La mirada de ‘Luciérnaga’

A mi sobrina Anabel

Mi casita de Cuatro Vientos. Fotografía de Quico Pérez Ventana.

Cuatro Vientos. Fotografía de Quico Pérez Ventana.

Luciérnaga era el nombre de un mochuelo que crié a mano en Cuatro Vientos. Le enseñé un nido al Niñolola grande, con dos pichones, que encontré en El Majano y cuando fuimos a por ellos para llevárnoslos a casa, discutimos agriamente sobre quién se quedaba con el pollo más hermoso, con el mejor criado. Naturalmente, se lo llevó el Niñolola, que para eso era el más fuerte de los dos. Me tocó el mochuelo más pequeñito, el más enclenque. Sabía que no lograría criarlo, pero lo cierto es que comenzó a comer cigarrones y garbanzos guisados y echó todas sus hermosas plumas marrones y grises con una precocidad asombrosa. En cambio, el del Niñolola se murió pronto, porque creo que le dio de comer arroz con leche con su canela y todo, y su cáscara de limón. Le entraron unas diarreas terribles y la espichó, claro. No puedo decir que me alegrara, pero celebré que el mío saliera de aquella delgadez y se convirtiera en el rapaz más bonito de todo Palomares. ¿Saben cómo buscábamos un nido de mochuelos? Solían anidar en las chuecas de los olivos de Mampela y la primera pista era la inmundicia en la tierra, cerca de árbol. Cuando había sospechas de que en un olivo podría haber un nido, el siguiente paso era saber si tenía crías. Se cogía una varita de olivo recién cortada y se introducía en los distintos agujeros de la chueca. Si había pichones, enseguida picoteaban la varita, que, además de mordida, salía con las pelusillas blancas de los mochuelitos. No resultaba fácil cogerlos, porque los padres no eran tontos y anidaban en los chuecos donde no había agujeros grandes, que pudiera caber ni siquiera la mano de un niño. Entonces, se amarraba un gusano a la punta de la vara y se introducía por el agujero. El pichón mordía el engaño y, cuando se notaba, sólo teníamos que tirar de la varita con cuidado y el autillo venía agarrado a ella. Luciérnaga creció en casa y estuvo con nosotros, como uno más de la familia, durante muchos meses. Dormía mucho de día, algo normal en las aves nocturnas, así que por las noches lo revolvía todo y no nos dejaba dormir. A veces encontraba un hueco por donde salir de la casa y estaba toda la noche fuera, en los olivos más cercanos al corral, maullando como los gatos. Por la mañana, cuando los primeros rayos del sol entraban por las grietas de la ventana del dormitorio, andaba sigilosamente por la habitación y se metía en su jaula de madera a dormir. Cuando ya era capaz de volar con soltura, en ocasiones me lo llevaba al colegio y desde un palo de la luz me observaba, con aquella manera de girar la cabeza, sin mover para nada el cuerpo. Regresaba solo a casa y se metía en su cubil favorito, un agujero en la pared de la cocina. Cuando veía cercana la hora de mi llegada, salía de su escondrijo y se ponía en otro palo de la luz a verme asomar la cabeza por la cuesta. Al verme salía volando y se posaba en mi hombro. Demostraba el cariño dando picotazos en el cuello, que me provocaron una herida ya ulcerada, cuya cicatriz me duró años. Aquella callosidad me lo recordaba constantemente, cuando ya no estaba entre nosotros. Nunca olvidaré la mañana en que salí al campo a buscarlo, porque amaneció y no se metió en su jaula como de costumbre. Recorrí todos los olivos de Cuatro Vientos, por si se había encariñado con alguna mochuela, pero no lo encontré. Ya por la tarde, entristecido, salí a buscarlo de nuevo y encontré su cabeza y sus patas en una cuneta. Lo había devorado un gato. Luciérnaga se había criado en casa, donde teníamos una gata, por lo que no sabía del peligro de estos animalitos.

Las peñas se hacen fuertes en Marbella

A José María Segovia

Salvador Pendón.

Salvador Pendón, presidente de la Diputación de Málaga.

La Federación de Peñas Flamencas de Málaga ha organizado este fin de semana, en colaboración con la Confederación Andaluza, la Diputación Provincial de Málaga y la Agencia Andaluza del Flamenco, el I Congreso Internacional de Peñas Flamencas para debatir sobre la situación actual de este importante colectivo, con 317 peñas federadas sólo en Andalucía. Ya hubo un intento hace ocho años, en Málaga también, de celebrar un congreso de este tipo, pero no tuvo éxito. En cambio, en esta segunda ocasión ha tenido un extraordinario poder de convocatoria, porque al hotel Andalucía Plaza, de Puerto Banús, llegaron cientos de peñistas el pasado viernes, y otros cientos al día siguiente. Los había por todas partes. Más de cuatrocientos peñeros –así los llama Morente- de toda España y algunas ciudades el mundo, se dieron cita en la Costa del Sol para poner de manifiesto que las peñas flamencas existen, que cumplen un papel importante en la difusión y el mantenimiento del arte flamenco, y, sobre todo, que tienen problemas graves de financiación y que exigen a las instituciones públicas andaluzas su apoyo para solucionar el problema de una vez por todas y para los restos.

El congreso podría haber salido mal y no pasar absolutamente nada. Pero ha salido bordado y tiene que pasar algo, creemos nosotros. Es un serio toque de atención a la Junta de Andalucía y a las diputaciones. A todas las instituciones públicas de la región, que presumen de ayudar mucho a las peñas flamencas, pero que sólo andan con dádivas, en comparación con el dinero que se destina a otros colectivos. Bien cierto es que con Franco estábamos peor, porque además de no haber un duro para las peñas flamencas, los grises acababan con las reuniones de los aficionados ante el temor de que estuvieran maquinando acabar con el régimen. Pero, ¿cuándo han visto ustedes que los flamencos se reúnan para comenzar una revolución? Como mucho, para pegarse una buena fiestecita.

¿Qué nos llamó la atención?

Congreso 038Tres cosas nos han llamado la atención de este congreso, que podemos calificar de triunfante. Primero, ese poder de convocatoria del que ya hemos hecho referencia, por lo que hay que felicitar a los organizadores, en especial a Diego Pérez, actual presidente de la Federación Provincial de Peñas Flamencas de Málaga; segundo, la ausencia de los críticos -sólo hemos estado nosotros y algunos que iban de ponentes, al menos que viéramos-; y tercero, la de los artistas. ¡Qué poca consideración! Sólo hemos visto en el hotel Andalucía Plaza al veterano cantaor onubense Manolo Limón y a algunos más que iban no como cantaores, sino como responsables de peñas flamencas, que es el caso del también onubense Eduardo Garrocho y otros de escaso renombre.

Los críticos e investigadores están perdonados, porque el pasado fin de semana se citaron en Mérida para solucionar sus propios problemas. Pero que no se haya acercado ningún artista profesional a este congreso de peñas, con la labor que hacen y el hambre que les han quitado en los duros inviernos, es para cerrar el negocio. Esto sólo demuestra una cosa: que a la mayoría de los artistas sólo les interesa el dinero. Y como hoy hay muchos ciclos en teatros de España y el resto del mundo, costeados la mayoría de ellos por el papá Estado, les sobran las peñas flamencas, que no son perfectas, claro está, pero que constituyen un colectivo de aficionados cercano a las cien mil personas en toda España.

Tampoco estuvieron los agentes artísticos -sólo vimos al granadino Raúl Comba-, que viven en parte del dinero que mueven las peñas de todo el mundo, principalmente las de España. Estamos hablando de mucho dinero, de cientos de millones de las antiguas pesetas. ¿No creen que deberían haber estado en este congreso para conocer de primera mano, a través de sus protagonistas, los problemas de estas entidades culturales? Por supuesto que sí.

Discursos políticos

Francisco Perujo.

Francisco Perujo, director de la Agencia del Flamenco.

Está luego el siempre peliagudo asunto de los políticos. Tampoco han ido. Rosa Torres, la consejera de Cultura, excusó su ausencia por estar atendiendo otros compromisos. Salvador Pendón, presidente de la Diputación de Málaga, y Paco Perujo, director de la Agencia del Flamenco, estuvieron el día de la apertura, dieron sus correspondientes discursos y ya no aparecieron más. Ambos dejaron claro el interés que tienen por las peñas flamencas, pero no se quedaron a conocer sus problemas. Luego, el interés no será personal sino institucional y político. Salvador Pendón dijo, entre otras cosas, que sin el apoyo de las instituciones públicas el flamenco ya no existiría. Sólo le faltó decir que sin el apoyo de él mismo. Admiramos su compromiso con el flamenco en Málaga, algo que no se puede poner en duda, pero su discurso nos pareció prepotente y fuera de lugar.

Francisco Perujo Sánchez dijo que el futuro del flamenco pasa por las peñas, y creemos que lo dijo porque estaban allí todas las de Andalucía. Si piensa eso de verdad debería intentar conseguir un presupuesto digno para ellas y no permitir que malvivan con ridículas subvenciones, para lo que tienen que estar constantemente llamando a la puerta de su despacho y a las de los despachos de otros gestores culturales. Es algo verdaderamente humillante.

Directos al grano

Como nos temíamos antes de dar comienzo el congreso -por cierto, con una magnífica conferencia de Félix Grande sobre la poesía flamenca-, las ponencias de calidad brillaron por su ausencia, aunque hubo algunas  interesantes, como la del querido compañero Paco Vargas, quien estuvo muy valiente y dijo verdades como puños. Sin embargo, estuvimos en desacuerdo con él cuando afirmó que las peñas son centros privados que viven de las instituciones públicas. En efecto, son entidades privadas, pero no viven sólo de las ayudas públicas, sino de las cuotas de sus socios, de vender décimos de lotería en Navidad y del sacrificio de las personas que luchan por ellas; en ocasiones, con dinero de sus propios bolsillos. Estas palabras de Paco Vargas provocaron la ira de Eduardo Garrocho, de la Peña Flamenca de Huelva, y de José Padilla, de Torres Macarena, de Sevilla, quienes dijeron con claridad que las instituciones públicas sólo buscan el voto a cambio de miserias. Fueron las intervenciones más aplaudidas. Naturalmente, los congresistas sabían muy bien que Paco Valero Vargas es un luchador y un defensor de las peñas, de ahí que no llegara la sangre al río.

Paco Vargas.

Paco Vargas, crítico de flamenco.

Despistados y reformadores

Hubo ponencias verdaderamente inadmisibles, como la de Miguel Clavero Aróstegui, que fue a contar la historia del flamenco, pero no a denunciar los problemas y a dar a conocer soluciones. O la de Jerónimo Roldán, de la Federación de Peñas de Sevilla, que erró en muchos datos al contar la historia de las peñas flamencas, aunque dio en la diana en algunas otras cuestiones. Aportó algunas ideas y pidió que las peñas sean declaradas Bien de Interés Cultural y Bien de Interés Público. También pidió que haya una peña flamenca en cada pueblo de Andalucía. ¿Incluso en los que no gusta el flamenco? Y nos gustó la ponencia de Curro, de la Peña de Almáchar, de Málaga, quien pidió incentivos para las letras nuevas en los concursos, entre otras muchas cosas.

Interesantes fueron las mesas redondas, en las que sobre todo se habló de cómo mejorar los concursos, organizados la mayoría de ellos por las peñas. Antonio Calle, de la Federación de Sevilla, dijo que habría que colegiar a los jurados, como a los árbritos; y el joven e inteligente cantaor Paco Contreras, de Málaga, cuestionó el conocimiento de los flamencólogos para ejercer esta función, exigiendo que los jurados estén formados por profesionales del arte. ¿Por los que saben o por los que no saben? Por último, se planteó la necesidad de acercar las peñas a los jóvenes y de reconocer el papel de la mujer en el mundo de estas entidades jondas.

A modo de conclusiones

Paco Viedma, presidente de la Federación de Peñas Flamencas de Jaén.

Paco Viedma, presidente de la Federación de Peñas Flamencas de la ciudad de Jaén.

Como en todos los congresos, en el de Marbella, del pasado fin de semana, se hablaron cosas de mucho interés, pero también otras muchas que no aportaron nada nuevo. Apenas se trató el tema principal, como es el de la financiación económica de las peñas. En la mayoría de las peñas desconocen cómo solicitar una subvención. Nadie habló de cómo formar a los dirigentes de estos centros, por ejemplo, que sería muy importante. En vez de dar tantas charlas de cante, podrían dar cursos para que esta gente sepa cómo llevar una peña flamenca.

En resumidas cuentas, un gran ambiente en Marbella, un toque de atención a la clase política andaluza y algunas buenas ideas que habrá que llevar a cabo, porque de otra manera, como dijo Paco Viedma, esto se quedará en un viaje de placer a Puerto Banús. Las peñas son importantes para el flamenco y tienen que creérselo y abandonar los complejos para siempre. Trabajan por un arte, el flamenco, para el que los políticos piden que la UNESCO lo reconozca como Patrimonio de la Humanidad. Es una fuente de ingresos muy importante para Andalucía y una cultura que nos identifica en el mundo. Las peñas flamencas andaluzas tienen que organizarse mejor y exigirle a la Junta un verdadero compromiso económico. Si con todo lo que se habló el pasado fin de semana en Marbella, con cientos de peñas presentes, el congreso se queda en un mero viaje de placer, seguramente no habrá otra oportunidad.

¡Cómo cantaba el Cojo de Málaga!

A Manolo Navarro

El Cojo de Málaga en una fotografía poco conocida, haciendo publicidad de sus discos y de otros compañeros, en una revista argentina.

El Cojo de Málaga en una fotografía poco conocida, haciendo publicidad de sus discos y de otros compañeros, en una revista argentina.

Siendo uno de los mejores cantaores de su tiempo, Joaquín Vargas, el Cojo de Málaga, como ocurrió con Escacena y pasa aún con el Niño Medina o Juanito Mojama, estuvo muchos años olvidado. Una biografía de Gonzalo Rojo y la reedición en soportes modernos de su extensa discografía lo han rescatado del olvido y hoy ya está considerado por todos los críticos como un clásico del cante jondo, sobre todo del cante llamado minero, del que fue un verdadero especialista con poco que envidiarle a un Chacón o al propio Niño de Escacena. Nació en Málaga, en la calle Ermitaño, 4, del barrio de El Molinillo, el 27 de julio de 1880. Hijo de José Vargas y Dolores Soto -gitanos los dos, como pueden adivinar por sus apellidos-, al poco tiempo de nacer sufrió una poliomielitis que lo dejó cojo, obligándolo a llevar una muleta durante toda su vida. A pesar de su invalidez, lo del Cojo de Málaga como remoquete artístico llegaría después de que fuera conocido, primero,  por el sobrenombre de el Cojo de las Marianas, por darse a conocer con este cante a principios de siglo, que hacía furor en Andalucía y dio nombre a otro buen cantaor sevillano, el Niño de las Marianas. El Cojo comenzó a cantar en las tabernas y fiestas de su ciudad natal y siendo aún adolescente se fue a vivir a Linares, donde conoció a dos cantaores locales que marcarían su estilo: El Grillo y El Sordo. Linares era entonces una ciudad donde se movía mucho el dinero, por lo de la minería, lo que contribuyó a que se abrieran muchos cafés cantantes, como ocurrió en el pueblo murciano de La Unión. Llegó a cantar en algunos de estos cafés, pero pronto abandonaría Linares para afincarse en La Línea de la Concepción y montar junto a un cantaor y bailaor de la localidad jiennense antes citada, José Maya Cortés, José de la Luz, una compañía que apenas si tuvo éxito. No obstante, es preciso decir que fue de las primeras compañías de cantaores que se crearon por iniciativa de un profesional del género. Con los cafés andaluces en clara decadencia, por la marcha de la región, que no terminaba de levantar cabeza, El Cojo hace continuos viajes a Madrid para actuar en sus cafés cantantes, por los que iban pasando todas las grandes figuras del flamenco desde los tiempos de Silverio Franconetti. En 1906 inauguró El Café del Gato, que estuvo en la calle Álvarez Gato, de ahí su nombre. Actuó con él Sebastián Muñoz El Pena, otro cantaor malagueño de gran importancia. Desde esta primera aparición en un escenario de Madrid no paró de actuar en la Villa y Corte, siendo siempre muy bien acogido por los aficionados. Al igual que Escacena, participó en la Copa Pavón, donde recibió una mención honorífica -el ganador fue el sevillano Manuel Vallejo- y en el homenaje ofrecido a Antonia la Coquinera.  A Sevilla llega en los inicios de la segunda década del siglo XX, cuando ya habían abandonado la ciudad cantaores como Manuel Escacena, Pepe el de la Matrona, Antonio el Macareno, el Niño de las Marianas y Fernando el Herrero. Se presentó en El Novedades, al parecer actuando con Antonio Chacón y Manuel Torre -sus dos grandes ídolos-, y con bastante éxito. Tanto aceptación tuvo, que no dejó de cantar todos los años en Sevilla -sus saetas siempre fueron muy apreciadas en la capital andaluza-, donde conoció a la que convirtió en su esposa, la bailaora Carmen Núñez Porras, gitana como él y natural de la localidad gaditana de San Fernando, con la que tuvo cinco hijos, de los que sólo le vivieron dos. Fue Fernando el de Triana, en su magnífico libro antes citado, el primero que escribió de él con cierto rigor crítico: “Este fue un excelente cantaor de tarantas, mientras no se salió de los cantes mineros. Después se dedicó a renovar sus creaciones, no teniendo suerte, pues arregló lo nuevo y original con cantes ya conocidos y poco apropósito para su voz, por lo cual dejó de interesar al público y a los aficionados. Si el Cojo de Málaga no hubiera abandonado sus cantes primitivos -a pesar de ser puramente mangurrinos-, como les imprimía una expresión sencilla, pero sentimental, a la vez que dulce, por su bien timbrada voz, no se hubiera disipado tan pronto la popularidad que disfrutó”. Una de las ciudades donde más seguidores tenía era Barcelona, en la cantó por primera vez en 1917 contratado por el guitarrista Miguel Borrull padre, que regentaba entonces el famoso tablao Villa Rosa. En los años treinta todavía eran muy celebradas sus actuaciones en el Cine Siberia. El jueves día 2 de agosto, según nos relató un veterano aficionado, estuvo genial junto al Niño de la Palma de Oro, Fanegas, Vallejito y un cuadro de baile  en el que figuraban La Palmira, La Camisona, Luisa la Guapa y Micaela la Mendaña. Ya vivía El Cojo en la ciudad condal -desde 1931- y tenía en ella una gran cantidad de seguidores. Murió precisamente en Barcelona, de hemorragia cerebral, el día 14 de agosto de 1940. Vivía en la calle Cirés nº 13. Falleció en la más denigrante de las pobrezas, como Manuel Escacena, siendo enterrado de caridad por un popular cómico catalán. Así de agitada, y de triste al final de sus días, fue la vida de este gran cantaor de flamenco, empedernido empresario y persona, según quienes le trataron, de refinada gracia y gran corazón. Nunca olvidaremos su famosa levantica grabada con Miguel Borrul en el año 1921:

Ay, la llamo.

Y toas las mañanas la llamo

para echarle de comer.

Y al tiempo de echarle el grano,

que donde se vino a poné,

que la tortolica en la mano.

Flamencas revolucionarias

A Mayte Martín

Las flamencas de antaño eran unas revolucionarias. Sólo hay que mirar a La Águeda, con traje de luces, Rosario Robles la Honrá -de Coria del Río, según Daniel Pineda Novo- y La Juanaca, abajo. Fue La Cuenca la que abrió brecha, seguida de Salud Rodríguez, conocida por la Hija del Ciego, guitarrista puntero. Todas eran del siglo XIX. El escritor y periodista sevillano, de Camas, José Muñoz  San Román, se refirió a este asunto en un precioso reportaje de Mundo Gráfico, del 13 de mayo de 1931. El artículo aporta unos datos interesantes -además de fotografías desconocidas-, que ponemos a disposición de los gazaperos y gazaperas del mundo, si no lo han visto ya en alguna otra parte, porque cada día hay más publicaciones antiguas digitalizadas:

Las flamencas con traje de varón

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La Águeda, cantaora malagueña.

Entre la última veintena de años del siglo XIX y primera década del actual, estuvieron en su mayor auge los cafés cantantes de Sevilla, aquellos centros tan renombrados que eran como templos del cante netamente flamenco. A ellos concurría el público castizo de toda la comarca y buen número de extranjeros para admirar a los más celebrados artistas, siendo frecuentísimas las juergas corridas en sus camarotes por personas muy principales de la ciudad y amigos forasteros, y. por los más interesantes intérpretes del baile flamenco y del cante jondo. Se refieren muchas anécdotas de estas fiestas, de las que eran los más señalados protagonistas los toreros más famosos, cuyo rumbo se hacía bien patente. Durante las juergas consumíase con abundancia la manzanilla sanluqueña,

La Robles, vestida de majo.

La Robles, vestida de majo.

servida en bandejas de cien cañas, que valían, por entonces, la gran cantidad de cincuenta reales. Esto sucedía en el célebre Café de Silverio, de la calle del Rosario; en el Burrero, de la calle de la Sierpes; en el de Novedades, de la Campana, y en el Filarmónico, de la calle del Amor de Dios, entre otros menores.servida en bandejas de cien cañas, que valían, por entonces, la gran cantidad de cincuenta reales.

En estos cafés cantantes se bailaban danzas de conjunto, y también se hacían números solos por las más lucidas maestras. Se bailaba por zapateado, el vito, los panaderos flamencos, y tangos de chufla, muy alegres y vistosos, que enloquecían al público, haciéndolo aplaudir frenéticamente. Los acompañaba a la guitarra, de aquella manera singular que no ha sido sobrepujada, el renombrado Pérez, quien, al final de la fiesta, solía bailar también con la Rubia o con la Macarrona, que ya se destacaba con verdadero relieve de artista de raza.

Desde el año ochenta comenzaron las flamencas que bailaban solas a vestir el traje de varón; bien el de majo con botines, calzón corto, chaquetilla flamenca y sombrero de queso, o bien el de luces que usan los toreros. Esta costumbre se generalizó hasta diez años después de comenzada, en que empezó a decaer. Los trajes de majo confeccionábalos el nombrado Vito, que tenía su tienda en la Alfalfa, donde vivió y se formó el gran Espartero, y el de luces el más renombrado sastre Manfredi.

Al parecer, se trata de La Juanaca.

Al parecer, se trata de La Juanaca.

La primera flamenca que usó en los bailes el traje de hombre fué la Cuenca. Calzaba preciosos brodequines, y vestía calzón corto de fina seda negra, con botones de plata y linda chaquetilla de terciopelo. Se ceñía la cintura con hermoso pañuelo de seda a modo de faja, y al cuello llevaba una riquísima cadena de oro para el reloj. Y se tocaba la cabeza, de pelo negrísimo, con un bonito sombrero majo. En algunos de sus bailes empleaba muleta y espada de matador, para simular con ellas faenas toreras.

A su semejanza se vestía también la Robles, y entre otras, usaba el traje de luces, llevándolo como ninguna, la Juanaca, mujer de Seisdedos. Mas a pesar de lo mucho que por entonces costaban dichos trajes y de lo que valían las artistas que los lucían, era bien poco lo que ganaban con su profesión, alcanzando la que más a percibir diez pesetas por noche.

Por último, se recuerda que, como cosa extraordinaria, María Piteri y Joselito Castillo, actual dueño del Circo Alegría, fueron contratados para actuar en Valladolid por setenta reales la pareja. ¡Lo que va de ayer a hoy!

J. MUÑOZ SAN ROMÁN

Premio para la Bienal de Flamenco

Cartel BienalEL FESTIVAL INTERNACIONAL DE CANTE DE LAS MINAS

CONCEDE A LA BIENAL DE FLAMENCO EL PREMIO

EXTRAORDINARIO DE CARÁCTER ESPECIAL

El Comité Organizador del Festival Internacional de Cante de las Minas, festival que este año celebra sus bodas de oro, ha decidido, por acuerdo unánime de todos sus miembros, concederle a Bienal de Flamenco el Premio Extraordinario de Carácter Especial “por la enorme y magnífica contribución que ha realizado el mismo a lo largo de su impecable trayectoria en favor de la preservación y difusión del mejor Flamenco”.

Con motivo del 50 aniversario del festival, S.M. el Rey ha aceptado la Presidencia de honor del mismo, por lo que la entrega de los galardones se celebrará en el marco de la Convocatoria Cultural Internacional del Festival teniendo “un carácter especial y de sentido homenaje a las más grandes personalidades existentes en los diversos ámbitos culturales entorno al universo de lo jondo”.

La entrega de los galardones tendrá lugar con ocasión de la celebración de la presente edición del Festival, que se desarrollará en la Unión (Murcia) entre el 3 y el 14 de agosto de 2010. Por todo ello, la Bienal de Flamenco quiere agradecer la distinción y espera poder recibir, en las fechas previstas, el galardón de mano de sus responsables.

Éste es el comunicado que recibíamos esta mañana y que hemos publicado en nuestro blog para que todos los gazaperos del mundo lo celebren con nosotros. Es un premio importante, sin duda, por venir de un gran festival como es el de La Unión.

Felicidades a todo el equipo de la Bienal. ¿Lo celebramos con una bulería de El Choza de Lebrija?

¿Se acuerdan de El Chozas de Lebrija?

A José Valencia

El Choza, con gorra de campo y tocando las palmas.

El Choza, con gorra de campo y tocando las palmas.

Decía el otro día un querido compañero, Juan Vergillos, que no le gustaban los centenarios flamencos. El pasado año tuvimos dos, y la verdad es que quedamos un poco hartos. En algunos casos, como ha ocurrido con Mairena y Caracol, la conmemoración es absolutamente imprescindible, aunque éstas no se celebraran como pensamos que habría que haberlo hecho. Nosotros vamos a recordar hoy a un gran cantaor de mucha personalidad sin solemnizar ninguna efemérides: El Chozas de Lebrija, ese señor al que ven en la fotografía, con gorra y tocando las palmas. ¿Qué por qué? Porque nos apetece.

Hay cantaores humildes que, sin haber sido siquiera profesionales, son tan considerados por la flamencología como los verdaderos artistas de teatros. Es el caso de Juan José Vargas Vargas, el Chozas de Lebrija. Para algunos, era natural de Jerez de la Frontera, por haber vivido muchos años en esta ciudad gaditana. Era gitano y creó unas bulerías muy hermosas y geniales que habitan hoy en el repertorio de todos los cantaores calés de buen gusto lebrijano. El 22 de septiembre de 1974 moría este singular cantaor en el hospital de la Santa Caridad de Lebrija. El llorado Miguel Acal Jiménez daba la noticia en su programa de la Voz del Guadalquivir, Con sabor andaluz, con la voz triste y temblorosa: “Ha muerto El Chozas de Lebrija”. Y sonó su voz por bulerías:

¿Por qué dices tú mujer,

que yo he dormío contigo

sin haber dormío…?

¿Quién era El Chozas?, se preguntaron muchos aficionados, sobre todo los que sólo consideraban cantaores legítimos a los que habían grabado discos de pizarra. El Chozas no los grabó porque en aquella época -estos discos se dejaron de hacer a mediados de los años 50-, este buen hombre vivía de su trabajo en el campo y aún no sabía lo que era un escenario. Era, según Ricardo Rodríguez Cosano, que rebuscó en los recuerdos de su vida, “un hombre sencillo, religioso y misterioso que, con tono sentencioso, acompañaba majestad y ceremonia a su gracejo natural”.

Juan José Vargas Vargas El Chozas nació en Lebrija (Sevilla), el día 30 de agosto de 1903. El mismo año en que nacieron el Niño de Marchena y Pepe Pinto, dicho sea sin ánimos de desviar la atención de nuestro protagonista. Recibió su primer beso de luz en la calle Canovas, hoy Corredera. Su madre, María Vargas Soto, era también lebrijana; y su padre, Manuel Vargas Peña, de Las Cabezas de San Juan. ¿Hace falta decir que los dos vendían cal? Era gitanos puros, claro está.

Abandonó Lebrija siendo aún un niño y se afincó con sus padres en Jerez de la Frontera, entonces la Meca del cante jondo. No hay mucha influencia jerezana en sus cantes, pero tuvo que aprender de los maestros de su tiempo, de los mismos que lo hicieron el Tío Borrico, Agujetas El Viejo, La Periñaca, Tío Cabeza y Tío José de Paula, entre otros. Sin embargo, El Chozas decía que su cante era suyo, “una cosa mía mu particulá”. Y llevaba toda la razón del mundo. Analizando minuciosamente sus soleares, romances y bulerías, es indudable la influencia geográfica de Jerez, los Puertos y Cádiz. Pero él lo hacía todo según El Chozas, puesto que era anárquico, de inspiración, de los que no cantan siempre igual. En lo personal era también muy singular. Según el ya citado Ricardo Rodríguez Cosano, cuando El Chozas trabajaba en el campo se levantaba siempre media hora antes que el resto de la cuadrilla de trabajadores, se hervía un jarro de agua de hojalata para matar los microbios y, después de bebérsela, se ponía a hacer ejercicios gimnásticos para estar todo el día en plena forma. Era, además, un hombre ocurrente. En el bautizo de un hijo del cantaor Curro Malena ocurrió una simpática anécdota. Un hermano del desaparecido guitarrista Pedro Bacán estaba grabando los cantes de la fiesta y le acercó al Chozas el micrófono para registrar su actuación. Éste, creyendo que era un vaso de vino, quiso beberse el micrófono. Naturalmente, la gente se tiró al suelo.

Todo lo que grabó El Chozas está en la Magna Antología de Hispavox, editada por el flamencólogo José Blas Vega. Salió primero un disco pequeño (Cantes personales de El Chozas, 1972), donde se pueden escuchar una bulería (Ni en lo que cobija el sol), una jota por bulerías (Que quiere ser capitana) y unas soleares (El día que te conozca). Naturalmente, el disco pasó casi inadvertido, aunque hoy sea una joya para el coleccionista de buen gusto.

El Choza es, aunque su discografía sea escasa, un clásico del cante flamenco. Solía decir Juan Valderrama, que había que tener un sello aunque sea de Correo. Y eso era lo que caracterizaba a este singular gitano de Lebrija: su gran personalidad en el cante. Hizo incluso sus propias letras, con lo que estamos hablando, además de un buen cantaor, de un poeta popular. Por eso, y por mucho tiempo que pase, siempre recordaremos con cariño su cante:

Si alguna vez yo llegaba a mi casa

y a ti mi gente te oculta mi nombre.

Del convento las Marías,

que por quererte yo tanto

así te tienen vestía

La lucha de Fernando Terremoto

A Moraíto Chico

Fernando Terremoto, en una fotografía de Estela Satania.

El cantaor Fernando Fernández Pantoja, Terremoto, está atravesando unos momentos delicados de salud que nos tienen muy preocupados. Parece que el toro de la vida lo está poniendo a prueba, primero con un infarto y ahora con otra embestida, de muy mala leche: un glioma cerebral de grado tres que le fue diagnosticado hace ahora un año. Sólo un hombre fuerte como él y de gran fe puede salir adelante ante tanta insistencia por parte de la mala suerte. Ayer mismo hablábamos con su primo, el bailaor Antonio el Pipa, quien nos decía que “todos confiamos en su fortaleza, la de un hombre de cuarenta años con ganas de vivir”. Estaba preocupado, porque hoy se iba a La Habana y no volverá hasta el día 21 de este mismo mes. “Me voy tranquilo, porque sé que Fernando va a salir también de ésta”, dijo este bailaor tan flamenco y tan buena persona. Desde La Gazapera le vamos a mandar a Fernando Terremoto un abrazo tan grande como su humanidad, pidiéndole que no deje de ser fuerte y que no pierda el compás de su corazón, como no lo pierde nunca cuando canta por bulerías. Fernando es un gran cantaor con un metal de voz muy gitano que nos recuerda mucho al de su padre, el genial Terremoto.

Pánico en el probador

A José Enrique Moreno

rebajasEl otro día fui a comprarme un chándal a unos grandes almacenes de Alcalá de Guadaíra, y estuve a punto de espicharla en un improbable probador tipo féretro. Por motivos de seguridad –para evitar el mangoneo–, las prendas tienen un sistema antirrobo que me saca de quicio. El chándal se compone de dos piezas: chaquetilla y pantalón. Lo normal es ponerse primero la taleguilla y luego la chaqueta, como los toreros. Con este sistema de seguridad hay que ser contorsionista, como mínimo, para probarse un chándal en un probador como aquél, porque las dos piezas suelen estar unidas por un ingenio, que si se te ocurriera salir de la tienda sin pagar se pondría a llamar al Séptimo de Caballería. La muchacha que me atendió, de una amabilidad filipina, se esforzó en explicarme cómo debía probarme la prenda y, sinceramente, entendí a la perfección su explicación a pesar de no haber estudiado en Oxford. Cuando entré en el probador y comprobé que era un ataúd puesto en pie, supe en seguida que tendría serios problemas para ver si el chándal me estaba bien. Me probé primero el pantalón, como me dijo la amable señorita; después, retorciéndome en el sarcófago como un congrio, logré meter los brazos en la chaquetilla. Pero no sé cómo me la ingeniaría, que en cinco segundos me veo colgado de una percha con el pantalón del chándal cortándome el escroto y la chaquetilla enredada en el cuello e impidiéndome respirar. Como me estaba auto estrangulando, apenas podía pedir socorro y estuve colgado de la percha una media hora, acordándome de mi familia y de los antepasados más remotos del que inventara este método antirrobo tan complicado y denigrante. Bregando mucho y emulando a Houdini logré descolgarme del maldito perchero y desenfundarme el chándal. Menos mal que me estaba dibujado, y me lo llevé a casa. Cada vez que pienso que podría haber muerto ahogado por la chaquetilla de un chándal en el probador de unos grandes almacenes, acabo descojonándome, porque es la segunda vez en mi vida que me compro una de estas prendas de deporte. Eso de correr, como diría el gran Rogelio Sosa Ramírez –el genio de fútbol andaluz–, es de cobardes. O sea, que antes de pensar en comprarse un chándal y ponerse a perder kilos, y de visitar a un médico para que le diga cómo está del corazón, asegúrese de que en la tienda donde vaya a comprárselo utilicen otro sistema antirrobo y probadores donde no tenga que retorcerse como una anguila para tantear la prenda. No es mal amigo el que avisa. Desde que me pasó esto, suelo tener unas  horribles pesadillas y cada vez que veo el chándal se me pone la cara de un muerto.

El año que murió Franco

A Jorge Molina

Franco.1El 1 de febrero de 1975 un guardia municipal de Cáceres obligó a retirar de un escaparate La maja desnuda, de Goya, por considerar dicha pintura “indecente y pornográfica”. Cosas como ésta nos sorprenden treinta y cinco años después, pero entonces eran habituales en España. Mientras aquí ocurrían hechos tan pintorescos, Federico Fellini ganaba el Óscar a la mejor película extranjera por Amacord, en la que una de las actrices protagonistas enseñaba uno de sus pechos, de un tamaño increíble y todo de carne magra, sin trampa ni cartón. Seguramente, el inmaculado municipal extremeño disfrutaría viéndola, y esa misma noche le alegraría la vida a su mujer. He descubierto lo apasionante que puede ser consultar libros de estadísticas. El referido a la provincia de Sevilla, de 1975, ofrece unos datos que valdrían para hacer un retrato perfecto de la sociedad de entonces. En lo referente, por ejemplo, a los suicidios de aquel año, el de la muerte de Franco, es curioso que no conste ninguna viuda y sí seis viudos, lo que demuestra la fuerza de voluntad y sacrificio de las mujeres de esta tierra en los momentos difíciles. En Alicante, ciudad de muchos menos habitantes que Sevilla, se suicidaron cinco viudas ese mismo año. Se quitaron la vida en total en la provincia de Sevilla 58 personas: 21 solteros, 20 casados, 6 viudos y 11 mujeres: seis casadas y cinco solteras. Llama la atención el gran número de suicidios de solteros, si comparamos las cifras de unos y otros. Hubo 707 abortos registrados. Noviembre fue el mes en el que hubo menos: sólo 43. Julio fue el que más, con 80 abortos, casi el doble. En cuanto a los extranjeros residentes en Sevilla, sólo había 2. 255. Eran 681 portugueses, 147 americanos, 172 italianos, 153 franceses, 14 marroquíes, 7 chinos, y sólo un danés. Había 16 sin nacionalidad y ni un solo finlandés. Sólo trabajaban 667 extranjeros. En Madrid había 15.000. Y en Almería, donde tantos foráneos trabajan ahora, sólo había 183 registrados. La bicicleta era el medio de transporte más utilizado. Había en Sevilla y su provincia 67. 774. Ni una sola estaba matriculada. Turismos había 17.206. Y motocicletas, 505. Lo curioso es que existían 10. 526 licencias de ciclomotor. O sea, que diez mil personas tenían la licencia, pero no la moto. El salario mínimo era de 280 pesetas diarias y una motocicleta costaba un ojo de la cara. En kilómetros de autopistas y autovías no estábamos mal en comparación con otras provincias españolas. De los 619 kilómetros de toda España, Sevilla tenía 49. Valencia, por ejemplo, sólo 16. Había 23 cooperativas registradas en la provincia de Sevilla: 1 del campo, 2 de consumo, 6 de viviendas y 14 industriales. Con 551 socios en total. De médicos estábamos regular. Había sólo 2. 744. Enfermeras había 1. 996. Veterinarios, 269, con sólo dos mujeres en la especialidad. Y había 152 matronas registradas. Y hablando de matronas, aquel año se asistieron 1. 077 partos, de los cuales sólo 864 fueron normales. 119 fueron de mujeres solteras y no parió ninguna viuda. Además de no arrojar la toalla, sabían guardar el luto. Llama la atención el número tan elevado de hombres que visitaron al urólogo en aquel año de 1975. Dieron el difícil paso 1.587 hombres. Es curioso, porque el urólogo es el médico al que nadie visita nunca. Pero ahí está el libro de registros de enfermedades de declaración obligatoria. En una ciudad taurina por excelencia, como Sevilla, llama la atención que se representaran aquel año 505 obras de teatro en la provincia de Sevilla, sólo 29 corridas de toros y 34 novilladas con picadores. Había 383 cines censados, aunque sólo proyectaron películas 251. En total, 2. 390 cintas. Aquel año las películas españolas recaudaron 111. 267 pesetas, y las extranjeras, 191. 697. De cotos privados de caza estábamos muy bien. Mejor que de reforma agraria. Había 928 cotos para 30.520 licencias de caza. Sin embargo, de cotos de pesca fluvial andábamos peor: sólo contábamos con 11 para 6.624 licencias. El porcentaje de éxito en el envío de telegramas era escandaloso: de 34. 000 que se mandaron ese año, sólo se recibieron 21. 744. Tampoco cuadraban los números en la cuestión del paro registrado. Había 18.000 parados, hubo 46. 256 demandas de empleo y 33. 787 colocaciones. Y para que no se olvide, 46. 389 accidentes de trabajo. ¡Qué tiempos aquéllos! Todavía hay quienes dicen que no hemos avanzado prácticamente nada. ¡Anda que no! Y que hemos cambiado más bien poco. ¡Manda cojones! Otra cuestión es que haya quienes no desean ni una cosa ni la otra. Creo que no les vendría mal mirar de vez en cuando los libros de estadísticas

Que trabaje un guardia

A Juan Luis Franco, que ya es abuelo

Algunos currelantes no vamos a jubilarnos nunca por dos motivos fundamentales: primero, porque es un lujo que no podemos permitirnos los trabajadores independientes, una especie en extinción, si esto no cambia; segundo, porque, en lo que a mí respecta, adoro mi trabajo y no sabría vivir sin escribir. Les parecerá increíble, pero subsisto porque escribo, aunque sea español-andaluz-sevillano-Arahalense. Mientras tenga fuerza para teclear un ordenador y la artrosis no me lo impida, estaré al pie del cañón. Pero comprendo que no todos los españoles tienen un trabajo como el mío, que a veces lo resuelvo sin quitarme el pijama y con los pelos cada uno por un lado, como Beethoven. Cualquier día de estos voy a poner una fotografía en La gazapera, de esa guisa, para que veáis que es verdad lo que os digo. Sin embargo, estoy totalmente en contra de esa nueva ley que quieren sacar adelante, de que nos jubilemos a los 67 años, en vez de a los 65. Es una cuchillada trapera para los de mi generación y la anterior, porque trabajamos desde que éramos niños. A lo mejor es buena para los que comienzan a trabajar ahora, que todavía no le han dado un palo al agua; pero no para nosotros, los niños de la leche en polvo y las papas a lo pobre. Tengo 52 años y llevo cuarenta trabajando. Los del Gobierno quieren que trabaje todavía quince más. Serán cincuenta y cinco años currelando para, al final, cobrar una pensión con la que a duras penas podré acabar de pagar la hipoteca de una casa que compré subida de precio, sin miedo alguno, porque, según los que mandan ahora, la crisis que llamaba a nuestras puertas con las ideas de Caín, era sólo una desaceleración; que ellos la iban a frenar porque estábamos mejor preparados que nadie; y que nos llevarían al pleno empleo. ¡Uff! Creo recordar que fue un excelso socialista sevillano quien dijo una vez que si la derecha volvía a mandar en España -¿es que ha dejado de mandar alguna vez?-, los jornaleros andaluces trabajarían de nuevo de sol a sol y andarían con bastón entre los olivos, como antaño. ¿No es eso lo que quieren hacer ahora: que trabajemos todavía más, de sol a sol y hasta que nos jubile una embolia en el tajo? Supongo que es la única manera que tienen de atajar esta crisis: evitando que en los dos próximos años miles de españoles se unan al régimen de pensiones de la Seguridad Social obligándoles a trabajar dos años más. Los que ahora nos administran no van a tener ningún problema, porque con lo que han trabajado para el país, aunque lo dejaran ahora mismo, disfrutarían de muy buenas pagas hasta que la espichen. Por otro lado, con más de cuatro millones de parados en España, ¿no creen que es una puta ironía que el debate de estos días sea si hay que trabajar más o menos años para poder jubilarse tranquilo? ¿Dónde está el empleo? Supongo que este absurdo debate será una pericia para cambiar el rollo mental de los ciudadanos. “Si quieren que trabajemos más, es que vamos a tener trabajo,” dirán algunos ingenuos. Haya o no trabajo en el futuro, es verdaderamente despreciable que cada vez que hay problemas se asuste a los ciudadanos con las pensiones, que no son un regalo del Estado por nuestro buen comportamiento: son el producto de nuestro trabajo y las aportaciones a la Seguridad Social durante casi toda la vida. Si se sigue asustando a los ciudadanos con la pensión, es más que probable que algunos se enfaden y digan como el epígrafe de este artículo: que trabaje un guardia.