A mi abuelo Manuel, por su dignidad

Cuentan que un mendigo harapiento le pidió un dólar a Rockefeller cuando éste salía de su bloque de apartamentos de Manhattan. Después de darle el dinero, el millonario comentó: “¿Por qué no lo invierte en ropa limpia, joven?”. “Le agradezco la sugerencia”, respondió el vagabundo, “pero, y perdone la observación, ¿le digo yo a usted cómo debe llevar su negocio?”. Algo parecido me pasó hace unos días con un mendigo en el cruce de la Avenida de Andalucía con la ronda del Tamarguillo. Me pidió un euro y se lo di sin dudarlo, porque tenía cara de no haber desayunado. “Tómese un café, que le vendrá bien”, le dije. “No quiero faltarle al respeto, señor, pero por un euro no le voy a permitir que me diga lo que tengo que hacer con mi vida”, respondió el orgulloso indigente. Entonces, se me ocurrió que deberían de tener unas tarifas con idea de saber lo que tenemos que darles para poder ayudarlos no sólo con un euro para un café o una magdalena, sino con lo que haga falta. Mi vida no ha sido fácil y alguna vez he tenido que pedir ayuda, aunque no en la calle. Si me viera en la necesidad de tener que buscarme la vida limosneando, optaría por aprovechar la esplendidez del campo. Mi abuelo Manuel era un genio arreglando olivos, pero el día que llovía no trabajaba y, claro está, el mallete no le pagaba el jornal. Como que la olla hirviera dependía de sus ingresos, en gran parte, cogía un saco al amanecer y a la caída de la tarde aparecía por el pueblo con alguna liebre, un manojo de espárragos, un kilo de caracoles y alguna que otra tontilla cogida con trampas. Me parte el alma ver a tantos jóvenes y no tan jóvenes pidiendo en las calles de un país gobernado por un bipartidismo corrupto, el nuestro. Pero lo que de verdad me duele es ver que no son capaces de coger un saco y hacer como mi abuelo Manuel.