de José Ortega sin que me hable algo de sí mismo. Él, con exceso de modestia, se resiste, y cuando se decide, por fin, trata de ocultar los méritos que yo, después y por boca de personas entendidas, he sabido que tiene; pues José Ortega, en opinión de los inteligentes, merece un puesto entre los profesionales que él ha elogiado como buenos.

-Ya le he dicho antes –contesta a mi requerimiento insistente- que quien fue maestro de los buenos era mi padre, que compitió con Silverio y con Nitri. Si algo bueno tengo, es el haberme criado entre los mejores. Tengo dos cantes de mi propiedad, que parece que le gustan a la afición: Los ojitos negros y La máquina.

Sin duda también se ha asomado la ignorancia a mis ojos en este momento; lo cual, unido a mis deplorables confusiones con los Mellizo y con las seguiriyas, llevan a mi buen amigo a decirme, al tiempo que nos damos un cordial apretón de manos:

-¿Cómo es que no ha ido usted también al concurso de cante jondo?

LUIS BAGARÍA



Los monstruos de la infancia

eltiodelsaco1

El Tío del Saco

Palomares es un pueblo que llevo en el corazón. Pero tengo que confesar que no fue todo bonito en este pueblo del Aljarafe sevillano; que también pasé malos momentos a lo largo de los doce años que viví en él. Miedo, sobre todo. Como vivía a las afueras del pueblo, en Cuatro Vientos, donde habríamos entonces, en el meridiano de los años sesenta, unas quince familias a lo sumo, para quedar con los amigos tenía que ir a la plazoleta, al bar de Ricardo, donde había un futbolín y un televisor como únicos avances deportivos, culturales y sociales de la España de Franco que habían llegado al pueblo. De otras cosas, sobre todo de curas y guardias civiles, estábamos a un nivel aceptable, digamos como en Coria del Río, que para nosotros era la capital. Sevilla nos pillaba más lejos y, como todo lo que salía en el televisor de Ricardo, creíamos que era de otro planeta. El bar de Ricardo fue el primero de Palomares con mentalidad europea, porque por una peseta te dejaban ver Bonanza y ¿Es usted el asesino?, aquellas series tan geniales de la tele en blanco y negro. La última era de miedo, de un señor que asesinaba a sus víctimas con un paraguas y que protagonizaba Narciso Ibáñez Menta, el padre de Chicho Ibáñez Serrador. Como para ver esta serie tenía que bajar al bar de Ricardo o a la casa de mi tía Ramona, el problema es que luego había que subir a Cuatro Vientos por una carretera sin farolas, que en las noches sin luna era la boca de un lobo. Me esperaba en la esquina de El Pescaero hasta que alguien subiera para no ir solo, pero muchas veces no subía nadie y tenía echarle valor. Hasta la granja de pollos no había problema alguno, porque había viviendas; pero de ahí para arriba, los trescientos o cuatrocientos metros que restaban para llegar a mi casa, eran de infarto porque la carretera iba entre dos barrancos con olivos en los bordes y algún camino hacia el campo. Si a la mitad del trayecto, antes de llegar a lo de El Piruja, salía un conejo o levantaba el vuelo un mochuelo, echaba a correr y llegaba a mi casa con el corazón en la garganta y los cataplines diciéndoles al corazón “quítate de ahí que vamos con prisas”. En noches de luna llena era aún peor porque los olivos dibujaban espantosas sombras y, como era un niño imaginativo, cualquiera de ellas me parecía el temible hombre del paraguas. O sea, que pasé un miedo pavoroso en Palomares, donde, encima, algunos eran unos bromistas de mal gusto y alguna vez se escondieron en la cuneta para asustarme. Amigos como El Pirri, El Niñolola o El Fuli chico, eran más peligrosos que un cable suelto. Después de tantos años, cuando voy por un camino a la caída de la tarde o me quedo a oscuras en casa, aún creo que alguien me va a agarrar por una pierna y siento miedo.eltiodelsaco2 El miedo no es innato, es adquirido en la infancia, cuando te asustan con el Tío del Saco como hacían en Palomares. Mi madre nos aterrorizaba con este imaginario devorador de niños y con El Martinillo, el monstruo que vivía en nuestro pozo. Ahora lo sé, pero entonces no sabía que lo hacía para que no me asomara solo. ¡El miedo que me daba asomarme al pozo, aunque fuera de día! Y todavía me ocurre. Cuando voy por el campo y veo un pozo abandonado, pocas veces me asomo. Recuerdo que una noche me mandó mi madre a por un cubo de agua y al tirar de la cuerda, en seguida noté que el cubo pesaba más de lo normal y me acordé de El Martinillo. “Éste viene agarrao al cubo”, dije, con un ruido de tripas que no venía de la carrucha. Aguanté como un hombre y quise saber qué clase de monstruo era El Martinillo ese que no nos dejaba vivir y que aparecía en nuestras peores pesadillas. Cuando puse el cubo en el brocal del pozo comprobé que había enganchado una sandía de cuatro kilos que mi abuelo había echado al agua para que estuviera fresca, porque el pozo era nuestra nevera. Ese día caí en que era imposible que hubiera un monstruo en el pozo, porque de ser cierto, se habría zampado la sandía. Aunque se alimentara de niños, o sea, de proteínas, algún postre comería el animalito. En cuanto al Tío del Saco, de ese monstruo no teníamos tanto miedo porque en el pueblo había muchos tíos del saco: los hombres que iban al campo llevaban siempre un saco para ir echando todo lo que fuera comestible. Además, al contrario de lo que nos hacían creer, el Tío del Saco solía ser un mendigo con traje de pana desgastado, zapatos viejos y mucha barba, que andaba por los pueblos pidiendo limosna. Cuando nuestras madres los veían aparecer les gritaban desde lejos “Tío del sacoooooo, llévese usté a este niño que no quiere ir al colegiooooo”. El mendigo se acercaba poniendo cara de malo y, cuando las mamás nos veían aterrados, les soltaban “¡Anda ya! Si mi niño es mu bueno, ¿a que sí?”. Por eso les tirábamos piedras cuando los veíamos por el pueblo, porque nos hacían ver que eran malos. Pero el Tío del Saco nunca se comió a ningún niño en Palomares; solían hacerse amigos de los niños buenos y contaban hermosos cuentos de piratas del Guadalquivir e historias rurales de gran ternura. Lo que no sé es si alguno de estos tíos del saco no acabó comiéndose a alguna madre…