Monthly Archives: Octubre 2009

29
Oct/2009

¡Callarse por un momento! Ha muerto Bernarda

A Manolo Peña Narváez, gitano de Utrera

La localidad de Utrera se está quedando como un solar. Hoy ha muerto la entrañable Bernarda Jiménez Peña, la reina de la bulería, del cuplé a compás y el sabor a vino de bota centenaria. Esperábamos el fatal desenlace, por sus años y delicada salud, pero la noticia nos ha cogido distraídos y ha sido un auténtico mazazo. Otra gran figura que se nos va a ese lugar donde la diferencia no la marcan los hombres, sino el frío mármol que los arropa. Como esto siga así habrá que plantearse muy seriamente irse pronto al lugar donde van los flamencos, donde ya están Mairena, Camarón, Valderrama, Fernanda, La Paquera, Gaspar, Chocolate y tantos genios que nos hicieron la vida agradable con sus cantes cargados de emoción. Y no sólo eso: con todos ellos vivimos momentos entrañables, unas veces como espectadores y otras como compañeros de viajes y juergas.

A Barnarda de Utrera tuvimos la oportunidad de verla cientos de veces en los escenarios, y también de vivir junto a ella y su hermana, la gran Fernanda, algunos momentos inolvidables. Por eso duele tanto esta muerte, la de una cantaora que nació con los dones de la gracia, el compás y la emoción. Bernarda de Utrera se ha muerto, y nos parece mentira que esto haya pasado. Pero ha pasado. Menos mal que los flamencos no se mueren nunca del todo, como no se mueren los pintores y los poetas. De hecho, ahora mismo la estoy escuchando cantar y juro que estoy escribiendo este artículo en un estado de emoción en el que un nudo en la garganta no deja pasar el aire. Si Bernarda no hubiera grabado discos y no hubiera ni un solo vídeo en el que pudiéramos verla cantar y bailar, esto sería muy duro y difícil de sobrellevar.

Bernarda Jiménez Peña, Bernarda de Utrera, recibió su primer beso de luz en esta localidad sevillana el 3 de marzo de 1927. Tenía 82 años. Era hija de José el de Aurora y la Chacha Inés, dos gitanos cabales, dos andaluces auténticos y humildes. Nieta de Pinini, cantaor no profesional pero fundamental en el mundo del cante gitano de Sevilla, desde muy niña vivió en su propia casa el ambiente flamenco y sabía cantar y bailar cuando apenas era capaz de hablar correctamente. En su casa no querían que fuera artista, pero había nacido con el don y acabó cantando y bailando en los tablaos y en los festivales de verano. Sin separarse nunca de su hermana Fernanda, la cantaora más jonda de la historia, que se nos fue en 2006 dejando huérfana a la soleá.

Bernarda era capaz de cantar cualquier cosa, cualquier cante, pero fue genial en la bulería y por este palo era capaz de meter a compás los cuentos de Calleja. Se han dado casos parecidos, como el de Paco Toronjo en los fandangos de Huelva o el de Bambino en la rumba. Pero Bernarda era la bulería, algo que no podía separarse, una relación perfecta de convivencia artística, como el aire y el pájaro, como el pez y el mar.

Se ha ido porque tenía que irse, porque es ley de vida, pero se ha llevado con ella el orgullo de haber sido grande del cante y artista reconocida por todo el mundo. Entre sus premios más conocidos, el de Córdoba de 1957. Tenía 30 años y acababa de hacerse profesional. Fue nombrada Hija Predilecta de Utrera en 1994 y este mismo año recibió la Medalla de Plata de Andalucía. También era Hija Predilecta de Sevilla y recibió en 2005 la Medalla de las Bellas Artes.

Tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace, una cantaora tan auténtica, que cantaba con la misma facilidad con la que los rayos del sol atraviesan la espesa niebla de las mañanas de invierno en la Campiña sevillana.

¡Callarse por un momento! Ha muerto Bernarda de Utrera.

25
Oct/2009

Nostalgia de Ávila

A Jesús y Merce, de Piedrahíta

Cuando en uno de los debates televisados de Zapatero con Rajoi el candidato socialista dijo que en esta legislatura íbamos al pleno empleo y estamos en una crisis económica que no se la salta un galgo, la verdad es que nunca pensé que me iba a quedar este año sin chuletón de Ávila. Le puedo perdonar a Zapatero cualquier cosa: la inyección de dinero a los banqueros, con lo que mangan; sus improvisaciones por bulerías fuera de compás y el hecho de que se haya nombrado a sí mismo ministro de Deportes, en vez de ministro de Trabajo, je, je. Está claro que no soy muy zapaterista, pero después de que me haya dejado este año sin la chuleta de Ávila, confieso que veo al de los bumeranes encima de los ojos y me dan ganas de irme de España y pedir asilo político en Triana. ¿Cómo le haría entender a Zapatero lo que significa para mí la Semana Flamenca de Ávila? Lo de menos es el flamenco; lo que de verdad me lleva a la mágica ciudad amurallada es su inmensa paz, su ternera roja y el vino tinto. Tanto se me abre el apetito en la tierra de Santa Teresa, que mientras  me preparan el cochinillo asado en El Rastro suelo pedir una chuleta de vaca como entremés. Mi récord está en tres chuletones en un solo día, y ese funesto día estuve a punto de estirar la pata. Al mediodía me zampé el primero en el mesón que tienen los padres del Chava Jiménez, el gran ciclista de Banesto, en la localidad de El Barraco; en la cena devoré el segundo, algo más pequeño, pero la pieza, como me dijo Chano Lobato, era de grande como un disco de Sabicas. Como si hubiera cenado un huevo pasado por agua, subí a la habitación y me eché a dormir. Al rato me veo bajando a la cocina del hotel Cuatro Postes a pedir el tercero, que engullí de una manera salvaje. Y ese fue el que me sentó como un tiro. Entré en el cuarto de baño para soltar lastre y observé estupefacto cómo salía menudo de Capote del desagüe de la bañera y espeso chocolate del grifo del lavabo. Estaba en medio de una horrible pesadilla gastronómica cuando zamarrearon mi cuerpo en la cama; era una camarera ofreciéndome el desayuno que alguien había pedido para darme la puntilla: dos huevos fritos con papas revolconas y chicharrones. A pesar de todo, odio a la crisis por ser la culpable de que me haya quedado sin ir a la Semana Flamenca de Ávila.

25
Oct/2009

El Loco Mateo también era torero

A Barbadillo, atizador de indocumentados

La revista El Toreo, que se editó en Madrid desde 1874 a 1927, se ocupó de informar de una novillada que tuvo lugar en Málaga el 15 de diciembre de 1878. En ella tomó parte el célebre cantaor Mateo de las Heras, Loco Mateo, seguiriyero de Jerez de la Frontera. Es un verdadero hallazgo, porque nunca se había publicado, al menos que nos conste, que El Loco fuera también torero –o que toreara–, aunque no destacara demasiado en el oficio de Curro Cúchares. De hecho, en esta novillada mordió la arena varias veces y no fue capaz ni de matar a la vaca:

La corrida verificada el domingo 15 en Málaga, disgustó a todos los asistentes. El cantaor Mateo de las Heras, que debía matar la primera vaca, fue revolcado varias veces, y por fin se vio obligado a despachar el bicho “el Hortelano”, que figuraba como auxiliador de la gente de cante.

Cortés, que debía matar la segunda vaca, dio un sinnúmero de pinchazos, acabando por aburrir al público y a la res, que se murió del disgusto.

Se lidiaron dos vacas por haberse escapado los dos novillos que había preparados para la función. La entrada muy floja.

El Toreo, 23 de diciembre de 1878

Esto tiene toda la pinta de ser una corrida de toros de flamencos, que eran frecuentes. Al Chato de Jerez también lo encontramos toreando en Madrid junto a otros artistas notables del flamenco de finales del XIX. En esta misma corrida del Loco Mateo toreó también Cortés, que era, seguramente, el también cantaor Juan Cortés, del Puerto de Santa María. Y en Sevilla se celebró una corrida para promocionar el Café Silverio, organizada por el propio Franconetti, en la que toreó una vaca hasta el gran cantaor malagueño Juan Breva.

El Loco Mateo, quien según el investigador jerezano José Manuel Barbadillo, se llamó Mateo de las Heras Carrasco Vargas y nació en la calle Marqués de Cádiz, del Barrio de Santiago, el 2 de febrero de 1839. Era nueve años más joven que Silverio Franconetti, con el que alguna vez se midió en seguiriyas y soleares. Don Antonio Chacón lo comparó con el genio sevillano en cuestiones de fama, cuando en una conocida entrevista dijo que en sus años mozos sólo se hablaba en Jerez de Silverio, Curro Dulce y el Loco Mateo.

En cuanto a la fecha de su muerte, José María Castaño (De Jerez y sus cantes, 2007) apunta 1887 como posible fecha de su óbito. No queremos discutir esa fecha, pero en 1889 aparece un torero en La Unión de Montevideo, lidiando junto al joven valor Antonio Ortega El Marinero –sobrino de Enrique Ortega Díaz, uno de los hijos de su hermano Lillo–, al que llaman El Loco. En ningún momento se dice en El Toreo que sea jerezano o cantaor, pero podría tratarse del seguiriyero del Barrio de Santiago. Aunque en aquellos años había un torero en Cádiz, Juan Villegas El Loco, que podría ser éste perfectamente.

24
Oct/2009

Noticias de Gayarrito

A Juan de la Plata, decano de los críticos

Existe una malagueña que se le atribuye a Gayarrito –Los peces mueren de pena–, aunque parece ser que era de Don Antonio Chacón. Bernardo el de los Lobitos hizo una versión antológica. Gayarrito es un misterio, se sabe muy poco de él. Incluso se ha puesto en duda su existencia. El Diccionario Enciclopédico del Flamenco nos dice de él que murió muy joven en Madrid. Era del siglo XIX y en realidad se trataba de Gayarre Chico, aunque no podemos demostrarlo aún. Si murió joven es probable que su óbito sucediera en la cárcel porque fue encerrado en el célebre Saladero de Madrid por apuñalar a un guitarrista por la espalda en un ajuste de cuentas.

El guitarrista Rafael Barcia García y Gayarre Chico estaban en el Café de la Encomienda, de la capital de España, una noche de julio de 1901. Discutieron y salió perdiendo el cantaor, que recibió una terrible paliza por parte de este desconocido guitarrista. Esa misma noche Gayarrito juró vengarse de su agresor y unos días más tarde lo esperó a la salida del citado café y lo apuñaló por la espalda, según contaron El Heraldo y La Época de Madrid el 21 de julio de 1901. El guitarrista se refugió mal herido en el número 20 de la calle del Ave María y el cantaor fue detenido y condenado por intento de asesinato. Los periódicos no dieron más datos que éstos.

Gayarre Chico, conocido también por Gayarrito en el ambiente flamenco del Madrid de finales del siglo XIX, grabó algunos cilindros de cera meses antes de su incidente en el Café de la Encomienda, en sesiones junto a Julia Rubio, Sr. Acosta, Sr. Berea, El Mochuelo, Bollero y el célebre Canario Chico. Era un gran malagueñero y de una excelente voz, de ahí su remoquete artístico, que lo comparaba nada menos que con el gran tenor vasco Julián Gayarre.

Podríamos aprovechar que el blog lo siguen ya muchos flamencólogos del país, para conseguir entre todos saber más cosas de este oscuro cantaor. Sería apasionante saber quién fue en realidad y podríamos trabajar en equipo. Comprobarán lo interesante que resulta rebuscar en la memoria del flamenco.

23
Oct/2009

Flamencos en la Alhambra

A Enrique Morente, el último árabe del cante

Aunque se haya dicho en ocasiones, el flamenco no entró por primera vez en la Alhambra cuando se celebró el Concurso de Cante Jondo de Granada de 1922. Digamos que entonces entró por la puerta grande, avalado por los más importantes intelectuales y artistas de nuestro país.

En junio de 1907 tuvo lugar un festival en uno de sus hermosos patios, y la prensa granadina arremetió contra las autoridades locales y la dirección de la Alhambra. Tanto indignó el asunto, que La Correspondencia de España publicó un artículo demoledor para denunciar lo que consideraban un atentado cultural:

UNA VERGÜENZA

LA ALHAMBRA, CAFÉ CANTANTE

Leemos en la prensa granadina indignados artículos, que claman protestas contra una verdadera profanación realizada no ha mucho en la ciudad de la Alhambra.

Es el caso, que noches pasadas invadió el palacio de Carlos V una turba de “cantaores” y “bailaoras”, y con la anuencia de las autoridades locales y del triunvirato encargado de la conservación de la Alhambra, organizó una “juerga” a su estilo, bailando tangos, adornando con “jipíos” sus cantares, y procediendo, como si se hallasen en un café cantante, sin respeto para el sitio merecedor de que se le libre de tales profanaciones.

No nos parece que el Palacio de Carlos V, ni otro recinto cualquiera de la Alhambra maravillosa, sea el lugar más adecuado para estas expansiones del flamenquismo. No creemos que la obra de los alminares deba reemplazar al extinto Café del Burrero sevillano.

Andalucía, por más que digan y hagan algunos enamorados de su “pandereta”, de su falso ambiente chillón y gitanesco, que la desacredita, amenguando su fama de país del arte y de la belleza, no está representada por el cante “jondo”, el “jipío” y las “pataítas”. Ya tienen semejantes manifestaciones de una idiosincrasia indigna de atención sus templos adecuados. Y querer llevarlas a la Alhambra es una profanación vergonzosa, contra la que clamarán, de fijo, cuantos aman nuestras glorias, y son celosos del buen nombre de España.

¡Qué canallas! Consiguieron acabar con los cafés cantantes y no satisfechos, cuando el flamenco intentaba conquistar nuevos escenarios continuaron con su ofensiva. Está claro que tiraban a matar contra los flamencos. Después de leer esto es difícil discutir el acierto que tuvieron Falla y Lorca al organizar en la Alhambra el famoso certamen de flamenco. Cometieron sus errores, pero fue una llamada de atención y un incuestionable paso adelante en la dignificación de lo jondo.

20
Oct/2009

La dura y cruda realidad

A Quico Pérez-Ventana

Cuando vi la estupenda caricatura que sobre mí han hecho para este blog estuve a punto de cortarme las venas con la vieja tijeras de podar olivos que heredé de mi abuelo Manuel. ¡Con el trabajito que me ha costado conseguir autoestima! Siempre me he visto más feo que un mono untado en aceite, aunque no tanto como parezco en la caricatura. ¿O sí? Cuando era niño, apenas que me mirara una chiquilla pensaba que ya se había percatado de mi fealdad y agachaba la cabeza para ocultarla. Nadie me dijo nunca que era un niño bonito, salvo una muchacha que interpretaba el papel de aduladora a cambio de chucherías. Mi madre le dijo una vez a una vecina que era el mejor de los tres hermanos, “porque es el de mejor corazón”, aclaró. ¡Vaya! Mi primera mujer tampoco me piropeó jamás. Para colmo de mis infortunios, en una ocasión en la que me pidieron una fotografía de carnet para no se qué asunto, se me ocurrió mandar una etiqueta de anís El Mono a ver qué pasaba. ¡Y no pasó nada! Pero un día llegó una mujer y me dijo que era el tío más guapo que había visto en su vida. ¡Uff! No trabajaba en la ONCE, aunque estaba ciega por mí. Tuerta, al menos, porque también se acabó el amor. Pero me sacó de debajo de la cama y me llevó en volandas a las nubes de la vanidad. Desde ese día comencé a vestir mejor y a pelarme en buenas barberías. Nunca más volví a bajar la cabeza cuando me miraba una gachí. Sin embargo, desde que mi caricatura anda en la red he vuelto a mirarme al espejo con serias dudas de que podría doblar a George Clooney en las escenas de peligro de sus películas. Pero, ¿saben lo que les digo? Me importa un pimiento. Ahora sé que soy el de la caricatura, que el que veo a diario en el espejo del dormitorio es en realidad un espejismo, alguien con el que me he familiarizado porque lo llevo viendo 50 años y lo he sobrevalorado físicamente ayudado un poco por la vanidad y el humano deseo de querer ser no guapo del todo pero, al menos, sí un poquito agradable de ver. Mi actual mujer me suele mirar embobada. A veces, el amor ve menos que un gato de yeso.

18
Oct/2009

Silverio Franconetti. El principio del flamenco

A José Blas Vega, el maestro de todos

Silverio Franconetti Aguilar no fue sólo el cantaor más importante de su tiempo, sino el de todos los tiempos. Fue el principio de lo jondo, aunque no inventara el cante andaluz, como se ha llegado a decir hasta el hartazgo. Hemos encontrado su partida de nacimiento y otros documentos fundamentales para reconstruir su vida, que hasta ahora no se habían publicado.

Antes de nacer el genio sevillano de la Alfalfa ya existían cantaores como Tobalo el de Ronda, Antonio el Planeta o El Fillo, que eran profesionales. Tampoco creó el primer café cantante, como también se ha aseverado en infinidad de ocasiones, aunque sí fue quien promovió los locales en los que se comenzó a programar exclusivamente arte flamenco.

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A pesar de su importancia histórica Silverio es aún muy desconocido y, sobre todo, el gran olvidado de la historia del cante. José Blas Vega, su biógrafo más importante, dio a conocer gran parte de lo que se sabe hoy sobre esta figura del cante jondo, aunque no logró encontrar su partida de bautismo para publicarla en su estupenda obra Silverio, rey de los cantaores, editada por el Ayuntamiento de Córdoba en 1995 con motivo de la celebración del XIV Concurso Nacional de Flamenco.

Desde entonces no se ha parado de especular sobre su lugar de nacimiento, con escaso rigor en las informaciones y mucha imaginación. Se han llegado a dar lugares como Buenos Aires, Italia, Linares y Málaga, a pesar de que Demófilo publicó una breve biografía en su Colección de cantes flamencos (1881), en la que decía que el cantaor había nacido en Sevilla el 10 de junio de 1831 y que se bautizó en la Parroquia de San Isidoro. Suponemos que lo aseguró de manera tan concluyente porque fue el propio Silverio quien se lo dijo. Fueron amigos y, aunque el padre de los Machado no estuvo muy de acuerdo con que Silverio metiera el cante andaluz en los cafés, estaban en la misma lucha, la de dignificar y difundir el cante jondo o flamenco.

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Naturalmente, los sagaces flamencólogos comenzaron a ir en peregrinación hasta San Isidoro para localizar la dichosa partida de bautismo, desde Santiago Montoto hasta Manuel Centeno Fernández, pasando por Manuel Yerga Lancharro, el también desaparecido investigador de Fuente de Cantos (Badajoz), al que Dios tenga en su santa gloria. Santiago Montoto llegó a escribir en la revista Semana, el 27 de noviembre de 1951, que había buscado en todos los libros bautismales de San Isidoro y que no había encontrado nada. “Es mentira”, llegó a decir, que el cantaor se bautizara en esta parroquia sevillana. Escanear200

La partida de bautismo no aparecía por ninguna parte. ¿Mintió Silverio al padre de los Machado? De ninguna de las maneras, porque en todos los padrones municipales en los que lo hemos encontrado, el cantaor aseguraba haber sido bautizado en San Isidoro de Sevilla.

En todo caso le mintió en el año de su nacimiento, porque vino al mundo un año antes, en 1830. Si aún no ha aparecido el acta sacramental de bautismo es porque fue quitada de en medio o, sencillamente, porque no se bautizó en esta iglesia, sino en otra cualquiera de Sevilla. Es la conclusión a la que han llegado la mayoría de los más ilustres flamencólogos.

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El infatigable Daniel Pineda Novo, académico y flamencólogo del sevillano pueblo de Coria del Río, autor de obras tan importantes como la biografía de Antonio Machado y Álvarez Demófilo, sorprendió a propios y a extraños cuando publicó un libro dando a conocer la hipotética partida de bautismo del gran Franconeti. Silverio Franconeti, noticias inéditas, así se llama la obra (Edidiones Giralda, 2000) en la que, además de la supuesta partida de bautismo del artista, aportó una importante documentación sobre sus padres, hermanos y hermanas, sobrinos y toda clase de parientes, que fueron bautizados en San Isidoro, El Salvador y San Esteban en las primeras décadas del siglo XIX. Naturalmente, la obra fue muy celebrada en el mundo de la flamencología patria y ya todos han dado por auténtica esa partida de bautismo.

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Según el documento del archivo de San Esteban, conservado en San Bartolomé desde los años 60 del pasado siglo y encontrado por Pineda Novo, el cantaor se llamó Francisco de Paula Federico Bruno Silverio de los Desamparados, y había sido bautizado en San Esteban el 7 de octubre de 1823. Cuando este documento vio la luz nos llamó la atención el hecho de que Silverio hubiera nacido ese año, porque no encajaba con las fechas de su primera y segunda boda y su fallecimiento (1889). No era posible que Demófilo se equivocara de esa manera ni que el cantaor se quitara tantos años, por muy presumido que fuera. Tenía sus motivos, desde luego, porque se casó dos veces y en las dos ocasiones con mujeres mucho más jóvenes que él. A la segunda le llevaba algo más de 30 años de diferencia.

Ni José Blas Vega ni Daniel Pineda Novo acudieron al Padrón Municipal de Habitantes de Sevilla para hacer un seguimiento a la familia del cantaor. Silverio aparece empadronado de niño en Sevilla y por los años que constan en el asiento, debió de nacer en 1830 o un año más tarde, como dijo Demófilo, pero nunca en 1823 como intentó demostrar el ya citado Daniel Pineda Novo.

Transcripción literal de la partida de bautismo:

Esta es la famosa partida de bautismo de Silverio Franconetti, cuyo documento original aportamos en este reportaje. Es la verdadera partida de bautismo:

Yo el infrascripto Capellan Parroco del Sección de Invalidos de esta Plaza. Certifico: que en el libro de Bautismos del Extinguido Cuerpo de Inabiles que esta a mi cargo al folio 159, se halla una partida del tenor siguiente:

Partida: En la Ciudad de Sevilla en once dias del mes de Junio de mil ochocientos treinta yo D. Juan de la Rosa Pro Capellan Parroco del Deposito Provisional de Inbalidos de esta Plaza Bauticé solemnemente en la Iglesia Parroquial de S. Isidoro a Silverio, Crispulo, Vicente, José, que nació el día diez del corriente mes, hijo legitimo de Nicolas Franconetti, soldado de dicho Deposito, natural de Trisolon, en los Estados de Roma, y de María de la Concepcion Aguilar natural de Sevilla, Abuelos Paternos, Vicente Franconeti, y Geronima Checi, naturales de dicho Trisolon, Maternos, Blas Aguilar y Rosa Diaz,, naturales de Villa Real, fue su Madrina, Dª Maria Blanco, vecina de S. Lorenzo, á quien adverti el Parentesco Espiritual, y sus obligaciones, y lo firmé fecho ut supra=Juan de la Rosa.

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Su boda con Ana Torrecilla.

En 1875 vivía en el número 7 de la sevillana calle Potro y tenía 45 años. Estuvo viviendo varios años en este domicilio con su primera esposa, la jiennense de Linares Ana Torrecilla Sánchez, que murió en Sevilla a la edad de 37 años el 11 de agosto de 1884 como consecuencia de un quiste hidrópico en el ovario derecho, según certificó el médico José Savina Vázquez. Fue enterrada en el Cementerio San Fernando el día 13 de agosto. El matrimonio vivía en el número 38 de la céntrica calle Albareda, cerca de la Plaza Nueva. Es la primera vez que se publican estos interesantes datos sobre el genio sevillano del cante.

Silverio Franconetti se casó con Ana Torrecilla Sánchez el 26 de diciembre de 1868 en la Parroquia del Sagrario de Málaga, dato que se publica por primera vez y que agradecemos al escritor malagueño Gonzalo Rojo, quien nos facilitó una copia del expediente matrimonial. El maestro tenía 38 años y ella sólo 21. Ana Torrecilla nació en la citada ciudad jiennense el 21 de enero de 1847 y vivió en Málaga desde niña, donde la conoció Silverio y se enamoró locamente de ella. Emocionan estos datos, sin duda. No cabe duda de que sería una auténtica historia de amor, que acabó con la muerte de ella cuando todavía era una mujer joven y bella. Sin embargo, y aunque se pueda pensar que el de la Alfalfa quedó destrozado por la muerte de su esposa, en realidad no sería así porque no tardó ni un mes en volverse a casar.

Se casó en esta ocasión con una joven trianera de la calle Castilla, la hija de un conocido alfarero llamado José Sánchez Sopeña. Ella se llamaba María de la Salud Sánchez Morán y tenía 19 años cuando se unió en matrimonio al genio del cante. Nació en Triana en 1865 y fue bautizada en la Parroquia de Santa Ana. Se casaron en la Parroquia del Sagrario de Sevilla, en la Catedral, el día 8 de septiembre de 1884.

Si Silverio, según hemos podido comprobar en el expediente matrimonial encontrado en el Palacio Arzobispal de Sevilla, contaba 53 años de edad cuando contrajo segundas nupcias –en el documento consta que tenía sólo 50–, es imposible que naciera en 1823. Luego el tal Francisco de Paula, por mucho que le vaya a doler al ilustre Daniel Pineda Novo, era un hermano de Silverio y no el afamado cantaor de flamenco.

Este hermano, según nos confirmó hace días un joven investigador de Morón de la Frontera, Luis Vázquez Morilla, era Francisco Franconetti y aparece en un padrón de Morón junto al niño Silverio, siete años menor que él. Luis Vázquez publicará en breve tiempo una obra en la que dará a conocer el árbol genealógico de los Franconetti.

Sus domicilios en Sevilla

Silverio tuvo varios domicilios en nuestra ciudad y fuera de ella, como, por ejemplo, en Cádiz y Málaga. En Sevilla se ha dicho siempre, y algo sabrá Sevilla de esto, que el gran músico y empresario nació en la calle Odreros, que pertenece a la Parroquia de San Isidoro. Otros apuntan que debió venir al mundo en la calle Velador –hoy Augusto Plasencia–, donde nació una de sus hermanas, María Josefa, bautizada en San Isidoro el 26 de octubre de 1829. En los años 70 vivió en el número 7 de la calle Potro, que comunica la Alameda con Conde de Barajas; y en Tarifa, 1, donde estuvo el Café del Burrero. En los 80 tuvo tres domicilios: Rosario, 4, en los altos de su célebre café cantante; Albareda, 38, paralela a ésta y a la Plaza Nueva; y, por último, la Plaza de la Constitución –hoy San Francisco–, donde le sorprendió la muerte en el año 1889 a los 58 años.
Estamos en disposición de demostrar con documentos fiables y definitivos que Silverio nació en Sevilla el día 10 de junio de 1830, siendo bautizado en la Parroquia de San Isidoro un día después. ¿Por qué, entonces, su partida de bautismo no aparece en esta parroquia? Sencillamente porque fue inscrito en el Libro de Bautismos del extinguido Cuerpo de Inhábiles, concretamente en el folio 159. Recordemos que su padre, el romano Nicolás Franconetti, era soldado del Cuerpo de Inválidos de Sevilla. Lo bautizó el Capellán Juan de la Rosa, que era titular del Cuerpo de Inválidos, el mismo que cristianó a su hermano Manuel en San Esteban el 22 de noviembre de 1826, según nos aportó Pineda Novo. O sea, que uno de los secretos mejor guardados de la historia del flamenco va a quedar desvelado hoy.

Lo curioso es que la partida no aparece en San Isidoro, aunque sí en el expediente de su primera boda, como es natural. El bautizo de Silverio fue registrado en un libro que ha desaparecido de San Isidoro, el del extinguido Cuerpo de Inhábiles.

En el documento no aparece la calle en la que nació el artista, pero si su hermana María Josefa había venido al mundo en la calle Velador, el 25 octubre de 1829, es más que probable que Silverio naciera en esa calle porque fue bautizado en la misma parroquia que su hermana. La calle Velador es donde está  San Isidoro, que en la actualidad se llama Augusto Plasencia.

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Nuestro siguiente paso será encontrar la calle y la casa donde nació la figura más importante de la historia del flamenco. Por el momento, y tras no pocas horas de trabajo y desvelos, queda demostrado que nació en Sevilla, en el bello barrio de la Alfalfa, en la ciudad donde puso la primera piedra de este edificio musical que es el flamenco, arte admirado hoy en todo el mundo por centenares de miles de personas de todas las razas, religiones y tendencias políticas. Silverio fue el principio del flamenco, el artista que entendió que había que dar un paso adelante y lo hizo contra viento y marea, con mucha gente en su contra.

18
Oct/2009

Filosofía en una cuba de escombro

A Antonio Zoido, por los viejos tiempos

Mis amigos me han rogado encarecidamente que no escriba nunca de política en este blog. Es una pena porque soy un apasionado de la política desde que siendo muy joven estuve metido en el PTA (Partido de los Trabajadores de Andalucía), cuando vivía en la barriada sevillana de Padre Pío donde no teníamos agua, alcantarillado, alumbrado público ni calles urbanizadas. Cómo sería el barrio, que conocí a Aristóteles y a Platón en una cuba de escombro. Buscando unos cascotes para emparchar un tabique encontré unos libros de un curso a distancia en los que hablaban de estos dos genios que cambiaron mi vida porque canjeé el carnet del Betis por la Filosofía. Cuando llovía había que llamar a Tarzán para que nos llevara al cine saltando de árbol en árbol. Nos teníamos que poner unos zapatos pasados para salir del barrio y llevar otros nuevos en una bolsa de Simago para entrar en el cine. Los usados se los dejaba a mi tía Antoñita y los recogía a la vuelta. ¡Limpios, claro! Los hombres y mujeres del PTA luchaban para cambiar esa penosa realidad y por eso me uní a ellos. A hombres y mujeres como Antonio Ruiz El Menda, su mujer Paqui, José Luis Molano, el moronero Antonio Montilla y personas ya más conocidas como Antonio Zoido –no el de derechas, sino el gran columnista de este periódico– y, entre otros, el sin par antropólogo Isidoro Moreno, con el que una vez estuve cogiendo algodón para financiar el partido. Sí, algodón. Lo de Filesa y Gürtel era todavía un proyecto, aunque muy ambicioso, je, je. Estos hombres me hicieron amar la política y comprometerme hasta límites sobrehumanos con la lucha de la clase trabajadora. Como todo eso se acabó y la política hoy es un negocio como otro cualquiera –en el que los beneficios van para unos pocos y las pérdidas para todo el pueblo–, les  prometo que hablaré lo justo de los políticos.

14
Oct/2009

Beethoven y la cajita de música

A Irina Marzo, la alegría de Córdoba

Ahora resulta que Para Elisa, de Beethoven, es de otro músico. ¡Mecachis! Lo mismo dicen del Adagio de Albinoni y de otras obras perdurables de la música clásica. Y eso que es música escrita, reglada. Sin embargo, en el complejo mundo del flamenco hemos elevado a la gloria de la inmortalidad a creadores que seguramente no crearon ni una sola letra en sus vidas. Curiosamente, la mayoría de los creadores de la historia del flamenco son gitanos, porque lo dejaron escrito Demófilo, Ricardo Molina y Antonio Mairena. ¿No deja de ser curioso que en aquella época crearan tanto y que ahora no creen nada o creen mucho menos que entonces? Yo diría que es más que curioso. Todo esto sucede porque Demófilo se dejó asesorar por el gitano Juanelo de Jerez, y Ricardo Molina por el romaní Antonio Mairena. Pregúntele usted a un gitano de Utrera o de Jerez quiénes son los que cantan hoy mejor y apueste todo lo que tenga a que no le dan el nombre de ningún cantaor payo. Eso mismo ocurrió con Juanelo y Mairena.

¿Alguna vez vamos a descubrir que la seguiriya de El Planeta no era de él sino de otro creador? Nunca. Por eso se asegura con tanta vehemencia. El mismo Mairena creó algunos cantes y nunca se atribuyó las autorías por no ir contra sus propias creencias y postulados. Defendió siempre que todo lo crearon los gitanos de los siglos XVIII y XIX. Como no reconoció jamás que Marchena, Vallejo o Morente fueran creadores, le dio vergüenza autodefinirse como un creador, que sin duda lo fue. Al menos tanto como pudieron serlo los citados unas líneas más arriba.

Para Elisa, la obra de Beethoven que ahora es de otro, es una de las piezas musicales de mi vida. Les cuento cómo la descubrí. Estaba yo empapelando un piso de la sevillana calle Águilas en el año 1975. La vivienda la había heredado un señor y me dijo que tirara todo lo que no sirviera. Al retirar un viejo ropero sentí caer algo metálico al suelo y descubrí que era una pequeña cajita de música que imitaba una gramola. Era de oro macizo. Al abrir la tapa comenzó a sonar una melodía maravillosa desconocida para mí por completo. Tanto me gustó la música y la cajita, que me la llevé a mi casa y dormía todas las noches con ella para que no la viera mi madre y preguntara por su procedencia. Pero un día, el nuevo dueño de la vivienda que yo estaba empapelando me preguntó por la cajita. “¿Has visto una cajita de oro? Mi tío me dijo que la buscara por la casa. Es un recuerdo de familia”, dijo el hombre apesadumbrado.

Creí morirme, se me puso el corazón a cien pulsaciones por minuto y empapé la ropa en un sudor desconocido por mí hasta ese momento. Al día siguiente volví a colocar la cajita de música encima del ropero y él mismo la encontró. Saltaba de alegría. Pero yo estuve muchos meses echándola de menos cuando por las noches me metía en la cama. Esa canción desconocida para mí hasta entonces fue la banda sonora de una semana de mi adolescencia.

A los pocos años, escuchando la radio, descubrí que la canción era Para Elisa, de Beethoven. Pero yo ya había comenzado mi romance con el cante jondo y, gracias a Antonio Mairena, sólo hablaba de El Planeta, El Nitri y Joaquín el de la Paula. No me importó gran cosa enterarme de que Para Elisa era una creación del prodigioso sordo alemán. Lo mismo que me trae ahora sin cuidado saber que la canción la creó otro músico.

Para mí siempre será aquella melodía que me hizo amar la música clásica debajo del tapijo de mi cama, donde tenía un mundo sólo para mí con la música de fondo de El Sordillo de Boom.

12
Oct/2009

¿Pero tú no eras crítico de flamenco?

A mi esposa, por dejarme entrar en la cocina

Muy pocos saben que soy un buen cocinero, además de un comilón empedernido. Esto lo sabe más gente. Descuartizar un pollo o limpiar una merluza es algo que me gusta tanto como escuchar una soleá de Tomás Pavón o leer a Cortázar. Cuando era niño le pedía de rodillas a mi madre que me dejara ayudar en la cocina, pero se negaba en rotundo con el argumento de que iba a ser el cachondeo de los vecinos. “Van a pensar que eres mariquita”, dijo alguna vez. Nunca me dejó hacer ni un huevo pasado por agua. Cuando tuve que irme a vivir solo por aventuras de la vida, confieso que pasé las de Caín con los peroles y las ollas. El primer día se me ocurrió hacer una olla de caracoles, casi nada. Compré los babosos en el mercado de abastos de Marqués de Pikman y los dejé dos días comiendo hinojo y harina, que es lo que se suele hacer para que suelten la tierra a través de la caca. Mi generosidad en la alimentación consiguió que defecaran más de la cuenta y la cacerola desprendía un olor infernal. El siguiente paso fue lavarlos muy bien con abundante sal y vinagre y ponerlos en el fuego para que asomaran los cuernos animados por la suave luz de la campana. Les puse un fuego muy lento y bajé a comprar las especias para la muñequilla. Tardé una hora, como mínimo, porque me encontré con un viejo amigo y tomamos unas cañas. Cuando llegué a casa y abrí la puerta descubrí que había caracoles hasta en las lámparas y que se habían organizado en ejército para aniquilarme, supongo que en venganza por intentar hervirlos vivos. La mayoría de ellos tenían los cuernos retorcidos y algunos se hacían el boca a boca. Los bichos estaban por todo el piso y comenzaron a pegarse a mi cuerpo, en las piernas, en los brazos, en el cuello; los más aguerridos taponaron mis fosas nasales y otros acabaron en la garganta. Cuando comencé a entrar en esa especie de túnel que suele verse a las puertas de la muerte, desperté de la horrible pesadilla empapado en sudor y estaba tendido en el sofá a la espera de que los moluscos asomaran del todo los pitones para aumentar un poco el fuego y conseguir engaitarlos como mandan los cánones de la gastronomía arahalense. Entré en la cocina y cuál no sería mi sorpresa, cuando descubrí que los caracoles se habían escapado por la ventana y me habían dejado una nota pegada con un imán en la puerta del frigorífico: “¿Pero tú no eras crítico de flamenco, cabronazo?”