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Neoconservadores o sicarios de los mercados
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El BBVA, cuyo presidente pregonó allá por 2008 las excelencias de la banca española y su invulnerabilidad antes los envites previstos por la crisis financiera ultramarina, nos ha acongojado, por si no estuviéramos bastante acojonados, con la advertencia de que la situación es igual o peor que la vivida tras la caída de Lehman Brothers. Resulta que tras los G20, Basileos, stress tests, fusiones, absorciones, el BCE, FMI, la banca sigue en indisposición crediticia; a pesar de que algunos vieran ya en la economía brotes verdes y otros vean ahora rayos de luz, uno de los suyos, exgobernador del Banco de Italia, ahora del BCE, nos lo ha dicho clarito: la banca española es insana y no fluye el crédito. Seguramente, duro lo pagó el Gobierno de entonces, ya no nos acordamos de cuando nos decían que había que adelantar la edad de jubilación y cotizar más, ni de que reformando la Constitución con nocturnidad, estivalidad y contubernio nos salvaríamos, ni tampoco de que cuando hiciéramos la verdadera reforma laboral esto pitaría; hemos hecho dos. Nos hemos comprometido con el déficit cero del ultra liberalismo; la sanidad pública y la educación han sufrido una poda que las harán irreconocibles, las inversiones públicas en infraestructuras ni se ven en el horizonte y además ha quedado establecido, para quedarse para siempre, quizá, el repago generalizado, teniendo en cuenta de que los que más tienen no se ven obligados a pagar más y como lo hacen poco y acostumbran a evadirse, los que pagamos tenemos que hacerlo dos veces, una porque nos toca y otra porque no lo hacen ellos. El Gobierno popular se ha estirado, creyéndose torero, y dado lo mejor de sí para complacer a los mercados; le falta poco. Además se ha convertido en algo insólito: es el mejor agente de desestabilización de nuestra economía y el que peor habla de nuestras cuentas, si no escuchen ustedes a Montoro. Así y con todo, la confianza en la marca España está por los suelos. La prensa internacional nos adelanta lo que luego hará Rajoy y Rajoy no nos adelanta nada porque quizá el hombre ya no sabe qué más hacer. Su gran mirlo blanco, el que se debía entender con los suyos por su experiencia en Lehman Brothers, ha tirado la toalla, De Guindos ha hecho todo lo podía hacer, dice, ahora le toca a la UE. Pobre política, entregada a los mercados, a su servicio. Al BBVA le ha faltado decir una cosa: a pesar de que estamos como con Lehman Brothers, los banqueros seguiremos como si no hubiera existido nunca. Ahí tienen a De Guindos.
El ministro de Exteriores ya prometía, recién nombrado le espetó a uno de sus ex colegas británicos en el Parlamento Europeo eso de “Gibraltar español”, veremos si estas Pascuas, si el presupuesto lo permite, no les regala, con condena incluida de escucharlo una vez al día, el gran hit de Los Dos Españoles, Lamento español. Gibraltar da juego para una forma concreta de hacer política que tiene su público, superior a aquel que piensa que con la colonia británica lo que hace falta es firmeza en la inteligencia. Como ya viene siendo tradicional en la diplomacia constante del reino, España ha mostrado su mosqueo diplomático por la visita de miembros de la casa real británica a la Roca. Todo porque Eduardo y señora van a representar a la corona en los saraos isabelinos por la Commonwealth con motivo del Jubileo de Diamantes de Isabel, como todo el mundo sabe, una de las más atosigantes actividades de un miembro de una casa real, ya que otras, las más relajadas aún trascendentes, como la presentación del tiempo en la BBC, están reservadas para el príncipe heredero. Hay que entender que en este caso las actividades profesionales y negocios se lo permiten a Eduardo, o sea que es compatible. Dentro de la misma agenda del Jubileo, la reina de España asistirá a una cena en Windsor, pero al parecer no tiene efectos ni contradicciones diplomáticas. Es una cuestión familiar, son primos todos, dicen en el ministerio. Sin embargo, fuera parte de la diplomacia democrática, la reina, madre de Felipe VI cuando llegue a reinar, debería plantear el regio asunto, ante la incapacidad histórica de revertir la gracia borbona. No en vano fue el primer Borbón, Felipe V, el que perdió el peñascal en esas timbas dinásticas que se juegan los monarcas cada equis tiempo, en la que pierde el pueblo normalmente. En aquella fue la Roca y Menorca pero imagínense que hubiera sido Cai, pa matarse. Pero ya sabemos que las deudas de juego no son exigibles en derecho. Sería un detalle que la corona británica devolviera al quizá último Borbón lo que perdió el primero, de Felipe a Felipe. Y España que no se queje, los realinos vienen a un “territorio europeo cuyas relaciones asume un Estado Miembro”, es decir, ellos, según el Tratado de Lisboa, todos los anteriores y la propia Constitución europea si hubiera visto la luz, sin que el reino haya tenido la fuerza necesaria para estar de otra manera en un club donde se da por sentado que las situaciones coloniales pueden seguir vigentes, aunque la ONU diga lo contrario.
Es verdad, hemos avanzado mucho, ya no llevamos de excursión los bisteles empanados y los huevos duros en una caja de zapatos, ni la tortilla de papas en las latas vacías de tortas imperiales, pero hombre, enseñar las vergüenzas de España en una fiambrera aun siendo un avance en la economía del país, me parece excesivo. Tanta austeridad no puede el presidente simbolizarla en llevar su restauración diaria en una fiambrera. Qué dirá, no ya Merkel, en cuyo bolso naranja no se sabe qué lleva aunque se sospecha que puede ser un arma contundente e intimidatoria del tipo del ladrillo de Margarita Seisdedos, sino el resto de los socios europeos, maravillados hasta ahora del éxito al que nos condujo la admirada gestión de Rato, la mayoría veraneantes en España, malacostumbrados al refino de las comilonas hispanas de gañote. Hay que reconocer que Mariano es original y que incluso parece cada día más calvinista. Primero, reducción de ministerios, luego empresas, coches oficiales, móviles, dietas, ahora la fiambrera; que cunda el ejemplo, aunque doña Ángela le habrá advertido ya, si no Rouco, de que el cielo no lo tiene garantizado, haga lo que haga, según esos tristes de los protestantes. Lo que tiene intrigado a la clase política es qué lleva en el recipiente y quién le elabora la frugal comida, aunque se supone que procede de las cocinas de La Moncloa. Se sabe que es de diseño sajón, más bien un túper, no como las neveras blanquiazules del gremio de la construcción, imagen del ladrillazo patrio. Pero la hipótesis de la austeridad no es la única. Los mejores intencionados aseguran que a falta de un cuerpo serrano como el de su mentor, el tabletero Aznar, ha considerado inútil tener un entrenador personal y mejor un nutricionista. Debe ser verdad, porque debajo de las barbas se averiguan unas carnes descolgadas que no serán sólo fruto de los líos y sufrimientos del cargo, sino la secuela de una dieta, recomendada por los responsables de su imagen entre los que se sospecha de manera creciente hay infiltrados. Otra de las teorías es su soledad y desconfianza. Mariano no ha encontrado quien le haga la salva, es decir, que no tiene credenciero, por eso no come de cocina ajena y lleva la propia a cuestas. Esta me la creo menos, en el PP como en todo partido de vecino, que se lo digan a Churchill, hay navajazos pero no creo que se haya restablecido la ancestral costumbre del envenenamiento al líder. Otra curiosidad es si comparte. Se dice que últimamente le da cachitos de pechuguita a la plancha a De Guindos y a Montoro, ni lechuguita.
En los viejos edificios de Correos de Andalucía abrían sus fauces varios leones, por ellas echábamos las cartas. Madrid, Barcelona y Provincias eran las tres opciones del menú postal. No es que ahí arraigara mi conciencia pero si veía con claridad la España que las clases dominantes tenían y tienen en la cabeza. La Constitución vino a cambiar algo el panorama, no sin una feroz resistencia. En lo sucesivo España sería un estado descentralizado en el que cada pueblo si quería vería reconocido constitucionalmente su derecho a autogobernarse. Pero ya he dicho, con retranca, de hecho, científicos reputados veían en la persistencia en la Carta Magna de elementos del viejo estado centralista un plan B para cuando los hechos demostraran que la experiencia había fracasado. Por eso, junto con la afirmación de que el estado es descentralizado persiste la vetusta y anticuada estructura del estado napoleónico, a saber, la provincia y su gobierno, las Diputaciones. Sin embargo, años de experiencia demuestran que ha sido la mejor de los tiempos constitucionales y no digamos de los que no lo fueron. No significa que la resistencia haya menguado; hoy, la crisis mundial sirve de coartada para emprender, de nuevo, el asalto a la periferia, como dicen, y la vuelta a la España invertebrada. El clamor carpetovetónico contra las autonomías es un repique constante como las trompetas de Jericó, en la confianza de que el ruido, aún infundado, acabará derribando las murallas de la voluntad popular. Hasta ahora Rajoy se resiste, al menos formal y dialécticamente, aunque en algunas de sus medidas se pueda observar la estrategia ladeada de conseguir lo mismo por otros medios. Recursos judiciales, penurias presupuestarias, miedo a los mercados, ineficacias discursivas y españoleo indisimulado. Rajoy ha ofrecido a Rubalcaba un debate sobre la racionalización del estado de las autonomías. Es curioso, cuando el estado aún no ha conseguido ni querido racionalizar el centralismo, hipertrofiado sin sentido, cuando las competencias constitucionales ya residen en las autonomías y no en el Madrid de los Austrias. Bien, el 14 de mayo empieza la ponencia de reforma del Senado, y van… Qué gran oportunidad, con otro Senado nos ahorraríamos tanta duplicidad, reforzaríamos la cooperación, salvaríamos hasta la vida a la cámara alta y lo mejor, nos pareceríamos a nuestros ejemplos, Alemania y EEUU. El estado descentralizado funciona, a pesar del fuerte hedor que se respira a involución centralista, a la manera del vetusto Correos, en los palcos y oráculos celtibéricos y layetanos.
Con este panorama no ha sido todo lo temible que se esperaba, al fin y al cabo, un 85% de ocupación hotelera, entre un 15 y un 25% menos de asistencia y de consumo no es para tanto. Además, ha subido el uso del transporte público y algunas otras variables también, como las pelotitas blancas antialbero y un despliegue queipollanero de camiones de limpieza para admiración de los limpitos y desesperación de los amantes de la estética equina. Ahora bien, hay un cierto desasosiego entre los feriantes, finisecular, la Feria está en crisis, se dice. Tal vez, y es oportuno pensarlo cuando se plantea la ampliación como si la Feria fuera un Las Vegas cualquiera. Bueno, ¿y si la Feria está en crisis qué?: no pasa nada. Al fin y al cabo, como la conocemos hoy tiene apenas cien años, desde que allá por 1920 Gustavo Bacarisas decidiera normalizarla. Por mucho que los historicistas quieran remontarla a Alfonso X y los esencialistas hacerla formar parte inseparable de nuestra identidad: nada de nada. La Feria es un producto histórico y lo mismo nació que puede morir, depende de que haya feriantes y eso sí es lo que parece estar acabándose. Y no hay relevo. La Feria durante estas décadas ha sido un potlatch gigantesco, en donde los que podían hacían gala de un derroche enorme, eran los grandes redistribuidores de vino, jamón, cigalas, lo mejor, en un acto simbólico de poder y prestigio. Una exhibición exuberante de poder: estos son mis ternos, mis caballos, mis enganches, mis mujeres. Tenían espectadores y émulos. Los hombres sencillos interpretaban la Feria a la inversa. Esos días creían que eran caseros, admirados bailaores, refinados instrumentistas o acariciaban sus sueños de seductor. Y más cosas, las mujeres desde chica aprendían jugando a bailar y los niños lo intentábamos para poder iniciar los ritos de apareamiento. Entre los veteranos, una ilusión: el roneo. Paradójicamente, la crisis de verdad alimenta la crisis profunda de la Feria. La burbuja inmobiliaria permitió temporalmente la apariencia de renovación. Los constructores, promotores y beneficiarios de las industrias afines, concepto vertical, sustituyeron a ganaderos y agricultores en la acumulación de bienes de prestigio, como antes el gremio de laboratorios y el de políticos de ocasión. Pero pasa que para los hombres sencillos, lo que antes solo se hacía en la Feria ahora se puede hacer cada día y las mujeres están felizmente emancipadas. Antes se esperaba la Feria, el gran rito anual de los sevillanos, el tiempo lo ha hecho, quizá, innecesario.
En un reciente artículo publicado en The Washington Post titulado Las consecuencias de la austeridad en un gráfico se hacía una comparación de las tres economías occidentales, a saber las de EEUU, Zona Euro y Reino Unido. Las tres tienen en común algunos rasgos: moneda propia, banco propio; y una diferencia, mientras que en ultramar se vienen aplicando políticas de estímulo, en las dos europeas reina la austeridad y el mantra del control del déficit público. El gráfico daba como resultado que, en términos de PIB, los americanos subían, por el contrario, las dos europeas bajaban. Si se observa la evolución de la economía en la UE se notará cómo la mayoría están en recesión; las agencias malhadadas califican una y otra vez a la baja. Las economías intervenidas funcionan cada día peor, no es verdad que su sacrificio les lleva a la prosperidad, sus ciudadanos están desesperados; Italia y España, digamos que minus intervenidas no respiran. La oleada de malestar económico ya ha llegado a Francia y a Alemania, cuyas empresas exportadoras empiezan a notar que sus clientes, en un 80% europeos, ya no les compran tanto. La aplicación de las medidas tumba gobiernos como el de Rumanía, y en Holanda, uno de los halcones de la austeridad, se han visto forzados a disolver y convocar nuevas elecciones. Para colmo, el FMI ya ha advertido no sólo que la economía no pita, sino que hace falta que los contribuyentes liberemos más euros para entregárselos a una banca que es privada y oculta sus caudales y dificultades, a las que llegó por su mala cabeza y avaricia. Todas las economías europeas tiene una cosa en común: obedecen a la receta ultraliberal para salir de la crisis y siguen el dictado de Merkel, que aunque no es dirigente de institución alguna de la UE, funciona como su hada madrina. Ayer mismo, la señora Merkel ha dicho, antes dijo que no era negociable su Acuerdo de Estabilidad, que tiene una “agenda de crecimiento”. No es raro que lo diga, desmintiendo a Rajoy, que afirma que hacemos no lo que diga la teutona sino lo que dice Europa. Pues bien, ninguno de los datos de arriba por tozudos ha sido la causa de su súbita conversión, no sabemos si sincera, ha bastado que otro francés abandone su alineamiento con Berlín, su complejo de Vichy, y simplemente advierta que las palabras de Merkel no van a misa, calvinista claro, para que cambie. Y uno se pregunta, ¿es o no la política la que, si queremos, rige nuestro destino? ¿Son o no los ciudadanos los que pueden dar paso a otra interpretación de la crisis?
España es el único país civilizado cuyo Ministerio de Educación habla mal de la educación y parece disfrutar. Lo dice el rector de la universidad hispalense Ramírez de Arellano. Perplejidad absoluta produce el discurso reiterado y no enmendado del ministro Wert. Habla mal del sistema, de docentes, estudiantes, ¿qué más? No sólo predica, da trigo o más bien lo quita. Más estudiantes en las aulas, más horas lectivas, prohibido ponerse malo y para colmo, en un repentí tardío deja a miles de aspirantes a profesores sin posibilidades de opositar. Podría haber recurrido antes al TC pero no, ha esperado al final. Al límite, una vez superado el período de veda autoimpuesto con las elecciones andaluzas. Según el ministro, todas estas medidas no afectarán a la calidad de la enseñanza pública y sostiene que tampoco importa que las tasas universitarias crezcan de manera geométrica en todos los ciclos, incluidos los que más aportan competitividad y excelencia. En otro arranque de lucidez contable ha llegado incluso a afirmar que en España sobran estudiantes universitarios aunque ahí se quedó, sin añadir que los que harán que les cuadren las cuentas serán los hijos de los trabajadores, parados o con trabajo, que, si acaso, podrán mandar un hijo a la universidad y el otro u otra a cura o monja, que quizá ahí esté la parte secreta, la simiente de nuevas vocaciones en auxilio del devastado ejército de liberación espiritual de Rouco. Luego está su fijación con Andalucía. Le preocupa tanto la educación en Andalucía, como a sus correligionarios, que no ha caído en que donde crece más la necesidad poblacional de educación es en Andalucía, con más jóvenes, tampoco en que aquí la educación pública supone el 80% y desde luego eso de que se persiga la excelencia con campos estratégicos como Andalucía Tech que asocien las universidades de Málaga y Sevilla le puede parecer hasta subversivo. No, no es ese el papel que nos toca jugar. Los excelentes se van a Madrid o a las universidades americanas, claro, con el billete y la Visa de papá. No sabemos qué más le queda en la cabeza a Wert. De momento ha infligido un durísimo golpe al futuro de este país, porque los recortes sanitarios quizá un día se solucionen, cuando seamos tan tontos como los franceses y decidamos un cambio de gobierno, pero la educación no tiene remedio, se pierden generaciones, nuestros mejores pierden competitividad y excelencia y hoy eso es mortal para la edificación de una sociedad en condiciones de competir en un mundo cada vez más difícil. Será su herencia: la era Wert.
Es inquietante llegar a la conclusión de que el Gobierno de España no tiene programa, no hay una agenda oculta, es que no la hay. Da la sensación de un profundo desgobierno, de reinatos y régulos en unos ministerios, de otros sin ideas propias sólo aplicados a la consigna impartida. La sucesión de medidas a la medida de la imposición de Berlín no hacen sino confirmar la inquietud. Pero hay algo más inquietante: no hay programa pero sí hay ideología, es más hay un fuerte hedor ideológico en todo lo que nos está sobreviniendo. Con la coartada de la derrota elegida siguiendo el GPS de Berlín, la estrella de oriente evangélica, en el fondo late un sesgo paleoconservador como sólo se observa al otro lado del Atlántico, ahora felizmente en la oposición. La toma de RTVE, la revisión de las leyes sociales vigentes, aborto, matrimonio homo, las tentativas maximalistas en política interior, unidas a los recortes sociales, en educación, revestidos de urgencia económica en la prosecución de una austeridad, aún necesaria desorientada, no hace sino configurar un espacio presidido por dos principios: estado mínimo –incluida la molestia del estado autonómico– y eliminación del estado del bienestar. Naturalmente que bien acogidos por sus mentores externos, una mayoría ultraliberal en el poder que lejos de purgar por sus errores, los que nos han llevado a esta situación, presume de su poder ganado en las urnas, abandonado el consenso necesario en tiempos de reformas que para su éxito necesitan el concurso de todos, sobre todo de aquellos, que aunque adormecidos de momento, están pagando con su sacrificio el duro fardo de los ajustes. El presidente ha dicho en México que sus reformas llegarán hasta el verano. Pero no dice cuáles son. Presidido por esos principios ideológicos, Rajoy sabe adónde quiere ir, aunque no nos diga cómo, ni a costa de qué y quiénes. No crean que lo sabe pero no lo dice. Rajoy se ha confeccionado un colchón, nos ha dicho que habrá nuevos sacrificios, medidos en cafés, tal vez, pero lo que haga no será el fruto de un plan sino de ir comprobando cómo sigue fracasando medida a medida en todo lo que aplica. En un camino interminable, con unos mentores insaciables. Lo decía Felipe González en Sevilla: “Dígannos cuándo termina el camino y empieza el crecimiento”. Recordando, quizá, el canódromo de Rochelambert de su infancia sevillana, utilizaba la metáfora de la liebre mecánica. La maneja, decía, Merkel, corremos detrás de ella pero, nosotros, los galgos de esta crisis, nunca la alcanzaremos.
Desde tiempo inmemorial el hombre ha cazado paquidermos. Las bandas con un jefe a la cabeza se asociaban y, llegada la temporada, acosaban junto con sus perros (los primeros animales domesticados junto al gato), a estos grandes acumuladores de energía y recursos para abatirlos. En ello les iba la propia supervivencia, el invierno era largo y la acumulación de carne vital, además, aprovechaban el resto de bienes que regalaba el inmenso animal. El jefe de la banda se la jugaba físicamente, se ponía al frente de la batida e infringía la primera sangre; políticamente también, al convertirse en gran distribuidor de carne mantenía y justificaba su liderazgo, al menos, una temporada más.
Era una decisión estratégica porque la gran caza acababa con el déficit alimentario y no había que tirar p´alante conejo a conejo. Además, daba cohesión e identidad al grupo: cazaban, comían, sobrevivían juntos. El jefe se jugaba la vida, por eso eran jóvenes y fornidos. Los paleoantropólogos forenses han encontrado en los yacimientos multitud de huesos fracturados y mal curados resultado de esas cacerías; ninguno de cadera, lógicamente, a edades avanzadas no se estaba en condiciones de liderar el abastecimiento colectivo, un tropezón era mortal para la jefatura y para el propio grupo. Es impensable que un senior asumiera esas funciones, entre otras cosas porque la propia banda no lo consentiría; los que así lo hicieron desaparecieron. Los más listos se retiraban mucho antes, convertidos a veces en chamanes, obispo para entendernos (aprovecho para decir que, a pesar de lo dicho, es la profesión más antigua, mucho más que la de trabajadora del sexo). Es decir, de grandes distribuidores pasaban a intermediarios de bienes espirituales. Hubo un tiempo en que la sucesión era en razón de las habilidades adquiridas y físicas, aunque andando fue hereditaria, con el albor del nacimiento del estado, aunque para entonces, la agricultura, la domesticación de los animales habían acabado con la necesidad de cazar elefantes y los jefes se convirtieron en reyes que, junto a la fuerza, justificaban su poder invocando su carácter divino, ajeno a las cosas de los hombres y sus déficits. La memoria ancestral ha convertido la caza mayor en cosa de reyes. Ahora es un deporte que en su máxima expresión congrega sólo a los privilegiados que pueden permitírselo. Los jefes de las bandas siguen cazando, pura cuestión simbólica, de prestigio, aunque ahora sean bandas de estafadores, narcotraficantes, traficantes de diamantes de sangre o del petróleo.
La comparecencia televisiva de Fernández se esperaba con inquietud a ambas orillas del charco. Sorprendentemente una chocolatina se convirtió en protagonista de la escenificación de la crisis con Repsol. Resulta patético que una presidenta proclame como victoria la fabricación nacional de chocolate antes en manos de forasteros pero así se viste con frecuencia el muñeco del nacionalismo al servicio del populismo. En eso el peronismo quizá sea la versión más seria y aquilatada. La Argentina tiene derecho a defender sus derechos en un campo estratégico como la energía, el gobierno de cualquier país tiene la obligación de defender los intereses de sus ciudadanos, sean empresas o simplemente accionistas con intereses fuera del ámbito doméstico. Hasta ahí de acuerdo. Hay un conflicto de intereses, en el que cada parte tiene visiones distintas y algo que mejorar, pero resulta preocupante que los gobiernos de dos estados del G-20 que comparten además algo más que historia, resuelvan sus diferendos por la vía peregilera. La mejor diplomacia es la que no se ve, pero unos y otros se han empeñado en gallear públicamente sus cuitas. Y no crean que no tienen seguidores. Fernández porque dirige un país en el que las llamadas al patriotismo encuentran un sitio fecundo. No sólo porque la emancipación colonial siga dejando heridas abiertas sino porque es consustancial con el propio ejercicio de la política en ese privilegiado país, empobrecido por un criollismo que es el mejor heredero de los excesos del virreinato. También tiene sus seguidores en la desarrollada Europa. Soria y Margallo llaman al hígado del sentir español, al parecer humillado por la amenaza de la díscola hija de la madre patria. Y sin embargo, nada es lo que parece. La Argentina debe cumplir sus compromisos internacionales y procurar la seguridad jurídica en sus relaciones con aquellos que invierten y arriesgan en un país que sus nacionales no son capaces de sacar adelante, y Repsol debe comportarse como una empresa que cumple con sus compromisos, aunque no sea una ONG. El Gobierno de España, espero que de acuerdo con la dirección de Repsol, defiende, dice, a sus accionistas, españoles muchos de ellos. Es verdad, pero quien primero pone en riesgo los intereses del accionista es la propia dirección de Repsol. Para suerte nuestra, no todo es malo, somos la UE y eso empuja, no crean. Además, contamos con el mejor criterio del equipo del Ministerio de Economía, que espero prevalezca sobre la arenga patriótica de sus correligionarios.

