Archivo del 23 de Octubre de 2009

La llanta de bicicleta

A José María Gómez, el maestro

Alguno de ustedes recordará cuando se puso de moda conducir una llanta de bicicleta con una guía de alambre o una vara de olivo. Te pegabas un lote de correr increíble. En ocasiones ibas de un pueblo a otro sin darte cuenta. Cuando alguien te pedía la llanta y la guía para vacilar un rato delante de las niñas, decías: “¡Y yo me voy andando!”. Lo decías en serio, claro, porque cuando conducías la llanta no eras consciente de lo que corrías, y ni siquiera te cansabas. Te mandaba tu madre a la tienda y sólo ibas si te dejaba sacar la llanta a la calle. “Es que estoy cansao, omá”, decías para convencerla. Por eso en Palomares no había niños gorditos, salvo algún hijo de guardia civil o los de las haciendas, que tenían unos culos enormes. Por eso y porque para comerse un pastel había que ponerle dos velas a la Virgen de la Estrella. Entonces se llevaba el cuchareo, el pan con aceite y azúcar y la onza de chocolate metida en un cacho de pan. Nada de bollería industrial. Tampoco podías decir “esto no me gusta”, porque no había tío páseme usted el río. Aborrecí el sopeao y un día me negué en rotundo a comérmelo, con todas las consecuencias. “Ahí lo tienes para la noche”, dijo mi abuelo. Tampoco lo quise para la cena, y mi abuelo, que tenía la cabeza tan dura como una piedra de molino, seguía en sus trece: “Eso es lo que vas a desayuná mañana, que lo sepas”. ¿Se imaginan a un niño desayunando sopeao caliente? Caliente, claro, porque frío no había quien se lo comiera y le dije que me lo calentara, con la esperanza de que se compadeciera de mí y me hiciera una tostá. Me tuve que zampar el sopeao con las fatiguitas de la muerte. Aunque parezca un contrasentido, los niños de entonces comíamos mejor que los de ahora, de ahí que la obesidad infantil sea uno de los problemas más graves del siglo XXI. He escuchado hablar de toda clase de remedios, pero nadie ha dicho que hay que volver a los tiempos de la llanta de bicicleta, el cuchareo, el pan con aceite y azúcar y la onza de chocolate para merendar. Y si alguna vez hay que obligarles a comerse el sopeao caliente, se les obliga. Hoy me alegro de cómo me alimentaron porque soy capaz de comerme la raíz de un olivo, si hiciera falta comérsela. Más que una persona traumatizada por lo que hoy se consideraría malos tratos, soy un hombre agradecido y feliz por mi crianza.

Flamencos en la Alhambra

A Enrique Morente, el último árabe del cante

Aunque se haya dicho en ocasiones, el flamenco no entró por primera vez en la Alhambra cuando se celebró el Concurso de Cante Jondo de Granada de 1922. Digamos que entonces entró por la puerta grande, avalado por los más importantes intelectuales y artistas de nuestro país.

En junio de 1907 tuvo lugar un festival en uno de sus hermosos patios, y la prensa granadina arremetió contra las autoridades locales y la dirección de la Alhambra. Tanto indignó el asunto, que La Correspondencia de España publicó un artículo demoledor para denunciar lo que consideraban un atentado cultural:

UNA VERGÜENZA

LA ALHAMBRA, CAFÉ CANTANTE

Leemos en la prensa granadina indignados artículos, que claman protestas contra una verdadera profanación realizada no ha mucho en la ciudad de la Alhambra.

Es el caso, que noches pasadas invadió el palacio de Carlos V una turba de “cantaores” y “bailaoras”, y con la anuencia de las autoridades locales y del triunvirato encargado de la conservación de la Alhambra, organizó una “juerga” a su estilo, bailando tangos, adornando con “jipíos” sus cantares, y procediendo, como si se hallasen en un café cantante, sin respeto para el sitio merecedor de que se le libre de tales profanaciones.

No nos parece que el Palacio de Carlos V, ni otro recinto cualquiera de la Alhambra maravillosa, sea el lugar más adecuado para estas expansiones del flamenquismo. No creemos que la obra de los alminares deba reemplazar al extinto Café del Burrero sevillano.

Andalucía, por más que digan y hagan algunos enamorados de su “pandereta”, de su falso ambiente chillón y gitanesco, que la desacredita, amenguando su fama de país del arte y de la belleza, no está representada por el cante “jondo”, el “jipío” y las “pataítas”. Ya tienen semejantes manifestaciones de una idiosincrasia indigna de atención sus templos adecuados. Y querer llevarlas a la Alhambra es una profanación vergonzosa, contra la que clamarán, de fijo, cuantos aman nuestras glorias, y son celosos del buen nombre de España.

¡Qué canallas! Consiguieron acabar con los cafés cantantes y no satisfechos, cuando el flamenco intentaba conquistar nuevos escenarios continuaron con su ofensiva. Está claro que tiraban a matar contra los flamencos. Después de leer esto es difícil discutir el acierto que tuvieron Falla y Lorca al organizar en la Alhambra el famoso certamen de flamenco. Cometieron sus errores, pero fue una llamada de atención y un incuestionable paso adelante en la dignificación de lo jondo.