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Oct/2010

Tiesos del mundo, uníos

Curioso que hoy, el mismo día en que los millonetis trincones de la Operación Malaya se desviven buscando pasta gansa para pagar sus fianzas, se lleven a cabo marchas contra la pobreza en diversas ciudades del mundo mundial.
Paradojas de la vida contemporánea: unos están tiesos porque han puesto su fortuna a plazo fijo en una cuenta suiza y otros porque no les llega la camisa al cuerpo ni el subsidio a fin de mes o al fin del día. Unos, rodeados de micrófonos y de cámaras, están tiesos por tanto abusar del lifting y otros, que no tienen siquiera quienes les escriban, por tanto abusar de ellos aquello que antiguamente se llamaba capitalismo y que, hoy por hoy, sigue condenando a la exclusión y a la invisibilidad a aquellos que, en palabras de Federico García Lorca, no tienen nada y hasta la tranquilidad de la nada se les niega.

El nombre de la cosa a veces importa más que el nombre de la rosa. Así que tampoco extraña que nuestros próceres prefieran bautizar a los parados como oferentes de empleo. Si no nos gusta la realidad, cambiemos su nombre antes de que nos arriesguemos a cambiar la realidad. Ya no quedan, por ejemplo, proletarios del mundo, uníos o desunidos, salvo en esos barrios chabolistas que el discurso del miedo busca erradicar sin atreverse a eliminar las causas que llevan a las chabolas.
Ayer, en unas jornadas sobre la exclusión social que se celebraron en la Facultad de Comunicación de Sevilla, el profesor Ramón Reig atinaba a preguntar qué hubiera ocurrido si el Parlamento de Cataluña en vez de prohibir las corridas de toros hubiera prohibido la pobreza: “Tienen más suerte los toros que los pobres”, añadió con más razón que un santo laico.

Por mucho que Belén Esteban sea una princesa humilde del Camelot televisivo, lo pobre no es glamuroso, salvo que Los Ulen convierta la miseria en un maravilloso esperpento teatral que bajo el título de Maná Maná reponen estos días en su teatro Fli del polígono Hytasa. Lo pobre ni siquiera ya se llama pobre, sino vulnerable, como si estar a dos velas y boquerón perdido como Carpanta fuera equiparable a las lagrimitas que todos derramamos en su día por la suerte de la novela Betty La Fea.
Los pobres no son vulnerables ni invisibles, sino cada vez más: un 20 por ciento de la población española, según los últimos vistazos a los comedores parroquiales y cuando la austeridad presupuestaria se ceba más en el sueño del 0,7 por ciento que en las paguitas a los bancos que nunca reparten siquiera dividendos entre sus clientes; o en los honorarios e impuestos de los que lo tienen todo y hasta la inmensidad del todo les parece poco. Con perdón de Federico.

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