Adiós al bailaor Rafael el Negro

A Matilde Coral

Rafael el Negro junto a Matilde Coral. Era la época de Los Bolecos, años 70.

Rafael el Negro junto a Matilde Coral. Era la época de Los Bolecos, años 70. Reinaba el arte más puro de lo jondo.

Aunque el mundo del flamenco era conocedor de la grave enfermedad que padecía el gran bailaor trianero Rafael el Negro, la noticia de su muerte ha entristecido a todos los buenos aficionados. Esta madrugada moría en el Hospital Infanta Luisa de Sevilla a la edad de 74 años, con su esposa al lado, la gran Matilde Coral con la que había tenido tres hijos: Rafael, Rocío y María. Todo un mazazo, porque además de uno de los mejores bailaores de Sevilla, Rafael García Rodríguez, que así se llamaba, era una persona de una calidad humana extraordinaria, admirada y respetada en todo el mundo. En él se cumplía lo que pensaba el cantaor Juan Varea: que era mucho más importante ser persona, que artista. Rafael el Negro era una de las mejores personas que han andado por un escenario. Era tan elegante en la vida como bailando, que ya es decir, porque no lo ha habido más elegante, entre los de su escuela, que este trianero universal al que Dios se ha querido llevar para evitarle el sufrimiento de una terrible enfermedad contra la que ha luchado como un león durante años, en silencio, sin hacer ruido. Nacido en Triana en abril de 1935, en plena Segunda República, destacó muy pronto en las fiestas del barrio en compañía de su primo El Tito Hijo, de quien aprendió lo fundamental para plantearse el baile como profesión, aunque tenía también la influencia de su propia madre, que fue cantaora. Triana era entonces una cantera inagotable de artistas y Rafael tuvo la mejor escuela que podía tener. Tuvo la oportunidad de ser contratado en El Guajiro, un tablao sevillano que hizo historia, que estuvo en Los Remedios, por el que pasó lo mejor de la mitad del siglo XX. Allí pudo ver Rafael a bailaores de la talla de Alejandro Vega, de quien admiraba la elegancia y la buena planta. Comenzó muy pronto a viajar por el mundo enrolado en distintas compañías, con actuaciones en la Feria de Nueva York, en el Teatro de las Naciones de París, en el Liceo de Roma y en el Royal Festival de Londres, por citar algunos de lugares en los que pudieron admirar su arte. A finales de los años 60, con una carrera hecha y casado con Matilde desde 1957, la maestra del baile sevillano decidió crear Los Bolecos, el trío de baile más famoso de la historia del flamenco, compuesto por Matilde, Farruco y Rafael. Representaban la pureza del baile, la esencia, el duende, pero también la innovación. Era todo un espectáculo ver a este trío en festivales, tablaos y teatros, por la majestad de Matilde, el chispazo eléctrico de Farruco y la elegancia festera de Rafael. Sólo duró cuatro años, lo suficiente para quedar en la historia del baile. Rafael se retiró pronto, aunque nunca se fue del todo. Problemas de rodillas y el hecho de que su mujer tuviera la mejor academia de España, le hicieron quedarse en un segundo plano y participar en espectáculos muy de tarde en tarde. Memorable fue su actuación en la III Bienal de Flamenco, en 1986, en los Reales Alcázares. Desde entonces no se ha visto bailar más en Sevilla a nadie con aquella elegancia y con aquel duende. No ha tenido grandes reconocimientos este artista, pero sí los que son imprescindibles en la carrera de un bailaor nada mediático como era el trianero, que no bailó nunca detrás de las cortinas porque no lo dejaron. Era la humildad y la sencillez personificadas. Así y todo, le fue ofrecida la Semana Flamenca de Palma del Río en 1982 y le otorgaron la Giraldilla de Lebrija en 1995. Además, recibió homenajes en pueblos tan flamencos como Utrera, Mairena del Alcor y Écija, con los que tuvo siempre una magnífica relación. Va a dejar un gran vacío en el mundo del baile porque ya no hay bailaores como Rafael el Negro, un pedazo de artista, un esposo ejemplar y un padre tan grande como la Catedral de Sevilla. Está siendo velado en el Tanatorio de San Jerónimo de Sevilla desde esta mañana y será enterrado mañana en el Cementerio San Fernando, después de que a las 10′30 horas se le haga una misa en Los Gitanos. Habrá que despedirlo con todos los honores porque se nos ha ido uno de los grandes.

http://www.youtube.com/watch?v=YYOKQinxPNM

Mi relación con Naranjito de Triana (III)

A la memoria del maestro

Naranjito de Triana con Valderrama y Mairena en Sevilla. El maestro de Triana fue muy amigo de los dos y a los dos los admiró como cantaores.

Naranjito de Triana con Valderrama y Mairena en Sevilla. El maestro de Triana fue muy amigo de los dos y a los dos los admiró como cantaores.

Las voces como la del maestro Naranjo no han sido nunca muy consideradas por los más puristas. Cuando alguien decía, en su presencia, que para cantar flamenco había que pasar fatiguitas, solía cabrearse mucho. “¡Con las fatiguitas que he pasado yo y, por tener una voz sana y bien timbrada, siempre me tachan de cantaor con poco duende!”, dijo alguna vez. Centeno, el también cantaor sevillano -de unas condiciones de voz muy parecidas al trianero-, sufrió igualmente por este asunto, aunque alguna vez se lo tomó con sentido del humor. Cansado ya de que le reprocharan su escaso pellizco, un día se mandó hacer unas tarjetas de visitas en las que se anunciaba como “Manuel Centeno, cantaor fino pero sin duende”. Pero a Naranjito le hicieron mucho daño con esto -no sé si yo también se lo hice alguna vez, creo que no-, como se lo hicieron recordándole constantemente lo de que cantó para los gobernadores fascistas alguna vez. El mismo Antonio Mairena, cuando le escribió la contraportada de su primer disco en solitario (Naranjito de Triana. RCA, 1968), decía: “Sin ser gitano, ha mantenido un gran contacto con los gitanos de la Cava trianera…”. El problema era ese, que no era calé. Incluso a Tomás Pavón, el genio de la Puerta Osario, le recriminaron muchas veces que no cantaba gitano, que cantaba “agachonao”, porque le gustaba el cante de Chacón y no tenía la voz rota. En este mismo texto de Mairena, que merece una reflexión a fondo, cuando habla de las referencias de Naranjo, se refiere a Chacón -el único payo al que nombra-, Pastora, Manuel Torre, El Gloria y Tomás Pavón. ¿Y Marchena, Vallejo, Varea, Bernardo el de los Lobitos, Valderrama y El Sevillano? Tuvo otras muchas referencias el maestro, gitanas y no gitanas. Por ejemplo, algunos cantaores de su barrio, como fueron Emilio Abadía, El Sordillo, Manuel Oliver y tantos otros. Naranjito no sólo aprendió de los cantaores gitanos. Esa “fina sensibilidad” que le atribuía Mairena por haber convivido con los gitanos de la Cava la tenía por ser de Triana y por mamar el cante desde niño en su propia familia y con cantaores y cantaoras del barrio, anónimos en muchos casos. Y cantaba a compás igual o mejor que los que lo inventaron. Muy pocos cantaores han cuadrado el cante como Naranjito. Lo decía también Antonio Mairena en el texto ya citado: “…es un gran dominador de todos los cantes rítmicos y acompasados”. Pero a pesar de eso, Naranjito se fue al otro mundo con la pena de que no lo reconocieran como un gran cantaor en todos los sentidos, que lo era y de los grandes; que lo sabía todo porque fue un estudioso; que lo amaba todo porque vivió por y para el cante; que dignificó la profesión de cantaor porque era un señor artista y un caballero. Recuerdo que una mañana tomábamos café en Triana y me dijo que en un periódico recordaban cuando le cantaba a los gobernadores fascistas. Era el gran periodista sevillano Antonio Burgos. “¡Pero si yo era sólo un niño, Manuel”, dijo con amargura. Era la época en la que hacía pareja con Narci Díaz, después de la Guerra Civil del 36. El Gobernador de Sevilla de entonces organizaba fiestas para agasajar a algún visitante ilustre y alguna vez fue Naranjito, siendo un niño. Bueno, pues parece que fue el único que le cantó a los gobernadores fascistas. También cantó un día unos martinetes en las rodillas de Franco, en el Casino de la Exposición, como él mismo contó en sus memorias. Nadie ha dicho todavía que otros muchos cantaores le cantaron a Franco, siendo ya hombres hechos y derechos, y que algunos incluso guardaban orgullosos la plaquita de bronce que les daban por hacerlo. Antonio el Chocolate, por ejemplo. ¿Y qué pasa? ¿Tiene eso algo que ver con la calidad o no del cante? ¿Es mejor o es peor cantaor José el de la Tomasa por cantarle a Felipe González en La Bodeguilla? ¿Perdió el compás Juan el Lebrijano por cantarle a Felipe y asesorar luego a Jesús Gil y Gil? En todo caso, la coherencia. Si llegara a gobernar el PP en Andalucía alguna vez, comprobaríamos lo socialistas que son quienes ahora presumen de serlo.

CONTINUARÁ…

Mi relación con Naranjito de Triana (II)

El maestro, siempre debajo de un sombrero bien puesto.

El maestro, siempre debajo de un sombrero bien puesto.

A la memoria del maestro

Con motivo de la salida al mercado de  su último disco, De amor y Lucha (1989), Naranjo estuvo en mi programa de radio, El duende y el tárab, en Radio Aljarafe. Hicimos una entrevista estupenda porque era un cantaor con el que se podía hablar no sólo de cante, sino de lo que hiciera falta. Y sabía hablar muy bien. Le hacías una pregunta y se llevaba diez minutos respondiéndotela, con toda clase de detalles y sin titubear lo más mínimo. Nunca respondía con monosílabos. Cuando acabamos el programa me preguntó que cómo me iba a mi casa, porque llovía de una manera torrencial. Cuando le dije que me iba en una motocicleta, dijo: “De eso nada; la moto la dejas aquí y te llevo a tu casa, porque vas a llegar como una sopa”. Le hice caso y nos fuimos a buscar el coche, un SEAT 600, que el maestro tenía para moverse por Sevilla. No pueden imaginarse el trabajo que me costó acomodarme en el seíta, por lo de mi envergadura física. Cuando, desesperado, el maestro comprobó que era empresa imposible, se ofreció a quitar el asiento de delante para que me sentara en el de atrás. “No te preocupes; si ha podido entrar el Gutiérrez, entrarás tú”, dijo. El Gutiérrez es un guitarrista muy grande -creo que vive todavía-, que alguna vez probó el microscópico coche de Naranjito. Pero no hizo falta quitar el asiento. Me enrosqué como una lombriz y me llevó a Palmete, donde Naranjo no había ido en su vida. Como llovía tanto, apenas pudo ver por dónde se iba y al dejarme en el barrio me preguntó un poco asustado: “¿Y ahora cómo salgo yo de aquí, Manuel?”. Le expliqué la salida y se fue tranquilo. Al día siguiente lo llamé para ver cómo había sido el regreso y me contó que se había perdido; que había llegado a su casa a las tantas de la madrugada y con barro en el coche para poner una alfarería. “¡Y menos mal que me encontré con Félix Rodríguez de la Fuente, que si no estoy todavía dando vueltas!”, me dijo, con aquella gracia trianera que no se podía aguantar. Ya había muerto el popular creador de El hombre y la tierra. Pero era su manera de exagerar las cosas, de hacer reír a sus amigos. Hubiera sido un monologuista estupendo porque era un narrador de historias como no he conocido otro. Lástima que en sus memorias escritas, ordenadas por José Luis Navarro y José Manuel Trigo (Naranjito de Triana. Fiel a sus sentimientos, 1993), se aprecie tan poco esa manera genial que tenía de contar las historias. El maestro hizo ese libro con toda la ilusión del mundo, pero quedó decepcionado con el resultado. Se lamentaba de que no reflejara lo que había sido su vida y me aseguró en más de una ocasión que se pondría a escribir él mismo sus memorias, pero creo no lo hizo nunca. Su hija Pepa Sánchez comenzó a escribir un libro, Cantes y cantaores de Triana, con la ayuda de su padre, y el maestro se volcó totalmente con la obra. Los dos estuvieron un día en mi casa a verme, cuando vivía en Triana, porque José quería que le ayudara a su hija en la creación del libro aportándole material de mi archivo: discos, libros, fotografías, etc. Y la verdad es que no hizo falta: Pepa acabó la obra y se publicó a través de la Bienal en 2004. El libro, por cierto, es mejorable a todas luces. Lo feliz que le hacía que su hija se dedicara a escribir sobre el flamenco, aunque no le atraía nada que hiciera críticas. Los críticos no le gustaban mucho, sobre todo los que lo machacaban, los que lo llamaban “señorito fachendoso” y “cantaor liso”, entre otras barbaridades. Le dolían mucho las críticas insultantes y sufrió lo indecible por la persecución a la que le sometió un conocido crítico al que no voy a nombrar por respeto al maestro. Recuerdo que una mañana me llamó a casa muy enfadado con una crítica que le había hecho este compañero en la Fiesta de la Guitarra de Marchena. Aquel año cantaron Camarón y él en este festival y el genio de la Isla estuvo rematadamente mal. Llegó malo -estaba ya muy tocado- y se limitó a aburrir al público que se había congregado. Naranjito, en cambio, que cerró el festival a las cuatro de la mañana, estuvo muy bien y levantó a la gente cantando por seguiriyas. No con los fandangos de El Gloria, que eran ya pura rutina para él. Lo hizo cantando por seguiriyas, en plan maestro, con dominio de la voz y un sentimiento extraordinario. En la crítica que lo había sacado de sus casillas, el crítico destacaba a Camarón y minusvaloraba su actuación. Estaba enfadado -con toda la razón, claro- y me confesó que no estaba dispuesto a aguantar más estas injusticias; que estaba asqueado. Estuve en aquel festival y en la crítica destaqué, en titulares, su gran actuación. “Tú has dicho lo que pasó en realidad y es lo que tiene que hacer el crítico; después, como es lógico, desmenuzar las actuaciones y opinar libremente. Pero nunca se le puede robar un éxito a un artista”, dijo.

CONTINUARÁ…

http://www.youtube.com/watch?v=ZDOA6pjQShk

Mi relación con Naranjito de Triana (I)

A la memoria del maestro

El maestro en su todo su apogeo. Principios de los 70.

El maestro en su todo su apogeo. Principios de los 70. ¿Se podía ser más flamenco?

No he conocido señor más grande, en el flamenco, que don José Sánchez Bernal. Me estoy refiriendo a Naranjito de Triana. Y, aunque sé que hay otras opiniones, que respetaré, estoy convencido de que fue también el cantaor más importante del célebre arrabal sevillano. Paseó el nombre del barrio por el mundo y nos dejó una discografía estupenda y de un trianerismo no suficientemente ponderado. En alguna ocasión he dicho que Triana ha dado una gran cantidad de artistas, algo fuera de lo normal si tenemos en cuenta que es un barrio de Sevilla. Sin embargo, las grandes figuras del cante sevillano no nacieron al otro lado del puente. Figuras como El Mochuelo, la Niña de los Peines, su hermano Tomás, Manuel Escacena, Manuel Vallejo, Manolo Caracol, el Niño de las Marianas, Pepe Pinto, El Carbonero, Manuel Centeno, El Colorao y otras muchas, se dejaron ver por este mundo en barrios como la Macarena, San Román, la Feria, la Puerta Osario, San Marcos o la Puerta de la Carne. El cantaor más célebre de Triana, sin desmerecer a Ramón el Ollero, los Cagancho o los Culata, es Naranjito, aunque pocas veces haya reconocido como tal por quienes no han sabido valorar su largueza como cantaor, sus conocimientos y, sobre todo, esa elegancia que tenía en el trato y su enorme sentido profesional. Era un hombre culto y no porque hubiera ido  a la Universidad o por nacer en una familia de intelectuales, que no fue el caso. Lo era porque amaba la cultura y se esforzó para impregnarse de ella. Y como tenía una gracia fina, lejos de la chabacanería reinante de la época, era una delicia estar a su vera y escucharle contar historias de Triana, de Sevilla, de los cantaores viejos a los que llegó a alcanzar, que fueron muchos. Porque, como él solía decir con una gracia innata encantadora, “soy de los que hice el servicio militar con Rodrigo de Triana”. Nació el 12 de noviembre de 1933 en el número 24 de la calle Fabié, en una humilde casa de vecinos, el año en el que murió el gran Manuel Torre. Él cantaba mucho un fandango al estilo del Gloria, que narraba su venida al mundo y el orgullo que sentía por ello:

En la calle Fabié

vine al mundo una mañana.

En la calle Fabié.

Me bautismaron en Santa Ana

y siempre mi orgullo fue

haber nacío en Triana.

Se le humedecían los ojos cuando me contaba cómo era la casa en la que había nacido y en la que vivió algunos años. “Vivíamos once personas en treinta metros cuadrados, una habitación grande y una sala; con un retrete para todos los vecinos. En un mismo colchón, de aquellos de foniscos, dormíamos cuatro hermanos y nos tapábamos con la capa de mi padre, que era municipal”. Sin embargo, el maestro trianero contaba la etapa de su infancia sin resentimientos, sin reproches, sino al contrario: se le iluminaba la cara recordando la alegría de aquella casa de vecinos, sus Cruces de Mayo, sus bautizos y sus velatorios. “Algunas veces, entre un bautizo y un velatorio, elegíamos el velatorio porque daban aguardiente y dulces, y porque se contaban chistes y narraban historias del barrio”, decía. Todas estas cosas me las contó tantas veces, y en tantos lugares distintos, que las recuerdo con una precisión fotográfica. Conocí a Naranjito en 1977 y no tardamos mucho tiempo en hacernos amigos. Fue en una conferencia de Antonio Mairena, en la Peña Niño Ricardo de Sevilla, donde me invitó a pasarme un día por su casa del Barrio de Santa Cruz. Naranjo era muy amigo de Antonio Mairena, aunque discrepaba con él en ciertas cosas relacionadas con el cante. Procuraba no hacerlo mucho porque Mairena era muy poderoso y era mejor tenerlo como amigo, que como enemigo. Antonio respetó siempre a Naranjito; su primer disco en solitario  llevaba un texto del maestro de los Alcores, en el que destacaba la calidad y el saber del trianero. Pero Naranjo nunca estuvo de acuerdo con esa política de Antonio de discriminar tanto a los payos en el cante. No era gitano y nunca se esforzó en parecerlo, como otros de su tiempo. Adoraba a Marchena y a Vallejo y a Antonio el Sevillano y a Juan Verea, lo mismo que a Pastora o a Mairena.

CONTINUARÁ…

http://www.youtube.com/watch?v=uzyPf72csqk&feature=related

En Los Molares con Juan de Juan

El bailaor Juan de Juan a las puertas del Castillo. Fotografía: Bohórquez.

El bailaor Juan de Juan a las puertas del Castillo. Fotografías: Bohórquez.

A la memoria de Ramón Barrull

Esta mañana amaneció el día que invitaba a disfrutar de esos pueblos de Sevilla de incomparable belleza. Después de tanta agua, que parecía que estábamos en Edimburgo, apetecía darse un atracón de sol y, aprovechando la amable invitación del bailaor Juan de Juan, decidí irme a Los Molares, la bella localidad de la Campiña que está muy cerca de Utrera y a treinta kilómetros de Arahal. Hacer el camino desde Arahal a Los Molares ha sido todo un espectáculo, con los campos tan verdes y tapizados de jaramagos. Nada más entrar en el pueblo lo primero que llama tu atención es su fabuloso castillo de 1336, en tiempos una fortaleza crucial para luchar contra los moros, y actualmente, un lugar donde ponen un pescado frito estupendo. Fue el lugar elegido por Juan de Juan para hablarme de su último espectáculo, Los sones negros, que fue presentado en Málaga en septiembre del pasado año, del que les daremos cuenta hoy en La Gazapera, en la que el bailaor de Morón entra de vez en cuando. Juan Carlos Ramírez Castillo, Juan de Juan en los carteles, es un sevillano nacido el 27 de enero de 1979 en el seno de una familia de amantes del acordeón y sin vinculación alguna al flamenco. Siendo todavía un niño se fue a vivir a Morón de la Frontera, una localidad de gran tradición flamenca, donde comenzó a dar clases con Juan de Triana, que tuvo una academia en este pueblo. Pero más que las enseñanzas del maestro le sirvió el ambiente jondo de los flamencos, el sonido de Diego del Gastor, el arte de los bailaores Ramón Barrull y el Andorrano, y las fiestas familiares, con aquellos viejos y viejas derrochando salero. Con sólo 7 años de edad era ya capaz de sorprender bailando y supo que esa sería su vida. Su entrada en la compañía del gran Antonio Canales fue el espaldarazo definitivo a su carrera, lo que le lanzó a la fama. Hoy camina en solitario y busca aún su propio camino, por el que quiere llevar al mundo su manera de entender el baile, una forma muy personal basada en una energía sin parangón y una velocidad sólo comparable a las que tuvieron Antonio el Farruco o Ramírez en sus buenos tiempos. Ahora anda obsesionando con los Los sones negros, con dar a conocer esta obra que pondrá en escena en julio, en Suma Flamenca. En junio se marchará a Nueva York para convivir durante un mes con bailarines negros de Harlem. Quiere impregnarse de aquellas danzas y músicas para entender mejor el arte de los negros y, sobre todo, el de los africanos que llegaron a Andalucía con la ocupación musulmana, como ejército de los invasores, para quedarse después con ellos como esclavos e injertar sus ritmos a nuestros estilos más festeros.

Juan de Juan ha buscado estos paisajes para vivir. ¿Quién se queda un domingo en casa pudiendo ver esto?

Juan de Juan ha buscado estos paisajes para vivir. ¿Quién se queda un domingo en casa pudiendo ver esto?

Con la ayuda de Jesús Cosano Prieto, al que Juan de Juan llama Tito Terrocata, y textos de Lorca, Mile Davis, Lansgton Huges y Nicolás Guillén, el bailaor apuesta ahora por la fusión, como hizo en su anterior obra, Orígenes, aunque apoyado por una investigación más exhaustiva y la ilusión de quien un día decidió ser bailaor y llevar por el mundo nuestro arte y nuestra cultura. Ha sido un placer echar el domingo con él en Los Molares, dialogar sobre el baile, sobre los maestros, sobre lo que le preocupa, sobre el flamenco. Los críticos no debemos estar sólo para ir a ver un espectáculo, sentarnos en la butaca y escribir. Juan de Juan creyó interesante contarme personalmente algunas cosas sobre esta obra y otra que tiene en cartera, Maestros. Y allí estuve;  encantado, además, de escuchar a un artista joven lleno de inquietudes y con ganas de trabajar y de aportar cosas. A la hora de pagar el almuerzo echó la pata alante, como los buenos toreros. Pero me acordé de Pepe Marchena y le dije, como solía hacer el maestro: “Más vale dos heríos, que un muerto”. Entendió la jugada y abonamos la cuenta entre los dos. Más barato que en el mato, por cierto, como solían decir en Palomares del Río hace ya medio siglo. Gracias, Juan de Juan, por dedicarme estas horas tan bien aprovechadas. Toda la suerte del mundo con tus nuevas obras y que nunca falten el sol ni el compás en Los Molares.

¡Ay, aquellos albures de Palomares!

A Antonio Ponce Casado

La Truja, uno de los mejores mesones de Palomares en la Actualidad. En la misma calle estaba el bar de Farina.

La Truja, uno de los mejores mesones de Palomares en la Actualidad. En la misma calle estaba el bar de Farina. Fotografía de Quico Pérez Ventana.

El primer mesón que se puso en Palomares del Río lo montó Farina, que no tiene nada que ver con el famoso cantaor salmantino de Vino amargo. Estaba justamente en la calle donde hoy está La Truja, entre las calles Iglesia y Clavel. Era un local pequeño, bonito y muy acogedor. Se podía comer de todo pero recuerdo con verdadera añoranza culinaria sus albures fritos, que costaban una o dos pesetas la unidad. El albur es un pescado que abunda en el río Guadalquivir. En pueblos como Coria del Río, sin ir más lejos, es fundamental para atraer a los visitantes los fines de semana. Se puede comer a la parrilla o frito, adobado o sin adobar. Farina los ponía fritos y tuvieron un éxito extraordinario, porque no todos los palomareños podían permitirse en aquellos años difíciles comer merluzas, pescadillas o pijotas. Las únicas merluzas que se vieron en el pueblo en aquellos años eran las que cogían ciertos vecinos, que se emborrachaban con gran facilidad y complacencia, aunque sin causar graves problemas. Pero un buen plato de albures fritos, con una botellita de mosto y un bollo calentito, estaba al alcance de cualquiera. Incluso de los chiquillos. A veces nos juntábamos algunos, los de la pandilla, elegíamos una buena mesa y nos poníamos morados de comer albures fritos. Como teníamos cerca la panadería de Cristóbal, que estaba frente a la iglesia, comprábamos bollos recién sacados del horno y cenábamos como auténticos reyes. Muchas veces no disponía de la peseta para el albur pero sí de crédito en la panadería, y el pan era casi siempre mi aportación a la velada zampona. Mi madre nunca me riñó por pedir fiado en la panadería, porque era muy buena pagadora y no había problemas. Además no la engañaba nunca. Mi hermana Loli, en cambio, que era muy golosa, dejó fiada una vez una onza de chocolate en El Molino. Cuando mi madre le pidió explicaciones dijo que ella no había sido, que había sido mi hermano. No hubo manera de hacerla confesar a pesar de los avanzados sistemas de tortura de mi hermano, o sea, el retorcimiento de brazos y el tirón de pelos. De eso hace ya cuarenta y tantos años y aún no hemos logrado que diga quién pidió fiada la onza de chocolate, con lo que ya se pueden hacer una idea del material que está hecha la cabeza de mi hermana. Esto demuestra lo escasa que estaba la comida entonces, sobre todo los dulces, las chucherías, los caprichos. Aún no se me ha olvidado cuando se murió de un infarto el mulo de Martos y corría la gente de Cuatro Vientos con cubos y navajas barberas para descuartizarlo en el campo. ¡Carne de mulo! Sin saber de qué había muerto, al pobre cuadrúpedo lo dejaron en los huesos en una hora y hubo carne de bestia de carga en la mayoría de las casas de Cuatro Vientos. Teníamos una vecina que vivía sola, Rocío la del Loro, que la pobre mujer las pasó moradas. Recuerdo que una mañana hablaba con mi madre de lo mal que estaba la vida, y va y le dice la pobre mujer: “¡Ay, Pepa! Si por lo menos se muriera un mulo de vez en cuando…”.

Los ‘colmaos’ del Madrid de los años 20

A Carlos Vázquez

Los colmaos madrileños fueron muy famosos en los años 20 y 30, aunque en la capital de España siempre hubo estos locales, desde mediados del siglo XIX. Los artistas andaluces, desde Paquirri el Guanter hasta Escacena o Juanito Mojama, en la época ya de Villa Rosa y Los Gabrieles, emigraron a Madrid para buscarse la vida y, en muchos casos, allí murieron. Chacón y Escacena, el gaditano Juan Ganduya Habichuela y el gran Paquirri se quedaron enterrados en Villa y Corte. La revista Estampa, del 27 de diciembre de 1930, publicó este interesante reportaje de Rivas Montenegro, que narra cómo eran estos colmados y la vida de los flamencos en aquellos años de clara decadencia de estos locales, cuando lo jondo conquistó espacios más grandes, en la época llamada Ópera Flamenca:

CamareroEl barrio de Triana de Madrid es ese en que radican casi todos los colmaos. Por una de esas ironías de la casualidad, esta clase de establecimientos en que se rinde culto a un dios Baco, que se toca con cordobés, están en calles que pueden vanagloriarse de una nomenclatura insigne: Núñez de Arce, Fernández y González, Echegaray.

Los colmaos son los únicos sitios donde perdura la costumbre castiza de que un sólo individuo pague el gasto de toda una reunión. Los colmaos, contra lo que pudiera suponerse, ofrecen una mercaduría cara; no son para todo el mundo. La costumbre de la convidá exige un bolsillo bien abastecido. Como la clientela es exigua, todos los parroquianos se conocen, y como además, el vino es el aglutinante de los espíritus más eficaz, penetrar en un colmao, aunque sea sólo con la intención de tomar un chato, supone gastar muchas pesetas. En Madrid hay unos veinte colmaos y puede asegurarse que la parroquia de uno es la clientela de todos. El parroquiano de colmao, por lo general, recorre todas las estaciones.

LA CLIENTELA. LOS ANDALUCES NO SON LOS QUE MAS BEBEN

Antonio es un camarero de colmao.

—Dígame, Antonio, ¿a qué clase social pertenecen los parroquianos de estos establecimientos?

—A toas; pero principalmente a la alta y a la media, ma que a esta. Los probe no puen vení aquí. El vino andalú é pa lo que tienen buen paladá y mucha guita.

—Seguramente la mayor parte de la clientela será andaluza…

—iQue se cree uté eso! Hay ma gachego bebedores de mansanilla que gente de Depeñaperro pa abajo. ¡Pero si hasta hay flamenco de Birbao! uté eze que etá ahí; pue é un guitarrista y é má birbaíno que Casangula.

En el mostrador se aglomera y estaciona una muchedumbre de bebedores. Son los que no se sientan nunca. No tienen prisa, ni nada que hacer, pero pertenecen a la cofradía del codo. Así se nombra a la reunión de parroquianos del mostrador.

Fiesta en un colmao de Madrid. Están Rita Ortegam José Ortega, Niño Pérez, Juanito Mojama y Pepita Caballero, entre otros.

Fiesta en un colmao de Madrid. Están Rita Ortega, su hermano José Ortega, Niño Pérez, Pepe de Badajoz, Juanito Mojama y Pepita Caballero, entre otros.

LOS “FLAMENCOS” NO COMEN

Con los chatos se sirve la rica tapa.

Observo que en algunos parroquianos este servicio no reza con ellos, y le pregunto al camarero:

—¿ Por qué a ese señor no le sirves tapas como a mi?

—Porque los flamencos no comen… Así lo dísen los que no quieren tapa.

—Buenos parroquianos.

—Y que lo diga uté. Si eto de la tapa é la ruina. Mié uté: er chato vale cuarenta séntimos, y en cá chato se dá de tapa má de quinse séntimo.

—Sí, pero cuarenta céntimos una cantidad tan pequeña de vino, ya deja margen de ganancia.

—¿Qué está uté disiendo? Si le cuesta a uté la arroba 50 peseta y arroba tié diez y seis litro y litro diez y seis chato y divida uté y verá uté como el que sale dividido é er patrón.

—No será tanto.

—¿No será tanto? Pue y lo arma mía que pien jamón. ¡Osú! ¿Uté sabe lo que cuesta uno de esta jamones serranos? Pue veinticinco duro er que tenga cinco kilos.

506.000 ARROPAS DE VINO POR AÑO

—¿Cuánto vino se consume?

—Sólo de Sanlúcar, sin contar er Montilla y: otro, unas 506.000 arrobas, y unas 3.000 cajas.

—¡Unos tres millones de pesetas!

—¿Uté é Pitágoras? Mu pronto a murtiplicao uté, señorito.

El camarero de colmao es un valioso colaborador del amo. Andaluz por lo general, es inteligente, simpático y cobista.

A vé un chato pa el mejó periodista der mundo.

-¡Hombre, Antonio, por Dios!

—No jaga uté caso. También le digo a ese que é mejó torero que Cagancho y no ha etao en má plasa que en la de la Sebá.

Los camareros con más mundología que ha encontrado el informador son este  Antonio que colabora conmigo en el artículo, y El Maestro.

LimpiabotasLOS “FLAMENCOS”

Todas las noches los flamencos están al acecho del señorito juerguista que ha de llamarlos para amenizar sus horas de jolgorio. Nunca fijan el precio de su trabajo. La generosidad del juerguista sobrepasa por lo general las mayores exigencias. Se han dado casos de dar para repartir entre los flamencos— dos o tres- que intervenían en una juerga, mil pesetas.

Claro que esto no es lo corriente, y las más de las veces los amenizadores de las orgías castizas han de contentarse con diez o veinte durillos. El flamenquismo está un poco de capa caída. Escasean los juerguistas, sin duda con la baja de la diosa nacional; aumenta la competencia, y, a despecho de todo lo que pregonan las coplas, en los colmaos escasean las riñas.

Aquellas voces comprometidas

A Manuel Gerena

Imagen clásica de Manuel Gerena, el cantaor e la libertad.

Imagen clásica del célebre Manuel Gerena, 'el Cantaor de la libertad'.

Los cantaores han sido siempre individuales. Esto se refleja de manera clara en el coplero tradicional del cante jondo. Pero desde esa privativa actitud individual ha habido artistas que a través de sus coplas han manifestado su desacuerdo con el sistema político del momento. Cantaores como Manuel Vallejo, el Corruco de Algeciras, el Chato de las Ventas o Guerrita, se atrevieron a grabar discos con cantes a favor de la República, pagando con la muerte en algunos casos, como el Chato de las Ventas, cuando el golpe fascista de julio de 1936 nos trajo el cruento enfrentamiento entre los españoles, que todavía colea. Terminada la guerra, pocos cantaores se aventuraron a ir contra el franquismo, entre otras razones porque no era nada fácil. Algunos ni siquiera lo intentaron, sino todo lo contrario: estaban complacidos con ir a cantar a La Granja para que después les sirvieran unos canapés en la cocina y los obligaran a salir por la puerta del servicio. Esto se hacía con artistas de primera fila, con grandes figuras, sin que haya que dar nombres que, por otra parte, son conocidos de todos. A finales de los años 60,  dos cantaores de La Puebla de Cazalla (Sevilla), José Menese y Manuel Gerena, comenzaron su conflagración particular contra la dictadura. No deja de ser curioso que ambos fueran de un mismo pueblo, de una misma generación y hasta de una misma calle. Por supuesto, de familias humildes y, por consiguiente, explotadas, reventadas de trabajar para sobrevivir. Cuando en 1968 lanzó la R.C.A el Romance de Juan García, unos martinetes de José Menese que han hecho historia -escritos por Francisco Moreno Galván, el pintor y poeta comunista de La Puebla-, el suelo del sur tembló de esperanza, porque la voz de Pepe Menese no era una voz cualquiera: era el grito desnudo y lleno de ira de un joven andaluz dispuesto a todo. En seguida escribió Rafael Alberti desde su exilio romano: “Tan solo penando/, sin saber que un día/, una voz que vino de lejos me consolaría”. Este mismo año cantó por primera vez Manuel Gerena sobre un escenario. Era electricista y soñaba con ser torero, pero había leído ya Viento del pueblo, de Miguel Hernández, su poeta preferido, y vivido y padecido lo suficiente como para seguir los pasos de su paisano. Aunque con una notable diferencia: mientras Menese cantaba las coplas de Francisco Moreno Galván, Gerena interpretaba sus propias letras. Coplas como la que sigue: “Ábreme las puertas, pueblo/, que mi verso quiere entrar/, para enterrar la mentira y defender la verdad”. Es de su libro Cantes del pueblo para el pueblo, editado por Editorial Laia en marzo de 1975. Todavía respiraba Franco, aunque asistido mecánicamente.

Mientras unos se jugaban la vida y la carrera, otros recibían homenajes del franquismo. En la fotografía, Caracol, Pastora Imperio y el Marqués de Cádiz, el yerno de Franco.

Mientras unos se jugaban la vida y la carrera, otros recibían homenajes del franquismo. En la fotografía, Caracol, Pastora Imperio y el Marqués de Cádiz, el yerno de Franco.

Rafael Alberti ya celebró con un sentido poema (Coplas para Manuel Gerena) en diciembre de 1971 la llegada al cante de esta voz del sur: “Te llamas Manuel Gerena/. ¡Qué bien consuena tu nombre con la pena!”. El gran poeta de El Puerto de Santa María estaba absolutamente al corriente de todas aquellas voces que, desde el cante jondo, comenzaban a luchar por la llegada de la democracia a España. La otra voz subversiva, desde el cante, era de Granada: la de Enrique Morente Cotelo. Nacido el 25 de diciembre de 1942, desde muy pequeño fue muy independiente y rebelde. Abandonó Granada siendo sólo un adolescente y al llegar a Madrid tuvo que trabajar de albañil, de zapatero, de barbero, y hasta de vendedor. Pero como soñaba con ser cantaor, en seguida supo adentrarse en el ambiente propicio y no tardó en consagrarse en figura del cante jondo. Aunque no está encasillado en el cante protesta -al menos en la misma medida que Manuel Gerena y Pepe Menese-, pronto decidió que no podía estar al margen de la realidad social y política del país y tomó partido en la lucha contra la dictadura cantando en actos como el que tuvo lugar en Madrid, en 1973, en defensa de los sindicalistas de CC.OO. del Proceso 1001. Ese día habían matado a Carrero Blanco de una manera espectacular y a Enrique Morente no se le ocurrió cantar otro fandango que el que sigue: “Pa ese coche funerá/ yo no me quito el sombrero/, que la persona que va dentro/ me ha hecho a mí de pasar/ los más horribles tormentos”. Como es lógico, la travesura le costó la suspensión temporal gubernativa y una multa de 100.000 pesetas, de las de entonces. Y todo por interpretar un fandango que otro cantaor, el jerezano José Cepero, cantaba con frecuencia cuarenta años antes, seguramente movido por la misma rabia. Han sido muchos más, pero estos tres cantaores se la jugaron muchas veces en defensa de la libertad y de la dignidad humana. Eran las voces prohibidas por el franquismo, que ya es historia. Morente, Menese y Manuel Gerena siguen cantando, aunque por otras motivaciones y en total libertad. De estos tres artistas, Morente ha sido el más inteligente, porque ha sabido adaptarse a los nuevos tiempos y moverse a su aire, que no es fácil. Creador reconocido y admirado en muchos lugares del mundo, su obra musical es extraordinaria y representa una referencia para la generación actual de artistas.

La honda voz de Menese. Fotografía de Bohórquez.

La honda voz de Menese. Fotografía de Bohórquez.

Hombre de izquierdas, criticaba a los políticos cuando estaba marginado; ahora, como le va estupendamente, está tranquilo en el aspecto contestatario. Le sigue en inteligencia Manuel Gerena, un verdadero milagro de supervivencia artística. De ahí su inteligencia. Sin tener la calidad de Morente y Menese, sigue viviendo del cante, aunque, sinceramente, pienso que no se le ha hecho justicia. Ya no muerde como en aquellos años, porque antes le prohibían los conciertos y ahora se los niegan.

En cuanto a Menese, el más hondo de los tres, el que canta más por derecho, el que todavía no se ha cambiado la chaqueta -no creo que se la cambie a estas alturas-, se obcecó con la pureza y es una víctima de ella. Piensa que aquí son los mismos perros con los mismos collares, y, claro, si pueden no le dan ni un soplo en un ojo. Parece que no le importa mucho, porque sigue tan firme como cuando empezó. El mundo del flamenco lo ha reconocido con creces, pero no así los políticos, algunos muy bien situados gracias a lo que lucharon el propio José Menese, Manuel Gerena y Enrique Morente.

La nueva generación de cantaores pasa de compromiso social. El dinero manda también en el flamenco. Por eso tenemos que procurar no olvidar nunca a estos tres cantaores y a otros, como Paco Moyano, Pepe Morón, Jiménez Rejano, Turronero, Pepe Suero y pocos más.

http://www.youtube.com/watch?v=UDca_8bgKwM&feature=related

La atracción del cementerio

A Antonio el de la Huerta

Fotografía de Quico Pérez Ventana.

Fotografía de Quico Pérez Ventana.

¿Alguna vez ha pensado de qué forma va a morir? De todas las muertes posibles la peor es la que nos coge en la cama con la dentadura postiza en la mesita de noche y la escupidera al lado. Morir de viejo tiene que ser horrible, luego es preferible fenecer joven aunque ello signifique vivir menos tiempo. ¿Qué más da?

Vivir mucho tiempo no es garantía de que vayamos a ser felices más años. Lo importante es ser dichoso, se viva lo que se viva. Se muere sólo una vez pero la muerte está presente a lo largo de nuestras vidas como una sombra que nos acompaña a todas partes sin que la hayamos invitado. No hay un solo día de nuestras vidas en el que no pensemos en La Pálida o escuchemos hablar de ella en alguna parte. Sólo tienes que poner la televisión y ya la tienes en tu casa, a la hora del almuerzo, de la cena, de dormir, cuando comienzas el día. Admiro la indiferencia de algunos, como la del que cantaba esta vieja soleá de El Zurraque trianero que me pone la piel de gallina:

Cada vez que considero

que me tengo que morí,

tiendo una manta en el suelo

y me jarto de dormí.

Decía a las claras, en su cante, que le daba igual la muerte, que se echaba a dormir tranquilo. Hay incluso quienes la llaman desesperadamente por seguiriyas, como queriendo salir de una situación de infelicidad manifiesta:

A la muerte yo llamo,

no quiere vení.

Hasta la muerte tiene,

compañerita del alma,

lástima de mí.

Soy de los que alguna vez la ha llamado. Todavía niño, como era extremadamente sensible y no llevaba bien que otros niños me pegaran o me gastaran bromas pesadas, le pedía a Dios que me hiciera envejecer de prisa porque veía que a mi abuelo no le pegaban los de su edad ni le gastaban bromas pesadas. Los viejos van dejando la crueldad y recogiendo ternura en el camino. Viendo que no me hacía caso, que todas las mañanas, cuando me despertaba, seguía siendo un niño de ojos vivarachos y ninguna arruga, una vez llamé a la muerte, pero, como al de la dramática seguiriya, sintió lástima de mí y no vino. Dios nunca me concedió ningún deseo cuando creía en él y no sé cómo tomármelo. No sé si es que me quería mucho o que ignoraba mi exitsencia. Le temo a la muerte y no es por mí sino por los que quiero. Conocí a una mujer que vio morir de viejos a dos de sus tres hijos. Ella murió con cien años, en mi presencia, casi en mis brazos, y desde aquel día no pienso tanto en la muerte. Se fue apagando como una vela, y al dejar de respirar le quedó una expresión dulce, serena, como de haber muerto consciente de que por fin le había llegado la hora de pasar al otro lado, donde ella pensaba que vería a sus hijos y que volverían a tirarle del delantal pidiéndole pan con aceite y azúcar y una onza de chocolate.

Cementerio 2

Fotografía de Manuel Bohórquez.

De los lugares que más me atraían de Palomares del Río, el pueblo donde me crié, era su pequeño cementerio, como sacado de un cuento morisco. Me encantaba visitarlo y ver las lápidas con sus fotografías de color sepia, sus epitafios en el gélido mármol y sus flores resecas y amarillentas por el sol y la lluvia. Blanco de una cal siempre reluciente, era como abrir un libro de la historia del pueblo y saber de los antepasados de mis amigos, porque nunca tuve a ningún familiar enterrado en Palomares mientras viví allí. En aquellos años el camposanto era de dos partes, la baja, que estaba en la entrada, y la parte alta, subiendo unas escaleras a la izquierda, donde había dos hermosos cipreses que llegaban a acariciar las nubes en las frías tardes de invierno. Ha cambiado poco, creo. El cuarto de la piedra estaba en la parte de arriba, sobre la que alguna vez llegué a ver a un ahogado, como el hombre inmenso que apareció muerto en el río Guadalquivir a finales de los sesenta. Cogía toda la fría piedra y estaba tan hinchado que podría haber reventado en aquel mismo lecho. En seguida nos llamó a todos la atención el anillo que llevaba en su mano izquierda, de un tamaño sorprendente y una piedra granate que tenía toda la pinta de ser visutería. El muchacho fue enterrado en el suelo, como se solía hacer con los desconocidos e indigentes, pero sin el anillo. Sobre este asunto existen varias versiones en el pueblo. Parece ser cierto que la misma noche que el ahogado se quedó en la piedra a la espera de su identificación a la mañana siguiente, alguien saltó la tapia del cementerio, entró en la fúnebre habitación con una linterna y le arrancó la sortija de la mano al finado ya putrefacto. ¿Se puede tener tanto valor como para hacer una cosa así? Aquella historia se olvidó pronto, pero una llamada al Ayuntamiento, al parecer, del entonces gobernador de Sevilla, comunicó que el ahogado al que habían enterrado de mala manera, en el suelo y sin caja –liado en un plástico-, era el hijo de su sirvienta. Naturalmente, se armó el revuelo y tuvieron que exhumar el cadáver para hacerle la autopsia y enterrarlo como mandaban los cánones.

Con el cementerio, a veces, se gastaban bromas pesadas que alguna vez pudieron provocar un disgusto serio en el pueblo. A alguien se le ocurrió un día saber quién tenía menos miedo y se inventó un juego en el que una persona tenía que ir de noche y amarrar un pañuelo en la cancela del camposanto. Otro iba después, se traía el pañuelo y dejaba otra cosa que lo identificara y demostrara que había estado allí. Fueron varios aquella noche, pero el último no regresó y sembró la alarma en el pueblo. Alguien se había escondido dentro del cementerio para cuando llegara a amarrar algo en la cancela, cogerle la mano. No recuerdo a quién le tocó sufrir el sobresalto, pero sí que el infortunado salió corriendo en dirección contraria al pueblo y llegó a la vecina localidad de Gelves con el corazón queriéndosele salir por la boca y los pantalones algo manchados.

Sin embargo, el cementerio era fundamentalmente el lugar al que llevaban a seres muy queridos, amigos como uno que murió ahogado en el Caño del Capataz. Era un amigo del alma y recuerdo cómo cantaba sevillanas y fandanguillos de Huelva, con una voz prodigiosa. Cada vez que había un enterramiento aprovechaba para ver su sepultura, siempre cubierta de flores y con una fotografía suya que la tengo grabada en la mente como a fuego. Aquella muerte y la de una chiquilla preciosa, como consecuencia de la meningitis, dejaron una herida en mi alma que aún me duele. Todavía hoy, cuando visito el cementerio –lo hice no hace mucho para darle el último adiós a mi tía Ramona, la hermana de mi madre–, siento una terrible presión en el corazón recordando aquellas pérdidas dolorosas e irreparables que conmocionaron a todo el pueblo de una manera difícil de olvidar. Recuerdo que la desconsolada madre visitaba a diario el camposanto y que estuvo años llorando. La escuchábamos por la ventana de su casa, en la Plazoleta, cuando por las mañanas esperábamos el autobús para ir a trabajar o a estudiar a Coria, y se nos partía el corazón. Aquellas muertes consiguieron que la extraña atracción que sentía por el cementerio se convirtiera al final en una tortura cada vez que cruzaba su fría y enmohecida cancela. A todo se acostumbra uno, como demuestra la copla del que se echaba a dormir en una manta cada vez que consideraba que se tenía que morir. La muerte de los seres queridos ya no me lastiman tanto y la atracción por el cementerio ha regresado. Cuando entro en el de Sevilla, que es de los más bonitos de España, apenas tengo la sensación de estar en un cementerio, sino en un museo.

Me pido la alcaldía de Sevilla

A Sánchez Monteseirín

Monteseirín

Alfredo Sánchez Monteseirín

Hoy quiero postularme desde La Gazapera como el futuro alcalde de Sevilla, en vista de que don Alfredo Sánchez Monteseirín tiene pensado irse antes de que lo echen los sevillanos o sus compañeros de partido. ¡Desagradecidos! Yo que usted me iría ya y que lo celebren sin alcalde; es lo que se merecen esos ingratos. Me gustaría presentarme como independiente, sin pertenecer a ningún partido, pero el sistema electoral español no lo pone nada fácil. Tienes que ir a las elecciones municipales desde alguno de los partidos ya existentes o desde el tuyo propio, que tampoco es sencillo crearlo, salvo que tengas jurdó. Si algún día me diera por crear mi propio partido político se llamaría Échatepalláquemetocaamí, porque es a lo que se reduce la política actualmente: sólo interesa el poder, el sillón, al precio que sea. ¡Pues claro! ¿Qué otra cosa se puede buscar en la política? Votas a un señor para que gobierne el país durante cuatro años, pero si en el transcurso de ese espacio de tiempo aprueba alguna ley que no te gusta, que no iba en su programa electoral y, por este motivo, recoges un millón de firmas para que anule esa ley o se vaya a hacer puñetas,  ese señor te puede decir tranquilamente: “¡Ah!, lo siento; no haberme votao”. Y te la tienes que tragar. Si llegara a ser alcalde de Sevilla algún día, armaría la de San Quintín. Dedicaría especial atención a Triana devolviéndoles a los maltratados arrabaleños su añorado puente de barcas con sus banderitas republicanas y sus calles anegadas, con aquellos corrales donde había un váter para todos, en algunos, y sus kioscos de pescado frito; los carriles bici los dejaría porque han costado una pasta gansa, para que regresaran y desfilaran por ellos los arrieros y los vendedores ambulantes, los que pregonaban por las calles el mantillo para las macetas y los búcaros de Lebrija; acabaría con las calles peatonales, pero sólo se podría entrar al casco histórico con carruajes de tracción animal y borricos sueltos, con lo que volveríamos a la Sevilla de El Burrero y los cuartos de la Alameda de Hércules, que tanto añoran los sevillanos de pura cepa; ahorraríamos el dineral que cuesta la Bienal de Flamenco porque los cantaores volverían a las fiestas de los señoritos en busca de la perdida pureza de lo jondo; eliminaría los teatros, esos edificios tan modernos y ostentosos, que convertiría en comedores y albergues para los pobres, últimamente demasiado burgueses con parcelas en urbanizaciones ilegales y tarjetas de puntos del Carrefour; la Feria de Abril la haría en agosto para que llueva algo también en verano y las playas recuperaran su aspecto decimonónico, con aquellos increíbles bañadores de cuello vuelto y los chiringuitos de palmas; la Semana Santa y la Navidad las uniría, con el objetivo de que al Niño Jesús no se le haga tan largo el corredor de la crucifixión; prohibiría las procesiones por las calles, pero estudiaría seriamente la posibilidad de que desfilaran todas por la pista del Estadio Olímpico, con entrada gratis para los verdaderos cofrades y Alejandro Rojas Marcos de capataz en la Hermandad del Despilfarro, a la que en vez de humildes saetas le cantarán el Ave María de Schubert, que queda más fino; construiría un carril-cinturón en la ciudad para las carretas del Rocío, con pesebres portátiles para los bueyes, acabando así con los atascos rocieros; convencería a Manuel Ruiz de Lopera y a José María del Nido para que se jugaran los dérbiles del Betis y el Sevilla en Andorra, lejos de Serba; y, por último, declararía Bien de Interés Cultural la botellona y Bien de Interés Público el mosto y el salchichón ibérico de El Peregil. Como sé que nadie me votaría con este programa electoral tan sui géneris, creo que no voy a ser un obstáculo para Zoido.