A Jesús y Merce, de Piedrahíta
Cuando en uno de los debates televisados de Zapatero con Rajoi el candidato socialista dijo que en esta legislatura íbamos al pleno empleo y estamos en una crisis económica que no se la salta un galgo, la verdad es que nunca pensé que me iba a quedar este año sin chuletón de Ávila. Le puedo perdonar a Zapatero cualquier cosa: la inyección de dinero a los banqueros, con lo que mangan; sus improvisaciones por bulerías fuera de compás y el hecho de que se haya nombrado a sí mismo ministro de Deportes, en vez de ministro de Trabajo, je, je. Está claro que no soy muy zapaterista, pero después de que me haya dejado este año sin la chuleta de Ávila, confieso que veo al de los bumeranes encima de los ojos y me dan ganas de irme de España y pedir asilo político en Triana. ¿Cómo le haría entender a Zapatero lo que significa para mí la Semana Flamenca de Ávila? Lo de menos es el flamenco; lo que de verdad me lleva a la mágica ciudad amurallada es su inmensa paz, su ternera roja y el vino tinto. Tanto se me abre el apetito en la tierra de Santa Teresa, que mientras me preparan el cochinillo asado en El Rastro suelo pedir una chuleta de vaca como entremés. Mi récord está en tres chuletones en un solo día, y ese funesto día estuve a punto de estirar la pata. Al mediodía me zampé el primero en el mesón que tienen los padres del Chava Jiménez, el gran ciclista de Banesto, en la localidad de El Barraco; en la cena devoré el segundo, algo más pequeño, pero la pieza, como me dijo Chano Lobato, era de grande como un disco de Sabicas. Como si hubiera cenado un huevo pasado por agua, subí a la habitación y me eché a dormir. Al rato me veo bajando a la cocina del hotel Cuatro Postes a pedir el tercero, que engullí de una manera salvaje. Y ese fue el que me sentó como un tiro. Entré en el cuarto de baño para soltar lastre y observé estupefacto cómo salía menudo de Capote del desagüe de la bañera y espeso chocolate del grifo del lavabo. Estaba en medio de una horrible pesadilla gastronómica cuando zamarrearon mi cuerpo en la cama; era una camarera ofreciéndome el desayuno que alguien había pedido para darme la puntilla: dos huevos fritos con papas revolconas y chicharrones. A pesar de todo, odio a la crisis por ser la culpable de que me haya quedado sin ir a la Semana Flamenca de Ávila.
