A Matilde Coral

Rafael el Negro junto a Matilde Coral. Era la época de Los Bolecos, años 70. Reinaba el arte más puro de lo jondo.
Aunque el mundo del flamenco era conocedor de la grave enfermedad que padecía el gran bailaor trianero Rafael el Negro, la noticia de su muerte ha entristecido a todos los buenos aficionados. Esta madrugada moría en el Hospital Infanta Luisa de Sevilla a la edad de 74 años, con su esposa al lado, la gran Matilde Coral con la que había tenido tres hijos: Rafael, Rocío y María. Todo un mazazo, porque además de uno de los mejores bailaores de Sevilla, Rafael García Rodríguez, que así se llamaba, era una persona de una calidad humana extraordinaria, admirada y respetada en todo el mundo. En él se cumplía lo que pensaba el cantaor Juan Varea: que era mucho más importante ser persona, que artista. Rafael el Negro era una de las mejores personas que han andado por un escenario. Era tan elegante en la vida como bailando, que ya es decir, porque no lo ha habido más elegante, entre los de su escuela, que este trianero universal al que Dios se ha querido llevar para evitarle el sufrimiento de una terrible enfermedad contra la que ha luchado como un león durante años, en silencio, sin hacer ruido. Nacido en Triana en abril de 1935, en plena Segunda República, destacó muy pronto en las fiestas del barrio en compañía de su primo El Tito Hijo, de quien aprendió lo fundamental para plantearse el baile como profesión, aunque tenía también la influencia de su propia madre, que fue cantaora. Triana era entonces una cantera inagotable de artistas y Rafael tuvo la mejor escuela que podía tener. Tuvo la oportunidad de ser contratado en El Guajiro, un tablao sevillano que hizo historia, que estuvo en Los Remedios, por el que pasó lo mejor de la mitad del siglo XX. Allí pudo ver Rafael a bailaores de la talla de Alejandro Vega, de quien admiraba la elegancia y la buena planta. Comenzó muy pronto a viajar por el mundo enrolado en distintas compañías, con actuaciones en la Feria de Nueva York, en el Teatro de las Naciones de París, en el Liceo de Roma y en el Royal Festival de Londres, por citar algunos de lugares en los que pudieron admirar su arte. A finales de los años 60, con una carrera hecha y casado con Matilde desde 1957, la maestra del baile sevillano decidió crear Los Bolecos, el trío de baile más famoso de la historia del flamenco, compuesto por Matilde, Farruco y Rafael. Representaban la pureza del baile, la esencia, el duende, pero también la innovación. Era todo un espectáculo ver a este trío en festivales, tablaos y teatros, por la majestad de Matilde, el chispazo eléctrico de Farruco y la elegancia festera de Rafael. Sólo duró cuatro años, lo suficiente para quedar en la historia del baile. Rafael se retiró pronto, aunque nunca se fue del todo. Problemas de rodillas y el hecho de que su mujer tuviera la mejor academia de España, le hicieron quedarse en un segundo plano y participar en espectáculos muy de tarde en tarde. Memorable fue su actuación en la III Bienal de Flamenco, en 1986, en los Reales Alcázares. Desde entonces no se ha visto bailar más en Sevilla a nadie con aquella elegancia y con aquel duende. No ha tenido grandes reconocimientos este artista, pero sí los que son imprescindibles en la carrera de un bailaor nada mediático como era el trianero, que no bailó nunca detrás de las cortinas porque no lo dejaron. Era la humildad y la sencillez personificadas. Así y todo, le fue ofrecida la Semana Flamenca de Palma del Río en 1982 y le otorgaron la Giraldilla de Lebrija en 1995. Además, recibió homenajes en pueblos tan flamencos como Utrera, Mairena del Alcor y Écija, con los que tuvo siempre una magnífica relación. Va a dejar un gran vacío en el mundo del baile porque ya no hay bailaores como Rafael el Negro, un pedazo de artista, un esposo ejemplar y un padre tan grande como la Catedral de Sevilla. Está siendo velado en el Tanatorio de San Jerónimo de Sevilla desde esta mañana y será enterrado mañana en el Cementerio San Fernando, después de que a las 10′30 horas se le haga una misa en Los Gitanos. Habrá que despedirlo con todos los honores porque se nos ha ido uno de los grandes.















