A Antonio Hernández-Rodicio, por su confianza

El primer amor de mi vida fue un bichito no más grande que una semilla, que pululaba por los luminosos campos de Palomares del Río, agraciado pueblo aljarafeño donde viví desde los 3 a los 15 años de edad. No recuerdo el nombre del animalito. Es muy posible que ni siquiera lo supiera entonces. Era una especie de gusarapo microscópico, de color marrón claro, que me ponía cachondo, aunque tampoco sabía muy bien lo que significaba ponerse cachondo, excitarse, ponerse tierno. Sólo sé que ocurría y que me pasaba horas y horas jugando con él porque era algo que me hacía feliz. Sentía un inmenso placer poniéndolo panza arriba y acariciándole el vientre, donde suponía que tenía los genitales. Mientras otros niños de mi edad buscaban jumentillas, ovejas, cabras, gallinas, vacas o melones calentitos para saciar los primeros apetitos sexuales, los incipientes calentones de la adolescencia, el bichito henchía mi anhelo. Tuve relaciones con él durante más de un año. Lo llamé Viriato en honor de uno de los héroes de mi infancia. La verdad es que no sabía si era macho o hembra, pero, en cualquier caso, era un poco fuerte llamarle Viriata, ¿no creen? Recuerdo que una tarde llegué a mi casa, senté a mi madre en una silla de aneas y le dije: “Omá, aquí le presento a Viariato, su nuera”. Mi madre se quedó algo aturdida, pero esbozó una anchurosa sonrisa y nos sirvió a los dos una taza de chocolate con buñuelos. La relación iba de dulce. La ventaja que tenía sobre mis amigos era que me podía llevar a mi amante a casa, al colegio, a la iglesia o al fútbol. Ellos no, lógicamente. Por las mañanas buscaba a Viriato, lo guardaba en uno de los bolsillos del pantalón y me iba a la escuela con él. Si la lección del maestro era aburrida –que lo era casi siempre–, le ponía sobre la mesa, detrás del lapicero, le hacía algunas caricias y veía a Dios en la pizarra, en vez de a Pitágoras. En cambio, los demás niños sólo podían soñar despiertos con sus animales o con el melón calentito, que era otro recurso sexual de la época y el lugar. A uno de ellos se le ocurrió llevarse una pava al colegio para entretenerse en el tiempo de recreo, pero el animal se escapó en plena clase y ya se pueden imaginar la que se formó en el aula. Hace unos días estuve tomando el sol en aquellos campos y me encontré con Viriato. Me hallaba tan tranquilo disfrutando de la música del campo cuando, sin esperarlo, comenzó a subir por mi brazo izquierdo hasta detenerse en el hombro. Me miró fijo a los ojos y me preguntó que si le recordaba. En seguida supe que era él y me emocionó el reencuentro. “Has cambiado poco, Viariato”, le dije. “Tú has cambiado bastante, pero te he reconocido por el color de los ojos y, sobre todo, por el olor: siempre te olieron los pies, corazón”, me dijo la alimañita. Estuvimos recordando viejos tiempos, le presenté a mi mujer y echamos una buena tarde. Al despedirnos, el brillo de sus ojos alumbró todo el campo confiriéndole aspecto de bosque encantado. Volveré en primavera, cuando los jaramagos estén en flor y las tontillas revoloteen por entre los boscosos olivos glorificando los primeros hormigueos del amor.