A María Luisa Díaz
Mientras viví en Palomares del Río no salí nunca del pueblo, salvo para ir al médico de Sevilla. Una vez que don Amadeo, el párroco, organizó una excursión a Carmona con su propio microbús para ver sus restos romanos, se me fastidió el viaje por no tener una ropa adecuada que ponerme. Tampoco es que exigieran ir de chaqué, pero mi madre se negó a que fuera con la ropa de todos los días. Desesperado, porque ansiaba ir a aquella excursión, le hice una visita a don Amadeo en su casa de Mairena del Aljarafe, donde tenía una escuela muy bien montada y guardaba en ella alimentos y ropa que le mandaban los americanos para repartir entre los pobres. Cuando me vio entrar en su casa, en seguida me preparó una lata de manteca y otra de aceite, como de costumbre. Don Amadeo era un cura de gran corazón. Sin embargo, le dije que el motivo de mi visita no era para pedir alimentos, sino ropa para poder ir a la excursión de Carmona. Desembaló una gran caja y sacó un montón de chalecos y pantalones, que me fui probando con un ataque de nervios considerable, como si me fuera la vida en aquello. Entre todas las prendas, encontré una chaqueta blanca como la de Bogart en Casablanca, pero me la probé y me arrastraba por el suelo, como a Bogart en la famosa película. Don Amadeo se reía, pero a mí no me hacía la maldita gracia porque quería ir a aquella excursión al precio que fuese. Decidí llevármela a casa para que mi madre la arreglara, pero ni lo intentó. “Me niego a que hagas el ridículo, a que sirvas de cachondeo”, dijo muy enfadada. Me la volví a probar y, al mirarme bien al espejo, comprendí que tenía razón: parecía un polichinela. Entonces, como en otras muchas ocasiones, dije como la zorra de la célebre fábula: “Esas uvas están verdes”. Era mi manera de renunciar a las cosas que me gustaban y que no podía conseguir. Decliné el viaje. A ese, aunque no al que más me gustaba, que era salir del pueblo subido en las nubes. Cuando las nubes andaban debido al viento, siempre me tendía boca arriba en el campo y pensaba que iba subido en una de ellas y que me dirigía al arco iris para adivinar el misterio de sus colores. “¿Pero cómo subir a las nubes?”, me preguntaba una y otra vez. A veces, ascendía al pino de Mampela o subía a la torre de la iglesia, con el llorado Rebollito, para ver si podía alcanzar una de las más bajas y ver la vega desde el cielo. Tanta era mi desesperación por salir del pueblo, que una vez lo intenté navegando. El río Guadalquivir está retirado de Palomares y, además, estaba prohibido acercarse a sus cristalinas aguas. Teníamos el gran caño del capataz, que era nuestro río Misisipi particular:
Palomares del Río
no tiene río.
Tiene un caño pequeño
con mucho brío.
Pero en este caño se ahogó un gran amigo mío, siendo un niño, y desde aquel infausto día es un lugar prohibido para los niños de Palomares. Ansiaba salir navegando del pueblo y como no podía hacerlo desde el río ni desde el caño, lo intenté desde una de aquellas lagunas que se formaban entonces en el campo, de tanto como llovía. Algunas tenían medio metro de hondura y era más que suficiente para que flotara una balsa. Contando con la colaboración del ya mencionado Rebollito, construimos una barcaza con una vieja puerta de madera y corcho de colmenas de abejas. Comprobada su flotabilidad y ausencia de cualquier riesgo, una tarde la echamos al agua y navegamos un buen rato. Fue una experiencia maravillosa, una aventura al estilo Tom Sawyer. Las ranas nos parecían delfines y las culebras de agua, los monstruos marinos del Capitán Nemo. Sin embargo, como en todas las películas de aventuras en barcazas, aparecieron unos piratas y acabaron a terronazos con el sueño de salir al fin de Palomares. Como caímos al agua y llegamos a casa con barro hasta en las pestañas, la aventura nos costó una semana sin ver Flipper.



