23
Mar/2015

Un tiempo entre costuras

Aunque haya perdido votos, los socialistas han salvado los muebles electorales. Habrá que coser, dijo anoche Susana Díaz, la primera mujer en ser elegida para la presidencia de Andalucía. Se inicia un tiempo entre costuras, en donde el diálogo quizá no sea sinónimo del consenso pero en donde los acuerdos no sólo serán convenientes sino imprescindibles. El PP tiene un claro descosido y, anoche, al rostro de Juan Manuel Moreno Bonilla le hacía falta un pespunte para arreglarle el dobladillo de la melancolía: ¿cómo sustituirle en un año poblado de comicios? Mejor poner medias suelas y a ver qué ocurre en mayo.

El bipartidismo perdió ayer, pero uno más que otro. Justo al contrario que el 20 de noviembre de 2011 en la debacle de ZP. El mapa político está cambiando y Andalucía marcará tendencia en el resto de España. Como ocurrió en las primeras elecciones andaluzas de 1982. Formaciones como IU y UPyD tendrán que zurcir sus retales para sobrevivir al tsunami de Podemos y Ciudadanos, en un mapa donde el andalucismo es una bandera desteñida.

Teresa Rodríguez, la lideresa de Podemos, subrayaba que ayer se rodó en nuestra tierra una secuencia de la política del cambio. Habrá que ver si el trailer de los meses venideros largometraje nos lleva al melodrama, a la comedia o a una intriga palaciega. Ojalá, en cualquier caso, que los rincones oscuros de nuestra democracia dejen de ser una película de gangsters y nos aguarde un final feliz a los andaluces y a las andaluzas de buena voluntad que ayer bordaron para la calle un parlamento rico en colores y, por lo tanto, en diversidad y quiero pensar que en alegría.

 

15
Mar/2015

Elecciones en cuaresma

Qué magnífica oportunidad están perdiendo los partidos políticos para aprovechar la coincidencia de las elecciones autonómicas con la celebración de la Cuaresma. Y es que, ¿no sería mucho mejor aprovechar este pío preámbulo del viernes de Dolores para convocar pregones en lugar de mítines? El pregón de Semana Santa, de entrada, tiene un público asegurado, a veces mucho más masivo que el que reciben a algunos líderes de ciertas formaciones políticas sin demasiada parroquia. Mantiene, por otra parte, una calidad retórica que para sí quisieran los artífices de algunas arengas, ignorantes sin duda de que Andalucía sigue siendo barroca y aquí agrada grandemente cualquier culteranismo a la vieja usanza que uno de estos twitters que de vez en cuando ponen al descubierto las carencias semióticas de sus autores. Donde se pongan varias oraciones yuxtapuestas, epítetos a granel y tautologías bíblicas, que se quite el lenguaje coloquial o algún contundente insulto como a veces hemos tenido la oportunidad de oír en cualquiera de esas laicas homilias de los partidos.

Si desde fuera de Andalucía nos contemplan aún como un formidable cortijo en donde no hay empresarios ni señoritos, donde hasta los currantes son subvencionados y vivimos al pairo de las fiestas de la primavera, el solecito estival, el flamenco de otoño y las pascuas invernales, ¿por qué no cumplir a rajatabla con semejante estereotipo que en buena parte de los mediosde comunicación al norte de Despeñaperros se empeñan en cacarear? ¿Susana Díaz con mantilla a lo Cospedal, Moreno Bonilla trayendo como principal atracción al botafumeiro de la catedral de Santiago, Antonio Maíllo contemplando las manifestaciones desde las tribunas procesionales?  No veo, sin embargo, a algunos de los nuevos valedores de la cosa pública que se apresten a lucir el impecable terno, la asfixiante corbata, la imprescindible gomina, velo o rodete que imprime caracter a nuestros pregoneros y pregoneras. ¿Y ese profundo olor a incienso que muchas religiones utilizan para atraer a los ángeles y ahuyentar al diablo? ¿Quién quiere acaso alejar al demonio? Tal vez y dada la pluralidad de siglas que ocuparán el próximo Parlamento de Andalucía, más bien quisieran llegar a un pacto con él.

09
Mar/2015

Pero, ¿qué le hemos hecho a los extremeños?

Sabíamos que nuestros tópicos habían dado para cantables, óperas, chachas de comedia y otras extravagancias que el maestro Antonio Ramos Espejo dibujó en su libro “Andalucía, de vuelta y media”. Incluso los propios andaluces hemos convertido nuestros estereotipos en películas de éxito y gitanas de plástico sobre un televisor hasta que tuvieron que dejar de fabricarlas porque era imposible colocarlas sobre el plasma.

Pero, ¿qué le hemos hecho a los extremeños para que el PP de dicha comunidad nos ponga a parir en una web serie titulada los 2 sures? Extremadura la buena y Andalucía, la mala, claro. Ya sabemos que la historia es de quien la escribe. ¿Le hará falta a Monago acabar con Moreno Bonilla para ganar sus propias elecciones? Hoy, el comité de campaña de su partido decidirá si retirar o no semejante disparate animado, que tampoco se ha estirado demasiado en guionistas: cuatro astracanadas con olor moho, mayores lugares comunes que los que parecen criticar y una sarta de embustes políticos a los que estamos sobradamente acostumbrados en cualquier autonomía y, por supuesto, a escala estatal.

El PP cada vez que habla de Andalucía sube el pan y baja en votos, desde el célebre pesebre de Sánchez Dragó a Ana Mato, la ex ministra y supuesta partícipe lucrativa de la trama Gurtel, cuando aseguró que los niños andaluces estaban en el suelo en las escuelas o eran prácticamente analfabetos; ella que ni siquiera sabía de donde procedía el cochazo de su santo. Así que bueno sería para los adversarios del sucesor de Javier Arenas que el presidente extremeño la sostuviera y no enmendara. Pero no sería de ley para Extremadura ni para Andalucía: en tiempos de tribulación no hacer mudanza, como aconsejaba Ignacio de Loyola. Si andaluces y extremeños siempre estuvimos bien avenidos, ¿para qué romper ahora esa baraja justo cuando vamos a enfrentarnos a profundos cambios en el estado español y convendría que nos apiñáramos para no resultar de nuevo eternos perdedores en ese rompecabezas, la vieja morralla del sur, carne de emigración y de jornal menguante, sin fronteras definidas, con un acento similar y una bandera a la que tan sólo diferencia un color? Y no es, precisamente, el de la paz entre hermanos antiguos.

 

01
Mar/2015

Sevilla, tal como era

Antes de que los drones y el talento preciso y genial de Alberto Rodríguez dibujaran el mapa de las islas del Guadalquivir, hubo un helicóptero revoloteando Sevilla cuando la postmodernidad levantaba su canto de sirena en forma de Exposición Universal del 92. Quizá Juan Lebrón heredó de sus vivencias como cámara de Félix Rodríguez de la Fuente ese ojo de halcón milenario que le llevó a filmar a su tierra desde el aire, para la serie Andalucía es de cine. De ahí que, en su día, se le ocurriera sobrevolar el río y la cartuja, desde Chapina al Giraldillo, para capturar en su retina mecánica aquella ciudad cuyo muro ferroviario de la calle Torneo caía casi al mismo tiempo que el de Berlín.
El productor de la Sema na Santa de Manuel Gutiérrez Aragón con guión de Carlos Colón, el de Sevillanas y Flamenco, de Carlos Saura con la sabiduría de Vittorio Storaro, se embarca ahora en una nueva aventura cinematográfica que habrá de titularse Sevilla en el alma. Se trata de un viaje sentimental antes de la Expo, cuando aún no nos habíamos familiarizado con Curro, al que ahora pintan desplumado y barrigón como anuncio de un gimnasio.

De la pericia de Lebrón y de su equipo, con la locución de Carlos Herrera y las firmas como directores de fotografía de José Luis Alcaine, Juan Amoró, Alfredo Mayo o Luis Berraquero, cabe esperar que construyan el azogue audiovisual de un espejo colectivo, una magdalena de Proust de 90 minutos como memoria compartida, antes que una cascada de tópicos y estereotipos por los que siempre Lebrón ha funambulado con suerte sobre una cuerda floja pero victoriosa. Desde Underground, la ciudad del paraíso, de Gervasio Iglesias a la Triana pura y pura de Ricardo Pachón, se está reconstruyendo el imaginario de un paradero que aspiraba a ser distinto a su añejo catálogo de lugares comunes, ese cierto espíritu de Cita en Sevilla, que acaba de ser recobrado en formato de libro. ¿Esa gana ubérrima de transformación era Sevilla o quizá era Sevilla su perpetua voluntad fósil? Quizá ambas. Y ambas sin duda comparecerán en las secuencias que Juan Lebrón ha guardado durante más de 20 años para que terminemos reconociéndonos tal como éramos. Y quizá como somos.

22
Feb/2015

El año de la cabra

El primer contacto que tuvimos con Asia, por estos pagos, después de la llegada del samurai Hasekura Tsunenaga fue la cerveza San Miguel que escapó de Filipinas y el Teatro Chino Manolita Chen, que vino del frío para calentarnos la segunda posguerra: mientras Mao emprendía la larga marcha, el machismo ibérico se iba de marcha para ver aquel circo de cómicos y vedettes, que iba de feria en feria como el titiritero de Serrat.

Ahora, la China es más vecina que nunca, como vaticinaba Marco Bellochio. Y nos importan más sus balanzas de pagos que las de los derechos humanos. Oriente y Occidente comparten ya una larga red de negocios y migrantes, un venteveo de import-export en las pagodas de la globalización, Late a su vez una entrañable relación de niñas adoptadas y un mapa de bazares y de restaurantes, que no pertenecen necesariamente a las triadas aunque dicho supuesto le ha dado a Rafael Escuredo la urdimbre argumental de su estupenda última novela.

Sobre la misteriosa Asia y, sobre todo, en torno a los chinos, cunde una leyenda negra cargada de tópicos basados en medias verdades o en mentiras enteras.  La xenofobia y el racismo no sólo se fijan en negros y en moros, sino que –Torrente dixit– acecha a Fu-Manchú. Es de aplaudir, por todo ello, que una ONG llamada Instituto de Estudios Asiáticos haya sumado en estos días a Sevilla a la ruta de celebración del año nuevo chino, que se inició el jueves y que concluyó ayer en medio mundo, aunque todavía quede pendiente el día de las linternas. Es el año de la cabra, que sabe más de música que de ambición y que nos aconseja que sepamos adaptarnos a lo porvenir. Frente a los imposibles arios, otros, preferimos, en cambio, asumir nuestra vieja herencia mestiza y celebrar la ocurrencia de aquel chino que alquiló un bar en la Macarena y fue capaz  de juntar  en su mostrador  las tapas de carne con tomate y la de rollitos de primavera. Feliz año chino. Pero que, más allá del refrán, nadie nos venga con cuentos.

15
Feb/2015

La Legionaria, contra la crisis

Aunque no lo parezca a primera vista, hubo crisis peores que las de hoy. Sólo que éramos más pobres y no habíamos probado todavía las dulces costumbres de la clase media. No debió ser una pamplina afrontar las uvas de la ira sin John Steinbeck ni echarse a la calle a diario en tiempos de pelargón y paredones, achicoria, gasógeno y rutas imperiales, En la posguerra, no había ni pescado ni chuflas como Albert Rivera que pretendiesen enseñarnos a pescar a los andaluces. Lo que latía, entonces, tras aquel millón de muertos y los yanquis a las puertas de Morón y de Rota, tras el nacional-catolicismo y las radionovelas, era un claro instinto de supervivencia. Y un ejemplo mayúsculo de dicha corriente troncal del pensamiento español se llamó Hortensia Romero, Legionaria, un buen heterónimo para muchas putas sin otro nombre que el de la humillación y el machismo: pelanduscas, busconas, suripantas, magdalenas sin cristo de quien enamorarse. La escribió y la describió Fernando Quiñones, evocando a lumis gaditanas como Pepa la Caballo que, a decir de Antonio Hernández, tenía doble precio para el francés: con o sin. Dentadura postiza.
Ahora, la personifica Montse Torrent, una actriz portuense que anochecerá con ella a partir del jueves en el Teatro La Fundición, de Sevilla, y bajo la batuta de Estrella Távora. La versión que encarna es antípoda respecto a la que en su día encarnó el Teatro del Mentidero, no sólo porque parte de su condición de mujer en carne viva sino porque han sabido expurgar textos que nos acercan más a su intimidad que a su épica. Ahora, se trata de un drama cargado de sonrisas, cuyo espacio escénico es una cama, formidable parábola de cuando la vida entera se prostituye. No hay moralina. Hortensia Romero despierta tanta complicidad como desprecio nos barruntan sus abusadores y aplausos su puesta en escena. La crisis de ahora también es muy puta. Pero lo peor, de nuevo, son sus hijos.

09
Feb/2015

Silencio,se cierra

Ferreterías donde la venta de un puñado de clavos se convierte en algo parecido a la minuciosa selección de las gemas por parte de un experto joyero surafricano. Librerías a cuyos empleados no les hace falta consultar ningún catálogo para averiguar qué novela se oculta tras los dígitos del lomo de Seix Barral o Tusquets. O tabernas como la de Gonzalo Molina en el Pumarejo, que sobrevivió al modernismo y a una guerra civil. El fin de la moratoria sobre rentas antiguas, que entró en vigor en enero, o la lenta agonía de una crisis cuyos brotes verdes sólo crecen sobre el parqué de las bolsas, está echando el cierre a media España: 60.000 autónomos o 100.000 empleados, que tendrán que chapar sus negocios por no poder afrontar los alquileres a precios al uso.

Se dirá: tuvieron veinte años para negociar una mensualidad razonable con sus propietarios y no lo hicieron desde que en 1994 se modificó la ley de arrendamientos urbanos de 1964 pero se establecieron dos décadas de tiempo muerto para evitar lo que ha resultado inevitable, que el comercio tradicional vaya a ser sustituido por un mar de franquicias. Cierto que los dueños de los locales tienen todas las de la ley, para intentar rentabilizar más el espacio que pusieron en alquiler cuando jóvenes o que heredaron de finados generosos en sus últimas voluntades.

Oferta y demanda. Como en tantas otras cosas, ya no existe un Estado suficientemente fuerte como para enmendar esa ola de calcamonías comerciales que va a anegarnos, ni a salvar del tsunami de la globalización a los pequeños y medianos comerciantes de antaño, que nunca fueron mercaderes en el templo sino que el templo de los mercaderes les ha expulsado a latigazos sin ningún mesías que acuda en su salvaguarda.

 

01
Feb/2015

Bombarderos de cal

En Morón ya no se escucha la guitarra de Diego el del Gastor, pero la banda sonora más frecuente que ha sonado en la campiña sevillana desde hace medio siglo fue la del zumbido infatigable de los Phantoms y otros aviones de la U.S. Air Force. La guerra ha militarizado las montañas de cal sin pedirnos la venia.

Ahora, so pretexto de combatir a Al Qaeda del Magreb Islámico o a los ceporros que secuestran niñas a mansalva en Mali, para convertirlas en prostitutas o en suicidas, quieren incrementar el número de operaciones sobre esa base supuestamente española pero a cuyos trabajadores no se les reconoce siquiera el derecho a un convenio y a que su comité negocie la remota posibilidad de que la dignidad de los currantes sea compatible con la gloria a  machamartillo de las barras y estrellas.

De un tiempo a esta parte, uno tiene la turbia sensación de que el Séptimo de Caballería nos trata a los españoles como a ojeadores navajos, en su guerra actual contra los apaches del extinto Bin Laden: tenemos el escudo anti-misiles en Rota y ahora volveremos a rodar en Morón el remake  de Top-gun, pero a la VI Flota la siguen reparando en Nápoles y a nuestros astilleros no llegan siquiera un par de cajas de winchesters, de agua de fuego o de cuentas de vidrio.

Morón de los gitanos –como canta La Canalla– tampoco es ya un verso libre de Julio Velez, pero  los intereses de Estado llevaron su nombre a la hoja de ruta de todas las guerras contemporáneas. ¿A cambio de qué? A que los trenes de aterrizaje silencien el vuelo libre de las soleares. Y que, en lugar de sentirnos más seguros con semejante vecindario, llevemos cincuenta años teniendo la sensación de que somos el hijo de Guillermo Tell con una eterna manzana en la cabeza.

26
Ene/2015

Resquietcat in pacem, Sevilla

Con Paco Lira, ya se ha dicho, hay una Sevilla que se muere. También con La Cuadra, cuyo teatro de Hytasa, donde Salvador Távora trabajaba y aprendía a saber, está en vías de extinción, como si fuera la licencia municipal de La Carbonería. Ambos nombres –en realidad, los cuatro– están unidos por la historia andaluza del tardofranquismo, cuando Lira, que fue técnico de radio y campeaba con el carro de El Papero, ponía una pica en el Flandes de las tabernas y de La Cultura, desde Nervión a Levíes.

Bajo su techo, renacían Oratorio, de Teatro Lebrijano, o el Quejío donde Miguel López y Jaime Burgos, entre muchos otros actores y músicos de la clandestinidad, arrastraban un bidón contra un régimen que se venía definitivamente abajo. Pasaron los años y por las biografías de esas instituciones seriamente humanas, desfilaron versos y banderas, canciones y rasgueados, el eco de Antonio Mairena y la retranca del Bizco Amate. Desde los versos de Federico García Lorca entre un cruce de palos a los de Rafael Adolfo Téllez tras una barra, mediaba el rostro tabernario de Pete Seeger o de Klaus Kinski, los fotopoemas de Fito Cózar y el imposible glamour de Jack Lang.

Contra las mordazas de la dictadura y contra los sonómetros de la democracia, la burocracia no iba en absoluto a juego con aquellos tipos que jugaban a ser toreros y terminaban de cantautores o frecuentaban tanto a Pepe Monleón como al marqués de Paradas que fletó un trimotor para intentar inútilmente salvarle la vida a Carmen Amaya. Aquellos que movían la música rebelde de Radio Pringá, terminaron conviviendo en la noche con Nina Hagen o, indistintamente, con Fernando Quiñones.

Aquella Sevilla estaba, según cuenta, más cerca de las raíces que del postureo, era una ciudad esencial que todavía no era demasiado consciente de ser ciudad sino que enarbolaba una vieja aventura llamada Andalucía. Con Paco Lira ha vuelto a morir un poco. Con Salvador Távora, sigue viva, siempre y cuando los sueños de ambos sigan latiendo. Será el mejor homenaje a la memoria de aquel tiempo. Y a la nuestra.

 

18
Ene/2015

El talón de Aquiles de Podemos

En su fulgurante escalada de éxitos, Podemos parecía tenerlo todo previsto, incluso las críticas torpes de sus temerosos detractores que incluso les beneficiaban: bastante desacreditados estaban los otros como para hacerles caso cuando gritaban que viene el lobo. Antes que un partido, Podemos fue un fenómeno social, uno de esos relámpagos de simpatía pública que España no recordaba desde los tiempos del puño y la rosa. Hoy, sigue siendo, como el Barça, algo más que un club, con su no se qué de símbolo y de catarsis. Seguro que valoraron incluso los riesgos de la sobre-exposición que conlleva la presencia continua de sus líderes en los platós. Fijo que también habrían contado con las calumnias, los fakes y los bulos, con las especies sobre sus vinculaciones con Venezuela, con ETA o, puestos a ello, con Bin Laden con todos sus muertos. También las falacias les harían multiplicarse como los panes y los peces porque su clientela es más propensa a creer a sus líderes que a los de la competencia, a menudo incompetente a la hora de transmitir mensajes incluso veraces.

Pero no contaban con su talón de Aquiles. Los chistes. Maldita la gracia que suele tener los que ellos bautizan como la casta. Sin embargo, los de la coleta tampoco parecen Paco Gandía. Les urge un casting de cómicos para contrarrestar la tormenta de whatsaps que se les viene encima. ¿Cómo replicar a la ocurrencia de que, de ganar las elecciones, la Semana Santa de Sevilla se celebraría en Isla Mágica? ¿O que están dispuestos a quitarle el pimiento a los serranitos? A lo mejor, ya jubilado, podrían fichar a Alfonso Guerra, el autor de algunas de las más hilarantes frases de la democracia española Lo mismo acepta, con tal de llevarle la contraria a Felipe.