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09
May/2015

Y Sevilla se volvió a enamorar

Sevilla estaba la noche del jueves más hermosa que nunca, olía como nunca y la luz de la tarde invitaba a enamorarse más que nunca. Antes de entrar en el teatro de Cajasol, paseo por la Campana y Sierpes recordando cuando en el Café Novedades sonaban las guitarras de José Triano El Ecijano, Javier Molina, Antonio Moreno y un joven carbonerillo al que llamaban el hijo de Ricardo el ebanista, Serrapí de apellido, bonito como un San Luis y flamenco como él solo. La calle Chicarreros estaba que no cabía un alfiler: aficionados, guitarristas, cantaores y algún bailaor que otro no quisieron perderse el acontecimiento flamenco del año, el regreso de Rafael Riqueni a los escenarios, después de que en la pasada Bienal apuntara una recuperación más que esperanzadora de la mano de Segundo Falcón. Todavía no había sacado el maestro la guitarra de Andrés Domínguez de su funda y ya había en la calle caras de emoción, ojos vidriosos y pieles preñadas de diminutas montañas rosadas. Leyeron en alguna parte que Rafael había soñado con darle a Sevilla y a los sevillanos –“Oiga, que también hay aquí gente de Madrid” – una buena noche de guitarra, pero de bajañí de verdad, sin tenderete de instrumentos, desnuda de astucias, sincera, a cuerda pelá. Cuando salió Rafael al escenario, sencillo, como pidiendo perdón por permitirse la licencia de tocar para la mejor afición del mundo, sentí un extraño escalofrío y dije para mis adentros: esta va a ser una noche memorable, histórica, inolvidable. Cierto es que íbamos predispuestos a que el maestro trianero nos refregara su música flamenca por la piel hasta hacernos sangre. Ya saben, o deberían saberlo, que para que un aficionado a la guitarra se emocione en Sevilla tiene que haber sobre el escenario un guitarrista de una vez. Riqueni es único, no tiene nada que ver con los demás guitarristas que conocemos, es distinto a todos, un creador, y los creadores no abundan. Y cuando se relajan son olvidados inmediatamente. Pero, ¿alguien podría olvidarse de un guitarrista como Riqueni? ¿Es eso humanamente posible? ¿Alguien podría arrancar de su memoria una taranta como Alcázar de cristal o una rondeña como Benamargosa, con su peculiar afinación de sones seguiriyeros? El recinto se llenó a rebosar y Rafael no sabía cómo agradecer a Sevilla tanta generosidad. Tocando, Rafael. Y tocó como hacía años que no lo hacía, sin esa frialdad que a veces limitaba sus éxitos en una tierra, Sevilla, la suya, donde gusta que el toque, el cante y el baile flamencos quemen hasta achicharrar. El flamenco está hecho de vida y la del maestro no ha sido fácil en los últimos años. Luego su toque de ahora trasmite más vida, o sea, emoción a raudales. Lo que los flamencos llamamos pellizco y que algunos no han entendido todavía porque se empeñan en no entenderlo. Los pellizcos que Rafael le metió a la soleá que dedica a Canales, que parecía que andaba por el escenario Matilde Coral envuelta en un mantón de Manila y con una bata de cola tan larga como el puente de su barrio. Hora y media de concierto, una docena de piezas musicales, solo con su guitarra, sin levantar mucho la cabeza, que no era por timidez sino porque el músico quería hacer bien las cosas. Dar, como él mismo dijo, una buena noche de guitarra en Sevilla, a treinta metros de donde murió Silverio. Lo sabía y el repertorio fue muy sevillano, como es este músico. Hasta cogiendo rosas por alegrías, cerrabas los ojos y te dolían los pies de andar por el Barrio de Santa Cruz. Y por si había alguna duda, Amarguras, con una ejecución limpia y técnicamente impecable. Solo faltó que hubiera resucitado el Niño Gloria para cantar una saeta. Tocó también piezas de lo que será su nueva obra, Parque de María Luisa, en concreto una, Trinos, en la que veías a los gorriones dando saltitos en la Plaza de España. Y en honor de otro genio, el Niño Miguel, unos fandangos de Huelva que hubieran conmovido a Rebollo y a Rengel. En esta pieza, y en las bulerías dedicadas a Manuel Molina, Romero verde, lo acompañó Joselito Acedo, otro guitarrista de Sevilla que huele a canela y a clavo. Sevilla necesitaba este éxito, esta noche de guitarra flamenca. Y Rafael Riqueni necesitaba que Sevilla se volviera a enamorar de él.

Ciclo Jueves Flamencos. Artista invitado Rafael Riqueni. Segunda guitarra: Joselito Acedo. Entrada: Lleno. Sevilla, 7 de mayo de 2015. Calificación: cinco estrellas.

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18
May/2013

Tienen miedo a que se repita la historia

Cuando veo a mi madre, con 86 años y empotrada en una silla de ruedas, con los huesos destrozados de tanto trabajar y asustada por todo lo que está ocurriendo en España, se me pasan cosas por la cabeza que me dan miedo. Mejor será no decirlas, que no está el horno para bollos y me pueden tildar rápidamente de radical. Con la derecha viendo proetarras por todas partes, la televisión pública animando a los parados a rezar para aliviar la angustia y la ONU aconsejándonos  que comamos cigarrones para no desperdiciar la ternera -Zapatero, al menos, nos recomendó embaular conejos-, lo de que te acusen de radical es casi un elogio. En política la palabra radical se aplica a la persona partidaria de reformas extremas y arriesgadas, generalmente destinadas a profundizar en los logros democráticos. Pero también significa ir a la raíz de las cosas y es lo que voy a hacer. Mi madre nació en la dictadura de Primo de Rivera, en el seno de una humilde familia arahalense de asalariados del campo. Con 11 años ya trabajaba en las casas de los señoritos del pueblo y a esa edad perdió a su madre de un mal parto, en plena guerra civil. Vivió cosas espantosas, cómo se mataban los unos a los otros en un pueblo de entonces unos diez mil habitantes, donde antes de la guerra del 36 ya ejecutaban a los rojos y a los campesinos que se levantaban contra los terratenientes. Cuenta historias terribles, como el fusilamiento de una vecina a la que mataron al día siguiente de parir a su primer vástago. La detuvieron y como le faltaba un mes para dar a luz alguien llamó a Queipo de Llano a Sevilla para informarle de la embarazosa situación.

Arahal-guerra

En un arranque de ternura y compasión el famoso general dijo que pospusieran la ejecución para después del parto, y así lo hicieron. No le dejaron tiempo ni para que le diera el pecho una sola vez a su hijo. Pero también cuenta cómo estuvieron persiguiendo por los tejados como a una rata a un terrateniente del pueblo, un buen hombre, cuatro días con sus correspondientes noches. Cuando acabó la guerra mi madre sufrió las miserias de la posguerra, el hambre, el luto perpetuo, la esclavitud. Se casó con un jornalero del pueblo que le hizo tres hijos en cinco años y murió de leucemia, con la edad de Cristo, dejándola desamparada. Como pudo, limpiando suelos y verdeando, y yendo a los comedores sociales, sacó a sus hijos adelante y cuando llegó la democracia se le apareció Felipe González, el expresidente del Gobierno. Nunca antes se le había aparecido nadie. Ni siquiera la Virgen. Le llegó la recompensa a tanto trabajo y sufrimientos: médico y medicamentos gratis, una pensión digna y, cuando la necesitó, asistencia gratuita en su casa por parte de los servicios sociales. Pero ahora ya paga una parte de sus medicinas y como ha habido recortes para la Ley de Dependencia, se teme lo peor. No entiende el brutal recorte de derechos de este Gobierno, ganados a pulso a base de trabajo y lucha. Podría vivir con alguno de sus hijos, pero es una cabezota dependiente e independiente y quiere vivir en su propia casa, regalo de sus retoños, con su patio lleno de macetas, un monitor de televisión en el que solo se puede sintonizar Canal Sur -es un fenómeno paranormal digno de ser tratado en Cuarto Milenio-, su hamaca para tomar el fresco por las noches en la puerta de la casa y su cocina sin campana ni horno. No quiere nada más. Entre suspiro y suspiro, a veces suelta un “¡Felipe, por qué me has abandonado?”. Pongo de ejemplo a mi madre, aunque hay millones de personas en España que están sufriendo y que no se lo merecen. Ciudadanos que aceptarían la situación actual con mayor resignación si vieran que todos meten el hombro en la trabajadera de la crisis económica. Pero no es así y lo ven todos los días en la televisión, lo leen en los periódicos y lo escuchan en la radio. Es cierto que la crisis se ceba también con empresarios, medios de comunicación y entidades financieras. Que no solo lo hace con los sufridos asalariados, las personas mayores y los jóvenes. Pero también es verdad que son estos los más indefensos ante una crisis de la que los únicos responsables son los que han gobernado este país en las últimas tres décadas, los de izquierda y los de derecha, con un desastroso control del gasto público, corrupción y privilegios. Los jóvenes tienen toda una vida por delante para labrarse un futuro, unos aguantando aquí hasta que pase el chaparrón y otros emigrando a países más prósperos. Los de mediana edad ya han hecho prácticamente su vida y los parados sobreviven con la prestación por desempleo y cuatro chapuzas. Son los que han levantado a este país y no es justo que los echen de sus casas y los condenen a la exclusión social. Pero los que de verdad no merecen recortes son los mayores, los más pobres, las personas que, como mi madre, criaron con miles de fatigas a sus hijos en la peor época de la historia de España. Bastante tienen ya con ver cómo están condenando a sus nietos a tener que emigrar o quedarse como mano de obra barata, con una educación que amenaza con ser de nuevo privilegio de los hijos de los ricos, problemas para emanciparse, acceder a una vivienda digna y el riesgo de ser considerados proetarras o nazis cuando exigen en la calle un futuro mejor y el final de los abusos de políticos y banqueros del país.

Publicado hoy en El Correo de Andalucía, página 5. Desvariando.

Mi cuenta en Twitter: @Lagazapera

25
Abr/2015

La solidaridad puede esperar

Foto Gazapera

En la Feria no se habla de política. ¿O sí? Tampoco se habla del desempleo porque cualquier cosa que se diga sobre los parados con la boca llena de jamón de Jabugo o de langostinos de Sanlúcar podría parecer recochineo, y no está el horno para bollos. Para disfrutar de la Feria de Abril hay que dejar los problemas en casa y en esto, el sevillano castizo es un verdadero experto. “Por ver cómo te reías/ busqué mi mejor careta/ la máscara de la alegría”. En la tierra donde las procesiones religiosas salen a la calle como en romería, las de verdad van por dentro. En Palomares había una familia muy pobre que vivía en una casa hecha de adobe, donde las gallinas y los conejos dormían con los niños en la misma cama. No tenían luz eléctrica, se alumbraban con un perico y comían un día sí y otro no para guardar la línea que había entre simplemente marearse o mantenerse en pie de puro milagro. Una mañana descubrí que desenterraban gallinas del estiércol que habían sido sepultadas por un vecino tras morir de morriña. Pero cuando llegaba la Feria, la mujer sacaba la mejor ropa que tenía, se lavaba la familia entera en una caldera con agua hirviendo y bajaban al pueblo a ver cómo los demás se divertían porque ellos no poseían ni aliento. Tenían siempre, eso sí, muchas ganas de ser felices, de vivir. Los niños miraban el único puesto de turrón de la Feria como preguntándose qué habían hecho ellos para ser castigados de esa manera por la sociedad. El padre, un hombre corpulento y hábil, se apuntaba siempre a la cucaña para intentar ganar la moneda de diez duros que se ataba al final del poste embadurnado de afrecho y jabón fabricado con aceite usado. Su mujer y sus cuatro hijos pequeños improvisaban un club de fans y jaleaban al cabeza de familia como en las competiciones medievales alentaban a los caballistas. Y el año que el papa alcanzaba la preciada moneda, ese año sí disfrutaban de la Feria y cuando llegaba la noche subían para la casa alegres y felices, con los niños churretosos de tanto turrón de chocolate y los padres orgullosos de serlo. Curiosamente, y a pesar de la miseria de entonces en Palomares, al menos había Feria. Desde hace unos años no la hay por culpa de la crisis económica. Eso dicen los actuales regidores del Ayuntamiento, algunos de ellos palomareños nuevos que no vivieron aquellos felices años de la penuria.

Mi primera Feria de Sevilla fue en 1970, cuando todavía estaba en el Prado. Vinimos cuatro amigos desde Palomares y como no podíamos regresar hasta por la mañana porque no había autobús, estuvimos toda la noche dando vueltas, sin un duro pero con ganas de cantar y de bailar. Mi madre me había dado diez duros –entonces ya ganaba trece duros diarios y un kilo de pan en la panadería de El Guapo, en Coria del Río–, y nada más llegar al recinto ferial me gasté casi la mitad en un sombrero de ala ancha de cartón que, como llovió aquel día, se descompuso en diez minutos. Me pasé toda la noche con los restos del sombrero mojado en la cabeza y más frío que un perrito chico. Agotados, sobre las cuatro de la mañana nos fuimos todos a dormir al Parque de María Luisa y cuando salió el sol nos dirigimos a la Torre del Oro a coger el autobús de Palomares-Almensilla. Menuda aventura. Era mucho más divertida la Feria del pueblo, que tenía solo cuatro bombillas y un puesto de turrón, las cunitas en la Plazoleta y mosto en la taberna de Mariquita Méndez, donde por cierto no había guardia de seguridad en la puerta. Había que tener cuidado, eso sí, porque justamente enfrente vivía Manolito el Municipal. Pero nuestra feria favorita era la de Coria del Río, que entonces era mucho mejor que la de Sevilla. O sería que la teníamos más a la mano y podíamos ir y volver andando, a campo a través, porque era menos peligroso. Los niños de Cuatro Vientos solíamos cruzar por la Laguna y en menos de una hora entrábamos en Coria vacilando con unos pantaloncitos nuevos y unas ganas locas de hartarnos de albures fritos en los chiringuitos de la orilla del río. Para los adolescentes de Palomares, Coria era como Barcelona o París. Sevilla nos pillaba más lejos y nuestros padres no nos dejaban ir siempre que queríamos porque temían que nos pasara algo. Solo a trabajar, eso sí, porque hacía falta en casa. Así que cuando ya vivía en Sevilla, curiosamente desde 1973, el año de la mudanza de la Feria de Abril a Los Remedios, me convertí en un apasionado feriante y muchas de las cosas importantes que me han pasado en la vida me ocurrieron en la Feria. Ahora solo voy si es para algo relacionado con el trabajo, porque ha cambiado quizás demasiado y sigo echando de menos la humilde Feria de Palomares, sobre todo la de Coria, con aquellos albures fritos que eran las lubinas de los pobres, como las cabras eran entonces las vacas pequeñas de los pueblos.

Cuesta entender que con tanto paro y tantas tragedias la gente tenga ganas de feria, pero así es. Siempre ha sido así, además. Quiero creer que no será por falta de solidaridad con quienes son tan infelices, sino porque la gente necesita evadirse de la realidad y recargar las pilas para sobrellevarla lo mejor posible. A lo mejor tendríamos que ponernos de acuerdo algún día todos los sevillanos, una sola vez, para parar el mundo en forma de protesta y no ir a la Feria ni al Rocío ni reservar apartamento en la playa ese verano. Como mucho, comer caracoles en los veladores. Las manifestaciones ya no sirven y, además, con la Ley Mordaza te pueden joder vivo. Quién sabe si resultaría eso de dejar de disfrutar como forma de protesta social por tanto robo y privilegios de los gobernantes. Que disfruten ellos, que se vean solos en la Feria, en sus lujosas casetas, con sus hermosos caballos y carruajes y esas billeteras que parece no agotarse nunca. Que al menos un año no tengan taxis en las paradas ni cantaores que les diviertan de madrugada. Que tengan todas las calles para ellos solos y que el sol y la luna solo les alumbren a ellos. Pero eso no va a ocurrir jamás, para qué vamos a engañarnos. Y a lo mejor es que tiene que ser así. Hemos entregado la cuchara, casi nos hemos rendido, siendo, como somos, la mayoría. La mayoría de los ciudadanos son personas de bien, que trabajan o que estudian, que pagan sus impuestos religiosamente y que no ensucian los parques ni las calles. Pero los poderosos, los ricos, quieren que haya una distancia entre ellos y el pueblo llano, entre ellos y el proletariado, como la ha habido siempre. En Andalucía se iba acortando ese recorrido, las desigualdades estaban equilibrándose, pero ya estaba durando mucho ese sueño. La crisis ha enriquecido a los de siempre y ha empobrecido también a los de siempre. Somos la región con más paro de Europa, pero en Sevilla tenemos la mejor feria del mundo y esas sevillanas no se pueden ir sin que alguien las baile. La solidaridad puede esperar.

 

11
Abr/2015

Regresado y desamordazado

El Piqui, Isabel Domíbguez Cano y el Maestro Pepe Marchena.

El Piqui, Isabel Domíbguez Cano y el Maestro Pepe Marchena.

La Federación Provincial de Entidades Flamencas de Sevilla ha editado las obras completas del genial Niño de Marchena, solo los discos de pizarra, los de setenta y ocho revoluciones por minutos. En total 266 cantes, esto es, una obra monumental, la de uno de los genios más grandes del cante flamenco, discutido aún por unos pocos pero reverenciado por decenas de miles de aficionados en todo el mundo. Una prueba irrefutable de que fue un genio es que está cada día más vivo a pesar de que la flamencología gitanista –más bien la gitanera– quiso eliminarlo de la historia del cante o que quedara solo como un cancionero más. Y eso que este cantaor de la localidad sevillana de Marchena tuvo entre sus más insignes seguidores a artistas gitanos como la Niña de los Peines, su hermano Tomás, Manuel Torres, el Niño Gloria, Juan Mojama o Porrinas de Badajoz entre otros. ¿Por qué fueron tan grandes admiradores de Marchena estos fenómenos del cante? Porque lo conocieron bien, disfrutaron mucho de su arte tanto en el teatro como en privado y, sobre todo, porque conocían su obra discográfica. Quienes quisieron matarlo en vida y hasta después de muerto, encima no conocían su obra, lo que dejó grabado, esos casi trescientos cantes que ahora han sido reeditados después de ser tratados digitalmente por una de las mejores empresas del mundo, como es Fonotrón, por más señas una empresa sevillana.

Curiosamente, el encargado de analizar la obra marchenera, en el libreto que acompaña al estuche de estos diecisiete cedés, el crítico Manuel Martín Martín, era un conocido detractor de Pepe Marchena, quizás influenciado por esa flamencología gitanera ya citada, sin olvidarnos del movimiento mairenista, en el que el compañero ha militado siempre y está en su derecho de hacerlo. Ahora comprobamos que no solo ha rectificado muchas de sus opiniones publicadas, sino que se ha convertido al marchenismo o en marchenista. Así y todo, y aquí quiero ser absolutamente sincero, ese libreto podrían haberlo hecho otros analistas. Incluso entre varios, al ser una obra musical de una gran envergadura. En la actualidad contamos con grandes críticos y musicólogos expertos en flamenco que podrían haber hecho un gran trabajo, lo que no quiere decir que no lo sea el de Manuel Martín Martín, quien desmenuza la obra del maestro con abundante información y criterios certeros. Si le ponemos algún pero a este hermoso y viejo sueño que tanto costó sacar adelante para hacerlo realidad es que la Federación sevillana no haya cuidado un poco más ese libreto. Ya ocurrió también con las obras completas de Manuel Vallejo, y don Manuel merecía otra cosa. Lo decimos porque sabemos lo que cuesta conseguir que se edite una obra de esta magnitud y a veces se falla en lo más sencillo, como ha ocurrido en estos dos casos.

José Tejada Martín, conocido en un principio como El Niño de Marchena y más tarde por Pepe Marchena, nació en esta localidad sevillana en 1903. Fue un niño prodigio del cante andaluz, uno de esos fenómenos que salen cada siglo en contadas ocasiones. Hijo de una sirvienta y de un jornalero, Rita y José –llevó siempre los dos apellidos de su madre porque lo tuvo aún soltera–, su infancia fue dura, llegando a guardar cochinos de pequeño. Es la historia de un niño pobre andaluz que acabó bañándose en colonia y siendo un artista conocido y reconocido como tal en todo el mundo. A pesar de sus condiciones y de su talento, sus comienzos no fueron nada fáciles porque ya desde niño no se ajustaba a pautas, cantaba a su manera, aunque tenía sus referencias. Según comentó alguna vez en privado, sus primeros maestros fueron los pájaros de su pueblo. Marchena es un pueblo rodeado de olivos y en los olivos de la Campiña sevillana han anidado siempre jilgueros, chamarices y verdones. También es un pueblo con mucha afición a los canarios flautas, así que Pepito Tejada lo tuvo fácil. Lo tenía dentro, en las entrañas y, además, en su entorno. Su padre, Juan Perea Ramírez, era un buen cantaor aficionado, luego también tuvo el cante en su propia casa. No es de extrañar que con solo 8 o 10 años ya cantara estupendamente y que fuera perseguido por agentes artísticos que veían en él una mina de oro.

Es un caso parecido al de Picasso. Siendo aún adolescente, el Niño de Marchena bordaba el cante clásico y conocía ya casi todas las escuelas, como producto de una desmedida afición al cante. Si el pintor malagueño pintaba casi como Velázquez siendo solo un chiquillo, el Niño de Marchena cantaba casi tan bien como Don Antonio Chacón cuando solo tenía edad para cortejar a las muchas de su pueblo o de Écija, donde también vivió. Por eso cautivó a cantaores como Pareja, el Colorao de la Macarena o el Niño Medina, seguidores de Chacón. Pero cuando Marchena tenía ya más que aprobada la asignatura del cante clásico, decidió desplegar sus condiciones innatas y fue entonces cuando comenzaron a mirarlo como alguien que podía poner en peligro la pureza del cante. Los revolucionarios son esperados siempre en el flamenco con la vara de acebuche en la mano y es lo que ocurrió con el Niño de Marchena, como antes pasó con Silverio Franconeti y Don Antonio Chacón y más tarde con Enrique Morente y Camarón de la Isla.

A los artistas los defienden sus obras y es lo que está pasando con Marchena. Con la edición de sus discos de pizarra, ahora van a tener los jóvenes la oportunidad de descubrir a uno de los genios del cante, quienes no lo haya hecho ya. Sí, porque en esos 266 cantes, está todo lo que grabó desde 1924 hasta 1946, esto es, desde los 21 años hasta los 43. El resto está en vinilo, donde también dejó cosas muy interesantes, aunque no lo mejor. Todos los especialistas coinciden en que el genio estaba en su primera etapa, la de pizarra, con aquella velocidad que le imprimía a su voz y esa manera única de afinar y de templarse, de cuadrar la voz, de vocalizar y de ordenar los tonos. Ahora ya no hay excusas para ser más objetivo a la hora de opinar sobre este cantaor, porque tienen ahí lo más importante de su obra discográfica, al alcance de todos, con buen sonido y con la información necesaria para disfrutarla. Había que hacer regresar a Marchena y desamordazarlo. Sí, quitarle esa especie de mordaza que le habían puesto a su obra para que no hablara por sí misma. Si se hizo con Mairena y Manuel Torres, ¿por qué no con Marchena? Con los cantaores citados se hizo con dinero público –las obras completas de Mairena, por cierto, costaron una fortuna–, pero para editar esta joya marchenera no había dinero y si no es por el arranque y la valentía de José María Segovia Salvador, el actual presidente de la Federación de Peñas de Sevilla, esta magna obra nunca hubiera salido a la calle.

Disfrútenla. Si se puede hablar de un genio del cante, ese fue Marchena. Le pese a quien le pese.

 

04
Abr/2015

Semana Flamenca de Paradas

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La localidad sevillana de Paradas cuenta con una de las semanas flamencas más importantes de Andalucía, creada por un grupo de aficionados locales hace veinticinco años. Seguidores todos del añorado cantaor Miguel Vargas, de la Puebla de Cazalla aunque criado en Paradas, decidieron ir más allá del mero festival veraniego de chiringuito y amaneceres etílicos y apostaron por la cultura y la docencia. Y hoy es una semana flamenca conocida y valorada en toda Andalucía por su impecable organización y ese sentido de la responsabilidad tan acusado de los buenos aficionados de este pueblo, donde nacieron artistas como el cantaor José Lavado o el guitarrista Antonio Cansino, padre de la popular actriz Rita Hayworth. En estos veinticinco años, la Semana Cultural de Actividades Flamencas de Paradas ha homenajeado en cada una de sus ediciones a importantes artistas, críticos y aficionados. Sin embargo, la organización entendió que había que conmemorar este cuarto de siglo homenajeado al pueblo de Paradas por el apoyo que ha dado siempre a la cita, desde su Ayuntamiento hasta los comercios y los más humildes aficionados. A partir de este próximo domingo y hasta el sábado día 11 de abril, Paradas se va a convertir en encuentro de aficionados de toda Sevilla y su provincia, que irán a disfrutar con los grandes artistas incluidos en la programación: La Macanita, Jesús Méndez, Antonio Reyes, Pedro el Granaíno y otros muchos.

28
Mar/2015

¡Que detengan a ese saetero!

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Cuando somos niños nos impresiona casi todo. Referente a la saeta, recuerdo que tendría unos 7 años cuando escuché la primera. Fue en Palomares del Río y ni siquiera sabía quién la cantó. No era un profesional sino uno de esos espontáneos que en plena calle se ponen delante de un crucificado o de una dolorosa y les cantan con el alma. Mi madre me contó años más tarde que aquella noche, después de escuchar la saeta, se me descompuso el semblante. Que tenía la cara tan pálida como la Virgen de la Estrella. Y desde aquel día siempre tuve en la cabeza que alguna vez le tenía que cantar una saeta a la Estrella o a una imagen cualquiera de Sevilla. Viviendo ya en la capital andaluza, a mediados de los setenta, se empezó a fraguar la idea de crear una peña flamenca en la Carretera de Su Eminencia, la Peña El Chozas, y en ese local canté una tarde una saeta, aunque solo entre amigos, seguramente desinhibido por causa de una rubia de botella. La canté y una señora del barrio ya mayor se acercó a felicitarme y a pedirme que le cantara unas saetas al Cristo de su pueblo, una pequeña localidad de la Sierra Norte de Sevilla. Me negué, claro, porque una cosa era cantar en privado y otra muy distinta subirse a un balcón e interpretar una saeta delante de una imagen. Pero aquella mujer tenía un fuerte poder de convencimiento y acabó llevándome al huerto, y no precisamente al de los Olivos. Solo faltaban dos semanas para el gran momento y conforme iban pasando los días me iba poniendo malo solo de pensar que tenía que cantar unas saetas en un balcón. Eran sobre todo dolores de tripas y unos sudores fríos, como los del anuncio de la muerte. Cuando llegó el día tenía hasta fiebre, pero había dado mi palabra y me levanté dispuesto a todo. “No eres Centeno, pero verás como sales airoso”, me decía a mí mismo para proveerme de coraje. Mi madre me había comprado una chaqueta negra como de viudo doliente y una corbata tan roja como una amapola, como si fuera a casarme. Y me metió en una cajita de cartón dos o tres torrijas y unos cuantos pestiños, “que la miel es buena para la garganta”. Abajo, en la calle, me esperaba la señora con su familia, su marido y sus hijos, que parecía que iban a un velorio: todos de negro borrasca, hasta los niños. La furgoneta se asemejaba a la de una funeraria y ahí me metieron un poco a empellones, porque algo me decía que no debía montarme en ella y me resistí todo lo que pude, sin éxito. Con los nervios, en pleno viaje le metí mano a las torrijas y a los pestiños, con tan mala fortuna que se pelearon entre ellos en mi barriga y tuvimos que parar cinco o seis veces en el trayecto de Sevilla al pueblo donde íbamos. Me miré en el retrovisor de la furgoneta y tenía las ojeras de José María Rodero y más mala cara que un chino con calentura.

La entrada en el pueblo fue espectacular, con un grupo de vecinos corriendo detrás del coche y gritando “¡El saetero! ¡Ha llegao el saetero!”. Incluso habían comprometido a la banda de música del pueblo, que más que una banda de música, era algo así como Los Incansables de Torreblanca, pero con uniforme negro. Tocaron Amargura, claro, una marcha procesional que ni pintada para la situación. No sé si pueden imaginar siquiera al saetero de Arahal criado en Palomares siendo llevado al Ayuntamiento del pueblo por una familia que parecía sacada de una película de Berlanga. Abatido, deshidratado y sin fuerzas ni para andar, llegué a la Casa Consistorial casi al borde del ataque de nervios. Allí nos recibió el alcalde, que iba también de negro callejón. Menos mal que los concejales iban solo de negro azabache. La subida al balcón era por una interminable y aprieta escalera de caracol y mientras iba subiendo miraba a ver por dónde podía escaparme de allí. La banda de música seguía tocando Amargura en la calle, donde la gente se amontonó debajo del balcón para no perderse la ejecución. De la saeta, aclaro. Cuando salí al balcón, sujetado por dos municipales, con las piernas como dos almohadas de plumas de ganso y las tripas rugiendo, giré la cabeza hacia la izquierda y vi que venía Jesús a lo lejos y que lo traían casi corriendo, al trote. “¡Por Dios, que no corran tanto esos malditos cargadores”, decía yo muy afligido. Me agarré al frío balcón de hierro pensando en Ícaro y por primera vez en mi vida le pedí algo a un ser superior. Le pedí a Jesús que no se parara cuando llegara a la altura del balcón del Ayuntamiento, que siguiera su camino y me hiciera el favor de su vida. “Si me concedes este deseo, Jesús, seré autónomo lo que me quede de vida”, llegué a prometerle. Cuando lo vi a veinte metros del balcón, con aquellos ojos entornados y toda la pena del mundo en su mirada, apreté los puños y canté mentalmente una saeta para encontrar el tono de voz conveniente:

Que se callen las trompetas,

que no redoblen los tambores,

que está sufriendo en la cruz,

que en la cruz esta sufriendo

el más grande de los hombres.

La había compuesto expresamente para aquella noche. Al abrir los ojos comprobé que el paso había pasado de largo y al mirar asombrado a Jesús vi cómo volvió la cara y me guiñó el ojo derecho, ya sin la amargura posada en su rostro. El alcalde, los concejales y la Famila Addams estaban como petrificados y en la calle no quedaba ni un alma, solo un municipal enfurecido que gritaba: “¡Que detengan a ese saetero! ¡Que lo detengan!”. No me lo podía creer. Jesús había escuchado mis súplicas. Aunque siempre me quedó la duda de si no se paró al llegar a la altura del balcón porque se compadeció de aquel pobre saetero muerto de miedo, o porque había escuchado la saeta que canté mentalmente antes de que llegara a mi altura y le había gustado, de ahí que me guiñara el ojo y hubiera desaparecido la angustia de su cara.

Jamás he vuelto a cantar una saeta en ninguna parte. Y admiro cada día más a quienes son capaces de hacerlo y, sobre todo, a los que logran que este hermoso y difícil cante andaluz se convierta en una obra de arte musical. Me moriré con la pena de cantarle una saeta al Cachorro cuando al pisar el puente, camino de la Campana, el sol de Triana se tiñe de atardecer aljarafeño y los festivos albures del río le cantan y le bailan por bulerías.

Silencio para el saetero,

silencio en la madrugada,

que lo pide el Nazareno

con la luz de su mirada.

 

 

25
Mar/2015

Martillazos a la hucha

Estoy nervioso por causa de esa manía del Gobierno, del actual y los anteriores, de meter la mano en la hucha de los abuelitos, esto es, el Fondo de reserva de las pensiones de la Seguridad Social, creado en 1997 como consecuencia del Pacto de Toledo en prevención de crisis o catástrofes que pudieran poner en peligro las pagas. Si hay que hacerlo se hace y punto, pero no hay por qué decirlo. Imagínese que contrata usted el seguro de los muertos y que, cada dos por tres, le hacen llegar a casa una carta en la que le dicen que acaban de recibir unas maderitas de la selva peruana para su futuro ataúd. La palma antes de tiempo, seguro. Nuestros padres siempre han tocado las huchas, pero en silencio, no como hace el Gobierno del PP que nada más llegar le pegó el martillazo a la ladronera y desde entonces no ha parado. Por otra parte, el pasado año nos dijeron que iban a informarnos a los mayores de 50 años de cuáles serían nuestras expectativas de pensiones, pero aún no sé nada. Mejor no saberlo, como tampoco quiero saber de qué tronco harán mi sarcófago. En ambos casos prefiero que me sorprendan.

23
Mar/2015

¿Inmadurez o chismorreo?

Una cosa que me llama la atención es que cuando vas a votar, sobre todo si vives en un pueblo, la gente te suele mirar a los ojos como queriendo adivinar a qué partido vas a dar tu confianza. Ayer salí de casa para ir a ejercer el derecho a elegir a quién quería que gobernara y me miraban hasta los gatos desde los balcones, que ya se han vestido de primavera. Los balcones, no los gatos. En la puerta del colegio había un señor que me preguntó: “Venimos a votar, ¿no?”. No, a jugar a las bolas. Claro, es que el tío quería saber a quién iba a votar, aunque no te lo suelen preguntar. Esperan a que tú se lo digas. “El voto es libre, pero a estos randas hay que echarlos de una vez”, me dijo, aunque sin querer condicionarme. Cuando voté y salí del colegio, seguía en la puerta y volvió a la carga: “Ya hemos votado, ¿no?”. Me lo preguntó mirándome de nuevo a los ojos y, además, recorriendo con la vista mi cuerpo, analizando mis zapatos y hasta si iba o no bien peinado. Y cuando me alejé, le escuché decir: “Éste se cree que yo me chupo el dedo”. ¿Inmadurez democrática o puro chismorreo provinciano?

21
Mar/2015

Ya es primavera en Cuatro Vientos

Tiene la primavera,

cuerpo de mujer hermosa

y el color de las cerezas.

La visita hoy a Palomares del Río es sagrada, algo obligado. No hay mejor lugar para recibir a la primavera que aquellos soleados campos de mi niñez que unen a pueblos como Coria del Río, Almensilla, Mairena del Aljarafe, Gelves y Palomares. Casi cuesta ya encontrar un manto de amapolas y un piélago de jaramagos, pero a veces ocurre y el espectáculo es extraordinario, sobre todo por la luz, porque el campo es más o menos igual en todas partes, como son muy parecidas las ciudades en todo el mundo. Pero la luz no. De niño me subía al pino de Mampela y desde su copa veía las huertas, los maizales y los matos con tanta variedad de colores que todo el campo parecía un cuadro de Van Gogh. Luego estaba la música, la de la primavera, porque en el campo, cada estación del año tiene su propia música y la de la primavera es la mejor. En aquellos años de mi infancia no sabía quién era Antonio Vivaldi, el compositor de Las cuatro estaciones, una de las obras cumbres de la música clásica. Nosotros teníamos a Los Romeros de la Puebla y a José Manuel El Tamborilero, que a falta de pan buenas eran tortas. Pero cuando ya vivía en Sevilla y descubrí la obra del italiano, al escuchar el primer movimiento, La Primavera, me imaginé a Vivaldi tumbado en El Majano después de haberse tomado un mosto en la taberna de Mariquita Méndez, oyendo el canto de los pájaros, escuchando el murmullo del agua por las acequias, el susurro de las margaritas y las amapolas, los ladridos de los perros, los acordes de algún guitarrillo tocado por un aldeano y crótalos de bronce marcando el compás de viejas playeras sevillanas que bailaban las niñas y las abuelas del pueblo.

Palomares

En Cuatro Vientos, la llegada de la primavera era un estallido de música y de color, de olores y júbilos para la vista. Llegaba sin avisar, de la noche a la mañana. Te acostabas la noche antes oliendo aún a un invierno que apuntaba ya a despedida y por la mañana era como si hubieran cambiado el decorado y el filtro de los focos en el campo. Entonces, en los sesenta, en Palomares no había ni un chalé, solo algunas casillas en el campo para los aperos del labrantío, tan blancas de cal que brillaban de una manera maravillosa en medio de las verdes huertas y los amarillentos viñedos. Teníamos el campo en la misma puerta de casa, a escasos metros, y los animalitos silvestres entraban en el corral como Pedro por su casa. Abrías las ventanas por la mañana temprano y entraba una luz tan blanca que te cegaba, y esa luz se quedaba ya dentro de las habitaciones durante todo el día, aunque cerraras las ventanas. En Almensilla hubo un hombre muy ingenioso que me enseñó a atrapar los rayos del sol para alumbrar la casa, a la que aún no había llegado la luz eléctrica. Al amanecer, ponía una espuerta en el corral, en el lugar donde se posaban los primeros rayos del sol de la mañana, y cuando veía la espuerta llena de luz, con colmo, le echaba un saco por encima. Una vez atrapada la luz en el capacho metía la espuerta en su casa y a la caída de la tarde, cuando se ponía el sol y llegaba la noche, le quitaba el saco a la cesta y salía de ella un cañón de luz que como una bruma se iba metiendo en todas las habitaciones, que permanecían alumbradas y calientitas hasta la mañana siguiente.

La primavera era también la época en la que te enamorabas. No es que no pudieras enamorarte en verano o en otoño, que solía ocurrir también. Pero si lo hacías en primavera era otro enamoramiento muy distinto, como la picada de un mosquito. En Cuatro Vientos apenas había niñas, solo cuatro o cinco en edad de enamorarse o de ser conquistadas, y era un verdadero problema porque, encima, siempre había algún coriano o un mairenero rondando por allí con centellitas en los ojos. A veces había que ir a Coria del Río a ver si te picaba el mosquito en el Cine Estrella, pero como apenas teníamos dinero para el cine, la alternativa era irse a pasear por la orilla del río, donde las jóvenes corianas jugaban a la comba y cantaban y bailaban sevillanas y fandanguillos de Alosno mientras los plateados albures se salían del agua para darse baños de sol en la barcaza. No se te tenía que notar mucho que eras de Palomares, auque no era fácil ocultarlo porque compartíamos colegio, el de El Cerro. En cambio, cuando los corianos o los sanjuaneros venían a Palomares era muy distinto: las adolescentes de nuestro pueblo salían de sus casas alborotadas, como gallinas jóvenes en un gallinero al que llegaba un apuesto gallo de otro corral. Y si encima era hijo de un pollo del Estado o de un farmacéutico, miel sobre hojuelas.

Cuatrovientos 3

Cuando se vive en la ciudad no le damos tanta importancia a la llegada de la primavera como cuando vivimos en un pueblo. Sevilla es quizás una de las ciudades más primaverales del mundo, por sus zonas verdes y el clima, y por esa luz que a tantas personas ha enamorado, desde poetas y músicos de todo el mundo hasta registradores de la propiedad y comerciantes. Además, la primavera en Sevilla viene también casi sin avisar. Ya lo dijo don Antonio Machado: “La primavera ha venido, nadie sabe cómo ha sido”. Y años antes, don Gustavo Adolfo aseguró que mientras hubiera primavera en el mundo, habría poesía:

En la primavera,

los mininos maúllan

en las gateras.

 Así y todo, a pesar de que Sevilla es la ciudad de la primavera, prefiero ir a Palomares a darle la bienvenida a la nueva estación del año. Ya no es posible subirse al pino de Mampela y ver desde su tupida copa las huertas y los maizales que no existen. Ni escuchar en El Majano el primer movimiento, en el tajo, de Las cuatro estaciones de Vivaldi. Ni atrapar los rayos del sol con un capazo. Ni ver cómo entraban los animalitos silvestres en el corral, como Pedro por su casa. Pero sí es posible ver aquella misma luz de entonces, porque hay cosas que no mueren nunca. Y seguro que esta mañana, al amanecer, cuando los primeros rayos del sol hagan que se vaya la bruma va a aparecer una luz deslumbrante, como la de antaño, que durará hasta el solsticio de verano. A lo mejor aparece también el mosquito que te pica en la corteza del corazón y vuelves a descubrir el amor, ya de otra manera, pero amor al fin y al cabo. No sé si el milagro ocurrirá hoy o no. Pero por si acaso, pongo rumbo a Palomares porque en Cuatro Vientos ya es primavera, esa época del año que nos llena la boca de agua fresca y que pone ante nuestros ojos, los de quienes amamos el campo, el mejor cuadro de Van Gogh.

Un tapiz multicolor,

una fragancia de olivo,

Cuatro Vientos está en flor

y sé bien por qué lo que digo.

19
Mar/2015

Que me devuelvan la infancia

El-Infierno

Ha dicho el papa Francisco que lo del infierno es mentira, un cuento más. Y se quedó tan pancho. ¿Esto no lo dijo ya Juan Pablo II? Si es mentira, ¿a quién le tengo que pedir cuentas ahora? No digo una indemnización por daños físicos y mentales, que no estaría mal, sino una explicación seria más allá de la conocida llaneza de este Santo Padre tan peculiar que no deja de sorprendernos cada día. Gratamente, por supuesto. Si es mentira que exista el infierno, que alguien me devuelva mi infancia, una niñez llena de miedo al de los cuernos y a ese horrible horno bajo tierra al que iban los niños malos del nacionalcatolicismo. Me imaginé muchas veces cómo sería el infierno y casi notaba el terrorífico calor de sus llamas mientras dormía pensando que Lucifer me había elegido para ajustarme las cuentas animado por el cura del pueblo. Toda la vida temiendo ir al infierno y ahora viene el que más chanela de estas cosas a decirnos que no, que el infierno es un cuento, que no hay tío feo con cuernos y rabo esperándonos para asarnos a la parrilla. ¿Algo más que debamos saber, don Jorge Mario Bergolio?

18
Mar/2015

Una ‘menuílla’ con el arte muy concentrado

Foto Toledo

Rosario Toledo es desde hace muchos años una estupenda bailaora, aunque aún no es lo que llamamos una primera figura. Y no es porque no tenga méritos para serlo, sino porque, sencillamente, aún no se le considera como tal. Sin embargo, sus espectáculos son siempre éxitos, sobre todo cuando presenta algo teatralizado, como el último, ADN, que es una verdadera maravilla. Demasiado largo, por ponerle algún pero, que es una manía de los críticos, pero con momentos apoteósicos, de buen cante y de mejor guitarra. La bailaora gaditana sabe elegir bien el cuadro de acompañamiento para sus obras flamencas, lo que demuestra seriedad y seguridad, además de buen gusto. Para la que nos ocupa, la artista ha contado con un maestro de Cádiz, del Barrio de la Viña, al que estamos recuperando, Juan Villar, otrora estrella indiscutible en los festivales de verano, cantaor de sello propio que revolucionó el cante de Cádiz hace tres décadas, sobre todo las bulerías. Por otro lado, Rosario ha querido contar con una nueva figura de la Tacita, el también cantaor David Palomar, que estuvo estupendo en todo. Con un guitarrista sevillano, Rafael Rodríguez, que es ya un maestro indiscutible del mejor toque flamenco. Y con otro de Jerez, el maestro Niño Jero, al que llaman Periquín. Por último, con el percusionista Roberto Jaén. Con esta base musical atrás, la bailaora tenía que triunfar y lo hizo a lo grande, con el Central lleno y el público entregado. No fue para menos, porque el espectáculo tuvo momentos prodigiosos de creatividad y arte. Y, además, es de flamenco y no de esa otra cosa que nos quieren vender como flamenco. Precisamente, el argumento de la obra gira en tormo a eso, es la historia de una bailaora que se pregunta qué es ser bailaora y qué puede o debe hacer en medio del caos de nuestros días, además de buscar su ADN. Sencillamente, bailar, disfrutar, liberarse, ser ella misma, actuar según su propia manera de ver el arte, la vida, la existencia. Y lo hace de maravilla, bailando bien y actuando. Bailando bien las alegrías, los tangos, las soleares, las bulerías y la caña. Y hasta la milonga argentina de Pepa de Oro, en versión de Chacón, quizás lo más novedoso, su coreografía más original. No es Rosario una bailaora de esas que se plantan y paran el tiempo con majestad y temple. Además, en algunos momentos sobreactúa en exceso y uno no sabe muy bien si es porque es una obra flamenca teatralizada o porque vende el baile de esa manera, desde luego, sin la profundidad y la hondura de las grandes bailaoras que conocemos. Rosario se mueve mucho mejor en lo cómico, en la fiesta; es muy buena actriz y anda estupendamente por el escenario, lo mismo cuando baila que cuando actúa. Bordó el tanguillo de Cádiz, por ejemplo, cantando y bailando a la vez, con un arte increíble. Ahí acabó de meterse al público de Sevilla en el bolsillo, algo que ya viene haciendo con esperanzadora frecuencia. Sevilla ya es de Rosario Toledo, gustan sus maneras, su frescura, su valentía y, sobre todo, su descarada forma de entender lo flamenco. En definitiva, pocas veces hemos visto un espectáculo de flamenco en el que el baile, el cante y el toque tuvieran tanta dependencia el uno de los otros, aunque sin ataduras, con libertad. Solo le sobraron minutos, es una obra un poco larga, diría que demasiado larga. Pero con momentos francamente geniales y con un buen resultado en general. Menudilla de cuerpo, tiene el arte muy concentrado.

Ciclo Flamenco viene del Sur. ADN. Compañía Rosario Toledo. Baile: Rosario Toledo. Cantes: Juan Villar, David Palomar y Roberto Jaén. Guitarra: Rafael Rodríguez El Cabezas y Niño Jero. Percusión y palmas: Roberto Jaén. Entrada: Lleno. Sevilla, 17 de marzo de 2015