03
Ago/2012

Más Andalucía, esto es la guerra

No quieren arreglar la crisis, no se equivoquen. Quieren agravarla, para que echemos como un lastre por la borda todo lo que suene a democracia. El Gobierno de la mayoría absolutista no ha suprimido la serie Cuéntame para ahorrar dinero sino para que no nos demos cuenta de que empezamos peligrosamente a parecernos al pasado. Cuando nos digan que todo esto es por nuestro bien, tendremos que replicarles que nadie que te quiera te hará llorar como en el último Consejo de Política Fiscal y Financiera donde la derecha mimó nuevamente a Valencia y condenó a Andalucía nuevamente al begin the beguine y retornar al espíritu levantisco del referéndum del 28 de febrero. Sólo que ahora no se trata de responder a una pregunta enrevesada sino de responder a un chantaje que puede costarnos, definitivamente, el café para todos, el 151 y todo lo que se hizo bien en los últimos treinta años.

Quienes nos gobiernan podrían haber pensado en aumentar los impuestos contra los ricos, pero ellos son los ricos. Quienes nos gobiernan podrían haber preferido denunciar el concordato con la Iglesia, que se lleva un buen pico de este país supuestamente aconfesional. Pero ellos se creen que la Iglesia es suya. Quienes nos gobiernan podrían haber obligado a los bancos a comportarse como los bancos, pero es que realmente son los bancos quienes nos gobiernan. Así que prefieren que paguen el pato quienes no tienen culpa: los más humildes, a quienes acusan hipócritamente de haber vivido por encima de sus posibilidades. El Estado, al que culpan de la deuda cuando la deuda es infinitamente más privada que pública. Y las autonomías, que es donde el déficit no sólo se ha traducido en despilfarro sino que se ha convertido tradicionalmente en hospitales y educación para todos, autopistas sin peaje y ventanillas que ya no dicen vuelva usted mañana. Cierto es que también hubo mangantes sin fronteras, chóferes de la coca, cuñadísimos enchufados y profesionales de la pompa vana y de la palabrería. Pero no olvidemos las investigaciones con células madre, el jornal sin capataces que contraten a ojo en los cruces de caminos, los diplomas de licenciatura aunque en estos tiempos valgan poco, y la blanquiverde ondeando sobre los sueños colectivos y no sólo en los despachos de la burocracia oficial.

Frente a aquellos que creen que la democracia es cara, debiéramos recordar que mucho más caro es no tenerla. Frente a quienes piensan que la autonomía es lujo, debiéramos espetarle que no estamos dispuestos a renunciar a él. Frente a la intervención en nuestra soberanía, más nos valiera amotinarnos al grito de más democracia. Frente al acoso y derribo de nuestra tierra, tendríamos que frenarles con un claro más Andalucía. Esto es la guerra, como en aquel entonces, como siempre. Sin embargo, ¿quién se pondrá hoy en huelga de hambre, quién saldrá a la calle a riesgo de que disparen a matar por enarbolar la bandera de la rebeldía y el derecho de no someternos al Bundesbank, a La Moncloa ni a las agencia de rating? Hay una larga batalla por delante, pero me temo que nos falta valor para librarla. Quizá es que sencillamente ya no vivamos en un tiempo de gigantes. ¿O sí?

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