A Quico Pérez-Ventana

Cuando vi la estupenda caricatura que sobre mí han hecho para este blog estuve a punto de cortarme las venas con la vieja tijeras de podar olivos que heredé de mi abuelo Manuel. ¡Con el trabajito que me ha costado conseguir autoestima! Siempre me he visto más feo que un mono untado en aceite, aunque no tanto como parezco en la caricatura. ¿O sí? Cuando era niño, apenas que me mirara una chiquilla pensaba que ya se había percatado de mi fealdad y agachaba la cabeza para ocultarla. Nadie me dijo nunca que era un niño bonito, salvo una muchacha que interpretaba el papel de aduladora a cambio de chucherías. Mi madre le dijo una vez a una vecina que era el mejor de los tres hermanos, “porque es el de mejor corazón”, aclaró. ¡Vaya! Mi primera mujer tampoco me piropeó jamás. Para colmo de mis infortunios, en una ocasión en la que me pidieron una fotografía de carnet para no se qué asunto, se me ocurrió mandar una etiqueta de anís El Mono a ver qué pasaba. ¡Y no pasó nada! Pero un día llegó una mujer y me dijo que era el tío más guapo que había visto en su vida. ¡Uff! No trabajaba en la ONCE, aunque estaba ciega por mí. Tuerta, al menos, porque también se acabó el amor. Pero me sacó de debajo de la cama y me llevó en volandas a las nubes de la vanidad. Desde ese día comencé a vestir mejor y a pelarme en buenas barberías. Nunca más volví a bajar la cabeza cuando me miraba una gachí. Sin embargo, desde que mi caricatura anda en la red he vuelto a mirarme al espejo con serias dudas de que podría doblar a George Clooney en las escenas de peligro de sus películas. Pero, ¿saben lo que les digo? Me importa un pimiento. Ahora sé que soy el de la caricatura, que el que veo a diario en el espejo del dormitorio es en realidad un espejismo, alguien con el que me he familiarizado porque lo llevo viendo 50 años y lo he sobrevalorado físicamente ayudado un poco por la vanidad y el humano deseo de querer ser no guapo del todo pero, al menos, sí un poquito agradable de ver. Mi actual mujer me suele mirar embobada. A veces, el amor ve menos que un gato de yeso.