A Tomás Pavón, donde quiera que esté

Daría todo lo que tengo y lo que soy por saber cantar lo jondo. No tengo gran cosa y soy apenas nada, un humilde crítico de flamenco al que le da un poco de lache decir que es periodista. Pero lo daría todo por cantar por soleá como Tomás Pavón o Juan Talega. En realidad sí sé cantar, pero tengo menos duende que una merluza de Mercadona. No menos que algunos profesionales del cante de nuestros días, pero a mí me da vergüenza cantar al público sabiendo que no tengo el duende enredado en la garganta. Allá cada uno con su vanidad y nula autocrítica. Manuel Centeno, el gran cantaor sevillano, cansado de que le dijeran los críticos que no tenía duende, se hizo una tarjeta de visita en la que se podía leer: Cantaor fino pero sin duende. ¡Menudo cachondo era don Manuel! El pobre murió en tierras de Cartagena mientras iba de gira, anciano ya. Marchena llamó a su viuda y le dijo que le daba a elegir entre mandar el cadáver a Sevilla o el dinero, y al sevillano universal que hizo una obra de arte de la saeta lo sepultaron en aquellas tierras y allí descansan sus restos todavía.

En una ocasión me presenté a un concurso de serranas que se celebraba en la provincia de Córdoba y no me dieron ni la dieta para volver a Sevilla. ¡Cómo cantaría de mal! Regresando a pie, con hambre y frío, el guitarrista se paró delante del escaparate de una carnicería y al ver el despliegue de chorizos y morcillas, dijo con gran pena: “Manolito, sin que te vayas a enfadá: esas sí con son serranas y no las que tú has cantao”. En ese momento entendí que lo tenía crudo. Pero volví a intentarlo y me apunté al concurso de la peña flamenca del Cerro del Águila. Mis rivales eran Manuel Márquez El Zapatero, Rufo de Santiponce y El Brujo. Casi nada. Mi guitarrista, Manolito Berraquero, que sí se hizo profesional. Cuando me tocó el turno decidí cantar soleares del Zurraque trianero y cerré los ojos para registrarme por dentro, porque El Zapatero me decía desde el camerino: “Regístrate, regístrate, chiquillo”. Cuando abrí los ojos descubrí incrédulo que sólo había un señor escuchándome. “Menos mal que usté es aficionao”, le dije ingenuamente. “¿Aficionao, dice? Soy el dueño del locá y estoy esperando que acabe para cerrá”. Ese mismo día decidí ser crítico de flamenco y hacerle la vida imposible a los cantaores, digamos que en venganza por la terrible frustración de no ser un buen cantaó.