El norteamericano Bill Bryson es un magnífico y versátil divulgador de historias. Ha escrito sobre ciencia, viajes y biografías. Su libro Una breve historia de casi todo es tan apasionante como divertido. Ahora se acaba de publicar en nuestro país su obra Aventuras y desventuras del Chico Centella. Una memoria sobre su infancia en los años 50, en la que él soñaba con ser un superhéroe como los que aparecían en la televisión o en los comics. Aquel niño que entonces era Bryson se uniformaba con una vieja sudadera con un rayo sobre el pecho y se enroscaba una toalla a su cuello, rebautizándose como el Chico Centella, para perseguir a malos inexistentes. En aquellos años, unos pocos después de la terrible pesadilla de la Segunda Guerra Mundial, los coches, los electrodomésticos y los televisores, materializaban el anhelo de bienestar colectivo de los norteamericanos. La casa adosada era la expresión máxima de la felicidad de un pueblo empeñado en creerse de clase media.

La publicidad de las aerolíneas comerciales y el diseño futurista de los aeropuertos informaban de que el futuro ya había llegado. Los cines parecían templos art decó. Una de las revoluciones del siglo XX, la de mayor impacto global y al mismo tiempo la políticamente más inadvertida, como fue la del crédito al consumo, provocó un violento sismo al convertir a los ciudadanos en voraces consumidores.

El miedo a las armas nucleares y la memoria de la guerra parecían empujar a un hedonismo urgente, a endeudarse hasta las cejas para una felicidad efímera sustanciada en sofisticados cacharros electrónicos domésticos. Entonces los médicos se prestaban a aparecer en anuncios comerciales de marcas de tabaco. El consumo prometía a cualquier individuo ser especial, atractivo, diferente. Las ciudades estaban atiborradas de miles de productos, listos para su adquisición inmediata. Además, existía una ansiedad por la luz, con un tsunami de amplios ventanales inundando las fachadas de los grandes edificios. En aquellos años abundaban los políticos carismáticos, los científicos famosos y aguerridos intelectuales que provocaban encendidas polémicas con sus alternativas a los problemas de la época. En los años 50, en Estados Unidos el noventa por ciento de los hogares tenían frigoríficos y tres cuartas partes tenían lavadoras, teléfonos y aspiradoras.

Ahora, en esta época gris, triste, pesimista, escasean los carismas, se desprecia a los hombres de ciencia al confundirlos con meros tecnólogos y los intelectuales vagabundean por las columnas de opinión de los periódicos, abrumados por una realidad que ya no comprenden aunque les disguste. Por si fuera poco, hemos descubierto que el consumo no garantiza la felicidad. Parece que sólo nos queda rebuscar en el desván para encontrar aquella vieja sudadera de superhéroe e imaginar que el mundo puede ser justo, feliz, sin necesidades y con malos que siempre acaban fracasando. Aún nos quedan los sueños, aunque por desgracia a algunos puedan parecerles infantiles.