Berlín es hoy una ciudad pujante, que ejerce como capital de Alemania y es símbolo de integración de culturas, de modernidad y calidad de vida. Pocos creerían que llegó a estar dividida por un vergonzoso muro durante tres décadas si no fuera por los numerosos símbolos que se conservan y que avivan el sentimiento de culpa del pueblo alemán en un permanente ejercicio –rayano en la hipertrofia– por mantener viva la memoria histórica sobre los desastres de la guerra. Se cumplen hoy 20 años de la caída del muro de Berlín, que simbolizó el fin de una era, no sólo en Alemania sino en el mundo entero y que mantuvo durante años dos modelos de organización social diametralmente opuestos, separados tan solo por unos metros de distancia. Dos décadas después, resulta fascinante comprobar cómo Alemania, sus gentes, lograron superar con nota el reto de la reunificación, incorporando a miles de personas a un sistema democrático de libertades individuales que era sistemáticamente violado al otro lado del muro. Que las cosas no han sido fáciles se demuestra en los numerosos problemas que está teniendo la Unión Europea para integrar con normalidad a los países del Este con el objetivo de avanzar en una sola velocidad. Dificultades que, sin embargo, no pueden en ningún caso servir de excusa para considerar que aquel sistema fue positivo. Ni siquiera hoy, cuando la crisis económica mundial está poniendo en solfa el capitalismo salvaje que ha conducido a la recesión por la falta de controles en el sistema financiero. De los tanques americanos y soviéticos apuntándose mutuamente en el Checkpoint Charlie en el clímax de la Guerra Fría, se ha pasado a una época de estabilidad democrática que debe ser la base para un nuevo orden internacional basado en el respeto entre países y el reconocimiento de las libertades. Y en el mundo, aún quedan otros muros por derribar tan vergonzosos como el de Berlín. Queda tarea por delante.