Archive for Octubre 15th, 2009
A la memoria de Pepe Guzmán, el número uno
Fui el único niño de Palomares del Río que nunca hizo los deberes en el colegio. Lo digo con jactancia. No estaba de acuerdo, sencillamente. Exasperado por tener bajo su responsabilidad a tan rebelde párvulo, don Miguel Aguilar se sentó una mañana junto a mí en el pupitre y me preguntó: “Vamos a ver, Manolito, ¿por qué te niegas a hacer los deberes?”, y le contesté: “Porque no estoy de acuerdo”. Me dijo que se lo razonara, y lo hice: “Después de estar seis horas en el colegio, cuando salgo, lo que menos me apetece es volver a estudiar. En la formación de un niño es tan importante saber cuántos romanos mató Viriato, que dónde anidan los mochuelos, cuándo llegan los vencejos o por qué mueve la nariz el conejo. Saber eso me lleva mi tiempo”, le solté, dejándolo patidifuso.
Lo mejor vino cuando me preguntó que por qué no creía en Dios. Lo hizo aprovechando que vino a visitarnos al colegio una especie de obispo mofletudo y tan blanco como la leche que mamó, si se dio el caso. “No creo en Dios –le dije–, porque no quiere nada con mi madre: lleva toda su vida suplicándole ayuda y no le hace caso”. Me dijo que Dios tendría sus razones para ignorar sus ruegos. ¡Ah! Si Dios existe y es capaz de hacer esa canallada –le repliqué–, no debería tener el perdón de los hombres.
Con 12 años de edad abandoné el colegio para trabajar de panadero en Coria del Río, en la panadería de El Guapo. Mi hermano trabajó en la de El Feo, en Coria también. “Serás toda la vida un desgraciado”, me dijo el director de El Cerro de Coria el día que fui a pedirle la maldita cartilla escolar por si me la pedían en la panadería. A lo mejor quiso decir pobre, en vez de desgraciado; entonces no estaban bien definidos estos conceptos.
Fue como si me hubieran dado la carta de libertad. La cartilla resumía perfectamente lo que había sido mi paso por el colegio: una catástrofe; sólo aprobaba en Historia porque me encantaban las batallas de Viriato contra los romanos. Como llevaba un prosista dentro, en un examen pasé de la prueba y escribí un pequeño relato en mi libreta. Cuando el maestro me pidió el examen le di el cuaderno para que leyera el cuento, creyendo cándidamente que le iba a dar un alegrón. Tanto júbilo mostró que del sopapo que me dio me tiró del pupitre al suelo. Fue mi primer crítico literario. ¿Saben cuál era el epígrafe del relato? “¿Qué pondrán hoy para almorzar?”.
Superados ya los cuarenta siguen sin gustarme los deberes. Sigo siendo un niño, un desobediente sin fácil arreglo al que no le gusta que nadie le mande a hacer nada. Como decía El Guerra, cada uno es cada uno.
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