Archivo del Octubre de 2009

La casita de Palomares

A mi tío Antonio, de todo corazón

Echo de menos mi casa de Palomares del Río, en el barrio de Cuatrovientos. Será que voy cumpliendo años y que pienso demasiado en la infancia. Camilo José Cela dijo una vez que el que vive de recuerdos arrastra una muerte interminable. Depende de los recuerdos, ¿verdad? Era una casa humilde con el techo de canales y un corral donde había un lebrillo y un hondo pozo que daba un agua cristalina y dulce; con dos o tres olivos que, aunque eran del vecino, solían desprenderse de él algunas aceitunas gordales y, como poníamos la tinaja debajo, con el aliño preparado y todo, comíamos aceitunas todo el año; con gallinas y alguna cabra que otra, que nos abastecían de huevos y de leche; y con un cidral que daba unas cidras como balones, de las que mi madre sacaba la rica meloja con la que rellenaba las empanadillas en Navidad.

En una de las dos habitaciones dormían mi madre y mi hermana en una cama, y mi hermano y yo en otra. Eran aquellas camas destartaladas de hierro y tablas con colchones de foñico y unas chinches que comían ratones, de grandes que eran. En verano, esas camas eran un calvario, pero en invierno te hundías en la colchoneta y dormías como un lirón. Cuando llovía y los goterones de agua se estrellaban contra débil tejado, era una maravilla, una música que fue la banda sonora de muchos inviernos. Sin embargo, cuando granizaba, el techo parecía venirse abajo y acabábamos todos en la misma cama, del miedo que teníamos.

En la otra habitación dormía mi abuelo, lo que nos daba una gran tranquilidad. Cuatrovientos era un barrio de Palomares un tanto aislado, sin farolas y rodeado de olivos, que en las noches de luna creaban unas sombras espantosas. El hecho de que mi abuelo durmiera pegado a la puerta de la casa, era algo que nos daba seguridad y que nos ayudaba a dormir plácidamente. Teníamos una gata, Lucecita, que dormía siempre a los pies de las camas, porque mi madre nunca quiso que la metiéramos debajo del tapijo. Decía que podían salirnos quistes o manchas en la cara. No obstante la negativa, cuando todos dormíamos Lucecita buscaba cobijo debajo de las mantas y acababa enroscándose. Cuando los primeros rayos del sol entraban por las grietas del tejado, Lucecita abandonaba el tapijo, se desperezaba y salía al corral por una gatera para hacer sus necesidades, porque era una gatita muy limpia.

Todo esto puede parecer una bobada, algo sin emoción, los recuerdos de un niño imaginativo. Pero con sólo escribir sobre aquella etapa de mi vida, en la que no todo era de color de rosa, siento un gran placer y la imperiosa necesidad de cerrar los ojos y verme en aquella casa, en la que nos alumbrábamos con un perico y nos calentábamos con una copa de cisco. Éramos pobres, pero no lo sabíamos; es lo que conocíamos, porque aún no teníamos televisor. En Palomares había algunos ricos pero eran muy desgraciados, y nosotros éramos felices porque no aprendimos a desear lo que no conocíamos. No hay mayor riqueza que conformarse con lo que se conoce, aunque sea poco. Cuando mi abuelo Manuel traía del campo un conejo y mi madre lo guisaba con arroz, ese día salía el sol con más fuerza y aparecía la luna más radiante que nunca. Y cuando mi madre llegaba del almacén de aceitunas de Coria, y al registrar su canasto encontrábamos algunos caramelos, la llenábamos de besos.

Cuando compramos el televisor -un Ínter de doble pantalla-, comenzamos a desear cosas, en ocasiones inalcanzables. Mi madre se enamoró de El Santo, el protagonista de aquella famosa serie de Roger Moore. Se lo pidió a los Reyes Magos, pero nunca se lo trajeron. Le mandaron a un viudo de Castilblanco de los Arroyos, pero mi madre quería a Roger Moore. Mi hermano, que soñaba con ser futbolista, anhelaba conocer a Amancio y también le escribió a los Reyes, pero jamás vimos aparecer por el pueblo al fino interior del Real Madrid. En cambio, mi hermana les pidió un disco de Perlita de Huelva y se lo trajeron. ¡Uff! Se aprendió sus fandangos de Huelva y nunca más se durmió la siesta en casa. Yo no voy a decir lo que les pedí porque me da mucha vergüenza. Bueno, si me lo piden con tanta insistencia, les diré que les pedí un papel en la serie El túnel del tiempo, para meterme en él y conocer a mi padre, que se murió cuando yo tenía treinta meses. Era lo único que deseaba, porque sólo conocía de él sus fotografías, que mi madre guardaba celosamente en una enmohecida lata de carne de membrillo.

Hoy hemos enterrado en Arahal al único hermano vivo que quedaba de mi padre, Antonio Bohórquez Ponce. Tenía 90 años y lo quería con locura. Soltero, dedicó su vida a vivir bien y a escuchar a Manuel Vallejo. Mi primera copa de manzanilla de Sanlúcar me la pagó él en La Mazaroca, de Arahal. Puede decirse que ese día me hizo un hombre. Por eso, cuando he llegado a casa cansado y emocionado aún por haberlo enterrado, se me ha venido encima el techo. He sentido la necesidad de escribir sobre mi infancia y mi tío, que cuando iba a Palomares a vernos, dos veces al año, llevaba siempre un canasto de morcillas, chorizos y dulces, y el monedero lleno de duros para que, ese día, compráramos chucherías. No estáis obligados a leer el artículo. Pero yo necesitaba decir hoy estas cosas.

Canal Sur no entra en el compás

A Antonio Ortega, por su tesón

Canal Sur Televisión sigue sin acertar a la hora de crear un programa de flamenco. La productora de Ricardo Medina, la misma que hace el espacio Andaluces por el mundo –buen programa éste, por cierto­–, elabora Flamenko, que no hay por donde cogerlo y que no han puesto en manos de un experto o experta. Según me comentó Mar Barrera, su directora, antes del estreno del programa, el espacio quiere captar a los jóvenes y, por lo que venimos viendo, lo van a hacer confundiéndolos porque se ocupan de grupos y solistas que de flamencos no tienen nada; de romerías, mercadillos y ferias. ¿Tan difícil es hacer un buen programa de arte jondo en Andalucía? Entenderíamos que esto ocurriera en la comunidad valenciana o en Finlandia, pero no en la tierra del arte de Silverio y La Macarrona, en la que hay grandes especialistas, sean o no militantes o simpatizantes del perol de marras.

Todo esto lo digo con propiedad porque una reportera de este programa me hizo una entrevista en la Alameda Hércules para hablar de la Niña de los Peines y sólo me preguntó nimiedades, porque no tenía idea de flamenco ni de quién fue la cantaora sevillana. Para colmo, cuando acabó la entrevista, y no antes, esta misma reportera me quiso hacer firmar un contrato para poder emitir la entrevista, en el que puede leer que podían utilizar el vídeo absolutamente para todo: cesión a terceros, edición en todos los formatos, etc. Esto después de que yo tuviera que hacer con mi propio coche cincuenta kilómetros para ir desde Mairena del Alcor a la Alameda de Hércules y de que no me invitaran ni a un café. Así es como trata el flamenco Canal Sur. Si lo comparamos con el toreo, los flamencos perdemos por goleada. Pero, claro, aquí no pasa nada. ¿Saben cuántas cartas se recibieron de queja en Televisión Española por no tratar bien el flamenco, desde 1970 hasta el 2000? Ninguna. Lo mismo ocurrirá en la televisión autonómica, La Nuestra. O sea, la de ellos. ¿Tenemos lo que nos merecemos? Ni mucho menos, pero es lo que nos dan y no pataleamos.

Menos mal que algunas televisiones locales no lo hacen mal y nos ofrecen espacios muy respetables. El programa de Giralda Televisión, que dirige el sevillano Antonio Ortega, es magnífico porque no es nada tendencioso y tiene una base periodística importante. Sin apenas medios, es para quitarse el sombrero. Nos lo quitamos. A compás, claro. De paso, para celebrar también el Ondas que le han dado al canal de flamenco que Canal Sur Radio ha creado en Internet.

¡Callarse por un momento! Ha muerto Bernarda

A Manolo Peña Narváez, gitano de Utrera

La localidad de Utrera se está quedando como un solar. Hoy ha muerto la entrañable Bernarda Jiménez Peña, la reina de la bulería, del cuplé a compás y el sabor a vino de bota centenaria. Esperábamos el fatal desenlace, por sus años y delicada salud, pero la noticia nos ha cogido distraídos y ha sido un auténtico mazazo. Otra gran figura que se nos va a ese lugar donde la diferencia no la marcan los hombres, sino el frío mármol que los arropa. Como esto siga así habrá que plantearse muy seriamente irse pronto al lugar donde van los flamencos, donde ya están Mairena, Camarón, Valderrama, Fernanda, La Paquera, Gaspar, Chocolate y tantos genios que nos hicieron la vida agradable con sus cantes cargados de emoción. Y no sólo eso: con todos ellos vivimos momentos entrañables, unas veces como espectadores y otras como compañeros de viajes y juergas.

A Barnarda de Utrera tuvimos la oportunidad de verla cientos de veces en los escenarios, y también de vivir junto a ella y su hermana, la gran Fernanda, algunos momentos inolvidables. Por eso duele tanto esta muerte, la de una cantaora que nació con los dones de la gracia, el compás y la emoción. Bernarda de Utrera se ha muerto, y nos parece mentira que esto haya pasado. Pero ha pasado. Menos mal que los flamencos no se mueren nunca del todo, como no se mueren los pintores y los poetas. De hecho, ahora mismo la estoy escuchando cantar y juro que estoy escribiendo este artículo en un estado de emoción en el que un nudo en la garganta no deja pasar el aire. Si Bernarda no hubiera grabado discos y no hubiera ni un solo vídeo en el que pudiéramos verla cantar y bailar, esto sería muy duro y difícil de sobrellevar.

Bernarda Jiménez Peña, Bernarda de Utrera, recibió su primer beso de luz en esta localidad sevillana el 3 de marzo de 1927. Tenía 82 años. Era hija de José el de Aurora y la Chacha Inés, dos gitanos cabales, dos andaluces auténticos y humildes. Nieta de Pinini, cantaor no profesional pero fundamental en el mundo del cante gitano de Sevilla, desde muy niña vivió en su propia casa el ambiente flamenco y sabía cantar y bailar cuando apenas era capaz de hablar correctamente. En su casa no querían que fuera artista, pero había nacido con el don y acabó cantando y bailando en los tablaos y en los festivales de verano. Sin separarse nunca de su hermana Fernanda, la cantaora más jonda de la historia, que se nos fue en 2006 dejando huérfana a la soleá.

Bernarda era capaz de cantar cualquier cosa, cualquier cante, pero fue genial en la bulería y por este palo era capaz de meter a compás los cuentos de Calleja. Se han dado casos parecidos, como el de Paco Toronjo en los fandangos de Huelva o el de Bambino en la rumba. Pero Bernarda era la bulería, algo que no podía separarse, una relación perfecta de convivencia artística, como el aire y el pájaro, como el pez y el mar.

Se ha ido porque tenía que irse, porque es ley de vida, pero se ha llevado con ella el orgullo de haber sido grande del cante y artista reconocida por todo el mundo. Entre sus premios más conocidos, el de Córdoba de 1957. Tenía 30 años y acababa de hacerse profesional. Fue nombrada Hija Predilecta de Utrera en 1994 y este mismo año recibió la Medalla de Plata de Andalucía. También era Hija Predilecta de Sevilla y recibió en 2005 la Medalla de las Bellas Artes.

Tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace, una cantaora tan auténtica, que cantaba con la misma facilidad con la que los rayos del sol atraviesan la espesa niebla de las mañanas de invierno en la Campiña sevillana.

¡Callarse por un momento! Ha muerto Bernarda de Utrera.

Víctima de la ausencia del duende

A Tomás Pavón, donde quiera que esté

Daría todo lo que tengo y lo que soy por saber cantar lo jondo. No tengo gran cosa y soy apenas nada, un humilde crítico de flamenco al que le da un poco de lache decir que es periodista. Pero lo daría todo por cantar por soleá como Tomás Pavón o Juan Talega. En realidad sí sé cantar, pero tengo menos duende que una merluza de Mercadona. No menos que algunos profesionales del cante de nuestros días, pero a mí me da vergüenza cantar al público sabiendo que no tengo el duende enredado en la garganta. Allá cada uno con su vanidad y nula autocrítica. Manuel Centeno, el gran cantaor sevillano, cansado de que le dijeran los críticos que no tenía duende, se hizo una tarjeta de visita en la que se podía leer: Cantaor fino pero sin duende. ¡Menudo cachondo era don Manuel! El pobre murió en tierras de Cartagena mientras iba de gira, anciano ya. Marchena llamó a su viuda y le dijo que le daba a elegir entre mandar el cadáver a Sevilla o el dinero, y al sevillano universal que hizo una obra de arte de la saeta lo sepultaron en aquellas tierras y allí descansan sus restos todavía.

En una ocasión me presenté a un concurso de serranas que se celebraba en la provincia de Córdoba y no me dieron ni la dieta para volver a Sevilla. ¡Cómo cantaría de mal! Regresando a pie, con hambre y frío, el guitarrista se paró delante del escaparate de una carnicería y al ver el despliegue de chorizos y morcillas, dijo con gran pena: “Manolito, sin que te vayas a enfadá: esas sí con son serranas y no las que tú has cantao”. En ese momento entendí que lo tenía crudo. Pero volví a intentarlo y me apunté al concurso de la peña flamenca del Cerro del Águila. Mis rivales eran Manuel Márquez El Zapatero, Rufo de Santiponce y El Brujo. Casi nada. Mi guitarrista, Manolito Berraquero, que sí se hizo profesional. Cuando me tocó el turno decidí cantar soleares del Zurraque trianero y cerré los ojos para registrarme por dentro, porque El Zapatero me decía desde el camerino: “Regístrate, regístrate, chiquillo”. Cuando abrí los ojos descubrí incrédulo que sólo había un señor escuchándome. “Menos mal que usté es aficionao”, le dije ingenuamente. “¿Aficionao, dice? Soy el dueño del locá y estoy esperando que acabe para cerrá”. Ese mismo día decidí ser crítico de flamenco y hacerle la vida imposible a los cantaores, digamos que en venganza por la terrible frustración de no ser un buen cantaó.

Nostalgia de Ávila

A Jesús y Merce, de Piedrahíta

Cuando en uno de los debates televisados de Zapatero con Rajoi el candidato socialista dijo que en esta legislatura íbamos al pleno empleo y estamos en una crisis económica que no se la salta un galgo, la verdad es que nunca pensé que me iba a quedar este año sin chuletón de Ávila. Le puedo perdonar a Zapatero cualquier cosa: la inyección de dinero a los banqueros, con lo que mangan; sus improvisaciones por bulerías fuera de compás y el hecho de que se haya nombrado a sí mismo ministro de Deportes, en vez de ministro de Trabajo, je, je. Está claro que no soy muy zapaterista, pero después de que me haya dejado este año sin la chuleta de Ávila, confieso que veo al de los bumeranes encima de los ojos y me dan ganas de irme de España y pedir asilo político en Triana. ¿Cómo le haría entender a Zapatero lo que significa para mí la Semana Flamenca de Ávila? Lo de menos es el flamenco; lo que de verdad me lleva a la mágica ciudad amurallada es su inmensa paz, su ternera roja y el vino tinto. Tanto se me abre el apetito en la tierra de Santa Teresa, que mientras  me preparan el cochinillo asado en El Rastro suelo pedir una chuleta de vaca como entremés. Mi récord está en tres chuletones en un solo día, y ese funesto día estuve a punto de estirar la pata. Al mediodía me zampé el primero en el mesón que tienen los padres del Chava Jiménez, el gran ciclista de Banesto, en la localidad de El Barraco; en la cena devoré el segundo, algo más pequeño, pero la pieza, como me dijo Chano Lobato, era de grande como un disco de Sabicas. Como si hubiera cenado un huevo pasado por agua, subí a la habitación y me eché a dormir. Al rato me veo bajando a la cocina del hotel Cuatro Postes a pedir el tercero, que engullí de una manera salvaje. Y ese fue el que me sentó como un tiro. Entré en el cuarto de baño para soltar lastre y observé estupefacto cómo salía menudo de Capote del desagüe de la bañera y espeso chocolate del grifo del lavabo. Estaba en medio de una horrible pesadilla gastronómica cuando zamarrearon mi cuerpo en la cama; era una camarera ofreciéndome el desayuno que alguien había pedido para darme la puntilla: dos huevos fritos con papas revolconas y chicharrones. A pesar de todo, odio a la crisis por ser la culpable de que me haya quedado sin ir a la Semana Flamenca de Ávila.

El Loco Mateo también era torero

A Barbadillo, atizador de indocumentados

La revista El Toreo, que se editó en Madrid desde 1874 a 1927, se ocupó de informar de una novillada que tuvo lugar en Málaga el 15 de diciembre de 1878. En ella tomó parte el célebre cantaor Mateo de las Heras, Loco Mateo, seguiriyero de Jerez de la Frontera. Es un verdadero hallazgo, porque nunca se había publicado, al menos que nos conste, que El Loco fuera también torero –o que toreara–, aunque no destacara demasiado en el oficio de Curro Cúchares. De hecho, en esta novillada mordió la arena varias veces y no fue capaz ni de matar a la vaca:

La corrida verificada el domingo 15 en Málaga, disgustó a todos los asistentes. El cantaor Mateo de las Heras, que debía matar la primera vaca, fue revolcado varias veces, y por fin se vio obligado a despachar el bicho “el Hortelano”, que figuraba como auxiliador de la gente de cante.

Cortés, que debía matar la segunda vaca, dio un sinnúmero de pinchazos, acabando por aburrir al público y a la res, que se murió del disgusto.

Se lidiaron dos vacas por haberse escapado los dos novillos que había preparados para la función. La entrada muy floja.

El Toreo, 23 de diciembre de 1878

Esto tiene toda la pinta de ser una corrida de toros de flamencos, que eran frecuentes. Al Chato de Jerez también lo encontramos toreando en Madrid junto a otros artistas notables del flamenco de finales del XIX. En esta misma corrida del Loco Mateo toreó también Cortés, que era, seguramente, el también cantaor Juan Cortés, del Puerto de Santa María. Y en Sevilla se celebró una corrida para promocionar el Café Silverio, organizada por el propio Franconetti, en la que toreó una vaca hasta el gran cantaor malagueño Juan Breva.

El Loco Mateo, quien según el investigador jerezano José Manuel Barbadillo, se llamó Mateo de las Heras Carrasco Vargas y nació en la calle Marqués de Cádiz, del Barrio de Santiago, el 2 de febrero de 1839. Era nueve años más joven que Silverio Franconetti, con el que alguna vez se midió en seguiriyas y soleares. Don Antonio Chacón lo comparó con el genio sevillano en cuestiones de fama, cuando en una conocida entrevista dijo que en sus años mozos sólo se hablaba en Jerez de Silverio, Curro Dulce y el Loco Mateo.

En cuanto a la fecha de su muerte, José María Castaño (De Jerez y sus cantes, 2007) apunta 1887 como posible fecha de su óbito. No queremos discutir esa fecha, pero en 1889 aparece un torero en La Unión de Montevideo, lidiando junto al joven valor Antonio Ortega El Marinero –sobrino de Enrique Ortega Díaz, uno de los hijos de su hermano Lillo–, al que llaman El Loco. En ningún momento se dice en El Toreo que sea jerezano o cantaor, pero podría tratarse del seguiriyero del Barrio de Santiago. Aunque en aquellos años había un torero en Cádiz, Juan Villegas El Loco, que podría ser éste perfectamente.

Noticias de Gayarrito

A Juan de la Plata, decano de los críticos

Existe una malagueña que se le atribuye a Gayarrito –Los peces mueren de pena–, aunque parece ser que era de Don Antonio Chacón. Bernardo el de los Lobitos hizo una versión antológica. Gayarrito es un misterio, se sabe muy poco de él. Incluso se ha puesto en duda su existencia. El Diccionario Enciclopédico del Flamenco nos dice de él que murió muy joven en Madrid. Era del siglo XIX y en realidad se trataba de Gayarre Chico, aunque no podemos demostrarlo aún. Si murió joven es probable que su óbito sucediera en la cárcel porque fue encerrado en el célebre Saladero de Madrid por apuñalar a un guitarrista por la espalda en un ajuste de cuentas.

El guitarrista Rafael Barcia García y Gayarre Chico estaban en el Café de la Encomienda, de la capital de España, una noche de julio de 1901. Discutieron y salió perdiendo el cantaor, que recibió una terrible paliza por parte de este desconocido guitarrista. Esa misma noche Gayarrito juró vengarse de su agresor y unos días más tarde lo esperó a la salida del citado café y lo apuñaló por la espalda, según contaron El Heraldo y La Época de Madrid el 21 de julio de 1901. El guitarrista se refugió mal herido en el número 20 de la calle del Ave María y el cantaor fue detenido y condenado por intento de asesinato. Los periódicos no dieron más datos que éstos.

Gayarre Chico, conocido también por Gayarrito en el ambiente flamenco del Madrid de finales del siglo XIX, grabó algunos cilindros de cera meses antes de su incidente en el Café de la Encomienda, en sesiones junto a Julia Rubio, Sr. Acosta, Sr. Berea, El Mochuelo, Bollero y el célebre Canario Chico. Era un gran malagueñero y de una excelente voz, de ahí su remoquete artístico, que lo comparaba nada menos que con el gran tenor vasco Julián Gayarre.

Podríamos aprovechar que el blog lo siguen ya muchos flamencólogos del país, para conseguir entre todos saber más cosas de este oscuro cantaor. Sería apasionante saber quién fue en realidad y podríamos trabajar en equipo. Comprobarán lo interesante que resulta rebuscar en la memoria del flamenco.

La llanta de bicicleta

A José María Gómez, el maestro

Alguno de ustedes recordará cuando se puso de moda conducir una llanta de bicicleta con una guía de alambre o una vara de olivo. Te pegabas un lote de correr increíble. En ocasiones ibas de un pueblo a otro sin darte cuenta. Cuando alguien te pedía la llanta y la guía para vacilar un rato delante de las niñas, decías: “¡Y yo me voy andando!”. Lo decías en serio, claro, porque cuando conducías la llanta no eras consciente de lo que corrías, y ni siquiera te cansabas. Te mandaba tu madre a la tienda y sólo ibas si te dejaba sacar la llanta a la calle. “Es que estoy cansao, omá”, decías para convencerla. Por eso en Palomares no había niños gorditos, salvo algún hijo de guardia civil o los de las haciendas, que tenían unos culos enormes. Por eso y porque para comerse un pastel había que ponerle dos velas a la Virgen de la Estrella. Entonces se llevaba el cuchareo, el pan con aceite y azúcar y la onza de chocolate metida en un cacho de pan. Nada de bollería industrial. Tampoco podías decir “esto no me gusta”, porque no había tío páseme usted el río. Aborrecí el sopeao y un día me negué en rotundo a comérmelo, con todas las consecuencias. “Ahí lo tienes para la noche”, dijo mi abuelo. Tampoco lo quise para la cena, y mi abuelo, que tenía la cabeza tan dura como una piedra de molino, seguía en sus trece: “Eso es lo que vas a desayuná mañana, que lo sepas”. ¿Se imaginan a un niño desayunando sopeao caliente? Caliente, claro, porque frío no había quien se lo comiera y le dije que me lo calentara, con la esperanza de que se compadeciera de mí y me hiciera una tostá. Me tuve que zampar el sopeao con las fatiguitas de la muerte. Aunque parezca un contrasentido, los niños de entonces comíamos mejor que los de ahora, de ahí que la obesidad infantil sea uno de los problemas más graves del siglo XXI. He escuchado hablar de toda clase de remedios, pero nadie ha dicho que hay que volver a los tiempos de la llanta de bicicleta, el cuchareo, el pan con aceite y azúcar y la onza de chocolate para merendar. Y si alguna vez hay que obligarles a comerse el sopeao caliente, se les obliga. Hoy me alegro de cómo me alimentaron porque soy capaz de comerme la raíz de un olivo, si hiciera falta comérsela. Más que una persona traumatizada por lo que hoy se consideraría malos tratos, soy un hombre agradecido y feliz por mi crianza.

Flamencos en la Alhambra

A Enrique Morente, el último árabe del cante

Aunque se haya dicho en ocasiones, el flamenco no entró por primera vez en la Alhambra cuando se celebró el Concurso de Cante Jondo de Granada de 1922. Digamos que entonces entró por la puerta grande, avalado por los más importantes intelectuales y artistas de nuestro país.

En junio de 1907 tuvo lugar un festival en uno de sus hermosos patios, y la prensa granadina arremetió contra las autoridades locales y la dirección de la Alhambra. Tanto indignó el asunto, que La Correspondencia de España publicó un artículo demoledor para denunciar lo que consideraban un atentado cultural:

UNA VERGÜENZA

LA ALHAMBRA, CAFÉ CANTANTE

Leemos en la prensa granadina indignados artículos, que claman protestas contra una verdadera profanación realizada no ha mucho en la ciudad de la Alhambra.

Es el caso, que noches pasadas invadió el palacio de Carlos V una turba de “cantaores” y “bailaoras”, y con la anuencia de las autoridades locales y del triunvirato encargado de la conservación de la Alhambra, organizó una “juerga” a su estilo, bailando tangos, adornando con “jipíos” sus cantares, y procediendo, como si se hallasen en un café cantante, sin respeto para el sitio merecedor de que se le libre de tales profanaciones.

No nos parece que el Palacio de Carlos V, ni otro recinto cualquiera de la Alhambra maravillosa, sea el lugar más adecuado para estas expansiones del flamenquismo. No creemos que la obra de los alminares deba reemplazar al extinto Café del Burrero sevillano.

Andalucía, por más que digan y hagan algunos enamorados de su “pandereta”, de su falso ambiente chillón y gitanesco, que la desacredita, amenguando su fama de país del arte y de la belleza, no está representada por el cante “jondo”, el “jipío” y las “pataítas”. Ya tienen semejantes manifestaciones de una idiosincrasia indigna de atención sus templos adecuados. Y querer llevarlas a la Alhambra es una profanación vergonzosa, contra la que clamarán, de fijo, cuantos aman nuestras glorias, y son celosos del buen nombre de España.

¡Qué canallas! Consiguieron acabar con los cafés cantantes y no satisfechos, cuando el flamenco intentaba conquistar nuevos escenarios continuaron con su ofensiva. Está claro que tiraban a matar contra los flamencos. Después de leer esto es difícil discutir el acierto que tuvieron Falla y Lorca al organizar en la Alhambra el famoso certamen de flamenco. Cometieron sus errores, pero fue una llamada de atención y un incuestionable paso adelante en la dignificación de lo jondo.

La buena y la mala leche

A los vaqueros cariñosos

Según un reciente estudio científico de indudable solvencia las vacas con nombre dan mejor leche que las que sólo se llaman vacas, a secas. O sea, que si una vaca se llama Azucena y su dueño la llama por su nombre, con dulzura, la leche que dará será de más calidad que la de aquella a la que llamen sólo vaca. El secreto está, sobre todo, en el cariño con el que el vaquero trata al animal. Si el caporal llama a Azucena para ordeñarla y exprime sus senos con cariño, la leche será de una calidad extraordinaria. Si, por el contrario, la llama vaca  y estruja sus ubres como si fuera una bota de vino peleón, el oro blanco convertido en líquido no sería chipén. Ya sabemos de dónde viene la buena leche. ¿Y la mala?

No hace mucho tiempo crié dos conejos y les puse por nombre Federico y Ángel. Lo de Federico fue en honor de Jiménez Losantos,  desterrado en alguna gazapera de Internet. Ángel y Federico eran totalmente distintos, lo cual demuestra que el nombre influye en la naturaleza de los animales, como en la personalidad de los seres humanos. El conejo Federico tenía una mala leche increíble; se tiraba todo el día criticando a las gallinas y defecando en el plato del pienso de los pollitos. La vitrocerámica le dio un día su merecido. En cambio, Ángel era una dulzura, siempre pendiente de su hermano Federico y emulando a Bugs Bunny para ayudarnos a sacar nuestras mejores carcajadas. También acabó en la olla, pero lo guisamos con todos los honores por su buen comportamiento.

Así que ya lo saben. Cuando compren leche tienen que exigir que en el envase venga el nombre de las vacas, como garantía de calidad. Algo así como la denominación de origen. Si no ven los nombres de las vacas, pasen de la leche. De la mala leche.