Monthly Archives: Noviembre 2009

30
Nov/2009

Ahorcamiento canino en Arahal

PerroA mi compañero Ismael G. Cabral

El otro día paseaba por los soleados campos de Arahal con mis perras Luna y Mora y noté que Luna, la mayor de las dos, se puso muy nerviosa y me miró como suele hacerlo cuando ve algo infrecuente en su rutina diaria. Es una perra inteligente y viva como un ratón. Miré hacia donde ella señalaba con la mirada y descubrí estupefacto algo que no había visto desde que era un niño: un perro ahorcado en un olivo. Era inmenso, negro, de los que los cazadores tienen para la caza de la perdiz, un perdiguero que pesaría unos treinta kilos y que lo habían ahorcado dejándole las patas apoyadas en la tierra, con lo que el animal tendría una muerte lenta. ¿Por qué lo ahorcarían? El pobre can tenía la boca abierta y llena de moscas verdes, y los ojos también abiertos y con claras señales de que había sufrido viendo cómo su dueño se alejaba y lo dejaba morir de una muerte horrible. Me acerqué al animal y sentí unas ganas enormes de abrazarlo. ¡Cuánto hubiera dado por llegar en el justo instante del ahorcamiento, sobre todo para evitarlo; después, claro está, para agarrar al patibulario canino y llevarlo al cuartel de la Guadia Civil. No sé si el asesino es o no de mi pueblo, pero el simple hecho de que el perro estuviera colgado a dos kilómetros de Arahal, en la carretera de Morón de la Frontera, disipa cualquier duda. Llevo días durmiendo mal y sin poder quitarme de la cabeza la pavorosa imagen del perro colgado del olivo. No es por torturarme gratuitamente, pero pienso en cuando el perro sería un adorable cachorrillo al que su dueño abrazaba y entrenaba y daba de comer tres veces al día; seguramente jugaba con sus hijos y le habrá cazado muchas docenas de perdices y puesto a tiro cientos de conejos. Alguna lesión o su envejecimiento natural le impedirían al animal cumplir la función para la que fue criado y entrenado y su dueño tomó la decisión de acabar con su vida de esa forma tan macabra, porque ya no estaba dispuesto a seguir mantenido a un animal inservible para su ejercicio de perro de caza. Odio a esos cazadores que abandonan o ahorcan a sus perros cuando ya no les sirven para llenar sus congeladores de perdices, zorzales y conejos, y maldigo a los gobiernos del mundo por permitirlo. Sobre todo al de España, donde miles de perros son abandonados cada año a su suerte en carreteras o ahorcados en olivos, como el caso de este gran perro negro al que nadie le va a hacer justicia. Bueno, como mucho, si llegan a detener al culpable, le pondrán una multa de 90 euros, como ocurrió no hace mucho tiempo en Soria, donde un canalla ahorcó a su perro y lo arrastró con la misma cuerda hasta un contenedor de basura. Fue denunciado por un vecino y pactó con el fiscal la multa arriba indicada: 60 euros por el ahorcamiento y 30 por la incineración del cadáver. Noticias como ésta me producen tristeza y asco, además de impotencia. Lo único que puedo hacer es enterrar al animal y morderme la lengua de rabia porque en España, por si no lo saben todavía, se les practica la eutanasia a miles de perros cada año, un pequeño porcentaje de los que son abandonados; el resto son adoptados por otras familias o devueltos a sus dueños, si son localizados. El gran perro negro que ahorcaron días atrás en Arahal y que pueden ver en la imagen no va a poder ser adoptado por nadie. O sea, que no va a tener una segunda oportunidad. Se la ha negado un asesino al que sólo le deseo que cada noche, al acostarse, se acuerde de lo que le ha hecho al mejor amigo que haya tenido jamás. ¿Qué no sería capaz de hacerle a un enemigo?

29
Nov/2009

Noticias de la mítica Trini de Málaga

La fmosa Trini de Málaga

La fmosa Trini de Málaga

A Eusebio Rioja

No abundan los artículos sobre la Trini de Málaga en la prensa de su tiempo. He encontrado uno muy extenso que me parece muy interesante no sólo por los datos que aporta de la cantaora –a quien entrevista al final del relato–, sino por lo bien que escribía al autor. Se trata del  periodista y escritor jiennense Adelardo Fernández-Arias López, que nació en la ciudad de Úbeda el 6 de noviembre de 1880 y falleció en noviembre de 1951 en Barcelona. Hizo muy popular el pseudónimo de El Duende de la Colegiata en aquellos años. Fue redactor de importantes periódicos y revistas, como La Correspondencia Militar, La Correspondencia de España, El Gráfico y El Heraldo de Madrid.

“EL DUENDE” EN MALAGA

EL ESTILO DE “LA TRINI”

Granada.-Málaga.-En el abismo.-Málaga, la bella.-El gobernador.-Por la Caleta.-Buscando matones.-Los malagueños.-El recuerdo de “la Trini”.-Las coplas encantadoras.-En la freiduría.-Viendo a “la Trini”.-¡La popularidad!

Salí de Granada. En la carretera me encontré muchos carros llenos de remolacha, que la llevaban á la fábrica para hacer azúcar; la carretera era buena. ¡Ya se conoce que el Rey va á Láchar á cazar! Cuando, después del pueblo de Láchar, llegamos a un río, que hay que vadear porque el puente se hundió y hundido ha quedado, la carretera se metió en la Sierra, y allí, que es donde más falta hacía su bondad, empeoró.

El camino, ondulado, atravesaba las montañas, cuadrillas de trabajadores arreglan la carretera y la llenan de grava; de trecho en trecho, para colocar tubos de desagüe en los badenes, el camino está cortado y el automóvil pasaba justo, exactamente, con sus ruedas izquierdas rozando el borde de los precipicios. Anocheció. Nos detuvimos para encender los focos, en una curva, junto a una venta.

Los trabajadores iban acudiendo; todos, con sus sombreros anchos y su barba incipiente por no haberse afeitado desde el sábado, me saludaron afablemente; iba á la venta á cenar; curiosearon el automóvil un instante; después entraron en la venta para comer.

-¿Qué pasa en la carretera?-pregunté.

-Que van á pasar lo automóvile de Graná a Málaga y se está arreglando er camino- me respondieron.

-¿Cuánto tiempo hace?

-Lo meno tre mese, y hay trebajando lo meno treciento hombre, tengan ostés cuidiao, porque la carretera está cortá en mucho sitio po lo tubo; pero hay un faroliyo.

Un trabajador reía y hacía chistes.

Cáyate ya, Pere!-le dijeron-¿Quiere no ser arma mía?

-¿Hay buen humor, Pérez?-le dije.

-Ya m’ha conosío-exclamó-:zi zeñó, güen humó farta; lo que sobra é gana é comé. Ayé bajé yo á Málaga.

-Pues si hubiera sido hoy le hubiera llevado en automóvil-añadí.

-¿No lo ijeZi cuando Dio da pa carne es vigilia!

-Bueno, ¡salud!

-Vaya usté con Dió, zeñorito, ¡y cuidiao con lo corte é la carretera!¡Que está to ezo mu peligrozo!

El automóvil se lanzó á la obscuridad; estábamos muy altos; hacía fresco. El coche giraba con el camino; de cinco en cinco minutos un farolillo indicaba un corte del camino.

Ya era de noche; en una de las revueltas de la carretera distinguí, destacándose en la obscuridad, una fosforescencia; allá abajo, muy lejos era Málaga. Según las curvas del camino desparecía ó aparecía aquella visión de esperanza que atraía mi vista como finalidad de mi viaje. Caminábamos en las tinieblas. La visión luminosa se acercaba más y más. Por fin llegamos á la hermosa capital andaluza. Lo primero que recibí fue el saludo de la brisa; un clima delicioso me envolvió; la noche, serena, plácida, dulce, se poetizaba con su luna brillante, de blancura de nieve.

Saludé al gobernador, D. Rafael Comenge, quien me colmó de atenciones. El maestro Comenge es un hombre sugestivo; tuve necesidad de hacer un supremo esfuerzo de voluntad para salir de Málaga, porque Comenge posee el secreto del encantamiento con su carácter afable, su conversación amena y su simpatía irresistible.

Las calles de Málaga, bonitas, muy bien iluminadas daban un aspecto de sana alegría, que cautivaba; el suntuoso hotel Regina, donde yo estaba albergado, era una predisposición para el espíritu; su director D. Héctor Saní, el fantástico Saní, institución malagueña, un italiano que habla en andaluz, un hombre de mundo, hábil poseedor de una diplomacia que en Málaga es proverbial, con sus gafas de color de caramelo y su finura exquisita, organizó una comida en la que el gobernador y yo no supimos qué elogiar más, si lo sabroso de los manjares ó la distinción de las marcas de vinos; es Saní un director de hotel mundial, á la moderna, que atrae viajeros á su casa, porque quien trata una vez con él vuelve á su hotel irremisiblemente.

Fui á los teatros; en Vital Aza saludé á la compañía de Pepe Vico, que actuaba con éxito, en el vestíbulo hablé con el veterano Espantaleón, que trabajará en Málaga dentro de unos días; en Cervantes había un cinematógrafo y varietés, entre los que se destacaba el trío Oblo.

Después de visitar el Casino de la Unión Mercantil y admirar la belleza de su hall y sus cuadros artísticos y valiosos dije al gobernador:

-Bueno, ahora quiero ver Málaga de noche; vengo a observar esos famosos borrachos y esos legendarios matones que aterran España con sus herramientas y aumentan los cementerios…

-Yo no contesto á usted á eso; jiels

Y el gobernador dispuso que el jefe de Policía, D. Jesús Sáez, me acompañase.

Mientras llegaba el coche que nos había de conducir á la Caleta yo estuve hablando con varias personas conspicuas de Málaga.

-¿Qué hay de las huelgas? -pregunté.

-Que ¿qué hay?-me contestaron-. Que tenemos gobernador que sale un Ratón; tiene una mano izquierda que no se la merece, es decir, sí se la merece, porque vale mucho. ¡Cuidado cómo ha resuelto todas las huelgas que han surgido aquí! ¡Y lo más curioso es que quedan contentos de su gestión los patronos y los obreros! Hoy mismo ha habido una sesión de nueve horas de los huelguistas toneleros y toda la sesión ha sido un voto de gracias al gobernador.

Yo me alegraba oir los elogios á Comenge, porque lo quiero mucho; fue maestro mío; me rompió muchas cuartillas cuando yo era redactor de La Reforma, periódico que él dirigió; parecía que los elogios al gobernador eran algo que me afectaba muy de cerca. Y en toda Málaga los escuché. Comenge es un gobernador popular á quien todos quieren.

-Bueno, don Juan, ¿vamos á la Caleta?-dije cuando vi que un coche de dos caballos nos esperaba en la puerta del Casino.

-¡Vamos, Duende! -me contestó el jefe de Policía.

Pescadores en la famosa playa de la Caleta malagueña

Pescadores en la famosa playa de la Caleta malagueña

Y en un coche descubierto y cómodo atravesamos la Alameda principal y fuimos á la Caleta.

La noche era espléndida; la Luna dominaba en el cielo; á la izquierda, los barrios bajos se  en el monte, con sus casitas blancas, que la Luna kkeaba, á la derecha, el mar, llano, tranquilo, inmenso, reflejaba la Luna en la superficie tersa.

El coche entró en la Caleta; los hotelitos rodeados de jardines, se erguían entre las flores a los dos lados del camino; a la izquierda, nos detuvimos en la venta de la Concha, el sitio de las juergas malagueñas.

Apenas entré, un muchacho que llevaba una bandeja llena de chatos de manzanilla se acercó y me preguntó:

-¿Es usté el Duende?

-Sí

-Pues yo soy un admirador de usted.

-¡El Duende! ¡El Duende! -se oyó á varias personas, que me rodearon para saludarme, para obsequiarme, para elogiarme. Yo estaba aturdido. Visitó la venta de la Concha, sus cuartos limpios y alegres, donde se celebran las juergas clásicas; su jardín, con plantas tropicales, su estanque, sus cenadores. Allí estaban los cantaores y el tocaor ciego. Yo dije al jefe de Policía en voz baja:

-Diga usted: ¿y los matones?

Sáez me contestó, sonriendo:

-Aquí no hay, ¿entiende usted?

-Pues vamos á otra parte.

Y continuamos nuestra excursión por las ventas de la Caleta, la de Sandoval, Guijarro, la del “Conejo”… todas las ventas clásicas de la Caleta, donde los matones van, según la leyenda sangrienta. En todas preguntaba yo al jefe de Policía:

-¿Y los matones?

Y Sáez me contestaba, sonriendo:

-Aquí no hay. ¿Tiende usted?

Los hotelitos magníficos, coquetones, preciosos, rodeados de flores que embalsamaban el ambiente, alternan, á lo largo de la Caleta, con las ventas limpias, alegres, llenas de luz, donde las personas de espíritu sano se divierten. Al pasar por un ventorrillo de madera me dijo Sáez:

-Allí vivió la Trini; ¿tiende usted?

-¡Ah! ¿La Trini? Sí; yo he oído á mi padre, á muchos amigos de la generación anterior á la mía, hablar de la Trini de Málaga.

-¡Ya lo creo! La mejor cantaora de malagueñas que ha habido; es una institución malagueña; cantó malagueñas delante de Alfonso doce.

-Y ¿no vive ya ahí?

-No; vive en Málaga. Tiene una tiendecilla que le pusieron sus amigos.

Al pasar por la venta de Sandoval oímos una guitarra rasgueando y una voz de hombre que cantaba una copla.

-Vamos allí -dije.

Entramos en la venta; apenas entramos Sandoval me dijo:

-¿Usted es El duende de la Colegiata?

-Sí, señor.

Desde aquel momento todas las personas que allí había se desvivieron por atenderme. Alrededor de una mesa llena de vasos, en los que brillaba el vino de oro, había sentados varios hombres y mujeres; un tocaor ciego punteaba en una guitarra; un cantaor de cara noble y simpática estaba sentado en una silla abierto de piernas y con un palito golpeaba á compás el listón que protegía el asiento de la silla que ocupaba.

-Éste es el tocaor Julián Moya -me dijeron- y este el cantaor Rafael Moreno, alias el Moreno.

-Servidó de usté -me contestaron los dos.

-¡Vaya una coplita para Er duende!-dijo un señor muy amable.

Y la guitarra gimió bajo los dedos habilísimos del ciego.

Todos escuchaban; la guitarra vibró con un sentimiento profundo, y la voz de el Moreno sollozó con arte una copla que decía:

Si sé que una maldición

me cae por tu queré,

perderé la salvación;

pero no te olvidaré,

aunque sea mi perdición.

Aquella copla entró en mí como un puñal que se clava suavemente en la obscuridad; me fue produciendo una emoción progresiva, que me embargaba; la voz de el Moreno palpitaba ternura; la guitarra del ciego estaba llorando.

Y la voz vibrante de la María, la mujer de Sandoval cantó:

Marcha el minero cantando

Por la obscura galería,

Y aunque canta va él pensando;

“¡Si veré á la madre mía,

que por mí quedó llorando!”

En la voz de aquella mujer temblaba el sentimiento. El Moreno volvió a cantar, sonó, triste, la guitarra y, la música plañidera, melancólica, de una poesía inefable me abrumaba; eran aquellas cadencias las mismas que yo escuché en El Cairo, cadencias melancólicas, de una voluptuosidad amarga, de una alegría triste, como esos placeres dolorosos que dan la sensación voluptuosamente refinada de un tormento sensual que estremece de placer y dolor á un mismo tiempo. La voz que la guitarra glosaba con sus notas tiernas y pasionales dijo ensoñadora:

Yo no digo que mi lancha

Sea la mejor del puerto;

Lo que sí digo es que tiene

Los mejores movimientos.

Y el vino dorado, desde las botellas á los vasos hacía una musiquilla al chocar en el cristal; el ciego tocaba sin que se cantase, y sentía un escalofrío de emoción; una malagueña llena de sentimiento que el ciego tocó en la guitarra hizo exclamar á todos:

-Esa es de la Trini… el estilo de la Trini.

Y el jefe de Policía me dijo:

-¡La Trini!¿Tiende usted?¡La Trini!

-¡Ah! Pero ¿tenía su estilo? -pregunté.

-¡Digo! ¡Y que no ha habío otro!-me contestaron.

El Moreno añadió:

-Cuando tenía veinte años era mas bonita que un so…

-Moreno: ¿quiere usted cantar la malagueña de antes?

-¿Cuál?

-Aquella de “la maldición”.

-Sí, señó, anda Julián.

Y el ciego volvió á iniciar la malagueña; Moreno, con todos sus sentidos reconcentrados en su garganta, sollozó con una maestría admirable:

Sí sé que una maldición

Me cae por tu queré;

Perderé la salvación;

Pero no te olvidaré,

Aunque sea mi perdición.

La copla era de una valentía enérgica; era una estrofa viril, llena de pasión; era un himno á la esperanza, de una obstinación potente, pletórica de vida. Con los acordes de aquella malagueña y la impresión de aquella copla salí de la Caleta.

¡No era verdad! La leyenda de los borrachos y los matones había acabado; en todo Málaga vi un borracho ni sentí cernerse la sombra de un matón; por todas partes vibraba la música, la alegría; pero la alegría sana, noble, generosa. Fuí á la freiduría de pescado “Los Corales”; allí comí pescado recién frito, fresco, riquísimo; cuando fui á pagar me contestaron:

-El Duende no paga aquí nada y la casa es suya.

Tanta galantería me abrumaba; por todas partes los malagueños me obsequiaron, me halagaron; no sabían qué hacer conmigo. Y la noche, espléndida, con su luna alegre, postizaba el conjunto de la encantadora capital andaluza, Málaga la bella.

-¿Vamos á casa de la Trini? -dije al jefe de Policía.

Atravesamos las siete revueltas; aquellas calles morunas, estrechas y escondidas nos llevaron á una tiendecilla con una puerta de cristal. Abrimos la puerta,

Había un mostrador; junto á la pared, una anaquelería con botellas y vasos alineados. Sentada en una silla baja, entre la anaqueloría y el mostrador, había una mujer, que se levantó con indolencia al vernos entrar. El jefe de Policía me la presentó.

-Esta es la Trini.

Aquella mujer me miró, indiferente.

-¿Qué hacías? -preguntó Sáez a la cantaora.

-Ya me iba á acostar. No viene nadie ¡Estoy aburrida!

¡Eran las cuatro de la madrugada!

Y la Trini calló.

Observé á aquella mujer. Tenía un ojo de cristal; en su cara, que los años y la vida habían estropeado, podía adivinarse una belleza que fué, y en mi recuerdo surgió la frase de el Moreno: “Cuando tenía veinte año era ma bonita que un so”.

Y la Trini, que fue la reina de la Caleta, triunfadora; que hizo correr el vino, el dinero; que sembró Málaga de alegría, y á oír su voz sonora acudió tanta gente; aquella cantaora que tenía estilo, que era célebre en España por ser única en su género; que había hecho correr su popularidad por todas las regiones españolas, estaba allí, ante mí, en aquella tiendecilla, sola, muy sola, olvidada, abandonada, con su belleza histórica, su estilo legendario y su ojo de cristal. ¡Pobre Trini!…¡Cómo recordaría en aquel rincón solitario sus días de triunfo!¡Cómo añoraría en aquella silla baja, entre la anaquelería y el mostrador, cuando los hombres de todas clases lloraban á la mágica evocación de su voz, que  vibraba plañidera cantando unas malagueñas de estilo propio!¡Qué triste remembranza la de sus recuerdos!¡Qué ingrata es la vida!¡Olvida á sus favoritos con el mismo desdén que entusiasmo empleó para adorarlos al convertirlos en ídolos!

Y salí de allí con el espíritu deshecho, apiadado de aquella mujer triste y solitaria:

-Un día, cuando este señor vuelva-dijo á la Trini el jefe de Policía-, vas á cantarnos, á los dos solos, una malagueña de las tuyas.

Y la Trini, con tristeza preconcentuada, exclamó:

-¡Quién sabe!¡Quizás aún les pueda hacer llorar!

Eran aquellas palabras la última explosión de algo que termina; la llamarada última de un fuego que se extingue; la última palpitación violenta de un agónico. ¡Me dio pena y me fui!

Íbamos Sáez y yo por la calle muy silenciosos. En la calle de Larios, un grupo de personas se detuvo á nuestro paso y varios se dijeron:

-¿Habéis visto? Ese es El Duende de la Colegiata.

Sáez me dijo:

-¡Cómo le conocen!¡Es admirable su popularidad!

Y yo sonreí amargamente.

-¿Qué le pasa, Duende? -me preguntó Sáez.

-¡Me estoy acordando de la Trini!

El Duende de la Colegiata.

Ronda, 4 de octubre de 1912

27
Nov/2009

Ponga un bombero en su vida

BomberoA la labor altruista de los bomberos

Hay pueblos en Sevilla de veinte mil habitantes cuyos vecinos se echan a dormir sabiendo que ningún bombero vela su sueño. Es mejor no saberlo, ¿verdad? Sobre todo ahora que llega el frío. Como mucho, siempre hay uno que hace guardia en su casa, que en caso de incendio es despertado por el municipal de turno. En plena digestión del pollo frito y el salmorejo, el bombero de guardia recibe una llamada y pega el bote de la cama. Lo primero que hace es alertar a los demás bomberos, que, al igual que él, suelen ser voluntarios que no reciben estipendio alguno por el arriesgado trabajo que desempeñan. “¡Que se quema la casa de El Caradaleá!”, grita el municipal al otro lado del teléfono. El bombero pregunta en casa que dónde leches está el uniforme, sale a la calle, coge su propio coche y se dirige a la nave donde dormitan las mangueras. Cuando llegan a la casa del infortunado, el fuego ha triunfado y, en algunos casos, es demasiado tarde. Que esto ocurra en pueblos de entre diez y veinte mil habitantes, en un país que está entre los más modernos y ricos del mundo –o lo estaba hasta hace tres días–, es una vergüenza intolerable. Según publicó nuestro periódico hace algún tiempo, estamos con la mitad de bomberos de los que exige la Unión Europea por cada mil habitantes. Cuando lo del terrible suceso de Écija, el delegado de Urbanismo de un importante pueblo de la provincia de Sevilla me confesaba que estaban con las carnes abiertas porque tenían sólo a un bombero de urgencia que, además, las guardias las hacía soñando con los querubines. O sea, en su catre. Eso de que todos los ciudadanos de este país somos iguales ante el Estado, es un embeleco. ¿Quién tiene más probabilidades de morir chamuscado en su casa por un incendio: un ciudadano de Los Molares o el que vive en la Plaza de Cuba de Sevilla? Lo mismo que tiene más riesgos de morir ahogado, como consecuencia de una tromba de agua, alguien de la barriada Padre Pío, que quien viva en Santa Clara. Llámenme demagogo, si quieren, pero la vida de los ricos sigue estando más protegida que la de los pobres y no precisamente porque contraten seguridad privada. Para que luego digan que el capitalismo no ha triunfado, aunque haya quienes aseguran que está como La Chata. ¡Y un huevo!

25
Nov/2009

Telethusa en Málaga

Las pandas en plena calle, una bonita tradición

Las pandas en plena calle, una bonita tradición

Al compañero Eusebio Rioja

El pasado fin de semana lo pasé en Málaga capital y el domingo por la mañana estuve por los aledaños de la Plaza de Toros de la Malagueta, en esa avenida ancha y larga que une el coso taurino con la Alameda, la avenida Cervantes, donde está el Ayuntamiento de la ciudad en la que vio la luz por primera vez la célebre Trini. Trinidad Navarro Carrillo, que así es como se llamaba la genial cantaora, regentó una tienda en 1912 en una céntrica calle de Málaga, donde la descubrió un conocido escritor y la entrevistó para un artículo titulado El estilo de la Trini, que daremos a conocer algún día. Es muy interesante porque la describe físicamente, dando detalles de sus rasgos y su célebre ojo de vidrio, consecuencia de la violencia de género de aquel tiempo, aunque dicen que fue sólo un desgraciado accidente, una broma de su amante. En esta gran avenida pegada al Puerto y con la Alcazaba arriba jugueteando con los cernícalos, se dan cita las pandas de verdiales para amenizar a los transeúntes. Me emocionó ver y escuchar a estas pandas, sobre todo cómo bailaba una chiquilla de unos 16 años. ¡Qué manera tan hermosa de mover el cuerpo al son de los crótalos de metal y la pandereta! Es una Cuenca de estos días. La Cuenca fue una bailaora malagueña de gran fama, la primera que tuvo el coraje de vestirse de hombre para bailar lo flamenco. Creo que esa costumbre, la de ver las pandas en las calles de Málaga, debería de conservarse siempre, porque el verdial es una joya cultural malagueña, lo más primitivo y bello del folklore de esos pueblecitos de los montes donde lo conservan con mimo. Como la mañana estaba con un sol espléndido y el clima era atrayente, esos cánticos averdialados y esos bailes aparentemente fáciles, pero que hay que hacerlos, se nos abrió el apetito y acabamos almorzando en Sal Gorda, el restaurante que tiene el señor padre del torero malagueño Javier Conde en una avenida que desemboca en el Puerto, la de Cánovas del Castillo. En esta avenida está el hotel Maestranza, cuyo nombre parece una especie de broma, porque está al lado de la plaza de toros de Málaga. El local de Sal Gorda está decorado con dibujos de artistas flamencos y ponen una mariscada para dos que no se la saltaría un galgo de Arahal. No es barata, pero merece la pena pelar un carabinero y desnudar con ternura a una cigala mientras te miran la Niña de los Peines y Estrella Morente, la nuera del señor Conde padre. Tras la copiosa mariscada, el regreso a Mairena del Alcor con la música de los verdiales metida en la cabeza y el recuerdo de aquella Telethusa malagueña con una sonrisa y un arte para encargarle un soneto al célebre poeta malagueño Salvador Rueda, si viviera. ¡Viva Málaga! Lo dice un sevillano.

24
Nov/2009

24 horas en Almería

El guitarrista "Niño de las Cuevas"

El guitarrista "Niño de las Cuevas"

A Antonio y Lola

Cada vez que voy a Almería, que no suele ser con la frecuencia que me gustaría, acabo regresando a Sevilla con el pájaro de la tristeza posado en la cara y muchas ganas de volver a ver su increíble luz azulada. Me encanta esta tierra, su gente, la luz del Cabo de Gata, la calma de la Isleta del Moro, el Kiosco de Amalia y sus americanos, que resucitan a los muertos… Y la Peña Flamenca El Morato. Todos los años voy una vez, al menos, al local de esta entrañable peña para presentar algún libro o dar una conferencia. Creo que fue Antonio Segura, el padre de la cantaora local Rocío Segura, quien me llevó la primera vez a este lugar y fue entonces cuando conocí a Lola De Quero, la presidenta de la peña, y a su marido, el buen guitarrista Antonio García Niño de las Cuevas. Bueno, Antonio es algo más que un buen guitarrista: es también un aceptable cantaor y, sobre todo, un gran conocedor del flamenco. Y Lola es, a ver cómo os lo digo, una almeriense de la Alpujarra que si no hubiera nacido, la luz de Almería no sería lo que es. No se puede ser más de Almería, de lo que lo es Lola. Ha hecho de la Peña El Morato un lugar habitable, serio, donde el flamenco es tratado siempre con una categoría extraordinaria. Nadie es imprescindible, pero si esta mujer dejara de ocuparse de la dirección de El Morato, se notaría muchísimo. Le pido que, aunque a veces se canse y diga que no puede con tantas cosas –es una mujer trabajadora, una esposa ejemplar y una madraza de dos hijos maravillosos y futuros artistas–, siga al frente de esta peña, porque el día que se canse, señores, se acabó lo que se daba. Lola es el alma de esta peña, la mujer que ha conseguido hacer bello su local y formar a sus socios en la amistad. De esta peña es el maestro Constantino Díaz Beneto, que no falla nunca; y entre sus socios está también Paco Gómez, que es capaz de llevarse tres meses hablando de flamenco y de toros, sin respirar, como Tomás Pavón ligaba los tercios. Y un australiano al que le gusta el cante tanto como el tomate raf.

Lola, presidenta de la Peña El Morato

Lola, presidenta de la Peña El Morato

Tiene El Morato socios ilustres y gente del pueblo llano y sencillo, la combinación perfecta para dar respuesta a una sociedad abierta y hospitalaria, como es la de Almería. Recomiendo a los gazaperos del mundo que, si un día van a Almería para algo, dediquen aunque sea un sólo día a conocer la Isleta y a su Rey, el gran Antonio; que vivan un recital de cante en El Morato; que acaben la noche bebiéndose un par de americanos en el Kiosco de Amalia, en la Plaza de Puchena; y que al día siguiente, antes de despedirse de esa luz maravillosa, coman algunas tapas en el bar Los Sobrinos, en el castizo Barrio de Pescadería, si quieren averiguar a lo que sabe el Mediterráneo a su paso por Almería. Si me hacen caso, es posible que un día puedan decir con orgullo: “Yo sé muy bien lo que es Almería: una especie de perla que se ha salido del mar”.

22
Nov/2009

La madre que parió a Silverio

En su libro Silverio Franconetti. Noticias Inéditas (Ediciones Giralda, 2000), Daniel Pineda Novo  comete un error en la fecha que da del nacimiento de la madre del gran cantaor sevillano, la alcalareña doña María de la Concepción Aguilar. Al encontrar la fecha del fallecimiento, ocurrido en Sevilla el 26 de septiembre de 1859, el prestigioso investigador de Coria del Río descubrió en el registro del cementerio hispalense que tenía 69 años de edad y dedujo, como era lógico, que había nacido en el año 1790. Sin embargo, esta fecha es incorrecta. En la partida de bautismo que localizamos hace unos días, que aún no había sido hallada, consta claramente que esta mujer vino al mundo en Alcalá de Guadaíra (Sevilla) el día 4 de agosto de 1792. Fue bautizada dos días más tarde en la bella Iglesia de San Sebastián, auténtica joya mudéjar cuyo archivo histórico fue destruido en la Guerra Civil de 1936. Luego el libro 18 donde fue registrado su bautizo, en concreto en el folio 188, se perdió para los restos. Tampoco se podrá averiguar dónde vivieron los abuelos de Silverio, en qué calle de Alcalá, porque no existen los censos de aquellos años.
Los padrinos de la boda fueron sus tíos paternos Juan y Josefa Aguilar, de Sevilla, como los abuelos maternos de Silverio. Luego eso que escribió Antonio Machado y Álvarez, el célebre Demófilo, de que la madre del cantaor de la Alfalfa era “perteneciente a una de las familias más conocidas de dicha villa”, es ciertamente discutible, porque los abuelos maternos de Silverio, don Blas y doña Rosa, se habían afincado en Alcalá de los Panaderos por motivos profesionales del abuelo, que era administrador de Correos. No eran nativos alcalareños ni descendían de hijos de esta hermosa localidad sevillana. Los dos eran sevillanos y se habían bautizado él en Omnium Sanctorum y ella en Santa Catalina. O sea, dos sevillanos de la mejor cepa.
En cuanto a la boda de María de la Concepción Aguilar Díaz con el soldado romano Nicolás Franconetti Chesi, aclararmos que no fue el 22 de diciembre de 1809, como se ha dicho, sino dos días antes, según consta en el expediente matrimonial que hemos localizado, después de doscientos años del citado enlace de los padres de Silverio en la venujsta tierra de Joaquín el de la Paula.
En el expediente del enlace matrimonial de los padres de Silverio aparece mucha información sobre la madre, pero apenas nada sobre el padre, lo que no deja de sorprendernos. No se adjunta, por ejemplo, su certificado de bautismo, que sin duda nos aclararía muchas cosas sobre su origen italiano. Sólo consta que fue soldado de la Séptima Compañía del Cuerpo de Inválidos de Sevilla, acampada en el barrio sevillano de San Roque cuando tuvo lugar la boda. Su condición castrense le sirvió para no tener que aportar más documentación personal que la justa.
Con estos importantes datos y otros que aportaremos más adelante, la biografía del histórico cantaor sevillano va camino de cerrarse con total garantía de veracidad. Entendemos que a algunos no les parezca importante esta figura histórica del flamenco, pero aquí pensamos que sí lo es y estamos investigando todo lo relacionado con su vida, sin duda apasionante y fundamental en los principios del arte flamenco como género de espectáculo.
María de laConcepción Aguilar Díaz tuvo que ser una alcalareña luchadora, pues crió a nueve hijos en una etapa ciertamente difícil de la historia de España. Su hijo Silverio, aventurero y hombre de iniciativas, emigró a América y estando allí se produjo el fallecimiento de esta mujer. Silverio no pudo estar en el entierro de su madre, y seguramente creó estas seguiriyas gitanas que Demófilo le atribuye en su obra Colección de cantes flamencos (1881), con el enorme dolor de no haber podido besar a su bata antes de que la enterraran:
Doblen las campanas,
doblen con doló.
Se me ha muerto
la mare de mi arma,
de mi corazón.
Cuando partió para América el joven cantaor y aspirante a picador de toros, aún soltero, en 1857, le hizo un laíto en su corazón a su madre, como lo demuestra esta otra letra de su extenso y rico repertorio seguiriyero:
Maresita mía.
En un laíto de mi corazón
te traigo metía.
José Ortega, uno de los nietos del gran Enrique Ortega El Gordo, aseguró en una entrevista de 1922 que Silverio era el seguiriyero más grande de su tiempo, según le dijo su abuelo, El Gordo. Lo afirmaba un cantaor gitano, lo que significa el prestigio y la importancia que como cantaor tuvo el gachó de la sevillana calle Odreros, o sea, de la Alfalfa. Aunque lo acusaron de protituir el cante gitano, lo que en realidad hizo Silverio Franconetti fue poner en valor el género musical andaluz.
Iglesia de San Sebastián de Alcalá de Guadaira

Iglesia de San Sebastián de Alcalá de Guadaira

A la memoria de Manuel Centeno Fernández

En su libro Silverio Franconetti. Noticias Inéditas (Ediciones Giralda, 2000), Daniel Pineda Novo comete un error en la fecha que da del nacimiento de la madre del gran cantaor sevillano, la alcalareña doña María de la Concepción Aguilar. Al encontrar la fecha del fallecimiento, ocurrido en Sevilla el 26 de septiembre de 1859, el prestigioso investigador de Coria del Río descubrió en el registro del cementerio hispalense que tenía 69 años de edad y dedujo, como era lógico, que había nacido en el año 1790. Sin embargo, esta fecha es incorrecta. En la partida de bautismo que localizamos hace unos días, que aún no había sido hallada, consta claramente que esta mujer vino al mundo en Alcalá de Guadaíra (Sevilla) el día 4 de agosto de 1792. Fue bautizada dos días más tarde en la bella Iglesia de San Sebastián, auténtica joya mudéjar cuyo archivo histórico fue destruido en la Guerra Civil de 1936. Luego el libro 18 donde fue registrado su bautizo, en concreto en el folio 188, se perdió para los restos. Tampoco se podrá averiguar dónde vivieron los abuelos de Silverio, en qué calle de Alcalá, porque no existen los censos de habitantes de aquellos lejanos años.

Los padrinos de la boda de los padres de Silverio  fueron los  tíos paternos de ella, Juan y Josefa Aguilar, de Sevilla, como los abuelos maternos de Silverio. Luego eso que escribió Antonio Machado y Álvarez, el célebre Demófilo, de que la madre del cantaor de la Alfalfa era “perteneciente a una de las familias más conocidas de dicha villa”, es ciertamente discutible, porque los abuelos maternos de Silverio, don Blas y doña Rosa, se habían afincado en Alcalá de los Panaderos por motivos profesionales del abuelo, que era administrador de Correos. No eran nativos alcalareños ni descendían de hijos de esta hermosa localidad sevillana. Los dos eran sevillanos y se habían bautizado él en Omnium Sanctorum y ella en Santa Catalina. O sea, dos sevillanos de la mejor cepa.

En cuanto a la fecha de la boda de María de la Concepción Aguilar Díaz con el soldado romano Nicolás Franconetti Chesi, aclararmos que no fue el 22 de diciembre de 1809, como se ha dicho, sino dos días antes, según consta en el expediente matrimonial que hemos localizado, después de doscientos años del citado enlace de los padres de Silverio en la venusta tierra de Joaquín el de la Paula.

En el expediente del enlace matrimonial de los padres de Silverio aparece mucha información sobre la madre, pero apenas nada sobre el padre, lo que no deja de sorprendernos. No se adjunta, por ejemplo, su certificado de bautismo, que sin duda nos aclararía muchas cosas sobre su origen italiano. Sólo consta que fue soldado de la Séptima Compañía del Cuerpo de Inválidos de Sevilla, acampada en el barrio sevillano de San Roque cuando tuvo lugar la boda. Su condición castrense le sirvió para no tener que aportar más documentación personal que la justa.

Con estos importantes datos y otros que aportaremos más adelante, la biografía del histórico cantaor sevillano va camino de cerrarse con total garantía de veracidad. Entendemos que a algunos no les parezca importante esta figura histórica del flamenco, pero aquí pensamos que sí lo es y estamos investigando todo lo relacionado con su vida, sin duda apasionante y fundamental en los principios del arte flamenco como género de espectáculo.

Silverio Franconetti tocando la guitarra.

Silverio Franconetti tocando la guitarra.

María de la Concepción Aguilar Díaz tuvo que ser una alcalareña luchadora, pues crió a nueve hijos en una etapa ciertamente difícil de la historia de España. Su hijo Silverio, aventurero y hombre de iniciativas, emigró a América y estando allí se produjo el fallecimiento de esta mujer. Silverio no pudo estar en el entierro de su madre, y seguramente creó estas seguiriyas gitanas que Demófilo le atribuye en su obra Colección de cantes flamencos (1881), con el enorme dolor de no haber podido besar a su bata antes de que la enterraran:

Doblen las campanas,

doblen con doló.

Se me ha muerto

la mare de mi arma,

de mi corazón.

Cuando partió para América el joven cantaor y aspirante a picador de toros, aún soltero, en 1857, le hizo un laíto en su corazón a su madre, como lo demuestra esta otra letra de su extenso y rico repertorio seguiriyero:

Maresita mía.

En un laíto de mi corazón

te traigo metía.

José Ortega, uno de los nietos del gran Enrique Ortega El Gordo, aseguró en una entrevista de 1922 que Silverio era el seguiriyero más grande de su tiempo, según le dijo su abuelo, El Gordo. Lo afirmaba un cantaor gitano, lo que demuestra el prestigio y la importancia que como cantaor tuvo el gachó de la sevillana calle Odreros, o sea, de la Alfalfa. Aunque lo acusaron de protituir el cante gitano, lo que en realidad hizo Silverio Franconetti fue poner en valor el género musical andaluz, dignificarlo y darle categoría.

Trascripción literal del certificado de bautismo:

Certificado de bautismo de Concepción Aguilar

Certificado de bautismo de Concepción Aguilar

El Bº D. Francisco de Zafra Cura y Beneficiado de la Iglesia Parroquial del Sr. San Sevastian de esta Villa de Alcalá de Guadaira. Certifico que en el libro 18 de Bautismo de dicha Iglesia en el folio 188 esta una Partida del tenor siguiente:

En la Villa de Alcalá de Guadaíra, en el día seis de el mes de Agosto de mil setecientos noventa y dos años. Yo D. Joaquín Suarez Pro. de la ciudad de Sevilla de Licª Parrochi de la Iglesia Parroquial del Sr. San Sevastian de esta Villa baptize solemnemente en ella á Maria de la Concepción Josefa Ludgarda Juana Dominga que nació el día quatro de dicho mes, hija legitima de D. Blas de Aguilar y de Dª. Rosa Dias Villarreal su muger, fueron Padrinos D. Juan de Aguilar y Dª Josefa de Aguilar su hermana, vecinos de la ciudad de Sevilla, a los que advertí la Cogªº Espiritual y demás obligaciones y lo firme=D. Joaquín Suarez=D. Francisco de Zafra=Concuerda esta Partida con su original a que me refiero y para que conste doi la presente firmada en dicha Villa de Alcalá de Guadaira, el día nueve del mes de Maio de mil ochocientos y quatro años=

Rúbrica_ D. Francisco de Zafra

19
Nov/2009

La muerte de Paquiro el Cantaor

Copia de Dibujo crimenA Cádiz, la luz del mundo

La investigación llevada a cabo para escribir la historia del Canario de Álora -asesinado en la sucursal de verano del sevillano Café del Burrero, en agosto de 1885- me ha permitido descubrir algo que pone la carne de piel de gallina: la enorme cantidad de artistas del flamenco que murieron de forma trágica, como le ocurrió a Juan Reyes Osuna El Canario. En algunos casos, artistas de los que jamás habíamos oído hablar en el mundo del flamenco, como son el Cojillo Vázquez, Soledad Montoya y Emilia Salgado, de Sevilla los tres y cantaores profesionales, de ahí que sus muertes aparecieran en los periódicos tanto de Sevilla como de Madrid. Esto formaba también parte de la feroz campaña antiflamenquista de los diarios del país, que desembocó en el cierre de los cafés cantantes a principios del pasado siglo, aunque algunos resistieron las embestidas mediáticas, como El Novedades sevillano o El Chinitas malagueño, que aguantaron hasta la llegada de la Ópera Flamenca, entrados ya los años 20 del pasado siglo.

Ahora que estamos conmemorando el centenario del nacimiento de Manolo Caracol es el momento de contar el triste final de su tío abuelo Francisco Ortega Feria, cantaor y bailaor conocido por el sobrenombre artístico de Paquiro, que no tuvo nada que ver con aquel Paquiro de Chiclana que revolucionó el toreo en la primera mitad del siglo XIX. El Paquiro al que nos referimos nació en Cádiz sobre 1857 y fue hijo del también gaditano Enrique Ortega Díaz, compadre de Silverio Franconetti y padre también de Gabriela Ortega, la madre de Fernando, Rafael y Joselito el Gallo. O sea, la célebre Señá Gabriela.

Paquiro quiso ser torero, como el de Chiclana y un hermano de su padre, apodado también Paquiro, llegando a formar parte de un espectáculo de niños prodigio del toreo que se paseó por las plazas andaluzas en 1871. Pero acabó siendo un bailaor de postín y un cantaor de cierto renombre en el ambiente de las fiestas privadas, aunque no alcanzó la importancia de la mayoría de sus coetáneos. Cantó en diferentes cafés de Málaga, San Fernando, la Línea de la Concepción y la capital de España, y llegó a bailar en muchas ocasiones con los famosos Pichirri y El Feo.

Pero su mundo eran las fiestas de la Alameda de Hércules, donde se ganaba la vida cantando y bailando para los señoritos, como hacían también su hermano Enrique y su hermana Rita. Su hermana Gabriela Ortega, la madre de los Gallo, evitó las fiestas porque, una de las veces que actuó en El Burrero, el torero sevillano Fernando el Gallo se enamoró de ella y la retiró del baile para que fuera la madre de Joselito el Gallo, el enviado por los dioses para revolucionar el toreo sevillano ayudado por Juan Belmonte. Tuvo que raptarla y llevársela a Madrid porque la familia de la guapa bailaora no aprobaba la relación de la niña con el ya curtido torero. En Madrid tuvieron a Rafael el Gallo (1882) y no contrajeron matrimonio hasta 1885. Naturalmente, la historia conmocionó a la retrógrada sociedad sevillana de la época.

Tanto carácter tenía el célebre Francisco Ortega Paquiro, el hermano de Gabriela, que una noche mantuvo una discusión de cante jondo con otro cantaor sevillano, Juan Lara González, Larita, en una famosa y típica taberna de la sevillana calle Relator. Discutiendo sobre si los gitanos cantaban mejor que los castellanos andaluces, Larita se calentó y le propinó una cuchillada a Paquiro que lo mandó al Hospital Central más muerto que vivo. Presenciaron la riña otros artistas como el Colorao de la Macarena, El Espaldón, Paco el Bolero y El Lápiz, según El Imparcial.

Naturalmente, los periódicos nacionales se hicieron eco de la reyerta. La Correspondencia de España del 11 de septiembre de 1909 contó de esta forma tan escueta  el suceso:

RIÑA DE CANTAORES. En la calle del Relator se ha promovido una discusión sobre cante hondo, entre los cantaores Juan Lara González y Francisco Ortega “Paquiro. La discusión adquirió bien pronto graves caracteres, saliendo a relucir las navajas. De la lucha resultó herido con una puñalada grave en el epigastrio Francisco Ortega “Paquiro”, que fue conducido al hospital. Paquiro es tío de Fernando Gómez “Gallito.

Según El Imparcial, que dio la noticia un día antes, la policía capturó pronto al agresor y fue encerrado en la cárcel. Naturalmente, la desgracia había entrado en la casa de los Ortega de Cádiz, donde tres meses antes habían festejado el nacimiento de Manolito Ortega Juárez, Caracol, sobrino nieto de Paquiro, quien llegó a cantar y a bailar en el bautizo del futuro rey del cante jondo.

Paquiro estuvo grave unos días, luchando con voluntad por su vida, pero falleció como consecuencia de la agresión ya reseñada, que no fue con arma blanca sino con pistola, según La Correspondencia de España del 17 de septiembre, que daba la luctuosa noticia:

MUERTE DE UN CANTAOR. Ha fallecido el célebre cantaor Paquiro, que era tío del diestro Gallito. Hace unos días fue herido de un tiro por un compañero de oficio.

El cantaor y bailaor Paquiro falleció el día 13 de septiembre, de hemorragia, en el Hospital Central de Sevilla y fue enterrado al día siguiente en el Cementerio de San Fernando. Estaba soltero y tenía 53 años de edad. Francisco Ortega Feria, Paquiro, el hermano de La Señá Gabriela y tío abuelo de Manolo Caracol, abandonó este mundo como consecuencia de la agresión de otro cantaor, con el que dirimió sus teorías sobre el origen del cante jondo. Era Larita, que llegó a cantar incluso en la famosa compañía de Silverio Franconetti y de quien no sabíamos absolutamente nada.

18
Nov/2009

¿Importa acaso quién siembra la rosa?

A la memoria de Amós Rodríguez Rey

El debate de si el flamenco es o no gitano interesa mucho a los gazaperos. Me aburre esta historia, sinceramente. ¿Pero alguien, en su sano juicio, puede creerse que lo que hoy conocemos por flamenco es una creación exclusivamente de los gitanos andaluces? El entrañable Pedro Bacán iba mucho más allá, según me dijo un día: “No de los gitanos andaluces: de los Peña de Lebrija”. ¡Toma ya! Creía que este asunto ya estaba superado, pero veo que no es así. Siempre me he hecho una pregunta muy sencilla, casi de niño chico. Si, como dejaron escrito Demófilo, Fernando el de Triana y Mairena, entre otros ilustres agoreros de la historia de lo jondo, los gitanos no dejaban entrar a los payos en sus fiestas y los cantaores calés no cantaban en locales públicos, ¿cómo aprendimos a cantar los malditos payos si todavía no había discos ni emisoras de radio? Es la gran incógnita.

En las primeras noticias que aparecen del flamenco como manifestación artística pública, siempre salen nombres de cantaores gitanos y también de intérpretes castellanos. Y haciendo los mismos palos. No sólo en el cante, sino en las restantes facetas, como son el baile y el toque. ¿Curioso, no creen? En 1812, Tobalo el de Ronda fue invitado como cantaor a la presentación de la Real Loteria Nacional en Cádiz. No era gitano, pero era ya un cantaor profesional al modo de los de antes, claro. Seguramente, Antonio el Planeta y El Fillo eran aún niños. ¿Quién enseñó a Tobalo si a los payos no los dejaban entrar en las fiestas gitanas de cante y los calés no se prestaron a prostituir el cante gitano, según los gitanistas?

No me creo que antes de llegar los gitanos a Andalucía los andaluces no supiéramos cantar, bailar y tocar con arte ciertos instrumentos, aunque todavía no existieran la soleá, la seguiriya, el tango o la liviana. ¿O sí existían? A las bailarinas de Cádiz no las invitaban a Roma para leerles cuentos a los emperadores, supongo. Y Argantonio no escribiría las leyes en verso porque se aburría como una ostra. Si a esto unimos que los sistemas musicales del flamenco ya existían antes de que los gitanos entraran en España, convendrán conmigo en que es arriesgado decir que el flamenco es creación calé. Tanto como asegurar que no han tenido nada que ver en su gestación. ¡Pero qué barbaridad!

¿Qué es el cante gitano? Escuche usted a Chocolate cantar por seguiriyas, o al Viejo Agujetas, y saldrá de dudas. ¿Qué es el cante payo? Escuche también por seguiriyas a Valderrama o al Niño de la Huerta. Dicen que Silverio Franconetti sólo cantaba palos gitanos, y su palo fuerte era la serrana, que existe desde los tiempos del Marqués de Santillana (1398-1458). Todavía no habían llegado los gitanos a la Península Ibérica. ¿Conocen las serranillas del Marqués de Santillana? Las escribía maravillosas, y algunas aludían al pastoreo: Señora, pastor seré… El Diario de Madrid se ocupaba de las serranas a finales del XVIII y las relacionaba también con el pastoreo. Las serranillas eran villancicos que el Marqués de Santillana escribió a sus tres hijas.

En el momento en que se lee un poco, se sabe algo más sobre el origen del flamenco y de sus palos, como de todas las cosas. Pero tanto los gitanos como los payos que están siempre discutiendo sobre quién creó lo jondo, en realidad leen el Marca o se quedaron en Mundo y formas del cante flamenco, de Molina y Mairena. La Biblia de la cantelogía en su tiempo, aunque ahora no alcance siquiera la categoría de Catecismo.

No entiendo a quienes niegan el pan y la sal a los gitanos ni a los que consideran intrusos a los payos que hacen flamenco. Caballero Bonald, con lo mayorcito que es el hombre, dijo en la Universidad de Sevilla no hace muchos días, que Silverio y Chacón hacían un flamenco “andaluzado”. Lo dijo, además, con desprecio hacia estas dos figuras históricas. Es como decir que el gran Cecilio Navarro –el Chacón de la jota­– cantaba jotas “aragonesadas”.

¿Saben lo que hago? Disfrutar del flamenco sin prejuicios. En una ocasión observé cómo un famoso gitanista contenía la emoción que le había producido una taranta de Valderrama para no quedar mal ante los de su cofradía. Pues yo lloro escuchando a Juanito Mojama por seguiriyas (Que tanto he dormío…) y les aseguro que puedo alcanzar un extraño éxtasis oyendo un fandanguillo del Niño de Fregenal (Porque tengo sello propio…). Llámenme ambiguo, si quieren, pero lo juro por mis muertos que es así. Cuando miro un cuadro no pregunto si lo pintó un judío hortodoxo o un árabe cabreado; cuando huelo una rosa, qué más me da quién la sembró; cuando me embriago paladeando un mosto de Umbrete, ¿por qué me voy a marear en averiguar quién pisó la uva? Y cuando me como un solomillo de cerdo ibérico y se me saltan las lágrimas del gusto, sé que el marrano moreno no se ha criado en Finlandia, sino en campos de Huelva o Badajoz.

A estas alturas de la vida, al plantearse quién creó el flamenco, los gitanos o los payos, sólo se me ocurre cantar aquella famosa letra de Fernando el de Triana:

A mí se me importa poco,

que un pájaro en la alamea

se mude de un árbol a otro.


17
Nov/2009

Aquel pájaro al que llamaban Mochuelo

El Mochuelo, el día de esta entrevista

El Mochuelo, el día de la entrevista

A Ramón Soler

Antonio Pozo El Mochuelo fue un sevillano nacido en una barbería de la sevillana calle Sol. Falleció, según algunos estudiosos, en la localidad segoviana de San Rafael en 1937. El pasado año estuve buscando su partida de defunción en el Juzgado de este pueblo y allí no consta ningún Antonio Pozo. Es un cantaor al que algún día habrá que estudiar a fondo, porque los periódicos españoles y de gran parte de América  están llenos de noticias sobre su vida y su arte. Sólo es cuestión de ponerse a trabajar porque muchos de estos periódicos ya están digitalizados y se pueden consultar a través de Internet.

Esta entrevista fue publicada el día 13 de noviembre de 1933 en el diario madrileño La Voz, y no me consta que se haya dado a conocer en algún otro medio. En cualquier caso, aunque se haya hecho, es un documento interesante que los gazaperos deben conocer para saber algo más sobre este cantaor histórico, con una obra discográfica impresionante, al margen de la calidad de sus cantes y su estilo, que esa es otra cuestión.

Que la disfruten.

LOS QUE SON Y LOS QUE FUERON

El “Mochuelo” lleva sobre el corazón una medalla de oro

UNA ENTREVISTA EN RONDA CON EL “BIZCO DEL BORGE”

-¿Cuántos años tiene usted, Antonio?

-Setenta y tres, por ejemplo; que quien dice la verdad ni peca ni miente…

Estamos ante Antonio del Pozo, monopolizador del cante “jondo” por espacio de cuarenta años. El Pájaro le llamaban en su juventud, y después, el Mochuelo…

No hay español con edad de cuarto de siglo para arriba que no recuerde -unos, de más cerca; otros, de más lejos- aquella “farruca” que llegó por el abuso a atormentar los oídos de la Península:

Una farruca, en Galicia,

con sentimiento lloraba…

Ni la guajira aquella que alcanzó una multiplicación infinita:

Pronto vendrá la mañana

en que la neblina densa,

en que la neblina densa,

en que la neblina densa,

¡y ay ay!…

-Pues verá usted: no había yo cumplido aún los doce años cuando “comensé” a “cantá” en el café de Silverio, en la calle del Rosario, en Sevilla… ¡Lo que ha “pasao” desde entonces!… El maestro Franconetti fué quien se fijó en mí… Era de padres italianos; pero sabía de cante más que Castelar de labia… Y no estaría tan mal, cuando recuerdo que me daban unas monedas, “comío” y “vestío”…

Antonio del Pozo, que es hoy un viejecito venerable, que conserva de los días triunfales de su juventud ese no sé qué que unos llaman “señorío” y otros “ángel”, bate sus manos, pulcras como toda su persona, y guiñando picarescamente un ojo a la camarera -¡buena moza, pardiez!-, exclama festivo:

-¡Niña, la vida sin jamón no se comprende!… ¡Conque…! ¡A ver, una botellita y “algo” para estos señores!…

-¿Y en Madrid?…

-¡Vamos a dejar a Madrid aparte, que hoy no he “venío” vestido de etiqueta, y para hablar de Madrid hay que quitarse la chistera, el “clac”, como decían en mis tiempos.

Sorbe un trago de manzanilla, lo saborea, y luego de miramos fijamente añade:

-Antes de venir a Madrid, siendo yo niño “toavía”, y esto le dará a usted idea de cuándo nací, me ocurrió un “sucedío” que no puedo olvidar… En una de mis correrías con Silverio, aquellas correrías que hacíamos unas veces en barco, otras en diligencia, algunas en burro y muchas a pie, llegamos a Ronda. Lo primero que vi en la posada me encogió el corazón: ¡estaban allí con sus trabucos y sus mantas el “Bizco del Borge” y Melgares!… Ver a los dos bandidos y echarme a llorar, “to” fué uno… Bueno, ¿usted sabe quién fué el “Bizco del Borge” ?…

- ¡Digo!…

-Temía yo que fuesen a matarme; pero Silverio me convenció de que en vez de llorar que cantase una letrita. Canté, y en lugar de hacerme daño me dieron un puñado de monedas… De aquellas isabelinas de entonces, de cuatro un real…

El Mochuelo, que figura ya como una reliquia del cante viejo -¡privilegios de la edad!-, leyó en los periódicos con honda emoción hace algunos días que en Málaga ha fallecido, a los noventa y tres años, Pepa Anaya.

-Si que lo he sentido, sí, señor… Pepa Anaya fué una hembra de bandera… ¡De las mejores flamencas de la época de Isabel II!… Ganó los billetes como quiso… Últimamente, aún se defendía por los colmados del Palo y de la Caleta…

También  el Mochuelo ganó con el cante una fortuna… Pero las mujeres, los viajes, el gusto de vivir bien… ¡y la edad! le arrastraron casi hasta la miseria…

-¡Vendiendo décimos de lotería por las calles estuve el año pasado!…

Hoy vive el Mochuelo con extremada modestia, pero satisfecho, porque tiene seguro su haber diario como encargado de un típico colmado madrileño.

-Desde Sevilla… Apunte usted que nací en una barbería de la calle del Sol…; desde Sevilla vine a Madrid a cantar en el café El Imparcial, y luego, en el Circo-Hipódromo, que estaba donde hoy el Ritz y que era propiedad de D. Francisco Ducazcal…

-¿Y de viajes?…

-¡Muchos! Por América, tal como Buenos Aires, Rosario de Santa Fe, Montevideo, Méjico, La Habana, Veracruz… Luego, en Berlín, en París, en Lisboa…Me llamaban para trabajar en la máquina”…

La máquina, para el Mochuelo, es el gramófono;

-Sí, señor, el gramófono; pero no de estos de ahora, que también he trabajado para ellos, sino para los primitivos, para los de cilindro…

Como recuerdo de sus correrías por América, Antonio lleva sobre el corazón, pendiente de la cadena del reloj, una medalla de oro que le regalaron en Buenos Aires en 1909.

-¡Ya lo ve usted!… ¡Con alusiones a la música y todo!

-Vamos a ver, Antonio. Ahora, una pregunta inocente: ¿qué opina usted del cante de hoy?

-Que no es cante. Es una jerga… ¡Si la copla lo dice!:

Para dormir los chiquillos,

las mujeres de la sierra,

en vez de cantar el coco,

les cantan por fandanguillos…

-Sin embargo, algunos hay…

-¡Algunos hay, es verdad! Niño de Marchena, Cepero, Vallejo… Yo soy respetuoso para con todos… Pero, bueno, usted me entiende…

De cuantas ciudades ha visto Antonio, la que más le gusta es La Habana

-Aquello es como mi tierra. ¡Y qué mujeres, y qué cielo y qué flores!… Luego, la cadencia al hablar… ¡Nadie usa allí el no!

Antonio del Pozo, viejo y solo al final de una vida famosa, dedica sus ternuras y su afecto a “Currito”, un gato asustadizo, maleducado a fuerza de mimos, que sólo se siente a gusto y seguro en brazos de su dueño.

-¡Hombre, a propósito de amores! ¿No me dice usted nada de ese capítulo?

-¡Para llenar su “papel” de usted habría!… Pero ya que quiere usted saber—y al evocar el recuerdo aun guarda emoción la voz del “Mochuelo”—, vaya que quise a una hembra como no volví a querer nunca… ¡La Pascuala! ¡Ocho años juntos! Pasaba yo con ella por la calle de Sevilla cuando aun estaba en la esquina de Alcalá el café Suizo, y a todos los señoritos se les iban los ojos detrás de nosotros… Luego, ella se fué a América y yo me quedé aquí…

Unos chatos más, unas tapas, y el “Mochuelo”, antes de despedirnos, dándonos a entender que la Pascuala -de Alcañiz era—no se le borrará nunca del corazón ni del cerebro, nos canta al oído:

La encontré sola y perdía,

y me la llevé a mi casa.

¡Mira si yo la querría!

Iba por la calle abajo;

la encontré sola y perdía.

16
Nov/2009

Adiós al cantaor Pepe Vergara

Las calles de Álora estaban hoy desiertas

Las calles de Álora estaban hoy desiertas

Al pueblo de Álora, cuna de cantaores

Hoy he hecho cuatrocientos kilómetros para ir al entierro, en Álora, localidad de la provincia de Málaga, del buen cantaor local Pepe Vergara, que se nos ha ido a los 61 años de edad de un infarto de miocardio. No tenía una gran amistad con él pero lo traté algo con motivo de la presentación en Álora y Málaga de mi libro El cartel madilto, sobre la vida de su paisano Juan Reyes Osuna El Canario. Era un magnífico cantaor y un gran aficionado, que son dos cosas muy distintas. En el aspecto humano, Pepe Vergara era un hombre callado y humilde, un perote sencillo que amaba a su pueblo y, por encima de todas las cosas, el cante andaluz. Era un enorme malagueñero y dominaba el resto de los cantes de su tierra, especialmente los tangos de El Piyayo. Esta mañana, en la misa, sonaron unos cantes suyos en la capilla del cementerio de Álora y uno de esos cantes, precisamente, eran los tangos de Rafael Flores El Piyayo. Ni se pueden imaginar la emoción que sentimos todos escuchándolo y viendo, a la vez, el sarcófago que guardaba su cuerpo. Parecía que nos estaba cantando desde el cielo. Nunca se me va a olvidar ese momento. Ni el de su hermano Miguel el Pibri, otro gran cantaor aloreño, dándome las gracias emocionado por hacer tantos kilómetros para ir a darle el último adiós a su hermano del alma. Es lo menos que tenemos que hacer con nuestros artistas flamencos. Mañana será enterrada también Rosa Montoya Flores, esposa del gran Chocolate y hermana del genial Farruco. Rosa se nos ha ido y nos consuela saber que Chocolate la habrá recibido con los brazos abiertos, allá en el altito cielo. ¡Cómo se querían estos dos gitanos! O sea, que hoy estamos con una pena muy grande, porque la gran familia flamenca ha perdido a dos de sus miembros. Tengamos un recuerdo para ellos antes de irnos a dormir.