A los vaqueros cariñosos
Según un reciente estudio científico de indudable solvencia las vacas con nombre dan mejor leche que las que sólo se llaman vacas, a secas. O sea, que si una vaca se llama Azucena y su dueño la llama por su nombre, con dulzura, la leche que dará será de más calidad que la de aquella a la que llamen sólo vaca. El secreto está, sobre todo, en el cariño con el que el vaquero trata al animal. Si el caporal llama a Azucena para ordeñarla y exprime sus senos con cariño, la leche será de una calidad extraordinaria. Si, por el contrario, la llama vaca y estruja sus ubres como si fuera una bota de vino peleón, el oro blanco convertido en líquido no sería chipén. Ya sabemos de dónde viene la buena leche. ¿Y la mala?
No hace mucho tiempo crié dos conejos y les puse por nombre Federico y Ángel. Lo de Federico fue en honor de Jiménez Losantos, desterrado en alguna gazapera de Internet. Ángel y Federico eran totalmente distintos, lo cual demuestra que el nombre influye en la naturaleza de los animales, como en la personalidad de los seres humanos. El conejo Federico tenía una mala leche increíble; se tiraba todo el día criticando a las gallinas y defecando en el plato del pienso de los pollitos. La vitrocerámica le dio un día su merecido. En cambio, Ángel era una dulzura, siempre pendiente de su hermano Federico y emulando a Bugs Bunny para ayudarnos a sacar nuestras mejores carcajadas. También acabó en la olla, pero lo guisamos con todos los honores por su buen comportamiento.
Así que ya lo saben. Cuando compren leche tienen que exigir que en el envase venga el nombre de las vacas, como garantía de calidad. Algo así como la denominación de origen. Si no ven los nombres de las vacas, pasen de la leche. De la mala leche.
