07
Feb/2014

Lo que no nos deja ver es lo que enseñamos

Entre todos, estamos construyendo un mundo que no se parece al mundo. Cada día, levantamos un escenario que cubre el universo entero, que convierte en un dibujo mal trazado cada cosa, a cada uno de nosotros. Un escenario en el que nada es lo que parece; un escenario que nos impide observar la realidad con la suficiente distancia, obligándonos a representar una tragicomedia en la que no pasamos de figurantes. El mundo oculto tras una mentira; un calco de la que lucimos cada uno de nosotros al empeñarnos en fabricar esto o aquello pensando que nos permitirá sobrevivir mejor.
Por ejemplo, somos capaces de sentarnos frente a una pantalla de ordenador para enamorarnos de una fotografía (seguramente robada de un pasado lejano), para disfrutar con frases estúpidas que hablan de un querer que no alcanza a alguien que está a un metro del que lo promete (la esposa bañando a los niños, el marido haciendo números para llegar a final de mes; en pijama, sin vestir las grandes galas que sólo encontramos en un mundo que pensamos como maravilloso y se tiñe de realidad a los cinco minutos; igual que se modifico el que vivimos día a día). Somos capaces de cambiar nuestra realidad por una ilusión sin saber si hablamos con una persona o el personaje creado para gustar. Nos imitamos a nosotros mismos con tal de olvidar una rutina demoledora que no conseguimos convertir en una forma de vida sosegada y placentera. Queremos ser lo que no somos, parecer lo que vemos en los anuncios de televisión. Sin embargo, el mundo lo tenemos al lado, nosotros (sin maquillajes) somos el mundo; y lo negamos, nos negamos, una y otra vez.
Tengo una imagen grabada de mi padre que va y viene sin cesar. Subía la cuesta que llevaba a mi casa vestido de uniforme; polvo y barro en las botas, mal afeitado, las mangas de la camisa recogidas por encima del hombro, gafas oscuras. Regresaba de hacer unas maniobras. Creo que por aquel entonces era capitán. Eso es igual. Yo era muy niño, él era muy joven. Impresionaba verle. Se acercó hasta donde estaba jugando con mi hermano pequeño. Chapas. Vuelta ciclista a España en una carretera trazada sobre la arena con curvas imposibles (o se pasaban con pequeños golpes de dedo o con lo que llamábamos redondilla) y puertos de primera y segunda categoría. Las caras de los ciclistas en cada chapa, recortadas de los cromos que cambiábamos en el colegio. Nos saludó y se fijó en la carrera. ¿Ésta de quién es? preguntó señalando una pieza de la carrera con la cara de Federico Bahamontes pegada con plastilina al metal. Mía, dije. Pues este no puede ser el último. Fue el mejor. Se agachó, agarró la chapa con los dedos pulgar, índice y corazón. El índice en la parte interior, los otros dos en los bordes. Con fuerza. La lanzó intentando una redondilla improbable. Primera posición para Bahamontes. Ahora os veo en casa, nos dijo. Tanto mi hermano Andrés como yo no creíamos lo que había pasado. Papá, con su uniforme de campaña, un militar imponente, era capaz de jugar con los niños en la calle y, encima, dar una lección de cómo se debía manejar una chapa. El resto de padres que pasaban por allí saludaban desde la distancia, pasaban de largo sonriendo. Estoy seguro de que algún muchacho se quedó con las ganas de ver a su padre lanzando al ciclista favorito para que girase en la curva más cerrada o subiese aquel puerto de montaña que sólo se podía pasar haciendo alguna trampa. Supe, lo supe en el mismo momento que mi padre me daba la espalda para irse, que ese aspecto de dureza era lo que le permitía cobrar un sueldo a final de mes, pero que sus dedos deseaban mucho más agarrar chapas y dejar boquiabiertos a sus hijos. Y lo supe porque justo antes de dar la vuelta y caminar, mi padre esbozó una sonrisa que ahora recuerdo perfectamente: la de un niño vestido de militar.
Han pasado muchos años. Quizás cuarenta. Quizás alguno más. Y recuerdo ese momento, esa imagen, con una nitidez que me produce cierto vértigo. Casi puedo tocarle.
Acaba de acercarse mi hijo Gonzalo. Joven, grande como una torre. Quería saber qué hacía. Escribo. Llevas un cuarto de hora mirando la pantalla sin tocar una tecla. Es que para escribir hay que pararse a pensar. Echa un vistazo a la pantalla y asiente. ¿Pensando en el abuelo? No, pensando en mí mismo. Me mira diciendo que no con la cabeza y alzando las cejas antes de acabar el gesto, incrédulo y socarrón. Pues venga, sigue pensando en ti un ratito más y así escribes sobre el abuelo.
Un niño vestido de militar. Mi padre. Una carretera dibujada en la arena. Yo muchacho. Una imagen que va y viene sin cesar. Deseos viejos por cumplir ahora que ya no está, que yo tampoco soy aquel chaval, ahora que los papeles han cambiado. Un minuto que ocupa una infancia entera. Gonzalo, un jovencito insensato, intenta descubrir sin entender que ya sabe. Lo insignificante que crece hasta ocupar el espacio que le corresponde. Un mundo. En busca del mejor de los disfraces. Si quisiera podría tocarle. Pero el vértigo no deja.
Esto es lo que creo yo que es verdad. No puede haber trampa. Ni una arista. Porque el mundo somos cada uno de nosotros y no eso que deseamos porque alguien nos dice que es lo mejor. El recuerdo, las sensaciones, ese amor auténtico por el mundo que te ha tocado vivir, el trazo que nos dibuja a cada uno de nosotros. Eso y no otra cosa es lo que construye el universo. Lo material no deja de ser accesorio, al menos, temporal y, por tanto, prescindible. Casi todo lo importante es lo que no podemos tocar, lo que se instala como símbolo en nuestra existencia y la convierte en real. Nada de cosas grandiosas porque la vida se soporta sobre lo pequeño; sobre lo que es casi insignificante, pero se acumula para construirnos.
Me pregunto qué pasaría si nos arrancásemos la máscara y dejásemos que nos vieran; y lográsemos ver con claridad, sin miedo a estar mirando algo que parece ser lo que no es. Me pregunto qué pasaría si nos dejásemos llevar por nuestros instintos, por nuestras raíces, por nuestros valores más arraigados. Seguro que podríamos cobrar nuestro sueldo a final de mes. Pero siendo algo más felices. Seguro.

2 thoughts on “Lo que no nos deja ver es lo que enseñamos

  1. David

    Sus reflexiones tienen una gran enjundia y están excelentemente escritas. Son para disfrutar y meditar pausadamente. Permítame que le felicite y le anime a seguir. Si usted quiere y a usted le apetece, que parece usted muy suyo, cosa que también le alabo
    David T.

    Reply

Deja un comentario

Your email address will not be published. Required fields are marked *

You may use these HTML tags and attributes: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>