Archivo del Noviembre de 2009

Ahorcamiento canino en Arahal

PerroA mi compañero Ismael G. Cabral

El otro día paseaba por los soleados campos de Arahal con mis perras Luna y Mora y noté que Luna, la mayor de las dos, se puso muy nerviosa y me miró como suele hacerlo cuando ve algo infrecuente en su rutina diaria. Es una perra inteligente y viva como un ratón. Miré hacia donde ella señalaba con la mirada y descubrí estupefacto algo que no había visto desde que era un niño: un perro ahorcado en un olivo. Era inmenso, negro, de los que los cazadores tienen para la caza de la perdiz, un perdiguero que pesaría unos treinta kilos y que lo habían ahorcado dejándole las patas apoyadas en la tierra, con lo que el animal tendría una muerte lenta. ¿Por qué lo ahorcarían? El pobre can tenía la boca abierta y llena de moscas verdes, y los ojos también abiertos y con claras señales de que había sufrido viendo cómo su dueño se alejaba y lo dejaba morir de una muerte horrible. Me acerqué al animal y sentí unas ganas enormes de abrazarlo. ¡Cuánto hubiera dado por llegar en el justo instante del ahorcamiento, sobre todo para evitarlo; después, claro está, para agarrar al patibulario canino y llevarlo al cuartel de la Guadia Civil. No sé si el asesino es o no de mi pueblo, pero el simple hecho de que el perro estuviera colgado a dos kilómetros de Arahal, en la carretera de Morón de la Frontera, disipa cualquier duda. Llevo días durmiendo mal y sin poder quitarme de la cabeza la pavorosa imagen del perro colgado del olivo. No es por torturarme gratuitamente, pero pienso en cuando el perro sería un adorable cachorrillo al que su dueño abrazaba y entrenaba y daba de comer tres veces al día; seguramente jugaba con sus hijos y le habrá cazado muchas docenas de perdices y puesto a tiro cientos de conejos. Alguna lesión o su envejecimiento natural le impedirían al animal cumplir la función para la que fue criado y entrenado y su dueño tomó la decisión de acabar con su vida de esa forma tan macabra, porque ya no estaba dispuesto a seguir mantenido a un animal inservible para su ejercicio de perro de caza. Odio a esos cazadores que abandonan o ahorcan a sus perros cuando ya no les sirven para llenar sus congeladores de perdices, zorzales y conejos, y maldigo a los gobiernos del mundo por permitirlo. Sobre todo al de España, donde miles de perros son abandonados cada año a su suerte en carreteras o ahorcados en olivos, como el caso de este gran perro negro al que nadie le va a hacer justicia. Bueno, como mucho, si llegan a detener al culpable, le pondrán una multa de 90 euros, como ocurrió no hace mucho tiempo en Soria, donde un canalla ahorcó a su perro y lo arrastró con la misma cuerda hasta un contenedor de basura. Fue denunciado por un vecino y pactó con el fiscal la multa arriba indicada: 60 euros por el ahorcamiento y 30 por la incineración del cadáver. Noticias como ésta me producen tristeza y asco, además de impotencia. Lo único que puedo hacer es enterrar al animal y morderme la lengua de rabia porque en España, por si no lo saben todavía, se les practica la eutanasia a miles de perros cada año, un pequeño porcentaje de los que son abandonados; el resto son adoptados por otras familias o devueltos a sus dueños, si son localizados. El gran perro negro que ahorcaron días atrás en Arahal y que pueden ver en la imagen no va a poder ser adoptado por nadie. O sea, que no va a tener una segunda oportunidad. Se la ha negado un asesino al que sólo le deseo que cada noche, al acostarse, se acuerde de lo que le ha hecho al mejor amigo que haya tenido jamás. ¿Qué no sería capaz de hacerle a un enemigo?

Noticias de la mítica Trini de Málaga

La fmosa Trini de Málaga

La fmosa Trini de Málaga

A Eusebio Rioja

No abundan los artículos sobre la Trini de Málaga en la prensa de su tiempo. He encontrado uno muy extenso que me parece muy interesante no sólo por los datos que aporta de la cantaora –a quien entrevista al final del relato–, sino por lo bien que escribía al autor. Se trata del  periodista y escritor jiennense Adelardo Fernández-Arias López, que nació en la ciudad de Úbeda el 6 de noviembre de 1880 y falleció en noviembre de 1951 en Barcelona. Hizo muy popular el pseudónimo de El Duende de la Colegiata en aquellos años. Fue redactor de importantes periódicos y revistas, como La Correspondencia Militar, La Correspondencia de España, El Gráfico y El Heraldo de Madrid. Fue en este periódico donde publicó el siguiente reportaje, en el que cuenta un apasionante viaje desde Granada hasta Málaga, ciudad en la que conoció y entrevistó a La Trini, la gran malagueñera. Y donde escuchó cantar a Rafael El Moreno.

“EL DUENDE” EN MALAGA

EL ESTILO DE “LA TRINI”

Granada.-Málaga.-En el abismo.-Málaga, la bella.-El gobernador.-Por la Caleta.-Buscando matones.-Los malagueños.-El recuerdo de “la Trini”.-Las coplas encantadoras.-En la freiduría.-Viendo a “la Trini”.-¡La popularidad!

Salí de Granada. En la carretera me encontré muchos carros llenos de remolacha, que la llevaban á la fábrica para hacer azúcar; la carretera era buena. ¡Ya se conoce que el Rey va á Láchar á cazar! Cuando, después del pueblo de Láchar, llegamos a un río, que hay que vadear porque el puente se hundió y hundido ha quedado, la carretera se metió en la Sierra, y allí, que es donde más falta hacía su bondad, empeoró.

El camino, ondulado, atravesaba las montañas, cuadrillas de trabajadores arreglan la carretera y la llenan de grava; de trecho en trecho, para colocar tubos de desagüe en los badenes, el camino está cortado y el automóvil pasaba justo, exactamente, con sus ruedas izquierdas rozando el borde de los precipicios. Anocheció. Nos detuvimos para encender los focos, en una curva, junto a una venta.

Los trabajadores iban acudiendo; todos, con sus sombreros anchos y su barba incipiente por no haberse afeitado desde el sábado, me saludaron afablemente; iba á la venta á cenar; curiosearon el automóvil un instante; después entraron en la venta para comer.

-¿Qué pasa en la carretera?-pregunté.

-Que van á pasar lo automóvile de Graná a Málaga y se está arreglando er camino- me respondieron.

-¿Cuánto tiempo hace?

-Lo meno tre mese, y hay trebajando lo meno treciento hombre, tengan ostés cuidiao, porque la carretera está cortá en mucho sitio po lo tubo; pero hay un faroliyo.

Un trabajador reía y hacía chistes.

Cáyate ya, Pere!-le dijeron-¿Quiere no ser arma mía?

-¿Hay buen humor, Pérez?-le dije.

-Ya m’ha conosío-exclamó-:zi zeñó, güen humó farta; lo que sobra é gana é comé. Ayé bajé yo á Málaga.

-Pues si hubiera sido hoy le hubiera llevado en automóvil-añadí.

-¿No lo ijeZi cuando Dio da pa carne es vigilia!

-Bueno, ¡salud!

-Vaya usté con Dió, zeñorito, ¡y cuidiao con lo corte é la carretera!¡Que está to ezo mu peligrozo!

El automóvil se lanzó á la obscuridad; estábamos muy altos; hacía fresco. El coche giraba con el camino; de cinco en cinco minutos un farolillo indicaba un corte del camino.

Ya era de noche; en una de las revueltas de la carretera distinguí, destacándose en la obscuridad, una fosforescencia; allá abajo, muy lejos era Málaga. Según las curvas del camino desparecía ó aparecía aquella visión de esperanza que atraía mi vista como finalidad de mi viaje. Caminábamos en las tinieblas. La visión luminosa se acercaba más y más. Por fin llegamos á la hermosa capital andaluza. Lo primero que recibí fue el saludo de la brisa; un clima delicioso me envolvió; la noche, serena, plácida, dulce, se poetizaba con su luna brillante, de blancura de nieve.

Saludé al gobernador, D. Rafael Comenge, quien me colmó de atenciones. El maestro Comenge es un hombre sugestivo; tuve necesidad de hacer un supremo esfuerzo de voluntad para salir de Málaga, porque Comenge posee el secreto del encantamiento con su carácter afable, su conversación amena y su simpatía irresistible.

Las calles de Málaga, bonitas, muy bien iluminadas daban un aspecto de sana alegría, que cautivaba; el suntuoso hotel Regina, donde yo estaba albergado, era una predisposición para el espíritu; su director D. Héctor Saní, el fantástico Saní, institución malagueña, un italiano que habla en andaluz, un hombre de mundo, hábil poseedor de una diplomacia que en Málaga es proverbial, con sus gafas de color de caramelo y su finura exquisita, organizó una comida en la que el gobernador y yo no supimos qué elogiar más, si lo sabroso de los manjares ó la distinción de las marcas de vinos; es Saní un director de hotel mundial, á la moderna, que atrae viajeros á su casa, porque quien trata una vez con él vuelve á su hotel irremisiblemente.

Fui á los teatros; en Vital Aza saludé á la compañía de Pepe Vico, que actuaba con éxito, en el vestíbulo hablé con el veterano Espantaleón, que trabajará en Málaga dentro de unos días; en Cervantes había un cinematógrafo y varietés, entre los que se destacaba el trío Oblo.

Después de visitar el Casino de la Unión Mercantil y admirar la belleza de su hall y sus cuadros artísticos y valiosos dije al gobernador:

-Bueno, ahora quiero ver Málaga de noche; vengo a observar esos famosos borrachos y esos legendarios matones que aterran España con sus herramientas y aumentan los cementerios…

-Yo no contesto á usted á eso; jiels

Y el gobernador dispuso que el jefe de Policía, D. Jesús Sáez, me acompañase.

Mientras llegaba el coche que nos había de conducir á la Caleta yo estuve hablando con varias personas conspicuas de Málaga.

-¿Qué hay de las huelgas? -pregunté.

-Que ¿qué hay?-me contestaron-. Que tenemos gobernador que sale un Ratón; tiene una mano izquierda que no se la merece, es decir, sí se la merece, porque vale mucho. ¡Cuidado cómo ha resuelto todas las huelgas que han surgido aquí! ¡Y lo más curioso es que quedan contentos de su gestión los patronos y los obreros! Hoy mismo ha habido una sesión de nueve horas de los huelguistas toneleros y toda la sesión ha sido un voto de gracias al gobernador.

Yo me alegraba oir los elogios á Comenge, porque lo quiero mucho; fue maestro mío; me rompió muchas cuartillas cuando yo era redactor de La Reforma, periódico que él dirigió; parecía que los elogios al gobernador eran algo que me afectaba muy de cerca. Y en toda Málaga los escuché. Comenge es un gobernador popular á quien todos quieren.

-Bueno, don Juan, ¿vamos á la Caleta?-dije cuando vi que un coche de dos caballos nos esperaba en la puerta del Casino.

-¡Vamos, Duende! -me contestó el jefe de Policía.

Pescadores en la famosa playa de la Caleta malagueña

Pescadores en la famosa playa de la Caleta malagueña

Y en un coche descubierto y cómodo atravesamos la Alameda principal y fuimos á la Caleta.

La noche era espléndida; la Luna dominaba en el cielo; á la izquierda, los barrios bajos se  en el monte, con sus casitas blancas, que la Luna kkeaba, á la derecha, el mar, llano, tranquilo, inmenso, reflejaba la Luna en la superficie tersa.

El coche entró en la Caleta; los hotelitos rodeados de jardines, se erguían entre las flores a los dos lados del camino; a la izquierda, nos detuvimos en la venta de la Concha, el sitio de las juergas malagueñas.

Apenas entré, un muchacho que llevaba una bandeja llena de chatos de manzanilla se acercó y me preguntó:

-¿Es usté el Duende?

-Sí

-Pues yo soy un admirador de usted.

-¡El Duende! ¡El Duende! -se oyó á varias personas, que me rodearon para saludarme, para obsequiarme, para elogiarme. Yo estaba aturdido. Visitó la venta de la Concha, sus cuartos limpios y alegres, donde se celebran las juergas clásicas; su jardín, con plantas tropicales, su estanque, sus cenadores. Allí estaban los cantaores y el tocaor ciego. Yo dije al jefe de Policía en voz baja:

-Diga usted: ¿y los matones?

Sáez me contestó, sonriendo:

-Aquí no hay, ¿entiende usted?

-Pues vamos á otra parte.

Y continuamos nuestra excursión por las ventas de la Caleta, la de Sandoval, Guijarro, la del “Conejo”… todas las ventas clásicas de la Caleta, donde los matones van, según la leyenda sangrienta. En todas preguntaba yo al jefe de Policía:

-¿Y los matones?

Y Sáez me contestaba, sonriendo:

-Aquí no hay. ¿Tiende usted?

Los hotelitos magníficos, coquetones, preciosos, rodeados de flores que embalsamaban el ambiente, alternan, á lo largo de la Caleta, con las ventas limpias, alegres, llenas de luz, donde las personas de espíritu sano se divierten. Al pasar por un ventorrillo de madera me dijo Sáez:

-Allí vivió la Trini; ¿tiende usted?

-¡Ah! ¿La Trini? Sí; yo he oído á mi padre, á muchos amigos de la generación anterior á la mía, hablar de la Trini de Málaga.

-¡Ya lo creo! La mejor cantaora de malagueñas que ha habido; es una institución malagueña; cantó malagueñas delante de Alfonso doce.

-Y ¿no vive ya ahí?

-No; vive en Málaga. Tiene una tiendecilla que le pusieron sus amigos.

Al pasar por la venta de Sandoval oímos una guitarra rasgueando y una voz de hombre que cantaba una copla.

-Vamos allí -dije.

Entramos en la venta; apenas entramos Sandoval me dijo:

-¿Usted es El duende de la Colegiata?

-Sí, señor.

Desde aquel momento todas las personas que allí había se desvivieron por atenderme. Alrededor de una mesa llena de vasos, en los que brillaba el vino de oro, había sentados varios hombres y mujeres; un tocaor ciego punteaba en una guitarra; un cantaor de cara noble y simpática estaba sentado en una silla abierto de piernas y con un palito golpeaba á compás el listón que protegía el asiento de la silla que ocupaba.

-Éste es el tocaor Julián Moya -me dijeron- y este el cantaor Rafael Moreno, alias el Moreno.

-Servidó de usté -me contestaron los dos.

-¡Vaya una coplita para Er duende!-dijo un señor muy amable.

Y la guitarra gimió bajo los dedos habilísimos del ciego.

Todos escuchaban; la guitarra vibró con un sentimiento profundo, y la voz de el Moreno sollozó con arte una copla que decía:

Si sé que una maldición

me cae por tu queré,

perderé la salvación;

pero no te olvidaré,

aunque sea mi perdición.

Aquella copla entró en mí como un puñal que se clava suavemente en la obscuridad; me fue produciendo una emoción progresiva, que me embargaba; la voz de el Moreno palpitaba ternura; la guitarra del ciego estaba llorando.

Y la voz vibrante de la María, la mujer de Sandoval cantó:

Marcha el minero cantando

Por la obscura galería,

Y aunque canta va él pensando;

“¡Si veré á la madre mía,

que por mí quedó llorando!”

En la voz de aquella mujer temblaba el sentimiento. El Moreno volvió a cantar, sonó, triste, la guitarra y, la música plañidera, melancólica, de una poesía inefable me abrumaba; eran aquellas cadencias las mismas que yo escuché en El Cairo, cadencias melancólicas, de una voluptuosidad amarga, de una alegría triste, como esos placeres dolorosos que dan la sensación voluptuosamente refinada de un tormento sensual que estremece de placer y dolor á un mismo tiempo. La voz que la guitarra glosaba con sus notas tiernas y pasionales dijo ensoñadora:

Yo no digo que mi lancha

Sea la mejor del puerto;

Lo que sí digo es que tiene

Los mejores movimientos.

Y el vino dorado, desde las botellas á los vasos hacía una musiquilla al chocar en el cristal; el ciego tocaba sin que se cantase, y sentía un escalofrío de emoción; una malagueña llena de sentimiento que el ciego tocó en la guitarra hizo exclamar á todos:

-Esa es de la Trini… el estilo de la Trini.

Y el jefe de Policía me dijo:

-¡La Trini!¿Tiende usted?¡La Trini!

-¡Ah! Pero ¿tenía su estilo? -pregunté.

-¡Digo! ¡Y que no ha habío otro!-me contestaron.

El Moreno añadió:

-Cuando tenía veinte años era mas bonita que un so…

-Moreno: ¿quiere usted cantar la malagueña de antes?

-¿Cuál?

-Aquella de “la maldición”.

-Sí, señó, anda Julián.

Y el ciego volvió á iniciar la malagueña; Moreno, con todos sus sentidos reconcentrados en su garganta, sollozó con una maestría admirable:

Sí sé que una maldición

Me cae por tu queré;

Perderé la salvación;

Pero no te olvidaré,

Aunque sea mi perdición.

La copla era de una valentía enérgica; era una estrofa viril, llena de pasión; era un himno á la esperanza, de una obstinación potente, pletórica de vida. Con los acordes de aquella malagueña y la impresión de aquella copla salí de la Caleta.

¡No era verdad! La leyenda de los borrachos y los matones había acabado; en todo Málaga vi un borracho ni sentí cernerse la sombra de un matón; por todas partes vibraba la música, la alegría; pero la alegría sana, noble, generosa. Fuí á la freiduría de pescado “Los Corales”; allí comí pescado recién frito, fresco, riquísimo; cuando fui á pagar me contestaron:

-El Duende no paga aquí nada y la casa es suya.

Tanta galantería me abrumaba; por todas partes los malagueños me obsequiaron, me halagaron; no sabían qué hacer conmigo. Y la noche, espléndida, con su luna alegre, postizaba el conjunto de la encantadora capital andaluza, Málaga la bella.

-¿Vamos á casa de la Trini? -dije al jefe de Policía.

Atravesamos las siete revueltas; aquellas calles morunas, estrechas y escondidas nos llevaron á una tiendecilla con una puerta de cristal. Abrimos la puerta,

Había un mostrador; junto á la pared, una anaquelería con botellas y vasos alineados. Sentada en una silla baja, entre la anaqueloría y el mostrador, había una mujer, que se levantó con indolencia al vernos entrar. El jefe de Policía me la presentó.

-Esta es la Trini.

Aquella mujer me miró, indiferente.

-¿Qué hacías? -preguntó Sáez a la cantaora.

-Ya me iba á acostar. No viene nadie ¡Estoy aburrida!

¡Eran las cuatro de la madrugada!

Y la Trini calló.

Observé á aquella mujer. Tenía un ojo de cristal; en su cara, que los años y la vida habían estropeado, podía adivinarse una belleza que fué, y en mi recuerdo surgió la frase de el Moreno: “Cuando tenía veinte año era ma bonita que un so”.

Y la Trini, que fue la reina de la Caleta, triunfadora; que hizo correr el vino, el dinero; que sembró Málaga de alegría, y á oír su voz sonora acudió tanta gente; aquella cantaora que tenía estilo, que era célebre en España por ser única en su género; que había hecho correr su popularidad por todas las regiones españolas, estaba allí, ante mí, en aquella tiendecilla, sola, muy sola, olvidada, abandonada, con su belleza histórica, su estilo legendario y su ojo de cristal. ¡Pobre Trini!…¡Cómo recordaría en aquel rincón solitario sus días de triunfo!¡Cómo añoraría en aquella silla baja, entre la anaquelería y el mostrador, cuando los hombres de todas clases lloraban á la mágica evocación de su voz, que  vibraba plañidera cantando unas malagueñas de estilo propio!¡Qué triste remembranza la de sus recuerdos!¡Qué ingrata es la vida!¡Olvida á sus favoritos con el mismo desdén que entusiasmo empleó para adorarlos al convertirlos en ídolos!

Y salí de allí con el espíritu deshecho, apiadado de aquella mujer triste y solitaria:

-Un día, cuando este señor vuelva-dijo á la Trini el jefe de Policía-, vas á cantarnos, á los dos solos, una malagueña de las tuyas.

Y la Trini, con tristeza preconcentuada, exclamó:

-¡Quién sabe!¡Quizás aún les pueda hacer llorar!

Eran aquellas palabras la última explosión de algo que termina; la llamarada última de un fuego que se extingue; la última palpitación violenta de un agónico. ¡Me dio pena y me fui!

Íbamos Sáez y yo por la calle muy silenciosos. En la calle de Larios, un grupo de personas se detuvo á nuestro paso y varios se dijeron:

-¿Habéis visto? Ese es El Duende de la Colegiata.

Sáez me dijo:

-¡Cómo le conocen!¡Es admirable su popularidad!

Y yo sonreí amargamente.

-¿Qué le pasa, Duende? -me preguntó Sáez.

-¡Me estoy acordando de la Trini!

El Duende de la Colegiata.

Ronda, 4 de octubre de 1912

El pequeño mercenario

A Gualberto, el mago del sitar

Recuerdo con cariño el primer chalé de Palomares del Río, que fue construido en Cuatrovientos. Lo edificó una familia de Sevilla y lo celebramos todos los niños del pueblo porque los hijos del matrimonio despilfarraban los juguetes de una manera cruel. La primera pelota que tuve en mi vida fue una que los citados niños ricos tiraron a la basura; era de aquellas de goma que cuando se pinchaban había que tirarlas, según ellos. Cuando mi hermano y yo la vimos en la basura, blanca con octógonos negros, creíamos que era un espejismo, como enviada por Dios, acostumbrados a jugar con botellas de aceite vacías o cabezas de muñecas sin ojos. Aquella noche nos acostamos con la pelota, porque dormíamos en la misma cama. Además de juguetes de segunda mano, esta familia nos encargaba pequeñas chapuzas, como cortar la yerba o limpiar la piscina, a cambio de algunas pesetas. Pero una mañana, el señor don Francisco llamó a nuestra casa con una violencia inaudita. Mi abuelo abrió la puerta y le preguntó el motivo de tantos golpes:

–Hay una rata en casa, ¡ayúdennos, por favor! –dijo el hombre, con la cara blanca como la cal.

Mi abuelo me despertó y me dijo que si me quería ganar unos duros, que fuera a matar una rata al chalé de los vecinos.

–¿Una rata? –pregunté asustado.

Me entró un pánico terrible, como si me hubieran dicho que acabara con un caimán en el río. Sin embargo, como no quería defraudar a mi abuelo, cogí un palo y allá que fui a matar a la rata como el que iba a la guerra de Cuba, como un puto mercenario. Me despedí de Lucecita, la gata que teníamos en casa, como si no pensara volver a verla nunca más. Creía que los del chalé me iban a ayudar a matarla, pero no fue así: me metieron en la casa solo y cerraron la puerta para que el roedor no se saliera. Zamarreé las cortinas muerto de miedo y metí el palo debajo de las camas, pero la rata no daba señales de vida. Miré hacia el techo y allí estaba, subida en la lámpara del salón, de aquellas de cristalitos engarzados, de lágrimas. La rata era tan grande como una liebre y me dijo muy en serio:

–Ni se te ocurra darme con eso palo, que salto sobre ti.

Armándome de valor y pensando en los diez duros que me había prometido el dueño del chalé si la mataba, le pegué tal palo a la bestia que salió despedida y llegaron lágrimas a todas las habitaciones de la lujosa vivienda. La rata quedó mal herida y atrapada detrás del sofá del salón. Cuando fui a rematarla, la criatura me miró de tal manera, con tanto terror en sus ojos, que decidí perdonarle la vida dejándola que se metiera en el cuartillo de los chismes, donde descubrí atónito que tenía crías ocultas entre viruta de periódicos. Al dueño de la casa le dije que la rata se había ido para el campo por la puerta de la cocina, y trabajo terminado. No fui capaz de rematar a la rata y tampoco de decirle a don Francisco que el ratón gigante seguía en la casa. Me dieron los diez duros y aquel día dejamos sin chucherías el kiosco del pueblo. Por la noche, cuando dormíamos, el señor Francisco comenzó a aporrear de nuevo la puerta, en pijama, acompañado de su esposa e hijos, que estaban aterrorizados.

–¿Dónde está ese canalla, ese tramposo, ese farsante que es su nieto? –gritaba el hombre furibundo, con ganas de colgarme.

Mi abuelo, enterado de que la rata aún vivía en casa de los vecinos, se vistió y acabó el trabajo que me encomendó a mí y que no fui capaz de llevar a cabo porque aquella rata me miró de una forma que me llegó al alma. Los animales tienen un sexto sentido para saber quiénes pueden o no hacerle daño. Y aquella maldita rata me llevó al huerto, se aprovechó de un niño que no sabía diferenciar entre los animales malos y los animales buenos.

Ponga un bombero en su vida

BomberoA la labor altruista de los bomberos

Hay pueblos en Sevilla de veinte mil habitantes cuyos vecinos se echan a dormir sabiendo que ningún bombero vela su sueño. Es mejor no saberlo, ¿verdad? Sobre todo ahora que llega el frío. Como mucho, siempre hay uno que hace guardia en su casa, que en caso de incendio es despertado por el municipal de turno. En plena digestión del pollo frito y el salmorejo, el bombero de guardia recibe una llamada y pega el bote de la cama. Lo primero que hace es alertar a los demás bomberos, que, al igual que él, suelen ser voluntarios que no reciben estipendio alguno por el arriesgado trabajo que desempeñan. “¡Que se quema la casa de El Caradaleá!”, grita el municipal al otro lado del teléfono. El bombero pregunta en casa que dónde leches está el uniforme, sale a la calle, coge su propio coche y se dirige a la nave donde dormitan las mangueras. Cuando llegan a la casa del infortunado, el fuego ha triunfado y, en algunos casos, es demasiado tarde. Que esto ocurra en pueblos de entre diez y veinte mil habitantes, en un país que está entre los más modernos y ricos del mundo –o lo estaba hasta hace tres días–, es una vergüenza intolerable. Según publicó nuestro periódico hace algún tiempo, estamos con la mitad de bomberos de los que exige la Unión Europea por cada mil habitantes. Cuando lo del terrible suceso de Écija, el delegado de Urbanismo de un importante pueblo de la provincia de Sevilla me confesaba que estaban con las carnes abiertas porque tenían sólo a un bombero de urgencia que, además, las guardias las hacía soñando con los querubines. O sea, en su catre. Eso de que todos los ciudadanos de este país somos iguales ante el Estado, es un embeleco. ¿Quién tiene más probabilidades de morir chamuscado en su casa por un incendio: un ciudadano de Los Molares o el que vive en la Plaza de Cuba de Sevilla? Lo mismo que tiene más riesgos de morir ahogado, como consecuencia de una tromba de agua, alguien de la barriada Padre Pío, que quien viva en Santa Clara. Llámenme demagogo, si quieren, pero la vida de los ricos sigue estando más protegida que la de los pobres y no precisamente porque contraten seguridad privada. Para que luego digan que el capitalismo no ha triunfado, aunque haya quienes aseguran que está como La Chata. ¡Y un huevo!

El bandido goloso

Fíjense en el pequeño de la izquierda

Fíjense en el pequeño de la izquierda

A Paco Correal

En Navidad iban a Palomares del Río algunos turroneros ambulantes y era un verdadero calvario para mí porque de diez veces que pasaban estos mercaderes de las caries, sólo una les comprábamos algo en casa. La que compraba era mi madre, claro, que era la que manejaba el escaso parné que había. Pero uno de esos días en los que fueron los turroneros se me antojó una pera en dulce y tracé un inteligente plan para robarla del carro, ante la imposibilidad de comprarla. Lo llevé a cabo en solitario porque sabía que si comprometía a alguien nos cogerían a los dos. El turronero solía llegar temprano a Palomares y se tomaba unas copas de aguardiente en el bar de Ricardo, en la plaza de entrada al pueblo. Entre copa y copa, se asomaba a ver el carro; le cogí las vueltas y cuando se metió de nuevo en el bar trinqué la pera en dulce y corrí con ella como un galgo detrás de una liebre. El turronero no pudo verme, pero alguien se lo dijo y, dejando el carro a cargo de Ricardo, salió detrás de mí a gran velocidad. Me escondí debajo de un carretón cargado de hojarasca y observé cómo registraba casa por casa, como si buscara a un terrorista. Como no me encontraba, se acercó a la casa de Manolito Méndez, el municipal del pueblo, que se unió a él y pusieron patas arriba toda la calle del pescadero. “¡Pero si sólo es una pera en dulce!”, decía asustado debajo del carromato, arrepentido por haber robado el manjar prohibido. Como no daban conmigo, el municipal fue al cuartel de la Guardia Civil y avisó al cabo Benito, que tenía una mala leche increíble. La gente preguntaba que si habían visto a El Lute en el pueblo, por la que se formó en un momento. ¡Qué manera de hacer cumplir la justicia! Tanto se obsesionó el turronero con la pérdida de la pera en dulce, que se acercó a un grupo de chuiquillos y puso precio a mi cabeza: “El que lo coja, se comerá la pera en dulce y un buen trozo de turrón duro”, les prometió. No sabía el pobre hombre que la pera en dulce ya estaba en mi estómago, aunque algo deteriorada porque, con los nervios, los jugos gástricos se habían ensañado con ella. En media hora me buscaban el turronero, Manolito el Municipal, diez o doce traidores cazarecompensas, el cabo Benito y toda su tropa de picoletos. Como me veía rodeado, sin escapatoria posible, decidí entregarme y negar el robo. Pero fue en balde, porque aún tenía el azúcar de la pera en dulce pegada en los labios. Me hundí y comencé a llorar desconsoladamente. Naturalmente, como el horrendo delito tenía que servir de ejemplo para los demás niños del pueblo, el castigo fue muy duro, diría yo que desmedido. Manolito el Municipal me amenazó con decírselo a mi madre, que estaba trabajando en un almacén de aceitunas de Coria; el cabo Benito me asustó con su pastor alemán; los cazarecompensas me expulsaron del equipo de fútbol del pueblo; y el pobre turronero, que tenía cara de buena persona, decidió castigarme obligándome a comer calabazas en dulce hasta que me salió el azúcar por las orejas. Al final salí del apuro, pero cogí unas diarreas que casi muero deshidratado. Nunca más volví a robar nada. Y cuando veo a un vendedor de turrón ambulante mis tripas se mercan un zapateado que ni Antonio el Bailarín. Siempre me he preguntado que si de haberme salido bien aquel el robo hubiera acabado siendo El Tempranillo de Palomares. Menos mal que las autoridades del pueblo atraparon a tiempo al peligroso bandido goloso…

Telethusa en Málaga

Las pandas en plena calle, una bonita tradición

Las pandas en plena calle, una bonita tradición

Al compañero Eusebio Rioja

El pasado fin de semana lo pasé en Málaga capital y el domingo por la mañana estuve por los aledaños de la Plaza de Toros de la Malagueta, en esa avenida ancha y larga que une el coso taurino con la Alameda, la avenida Cervantes, donde está el Ayuntamiento de la ciudad en la que vio la luz por primera vez la célebre Trini. Trinidad Navarro Carrillo, que así es como se llamaba la genial cantaora, regentó una tienda en 1912 en una céntrica calle de Málaga, donde la descubrió un conocido escritor y la entrevistó para un artículo titulado El estilo de la Trini, que daremos a conocer algún día. Es muy interesante porque la describe físicamente, dando detalles de sus rasgos y su célebre ojo de vidrio, consecuencia de la violencia de género de aquel tiempo, aunque dicen que fue sólo un desgraciado accidente, una broma de su amante. En esta gran avenida pegada al Puerto y con la Alcazaba arriba jugueteando con los cernícalos, se dan cita las pandas de verdiales para amenizar a los transeúntes. Me emocionó ver y escuchar a estas pandas, sobre todo cómo bailaba una chiquilla de unos 16 años. ¡Qué manera tan hermosa de mover el cuerpo al son de los crótalos de metal y la pandereta! Es una Cuenca de estos días. La Cuenca fue una bailaora malagueña de gran fama, la primera que tuvo el coraje de vestirse de hombre para bailar lo flamenco. Creo que esa costumbre, la de ver las pandas en las calles de Málaga, debería de conservarse siempre, porque el verdial es una joya cultural malagueña, lo más primitivo y bello del folklore de esos pueblecitos de los montes donde lo conservan con mimo. Como la mañana estaba con un sol espléndido y el clima era atrayente, esos cánticos averdialados y esos bailes aparentemente fáciles, pero que hay que hacerlos, se nos abrió el apetito y acabamos almorzando en Sal Gorda, el restaurante que tiene el señor padre del torero malagueño Javier Conde en una avenida que desemboca en el Puerto, la de Cánovas del Castillo. En esta avenida está el hotel Maestranza, cuyo nombre parece una especie de broma, porque está al lado de la plaza de toros de Málaga. El local de Sal Gorda está decorado con dibujos de artistas flamencos y ponen una mariscada para dos que no se la saltaría un galgo de Arahal. No es barata, pero merece la pena pelar un carabinero y desnudar con ternura a una cigala mientras te miran la Niña de los Peines y Estrella Morente, la nuera del señor Conde padre. Tras la copiosa mariscada, el regreso a Mairena del Alcor con la música de los verdiales metida en la cabeza y el recuerdo de aquella Telethusa malagueña con una sonrisa y un arte para encargarle un soneto al célebre poeta malagueño Salvador Rueda, si viviera. ¡Viva Málaga! Lo dice un sevillano.

24 horas en Almería

El guitarrista "Niño de las Cuevas"

El guitarrista "Niño de las Cuevas"

A Antonio y Lola

Cada vez que voy a Almería, que no suele ser con la frecuencia que me gustaría, acabo regresando a Sevilla con el pájaro de la tristeza posado en la cara y muchas ganas de volver a ver su increíble luz azulada. Me encanta esta tierra, su gente, la luz del Cabo de Gata, la calma de la Isleta del Moro, el Kiosco de Amalia y sus americanos, que resucitan a los muertos… Y la Peña Flamenca El Morato. Todos los años voy una vez, al menos, al local de esta entrañable peña para presentar algún libro o dar una conferencia. Creo que fue Antonio Segura, el padre de la cantaora local Rocío Segura, quien me llevó la primera vez a este lugar y fue entonces cuando conocí a Lola De Quero, la presidenta de la peña, y a su marido, el buen guitarrista Antonio García Niño de las Cuevas. Bueno, Antonio es algo más que un buen guitarrista: es también un aceptable cantaor y, sobre todo, un gran conocedor del flamenco. Y Lola es, a ver cómo os lo digo, una almeriense de la Alpujarra que si no hubiera nacido, la luz de Almería no sería lo que es. No se puede ser más de Almería, de lo que lo es Lola. Ha hecho de la Peña El Morato un lugar habitable, serio, donde el flamenco es tratado siempre con una categoría extraordinaria. Nadie es imprescindible, pero si esta mujer dejara de ocuparse de la dirección de El Morato, se notaría muchísimo. Le pido que, aunque a veces se canse y diga que no puede con tantas cosas –es una mujer trabajadora, una esposa ejemplar y una madraza de dos hijos maravillosos y futuros artistas–, siga al frente de esta peña, porque el día que se canse, señores, se acabó lo que se daba. Lola es el alma de esta peña, la mujer que ha conseguido hacer bello su local y formar a sus socios en la amistad. De esta peña es el maestro Constantino Díaz Beneto, que no falla nunca; y entre sus socios está también Paco Gómez, que es capaz de llevarse tres meses hablando de flamenco y de toros, sin respirar, como Tomás Pavón ligaba los tercios. Y un australiano al que le gusta el cante tanto como el tomate raf.

Lola, presidenta de la Peña El Morato

Lola, presidenta de la Peña El Morato

Tiene El Morato socios ilustres y gente del pueblo llano y sencillo, la combinación perfecta para dar respuesta a una sociedad abierta y hospitalaria, como es la de Almería. Recomiendo a los gazaperos del mundo que, si un día van a Almería para algo, dediquen aunque sea un sólo día a conocer la Isleta y a su Rey, el gran Antonio; que vivan un recital de cante en El Morato; que acaben la noche bebiéndose un par de americanos en el Kiosco de Amalia, en la Plaza de Puchena; y que al día siguiente, antes de despedirse de esa luz maravillosa, coman algunas tapas en el bar Los Sobrinos, en el castizo Barrio de Pescadería, si quieren averiguar a lo que sabe el Mediterráneo a su paso por Almería. Si me hacen caso, es posible que un día puedan decir con orgullo: “Yo sé muy bien lo que es Almería: una especie de perla que se ha salido del mar”.

El niño más feliz de la Navidad

dibujo-navidad.1A la memoria de mi tía Ramona

La Navidad significaba para mí, cuando era un niño, unos pantalones nuevos y un extraordinario atracón de dulces: mantecados, cortadillos de sidra, garrapiñadas y mojones de perro, entre otros, eran los más consumidos. ¡Ah! No me quiero olvidar del pollo de engorde y, sobre todo, de aquellas candelas en la hijuela que por las noches nos proporcionaban unas copas de cisco y carbón que duraban hasta por la mañana y que calentaban la casa hasta poner los bastos ladrillos del suelo al rojo vivo. Se decía ya entonces que era la época en la que había nacido el Niño de Dios, pero como no lo conocíamos de nada… En el pueblo nunca estuvo, desde luego; sólo conocíamos a sus padres, de verlos en la iglesia. Dos veces al año los sacaban en procesión por las calles y esos días también había dulces extras. ¡Éramos tan creyentes…! La Navidad entonces comenzaba en noviembre, con los clásicos árboles adornados y el ir y venir de los turroneros ambulantes y sus dulces pregones. A principios de diciembre íbamos a la casa de Carmen Pichardo a canjear los sellos por dulces navideños. Los sellos los daban en las tiendas, sobre todo en El Molino, cada vez que comprabas algo. Y cuando llegaba el día de ir a la casa de esta señorita, que luego sería la primera mujer alcaldesa de la democracia española, era una especie de ceremonia. Mi madre cogía un cajón de madera o caja de cartón y la acompañábamos para ayudarla a escoger los manjares y a llevar a casa la deliciosa carga. Cuando llegábamos a casa nos daba siempre algunos dulces, guardando el resto bajo llave en el viejo ropero del dormitorio. Era duro saber, como sabíamos, que dentro del ropero estaban los dulces y que no podías cogerlos hasta Nochebuena. Como éramos niños, un día mi hermana y yo retiramos el ropero y despegamos el panel del fondo, lo justo para que nos cupiera una mano. Todos los días cogíamos un dulce para los dos, y así hasta Nochebuena. Cuando en tan señalada noche mi madre abrió el ropero y comprobó que la caja había sido manipulada y que faltaban dulces, se quitó una alpargata y mi hermana y yo tuvimos que saltar por la ventana del dormitorio que daba al corral. Lo hizo sólo para averiguar quién había sido. Y lo averiguó pronto porque mi hermano se quedó en su silla con la boca abierta, de la sorpresa. No llegó la sangre al río, claro está. Tampoco el día en que, como sabía que iban a cortarle el cuello al pollo de engorde, al que habíamos criado con mimo, lo escondí en la casa de una vecina viuda que vivía sola, Rocío la del Loro, para salvarle la vida. Pero no pudo ser. Sentenciado a muerte dos días antes de Nochebuena, Locomotoro, que así es como le llamábamos al pobre pollo, dejó de existir para que todos en casa festejásemos la Navidad con una buena olla de gallo en salsa. Así eran aquellas navidades en Palomares del Río, donde teníamos un coro de campanilleros con el que recorríamos las calles del pueblo todas las noches en busca del aguinaldo, o sea, del regalo económico o el plato de dulces. La mayoría de los instrumentos eran construidos por nosotros mismos. No eran muchos: el cántaro y su correspondiente alpargata para darle en la boca, el almirez de bronce, el triángulo, la pandereta y una especie de maracas que hacíamos con una tabla y platillos de las botellas de cervezas aplastados y sujetos con puntillas en la tabla. Recuerdo que cantábamos los clásicos villancicos y campanilleros, aquellos de Camina la Virgen pura y Madre, en la puerta hay un niño. Por todo esto, cuando se acerca la Navidad no paro de recordar aquellos años de mi infancia, cuando un sencillo polvorón podía hacerme el niño más feliz de la Navidad. Hoy también me hace feliz un polvorón, aunque menos que entonces.

La madre que parió a Silverio

En su libro Silverio Franconetti. Noticias Inéditas (Ediciones Giralda, 2000), Daniel Pineda Novo  comete un error en la fecha que da del nacimiento de la madre del gran cantaor sevillano, la alcalareña doña María de la Concepción Aguilar. Al encontrar la fecha del fallecimiento, ocurrido en Sevilla el 26 de septiembre de 1859, el prestigioso investigador de Coria del Río descubrió en el registro del cementerio hispalense que tenía 69 años de edad y dedujo, como era lógico, que había nacido en el año 1790. Sin embargo, esta fecha es incorrecta. En la partida de bautismo que localizamos hace unos días, que aún no había sido hallada, consta claramente que esta mujer vino al mundo en Alcalá de Guadaíra (Sevilla) el día 4 de agosto de 1792. Fue bautizada dos días más tarde en la bella Iglesia de San Sebastián, auténtica joya mudéjar cuyo archivo histórico fue destruido en la Guerra Civil de 1936. Luego el libro 18 donde fue registrado su bautizo, en concreto en el folio 188, se perdió para los restos. Tampoco se podrá averiguar dónde vivieron los abuelos de Silverio, en qué calle de Alcalá, porque no existen los censos de aquellos años.
Los padrinos de la boda fueron sus tíos paternos Juan y Josefa Aguilar, de Sevilla, como los abuelos maternos de Silverio. Luego eso que escribió Antonio Machado y Álvarez, el célebre Demófilo, de que la madre del cantaor de la Alfalfa era “perteneciente a una de las familias más conocidas de dicha villa”, es ciertamente discutible, porque los abuelos maternos de Silverio, don Blas y doña Rosa, se habían afincado en Alcalá de los Panaderos por motivos profesionales del abuelo, que era administrador de Correos. No eran nativos alcalareños ni descendían de hijos de esta hermosa localidad sevillana. Los dos eran sevillanos y se habían bautizado él en Omnium Sanctorum y ella en Santa Catalina. O sea, dos sevillanos de la mejor cepa.
En cuanto a la boda de María de la Concepción Aguilar Díaz con el soldado romano Nicolás Franconetti Chesi, aclararmos que no fue el 22 de diciembre de 1809, como se ha dicho, sino dos días antes, según consta en el expediente matrimonial que hemos localizado, después de doscientos años del citado enlace de los padres de Silverio en la venujsta tierra de Joaquín el de la Paula.
En el expediente del enlace matrimonial de los padres de Silverio aparece mucha información sobre la madre, pero apenas nada sobre el padre, lo que no deja de sorprendernos. No se adjunta, por ejemplo, su certificado de bautismo, que sin duda nos aclararía muchas cosas sobre su origen italiano. Sólo consta que fue soldado de la Séptima Compañía del Cuerpo de Inválidos de Sevilla, acampada en el barrio sevillano de San Roque cuando tuvo lugar la boda. Su condición castrense le sirvió para no tener que aportar más documentación personal que la justa.
Con estos importantes datos y otros que aportaremos más adelante, la biografía del histórico cantaor sevillano va camino de cerrarse con total garantía de veracidad. Entendemos que a algunos no les parezca importante esta figura histórica del flamenco, pero aquí pensamos que sí lo es y estamos investigando todo lo relacionado con su vida, sin duda apasionante y fundamental en los principios del arte flamenco como género de espectáculo.
María de laConcepción Aguilar Díaz tuvo que ser una alcalareña luchadora, pues crió a nueve hijos en una etapa ciertamente difícil de la historia de España. Su hijo Silverio, aventurero y hombre de iniciativas, emigró a América y estando allí se produjo el fallecimiento de esta mujer. Silverio no pudo estar en el entierro de su madre, y seguramente creó estas seguiriyas gitanas que Demófilo le atribuye en su obra Colección de cantes flamencos (1881), con el enorme dolor de no haber podido besar a su bata antes de que la enterraran:
Doblen las campanas,
doblen con doló.
Se me ha muerto
la mare de mi arma,
de mi corazón.
Cuando partió para América el joven cantaor y aspirante a picador de toros, aún soltero, en 1857, le hizo un laíto en su corazón a su madre, como lo demuestra esta otra letra de su extenso y rico repertorio seguiriyero:
Maresita mía.
En un laíto de mi corazón
te traigo metía.
José Ortega, uno de los nietos del gran Enrique Ortega El Gordo, aseguró en una entrevista de 1922 que Silverio era el seguiriyero más grande de su tiempo, según le dijo su abuelo, El Gordo. Lo afirmaba un cantaor gitano, lo que significa el prestigio y la importancia que como cantaor tuvo el gachó de la sevillana calle Odreros, o sea, de la Alfalfa. Aunque lo acusaron de protituir el cante gitano, lo que en realidad hizo Silverio Franconetti fue poner en valor el género musical andaluz.
Iglesia de San Sebastián de Alcalá de Guadaira

Iglesia de San Sebastián de Alcalá de Guadaira

A la memoria de Manuel Centeno Fernández

En su libro Silverio Franconetti. Noticias Inéditas (Ediciones Giralda, 2000), Daniel Pineda Novo comete un error en la fecha que da del nacimiento de la madre del gran cantaor sevillano, la alcalareña doña María de la Concepción Aguilar. Al encontrar la fecha del fallecimiento, ocurrido en Sevilla el 26 de septiembre de 1859, el prestigioso investigador de Coria del Río descubrió en el registro del cementerio hispalense que tenía 69 años de edad y dedujo, como era lógico, que había nacido en el año 1790. Sin embargo, esta fecha es incorrecta. En la partida de bautismo que localizamos hace unos días, que aún no había sido hallada, consta claramente que esta mujer vino al mundo en Alcalá de Guadaíra (Sevilla) el día 4 de agosto de 1792. Fue bautizada dos días más tarde en la bella Iglesia de San Sebastián, auténtica joya mudéjar cuyo archivo histórico fue destruido en la Guerra Civil de 1936. Luego el libro 18 donde fue registrado su bautizo, en concreto en el folio 188, se perdió para los restos. Tampoco se podrá averiguar dónde vivieron los abuelos de Silverio, en qué calle de Alcalá, porque no existen los censos de habitantes de aquellos lejanos años.

Los padrinos de la boda de los padres de Silverio  fueron los  tíos paternos de ella, Juan y Josefa Aguilar, de Sevilla, como los abuelos maternos de Silverio. Luego eso que escribió Antonio Machado y Álvarez, el célebre Demófilo, de que la madre del cantaor de la Alfalfa era “perteneciente a una de las familias más conocidas de dicha villa”, es ciertamente discutible, porque los abuelos maternos de Silverio, don Blas y doña Rosa, se habían afincado en Alcalá de los Panaderos por motivos profesionales del abuelo, que era administrador de Correos. No eran nativos alcalareños ni descendían de hijos de esta hermosa localidad sevillana. Los dos eran sevillanos y se habían bautizado él en Omnium Sanctorum y ella en Santa Catalina. O sea, dos sevillanos de la mejor cepa.

En cuanto a la fecha de la boda de María de la Concepción Aguilar Díaz con el soldado romano Nicolás Franconetti Chesi, aclararmos que no fue el 22 de diciembre de 1809, como se ha dicho, sino dos días antes, según consta en el expediente matrimonial que hemos localizado, después de doscientos años del citado enlace de los padres de Silverio en la venusta tierra de Joaquín el de la Paula.

En el expediente del enlace matrimonial de los padres de Silverio aparece mucha información sobre la madre, pero apenas nada sobre el padre, lo que no deja de sorprendernos. No se adjunta, por ejemplo, su certificado de bautismo, que sin duda nos aclararía muchas cosas sobre su origen italiano. Sólo consta que fue soldado de la Séptima Compañía del Cuerpo de Inválidos de Sevilla, acampada en el barrio sevillano de San Roque cuando tuvo lugar la boda. Su condición castrense le sirvió para no tener que aportar más documentación personal que la justa.

Con estos importantes datos y otros que aportaremos más adelante, la biografía del histórico cantaor sevillano va camino de cerrarse con total garantía de veracidad. Entendemos que a algunos no les parezca importante esta figura histórica del flamenco, pero aquí pensamos que sí lo es y estamos investigando todo lo relacionado con su vida, sin duda apasionante y fundamental en los principios del arte flamenco como género de espectáculo.

Silverio Franconetti tocando la guitarra.

Silverio Franconetti tocando la guitarra.

María de la Concepción Aguilar Díaz tuvo que ser una alcalareña luchadora, pues crió a nueve hijos en una etapa ciertamente difícil de la historia de España. Su hijo Silverio, aventurero y hombre de iniciativas, emigró a América y estando allí se produjo el fallecimiento de esta mujer. Silverio no pudo estar en el entierro de su madre, y seguramente creó estas seguiriyas gitanas que Demófilo le atribuye en su obra Colección de cantes flamencos (1881), con el enorme dolor de no haber podido besar a su bata antes de que la enterraran:

Doblen las campanas,

doblen con doló.

Se me ha muerto

la mare de mi arma,

de mi corazón.

Cuando partió para América el joven cantaor y aspirante a picador de toros, aún soltero, en 1857, le hizo un laíto en su corazón a su madre, como lo demuestra esta otra letra de su extenso y rico repertorio seguiriyero:

Maresita mía.

En un laíto de mi corazón

te traigo metía.

José Ortega, uno de los nietos del gran Enrique Ortega El Gordo, aseguró en una entrevista de 1922 que Silverio era el seguiriyero más grande de su tiempo, según le dijo su abuelo, El Gordo. Lo afirmaba un cantaor gitano, lo que demuestra el prestigio y la importancia que como cantaor tuvo el gachó de la sevillana calle Odreros, o sea, de la Alfalfa. Aunque lo acusaron de protituir el cante gitano, lo que en realidad hizo Silverio Franconetti fue poner en valor el género musical andaluz, dignificarlo y darle categoría.

Trascripción literal del certificado de bautismo:

Certificado de bautismo de Concepción Aguilar

Certificado de bautismo de Concepción Aguilar

El Bº D. Francisco de Zafra Cura y Beneficiado de la Iglesia Parroquial del Sr. San Sevastian de esta Villa de Alcalá de Guadaira. Certifico que en el libro 18 de Bautismo de dicha Iglesia en el folio 188 esta una Partida del tenor siguiente:

En la Villa de Alcalá de Guadaíra, en el día seis de el mes de Agosto de mil setecientos noventa y dos años. Yo D. Joaquín Suarez Pro. de la ciudad de Sevilla de Licª Parrochi de la Iglesia Parroquial del Sr. San Sevastian de esta Villa baptize solemnemente en ella á Maria de la Concepción Josefa Ludgarda Juana Dominga que nació el día quatro de dicho mes, hija legitima de D. Blas de Aguilar y de Dª. Rosa Dias Villarreal su muger, fueron Padrinos D. Juan de Aguilar y Dª Josefa de Aguilar su hermana, vecinos de la ciudad de Sevilla, a los que advertí la Cogªº Espiritual y demás obligaciones y lo firme=D. Joaquín Suarez=D. Francisco de Zafra=Concuerda esta Partida con su original a que me refiero y para que conste doi la presente firmada en dicha Villa de Alcalá de Guadaira, el día nueve del mes de Maio de mil ochocientos y quatro años=

Rúbrica_ D. Francisco de Zafra

Nietzsche y el afilador callejero

A mis amigos de la infancia

Cada día que pasa tengo más dudas de que los niños de hoy estén recibiendo mejor formación cultural que los de mi generación, la de la leche en polvo y la televisión en blanco y negro. Me crié en un pueblecito de unos mil habitantes, Palomares del Río, sin polideportivo, cine o casa de la Cultura donde cultivarme física y mentalmente. Lo único que había era un futbolín en el bar de Ricardo. ¡Uff! Los que no teníamos televisión en casa, que éramos muchos, solíamos acudir también a este bar para ver Bonanza. Ricardo ponía unos tableros encima de unas cajas de cerveza y cobraba una peseta por dejarnos ver esta entrañable e inolvidable serie. Los que queríamos ser futbolistas y no teníamos pelota, le colocábamos un tapón de corcho a una botella de plástico, de las de aceite, poníamos dos piedras en la carretera y emulábamos al bético Rogelio o al sevillista Lora, según los colores de cada uno. No había ni campo de fútbol. Se hizo uno en el Raso del Nono, con tanta pendiente lateral que para tirar una falta había que acuñar el balón con un terrón, con el riesgo de que el peñasco acabara en la cabeza de alguno. Sin embargo, los niños de entonces sabíamos de muchas cosas porque solíamos escuchar a nuestros padres y abuelos, que nos contaban historias del pueblo o del resto del mundo, que ellos habían escuchado también a sus predecesores. Siendo sólo un niño sabía distinguir veinte clases de pájaros, diferenciar entre la aceituna morcaleña y la manzanilla, lo que era una tagarnina y una lechugueta o cómo se hacían el gazpacho y las sopas de tomate; con sólo meterle el dedo en el culo a una gallina sabía cuándo iba a poner el huevo, si por la mañana o por la tarde; conocía decenas de villancicos y tonadillas populares, sabía quién fue El Tempranillo y cómo se hacía un soplillo de palma para avivar la copa de cisco o el anafe. Sin embargo, al dejar el colegio para poder ayudar económicamente en mi casa no me dieron el certificado de Estudios Primarios porque no sabía quién era Aristóteles o lo que significaba un diptongo. He sido toda la vida analfabeto, pero no inculto. La sencillez y la naturalidad son el supremo y el último fin de la Cultura. Lo escribió Nietzsche, pero yo lo sé desde niño porque me lo dijo un afilador callejero.