La Gazapera | El blog de Manuel Bohórquez

Archive for Octubre 31st, 2009

Oct/09

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La casita de Palomares

A mi tío Antonio, de todo corazón

Echo de menos mi casa de Palomares del Río, en el barrio de Cuatrovientos. Será que voy cumpliendo años y que pienso demasiado en la infancia. Camilo José Cela dijo una vez que el que vive de recuerdos arrastra una muerte interminable. Depende de los recuerdos, ¿verdad? Era una casa humilde con el techo de canales y un corral donde había un lebrillo y un hondo pozo que daba un agua cristalina y dulce; con dos o tres olivos que, aunque eran del vecino, solían desprenderse de él algunas aceitunas gordales y, como poníamos la tinaja debajo, con el aliño preparado y todo, comíamos aceitunas todo el año; con gallinas y alguna cabra que otra, que nos abastecían de huevos y de leche; y con un cidral que daba unas cidras como balones, de las que mi madre sacaba la rica meloja con la que rellenaba las empanadillas en Navidad.

En una de las dos habitaciones dormían mi madre y mi hermana en una cama, y mi hermano y yo en otra. Eran aquellas camas destartaladas de hierro y tablas con colchones de foñico y unas chinches que comían ratones, de grandes que eran. En verano, esas camas eran un calvario, pero en invierno te hundías en la colchoneta y dormías como un lirón. Cuando llovía y los goterones de agua se estrellaban contra débil tejado, era una maravilla, una música que fue la banda sonora de muchos inviernos. Sin embargo, cuando granizaba, el techo parecía venirse abajo y acabábamos todos en la misma cama, del miedo que teníamos.

En la otra habitación dormía mi abuelo, lo que nos daba una gran tranquilidad. Cuatrovientos era un barrio de Palomares un tanto aislado, sin farolas y rodeado de olivos, que en las noches de luna creaban unas sombras espantosas. El hecho de que mi abuelo durmiera pegado a la puerta de la casa, era algo que nos daba seguridad y que nos ayudaba a dormir plácidamente. Teníamos una gata, Lucecita, que dormía siempre a los pies de las camas, porque mi madre nunca quiso que la metiéramos debajo del tapijo. Decía que podían salirnos quistes o manchas en la cara. No obstante la negativa, cuando todos dormíamos Lucecita buscaba cobijo debajo de las mantas y acababa enroscándose. Cuando los primeros rayos del sol entraban por las grietas del tejado, Lucecita abandonaba el tapijo, se desperezaba y salía al corral por una gatera para hacer sus necesidades, porque era una gatita muy limpia.

Todo esto puede parecer una bobada, algo sin emoción, los recuerdos de un niño imaginativo. Pero con sólo escribir sobre aquella etapa de mi vida, en la que no todo era de color de rosa, siento un gran placer y la imperiosa necesidad de cerrar los ojos y verme en aquella casa, en la que nos alumbrábamos con un perico y nos calentábamos con una copa de cisco. Éramos pobres, pero no lo sabíamos; es lo que conocíamos, porque aún no teníamos televisor. En Palomares había algunos ricos pero eran muy desgraciados, y nosotros éramos felices porque no aprendimos a desear lo que no conocíamos. No hay mayor riqueza que conformarse con lo que se conoce, aunque sea poco. Cuando mi abuelo Manuel traía del campo un conejo y mi madre lo guisaba con arroz, ese día salía el sol con más fuerza y aparecía la luna más radiante que nunca. Y cuando mi madre llegaba del almacén de aceitunas de Coria, y al registrar su canasto encontrábamos algunos caramelos, la llenábamos de besos.

Cuando compramos el televisor -un Ínter de doble pantalla-, comenzamos a desear cosas, en ocasiones inalcanzables. Mi madre se enamoró de El Santo, el protagonista de aquella famosa serie de Roger Moore. Se lo pidió a los Reyes Magos, pero nunca se lo trajeron. Le mandaron a un viudo de Castilblanco de los Arroyos, pero mi madre quería a Roger Moore. Mi hermano, que soñaba con ser futbolista, anhelaba conocer a Amancio y también le escribió a los Reyes, pero jamás vimos aparecer por el pueblo al fino interior del Real Madrid. En cambio, mi hermana les pidió un disco de Perlita de Huelva y se lo trajeron. ¡Uff! Se aprendió sus fandangos de Huelva y nunca más se durmió la siesta en casa. Yo no voy a decir lo que les pedí porque me da mucha vergüenza. Bueno, si me lo piden con tanta insistencia, les diré que les pedí un papel en la serie El túnel del tiempo, para meterme en él y conocer a mi padre, que se murió cuando yo tenía treinta meses. Era lo único que deseaba, porque sólo conocía de él sus fotografías, que mi madre guardaba celosamente en una enmohecida lata de carne de membrillo.

Hoy hemos enterrado en Arahal al único hermano vivo que quedaba de mi padre, Antonio Bohórquez Ponce. Tenía 90 años y lo quería con locura. Soltero, dedicó su vida a vivir bien y a escuchar a Manuel Vallejo. Mi primera copa de manzanilla de Sanlúcar me la pagó él en La Mazaroca, de Arahal. Puede decirse que ese día me hizo un hombre. Por eso, cuando he llegado a casa cansado y emocionado aún por haberlo enterrado, se me ha venido encima el techo. He sentido la necesidad de escribir sobre mi infancia y mi tío, que cuando iba a Palomares a vernos, dos veces al año, llevaba siempre un canasto de morcillas, chorizos y dulces, y el monedero lleno de duros para que, ese día, compráramos chucherías. No estáis obligados a leer el artículo. Pero yo necesitaba decir hoy estas cosas.

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