A mi compañero Ismael G. Cabral
El otro día paseaba por los soleados campos de Arahal con mis perras Luna y Mora y noté que Luna, la mayor de las dos, se puso muy nerviosa y me miró como suele hacerlo cuando ve algo infrecuente en su rutina diaria. Es una perra inteligente y viva como un ratón. Miré hacia donde ella señalaba con la mirada y descubrí estupefacto algo que no había visto desde que era un niño: un perro ahorcado en un olivo. Era inmenso, negro, de los que los cazadores tienen para la caza de la perdiz, un perdiguero que pesaría unos treinta kilos y que lo habían ahorcado dejándole las patas apoyadas en la tierra, con lo que el animal tendría una muerte lenta. ¿Por qué lo ahorcarían? El pobre can tenía la boca abierta y llena de moscas verdes, y los ojos también abiertos y con claras señales de que había sufrido viendo cómo su dueño se alejaba y lo dejaba morir de una muerte horrible. Me acerqué al animal y sentí unas ganas enormes de abrazarlo. ¡Cuánto hubiera dado por llegar en el justo instante del ahorcamiento, sobre todo para evitarlo; después, claro está, para agarrar al patibulario canino y llevarlo al cuartel de la Guadia Civil. No sé si el asesino es o no de mi pueblo, pero el simple hecho de que el perro estuviera colgado a dos kilómetros de Arahal, en la carretera de Morón de la Frontera, disipa cualquier duda. Llevo días durmiendo mal y sin poder quitarme de la cabeza la pavorosa imagen del perro colgado del olivo. No es por torturarme gratuitamente, pero pienso en cuando el perro sería un adorable cachorrillo al que su dueño abrazaba y entrenaba y daba de comer tres veces al día; seguramente jugaba con sus hijos y le habrá cazado muchas docenas de perdices y puesto a tiro cientos de conejos. Alguna lesión o su envejecimiento natural le impedirían al animal cumplir la función para la que fue criado y entrenado y su dueño tomó la decisión de acabar con su vida de esa forma tan macabra, porque ya no estaba dispuesto a seguir mantenido a un animal inservible para su ejercicio de perro de caza. Odio a esos cazadores que abandonan o ahorcan a sus perros cuando ya no les sirven para llenar sus congeladores de perdices, zorzales y conejos, y maldigo a los gobiernos del mundo por permitirlo. Sobre todo al de España, donde miles de perros son abandonados cada año a su suerte en carreteras o ahorcados en olivos, como el caso de este gran perro negro al que nadie le va a hacer justicia. Bueno, como mucho, si llegan a detener al culpable, le pondrán una multa de 90 euros, como ocurrió no hace mucho tiempo en Soria, donde un canalla ahorcó a su perro y lo arrastró con la misma cuerda hasta un contenedor de basura. Fue denunciado por un vecino y pactó con el fiscal la multa arriba indicada: 60 euros por el ahorcamiento y 30 por la incineración del cadáver. Noticias como ésta me producen tristeza y asco, además de impotencia. Lo único que puedo hacer es enterrar al animal y morderme la lengua de rabia porque en España, por si no lo saben todavía, se les practica la eutanasia a miles de perros cada año, un pequeño porcentaje de los que son abandonados; el resto son adoptados por otras familias o devueltos a sus dueños, si son localizados. El gran perro negro que ahorcaron días atrás en Arahal y que pueden ver en la imagen no va a poder ser adoptado por nadie. O sea, que no va a tener una segunda oportunidad. Se la ha negado un asesino al que sólo le deseo que cada noche, al acostarse, se acuerde de lo que le ha hecho al mejor amigo que haya tenido jamás. ¿Qué no sería capaz de hacerle a un enemigo?








A la memoria de mi tía Ramona

