A José María Gómez, el maestro
Alguno de ustedes recordará cuando se puso de moda conducir una llanta de bicicleta con una guía de alambre o una vara de olivo. Te pegabas un lote de correr increíble. En ocasiones ibas de un pueblo a otro sin darte cuenta. Cuando alguien te pedía la llanta y la guía para vacilar un rato delante de las niñas, decías: “¡Y yo me voy andando!”. Lo decías en serio, claro, porque cuando conducías la llanta no eras consciente de lo que corrías, y ni siquiera te cansabas. Te mandaba tu madre a la tienda y sólo ibas si te dejaba sacar la llanta a la calle. “Es que estoy cansao, omá”, decías para convencerla. Por eso en Palomares no había niños gorditos, salvo algún hijo de guardia civil o los de las haciendas, que tenían unos culos enormes. Por eso y porque para comerse un pastel había que ponerle dos velas a la Virgen de la Estrella. Entonces se llevaba el cuchareo, el pan con aceite y azúcar y la onza de chocolate metida en un cacho de pan. Nada de bollería industrial. Tampoco podías decir “esto no me gusta”, porque no había tío páseme usted el río. Aborrecí el sopeao y un día me negué en rotundo a comérmelo, con todas las consecuencias. “Ahí lo tienes para la noche”, dijo mi abuelo. Tampoco lo quise para la cena, y mi abuelo, que tenía la cabeza tan dura como una piedra de molino, seguía en sus trece: “Eso es lo que vas a desayuná mañana, que lo sepas”. ¿Se imaginan a un niño desayunando sopeao caliente? Caliente, claro, porque frío no había quien se lo comiera y le dije que me lo calentara, con la esperanza de que se compadeciera de mí y me hiciera una tostá. Me tuve que zampar el sopeao con las fatiguitas de la muerte. Aunque parezca un contrasentido, los niños de entonces comíamos mejor que los de ahora, de ahí que la obesidad infantil sea uno de los problemas más graves del siglo XXI. He escuchado hablar de toda clase de remedios, pero nadie ha dicho que hay que volver a los tiempos de la llanta de bicicleta, el cuchareo, el pan con aceite y azúcar y la onza de chocolate para merendar. Y si alguna vez hay que obligarles a comerse el sopeao caliente, se les obliga. Hoy me alegro de cómo me alimentaron porque soy capaz de comerme la raíz de un olivo, si hiciera falta comérsela. Más que una persona traumatizada por lo que hoy se consideraría malos tratos, soy un hombre agradecido y feliz por mi crianza.
