A mi hermano Antonio, para que no pierda la ilusión
La madre de un muchacho que se había ido a buscárselas a Alemania andaba por el pueblo presumiendo, epístolas en mano, de lo bien colocado que estaba su hijo. “Se ha hecho volteador de cubetas mezcláticas”, decía la mujer. “¡Y eso que no tiene ni el certificao de estudios primarios!”, exclamó la vecina con admiración. El hijo se dedicaba en realidad a volcar cubos de mezcla en una obra, o sea, que ejercía de peón de albañil. Pero para darse algo más de importancia –como si no fuera importante ser peón: yo mismo lo he sido, y a mucha honrra–, en una carta le dijo que era volteador de cubetas mezcláticas. ¿No les parece conmovedor? A los tres años de su marcha regresó al pueblo de vacaciones conduciendo un Mercedes alquilado, pero a sus padres les dijo que era suyo. Todos los días se dedicaba a dar paseos por el pueblo y lo aparcaba en las puertas de las tabernas para presumir ante sus amigos de la infancia, que se movían todavía en bicicleta, je, je. Fueron las mejores vacaciones de su vida. Cuando acabaron se volvió a ir a Alemania donde devolvió el lujoso carro y se incorporó de nuevo a la obra para proseguir con su nada asumida función laboral. La sociedad ha clasificado a las personas según sus profesiones. A un abogado que le llaman por Pepe en su casa, le llaman don José en la calle. En cambio, al albañil que le llaman por José en su casa, en la calle le dicen Pepillo. De ahí que existan personas que al hablar de sus profesiones tengan todavía ciertos complejos, dependiendo de cuáles sean estas labores. Tengo un amigo que se dedica a recoger excrementos de animales en un campo de golf. Cuando alguien le pregunta que cuál es su profesión, siempre dice con gracia: “capturador de deyecciones”. Ni siquiera le preguntan dónde ejerce tan rara profesión porque todos dan por hecho que es empleado de la NASA.
